Capítulo 12 y 13: Temor


Yuri movió la escopeta para indicarle a Otabek que entrara y lo miró con el ceño fruncido cuando este echó a andar hacia la casa. Por un momento dio la impresión de que se detenía a mirar las paredes de estuco y la escalera de madera oscura antes de entrar, como si se preparara para lo que le esperaba dentro, antes de pasar junto a ella y enfilar el pasillo. Tuvo que agachar la cabeza para no darse con el marco de la puerta.


Yuri cerró la puerta empujándola con el pie, sin apartar los ojos de su invitado, que esperaba quieto y encorvado, intentando hacerse todo lo pequeño que podía mientras perdía la atención en el bucle de imágenes de los marcos digitales que había colgados en la pared, instantáneas en las que aparecía Yuri de niña, comiendo guisantes crudos del huerto; dorados campos otoñales, la imagen de su abuelo con cuarenta años menos vestido con su primer uniforme militar. 

 De una mujer parecida a Yuri, sonriendo alegremente a la cámara aunque se podía notar el pasar de los años

 De una mujer parecida a Yuri, solo que con el cabello más largo y  mirando de lado, fuertemente a  la cámara, vestida con un traje de entrenamiento en defensa.

y La última foto mostraba de  nuevo a Yuri cargando una pequeña bola blanca peluda junto con su abuelo sonriendo alegremente.

y La última foto mostraba de  nuevo a Yuri cargando una pequeña bola blanca peluda junto con su abuelo sonriendo alegremente

lo saco de su trance una pequeña tos de disgusto.


—Nada se te perdió, sigue, es por ahí.

—Lo siento -murmuro Otabek- 


Este se dirigió hacia donde le indicaba, la cocina. Antes de seguirlo, Yuri miró la ultima foto con nostalgia, de su abuelo y ella juntos antes de que la misma se desvaneciera.


La chica vio el portavisor sobre la encimera, que todavía mostraba la imagen de un macho alfa con su compañera, y se lo metió en el bolsillo.


Sin darle la espalda al luchador, apoyó la escopeta en una rinconera y cogió la sudadera roja del respaldo de una de las sillas. Se sintió menos vulnerable al deslizar los brazos en las mangas. Y menos aún cuando sacó un cuchillo de trinchar del taco.


Los ojos de Otabek se vieron inmediatamente atraídos hacia la hoja, antes de desviar la mirada y repasar el resto de la cocina. En ese momento se fijó en el cesto de alambre que había junto al fregadero y el hambre le dilató las pupilas.


Seis lustrosos tomates rojos descansaban en el cestillo.


Yuri frunció el entrecejo cuando Otabek apartó la vista avergonzado.


—Debes de estar hambriento —masculló—, después de tanto correr.


—Estoy bien.


—Siéntate —dijo, indicándole la mesa con el cuchillo.


Este vaciló un instante antes de retirar la silla, aunque no volvió a acercarla a la mesa cuando se sentó, como si quisiera disponer de espacio suficiente para salir corriendo en el caso de que fuera necesario.


—Las manos donde yo las vea.


Lobo parecía a punto de echarse a reír cuando se inclinó hacia delante y las dejó, bien abiertas, en el canto de la mesa. Una pequeña bola peluda se subió encima, maullando y restregando su cabeza en las manos del extraño.

—Por lo menos a esta pequeña le agrado -murmuro Otabek, acariciando a Potya.

Yuri soltó un bufido de ironía

—No me digas -replico-


—No quiero ni imaginar lo que debes de pensar de mí después de anoche.


A Yuri se le escapó otro  resoplido burlón.


—¿De verdad no te lo imaginas? -Cogió la tabla de cortar y la estampó delante de Lobo, asustando a Potya que salió corriendo-. ¿Quieres que te dé una pista?


Otabek bajó la vista y pasó un dedo por un arañazo antiguo que había en la madera.


—Hacía mucho tiempo que no perdía el control de esa manera. No sé qué me ocurrió.


—Espero que no hayas venido aquí en busca de consuelo.


Negándose a dejar el cuchillo o a darle la espalda, tuvo que hacer dos viajes más de la encimera a la mesa, primero para coger una hogaza de pan y luego dos tomates.


—No… Ya te he dicho por qué estoy aquí. Es solo que me he pasado toda la noche intentando comprender qué salió mal.


—Quizá deberías retroceder al momento en que decidiste que las peleas eran una buena opción como carrera profesional.


Un largo silencio se instaló entre ellos mientras Yuri, todavía de pie, cortaba una rebanada de pan y se la lanzaba a Otabek, que la atrapó sin esfuerzo.


—Tienes razón -admitió él, dándole un pellizco a la corteza-, seguramente todo empezó ahí.


Le dio un bocado al pan y se lo tragó sin apenas masticarlo.


Un tanto desconcertada al ver que Otabek no intentaba justificarse ni buscar excusas, más bien sus palabras sonaban como si nunca hubiera  tenido la opción de escoger, Yuri cogió uno de los tomates y lo puso en la tabla de cortar, sintiendo la necesidad de tener las manos ocupadas. 

Hundió el cuchillo en la hortaliza sin miramientos, haciendo caso omiso de las semillas que rezumaron sobre la tabla, y le tendió las rodajas pinchadas en la punta, sin molestarse en alcanzarle un plato. El pálido jugo rojo se mezcló con las migas de pan que corrían por la mesa.


Otabek tenía la mirada perdida cuando aceptó las rodajas.


—Gracias.


Yuri arrojó el rabito del tomate al fregadero y se limpió las manos en los vaqueros. A fuera, el sol remontaba el cielo rápidamente, y las gallinas empezaban a cloquear nerviosas, preguntándose por qué Yuri no les había servido el desayuno cuando había salido.


—Aquí se respira tanta paz -dijo Otabek.


—Ni lo pienses, no voy a contratarte.


Yuri recuperó la taza de café frío y olvidado, y se sentó frente a su invitado. El cuchillo seguía en la tabla de cortar, al alcance de la mano. La chica esperó a que Otabek acabara de chuparse los dedos, pringosos de jugo de tomate, antes de preguntar:


—Bueno,  ¿Qué hay de ese tatuaje?


Otabek le echó un vistazo a su antebrazo. La luz de la cocina se reflejaba en sus ojos como si se tratara de piedras preciosas, aunque esta vez Yuri no se dejó intimidar por aquellos pequeños destellos. Lo único que le importaba en ese momento eran las respuestas que se ocultaban tras ellos.


Este extendió el brazo sobre la mesa para que el tatuaje quedara completamente a la vista y se estiró la piel, como si fuera la primera vez que lo veía. LSOM963.


—La Superior Orden de la Manada -dijo-. Miembro 963. -Se soltó el brazo y encorvó la espalda al tiempo que se reclinaba en el respaldo de la silla-. El mayor error que he cometido en mi vida.


Yuri sintió un escalofrío.


—¿Y qué es exactamente eso de La Superior Orden de la Manada?


—Un grupo, al que suele conocerse como los Lobos. Les gusta llamarse justicieros, rebeldes y precursores del cambio, pero… en realidad no son más que un puñado de criminales. Si algún día puedo permitírmelo, me lo quitaré.


Una ráfaga de viento agitó las ramas del roble que crecía frente a la entrada, y las hojas golpearon la ventana.


—Entonces, ¿ya no estás con ellos?


Otabek  sacudió la cabeza.


Yuri lo miró fijamente, incapaz de adivinar sus pensamientos, incapaz de averiguar si le decía la verdad.


—Los Lobos -musitó la joven, para no olvidarlo-. ¿Suelen hacer cosas de este tipo? ¿Llevarse a gente inocente de sus casas sin ninguna razón?


—Te equivocas, Tienen una razón.


Yuri tiró de los cordones de la capucha hasta que estuvo a punto de ahogarse antes de volver a estirar la tela para que recuperara la forma.


—¿Por qué? ¿Qué quieren de mi abuelo?


—No lo sé.


—Eso no me convence. ¿Qué buscan, dinero, poder? ¿Qué?


Otabek flexionó los dedos.


—Tu abuelo estaba en el ejército -dijo, haciendo un gesto hacia el pasillo-. En esas fotos lleva uniforme.


—Si, era Soldado y piloto de Guerra de la Federación Euroasiática, pero de eso hace muchos años. Antes de que yo naciera.


—Entonces puede que sepa algo. O ellos creen que así es.


—¿Sobre qué?


—¿Cuestiones militares? ¿Armas de alto secreto? ¿Bombas? ¿Planes de Guerra? ¿Secretos oscuros?


Yuri se acercó a la mesa hasta que el canto se le clavó en la barriga.


—Creía que habías dicho que eran delincuentes comunes. ¿Qué les importa a ellos eso?


Otabek lanzó un suspiro como si tratara con una niña.


—Delincuentes que se creen…


—Precursores del cambio. -Yuri se mordió el labio pensativa-. De acuerdo. ¿Y qué? ¿Intentan derrocar el gobierno o algo por el estilo? ¿Iniciar una guerra?¿Vender información a altos mandatarios? ¿Acaso no están conformes con todo el daño que ha provocado la 4 Guerra, quieren otra?


Lobo miró por la ventana al ver que las luces de una pequeña nave de pasajeros bordeaban los campos. Los primeros trabajadores llegaban para empezar la jornada.


—No lo sé.


—No, sí lo sabes. ¡Eres uno de ellos!


Otabek esbozó una sonrisa amarga.


—Solo era un miembro insignificante, apenas pasaba de recadero. No compartían conmigo el motivo de las decisiones que tomaban.


Yuri se cruzó de brazos frustrada.


—Entonces, haz una suposición, tú que los conoces.


—Sé que han robado muchas armas y que quieren que la gente les tenga miedo. -Sacudió la cabeza-. Quizá su objetivo sea hacerse con armas militares.


—Mi abuelo no tiene nada que ver con eso. Y aunque alguna vez hubiera podido estar metido en esas cosas, cuando era militar y  piloto, te aseguro que ahora no. Menos cuando mi madre murió. Fue una promesa.


Otabek abrió las manos con las palmas hacia arriba.


—Lo siento. No sé de qué otra cosa podría tratarse. Salvo que a ti se te ocurra algo en lo que pudiera estar involucrado.


—No, llevo devanándome los sesos desde que desapareció, pero no se me ocurre nada. Solo era… mi abuelo. -Señaló los campos-. Vivimos en un tiempo en Rusia y cuando mi madre se caso con mi padre el se vino para Francia y se convirtió en dueño de una granja. Veníamos muy seguido a visitarlo. Es un hombre que dice lo que piensa y no le gusta que le digan lo que debe pensar, pero no tiene enemigos, al menos que yo sepa. De acuerdo, la gente del pueblo cree que es un poco excéntrico, pero a todo el mundo le cae bien. Sufrió mucho cuando mi madre contagio la enfermedad y murió… Además, solo es un anciano. 

—Lo siento, no quería hacerte recordar momentos difíciles…

Yuri se encogió de hombros y rodeó la taza de café con las manos soltando un suspiró—.

 —Al menos sabrás cómo encontrarlos, ¿no?

—¿Encontrarlos? No… Sería un suicidio.


Yuri se puso tensa.


—No eres tú quien lo decide.


Otabek se rascó la nuca.


—¿Cuánto hace que se lo llevaron?


—Dieciocho días. -La desesperación se abrió paso a través de su garganta-. Lo tienen retenido desde hace dieciocho días.


Otabek  mantuvo los ojos clavados en la mesa, con cara de preocupación.


—Es demasiado peligroso.


La silla se estampó contra el suelo cuando Yuri se levantó de sopetón. Tomándolo del cuello de la camisa


—Te he pedido información, no permiso. No me importa lo peligrosos que sean, de hecho, ¡razón de más para encontrarlos cuanto antes! ¿Sabes lo que podrían estar haciéndole ahora mismo a mi abuelo mientras tú me haces perder el tiempo? ¿Sabes lo que le hicieron a mi padre?


Un portazo resonó en la casa. Yuri dio un respingo y estuvo a punto de caerse al tropezar con la silla derribada y volverse hacia la entrada, aunque el vestíbulo estaba vacío. El corazón le dio un vuelco.


—¿Papá? -Echó a correr por el pasillo y abrió la puerta de golpe-. ¡Papá!


Sin embargo, ya no había nadie en el camino.

Yuri salió disparada a pesar de que la grava se le clavaba en las plantas de los pies. El viento le revolvió el cabello rubio arrojándoselo en la cara.

—¿Adónde a ido? -preguntó remetiéndoselo en la capucha.

El sol  ya había salido por completo y salpicaba de dorado los campos que cubrían el camino de entrada en las sombras balanceantes.

—¿ A darle de comer a las gallinas? -sugirió Otabek, al tiempo que señalaba en aquella dirección cuando un gallo rodeó uno de los lados de la casa picoteando el suelo, en dirección al huerto.

Haciendo caso omiso de los afilados guijarros que sentía bajo los pies, Yuri dio vuelta a la casa en carrera. El viento estremecía las hojas del roble. El hangar, el establo y el gallinero continuaban en silencio en medio de aquel agitado amanecer. Ni rastro de su padre.

—Debe haber estado buscando algo o… -se le paró el corazón- ¡Mi nave!

Echó a correr una vez más, sin reparar en los guijarros de aristas afiladas y las hierbas espinosas. Estuvo a punto de estamparse contra la puerta del hangar, pero se detuvo a tiempo de agarrar el tirador y abrirla de golpe, justo en el momento en que algo producía un gran estrépito que sacudía el edificio.

—¡отец!

Pero no estaba en la nave, listo para despegar, como ella había temido, sino subido a los armarios que cubrían toda la pared del fondo, rebuscando en los que había sobre su cabeza y arrojando su contenido al suelo. Latas de pintura, alargadores, brocas de taladro.

Había volcado una caja de herramientas vertical, y el suelo de cemento estaba lleno de tornillos y tuercas. También habían dos armarios metálicos abiertos de par en par, en los que su abuelo guardaba varios uniformes militares de piloto, monos de trabajo y un sombrero de paja olvidado en un rincón.

—¿Qué estas haciendo?

Yuri se acerco con paso decidido, hasta que tuvo que agacharse para esquivar la llave inglesa que volaba en su dirección y que pasó junto a su cabeza. Se quedó inmóvil, a la espera del estruendo que produciría al estrellarse contra lo que fuera, pero al no oír nada, miró atrás y vio a Otabek con la llave en la mano, a menos de cuarenta centímetros del rostro, y con cara de sorpresa. Yuri se volvió de inmediato. 

—Oтец, ¿Qué…?

—¡Aquí hay algo! -dijo, abriendo otro armario sin miramientos.

Cogió una lata, le dio la vuelta y se quedó fascinado cuando cientos de clavos oxidados cayeron al suelo.

—¡отец, para! ¡Aquí no hay nada! -fue abriéndose camino entre la marea de tachuelas, poniendo más atención en las puntas oxidadas de la que había prestado a los guijarros afilados del camino-. ¡Para de una vez!

—Aquí hay algo, Yuri.

El hombre se colocó un barrilete de metal bajo un brazo, saltó de la encimera, se puso en cuclillas y empezó tirar del tapón. Aunque también iba descalzo, el revoltijo de clavos y tornillos no parecía preocuparlo en lo más mínimo.

—Tú abuelo esconde algo que ellos quieren. Tiene que estar aquí. En alguna parte… pero, ¿dónde…?

El olor acre a aceite de motor impregnó el aire cuando su padre volcó el barrilete y el líquido viscoso y amarillento empezó a borbotar y a derramarse sobre el revoltijo que había formado.

—¡отец, suéltalo! -Yuri recogió un martillo del suelo y lo sostuvo en alto-. ¡Te lo tirare encima, te lo juró!

Por fin la miró, aunque con la misma enajenación de la noche anterior. Ese no era su padre. Ese hombre no era vanidoso, ni encantador, ni autocomplaciente, todo lo que había admirado en él de niña y despreciado de adolescente. Aquello era una piltrafa de hombre.

El chorro de aceite se convirtió en un suave goteo.

—Oтец deja el barril en el suelo. YA.

De pronto, el hombre desvió su atención hacia la pequeña nave de reparto aparcada a apenas un metro de él, con los labios temblorosos.

—Le encantaba volar… -musitó- A tu abuelo, a tu madre… y a ti… Adoraban sus naves.

—Oтец. ¡Oтец …!

Se levantó y lanzó el barril contra la luna trasera de la nave. Una pequeña fractura cubrió el cristal de un entramado de finas líneas que se asemejaba al dibujo de una telaraña.

—¡Mi nave no!

En medio del gritó, su mente la hizo materializar un recuerdo:

“—Auch! мама eso me dolió- se quejaba una niña de cinco años vestida con un keikogi Blanco, aunque, con un poco de tierra

—Deja de quejarte Yuratchka , debes aprender a defenderte y desde más temprano lo hagas mejor.

—Pero yo no quiero entrenar… Quiero ir a cosechar zanahorias con mi дедушка

—Escúchame bien Yura, es necesario estar preparado siempre, no sabes nunca cuando alguien te quiera lastimar, entendido?

—да (Da) -respondía la niña haciendo pucheros.

—Bien, ahora, muéstrame que harías si alguien te ataca de frente.

Yuri dio dos saltos atrás tomando posición contra un robot de entrenamiento 

—Adelante AR-02, puedes atacarla

El robot, fiel a la orden de su ama, se adelanto hacia Yuri empujando sus tenazas hacia el cuerpo de la niña, esta, antes de caer, se agarro con una mano en el cuello del robot y otro encima de la oruga del brazo, impulsándose hacia adelante, metiendo una rodilla en el centro del robot y la otra pierna encima de la cabeza de este, haciendo que el que cayera fuera su oponente haciéndole una llave en el cuello.

—¡Eso es Yuratchka! -rio su madre- tomándola en brazos dándole una vuelta mientras la niña reía-. Bien hecho AR-02, puedes volver a tus funciones normales.

—Fue un placer mi señora -anuncio el robot y se dirigió al granero.

—Ahora моя маленькая (moya malen’kaya), iremos donde  дедушка (dedushka), ya hemos entrenado suficiente.

—дедушка,дедушка! -aplaudía la niña, mientras se subían a la nave de reparto.

Cuando estaban de camino, su madre le prometió que si algo le pasaba, su recuerdo iba a ser la nave de reparto en la que iban para que pudiera ayudar a su abuelo cuando lo visitara. Yuri no cabía en felicidad, y apenas aterrizaron salió corriendo donde su abuelo quien la alzo casi en vuelo y se reía de lo emocionada que estaba la niña contándole lo que le había prometido su  madre.”

Yuri regreso de su recuerdo, esa fue la ultima vez que pudo entrenar con su madre, tiempo después enfermo y murió. Uno de sus recuerdos era esa nave. Enfurecida, soltó el martillo y corrió hacia él. esquivando las herramientas tiradas.

El cristal de la nave se hizo añicos al segundo golpe y su padre se dio impulso para atravesar la ventanilla.

— ¡Quieto! -Yuri lo atrapó acertando un rodillazo en un costado, recordando su entrenamiento en defensas, atesto otro golpe en la corba de la pierna de su padre tirandolo al piso y aprisionando sus brazos, cayendo ambos al piso.

Una lata se le clavaba en el muslo, pero Yuri ignoraba el dolor, concentrando todas sus fuerzas en mantener inmovilizado a su padre. Este tenia las manos ensangrentadas por los cristales de la ventanillas y un corte en un costado que ya estaba volviéndose carmesí.

—Suéltame, Yuratchka. Voy a encontrarlo. Voy a…

Lanzó un grito al sentirse arrancado del gancho de su hija. Yuri se aferró a él por instinto, dispuesta a no dejarlo ir, hasta que comprendió que Otabek era quien los estaba separando para que su padre se pusiera en pie. La chica lo soltó, jadeando, y se frotó la cadera, dolorida con una mano.

—¡Suéltame! -gritó su padre, adelantando la cabeza y dando una dentellada al aire.

Sin inmutarse ante sus forcejeos, Otabek le junto las muñecas con una mano y le tendió la otra a Yuri. En cuanto la joven alargo la suya su padre reanudo los gritos.

—¡Es uno de ellos! ¡Uno de ellos!

Otabek tiró de Yuri para ayudarla a ponerse en pie y, tras soltarla, contuvo ambas brazos a su padre que no dejaba de retorcerse. 

—¡El tatuaje, Yuri! ¡Son ellos! ¡Son ellos!

La chica se aparto el pelo de la cara.

—Lo se Oтец. ¡Cálmate! Puedo explicártelo…

—¡No me lleves allí otra vez! ¡Sigo buscando! ¡Necesito más tiempo!. Por favor, ya no más, ya no más…

Se deshizo en sollozos.

Otabek frunció el entrecejo, mirando con atención la nuca del hombre cabizbajo, hasta que localizó una fina cadena que este llevaba alrededor del cuello y se la arrancó de un tirón.

El hombre se estremeció y cayó al suelo como un saco de papas cuando Otabek lo soltó

Yuri miró boquiabierta la cadena que colgaba del puño de Otabek y el pequeño y extraño dije que pendía de ella. No recordaba que su padre llevara aquel tipo de adornos, salvo el anillo de matrimonio que se había quitado poco después de la muerte de su esposa, la madre de Yuri, y lo hubiera cambiado por unas botellas de Vodka.

—Es un transmisor -dijo Otabek, sosteniendo el dije en alto, que lanzó un destello plateado cuando la luz se reflejo en él, Apenas era mayor que la uña del meñique del pie de Yuri-. Han estado siguiéndolo y diría yo, que también escuchándolo.

El padre de Yuri se abrazó las rodillas y empezó a balancearse.

—¿Crees que están escuchándonos ahora mismo? -preguntó Yuri

—Lo más probable.

La rabia estalló en el pecho de la chica, que se adelantó  de pronto y asió el puño de Otabek con ambas manos.

—¡Aquí no hay nada! -le gritó al dije-. ¡No escondemos nada y tienen al hombre equivocado! Sera mejor que me devuelvan a mi abuelo Сукин сын (sukin syn) o les juro por la casa en la que nací y por mi patria que si le han tocado un solo cabello o una sola arruga, los buscare a cada uno de ustedes Ублюдок (Ublyudok) y les retorceré el pescuezo como gallinas que son! ¿me han entendido? ¡DEVUELVAMEN A MI ABUELO YA!

Con la voz ronca por los gritos, la muchacha enderezó la espalda y soltó la mano de Otabek.

—¿Ya has acabado?

Yuri asintió, muy dignamente, como si no hubiera soltado ningún insulto que su abuelo le tenia prohibido pronunciar aunque sus manos seguían temblando de rabia.

Otabek tiró el transmisor al suelo, cogió el martillo y lo aplastó con un golpe limpio. Yuri dio un respingo cuando el cemento crujió bajo el metal

—¿Crees que sabían que vendría aquí? -dijo Otabek, poniéndose de pie.

—Lo dejaron en el campo de maíz.

La voz del hombre los interrumpió, seca y vacía.

—Me ordenaron que lo encontrara.

—¿Qué encontraras qué? -pregunto Yuri-

—No lo sé, No me lo dijeron. Solo…que él esconde algo. Algo valioso y prohibido que ellos quieren.

—Espera… ¿lo sabías? -dijo Yuri- ¿Durante todo este tiempo sabías que llevabas un microfono y no se te ha ocurrido decírmelo? Oтец, ¿Y si hubiera dicho o hecho algo que les hiciera sospechar de mi? ¿Y si la siguiente a por quién van soy yo?

—No tuve elección -protestó él-, era el único modo de conseguir que me soltaran. Dijeron que solo quedaría libre si descubría lo que tu abuelo escondía, tenía que salir de allí , no sabes lo que era estar encerrado en ese lugar.

—¡Lo que sé es que todavía tienen al abuelo! Y sé que eres lo bastante cobarde para salvar tu propio pellejo sin importarte lo que le pase a él  o a mí.

Yuri contuvo la respiración, esperando a que lo negara, a que le diera alguna excusa inverosímil como siempre hacía, pero no dijo nada, absolutamente nada, se quedo callado.

La rabia volvió a encender sus mejillas. Sentía que su corazón se resquebrajaba cada vez más.

—Eres una vergüenza para nuestra familia… y para todo el orgullo por lo que el abuelo ha luchado. ¡El arriesgaría su vida para protegernos a los dos! Arriesgaría su vida por un extraño si tuviera que hacerlo. Pero solo tú te preocupas por ti mismo. No puedo creer que seas nuestra familia. No puedo creer que seas mi padre.

El hombre le dirigió una mirada atormentada

—Te equivocas Yuri. Ella vio cómo me torturaban y aún así decidió seguir guardándose sus secretos. -Y a continuación añadió en actitud ligeramente desafiante- Hay algo que tu abuelo nunca nos conto, Yuri, y que nos ha puesto en peligro a ambos. Él es el egoísta.

—¡No sabes nada de él!

—¡No, quien no sabe nada eres tú! ¡Llevas idolatrándolo desde que tenías cuatro años y eso te impide ver la verdad! Nos ha traicionado a ambos Yuri!

—¡Claro que lo idolatro! ¡porque fue el único quien se preocupo por mi después de que no estuviera mama! Mientras tu sufrías ahogándote en alcohol en Moscú, perdiéndote por días y regresando con “tus amigas de noche”, yo solo era solo una niña de 5 años llorando por la perdida de su madre, pasando hambre y frio.

Yuri no aguanto más las lagrimas traicioneras que se deslizaban por sus mejillas. La sangre le golpeaba las sienes, y con rabia y dolor señalo la puerta a su padre.

—Fuera. Vete de mi granja y no vuelvas. Espero no tener que volver a verte nunca más.

El hombre empalideció y se le marcaron las ojeras. Despacio, se levantó del suelo.

—¿Tu también me abandonas? Mi propia hija y mi propio suegro, ¿me dan la espalda?

—Tú nos abandonaste primero 

Yuri vio que habían alcanzado su misma altura en los seis años que hacía que no lo veía y, en esos momentos, lo miraba directamente directamente a los ojos, ella, consumida por la rabia y el dolor; él, con el ceño fruncido, como si quisiera disculparse y no consiguiera encontrar el modo de hacerlo.

— Adiós Sergey.

El hombre la miró boquiabierto.

—Vendrán por mí, Yuri. Y pesara sobre tu conciencia.

—¿Cómo te atreves? Tú eres el que llevaba el transmisor, tú eres el que llevaba el transmisor, tú eres el que estaba dispuesto a traicionarme.

Su padre le sostuvo la miraba durante largo rato, como si estuviera esperando a que cambiara de opinión, a que volviera a abrirle las puertas de su casa y de su vida. Sin embargo, lo único que Yuri oía era el crujido del transmisor bajo el martillo. Recordó las quemaduras del brazo de su padre y en ese momento supo que la habría entregado para que la torturaran si con eso se salvaba él  mismo.

Finalmente, el hombre bajó la vista y, sin mirarla, sin mirar a Otabek, se abrió paso entre todo lo que había tirado por el suelo y salió del hangar arrastrando los pies.

Yuri apretó los puños contra los costados. Tendría que esperar. Su padre entraría en casa para recoger los zapatos. Lo imaginó revolviendo la cocina en busca de comida antes de irse… o intentando encontrar alguna botella de alcohol olvidada. No quería arriesgarse a que sus caminos volvieran a cruzarse antes de que se fuera para siempre.

Cobarde, Traidor.

—Te echaré una mano

Yuri cruzó los brazos, protegiendo sus sentimientos de la suave y lastimosa voz con la que hablaba Otabek. Echó un vistazo a su alrededor, pensando en las semanas que tardarían en poner orden en aquel caos.

—No necesito tu ayuda.

—Me refiero a que te echaré una mano con la desaparición de tu abuelo.

Otabek se encogió como si le sorprendiera haberse ofrecido.

Yuri tardó un buen rato en redirigir el rumbo de sus pensamientos hacia lo que implicaba el ofrecimiento de Otabek y apartarlos de la reprimenda interna que seguía descargando sobre el traidor de su padre. Lo miró confusa y contuvo el aliento, imaginando sus palabras encerradas en una burbuja que podía estallar en cualquier momento.

—¿Por qué?

—¿Vas a querer que te ayude, si  o no?

—Si!

Otabek hizo un ademán brusco, estando en mutuo acuerdo.

—El cuartel general de los Lobos está en Paris y es muy probable que lo tengan allí.

“París”. Aquella palabra de repente lo significaba todo. Una pista, una promesa.

Miró la nave y la luna destrozada. Un odio renovado prendió en su interior, aunque no tardó en consumirse; no había tiempo. En ese momento no, No cuando veía el primer rayo de esperanza en dos semanas interminables.

—París -murmuró-. Podemos tomar el tren en Toulouse. Está… ¿a cuánto? ¿ Ocho horas? -No le gustaba la idea de tener que prescindir de su nave, pero aun en aquel tren tortuga llegarían antes que si esperaban a que le reparasen la luna-. Alguien tendrá que encargarse de la granja mientras esté fuera y de Potya. Tal Vez Georgia, después de su turno. Le enviare una com, luego solo tengo que tomar algo de ropa y…

—Yuri, espera. No debemos precipitarnos. Hay que planearlo todo con calma.

—¿Precipitarnos? ¿Qué no debemos precipitarnos? ¡Hace más de dos semanas que lo tienen retenido! ¡Yo a esto no lo llamo precipitarse!.

La mirada de Otabek se ensombreció y Yuri se detuvo, reparando por  primera vez en su desasosiego.

—Mira, tenemos ocho horas de tren para pensar en algo -insistió Yuri, tragando saliva-, Pero no puedo quedarme aquí ni un segundo más.

—¿Y si tu padre tiene razón? -Otabek continuo tenso- ¿Y si tu abuelo escondía algo aquí? ¿Y si vienen a buscarlo?

—Pues, pueden buscar todo lo que quieran, que no van a encontrar nada. Mi padre se equivoca. дедушка y yo no tenemos secretos.

~GLOSARIO~

*ESTUCO: Masa de yeso blanco y agua de pegamento que se emplea para enlucir paredes interiores, hacer molduras, relieves en muros y bóvedas e imágenes para pintar o dorar.

*Oтец (otets): Padre

*Keikogi: El keikogi, ​ dōgi ​ o gi ​ es un término que, en el contexto de las artes marciales modernas de Japón, se usa para describir el atuendo que se emplea durante las clases para aprender dichos deportes.

*мама:  Termino de Mamá en Ruso

*да (Da):Palabra Rusa que significa Sí, afirmación

*моя маленькая (moya malen’kaya): Mi pequeña

*дедушка (dedushka): Abuelo

*corba: Parte trasera de la rodilla

*Сукин сын (sukin syn): Palabra Rusa que significa un insulto, hijo de **** 

*Ублюдок (Ublyudok): Palabra Rusa que significa un insulto, Bastard*

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Buenas Noches gente linda!! Trayendo un nuevo capitulo bastante grande, un poco sentimental. Se me hizo un nudo en el pecho en algunas partes pero espero que les guste mucho.

Feliz Navidad a todos y un excelente año nuevo!!! ❤ un abrazo gigante!!

PD: También celebrando el cumpleaños de Victor Nikiforov ❤ ❤ 

Nos vemos pronto!!! cuídense mucho!

Publicado por dmoonbrillentq

Dmoonbrillentq me encanta leer y ver anime, es una forma de poder desprenderme de toda la realidad y adentrarme a miles de aventuras que disfruto montones, por lo que cada historia y experiencias me encantaría poder compartirlo con ustedes. A nivel más personal amo la música y el baile <3 y ayudar a las demás personas, por lo que si necesitas en algún momento poder conversar con alguien aquí estaré

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