En el nombre de Dios, a quien tanto odio (13)


Capítulo 13: Confesión

Estaba rodeado de niños vestidos con trajes blancos y celestes. El sol resplandecía y el verde del jardín lucía más vívido de lo que jamás había sido, las risas limpias invadían sus tímpanos y se sintió feliz. Feliz de estar rodeado de almas puras que corrían en libertad. Los amaba, amaba a los niños con locura. Los amaba de manera enfermiza: los deseaba suyos. Amaba esa pureza que desprendían sus miradas y deseaba arrancarla de sus almas, poseerla. 

Amaba a los niños y estaba rodeado de ellos, en su propio paraíso. 

Sus ojos voraces recorrieron los cuerpos delgados hasta que escogió a un pequeño niño rubio de preciosos ojos verdes, lo tomó del brazo y comenzó a alejarse del resto de los críos que seguían sumergidos en sus juegos infantiles. Caminaba sin mirarlo e ignorando la resistencia que el pequeño oponía: No quería ir con él. 

La resistencia se fue haciendo cada vez más pesada, más difícil de romper. Llegó un punto en que tuvo que detenerse, no podía avanzar, como si lo que arrastrara no fuera solo un frágil niño. 

Giró confuso y vio como la sombra de un gigante lo aplastaba. El pequeño rubio ahora medía dos metros, tres, cuatro… seguía creciendo, irguiéndose frente a él. El rostro infantil y la mirada inocente ya no estaban allí. El rostro se había transformado en uno lleno de ira y los ojos verdes se habían trastocado perdiendo todo su brillo, transformándose en filosas esmeraldas a punto de cortar. 

El miedo lo invadió e intentó huir, pero no podía. Los niños lo rodeaban mientras sus cuerpos crecían. Ojos castaños, azules y negros comenzaban a perseguirlo, miradas como dagas lo atravesaban. 

Se sintió pequeño, pequeño, pequeño mientras sus pies se hundían en el fango, ralentizando sus pasos, volviéndolo frágil ante el rencor de esos niños que tenían nombre y que ahora se levantaban frente a él clamando venganza. Venganza por su inocencia robada, por su niñez interrumpida de la forma más cruel, más sucia, más perversa. 

Y se hundía, se hundía, se hundía en estiércol putrefacto ante las cuencas vacías, oscuras, sombrías de aquellos seres grandes, hermosos, alados y mortales. Venganza clamaban sus risas deformes, venganza pedían sus voces de niño, distorsionadas.

Lombardi luchaba por mantenerse a flote, por salir de la inmundicia, pero esta lo jalaba con fuerza, lo absorbía, lo engullía lentamente, lo devoraba por completo: sus piernas y su torso habían desaparecido y sus brazos en alto clamaban auxilio mientras podredumbre se alzaba por su cuello, alcanzó su barbilla, entró por su boca sin que pudiera evitarlo. 

Y lo último que vio antes de ser tragado por completo, fueron los ojos azules de Víctor que lo observaban con la frialdad que habían adquirido en los últimos años: calculadoras estacas de hielo que lo condenaban a caer por el precipicio de la corrupción. 

No podía respirar. 

Lombardi movió sus manos hasta alcanzar su cuello, arañó, luchó por oxigenarse en medio de esa fétida oscuridad. 

No podía, moriría.

Sentía que moría, pero su boca se abría sin rendirse: necesitaba aire, aire, aire.

Y una bocanada entró a sus pulmones con violencia, con el dolor que le recordaba que estaba vivió; gritó y tosió con desesperación, pero respiro. 

Respiró y abrió los ojos, se despertó en su cuarto, en su cama, solo. Los ángeles de muerte y venganza no estaban allí. No había sido más que un sueño, una pesadilla, la primera. 

Desde aquel día las pesadillas lo persiguieron, pero no solo durante la noche. 

Los estantes altos de la biblioteca se tornaban gigantes sin rostro, las sombras se transforman en demonios y las voces de los sacerdotes eran trastocadas en risas crueles y sedientas de sangre. 

Todos a su alrededor estuvieron de acuerdo en que el viejo sacerdote había perdido la cordura. Nadie objetó cuando el doctor Baeza sugirió internarlo. 

—Hay personas de mi confianza trabajando en el psiquiátrico —advirtió Víctor antes de que se lo llevara—, me informarán sobre el estado de Lombardi, ya sabe lo que quiero. 

—Lo tengo claro excelencia —respondió Baeza—, las alucinaciones y las pesadillas lo volverán loco. 

—Quiero que viva en un pequeño infierno cada uno de los días que le quedan sobre la tierra. 

—Así será.

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Víctor tenía que viajar al sur del país. Las acusaciones sobre abuso sexual sufrido por dos adolescentes que fungían como monaguillos en una parroquia costera eran una amenaza para la imagen de la iglesia. El obispo correspondiente no había logrado dar respuesta a los padres de los jóvenes y amenazaban con hacer público el delito. El que aún no había sido denunciado debido a la promesa de que la iglesia se encargaría de la sanción. 

Era una suerte para la iglesia que se trataran de personas crédulas y llenas de fe. 

Minako se sorprendió cuando Víctor le pidió que lo acompañara, y no fue la única sorprendida, después de todo, ella era conocida por intentar develar los casos de pedofilia que la iglesia escondía bajo la alfombra. Sin embargo, todos asumieron que el arzobispo había encontrado la manera de tenerla callada y de su lado. Incluso los más atrevidos especularon sobre un amorío entre ambos, después de todo, monseñor era joven y definitivamente atractivo: Si la tenía contenta en la cama, probablemente su boca se mantendría cerrada. Concluyeron las lenguas viperinas que pululaban por el arzobispado. 

—No entiendo por qué me llevas contigo, a menos que, por alguna extraña razón que no comprendo, realmente quieras que piensen que soy tu amante —dijo Minako mientras esperaban el vuelo.

—Lo que piensen me tiene sin cuidado mientras Yuuri esté a salvo de rumores y habladurías. 

—Eso no responde mi pregunta.

—Simplemente quiero que le apoyes mis palabras —respondió sin mirarla a los ojos—. Las personas a las que vamos a ver deben entender que jamás podrán hacer algo contra la iglesia y que les conviene quedarse callados y dejar de amenazar con hacer una denuncia formal o pública contra el sacerdote que abusó de los niños. 

—Eso no me gusta nada. 

—Es lo que tienen que hacer, Minako. Si guardan silencio puedo convencer a Bellamy de que el tema está resuelto y podré dejar en paz a esas familias. Si insisten, el cardenal presionará para que se tomen medidas más drásticas. Bellamy no tiene reparos si se trata de la imagen de nuestra santa iglesia —se burló de esas palabras— y la posición en la que hoy estoy no me permite margen de maniobra.  

—¿Qué les ofrecerás?

—Trasladar al sacerdote y darle una sanción eclesiástica. 

—¿Y yo que haré?

—Tomarás registro de sus acusaciones y les dirás lo mucho que perdiste al intentar oponerte a la iglesia. Los convencerás de que es mejor aceptar nuestras condiciones. 

—Y realmente lo es, ¿verdad?

—Sí. Hasta poder hacerlos caer a todos. 

—¿Esa es la razón por la que quieres ir a Roma?

—Hoy tengo en mis manos las pruebas y el poder suficiente para destruir a muchos sacerdotes. Pero la pedofilia y el abuso de poder no es algo que solo se de aquí, al lado de Bellamy descubrí que la iglesia entera se pudre y que el vaticano es la cuna de esa putrefacción. 

—Y tienes que ir al centro del fango.

—Tengo que acceder a dos cosas, Minako. Primero a los archivos donde se guardan los documentos privados de la iglesia, allí tienen el registro de las actividades ilícitas y las acusaciones que han sido desestimadas y ocultadas de la opinión pública. Y luego a los medios de comunicación oficiales de la iglesia. Pero para eso, primero debo caminar por sobre el sufrimiento de otras personas. 

—Tendré que caminar este trecho contigo. 

—Lo siento. 

—Ya no hay vuelta atrás. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

En el pequeño aeropuerto sureño los esperaba el obispo Bautista Baró junto a otro joven sacerdote. Monseñor Baró se acercó solícito y agradeció inmediatamente la pronta respuesta de Nikiforov.

—Es vergonzoso para mí tener que molestarlo con noticias tan lamentables —dijo Baró—, pero satanás siempre busca tentar a los hombres consagrados a nuestro Señor, incluso utilizando a adolescentes que se alejan de Dios y escuchan al demonio, provocando que hombres santos caigan en la lujuria. Y ahora pretenden chantajear a la iglesia. 

—No vine a este lugar a escuchar ese tipo de estupideces, monseñor Baró —dijo Víctor mirándolo con sus fríos ojos azules, observó casi con diversión como el color desaparecía de las mejillas regordetas del obispo—. Creo que ambos entendemos perfectamente que su santo sacerdote no es más que un violador. No voy a engañarme a mismo con esa clase de palabrería barata que sale de su boca y le advierto, no intente insultar mi inteligencia pensando que creeré que un par de adolescentes indujeron a un hombre adulto, un sacerdote que ostenta poder simbólico sobre sus feligreses, a cometer actos deleznables.

—Pero excelencia, ¿acaso pretende apoyar a la familia de esos mocosos?

—Claro que no, pero seamos claros: No vine aquí a apoyar a ningún sacerdote en desgracia, vine a proteger el nombre de la iglesia. No hay nada de santo en mis acciones, tan solo estoy aquí para mostrar el poder del más fuerte y silenciar lo que debe ser mantenido silencio. No intente engañarse monseñor Baró, porque en este juego estamos lejos de ser los buenos. 

En silencio, Víctor y Minako salieron del pequeño aeropuerto y tomaron asiento en el automóvil que el sacerdote más joven les indicó.

La reunión con las familias tuvo los resultados que Víctor esperaba. Se reunió con ellos a solas, solo a Minako le fue permitido estar presente. El arzobispo pretendía ser frío, mostrar las alternativas  y persuadirla de que aceptar sus condiciones era la única opción viable. Sin embargo, Víctor no podía mostrar indiferencia ante el dolor ajeno, y fue precisamente esa calidez que no pudo ocultar lo que llevó a esas familias humildes a confiar en él. 

Los muchachos abusados: Ricardo y Camilo, eran de familias pobres y profundamente creyentes, el temor a Dios y el respeto a la iglesia no eran cosas de las que se pudieran desprender tan fácilmente. Víctor prometió que la sanción al sacerdote sería adecuada y que se encargaría personalmente de que no pudiera volver a cometer un crimen como el que perpetró contra ellos. El que llamara a ese acto crimen les hizo tener esperanza, el que no intentara culpabilizar a los adolescentes les hizo confiar. 

El acuerdo fue trasladar al sacerdote en cuestión, Joaquín Kast, al arzobispado, allí Víctor decidiría la sanción eclesiástica que debería cumplir. Por otra parte, Víctor decidió otorgar un monto de dinero a las familias, como compensación, pero también para que pudieran buscar ayuda profesional para sus hijos y para poder asegurarle a los muchachos un mejor futuro, con estudios o lo que desearan hacer una vez salieran de la escuela. 

Minako quedó complacida con la actuación de Víctor, el arzobispo Nikiforov solía mostrarse frío, distante y calculador, pero ante los ojos tristes de una madre y el dolor de un muchacho que aún podía considerarse un niño toda esa capa de hielo con la que se recubría se hacía agua. La calidez brotaba de él. 

Minako realmente hubiese querido conocer al Víctor de dieciocho años, al joven lleno de fe y alegría. Si ese muchacho hubiera sido preservado, el hombre frente a ella sería una luz resplandeciente: Un farol en medio de la noche. 

Pero las personas a su alrededor decidieron por él y apagaron esa luz.

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Volverían a la capital en tres días, y no volverían solos, Joaquín Kast volaría con ellos. Minako quería vomitar por la sola idea de estar cerca de ese sujeto, pero no tenía más opción. 

Víctor dejó a Minako instalada en un hotel, luego le avisó que estaría fuera de la ciudad, pero que volvería a tiempo para el regreso. No le dijo a donde iría, simplemente que realizaría una visita. 

Nikiforov tomó prestado el auto de monseñor Baró y salió de la ciudad, manejó por la autopista y luego se internó en un camino de tierra que después de dos horas de conducción lo llevó a un pequeño pueblo interior, bordeado por dos ríos. Estacionó el auto gris junto a la plaza y desde allí caminó a la parroquia de madera que se alzaba en la calle principal. 

Entró por las puertas siempre abiertas y caminó por el suelo de madera, distinguió la figura del padre Yakov, escoba en mano barriendo cerca del altar. 

—Padre Yakov —pronunció al encontrarse más cerca, su voz sonó temblorosa y sus ojos comenzaron a acumular las lágrimas que la nostalgia creaba en su mirada. Sus manos temblaron al ver como aquel sacerdote se giraba a verlo y abría sus ojos con asombro al reconocerlo. 

Víctor había dejado de contestar sus cartas y sus llamadas telefónicas cuando fue destrozado. No quería que Yakov supiera que estaba sucio, no quería recordar que había sido feliz, que había creído las palabras llenas de fe que le había dicho, porque no, no, lo que Yakov le había repetido cada día: Si Dios es tu pastor nada te ha de faltar, era una cruel mentira. Porque Dios no estuvo nunca junto a él. No fue Dios quien lo salvó de enloquecer de dolor y de quebrarse por completo: fue Yuuri, solo por él conservaba aún nobleza en su alma. Yuuri era su única luz, el único nombre sagrado al que adoraba. 

—¡Víctor! —exclamó el viejo Yakov.

—Padre… 

Víctor rompió la distancia que había entre ambos y lo abrazó, lo abrazó como un niño abrazando a su padre. Las lágrimas corrieron por sus mejillas ante el desconcierto de Yakov, quien no pudo más que abrazarlo de vuelta y acariciar su cabello como cuando era un niño. 

Cuando fue capaz de separarse un poco de su padre, Víctor lo miró y Yakov pudo ver el alma rota del que era su hijo.

—Padre —dijo Víctor en un manso murmullo—, por favor, concédame el sacramento de la confesión —rogó. 

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