En el nombre de Dios, a quien tanto odio (3)


Capítulo 3: La primera desición del Obispo

Monseñor Nikiforov llegó sorpresivamente al seminario regido por Luis Lombardi. Le acompañaban dos sacerdotes; el padre Giacometti, quien había sido su compañero en el seminario, y el padre Masumi, quien durante mucho tiempo fue uno de los sacerdotes a cargo del Ala del llamado. Los tres sacerdotes fueron recibidos por el sacerdote Francisco Garrido, quien también había ingresado al seminario el año en que Víctor ingresó. 

—Víctor —dijo el sacerdote visiblemente sorprendido por verlos allí. Los ojos claros y fríos del arzobispo se clavaron en los ojos negros de quien le hablaba, haciéndolo tragar en seco—. Lo siento, yo… Bienvenido monseñor Nikiforov —dijo inclinándose y besando la mano de Víctor, intimidado por la imponente aura de su superior jerárquico. 

—Necesito hablar urgentemente con Lombardi —dijo en tono demandante. 

—Claro, por favor siganme —respondió. 

Francisco caminó por los pasillos de la gran casa hasta llegar frente a las puertas de la oficina del rector. Tocó la madera caoba y cuando le fue dado el permiso las abrió. 

—Señor —dijo asomándose a la oficina—, monseñor Nikiforov ha venido a visitarlo junto a los hermanos Masumi y Christophe. 

El rojo subió al rostro de Lombardi, pero no tenía más opción que recibirlo. Francisco se retiró después de hacer pasar a los visitantes. 

—Es una sorpresa tenerlo de visita, hace tan sólo algunos días que asumió su cargo, no debería gastar su valioso tiempo viniendo a un lugar humilde como este —dijo el rector dirigiéndose a Víctor. 

—Llámelo nostalgia —respondió el obispo tomando asiento en unos cómodos sillones de cuero que se encontraban en la estancia, cerca de las ventanas—, después de todo este lugar me convirtió en lo que soy ahora —una sonrisa se estampó en su rostro, una sonrisa peligrosa—. ¿Qué opinas Chris? —dijo ahora dirigiéndose a uno de sus acompañantes— ¿no crees que es bueno comenzar a trabajar precisamente por el lugar que nos ha formado y no dio… tanto? 

—Por supuesto, monseñor —contestó Chris—. Además, un orfanato que educa nuevas generaciones y un seminario que forma próximos sacerdotes son los lugares que mayor iluminación requieren. 

—¿Quiere decir acaso que este lugar no es luminoso? —preguntó Lombardi clavando sus ojos color miel en los verdes de Giacometti. 

—Por favor, no malinterprete mis palabras —contestó con una sonrisa fingida. 

—En fin, me gusta ir directo al grano, Lombardi —dijo Víctor—. Queda usted liberado de sus funciones como Rector del seminario del Buen Pastor y también de las de Director del orfanato Niños de Dios. 

—¡Qué! —exclamó apretando sus puños—. El cardenal Bellamy…

—El cardenal ya está en Roma —interrumpió Víctor— y este lugar depende del arzobispado, soy yo quien toma las decisiones con respecto al seminario, al orfanato y a usted. 

—¡No puedes hacerme esto después de todo lo que he hecho por ti! —gritó. 

—Le recuerdo que soy su superior jerárquico, no toleraré faltas de respeto, tranquilícese o me veré en la obligación de sancionarlo —dijo con tono serio—. El arzobispado agradece sus años de devoto servicio, pero considerando su edad creemos que requiere de tareas menos demandantes y con menor responsabilidad. 

Víctor se puso de pie y se acercó a los sacerdotes que lo acompañaban, quienes estaban de pie junto a la puerta. 

—El padre Masumi asumirá como rector en su lugar —informó— y el padre Christophe será el nuevo director del orfanato. Este lugar quedará en sus manos a partir de este momento. 

—¿Ya? Pero monseñor, necesito dejar las cosas en orden… al menos deme unos meses para…

—No —respondió sin dar pie a réplica—. Si Masumi o Christophe requieren de su ayuda para comprender alguna cosa se pondrán en contacto con usted. Pero a partir de ahora usted no es más el rector de este lugar. 

—¿Y qué pretende que haga de ahora en adelante?

—Estará bajo mis órdenes, se trasladará a la biblioteca del arzobispado. 

—Víctor, no puedes hacerme esto después de todo lo que hice por ti, después de…

Una sonora carcajada salió de la boca de Víctor.

—Masumi, Chris, déjenme a solas con el padre Lombardi —solicitó. No muy convencidos ambos sacerdotes salieron del lugar y Víctor volvió a sentarse en uno de los cómodos sillones. Lombardi lo miró y se acercó a él, se arrodilló a sus pies y abrazó las piernas de Víctor.

—Ángel —le dijo con la voz suavizada, en tono lastimero y suplicante—, no puedes alejarme de este lugar, me conoces y sabes que no puedo estar sin los niños, es algo superior a mí. 

—Siempre has sido un repugnante pervertido, pero ahora también luces patético.  

—Tú también te has corrompido, ángel. ¿Quieres que te recuerde las cosas que has hecho? 

—Tú eres quien corrompió al ángel —dijo Víctor poniéndose de pie y caminando hacia la ventana. 

—Tú lo escogiste —alegó Lombardi poniéndose de pie rápidamente también. 

—¿Escoger? —Víctor rió ante la palabra usada por el sacerdote—. Nadie escoge pasar por el infierno, Lombardi. Lo único que pude decidir fue protegerlo a él, y jamás me arrepentiré de eso, no importa que el precio sea mi alma. 

—Ángel, no me puedes alejar de este lugar —repitió suplicante, pero al ver el desprecio en los ojos de monseñor volvió a enfurecerse—. ¡Si me alejas de este lugar buscaré a esa periodista y le entregaré los vídeos que grabé!

—Atrévete y no será el arzobispado tu próximo destino. Corrompiste al ángel, pero no tienes idea del monstruo que creaste. 

La amenaza de Víctor heló la sangre de Lombardi, sus ojos parecían hermosos diamantes a punto de cortar y su expresión amenazante se sentía honesta y  peligrosa. Supo que no tenía más opción que obedecer, al menos por el momento. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Víctor ordenó a Masumi y Christophe vigilar a Luis Lombardi mientras este preparaba su maleta, más tarde darían la noticia al resto de las personas que habitaban el seminario y el orfanato. Mientras tanto, Víctor comenzó a caminar por el jardín y un sin fin de recuerdos asaltaban su cabeza. Algunos dulces, la mayoría amargos. 

Caminó hasta la reja que separaba el seminario del orfanato, tocó esos delgados barrotes y pasando sus dedos de uno en uno comenzó a caminar hasta el sitio de su primer encuentro con Yuuri, recordó sus ojitos de niño, anegados de lágrimas que no supo de qué manera consolar. Su cabeza viajó en el tiempo y lo siguiente que recordó fue el primer beso que compartieron, escondidos en la oscuridad y protegidos por los árboles en aquella noche de primavera, durante el cumpleaños número 15 de Yuuri. 

Víctor dio la vuelta y comenzó a caminar sin rumbo establecido hasta llegar junto al único y frondoso algarrobo, comenzó a temblar al ver aquel árbol y la tierra a sus pies. Miró sus manos y las vio cubiertas de sangre, cerró los ojos y en la oscuridad de su propia consciencia observó la imagen de Yuuri mirándolo aterrorizado mientras intentaba calmar al niño moreno que lloraba entre sus brazos. 

Respiró profundamente, no podía dejarse dominar por malos recuerdos ni por sentimientos o emociones inservibles. 

—Padre —dijo levantando su rostro al cielo—, tu amor es verdaderamente cruel. 

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