En el nombre de Dios, a quien tanto odio (10)


Capítulo 10: El secreto de los amantes (pasado)

La familia Giacometti no iba a permitir que su quinto hijo enlodara el buen nombre de la familia. En cuanto supieron sobre las inclinaciones sexuales de Christophe le dejaron en claro que su única opción era la de convertirse en sacerdote y así sepultar para siempre esos deseos que consideraban impuros. 

Christophe no deseaba convertirse en sacerdote, pero su educación religiosa sumada al temor que tenía de ser expulsado de su familia primó sobre sus propios deseos. Chris no quería quedarse solo, no quería renunciar a su familia y sus amigos, tampoco quería sentir que ante los ojos de la gente que amaba no sería más que un pervertido, aunque él mismo pensaba que lo era. Entrar al seminario fue su escape, pensar que estaría cerca de Dios fue su esperanza. 

Pero él no era el único que había llegado al sacerdocio huyendo de sus miedos y deseos. Antes, Masumi había hecho algo similar. En su adolescencia, el ahora sacerdote, vivió una fuerte depresión cuando finalmente tuvo que aceptar su orientación sexual. Proveniente también de una familia religiosa, se sintió sucio, enferfermo, perverso. Se odió a sí mismo y no fue capaz de poner en palabras aquello que íntimamente sabía. La única salida que encontró fue refugiarse en Dios, pensar que su amor lo liberaría de aquellos sentimientos que consideraba inmundos, o que al menos podría enterrarlos en lo más profundo de su alma, fingir que no existían. 

Masumi pensó que lo había logrado, pero Dios puso frente a él a la persona que se convertiría en su mayor pecado; Christophe Giacometti haría arder nuevamente su deseo, un deseo del que ninguno tendría escapatoria. Un deseo al que sucumbieron hasta que la culpa dejó de tener significado.  

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

La luna estaba en medio del cielo nocturno, deslumbrante en medio de la profunda oscuridad que se alzaba despues de la medianoche. Su luz blanquecina entraba por las ventanas del edificio y junto a una tímida luz, encendida en medio de la cocina del seminario, alumbraba a los dos hombres que se encontraban aún despiertos, refugiados en sillas de madera, sentados frente a frente mientras bebían café y disfrutaban de su mutua compañía. 

Christophe sonreía mientras devoraba unas galletas de chocolate que Masumi le había obsequiado, Masumi se perdía en la luz alegre que iluminaba los ojos esmeralda del seminarista. 

—Están deliciosas —dijo Christophe luciendo feliz.

—No le digas a nadie, las escondí para ti pero debía repartirla con los demás —contestó Masumi divertido.

—Haces bien en esconderlas para mí. Quiero que sigas dándome muestras de tu preferencia por mí —Chris le guiñó un ojo coqueto—. Te premiaré muy bien cada vez que lo hagas. 

—Eso es trampa —murmuró Masumi mientras se acercaba a él—, después de todo solo me das premios que tú también disfrutas. 

—Es que después de devorar tantas galletas necesito ejercitarme un poco —respondió con un tono seductor en la voz. 

—Eres muy travieso, Giacometti.

—¿Solo yo? 

Ambos rieron y se tomaron de las manos, completamente ajenos a lo que ocurriría esa misma noche. 

—Te amo —dijo Masumi, acarició las mejillas de Chris mientras el más joven Cerraba los ojos y se dejaba llevar por la calidez de esas manos grandes que lo tocaban con afecto. 

—También te amo —respondió Christophe, besó esas manos en las que se sentía a salvo, en las que todas sus dudas y temores desaparecían, en las que la culpa no tenía cabida. 

Se besaron, el suave contacto se convirtió en melodía apasionada y sus besos ávidos llevaron a las caricias atrevidas; el primer gemido que escapó de entre los labios de Christophe fue la señal que necesitaban para apagar aquella luz y dejar la cocina, en busca de un refugio más apropiado para saciar sus ya incontenibles deseos. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Otra noche sin poder dormir. Víctor se sentía agobiado en ese pequeño cuarto que se convirtió en la cárcel que lo había asfixiado durante los últimos años de su vida. 

Víctor se puso de pie, se calzó sus pantuflas grises y se abrigó con su bata azul, dispuesto a salir a buscar un poco de aire y libertad, aunque no fuera más que la sensación de un engaño. 

Víctor salió de su cuarto y caminó por el pasillo oscuro que lo llevaría a descubrir algo que nunca habría imaginado. Replegado sobre sí mismo, sobre el infierno en el que caminaba, había dejado de prestar atención al resto de su entorno, incluso a quienes pasaban los días a su lado. Víctor se había distanciado emocionalmente de sus compañeros seminaristas, ignorando por completo los secretos y temores con los que ellos también cargaban. 

Pero esa noche Víctor descubriría un secreto. 

Caminaba por el pasillo oscuro que conectaba los dormitorios con el salón principal cuando el chirrido de una cama lo sobresaltó. El golpeteo constante encendió las alarmas del seminarista que inmediatamente se concentró en determinar el origen del sonido. 

—La habitación de Chris —murmuró comenzando a sentir la sangre golpeando con fuerza y su piel comenzando a hormiguear. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Christophe y Masumi estaban completamente ajenos a la persona que se acercaba a la habitación que en esos momentos compartían. Envueltos en el deseo no medían consecuencias; Masumi besaba la espalda desnuda de Christophe mientras lo embestía con movimientos lentos y profundos, Chris apoyaba sus rodillas y sus manos sobre la cama mientras jadeos suaves escapaban de su boca. 

Ninguno imaginaba que la puerta se abriría revelando su secreto. 

Sumergidos en el calor de su amor y la bruma de su pasión sus ojos eran ciegos y sus oídos sordos. Sin percibir que el impulso intenso de entregarse a los brazos de su amante los había expuesto a los ojos de un tercero. 

Ante la escena que apareció frente a sus ojos, el cuerpo de Víctor reaccionó sin que mediara pensamiento alguno; las imágenes de sacerdotes abusando de niños y seminaristas, los recuerdos del abismo en que él mismo transitaba, bastaron para que sujetara al sacerdote por los hombros y lo azotara contra la pared incluso antes de que Masumi o Chris se percatara de su presencia. 

—¡Víctor, detente! —suplicó Christophe acercándose rápidamente a su compañero, vio rabia en esos ojos azules y temió lo peor. Abrazó a Víctor por la espalda al notar que no había sido escuchado y lo alejó de su amante. 

—Chris —pronunció Víctor al notar el cuerpo cálido del rubio temblar mientras lo abrazaba.

—Yo lo amo —confesó—, lo amo. Tal vez Dios me odie por esto, pero ya no es algo que me importe.

—No eres el único que es odiado por Dios —contestó Víctor al levantar sus ojos al cielo—. Me alegra que en tu caso sea en defensa del amor —Víctor no pudo evitar que en sus pensamientos apareciera la imagen de Yuuri mientras la pregunta silente sobre la posibilidad de amarse irrumpía. 

—Víctor… —dijo Masumi en una súplica silenciosa.

—No te preocupes —respondió entendiendo la petición oculta que se deslizaba como un ruego—, yo lo entendí todo mal, pero si los dos quieren esto no revelaré su secreto. 

—Gracias —Christophe soltó el agarre con el que sostenía a Víctor.

—No me agradezcas —advirtió al mirar sus ojos verdes—. Ambos tendrán que devolver el favor que hoy les hago —sentenció. 

Chris y Masumi se miraron con duda, sin ser conscientes de lo que aquellas palabras significaban para su futuro. 

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