En el nombre de Dios, a quien tanto odio (2)


Capítulo 2: Los primeros días (pasado)

Víctor llevaba una semana en el seminario. No había conocido aún al sacerdote rector, puesto que este se encontraba en un retiro con seminaristas más avanzados, sin embargo, había conocido ya a los dos sacerdotes formadores que estaban a cargo de los candidatos de primer año. La residencia en la que viviría era enorme, separada en cuatro alas. El ala norte era llamada el Ala del llamado, en la cual vivían los seminaristas recién ingresados, cuyo objetivo durante ese primer año era lograr un mayor conocimiento personal y confirmar el llamado vocacional, pensando en sus propias motivaciones para abrazar el sacerdocio.  Luego se encontraba el Ala del discipulado, ahí vivían los seminaristas por los siguientes tres años, durante este período, ellos deben realizar estudios de filosofía y de algunas áreas humanistas y pastorales. El objetivo de este período es escuchar la palabra de dios y lograr una comunión entre la fe y la razón. Al finalizar esta etapa los seminaristas son asignados a una parroquia en la que deben vivir durante un año, para así lograr tener una experiencia pastoral más real. Durante ese año siguen asistiendo al seminario, tanto a clases como a asesorías personales que les ayuden a enfrentar esta experiencia. Una vez terminado este año de acción pastoral, el seminarista se reintegra, esta vez al Ala de la teología. Durante esta última etapa los seminaristas comienzan a pasar por distintos ritos; al final de esta etapa los seminaristas acceden al diaconado y luego al presbiterado, convirtiéndose en sacerdotes de pleno derecho. Al principio del cuarto año, comienzan a preparar el examen final de teología, una vez que el examen es aprobado se considera que el seminarista ha acabado con su formación académica. El ala oeste era aquella en la que vivía el sacerdote rector y los demás sacerdotes que se encontraban a cargo del seminario, y también del orfanato que se encontraba en la misma propiedad. 

Los seminaristas de primer año no tenían permitido cruzar el patio que separaba sus dormitorios del orfanato. Algunos alumnos de años superiores sí podían hacerlo ya que enseñaban diversas materias, sin embargo, Víctor se sentía tentado a desobedecer esa regla; se sentía profundamente identificado con esos niños, ya que él también había perdido a sus padres.

Una de esas mañanas salió al jardín y se acercó al edificio que resguardaba a los niños huérfanos. Víctor aún no tenía nada que hacer; era el único de los nuevos seminaristas que había llegado ya que el plazo para el ingreso había sido recién abierto. Al estar cerca de la reja que separaba la casa seminario del orfanato, Víctor escuchó un llanto, era un llanto tranquilo que podía confundirse con el ruido de los pajaritos, pero que se escuchaba como un lamento doloroso. El joven seminarista agudizó su oído y comenzó a caminar hasta que junto a un árbol vio a un pequeño niño que se escondía y ocultaba su rostro. 

Aún con la reja como separación, Víctor silenciosamente se sentó cerca del niño y de manera suave le habló:

—¿Te sientes mal? —se sintió un poco idiota por la pregunta, pero no supo de qué otra manera llamar su atención.

El niño tembló y poco a poco levantó su rostro. El rostro adorable de un niño de no más de 12 años, de facciones redondeadas, labios de suave tono y ojos del más hermoso castaño, anegados en lágrimas y con una mirada que transmitía el temor de haber sido descubierto por el muchacho que le hablaba y lo miraba con esa intensa mirada azulina. 

—Hola —saludó el mayor—, soy nuevo aquí, pero me llamo Víctor. No soy bueno consolando a los demás, pero me gustaría saber si puedo hacer algo para que no llores más…

El niño pareció examinarlo con detenimiento, después secó sus lágrimas y le sonrió. 

—Gracias por preocuparte —le dijo con su infantil y melodiosa voz. 

—¿Cómo te llamas? 

—Yuuri, mi nombre es Yuuri. 

—Es un nombre muy bonito —afirmó Víctor sonriendo dulcemente, haciendo sonrojar al menor.

—Gracias —dijo con un hilo de voz ocultando su mirada. 

—¿Por qué llorabas, Yuuri?

—Yo… yo… —Yuuri apretó sus labios— a mí no me gusta este lugar —confesó— yo… yo quisiera…

—¡Yuuri! —un muchacho de furiosos ojos verdes llegó corriendo al lado de Yuuri. 

—Yurio —dijo el pequeño de ojos castaños poniéndose de pie.

—¿Qué haces conversando con ese tipo? —preguntó haciendo que Yuuri se encogiera en sí mismo. 

—No deberías hablarle de ese modo —regaño Víctor al rubio recién llegado.

—Tú mejor cállate y no te acerques a Yuuri —respondió agresivo, tomando a Yuuri de la mano y alejándose con él, Yuuri giró su rostro y sus ojos marrones hicieron contacto con los de Víctor por última vez. 

❄❄❄❄❄❄❄❄❄❄

Dos semanas después ya habían dos nuevos seminaristas, Jean Jacques Leroy y Christophe Giacometti. A diferencia de Víctor, ambos eran jóvenes de familias acaudaladas.  Giacometti era el quinto hijo de una numerosa y religiosa familia de siete hermanos; cuatro varones y tres mujeres, su padre era un reconocido político y su madre educadora de párvulos, pero ella se retiró del trabajo remunerado al casarse. Jean, en cambio, era el hijo único de un cantante de ópera y una bailarina de ballet. Días más tarde llegaron Francisco Garrido, hijo de profesores, y Juan Larenas, cuyos padres poseían una fuente de soda en una concurrida avenida del centro de la ciudad. Los cinco serían los nuevos seminaristas y habitarían juntos en la nombrada Ala del llamado. 

Cuando ya estaban los cinco muchachos llegó el rector del seminario, el padre Luis Lombardi, quien los recibió mostrando mucha alegría.

—Me hace feliz saber que cada año nuevos jóvenes sienten el llamado de nuestro señor Jesucristo —les dijo paseando sus ojos por los cinco jóvenes, mientras los recibía en su amplia y luminosa oficina—. No es un camino fácil, pero estoy seguro de que mientras confíen en Dios y sigan sus enseñanzas podrán alcanzar la verdadera felicidad que nos otorga el camino de santidad que hemos escogido —les sonrió. 

Luis Lombardi se acercó a Juan.

—Nuestra vocación es entregarnos como lo hizo Jesús —dijo al sonriente Juan.

—Es lo que deseo fervientemente —contestó el muchacho—, servir a mis hermanos como él lo hizo. 

—Enseñarle a los demás, con nuestro propio ejemplo, el camino que Jesús nos ha mostrado —habló Lombardi ahora dirigiéndose a Christophe.

—Intentaré hacer de mi vida un digno ejemplo —respondió Giacometti con una sonrisa, aunque cualquiera que lo conociera diría que fue una sonrisa falsa y que sus ojos verdes lucían apagados. 

—A través de la liturgia debemos ayudar a santificar el mundo —expresó en tono grandilocuente ahora mirando al joven moreno de nombre Francisco. 

—Ansío convertirme en su mensajero —afirmó sin mostrar ninguna duda.

—Se convertirán en los pastores que guían a sus ovejas a la paz que se encuentra en el seno de la familia de Dios —dijo directamente a Jean.

—Así será —respondió confiado. 

—Compartiremos con el mundo el amor misericordioso de Dios y daremos a conocer la alegría de ser amados por él —dijo ahora observando los ojos azules de Víctor, que brillaban esperanzados. 

—Ansío poder mostrar la dicha de pertenecer a la santa iglesia católica y dar esperanza a quienes sufren con el consuelo del amor de Dios —manifestó Víctor sonriendo ilusionado. 

Luis Lombardi miró detenidamente las facciones de Víctor.

—¿Estás seguro que tienes 18 años? —preguntó en tono de broma ya que había revisado sus antecedentes— realmente pensaría que aún no cumples 15. 

—Ya me lo han dicho, mi madre también lucía más joven de lo que era y yo me parezco mucho a ella —dijo un sonrojado Víctor—.  Pero juro no haber falsificado mi partida de nacimiento —dijo en tono solemne haciendo reír a los demás, sonriendo posteriormente también. 

Luis Lombardi apreció en silencio esa preciosa sonrisa. Sin lugar a dudas Víctor era más hermoso de lo usual, tenía una belleza cautivante que su juventud hacía ver andrógina y pura. 

Luis Lombardi pensó que así se lucían los ángeles. 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: