En el nombre de Dios, a quien tanto odio (11)


Capítulo 11: Sanando heridas (pasado)

Cuando Yuuri al fin pudo dejar el orfanato en el que creció, Víctor ya había sido destinado a una pequeña iglesia ubicada en el centro de la capital, la misma en la que había realizado su año de acción pastoral. Víctor fue recibido con afecto por sus antiguos feligreses, quienes lo recordaban con mucho cariño y estaban felices de recibirlo esta vez ya convertido en sacerdote de pleno derecho. Víctor, ayudado por su encanto natural, se había ganado rápidamente la confianza de los parroquianos, quienes se habían sentido animados a mantener una relación cercana con él debido a la amabilidad y aprecio con la que siempre los trataba. El sacerdote parecía comprenderlos mejor que cualquier otro cura y durante el sacramento de la confesión los miraba calidez; como un buen amigo que dice las verdades difíciles sin dejar de demostrar amor o el psicólogo que escucha sin juzgar. 

Víctor era muy querido en aquel lugar y él también se sentía cómodo con sacerdotes que no ostentan ninguna clase de poder dentro de la jerarquía eclesiástica y con personas que con honestidad, sin segundas intenciones. ponen sus esperanzas en el Dios que los observa desde las alturas. 

Ese mismo afecto que sentían por Víctor le permitió al sacerdote preparar el camino para que Yuuri estuviera cerca de él. Una mujer mayor, que vivía sola, acogió al muchacho en su casa y una pareja que poseía un minimarket lo contrató como cajero, no recibía un gran salario, pero era suficiente para pagar el instituto donde empezó a estudiar contabilidad de manera vespertina. Para nadie resultaba extraño que Yuuri y Víctor fueran cercanos, sabían que el muchacho lo conocía desde niño por haber crecido cerca de él y pensaban que lo veía y admiraba como si fuera un hermano mayor. Eso era lo que Yuuri decía y nadie se atrevía a dudar de su relación con el sacerdote. 

Yuuri también fue rápidamente apreciado por quienes lo conocían. Su personalidad era timida y reservada, pero poseía una dulzura capaz de ganarse los corazones de quienes lo trataban. Y Yuuri sentía la calidez de las personas que lo acogían y se sentía seguro entre ellas. 

El tiempo pasaba y los momentos que podían tener a solas, encerrados en la sacristía o escondidos del mundo en cualquier lugar privado que encontraban, comenzó a indicarles que el deseo entre ellos estaba creciendo a pasos agigantados. Yuuri había dejado de ser un niño y quería más de Víctor, exigía cada vez más del sacerdote y el sacerdote deseaba entregarle a Yuuri todo cuanto podía dar. 

Días antes de que Yuuri cumpliera los diecinueve años, decidieron al fin consumar el amor que con esmero y dedicación habían cultivado durante tantos años. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Temblaban. 

Todo el valor que los había llevado a ese cuarto de hotel se esfumó cuando finalmente se encontraron a solas. Se miraban como tantas veces lo habían hecho, pero sin atreverse a dar el siguiente paso, ni siquiera sus manos se tocaban como cada vez que se encontraban juntos y sin testigos. 

Víctor pasó su mano por su corta cabellera, sus ojos se desviaron hacia la pared, quería encontrar algo que le confirmara que era correcto estar allí, con Yuuri. Lo amaba, lo amaba tanto que la sola promesa de tenerlo entre sus brazos lo llenaba de un sentimiento cálido y sobrecogedor; felicidad. Pero al mismo tiempo, el solo hecho de acercarse a él con la intención de hacerlo suyo lo angustiaba; le dolía el pecho y le faltaba el aire con tan solo recordar aquella noche en que lo vio salir del despacho de Lombardi. Le dolía tanto el pensar que hubo un tiempo en el que no pudo protegerlo. 

Ese dolor hacía que una parte de Víctor deseara preservar a Yuuri como a una de esas figuras sagradas a las que se les aprecia y adora a la distancia, porque algo santo no puede ser tocado con manos pecadoras. Y eso representaba Yuuri para Víctor, todo lo sacro y lo divino estaba encarnado en sus ojos marrones, en el alegre sonido de su risa, en su respiración suave, en su sola existencia. 

Pero Víctor no podía negarse lo mucho que lo deseaba, aunque era un deseo teñido de desesperación. Lo deseaba con el terror de imaginar que sus manos lo tocarían como tantas veces había tocado a otros hombres. Lo deseaba con el horror de saber que podía seducirlo porque era experto en aquel arte, llevaba muchos años utilizándolo en sacerdotes con diferentes grados de poder; sacerdotes que Lombardi quería tener en sus manos, pero que Víctor se aseguraba de tener a sus pies. Lo deseaba con el pavor de encontrarse tratando a Yuuri como a cualquiera de sus amantes. Lo deseaba con la desesperanza del creyente que se postra a los pies de su Dios, rogando para que le muestre una nueva manera de amar. 

Víctor temblaba tratando de convencerse que estar ahí era lo correcto.

Yuuri, al ver que Víctor desviaba la mirada, se dedicó a mirar sus pies y a juguetear con sus manos sin saber cómo debía actuar. Tenía miedo; le aterraba encontrarse en los brazos de Víctor y verse asaltado por los amargos recuerdos de su infancia, le aterraba abrir los ojos y mirar a Víctor con ese sentimiento perturbador, mezcla de miedo, tristeza y asco, que lo perseguía en sueños cuando estos se volvían pesadillas. 

Pero tampoco podía negarse que lo deseaba. Deseaba que las caricias de Víctor borraran cualquier huella que quedase en su cuerpo de los abusos sufridos, deseaba que los besos de Víctor atravesaran su piel y limpiaran también su alma de cualquier resto de inmundicia que el pasado pudo dejar en ella. Deseaba ser atesorado por esas manos y alcanzar la sanación al entregarse a los brazos de Víctor, al ser amado de todas las maneras posibles por él. 

Sus ojos se encontraron nuevamente y sus miradas transparentes hablaron de la incertidumbre que sentían, del temor y la angustia que los amenazaba con fuerza, pero también del deseo, de la pequeña esperanza de encontrar algo nuevo y hermoso en los brazos de quien tanto amaban. 

—No cerraré los ojos —dijo Yuuri mirando a Víctor—, tú tampoco lo hagas —pidió con una leve sonrisa.

—Yuuri… —la voz de Víctor sonaba a súplica.

—No apartes tu mirada de mí —rogó Yuuri—. Yo no apartaré mis ojos de ti. Solo seremos tú y yo. 

—Solo seremos tú y yo —repitió Víctor, deseaba sumergirse en los ojos marrones que lo miraban con la misma adoración que se reflejaba en su mirada. 

Víctor acunó el rostro de Yuuri entre sus manos, y sin dejar de observarlo se acercó a sus labios y los acarició en un beso suave. Yuuri buscó profundizar aquel delicado contacto abriendo su boca en clara invitación, Víctor no se negó e invadió aquella humedad que supo convertirse en su mejor refugio. Se besaron sin cerrar los ojos, prendados de los iris de su compañero, acariciados por la devoción que en ellos hallaban. 

Aun temblando comenzaron a desnudarse, Víctor se sentía extasiado al descubrir, por primera vez, los colores ocultos del cuerpo de Yuuri, su textura, su suavidad. Yuuri soltaba suspiros entrecortados cuando su piel recibía la débil caricia de los dedos de Víctor al desvestirlo, afanado también en descubrir el cuerpo de Víctor oculto tras sus vestimentas. Despacio, el suelo fue cubierto con las prendas olvidadas de quienes ya no las necesitaban. 

Y desnudos se observaron, y desnudas también se encontraban sus almas. 

Las lágrimas no tardaron en anegar los ojos marrones, pero sus manos se extendieron en una súplica muda que Víctor respondió al estrechar su cálido cuerpo entre sus brazos y besar el líquido salino que mojaba las mejillas de Yuuri. Repitió palabras de amor mientras sus ojos atrapaban la mirada acaramelada del más joven. 

Ninguno lo expresó en voz alta, pero Yuuri rogaba a Víctor que le mostrara a su carne que podía experimentar el placer de ser adorado en cuerpo y alma. Y Víctor suplicaba a Yuuri que le enseñara a sus manos cómo se hacía el amor sin cálculos ni premeditaciones. Ambos deseaban aprender a fundir sus almas a través de sus cuerpos desnudos, a través del viaje de sus manos sobre la piel extranjera que deseaban hacer propia, a través de la humedad de sus lenguas que ansiaban traspasar las barreras impuestas y adentrarse cada vez más en el interior de su amante. 

Víctor tomó a Yuuri en sus brazos y lo recostó sobre la cómoda cama del cuarto de hotel, lo cubrió con su cuerpo mientras prodigaba caricias amorosas y recibía el regalo que las manos de Yuuri dejaban en su piel mediante su suave toque. 

—Eres tú, mi amor —dijo Yuuri esbozando una suave sonrisa—. Es correcto porque eres tú.

Era Víctor, el muchacho de mirada cálida y sonrisa amable que se acercó a él cuando lo escuchó llorar, el ángel que lo arrebató del infierno aunque él mismo tuviese que arrojarse a él, el hombre que lo había protegido y amado durante años. Víctor, el único con el que no debía tener miedo, porque todo era correcto si estaba junto a él. 

Yuuri abrió sus piernas y las enlazó alrededor de la cadera de Víctor, lo invitó con suaves movimientos a desprenderse también de sus temores y a permitirle alcanzar la felicidad de estar entre sus brazos. 

—Eres tú, mi único amor —respondió Víctor mientras una lágrima surcaba su mejilla—. Es correcto porque eres tú. 

Yuuri secó la lágrima de Víctor con una caricia delicada, Víctor besó con devoción aquellos gentiles dedos que lo tocaban. Y al mirar sus ojos, Víctor aceptó la invitación hecha por Yuuri; acompañó sus movimientos suaves con caricias atrevidas que buscaban prepararlo para recibir aquel amor intenso que anhelaban compartir. 

Ternura y fuego se mezclaban al ritmo de sus respiraciones agitadas. Amor vibrante y deseo apasionado se fundían en sus manos mientras sus cuerpos rompían los límites para hacerse solo uno. La música aparecía en aquella fascinante fusión, cuando sus cuerpos friccionando eran los instrumentos que conseguían la vocalización del placer, a través de jadeos suaves y gemidos profundos.  

Felicidad. La felicidad la alcanzaron al abstraerse de todo, cuando los pensamientos sobraron y dejaron que solo su amor les hablara. Cuando la pasión convirtió sus cuerpos ardientes en lava pujando por explotar. Cuando sus almas explotaron en llanto liberador, en llanto que limpia y que sana. 

Un llanto que no detuvo a sus cuerpos. Sus bocas se buscaron hambrientas, sus manos acariciaron con ansia. Yuuri deseaba todo de Víctor; sus piernas lo apretaron, sus uñas lo arañaron mientras él sentía que se deshacía entre sus manos, mientras su aroma lo embriagaba y los colores a su alrededor se difuminaban. Víctor deseaba todo de Yuuri, sentir en su propia piel la calidez de cada rincón oculto de su cuerpo, verse envuelto con el canto de su placer, sumergirse en sus ojos cándidos y amarlo hasta la extenuación. 

Y antes de irse en esa ola placentera que amenazaba con desbordarse, Yuuri se aferró al cuerpo de Víctor, rodeando su cuello y gritando su nombre. El orgasmo explotó, vino acompañado de aún más lágrimas y fuertes sollozos que fueron recibidos por Víctor en un abrazo entrañable mientras seguía internado en su cuerpo; amando con cada trozo de su carne, con toda el alma y el corazón. 

—Te amo —pronunció cerca del oído de Yuuri mientras sus dedos acariciaban su cuello—. Te amo —y su voz enronquecida dio paso a su propio orgasmo. 

La unión continuó en un íntimo abrazo que sin palabras comunicaba lo que sentían. Yuuri reposó su cabeza en el pecho de Víctor mientras sus lágrimas, ahora calmas, mojaban su piel desnuda. Víctor besó sus cabellos negros mientras sus propias lágrimas surcaban sus mejillas con lentitud. Sus respiraciones se acompasaron y un dulce sueño los arrulló.  

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