Orfanato


Era un lugar realmente frío, las paredes se habían construido con piedras grandes y en algunos sitios estaban tan desgastadas por el paso del tiempo que dejaban pasar el viento a través de ellas. Muchas de ellas también estaban cubiertas de capas de moho y casi cada día sentían las gotas que caían del techo, especialmente cuando dormían en sus camas.

Ese sitio también era oscuro, pero no lo suficientemente oscuro como para eliminar las sombras que se prolongaban en los rincones de las habitaciones. Las sombras eran aterradoras, aparecían cuando estabas solo y tomaban la forma de cualquier monstruo que un niño fuera capaz de imaginar.

Cada niño sin hogar iba a parar allí, un orfanato muy alejado del pueblo. Algunos llegaban cuando habían perdido a sus padres; otros, como en el caso de Jean, cuando no habían llegado a conocerlos; y se quedaban allí hasta que tuvieran la edad suficiente para que les dejaran marchar por su propio pie porque jamás nadie iba a reclamarlos.

El día que Yuri llegó, a Jean le faltó el aire. No había visto nada como él, y no podía tener más claro a que se debía ¡ese niño no pertenecía a ese lugar! ¡se habían equivocado!

Sus cabellos rubios y su piel blanca lo hacían destacar por los pasillos oscuros, como si se tratase de un hada de luz. Nunca había visto a nadie tan brillante.

Era un chico tremendamente delgado, la mayoría de niños del orfanato también eran muy delgados, pero no de esa forma tan delicada, ellos eran rudos. Jean lo sabía porque más de una vez se habían peleado por comida o por algún juguete de trapo.

Yuri tenía la piel suave y no tenía cicatrices ni siquiera marcas de viruela, y si lo dejaban en ese lugar se terminaría rompiendo, porque nada tan bonito podría durar demasiado tiempo en el orfanato. Debían regresarlo al lugar dónde lo habían encontrado, probablemente el bosque. Ahí era dónde había oído que vivían las hadas. Pero los adultos no lo entendían, raramente comprendían las cosas más obvias.

Había tratado de explicárselo al señor Celestino, que custodiaba el ala de los chicos, pero lo había ignorado. Entonces había gritado, pataleado y tirado de su ropa, pero el hombre se lo quitó de en medio de un empujón haciendo que se golpeara la cabeza contra la barandilla. El golpe le había hecho ver doble por un minuto entero.

Jean no pudo evitar que Yuri ingresara a ese sitio así que con rabia se juró que al menos intentaría protegerlo. Las primeras noches se escabulló de su habitación para custodiar su puerta y evitó que otros niños entraran para molestarlo cuando todavía lloraba por sus padres. Siempre guardaba parte de su ración para compartirla con él, aunque no fuera mucho ni estuviese bueno. A veces, había conseguido robarle algo extra, aunque sabía que si lo pillaban acabaría encerrado en uno de los pequeños y oscuros habitáculos del sótano.

También trató de ofrecerle su compañía, no había sido fácil. Yuri siempre quería estar solo y si se sentía acorralado reaccionaba violentamente, como un gato que no quiere ser acariciado, no confiaba en las personas y mayormente huía de ellas incluso cuando eran tan amables como Jean. Al moreno le parecía normal, a las hadas no les gustaba que las viesen los humanos así que siempre se repetía lo afortunado que era cuando por escasos momentos Yuri bajaba la guardia.

Cuando aceptaba sus regalos, cuando fingía ignorarle pero escuchaba su parloteo y cuando se dormía en algún rincón del jardín a su lado después de haberse pasado la noche en vela…

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