En el nombre de Dios, a quien tanto odio (14)


Capítulo 14: Refugio

Víctor dormía profundamente en la que alguna vez había sido su cama, sus párpados estaban hinchados y la piel alrededor de ellos enrojecidos, había llorado como hacía mucho tiempo no se lo permitía, derramó su dolor como un grifo abierto, sin siquiera intentar contenerse. Y ahora dormía; descansaba como si volviera a ser un niño bajo la protección del padre Yakov. Allí, en esa misma cama, bajo ese mismo techo. 

Yakov estaba sentado en la misma cama, acariciaba el cabello plateado con gesto ausente. Su mirada perdida en algún punto infinito, sin realmente ver nada. 

El sacerdote no era estúpido, había visto cómo durante los últimos años la iglesia había escondido y silenciado numerosos casos que ponían en entredicho la honra de muchos de aquellos hombres que decían portar la palabra de Dios. Sin embargo, Yakov jamás imaginó el infierno por el que Víctor había transitado. Víctor, el niño que acogió en su casa y al que consideraba un hijo, había pasado por todo aquello solo, lejos de su protección… y también de la de Dios.

El hombre mayor usó sus manos para esconder su rostro y un sollozo ahogado escapó sin que pudiera contenerlo, las lágrimas, que a esas alturas Yakov creía inexistentes, acudieron al llamado de la angustia que partía su alma y se derramaron por el rostro duro, surcado de arrugas y manchas provocadas por la edad. 

¿Qué podía hacer?, se preguntó. Víctor lo había buscado como confesor, ató su lengua tras el sacramento promulgado por una iglesia contaminada, una iglesia que se pudría tras la idolatría, idolatría al poder en todas sus formas.

Yakov secó sus lágrimas y salió de la habitación, dejando allí a un Víctor que parecía transportado a mejores tiempos, respiraba de manera tranquila y acompasada mientras dormía profundamente. 

Después de salir de la habitación, el viejo sacerdote se alejó de su pequeña casa y caminó dentro de los terrenos de la iglesia hasta entrar de nuevo al pequeño templo de pueblo chico. Luego de andar el corto trayecto hacia los asientos delanteros se sentó y observó el crucifijo enorme que resaltaba entre la austeridad de esa parroquia. 

—Nunca tuve grandes aspiraciones, sabes que mi corazón es tan sencillo como este lugar —dijo Yakov con la voz afectada, temblaba—. Mi vida entera la he gastado llevando palabras de esperanza a las personas que necesitan consuelo e intentando que las personas sigan las enseñanzas que creo correctas, pero… ¿de qué sirve todo eso si no puedo otorgar consuelo a la persona que más me importa? Víctor es mi hijo y pese a la distancia que él colocó entre nosotros nunca deje de amarlo como tal. —Yakov limpió una lágrima que corrió por su mejilla—. Y ahora me siento completamente impotente ante su dolor. 

Nada. No había nada que Yakov pudiera hacer por Víctor más que escucharlo y brindarle ese pequeño oasis, ese refugio donde podía volver a ser un niño. Nada más. Porque al salir de ese pequeño pueblo olvidado en el sur, Víctor se encontraría con la misma realidad que muy en el fondo había deseado evadir: Nada habría cambiado fuera de las alas protectoras del padre Yakov. 

Y Yakov lo supo.

No podía hacer nada, pero estaría allí para él. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Ya era de noche cuando Victor volvió a abrir sus ojos, había dormido la tarde entera. Se sorprendió al comprobar que sus sueños fueron pacíficos y que su descanso solo se vio perturbado por el hambre que había comenzado a sentir; ese día apenas había probado bocado. 

Víctor observó el pequeño cuarto por unos segundos y luego se levantó. Se dirigió a la puerta de madera que estaba a unos pasos de la vieja cama y, al salir, el aroma a comida casera hizo que el hambre aumentara, lo que provocó su salivación. 

—¡Huele delicioso! —exclamó desde la puerta de la cocina, sus ojos brillaban mientras se acercaba a la olla en la estufa.

—Ve a lavarte las manos y la cara —ordenó Yakov interponiéndose en las intenciones de Víctor—, y luego pones la mesa. 

Víctor asintió, sentía el calor recorrer su pecho al ser tratado con esa familiaridad que le recordaba sus días de adolescencia, obedecer a Yakov en esas órdenes sencillas que cualquier padre da a un hijo se sentía natural y cálido. 

Yakov había preparado cazuela de pollo, un platillo que Víctor disfrutaba mucho cuando era niño.

—No sabes cuanto extrañé comer cazuela preparada por ti —dijo Víctor una vez sentado a la mesa, frente al plato humeante—. Creo que nunca comí una tan deliciosa como esta. —Víctor saboreó el caldo sazonado y sonrió con nostalgia—. Tiene el sabor del que fue mi hogar. 

—Este siempre será tu hogar, Víctor —respondió Yakov. 

—Sí —susurró para luego continuar comiendo en silencio. 

Durante mucho tiempo, la única fuente de paz para Víctor se encontraba en los brazos de Yuuri, allí, al aspirar el aroma de su amante, envuelto en  la calidez de su cuerpo, Víctor se sentía en calma, seguro y feliz. Nunca creyó que podría experimentar aquello con otra persona, sin embargo, al disfrutar de la comida preparada por su padre y compartir ese cómodo silencio, comprendió que con Yakov memoraba emociones similares. 

—Muchas veces quise huir… —dijo después de terminar con su comida—. Lo único que deseaba era retroceder el tiempo y volver a tener la vida sencilla de un adolescente alegre e ingenuo, cuya mayor preocupación era sacar buenas calificaciones y ordenar mi habitación para no ser regañado por el gruñón del padre Yakov. —Víctor rió ante esos recuerdos, sus ojos se humedecieron nuevamente, era transparente la nostalgia que lo embargaba. Bajó la mirada. 

—Eras un mocoso muy despreocupado…

—Era un mocoso feliz, porque aunque perdí a mis padres nunca estuve solo, porque eres mi padre también. 

—Vitya…

—Me estoy perdiendo a mí mismo y eso me aterra. Siento que cada día que pasa una parte de mí cambia. La frialdad, la crueldad, la manipulación y la falta de piedad ganan terreno en mi alma… las pesadillas en las que me vuelvo un torturador me persiguen y debo lidiar cada día con las ganas de asesinarlos como a Blankenheim —sonrió—, ni siquiera soy capaz de sentir remordimiento por tener su sangre en mis manos —expresó con frialdad.

Víctor levantó la mirada que hasta ese momento había mantenido oculta tras su flequillo color plata.

—Nunca quise volverme un monstruo como ellos, pero mi deseo de venganza es tal que yo… que yo… ¡mi alma se pudre y ya no puedo hacer nada para evitarlo!

—¡Eso no es cierto! —Yakov alzó la voz y golpeó la mesa—. Fuiste una víctima y aún lo eres. No eres malvado por sentir rencor contra quienes te lastimaron, solo humano. Eras todavía un niño cuando debiste enfrentarte a ellos.

—Un niño abandonado por Dios.

Yakov apretó su quijada sin saber de qué manera responder a esa frase dicha con tanta amargura. El viejo sacerdote siempre tenía palabras adecuadas para enrumbar a sus feligreses, palabras que entregaban esperanza, fe y fortaleza, pero en ese momento, él también se preguntaba porqué Dios no había protegido a Víctor, ¿tenía algún propósito divino el que Víctor pasara por todo eso? Yakov era un hombre simple que no podía entender los designios del Señor, aunque llevara años repitiendo para sí mismo, y para todos, que el tiempo de Dios es perfecto y su voluntad soberana. 

Por primera vez en muchos años Yakov no sabía qué decir, pero había algo de lo que estaba seguro:

—Pese a todo, aún puedo ver frente a mis ojos al adolescente bondadoso que salió de este pueblo deseando ayudar al prójimo. Estoy seguro que eso es algo que nadie puede arrebatarte. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Al día siguiente, Víctor despertó temprano y después de preparar el desayuno, vistiendo ropa cómoda y sencilla, salió del pueblo en el que había crecido para dirigirse a uno de sus lugares favoritos. Cuando era adolescente, solía colarse hasta allí pese a que en ese tiempo eran terrenos privados, pertenecientes a la famosa forestal que poseía gran cantidad de terrenos en el sector. 

Ahora el terreno le pertenecía a la municipalidad, las autoridades querían implementar un plan turístico que atrajera viajeros y fomentara la economía de la zona. 

A Víctor no le fue difícil llegar a la cima del Salto Sagrado, una hermosa caída de agua desde un estero, alimentado por canales de regadío. Víctor apreció desde la cumbre aquella caída de agua, que descendía desde una altura de setenta metros en un corte vertical del terreno que forma una hendidura a tajo abierto en la tierra, con una hermosa y tupida vegetación. 

A Víctor siempre le había tranquilizado escuchar el sonido del agua golpeando la superficie mientras respiraba el aroma del bosque, pero en ese momento, solo podía pensar en aquellos setenta metros. No podría sobrevivir si caía desde aquella altura. Nadie podría.

—Creo que a Yuuri le gustaría este lugar —susurró mirando el cielo, el sonido de las aves en libertad llegó a sus oídos y sonrió—. Vendremos aquí cuando todo termine, mi amor —prometió.

El resto de ese día, y el siguiente, Víctor fingió que nunca se había ido de allí. 

Y por un momento pudo volver a ser ese adolescente que nunca dejaría de ser bajo la mirada de Yakov.

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Al tercer día, Víctor debía regresar por Minako y Joaquín Kast, el vuelo a la capital salía esa misma tarde. Se levantó temprano y desayunó en silencio, sin realmente querer regresar a sus obligaciones, se sintió débil por querer escapar, ocultarse de todo y quedarse allí. Sí, una parte de él deseaba llamar a Yuuri y huir junto a él de todo lo que implicaba ser un sacerdote, un obispo. Vivir junto a su amado en los parajes tranquilos de su infancia, cultivar la tierra, comerciar… cualquier cosa que no fuera arrastrar sufrimientos propios y ajenos. Olvidar. 

Pero el olvido era una utopía imposible. Eso era algo que Víctor ya sabía.

El peso del rencor y el deseo de venganza, más allá de justicia, eran sentimientos fuertes, impresos con fuego imperecedero: Retroceder nunca había sido una opción.

Aunque necesitase esos días de debilidad. 

—Víctor —llamó Yakov cuando lo vio listo para partir.

—Le agradezco mucho dejarme pasar estos días aquí, padre —dijo Víctor con una sonrisa sincera y cálida en su rostro. 

—Este es tu hogar, Víctor, las puertas siempre estarán abiertas para ti. —La voz del sacerdote sonó preocupada—. Hijo, no hagas ninguna tontería, no debes soportar más carga de la que puedes resistir. Por favor, cuídate. 

Víctor besó la mejilla de Yakov y le sonrió por última vez.

—Adiós, padre Yakov —dijo para luego darse la vuelta y caminar hacia el automóvil estacionado—. Lamento no poder hacer caso a su recomendación —susurró para sí mismo.

Yakov lo vio partir con un nudo en su garganta. 

—Dios, tal vez esta ha sido tu voluntad, tal vez el propósito de Víctor es tan grande que no puedo comprenderlo… pero, ¿no ha sufrido ya demasiado? —preguntó mientras el automóvil se ponía en marcha—. Por favor, Dios, te lo ruego; protégelo. 

Pero esa oración que Yakov alzaba era tardía. La última vez que Víctor rogó por la protección de su Dios, fue la misma noche en que su cuerpo fue ultrajado y su alma rota. 

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