En el nombre de Dios, a quien tanto odio (5)


Capítulo 5: La periodista

Víctor abrió los ojos de golpe, su respiración era agitada y su rostro estaba húmedo, sudado, pestañeó un par de veces mientras intentaba focalizar su visión y recordar en qué lugar se encontraba. Después de unos segundos de confusión miró hacia su derecha y lo encontró: Ia sola visión de su cabello negro desparramado sobre la almohada y su dulce rostro dormido lo tranquilizó. 

El sacerdote giró su cuerpo y abrazó la delgada figura de su amante, lo acercó ansioso de embriagarse con su aroma y calidez. Yuuri se movió sin despertar, se dejó abrazar y descansó entre aquellos brazos protectores que lo reclamaban y ese pecho acogedor que lo invitaba a refugiarse en él incluso en medio de sus sueños. 

Víctor besó su cabello negro con una ternura de la que sólo Yuuri podía disfrutar, una ternura que el mismo Víctor se había encargado de matar, pero que su preciono amado hacía renacer con su sola presencia. El sacerdote cerró los ojos y comenzó a acariciar la espalda de Yuuri, creando figuras suaves y circulares que poco a poco hicieron que volviera a encontrar la calma necesaria para rendirse una vez más al mundo de los sueños. 

Víctor pudo dormir tranquilo aquellas escasas dos horas que lo separaban del amanecer. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

El cielo ya había oscurecido y Minako caminaba con prisa por las calles poco iluminadas que la llevaban a casa, se sentía intranquila, durante todo el día se sintió observada, pero no pudo ver a nadie y trató de apartar la sospecha de su mente, no lo logró. Minako había sido amenazada con anterioridad, amenazas que la instaban a dejar de lado la investigación que había comenzado cuando se enteró de algunas denuncias de pedofilia que habían sido desestimada por la fiscalía después de que la iglesia sacara del país a los dos sacerdotes acusados. Una práctica lastimosamente común que la iglesia seguía para proteger a sus miembros, sin importarles que más niños se vieran expuestos a los sucios deseos de sacerdotes que deberían estar tras las rejas. 

Minako también descubrió que al país habían ingresado sacerdotes acusados en otros lugares, el caso más escalofriante era el de Martin Blankenheim, sacerdote alemán acusado por abusar de una gran cantidad de niños y que, increíblemente, había sido asignado como sacerdote en un hogar de menores dependiente de la arquidiócesis y del seminario más importante del país. Sin embargo, algunos años atrás Blankenheim fue asesinado en extrañas circunstancias: nunca se supo quién fue el autor de ese homicidio. Se dijo que fueron ladrones que intentaron asaltar el seminario durante la noche, pero que al ser descubiertos por el sacerdote le dieron muerte para después huir. 

La periodista caminaba rápido, no quería dejarse amedrentar, pero ya había conocido el poder de la iglesia. Fue despedida y silenciada. Nadie estaba dispuesto a darle un espacio para que sus palabras y la de las víctimas fueran escuchadas. Minako caminaba rápido, temía estar siendo seguida. Justo antes de cruzar la calle que la llevaba hasta su casa, un muchacho rubio que apareció de la nada chocó contra ella haciendo que se detuviera, cinco segundos después se vio aprisionada por unos fuertes brazos que le impedían el movimiento, el muchacho rubio sacó una jeringa y sin compasión inyectó en ella un líquido transparente que después de unos segundos la hizo perder el conocimiento. 

—¿Dónde mierda está Phichit? —preguntó exasperado el rubio de ojos verdes. 

—Ahí viene —respondió el moreno que cargaba a la mujer apuntando una furgoneta negra que se acercaba por la avenida. Segundos después la furgoneta se detuvo junto a ellos, se apresuraron en subir para partir de inmediato, sin que nadie se percatara del secuestro de la mujer. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Cuando Minako abrió los ojos se encontró atada a una silla de hierro empotrada en el piso. Un escalofrío la recorrió al pensar qué tipo de cosas harían con ella. La habitación no tenía ventanas y estaba tenuemente iluminada, a la periodista le costó acostumbrarse a la poca luz que había en el lugar, pero cuando lo hizo pudo ver frente a ella, a varios metros de distancia, a cuatro hombres que la miraban en silencio. 

—¿Quiénes son ustedes y qué hago aquí? —preguntó intentando dominar su miedo. 

—Somos amigos de Monseñor Nikiforov —dijo uno de ellos, Yuuri, acercándose a Minako—. Queremos saber qué es lo que sabe y a dónde pretende llegar con su estupida investigación. 

Minako miró los ojos marrones del joven hombre que le hablaba, no pudo distinguir ninguna emoción en particular, sólo la exigencia de una respuesta. 

—No me dejaré amedrentar por Nikiforov —dijo la mujer—, seguiré con mi investigación hasta las últimas consecuencias. 

—Su Eminencia Reverendísima, el cardenal Bellamy, logró silenciar su investigación sin necesidad de ser demasiado agresivo, ¿realmente cree que una mujercita insignificante puede contra el poder de la iglesia católica? Aunque lograra ser escuchada ningún sacerdote acabaría tras las rejas. 

Minako frunció el ceño, le pareció que el tono empleado por él era sarcástico y le costaba identificar exactamente que había detrás de aquellas palabras. 

—No me importa —contestó—. Aunque sea cierto lo que dices y ningún sacerdote acabe en prisión, con lograr que las voces de los niños abusados sean escuchadas me conformo. Su dolor tiene que ser oído. Aunque cueste oír, aunque duela el alma, por respeto a ellos hay que mostrar sus voces y escuchar… aunque no se haga justicia merecen saber que yo les creo y que no seré la única en hacerlo. 

—¿Qué opinan? —preguntó Yuuri dirigiéndose a sus compañeros. 

—Se muestra valiente pese a que le dijiste que estamos con Víctor —dijo Yurio—, supongo que no se asustará fácilmente. 

—Yo creo en sus palabras —fue la opinión de Phichit. 

—Tiene coraje —fue lo que Otabek resaltó. 

—¿Víctor? —preguntó ahora Yuuri dirigiendo su mirada a un punto tras la silla donde se encontraba Minako.

—Opino que tiene dos opciones —la voz de Víctor llegó a los oídos de Minako, quien no podía verlo pero sí escuchar el sonido de sus pasos acercándose—: La primera es olvidarse de todo lo que tiene que ver con esa ingenua investigación —Víctor apareció en el campo de visión de la morena, quien pudo ver sus ojos fríos mirándola de cerca— y la segunda es obedecer mis órdenes —Víctor acercó su rostro al de ella y enfrentó sus miradas— ¿Cuál eliges, Minako?

—No abandonaré mi investigación, mucho menos obedeceré la órdenes de un despreciable encubridor. 

—Reformularé lo que dije —la mirada de Víctor se volvió aún más peligrosa—. Tienes solo dos opciones para salir viva de aquí; olvidas todo lo que has estado investigando o me obedeces. 

Minako no pudo evitar que su cuerpo temblara ante la mirada amenazante y el tono de voz intimidador que el sacerdote utilizó. Sin embargo, no dejaría que ese hombre quebrara su voluntad, su compromiso con las víctimas ni sus ideales de justicia.

—Tendrás que quitarme del camino —le dijo con desafío en su mirada, no quería dejar ver el miedo que sentía—, sólo así te librarás de mí. 

—Otabek —dijo Víctor—, ya sabes que hacer. 

Víctor se dio la vuelta y se dirigió a la puerta de salida seguido de Yuuri. Otabek entonces se acercó a Minako, ella cerró los ojos esperando lo peor, sin embargo, la voz del rubio la sacó de su estado de angustia.

—¿Qué estás esperando? ¿Te quedarás sentada ahí toda la noche?

Minako abrió los ojos y se dio cuenta de que había sido liberada. Los miró confusa, pero Yurio sólo soltó un bufido y salió del lugar seguido por Otabek.

—Vamos —dijo Phichit después de tomar su mano—, Víctor no te hará nada sólo quería intimidarte para ver hasta donde estabas dispuesta a defender tu postura. 

Minako se puso de pie con algo de desconfianza y luego siguió al moreno de expresivos ojos aceitunos, quien la guió fuera de esa habitación. Se encontraban en un subterráneo, pero luego subieron las escaleras y llegaron al primer piso de una casa amplia y bien iluminada. Caminaron hasta la cocina, alrededor de una mesa se encontraban sentados Víctor y Yuuri, mientras Otabek y Yurio servían zumo de frutas y panecillos. 

—Sientese con nosotros, Minako —invitó Víctor. La periodista los miró con recelo. 

—No se preocupe, no la envenenaremos —aclaró Yuuri. 

Cuando finalmente estuvieron todos sentados alrededor de la mesa Minako habló.

—No entiendo qué es lo que quieren; me secuestran, me amenazan y ¿luego me invitan a cenar? No sé lo que traman, pero yo no me dejaré convencer por quienes buscan encubrir curas pedófilos.

—No se confunda, Minako —dijo Víctor—. Todos los que estamos en esta mesa, exceptuando a Otabek, fuimos abusados por Luis Lombardi y algunos sacerdotes del seminario que dirigía hasta hace unos días. 

La expresión de Minako delataba la mezcla de sorpresa e incredulidad que aquellas palabras le causaban.

—Pero… usted es un obispo… —dijo con desconfianza. 

—Y cuando ingresé al seminario realmente deseaba ser un buen sacerdote, como el hombre que me crió al morir mis padres —contó con una sonrisa nostálgica en su rostro—, sin embargo, Luis Lombardi se encargó de hacer trizas esa ilusión. Ahora mi objetivo es tener el poder suficiente para hacerles pagar por lo que han hecho. 

—Y lo ha alcanzado —observó la periodista. 

—Aún no es suficiente —contestó Víctor.

—¿Y qué es lo que pretende contándome esto?

—Quiero que deje su investigación, es algo ingenuo de su parte pensar que de esa manera logrará algo. Si sigue importunando a la iglesia habrán quienes quieran deshacerse de usted o hacerle la vida aún más miserable. Inmolarse en nombre de los vulnerados no ayudará a que se haga justicia —dijo Víctor con seriedad. 

—¿Realmente pretende que me olvide de todo? —preguntó indignada.

—O que me obedezca —contestó Víctor sin titubear—, le aseguro que si lo hace podrá obtener la justicia que anhela. 

—¿Y cómo sé que no me está engañando?

—Si acepta unirse a nuestro pequeño grupo —dijo Yuuri esta vez— le daremos algunas cosas, pruebas y testimonios. Sin embargo, debe mantenerlas en secreto hasta que Víctor logre llegar a Roma. 

—¿Cardenal? —preguntó sorprendida—. ¿Pretende ser cardenal? ¿No le parece que es un objetivo que puede tardar años?

—Lo sé —dijo Víctor—, pero si soy el arzobispo más joven de la historia es porque tengo mis métodos para alcanzar los objetivos que deseo en el menor tiempo posible. 

—¿Y qué tipo de información podrían darme? 

—En concreto un video que podría hundir al cardenal Bellamy —dijo Víctor—, también tendría nuestros propios testimonios y tal vez le interese saber que fue de Martin Blankenheim.

—Pero Víctor, eso… —Yuuri palideció al oír ese nombre.

—No te preocupes, amor —respondió Víctor, besó las manos de Yuuri con una ternura que sorprendió a Minako—, si ella será parte de nuestra venganza debe saber todo lo que ha pasado, tal como Otabek. 

—Me interesa —afirmó Minako—, si seguir tus instrucciones hace que esos bastardos tengan su merecido acepto unirme a ustedes. 

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