En el nombre de Dios, a quien tanto odio (4)


Capítulo 4: Abrir los ojos (pasado)

Los tres primeros meses fueron tranquilos para Víctor, pasaba sus días realizando toda clase de labores y aprendiendo a vivir en comunidad con sus compañeros de nuevo ingreso y los dos sacerdotes encargados de ellos, el padre Masumi y el padre Roberto. Ambos eran muy amables y cercanos, sobre todo Masumi, quien era un cura jovial que se llevó bien con los nuevos seminaristas de manera inmediata. 

A Victor le agradaban sus compañeros, Francisco era un muchacho algo tímido y humilde, Juan era animado y expresaba de múltiples maneras su alegría y amor por Dios, Jean, quien había pedido ser llamado J.J, era también alegre y extrovertido, algo egocéntrico, pero divertido y buena persona. Víctor los apreciaba, pero al que más apreciaba era a Christophe. Ambos se hicieron cercanos casi de inmediato, a Víctor le agradaba el carácter descarado y festivo del rubio, sin embargo, podía notar que a veces su ánimo se entristecía y lucía contemplativo. Víctor esperaba, con toda honestidad, algún día poder ayudar y servir de consuelo para lo que sea que atormentara a Chris.  

En sus tiempo libres, Víctor escribía cartas a Yakov o paseaba por el jardín. Su mirada se dirigía, sin que pudiera evitarlo, al camino que llevaba hacia el orfanato; tenía que controlar sus impulsos para no desobedecer las normas. 

Tres meses tranquilos que parecían indicarle que había tomado la decisión correcta. Víctor realmente se sentía emocionado con la idea de entregar su vida a Dios, deseaba dejar que él guiara sus pasos y lo convirtiera en un instrumento para predicar su mensaje y llevar la alegría del amor del Padre Santo a quienes lo rodeaban.

El joven de cabellos de plata sinceramente creía que el amor de Dios era perfecto y bueno. 

Una noche fría de junio, cuando el cuarto mes de estadía en el seminario recién comenzaba, Víctor tuvo una pesadilla que lo despertó a media noche. Se sentó en la pequeña cama que ocupaba y encendió la luz de su lámpara. Se sentía angustiado, había soñado que algo malo le sucedía a Yakov. Quiso tomar agua, pero se dio cuenta de que se había bebido la jarra que solía llevar a su habitación, se puso de pie, se calzó unas zapatillas de dormir y se abrigó con un chal de lana, tomó la jarra y salió de su cuarto para ir a la cocina.

La cocina tenía grandes ventanales que daban al jardín, Víctor apreció a través de ellos la hermosa luna llena que majestuosa se imponía en el cielo nocturno. Dejó la jarra decidido a ver esa maravilla sin ser importunado por el cristal. Caminó por los pasillos oscuros con una sonrisa, sin embargo, al pasar cerca de la oficina del rector escuchó un sollozo extraño. Se quedó de pie, en silencio y lo volvió a escuchar. El ruido de un mueble golpeándose contra la pared lo preocupó e hizo que se acercara cauteloso.

Caminó el corto trayecto que lo separaba de ese lugar, se apegó a la puerta esperando escuchar alguna cosa que le indicara si todo estaba en orden, y escuchó lo que jamás habría esperado. 

El sollozo de un niño que parecía amortiguado con alguna cosa, como si taparan su boca. El golpeteo de piel contra piel, de mueble contra pared. Jadeos y gemidos profundos. Las piernas de Víctor temblaron, dio dos pasos hacia atrás negando con la cabeza. 

Víctor era un joven bastante ingenuo para su edad, jamás había tenido experiencias cercanas a lo sexual. Al ser educado por un sacerdote, el pudor le impidió compartir con él sus inquietudes y preguntas. Sin embargo, había ido a la escuela y estuvo rodeado de chicos de su edad que lo ilustraron un poco en la materia. Víctor sabía lo suficiente para imaginar lo que estaba pasando tras esa puerta de madera caoba. 

Pero a pesar de que sabía, no era capaz de poner en palabras lo que allí ocurría, se negaba a aceptarlo.  

La mente inocente de Víctor no podía creer que algo así pudiera realmente suceder. 

Se quedó paralizado sin saber que hacer, repetía en su cabeza que aún estaba soñando, que era un sueño horrible del que quería despertar. Apretó sus brazos, pellizcó su piel, su cuerpo tembló y sus piernas amenazaron con dejar de sostener su peso. Se alejó y se escondió en un pasillo oscuro desde el cual aún podía ver aquella puerta que le impedía mirar con sus propios ojos lo que no quería imaginar. Se sentó en el suelo y abrazó sus piernas sin que sus ojos se apartaran de aquella imponente madera caoba.

«Despierta, despierta, despierta»

Suplicaba.

«Esto no está sucediendo, no puede estar sucediendo, no aquí»

Repetía. 

«Dios, por favor, no lo permitas»

Oraba. 

«Esto es una pesadilla»

Y la pesadilla se hizo carne cuando aquella puerta en la que tenía los ojos fijos se abrió. 

El niño de cabello negro y ojos marrones caminaba con dificultad, sus manos blancas se sostenían de la pared, sus ojos lucían apagados y su mirada vacía, las comisuras de su boca estaban rotas y su rostro pálido y marchito. 

El corazón de Víctor se detuvo.

«Yuuri»

Las lágrimas fluyeron como ríos desde aquellos ojos azules que temblaban con horror. 

El corazón de Víctor se quebró. 

Víctor quiso gritar, pero su voz no era capaz de salir y quedó atrapada dolorosamente en su garganta. 

Victor quiso correr, pero su cuerpo no reaccionaba sus movimientos eran impedidos por un dolor que no conocía, que apretaba sus músculos y lo obligaba a mantenerse quieto. 

Víctor quiso abrazarlo, pero lo único que pudo hacer fue mirar impotente como el niño se marchaba a paso lento, hasta que fue interceptado por otro sacerdote que lo sujetó del brazo y lo obligó a apresurarse, lo alejó a prisa del lugar. 

El corazón de Víctor se enfureció.

El llanto dio paso a la rabia. Su cuerpo inmóvil tembló con violencia y una emoción que no conocía lo embargó y lo levantó.

Víctor caminó hacia esa oficina, entró azotando las puertas y con una expresión que desmentía los suaves rasgos que lo hacían lucir de menor edad e incluso femenino. Furia. Lo embargaba una furia que hacía vibrar su cuerpo y lo mantenía en un estado tenso y confuso. 

—¡Lo denunciaré! —gritó ante la sorpresa del sacerdote.

Luis Lombardí abrió la boca sorprendido, pero después del impacto inicial de verse descubierto volvió a su expresión habitual. 

—No puedes hacerlo —respondió tranquilo.

—¡Claro que sí! No permitiré que un monstruo como usted ensucie la obra de Dios. Monseñor Bellamy se va a enterar de esto —amenazó.

—Monseñor ya lo sabe, otro estúpido seminarista intentó denunciarme en el pasado y le fue con el cuento a monseñor. ¿Sabes qué pasó con el pobre iluso? Está internado en el psiquiátrico por inventarse cosas que no son reales —dijo tranquilo, consciente del poder que tenía la iglesia católica. 

—No te será tan fácil persuadir a monseñor de ser acusado falsamente por segunda vez. —Víctor intentaba convencerse a sí mismo al notar la expresión confiada de Lombardi. 

—No tengo que probar nada a nadie, monseñor sabe que ese muchacho no mentía.

—Eso… eso no puede ser —apenas logró decir, perplejo. 

—¿Acaso crees que soy el único? Lo único que hace la iglesia en casos como este es silenciar a los medios y comprar a la justicia. La mayoría de las veces también se traslada al sacerdote en cuestión, pero ¿crees que a alguien le importa lo que pase con unos mocosos huérfanos? —Su tono burlesco provocó que el cuerpo de Víctor y sus convicciones oscilaran. 

—Lo que dices no puede ser cierto —su voz sonaba quebrada—. La iglesia busca llevar la buena noticia del amor de Dios a los corazones de las personas, dar consuelo, esperanza, santificación… lo que dices es mentira… ¡Mentira! —su voz se oyó desgarrada. 

En ese momento entró otro sacerdote, Víctor lo miró y lo reconoció como quien se había llevado a Yuuri momentos antes.

—¡Pagarán por lo que han hecho! —juró intentando sonar firme. 

—Creo que el muchacho necesita una dosis de realidad, padre Lombardi —dijo el otro sacerdote esbozando una sonrisa macabra. 

Ese hombre era Martin Blankenheim, un sacerdote alemán que llevaba más de 20 años en Chile, Víctor no lo sabía, pero fue trasladado desde su país natal por acusaciones de pedofilia que hubo en su contra. 

Victor pudo ver lo que unos ojos puros jamás deberían enfrentar. 

Víctor jamás podría sacar de su cabeza lo que aquella noche esos hombres le obligaron a mirar.

Vídeos de todo tipo en el que ellos y otros sacerdotes abusaban de niños y adolescentes.

Vídeos de gente importante de la iglesia en diferentes actividades que podrían resultar escandalosas.

Vídeos de monseñor Bellamy, actual arzobispo, quien mantenía relaciones sexuales con sacerdotes jóvenes y seminaristas. 

—No lograrás nada si decides abrir tu bonita boca —dijo Lombardi tomando la mandíbula de Víctor entre sus manos mientras acariciaba los finos labios color durazno con su pulgar. 

Y Víctor vio la lujuria en esos ojos color miel que lo miraban fijamente. 

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