Tabú 58


Ese día lo llevo guardado en mi memoria con tantos detalles que todavía lo siento latir en mi piel y corroer por las venas.

Empezó como cualquier otro día, alarma a las cinco y treinta de la mañana, el delicado aire de la mañana golpeando mis mejillas mientras corría por las calles y avenidas como lo hacía con Víctor todos los días. Jugo, dos huevos pasados, cereal y un té de moras en mi solitario desayuno. Revisión de algunos detalles en mi maletín antes de salir a la escuela y el suave toque de Puma Tigre Scorpion que por algún motivo desconocido me impedían salir del departamento.

Con la tarjeta de la puerta en la mano me encaminaba hacia la salida cuando mi celular vibró en mi bolsillo y al ver el nombre del contacto no dudé en responder. Víctor se comunicaba una vez más como cada mañana para comentar la forma incómoda cómo había dormido en la clínica cuidando a su mamá, la cantidad de pastillas que ella debía tomar, los diagnósticos poco exactos de los médicos y la mala comida que debía consumir en la cafetería. Él no quería separarse de su mamá hasta saber que estuviera restablecida por completo.

Estaba haciendo lo que cualquier hijo haría por su madre. Si yo hubiera estado en su situación también me habría dedicado a mi madre y habría mandado a la mierda cualquier circunstancia o persona que se cruzara en mi camino.

Entre los extraños nombres de los medicamentos y los diagnósticos; entre la agitación que llevaba en la voz porque parecía estar caminando por los pasillos de la lujosa clínica de París y el barullo propio de una mañana en un centro médico, mi hermano se dio el tiempo para decirme que me amaba.

—¿Estás durmiendo bien estas noches?

—Que sí.

—No comas cosas muy grasosas.

—No puedo por el entrenamiento y la jodida dieta que me dio el entrenador.

—¿Cuántos encuentros más les faltan?

—Dos y entramos a la eliminatoria de octavos.

—¿Me extrañas? —preguntó y en voz muy baja añadió—: Yo te extraño mucho mi amor.

—Me gustaría que estés aquí conmigo, pero tu mamá te necesita mucho y es allí donde debes estar.

—¿Alguien más me extraña en casa y en Nefrit?

—En Nefrit todos preguntan por ti y oran por tu mamá, pero todo está bien así que no te preocupes más. —Salí del departamento rumbo al ascensor y lo último que vi fue la gruesa cola de mi gato que me dio las espaldas.

—¿Y Potya me extraña?

—No, él no.

—Ah, Yuri es cuestión de un par de semanas más para que mi mamá sea dada de alta. La llevaré a su mansión y la atenderán dos enfermeras especializadas en pacientes oncológicos. —Víctor suspiró y sentí que se detuvo. Yo tampoco me movía mientras veía pasar los números en la pantalla del ascensor—. No sabes cuántas ganas tengo de darte un gran abrazo y dormir juntos.

—¿Solo dormir? —quise bromear, pero el chistecito no me salió.

—Solo dormir. No lo he hecho bien estos días. —Imaginé que pegó sus labios en el auricular y me confesó una vez más—. Cuando llegue a casa dormiremos todo un fin de semana sin separarnos ni un solo instante ¿sí?

—Qué aburrido… pero está bien. —Sonreí y recibí el saludo del conserje que me saludó amable y me abrió la puerta del edificio—. Si quieres dormir así será.

Nos despedimos como esos novios bobos que no pueden cortar la llamada y con la calidez de su voz en mis oídos tomé el carro de alquiler, no llevaba la moto porque luego de los entrenamientos y los partidos un auto contratado por la liga nos dejaba en casa.

Al subir a la camioneta sentí como siempre la hostil mirada de mis compañeros de equipo, pero como cada mañana decidí ignorarlos por completo y recurrí a mis auriculares como único refugio contra sus estupideces y torpezas.

Otabek fue el último en subir y como siempre se sentó junto a mí y en silencio compartimos las imágenes de nuestros celulares, riendo por cualquier meme absurdo o mirando los detalles de algún estreno musical que tanto le interesaban al kazajo.

Las horas de clases pasaron como siempre, rápidas en un inicio y lentas al final. Yo solo quería que la mañana muriera y pudiéramos concentrarnos en el entrenamiento de la tarde.

En el último partido habíamos cometido muchos errores de defensa y por diversas razones los muchachos estaban algo distraídos, por lo que el entrenador Popovich nos indicó que ese día afinaría algunas posiciones y los que no rindieran bien se quedarían en la banca.

“Me parece que les falta compromiso, así que el que no quiere darlo todo en el partido se puede quedar haciendo barra con las porristas”, dijo y muchos chasquearon los dientes.

Popovich tenía razón, no podíamos estar con ciertos miramientos y resentimientos, había movido a casi todos los demás de sus puestos para reforzar la salida en el área media y solo dejó a los dos atacantes, Otabek y yo, para que pudiéramos desplazarnos con más libertad creativa en la cancha.

Sé que eso molestó mucho a Zaveliev, Mólotov y Korov que se vieron desplazados hacia atrás; pero ese movimiento era necesario para contener a los rudos jugadores del equipo de la escuela de Kazán y tener más oportunidad de insertar el disco en el arco. De no hacerlo solo seríamos un cúmulo de agresiones y obstrucciones en la pista.

Y siguiendo al pie de la letra los designios del coach ensayamos movimientos, salidas, pases, goles desde media cancha, entradas riesgosas y barridas desde nuestras nuevas posiciones. Nos concentramos tanto durante las dos primeras horas que pudimos sincronizar muy bien nuestros movimientos el momento que nos enfrentamos al equipo alterno.

Popovich corría de un lado a otro de la pista ajustando las indicaciones, gritando a todo pulmón para que los chicos se detuvieran donde él quería y avanzaran hasta donde él dijera. Por primera vez lo vi demasiado tenso, a punto de perder los papeles cuando tiró su tablero hacia un lado de la pista y hasta pude oír que dijo una que otra palabrota como jamás lo había hecho antes.

Ese nuevo Popovich me gustó mucho, nos ajustó hasta casi ahorcarnos durante el entrenamiento y luego soltó las riendas cuando nuestros pulmones ya no podían respirar en toda su capacidad y nuestros músculos pedían a gritos parar.

—Mólotov, Fomin… ese es el lugar que conservarán, no quiero sorpresas ni arranques por banda lateral, quiero que cuiden sus puestos. —Popovich mostraba en el tablero el gráfico de la última jugada—. Otabek y Yuri se encargarán del resto, solo quiero que despejen su camino.

Las resignadas miradas de mis compañeros de equipo se posaron en el tablero y sus afirmaciones silenciosas confirmaban que por fin el mensaje del coach fue asimilado, en especial por Záveliev había entendido que estábamos jugando nuestro pase para representar al Oblats ante las nacionales y que no debía seguir esforzándose para mostrar sus escazas brillanteces en los partidos.

“La flecha”, sobrenombre con el que conocíamos a Záveliev, nunca se había resignado a quedarse como atacante lateral. Siempre deseó ser quien se batiera frente al arco y reemplazar a Vladimir Zhúkov a quien admiraba mucho y envidiaba al mismo tiempo.

Pero si ese hubiera sido el motivo de su resentimiento contra Otabek y contra mí lo hubiera entendido, le quitamos la posibilidad de brillar con luz propia en el equipo y en el colegio, Otabek tomó el puesto de Zhúkov y yo reforcé el ataque; para “la flecha” no había lugar.

Si pudiéramos reconocer las intenciones en la mirada o la sonrisa de la gente sería la mejor manera de acabar con tanta farsa; Záveliev era un farsante porque además de envidiar la posición del kazajo, también contenía en sus oscuridades el destilado de sus miedos, ignorancia y odios profundos. El tipo detestaba a Otabek porque era mejor jugador que él, pero a mí me odiaba por ser yo.

Terminada la practica el entrenador llamó a Otabek porque quería coordinar su nombramiento como capitán del equipo. El kazajo estaba emocionado y lo siguió, yo entré con todos los demás a los vestidores y como siempre esperé sentado en una de las bancas a que todos esos payasos crueles se bañasen y cambiasen para recién ingresar a las duchas. Me bañaría con mucha rapidez y en cinco minutos estaría saliendo hacia los vestidores para cambiarme de inmediato y subir al minibús.

Ellos como siempre bromeaban con sus apodos, hablaban sobre los errores cometidos en la práctica y sobre la forma como las chicas los llamaban o con quienes saldrían ese fin de semana. Eran muy unidos los malditos.

Esa noche como nunca ellos no ingresaron a las duchas de inmediato, Korov salió hacia la pista una vez más y los demás cerraron la puerta de los vestidores. Estando tan concentrado como me encontraba mirando mi celular y mensajes de algunos de mis seguidores en la única red social que manejaba para promocionar mi trabajo en Nefrit, no me di cuenta del movimiento extraño y de las miradas que los miserables habían hecho en pocos minutos.

Cuando levanté la mirada y noté que se acercaban todos los del equipo hacia mi rincón, un ligero escalofrío bajó por mi espalda, los primeros segundos no supe si estaban a punto de comenzar una de las tantas bromas estúpidas que solían hacerme; pero cuando Fómin me quitó los auriculares y los tiró al suelo con violencia, supe que no habían preparado una broma, supe que era un ataque real.

Vi sus ojos llenos de odio, sus puños llenos de odio, las venas de sus cuellos llenas de odio, el gesto duro de sus bocas lleno de odio, sus voces estridentes sonaban llenas de odio y su sudor olía a odio.

—Miren qué tenemos aquí —dijo Záveliev mientras sus manos sujetaban con violencia el cuello de mi buzo oficial—. Un marica señores, convicto y confeso, un marica entre nosotros, mirando con sus ojos asquerosos cómo nos quitamos la ropa, cómo nos bañamos y cómo nos cambiamos delante suyo.

—Qué mierda… —quise deshacer la presión con la que me sujetaba, pero Kórov y Zchvídanov sujetaron mis brazos con toda la fuerza que les permitió sus grandes manos.

—Así que te gustan los hombres… ¿qué te gustaría marica de mierda? ¿Qué te toque? —Las primeras cachetadas comenzaron a llover sobre mis pómulos— ¿Quieres chupármela? ¿Quieres que te meta un palo al culo?

Di una patada tratando de deshacerme de todos ellos, pero mis esfuerzos se vieron superados. Vi el puño cerrado de Záveliev venir hacia mí y sentí como se estrelló en mi mandíbula, los escuché aullar sobre mis oídos, los escuche decir que debería morir, que era un puto asco, que no querían maricas en el equipo y que debería largarme de la escuela.

Algunos gritaban que me rompiesen el cuello, otros que me prendieran fuego, otros vociferaron que me golpeasen la cabeza hasta reventarla y yo no podía deshacerme de sus garras que se hundían en mis brazos y me apretaban el cuello.

Golpeé lo más que pude, mis nudillos heridos se estrellaron contra algunas bocas y atrapé con los dientes una mano que mordí hasta hacerla sangrar; pero cinco contra uno es un número excesivo. Mis gritos se ahogaban con los golpes que sentía sobre el estómago, con sus manos estrellándose contra mi cara y con sus pies golpeando mi espalda.

Pero sus insultos no fueron tan devastadores como ese stick de hockey que cayó con la furia de todos los demonios sobre mi clavícula, mis costillas y mi cabeza. El dolor fue tan intenso que juro vi cómo todo el lugar se cubría de color rojo y no era mi sangre salpicando sus uniformes, era mi impotencia, mi miedo y mi dolor.

Estaba aterrado y en un momento pensé que me iban a matar.

De pronto todo se detuvo y de lejos escuché la voz de Otabek que potente rugía sobre toda esa jauría de hienas que gritaban y reían, parando los golpes y enfrentando el odio con el que me miraban y me señalaban amenazantes.

—¡Qué mierda!… ¡malditos… mal nacidos!, ¡qué carajo hacen! —Otabek no lograba comprender bien porqué todos esos hijos de perra gritaban y aplaudían mientras Kórov rompía su stick en mi espalda—. ¡Dejenloooooo!

Reaccionaron más furiosos y creo que estaban tan eufóricos que se le fueron encima al kazajo; pero como Otabek tenía una preparación especial en taekwondo les hizo frente con algunos movimientos y los vi retroceder. Mi amigo estaba fuera de sí y pude ver cómo tiró contra los vestidores a Kórov, cómo rompió la nariz de Záveliev con el codo y cómo desmayó a Fomin con una patada en la quijada.

Fue el momento que escuché la voz del entrenador Popovich que se abría paso entre los demás estúpidos del equipo que alentaban la pelea, detrás de la voz del coach escuché al entrenador Iustinov, al preparador físico, al utilero y el jefe el guardia de turno del colegio.

Estaba tendido en el suelo y sentía el calor de la sangre inundando mi frente, alcé mis ojos y vi cómo detenían a un descontrolado Otabek, lo sujetaban de los hombros mientras rescataban de la furia de sus puños a Zchvídanov que botaba dos dientes de la boca mientras caía hacia el suelo de los vestidores.

Cuando vi cómo sujetaban los coachs a Otabek y vi cómo éste se deshacía del agarre y corría hacia mí, comprendí el por qué le decían “el oso de la estepa”. Como si yo fuera su cachorro se puso entre ellos y yo y con la voz rota me mostró ante los profesores que no terminaban de entender qué sucedía en el estrecho espacio.

—¡Lo estaban matandooooo! —Otabek me aferraba a su cuerpo y mojaba sus manos en mi sangre, me sujetaba como si fuera un muñeco de trapo y seguía gritando de impotencia—. ¡Malditoooos! ¡Asesinooooos! ¡Miren lo que han hechoooo!

—¡Otabek cálmate! —El profesor Popovich se abrió paso entre los demás alumnos y caídos que dejó la defensa del kazajo intentando calmarlo—. ¡Vamos… vamos… a revisar a Nikiforov!

El “héroe” soltó poco a poco mi cuerpo, sus garras que estaban clavadas sobre mi campera cedieron y acomodó mi cabeza sobre el suelo. Recuerdo bien que, aunque le insistieron, él no se apartó de mi costado, como si fuera mi perro guardián se mantuvo firme junto a mí.

El profesor Popovich me preguntó si lo estaba escuchando y no sé si escuchó mi respuesta. Sus manos repasaron mi cuerpo y no pude evitar gritar cuando tocaron mi clavícula izquierda rota y mi costado derecho. Podía sentir el dolor en el centro mismo de mi cerebro y comenzó una sensación de extremo calor en mi cuerpo.

Para ese momento solo podía ver con uno de mis ojos, el otro estaba cubierto y no tenía idea de porqué mi párpado no podía abrirse más, no podía imaginar cómo estaba mi cuerpo y lo único que deseaba era que mi hermano estuviera junto a mí.

Los gritos y las órdenes se sucedían unas a otras. Yo sentía que todo el cuerpo era un nervio expuesto pues me tocaran donde me tocaran me hacían saltar y temblar hasta rechinar de dientes como reacción al agudo dolor.

No sé cuánto tiempo estuve tirado en el piso de los camerinos, no puedo calcular cuánta sangre salió de mi cabeza, tengo una vaga idea de las veces en las que grité la mínimo contacto y no sé cómo es que el lugar quedó despejado. Por un momento sentí ganas de dormir; pero Popovich le ordenó a Otabek que me mantuviera despierto, así que a cada rato él preguntaba que me dolía mientras con mucho cuidado las yemas de sus dedos repasaban mi cara, mis hombros, mi cuello, mi pecho, mis manos heridas, mi estómago hirviente, mis muslos tensos y mi espalda magullada.

Nunca había sentido tanto dolor en mi vida como en el momento que los paramédicos me trasladaron a la camilla para llevarme al hospital, sentí como si estuvieran arrancado mi brazo izquierdo y el dolor persistió latiendo bajo mi piel.

El momento que vi la oscuridad del campo de fútbol contiguo al coliseo del colegio y supe que me llevaban a atenderme me pregunté ¿por qué? ¿cómo la gente puede odiar tanto hasta querer ver la destrucción de alguien?

Lo había visto en videos clandestinos en especial los que provenían de mi país. Jóvenes rusos que asesinan con bates a un mendigo en un parque, rusos que humillan a un joven gay y luego le prenden fuego, rusos que disparan contra una minoría racial en la frontera, un ruso que atropella hasta la muerte a una chica migrante, ruso que le corta las manos a su esposa por celos, rusos que orinan sobre un chico con parálisis cerebral y luego se toman selfies riendo, rusos que golpean a dos ancianos en la estación de Sochi hasta hacerle perder los ojos a uno de ellos.

Ser el protagonista de uno de esos arranques de odio era algo que no podía creer. Ser golpeado por tus compañeros de clase y del equipo, con los que juegas día a día, con los que defiendes un sueño y con los que a veces te topas en una calle, en el super o en el cine y levantan la ceja para saludar. Ser golpeado por otros chicos como tú, es una pesadilla que cobra forma frente a tus ojos y que además de llenarte de dolorosos recuerdos en el cuerpo, te cubre de terror.

Camino al hospital recordaba las frases que ellos me dijeron mientras me golpeaban sin parar y de entre todas ellas había una palabra que se repetía una y otra vez. Una palabra que cuando era pronunciada parecía el estallido de un cañón en los labios de quienes la repetían.

“Marica asqueroso”

Me quedé congelado pensando si tal vez ellos sabían algo, calculé si fui tan evidente en mi trato, si no fui lo suficientemente torpe y brusco, si no fui tan chusco y bestia como para no parecer un hombre delicado.

Imaginé que tal vez alguien hubiera notado las miradas que mi hermano y yo intercambiábamos cuando estábamos juntos y las habría interpretado. Pensé si en algún momento hice una publicación incorrecta o aprobé alguna publicación a favor de los derechos de la comunidad LGBTI+, pero eso era imposible pues yo cuidaba bien mis opiniones en las redes para no comprometer la imagen de la empresa y la integridad de mi hermano.

Camino al hospital escuchaba a los paramédicos hablar sobre las cifras de mi presión y los latidos, escuchaba la sirena de la ambulancia aullar entre las calles y pensaba en Víctor, tenía miedo que alguien supiera que él y yo nos amábamos como pareja y que tal vez él sería la próxima víctima del odio de los malditos desquiciados de mi país.

Te juro que no me dolieron tanto mis heridas como la sensación que me provocaba pensar que mi hermano también podía ser atacado en cualquier lugar o tal vez arrestado por el gobierno acusado de sodomía y llevado a uno de los tantos campos de concentración clandestinos donde el gobierno cierra a los homosexuales.

Comencé a llorar y a toser y lo último que vi ese día fue la cara larga del tipo que me puso un inyectable para estabilizar los temblores de mi cuerpo. Su voz se fue diluyendo al igual que su imagen y pronunciando el nombre de mi hermano caí en un pesado sueño que me alejó de mi dolor, pero no de mis pesadillas.


Otabek me contó que ingresé al hospital a las ocho y cuarto de la noche y que de inmediato el médico ordenó que se me estabilizaran el cuerpo con sodio y relajantes, además ordenó que me hicieran los primeros exámenes y fuera preparado para una tomografía, porque tenía demasiados golpes en el cuerpo y la cabeza.

Dijo también que él y el profesor Popovich ingresaron casi al mismo tiempo que yo y que luego de hablar con los médicos sobre mi condición acordaron llamar a Nefrit para que algún responsable llegase a dar autorizaciones para mis exámenes y operación.

Me contó que llamó a Mila y que cuando le dijo que sufrí un ataque en el colegio ella gritó desesperada en el celular y volvió sus pasos hasta llegar al atelier en busca de Lilia a la que no podía explicar bien qué había sucedido conmigo.

También me dijo que Lilia desesperada había llamado a Yakov Feltsman quien estaba en una junta con los socios de una compañía importadora de licores y cuando escuchó que estaba grave en el hospital dejó todo casi sin dar explicación y corrió hasta el hospital.

El kazajo también me dijo que cuando Lilia y Mila llegaron al hospital, él y el coach no supieron cómo explicar el ataque de mis compañeros de equipo porque no tenían idea del por qué se ensañaron conmigo de esa manera. Entonces Otabek tuvo que decir algo que había callado durante esos minutos… dijo que fue un ataque de homofobia porque el momento que él entró a los vestidores en medio del tumulto de jugadores escuchó muy bien decir a Kórov “que los maricas debemos arder en el infierno”.

Contó que todos se quedaron callados y que Lilia llevó su mano hacia el corazón, Mila se puso a llorar, Popovich bajó la cabeza y él masticó su cólera sin saber qué más hacer. Otabek y Mila sabían bien mi orientación sexual, Lilia sospechaba la existencia de una relación prohibida entre Víctor y yo y Popovich recordaba la advertencia que nos dio a mí y Zhúkov cuando nos encontró en los vestidores del gimnasio.

Otabek también me dijo que Yakov llegó botando el corazón y que de inmediato ordenó que se me transfiera a una clínica privada, donde me atenderían de forma especial. Que luego de media hora y con la inconformidad de los médicos un helicóptero llegó por mí y en siete minutos otro equipo médico se hacía cargo de mis heridas y me inducían al coma para aliviar la inflación de mi cerebro.

El kazajo dijo que esa noche su mamá llegó a la clínica con mantas para todos y que él no quiso moverse del pasillo porque el médico había dicho que dependía mucho de la evolución que tuviera esas primeras horas para saber si debían operarme de la cabeza o no. Todos temían que así fuera.

También me contó que habían evitado llamar a Víctor esa noche para no sobrecargarle la preocupación ya que él estaba atendiendo y acompañando a su mamá que todavía estaba con los efectos de la quimioterapia en el hospital.

Dijo que Mila se quedó dormida de tanto llorar y que Lilia había estado muy callada mirando la nada hasta que Yakov le prestó el hombro para que descansara. Me contó que el profesor Popovich se retiró a su casa pasada la media noche y prometió investigar bien los hechos.

Me contó que sus hermanitas habían rezado por mí y que unos diez minutos después que Popovich se fuera, su padre llegó para llevarlos a casa. Y aunque él deseaba quedarse el resto de la noche, no pudo hacerlo porque debía obedecer a su papá. Aybek Altin habló con Yakov y ofreció su apoyo para cualquier cosa que se necesitara, él conocía muchos médicos muy destacados que además de ejercer su profesión eran investigadores y hombres de ciencia.

Dijo que durante la madrugada no pudo dormir bien y que recordaba el momento que había detenido a la jauría, el momento que repartió golpes de puño y patadas para defenderme y el momento que me levantó. Me dijo que se asustó mucho cuando sintió el calor y olor de mi sangre en mi cuello, pensó que me estaba muriendo porque casi no reaccionaba cuando él me hablaba.

Me dijo que al día siguiente en la escuela todos hablaban del tema y que todos repetían una maldita e hiriente palabra, una palabra que describía el temor que sentían por el delgado monstruo llamado Yuri Nikiforov. Una palabra que definía bien su grado de estupidez e ignorancia, su fanatismo ortodoxo, sus prejuicios y sus envidias. Una palabra que siempre será el injusto e insultante calificativo para cualquier hombre que se precie de ser gay.

“Marica”.

Allí fue que descubrí que Otabek, siendo un hombre de costumbres y tradiciones muy arraigadas en su familia, es un amigo de verdad, podría decir que hasta es un segundo hermano.

El enfrentó las miradas de reproche y condena de los compañeros y compañeras. Él fue quien habló la versión de los hechos que no me condenaba y me defendió con ardor ante la directora y las autoridades del colegio. Él se ganó el lío con los tarados que intentaron molestarlo insinuando una relación entre los dos y juró que les partiría la cara si seguían jodiendo.

Con mirada guerrera y actitud serena, con silencios justos y palabras contundentes, Otabek venció al mundo que me juzgaba y condenaba. Hizo de lado otras amistades y se olvidó de los prejuicios, juró a todos que seguiría siendo mi amigo y a más de uno mandó a la mierda.

Por esa actitud valiente el kazajo se ganó que todos lo aíslen en clases, que ellas lo miren como bicho raro, que ellos intenten arrancarle un golpe más de sus puños para que fuera expulsado. Se ganó las malas lenguas, los malos pensamientos, la mala leche de todos y la condición en su matrícula por haberme defendido con el amor de un gran amigo.

Pero también se ganó mi corazón porque siempre quedaré en deuda con ese kazajo y mi única manera de devolver todo lo que hizo por mí, esos días que estuve en coma en la clínica, es siendo su amigo incondicional.

Esa noche en medio de los gritos, el odio, los golpes, la sangre y el terror, Otabek fue mi héroe.

Notas de autor: Agradezco a quienes siguen la historia y quiero comunicar que a partir de este capítulo comienza el largo tramo final. Víctor y Yuri nos contarán qué los separó.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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