En el nombre de Dios, a quien tanto odio (15)


Capítulo 15: Preparativos

Víctor abrió los ojos en el mismo instante en que un fuerte grito escapó de su boca abierta. Los segundos pasaron a prisa, pero la mueca de terror en su rostro no desaparecía y las lágrimas que anegaban sus ojos seguían lloviendo sobre su rostro; sus ojos fijos en un punto invisible no miraban nada, o al menos, nada de lo que podría encontrarse allí, en su cuarto oscuro a la mitad de la madrugada. 

—Víctor…

La voz de Yuuri sonaba preocupada mientras repetía el nombre de su amante sin ningún resultado, los ojos de Víctor estaban abiertos, muy abiertos, pero él parecía aún atado a la pesadilla que lo hacía temblar. 

—Amor, despierta, por favor…

Repetía Yuuri mientras lo abrazaba y acariciaba, intentando reconfortarlo. 

Una bocanada de aire tomada con desesperación pareció traer a Víctor de regreso a la consciencia, el sacerdote se aferró al cuerpo de Yuuri con fuerza, sintiendo que su vida y su cordura solo podían ser sostenidas por aquellas manos que lo tocaban con amor, se deshizo una vez más entre sus brazos tibios y lloró como un niño atormentado.

Yuuri, con el corazón encogido, se dedicó a consolarlo con su calidez, con su cuerpo envolviendolo y sus labios repartiendo besos sobre su cabello, soportando esa vulnerabilidad que Víctor solo le mostraba a él. 

No pudieron volver a conciliar el sueño, pasaron la noche despiertos, abrazados y en silencio, no eran necesarias las palabras, ambos se entendían, ambos sabían que nada de lo que pudieran decir sería capaz de ayudar en algo, pero en un mudo entendimiento profesaban su amor, a través de aquellas caricias honestas y besos tranquilizadores que se regalaban en medio de la profunda oscuridad. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Víctor viajaba en el asiento trasero de su automóvil, el chofer del arzobispado iba en completo silencio y el arzobispo llevaba los ojos cerrados, estaba cansado. Las últimas noches había tenido pesadillas que le impedían descansar lo suficiente, desde que había dejado a Yakov no había vuelto a dormir una noche entera. Suspiró resignado. Aunque una tenue sonrisa se dibujó en su rostro al evocar la imagen de Yuuri cuando se despidió, lo miró somnoliento y con el cabello enmarañado.

Víctor hubiese deseado quedarse en la cama con él, robarle el sueño mediante besos húmedos y caricias traviesas que se adentraran en su piel mientras le quitaba el pijama. Pero ese día no pudo ser; Jean Jacques Leroy lo esperaba. 

La comunidad religiosa del sector donde Leroy se desempeñaba como párroco era pobre, sus hombres y mujeres eran personas de esfuerzo que, gracias a la gestión del padre Jean y los recursos puestos por el arzobispado, iban a poder trabajar tranquilos mientras sus hijos quedarían al cuidado de Isabella y otras jóvenes educadoras. 

Desde que los feligreses supieron que el arzobispo Nikiforov había accedido a financiar la iniciativa que ellos mismos se habían esforzado en levantar, quisieron expresar su gratitud, lo invitaron a un almuerzo comunitario que realizarían en el patio trasero de la misma parroquia. Víctor aceptó ir, e incluso quiso oficiar la misa previa. Muchos vieron este gesto como una muestra de humildad por parte del arzobispo, quien, según los pobladores que lo escuchaban atentos mientras seguían con respeto los diversos ritos eucarísticos, debería oficiar misas solo en la catedral y para personas importantes, no obstante, más que un acto de humildad era un gesto que le ayudaba a sanarse a sí mismo. 

Víctor emprendió el viaje para volverse sacerdote porque deseaba ser útil a personas buenas y con fe sincera, personas honestas que buscaban en Dios la fuerza que necesitaban para enfrentar los problemas que pudieran presentarse, un refugio que los confortara y curará sus lágrimas, un padre que los hiciera sentir protegidos y a salvo. Era entre esas personas que su corazón encontraba paz y una parte de él podía sentir que pese a todo podía hacer el bien. Era allí donde recordaba que una parte de él todavía era capaz de tener esperanza y que su alma aún no era consumida completamente por sus deseos de venganza, que aún había amor para ofrecer. 

Y por momentos parecía olvidarlo todo y entregarse con franqueza a la que una vez llamó vocación.

Después de que la misa finalizó, se apresuraron en terminar de preparar el almuerzo dominical que fue servido en una larga mesa que se formó uniendo mesas pequeñas, llevadas por las mismas personas que estaban allí, desde sus casas. 

El almuerzo era una sopa de verduras con carne de vacuno, jugo de frutas y pan. Víctor lo disfruto mientras conversaba animadamente con las personas a su alrededor, quienes estaban sorprendidas por la calidez  y gentileza de quien ostentaba uno de los cargos más altos de la iglesia en el país. 

El almuerzo se extendió más de lo que habían planeado, pero a nadie pareció importarle, el momento era grato y el tiempo volaba. Víctor rio ante las bromas que se decían y por un momento pensó que estaba viviendo la reminiscencia de sus sueños de adolescentes, pero la vida lo llevó por otros rumbos, y aunque tuviera agrado y cariño por momentos como ese y los que vivió en la parroquia en la que sirvió cuando era un sacerdote recién ordenado, ahora tenía algo que era más valioso que todo eso: Yuuri.

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

La cafetería en la que había citado a Otabek era pequeña y poco concurrida, un pequeño paraíso desconocido con el mejor café y los postres más dulces. En cuanto entró, Yuuri se vio envuelto en el aroma intenso de los granos y en la calidez que característica de la cafetería. Otabek ya se encontraba allí. 

El moreno bebía café mientras leía un libro en un rincón silencioso y apartado, Yuuri se acercó y se sentó frente a él.

—Gracias por venir, Otabek —dijo a modo de saludo.

—Parecía urgente —contestó, cerró el libro y lo dejó sobre la mesa, después mio fijamente a Yuuri.

Fueron interrumpidos por la mesera, quien tomó la orden de Yuuri y se alejó, ambos se quedaron en silencio.

—¿Qué es lo que ocurre, Yuuri? —preguntó al notar que el silencio se extendía y el gesto angustiado en el rostro de Yuuri.

—Estoy preocupado por Víctor —respondió mirando sus manos. 

—Él es un hombre fuerte.

—Lo es… pero incluso alguien tan fuerte como él tiene sus límites. 

—¿Qué es lo que quieres que haga? 

—Ayúdame a preparar todo para cuando esto termine, tengo que liberar a Víctor de la iglesia y de las consecuencias de lo que está haciendo.

—Pero él…

—Esta vez seré egoísta, no me importa que él quiera llegar hasta las últimas consecuencias… no se lo permitiré —Yuuri apretó sus manos y tensó la quijada—. Lo protegeré, incluso de sí mismo. 

—Bien, ¿qué necesitas?

La conversación se extendió mientras bebían café y Yuuri exponía sus preocupaciones. Otabek escuchó las ideas que Yuuri tenía y estuvo de acuerdo en ayudarlo con sus planes. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Víctor mojó su cara con agua fría y se miró al espejo, su rostro lucía menos cansado después de esa tarde alegre, lejos del arzobispado. Secó su rostro y salió del pequeño baño que había en la iglesia, junto a la sacristía. Iba a volver al patio, pero escuchó la voz de Leroy y decidió despedirse, era tarde y quería ver a Yuuri; ese sería el mejor final para el buen día que estaba teniendo.

—Tal vez esta noche no tenga pesadillas —murmuró para sí mismo mientras abría la puerta de la sacristía. Quizá, debió haber tocado la puerta. 

Víctor entró a la sacristía y su expresión desfiguró su rostro en un gesto de sorpresa que no pudo esconder: Isabella rodeaba el cuello de Jean con sus delgados brazos y ambos se besaban como si se desvivieran en sus labios unidos. El obispo intentó salir sin decir nada, pero la puerta crujió y delató su presencia, tanto Isabella como Jean reflejaron el miedo y la vergüenza en sus rostros y bajaron la mirada al verse descubiertos.

—Su excelencia… yo.. —tartamudeó Jean.

—Jean, no es necesario el protocolo, fuimos compañeros en el seminario y podemos hablar como amigos. 

Leroy le pidió a Isabella que lo dejara a solas con Víctor, ya en privado le confesó que se había enamorado de ella y que tenían una relación secreta desde hacía casi un año.

—Soy egoísta —confesó—, no quiero perderla, pero tampoco quiero renunciar al sacerdocio. 

—Eres un buen sacerdote, todas las personas con las que hablé cuentan cosas buenas de ti —respondió Víctor—, has ayudado a estas personas de un modo que va más allá de tu labor espiritual. Si te soy sincero, no creo que haya nadie mejor que tú para hacerse cargo de esta parroquia. 

—Pero Isabella… la amo.

—Todos tenemos secretos, y te aseguro que el tuyo es muy inocente comparado con los de otras personas. No le hacen daño a nadie, tal vez solo a ustedes mismos por no vivir su amor de manera libre…

—¿Qué hago, Víctor?

—Eso no es algo que yo pueda decirte. Es tu vida y la de ella, ambos deben estar seguros de lo que quieren y cómo desean vivir su vida —respondió, puso su mano sobre el hombro de Jean—. No voy a trasladarte de parroquia ni te amonestaré de ninguna otra forma, confío en que tomarás la mejor decisión. 

—¿Tampoco me darás penitencia?

—Esto ha sido una conversación entre compañeros, no una confesión. —Víctor sonrió con amabilidad—. Además, ¿serviría de algo que te enviara a rezar?, probablemente tú ya has buscado ayuda a través de la oración. 

—Cada día…

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Christophe estaba extendido en el sofá de su oficina mientras Masumi, sobre él, besaba su cuello y masajeaba su entrepierna con descaro, pero aún sobre el pantalón negro del sacerdote más joven. 

—Te amo —confesaban entre jadeos ahogados y ojos brillantes, nublados por la excitación y el deseo. 

Besos húmedos y sudor se hacían presentes, la ropa comenzaba a estorbar y los botones de sus camisas eran desabrochados con habilidad.

—Te deseo —murmuró Christophe cuando la lengua de su amante se posó sobre uno de sus pezones, al tiempo que él hundía sus dedos en el cabello castaño de Masumi y con su rodilla buscaba estimular el pene semi erecto de su compañero. 

En ese momento el teléfono móvil de Giacometti comenzó a sonar.

—No contestes —pidió Masumi al ver que Christophe lo tomaba de la mesa junto al sofá.

—Es Víctor, debo hacerlo… —respondió intentando controlar el sonido indecente de los ruidos inevitables que hacía su boca al verse estimulado con habilidad—. Dame un respiro, juro compensarte —rogó antes de contestar el teléfono.

—Esta bien…

Christophe se aclaró la voz y luego contestó el teléfono.

—Víctor.

Hola, Chris —respondió desde el otro lado de la línea, sentado en el asiento trasero de su automóvil—, solo quería preguntarte si han encontrado algo…

—Sí, pero la verdad ni Masumi ni yo fuimos capaces de verlos…

—Entiendo, pronto enviaré a alguien por ellos, borra todo a excepción de nuestras copias.

—Ya está hecho.

—Nos vemos pronto.

—Adiós, Víctor… cuídate, por favor. 

—Lo haré. 

Cuando Christophe colgó el teléfono su expresión ya había cambiado, su semblante jovial mutó a uno ensombrecido.

—¿Estás preocupado? —preguntó Masumi mientras le acariciaba el cabello.

—Llevo años preocupado por Víctor, pero él nunca ha escuchado mis consejos. 

—Solo nos queda estar aquí para él si alguna vez nos necesita.

—Lo sé…

Chris apoyó su cabeza en el hombro de Masumi y fue acariciado por su pareja, ahora lejos del frenesí sexual que minutos antes los desbordaba, eran toques suaves que derramaban calma y cariño.

 

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