En el nombre de Dios, a quien tanto odio (16)


Capítulo 16: Mientras el Sol está en el cielo

A las once de la mañana Phichit Chulanont y Seung-Gil Lee llegaron al aeropuerto ubicado a las afueras de la ciudad, se bajaron del automóvil rojo de Chulanont y Lee arrastró su maleta negra por el estacionamiento. Caminó en silencio en compañía del moreno, que intentaba hacer conversación sobre las horas de vuelo y la corta escala que realizaría Seung-Gil, pero más parecía un monólogo que mostraba inquietud, un monólogo que solo se silenció en la sala común del aeropuerto. Un silencio momentáneo debido a que  Seung-Gil hizo la fila para entregar su equipaje, algo que tenía hacer en solitario. Después de entregar su maleta negra volvió junto a Phichit. 

—Debes estar tranquilo —dijo Chulanont—, las identificaciones falsificadas que consigue Otabek son las mejores. Además, Yuri está en el control policial de salida, su cabina es la número tres, te recomiendo que pases a esa por cualquier inconveniente, aunque no los tendrás, Otabek consigue cosas de calidad, el mismo Yuri ya lo ha verificado. 

—Estoy tranquilo —respondió—, me parece que tú estás más ansioso que yo. 

—Creo que con el dinero que te depositamos estarás bien por un tiempo, pero si necesitas algo puedes comunicarte con nosotros, sabes que te ayudaremos frente a cualquier eventualidad, siempre estaremos agradecidos por tu testimonio y lo que podamos hacer a cambio, lo haremos.

—Ustedes me sacaron del hospital psiquiátrico y me han dado una nueva identidad, creo que estamos a mano. 

—Aún así… llámame. —Phichit bajó desvió la mirada mientras un leve sonrojo pintaba sus mejillas—. Me gustaría seguir conociendote. 

—De acuerdo.

—¿De verdad? —Los ojos de Phichit brillaron como luminosos faroles y su sonrisa se amplió. 

—¿No es lo que quieres?

—¡Sí!

—Debo irme, la hora del vuelo se aproxima —dijo Lee mirando su reloj de pulsera. Después, comenzó a caminar hacía policía internacional, pero Phichit lo retuvo sosteniendo su brazo.

—Ten un buen viaje —dijo para luego soltarlo. Seung simplemente asintió y siguió su camino. 

Phichit lo vio alejarse, pero no tenía tiempo de quedarse hasta ya no poder verlo a la distancia, tenía otras cosas que hacer y mientras más rápido saliera del aeropuerto, más rápido las terminaría. Dio un último vistazo a la espalda ancha de Seung-Gil Lee y luego se dio la vuelta y se retiró.

Lee no tardó en ubicarse en la larga fila para pasar por policía internacional para que autorizaran su salida del país, faltaba una hora y media para el embarque por lo que tenía tiempo suficiente para los trámites de salida y para beber una taza de café antes de abordar el avión. Siguió la recomendación de Phichit y después de dejar pasar a dos personas que estaban tras él en la fila mientras fingía buscar su pasaporte en el bolso que llevaba, caminó hasta el módulo tres. Yuri Plisetsky en su uniforme policial hizo las preguntas rutinarias, como si frente a él estuviera un viajero cualquiera, y puso el timbre de salida en una de las páginas de pasaporte. Seung-Gil Lee al fin sintió que estaba tan solo a un paso de su libertad. 

Yuri Plisetsky trabajaba en el aeropuerto, en la unidad de migraciones de la policía de investigaciones,llevaba tres años allí, pero antes había pertenecido a la unidad de crimen organizado, fue en el ejercicio de su profesión que conoció a Otabek Altin: Lo detuvo por tráfico de armas y falsificación de documentos. Altin no pasó mucho tiempo en la cárcel y el destino los volvió a enfrentar, Yuri decidió que era útil para él tener un contacto dentro de ese mundo y comenzó a comprar información, después de algunos encuentros amistosos se dieron cuenta de que se llevaban bastante bien. Con el tiempo llegaron a las actuales circunstancias, en las que eran mucho más que compañeros y Otabek formaba parte de los aliados más cercanos de Víctor. 

Había muchas cosas que Víctor y su equipo tenían que agradecer a Altin, incluyendo la nueva identidad que ahora tendría Seung-Gil Lee, quien iniciaría una nueva vida en los Estados Unidos, ayudado por Leo de la Iglesia, un amigo de Otabek que vivía en Oakland y que lo recibiría en el país. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

La oficina de Víctor estaba iluminada por el radiante sol de mediodía que se filtraba desde el exterior mientras él trabajaba concentrado en su computador. Dos golpes en la puerta lo distrajeron de lo que hacía, miró el reloj que adornaba una de las paredes y supo de inmediato quién estaba allí, él mismo había dado la orden de que lo llevaran a su presencia. 

—Adelante —dijo el Arzobispo después de tomar aire y cerrar el portátil que tenía sobre el escritorio. 

Joaquín Kast, el sacerdote que había ido a buscar días atrás, lucía tranquilo y entró a la oficina de Víctor como si no tuviera nada que temer. Había estado esos días incomunicado, en aislamiento y oración, pero sabía que significaba que Monseñor lo hubiese citado en su oficina: su nueva asignación había sido decidida. 

—¿Ya ha decidido mi futuro, su excelencia? —preguntó Kast acercándose al escritorio de Víctor, Víctor notó que no se veía perturbado, que tenía la confianza de quien sabe que los sacerdotes en su situación solo eran trasladados a una diócesis distinta, donde nadie los conocía. Víctor estaba seguro de que Kast pensaba que podía empezar de cero en cualquier parroquia del país o el extranjero al que fuera enviado. 

—Así es, toma asiento por favor —contestó e indicó las sillas junto a su escritorio con expresión neutra. 

El sacerdote se sentó y guardó silencio. Víctor entonces continuó:

—El arzobispado hizo un convenio con una de las cárceles más pobladas de la capital. Si bien es cierto que la iglesia siempre ha tenido presencia en las cárceles, para intentar llevar la fe a aquellas ovejas perdidas, creemos que una presencia constante es necesaria para esta labor. 

—¿Presencia constante? —preguntó el sacerdote con una expresión tensa que reemplazó a su calma anterior—, ¿eso quiere decir que debo estar asistiendo a la cárcel todas las semanas?, ¿cuántos días a la semana?

—No —respondió Víctor con una sonrisa que podría ser interpretada como afable, pero que escondía burla y desprecio—, no se trata de que te vayas a la cárcel algunos días a la semana, eso ya lo hemos hecho. Se trata de que compartas tu día a día con los presos: Vivirás con ellos y cumplirás tu rol como sacerdote dentro del recinto, cada día. 

—Monseñor, con todo respeto, no creo que sea necesario que conviva de esa manera con ellos, mucho menos que tenga que trasladarme a vivir en una cárcel. 

—¿Lo crees?, porque yo pienso que la cárcel es el sitio más adecuado para ti —respondió con una mirada afilada y sin rastro de amabilidad en su rostro—. Mañana te llevaré a tu nuevo hogar y no es algo que esté en discusión. 

—Con su permiso, me retiro a  mi habitación —dijo el sacerdote poniéndose de pie, lucía molesto y su rostro había perdido el color.

—Por supuesto, ya disfruté demasiado tiempo de su presencia. 

En cuanto Joaquín Kast salió de su oficina Víctor tomó su teléfono móvil y marcó el número de Otabek, quien respondió segundos después.

—Supongo que está todo listo para mañana —dijo Víctor.

—Tal y como me lo pediste —respondió Otabek—. Ya realicé el primer pago al director de la cárcel, tiene claro que una vez que Kast esté dentro no podrá salir a menos que tú lo ordenes. 

—¿Y supongo que tus amigos le darán el recibimiento que se merece?

—Por supuesto, ellos ya están al tanto de la clase de persona que es. 

—Perfecto. Muchas gracias por todo Otabek, nuevamente estoy en deuda contigo. 

—Entre amigos no existen las deudas. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

A las tres de la tarde del mismo día, la puerta del despacho de Masumi se abrió después de que él diera la autorización para entrar, un sacerdote de aspecto rechoncho se asomó a su oficina y con voz suave habló:

—Padre Masumi, una persona ha venido de parte de Monseñor Nikiforov, su nombre es Phichit Chulanont. 

—Hágalo pasar, padre Francisco, y por favor vaya a buscar al padre Christophe. 

—En seguida. 

El padre Francisco salió de la oficina e inmediatamente después entró Phichit llevando un bolso en el que cargaba su notebook. 

—¡Hola!, tanto tiempo sin vernos —saludó el moreno acercándose a Masumi y saludándolo con una sonrisa. 

—Es cierto, ha pasado mucho tiempo. 

—¿Cómo están las cosas en el seminario? —preguntó sentándose en una de las sillas junto al escritorio.

—Podría decirse que bien, ya hemos identificado la fruta podrida y aumentado la seguridad de los niños. 

—Víctor dijo que han encontrado evidencia de Lombardi.

—Sí, aunque la verdad no me atreví a mirar demasiado, también hay una carpeta con clave a la que no he podido acceder en un computador que tenía oculto en su habitación. El día en que se marchó no pudo sacarlo puesto que estábamos con él, pero Chris y yo revisamos minuciosamente su cuarto y encontramos unas cerámicas sueltas bajo su cama; allí lo mantenía oculto.

—Me llevaré ese computador y todo lo demás que hayan encontrado, también limpiaré los computadores que ahora ustedes utilizan para que no quede evidencia de nada. Nadie sabrá que ustedes estaban enterados de todo. 

—Se los agradezco, la verdad es que Chris y yo estamos tranquilos aquí, creemos que podemos hacer bien las cosas una vez que todo explote y la fruta podrida sea eliminada… además, podemos estar juntos sin molestar a nadie. 

—¡Hola, Phichit! —saludó Chris entrando a la oficina. Abrazó a Phichit y luego lo besó en la mejilla—, ¿cómo has estado?, ¿ya te has pensado lo de hacer un trío con nosotros?

—¡Chris!, ¡por, Dios!, ¿Qué cosas andas imaginando? —preguntó Masumi mientras se desordenaba el cabello.

—¡Estoy bromeando! —respondió riendo—, ya me conoces, no sé para qué te lo tomas en serio —Chris se acercó a Musumi y le dejó un corto beso sobre los labios, le guiñó un ojo con picardía logrando que sonriera. 

—Eres un descarado.

—Sabes que tengo que fingir la modestia y el recato que se espera de mi sotana, déjame coquetear cuando no es necesario poner pose de sacerdote. 

—Sinvergüenza.

—Así me quieres. 

—Ya, ya, par de tórtolos, que tengo trabajo que hacer —interrumpió Phichit entre risas. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Después del largo día, Víctor apagó su computador y se puso de pie, listo para marcharse de su oficina. Todo estaba en silencio y su única compañía era la luz del atardecer que entraba tímidamente por su ventana. Sonrió al pensar que pronto vería a Yuuri: Lo mejor de sus días era perderse en la cálida mirada de sus ojos chocolate y en el sabor de sus labios. 

Su teléfono móvil sonó justo cuando la sonrisa iluminaba su rostro, sonrisa que desapareció al instante que vio el nombre del cardenal Bellamy en la pantalla de su celular. Se debatió un momento entre irse y luego inventar alguna excusa o contestar, finalmente decidió tomar la llamada.

—Cardenal… me alegra que se acuerde de mí —dijo saboreando el agrio sabor de esa mentira.

Todo el tiempo, sabes que no hay un día en que no desee que estés a mi lado —respondió Bellamy con voz melosa. 

—Me gusta escuchar eso, pero supongo que no me llamas solo para recordármelo.

—Tienes razón tengo una propuesta que hacerte.

—Te escucho. —Victor entrecerró los ojos, curioso de lo que le diría. 

—Uno de los consejeros que me asignaron en el vaticano tuvo un infarto y lamentablemente falleció. —El tono de voz empleado por Bellamy le hizo saber a Víctor que no lo lamentaba en lo absoluto, incluso lo hizo sospechar de la causa de su muerte—. He convencido al papa de que me deje reemplazarlo contigo. 

—¿Conmigo? 

—Sí, debes viajar lo antes posible para oficializarlo. 

—No.

—Víctor…

—No dejaré el arzobispado para ser un simple consejero, si voy a Roma iré como cardenal. 

—No dejarás tu cargo, por supuesto que sé que no es algo que estés dispuesto a hacer. 

—¿Entonces?

—Puedes encargarte de todo desde el Vaticano —respondió Bellamy—, allá puedes dejar encargado a alguien de confianza que cumpla tus órdenes y también podrás viajar las veces que estimes necesarias, después de todo, no es tan extraño que algunos obispos y arzobispos distribuyan su tiempo entre el Vaticano y sus respectivas diócesis. 

Víctor guardó silencio y caminó por su oficina pensando en la oferta de Bellamy, si lo pensaba detenidamente no era un mal ofrecimiento; estaría en Roma, cerca de los hombres que necesita embaucar para acceder a la información que necesitaba. Era extraño pensar que podría lograr sus objetivos de esa manera, cuando decidió llegar a Roma siempre pensó que lo haría como Cardenal, pero en ese momento no pensó que Bellamy estaría tan ansioso por tenerlo allí con él, Ie convenía que fuera así: No tendría que esperar años para ascender en la jerarquía ni seguir encubriendo bastardos. Sí, esta era una oportunidad tan buena como cualquier otra. Iría a Roma.

—¿Cuándo tendría que viajar?

—Quisiera que estuvieras aquí dentro de un mes.

—Bien, allí estaré —resolvió. 

Ambos hombres sonrieron. Víctor porque sentía que daba un paso más en su venganza y búsqueda de justicia. Bellamy porque su obsesión con Víctor lo llevaría a hacer cualquier cosa para tenerlo en sus manos. 

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