Tabú 54


Una apuesta.

Una maldita y miserable apuesta se tejía entre las aulas y los grupos de amigos de mi salón. Una apuesta que Virna Belova no tuvo reparos en aceptar e incrementar su valor al doble, se voceaba entre los compañeros de clase y los únicos que no teníamos ni idea de lo que estaba sucediendo éramos Otabek y yo.

Tras pasar el verano en la casa de unos amigos de su madre en Suecia, Virna había regresado a clases con muchos cambios en el cuerpo. Una nueva nariz y nuevos senos. Tenía el cabello más rubio que de costumbre y había crecido algo más de dos centímetros. Por fuera se veía distinta, pero por dentro seguía siendo la misma chica que escogía a sus amistades de acuerdo al barrio donde vivían y al número de propiedades que tenían sus padres.

En San Marcos todos tenían un alto nivel económico, si no fuese así los padres no podrían solventar el costo altísimo de las pensiones anuales y tampoco el resto de gastos adicionales que los mismos chicos se encargaban de exigir a los compañeros, como tener un vehículo propio, pagar con tarjetas propias los gastos, tener una o dos membresías en clubes privados, tener joyas de diseñadores renombrados, subir fotografías con fajos de billetes en sus redes sociales, criar animales exóticos y cuanta rareza puedas imaginar.

La compañía de mi padre nos permitía tener esa capacidad; pero a mí me parecía absurdo andar midiendo nuestro valor por el número de botellas de Dom Pérignon que podíamos consumir en una sola noche. Nuestra vida con Víctor era más sencilla y cuanto más perfil bajo pudiéramos tener era mejor, aunque pasar desapercibido era muy difícil con un Víctor haciendo campañas millonarias para todo tipo de firmas que apostaron por su nueva imagen.

Volviendo a la apuesta, mi compañera de aula había aceptado el reto de salir conmigo antes que empezara el invierno y les aseguró a todos que yo caería rendido a sus pies. Vladimir Mólotov, el nuevo ala derecha del equipo de hockey y mi compañero de aula, le apostó que yo no estaría ni con ella ni con ninguna chica porque era marica.

Ella aseguró que yo solo era un poco antisocial y que si se acercaba a mí con cautela lo más probable sería que por lo menos nos fuéramos a la cama por lo menos una vez.

Esa fue la forma cómo se jugaron mis decisiones y deseos desde el primer día de clases y los dos involucrados empezaron a buscar circunstancias para que tanto el uno como el otro pudieran ganar.

La Belova empezó a quedarse ensayando sus saltos de gimnasia hasta una hora después de nuestra práctica que era el momento en que salíamos hacia nuestras casas. En un inicio fingía encontrarse conmigo y solo se despedía desde su auto. Como a mí no me interesaba verla movía la cabeza para devolverle el saludo y volaba en mi motocicleta a toda velocidad a Nefrit para cumplir con mi trabajo.

Por su parte Mólotov estaba empeñado en seguir las salidas y encuentros que teníamos con Otabek porque, según supe mucho después por otros compañeros, le parecía extraño vernos siempre juntos en el aula, en las prácticas y hasta en otros espacios del colegio. Por ese motivo le pareció mucho más extraño ver que nos reuníamos fuera del colegio, porque muchas veces dábamos un pequeño viaje hacia unos almacenes donde vendían accesorios para motos o a los grandes edificios donde le gustaba perderse observando y comprando todo tipo de aparatos que le ayudaban a mejorar las mezclas de música que hacía en el sótano de la mansión de sus padres.

Otabek y yo nos habíamos convertido en amigos inseparables. Su recia mirada distaba mucho del trato amable que siempre brindaba el kazajo a quien conocía muy bien y por supuesto que había un motivo más para sentirnos unidos.

Mila.

—Si te veo una vez más coqueteando con esas zorras de las porristas se lo voy a decir a Mila. —Ese día lo vi conversando distraído con dos chicas que habían arrasado con casi toda la secundaria y que tenían sus ojos puestos en mi amigo.

—No estaba de coqueto, solo respondí algunas preguntas y no quise ser grosero. —Otabek estaba sorprendido por la forma cómo yo lo estaba amenazando.

—Más te vale porque si no es así además de decirle a Mila, esto se va a estrellar en tu nariz. —Le mostré el puño y Otabek me miró riéndose—. ¿Crees que no puedo hacerlo?

—¿Y tú crees que voy a estar esperando tranquilo que tus puños se estrellen en mi cara? —Me desafió con la mirada.

Yo solo atiné a quitarle la chaqueta que llevaba colgada en los hombros y él me sujetó del cuello hasta que me di por vencido y se la devolví. Luego caminamos hasta una pizzería y ordenamos una grande de jamón, chorizo, peperoni, tomate, albahaca, aceituna y salsa picante.

Fue como cualquier tarde de sábado entre amigos mientras esperábamos que Mila se desocupase de sus labores en Nefrit para pasar a buscarla. Luego Otabek y ella se perderían en la ciudad.

Cuando por fin llegamos a la casa matriz ingresamos por el portón y después de aparcar las motos subimos haciendo bromas al conserje que no sé por qué rayos nos aguantaba tantas tonterías y risas. Yo no lo habría soportado.

Después de treinta minutos en los que Lilia insistió en servirnos algo caliente para tomar, Otabek y Mila se despidieron y salieron hacia una exposición importante y no me contaron sus planes para más tarde. Yo me quedé esperando a Víctor media hora más y cuando por fin se desocupó fuimos a patinar. Fue una noche perfecta para distraernos un poco de tanto trabajo y mi redoblado esfuerzo en el colegio y la casa de modas.


El lunes siguiente como siempre entré al aula y no me di la molestia de siquiera mirar a alguno de mis compañeros; pero sí sentí que comenzaron a hablar en voz baja entre ellos desde que entré. Lo mismo sucedió cuando Otabek ingresó; pensé que se trataba de algún problema o chisme sobre el campeonato local en el que representaríamos a los clubes de hockey de los colegios privados y por lo cual nos estábamos preparando como verdaderos guerreros todas las tardes.

Decidí ignorar sus tonterías y me concentré en las lecciones del día. Fue como cualquier otro lunes aburrido en el colegio; pero la situación cambió luego de la práctica en la pista de hielo.

El profesor Popovich apostó una vez más a dejar que seamos Otabek y yo quienes nos encargásemos de la primera línea de ataque, pero subió a Zshvídanov y con ello movió todo el equipo. Ya no contábamos con los jugadores que terminaron la escuela por eso convocó a otros chicos de la banca y cerramos el círculo del equipo principal los cinco compañeros promocionales y un defensa del año inferior.

Terminamos la práctica algo golpeados y bastante agotados, pero con buenos resultados, escuchamos las indicaciones del entrenador Popovich que se mostraba bastante animoso y contagiaba su entusiasmo y hasta sus nervios. Nos preparábamos para ir a las duchas cuando Virna Belova se acercó a mí y me pidió que le ayude con unas ilustraciones para la revista que editaba el colegio.

—Si quieres podemos reunirnos en mi casa para aprobar los modelos, esta semana estoy sola porque mis padres fueron a una presentación en Montecarlo y mis hermanos viajaron a Madrid. —Me miró insinuante y yo pensé que era ingenua.

—Te enviaré los modelos por WhatsApp este sábado porque no tengo tiempo de hacerlos todos en un día. —Le devolví una mirada amarga.

—Pero no sería mejor discutirlo juntos así podemos llegar a un acuerdo para que no tengas que hacer trabajo de más. —Insistió con sonrisas y miradas coquetas.

—Ya te dije que no tengo tiempo y cualquier cosa que se te ocurra para modificar los modelos solo dime con tiempo y lo haré de inmediato. —Comenzaba a molestarme su excesiva cercanía y su perfume a rosas, parecía que se había echado todo el frasco y en lugar de agradarme, me asfixiaba.

—Pero a mí me gustaría que vinieras a casa…

—Oye ya no insistas más, lo que pasa es que Yuri no quiere quedarse solo con una chica porque no sabe qué hacer con una mujer. —Mólotov metió su cucharón enorme y no convocado en la discusión.

—¿Por qué? —dijo ella fingiendo asombro.

—Es marica ¿no lo ves? —Ese idiota rio y con él los demás tontos del equipo—. No le gustan las mujeres.

—¿Cómo puedes decir eso? —Ese momento pensé que en verdad ella se molestaba también por la afirmación de mal gusto. No tenía idea que ella lo hacía para no perder la apuesta.

—¡Qué mierda te pasa idiota! —le dije volteando totalmente la mirada.

—Tengo pruebas Nikiforov. —Sacó su celular y comenzó a moverlo con la mano en alto—. Tú y el kazajo han salido a pasear solos todos los fines de semana.

—Somos amigos… los amigos salen a pasear —comenté con algo de ingenuidad y mucha molestia.

—Sí, pero ni él ni tú salen con alguna chica, nunca te has interesado por una de las chicas de este u otro colegio y tampoco veo que el “héroe” salga con alguien.

—Sí, todos tenemos novias —añadió Mihailov, un muchacho de la siguiente promoción, uniéndose al grupo que habían formado todos los monos del equipo—. Incluso yo tengo dos.

—Qué hay conmigo Molotov. —Otabek se acercó al grupo que nos rodeaba y parecía haber escuchado algunas de las tonterías que hablaban esos estúpidos.

—Que Nikiforov es tu perra kazajo héroe, están muy juntitos en esta fotografía y ninguno de los dos tiene enamorada, novia, amante o lo que fuera. —Mostró de nuevo su celular y lo hizo circular entre los demás monos.

Entre risas y aplausos todos los estúpidos del equipo comenzaron a corear sin parar.

“Yuri es tu perra, Yuri es tu perra, Yuri es tu perra”

Apreté los puños y estaba dispuesto a saltar sobre todos esos imbéciles para estrellarlos en el primero que se me cruzara por delante, pero Otabek se paró delante de mí y con toda la tranquilidad del mundo les dijo.

—Y si fuera así qué mierda les importa a ustedes.

Todos callaron por unos segundos y yo no sabía cuál era el siguiente paso que debía dar para quitarnos de encima a esos tarados.

Detrás de todos ellos se escuchó una voz chillona y algo nasal. Era Natasha Vinográdov que también había estado escuchando el menudo lío en el que querían meterme mis compañeros y afirmó sin dudar.

—Pero Otabek no puede ser nada más que amigo de Yuri porque yo lo he visto que sale con una chica pelirroja muy bonita y algo mayor. Los he visto una vez entrando en una discoteca tomados de la mano y Yuri se coló junto con ellos. —Natasha tomó el teléfono y mostró una fotografía en la que Mila y yo estábamos caminando tomados de la mano.

—¿Y quién es esa chica Otabek? —Mólotov se acercó con ese aire de todo poderoso y Otabek comenzó a caminar sin hacerle mucho caso.

—A ti qué diablos te importa. —El kazajo comenzó a caminar hacia las duchas muy molesto.

—Solo faltas tú Nikiforov —gritó a todo pulmón Góvulev desde el umbral del pasillo.

—Sí, falto yo —le dije sin mucho entusiasmo—. Preséntame a tu madre y verás quién es la perra.

—¡Qué diablos! —Góvulev quiso buscar pelea cuando todos rieron por mi comentario.

Pero como adivinando el problema, el profesor Popovich se presentó detrás nuestro y nos acompañó el resto del tiempo que nos tomó bañarnos y cambiarnos. Siguió dando recomendaciones y siguió señalando errores en la estrategia de juego.

Al salir de la escuela Otabek y yo nos despedimos como siempre con un choque de puños y cada uno tomamos nuestro camino sobre nuestras motos.

Esa semana trabajé los modelos que me pidió la Belova y se los envié por WhatsApp, no tenía tiempo que perder con una chica como ella porque su compañía era tan interesante como la de un cactus.


Si no era junto a Víctor, casi todas las tardes de sábado acostumbraba salir con Otabek y Mila y aunque a veces me sentía un bicho raro junto a los dos enamorados que parecían perderse mirándose como bobos, no tenía inconveniente en acompañarlos a esos lugares especiales donde solíamos jugar en máquinas virtuales, ver alguna película o comer algo diferente.

Cada vez que los observaba me preguntaba si Víctor y yo nos veríamos tan cursis como ellos, si pudiéramos mostrar al mundo nuestro amor. De inmediato negaba porque mi estúpida conciencia, esa que siempre me decía que sea un niño bueno, me recordaba que si seguía por el camino torcido que había elegido jamás podría decir a nadie cuánto amaba a mi hermano.

—Así que pensaron que ustedes dos eras novios. —Mila sonreía de manera maquiavélica, esa mujer parecía tener algo podrido en la cabeza—. Bueno supongo que como los ven tan juntos en clase, en el entrenamiento, en la calle y otros lugares, los chicos se confundieron.

—Esos no son unos chicos, son unas hienas. —Además de estar abochornado, sentía que la rabia se elevaba desde mi estómago.

Otabek era mi mejor amigo y no podía permitir que confundieran ese cariño de hermanos que teníamos entre los dos. Era estúpido siquiera pensarlo. Tal vez Otabek y yo en otra dimensión podríamos ser pareja y Víctor y yo solo seríamos unos buenos hermanos; pero en este mundo las cosas estaban más que enredadas.

—Uuuuum, déjenme verlos. —Mila nos enmarcó en su celular y capturó sin piedad varias tomas. Luego se quedó mirando y muy divertida comentó—. Si fueran pareja se verían muy lindos. Mira amor tú serías como un héroe sin capa y Yuri como un hada en peligro de extinción.

Otabek estaba colorado y yo solo quería botar al suelo todo lo que tenía en frente. No sabía si Mila se burlaba de mí, solo era un poco molestosa o si tenía una pobre opinión sobre los gays y era eso lo que más me molestaba.

—Mila déjalo ya, Yuri en verdad se está molestando. —El buen kazajo me conocía bien y sabía que cuando mis ganglios se hinchaban estaba a punto de explotar.

—Pero que hay de malo…

—¡Borra esas fotos maldita bruja! —No pude aguantar más.

Mila se quedó atónita mirando mi rabieta. Otabek renegó un par de veces y yo salí con mi rabia a cuestas buscando el baño.

Mojé mi cara y mi melena muchas veces para relajar un poco mi cuerpo y bajar la intensidad de mis revoluciones. Estaba muy enojado, pero no con MIla sino con la situación. Quería gritar a todos que Víctor y yo éramos amantes y muy felices, pero debía guardar el secreto en el cajón más apartado de mis sentimientos, entre los temores y la culpa.

Cuando regresé a la mesa no sabía cómo pedir perdón a la bonita Mila. Había sido demasiado grosero con ella y no se lo merecía. Además, estaba arruinando nuestra salida. Ella quiso decir algo, pero el maitre llegó con el pedido y nos limitamos a almorzar en silencio, como nunca antes lo habíamos hecho.

La comida me supo a mierda.

Cuando esperábamos el postre, fue Mila la que en pleno acto de madurez me tomó la mano y me dijo muy apenada.

—Perdóname Yuri, yo no quería hacerte sentir mal. —Acarició con suavidad mi palma y con el rostro más triste confesó—. No sabía que esto te molestara tanto.

Bajé la cabeza y recordé que ellos dos eran mis amigos, mis grandes amigos, mis únicos amigos. No podía cargarles toda la porquería de nervios y molestias que tenía dentro y mucho menos no podía seguir mintiendo.

—Ya sabes que soy un imbécil y muchas veces tiendo a explotar. —Apreté su delicada mano y comencé a explicar—. Tú no tienes la culpa, ni tampoco esos bastardos que nos molestaron.

Me quedé en silencio y observé los bonitos ojos azules de la pelirroja que seguían detenidos sobre mis ojos y luego miré los oscuros ojos de Otabek que me miraban complacido que hiciera las paces con su amada. Entonces sin más me atreví a preguntar

—¿Qué pensarían de mí si les dijera que en parte ellos tienen razón?

Los ojos de Otabek se convirtieron en dos lunas llenas y los de Mila me miraron con sorpresa. Yo agaché la cabeza y no quise dar marcha atrás.

—¿Qué dirían si les cuento que me gustan los chicos y no las chicas? —Bajé la voz y ellos tuvieron que acercarse a mí para escuchar—. ¿Me odiarían? Por favor quiero la verdad.

A riesgo de perder su amistad, su afecto, su respeto y su compañía, me atreví a revelar mi gran secreto. Bueno fue una verdad a medias porque jamás podría decir a nadie, como te lo digo a ti, que mi hermano y yo éramos amantes.

—Puedes ser loco, gay, reptiliano, histérico y engreído; pero nunca, nunca dudes de mi amistad tonto gato gruñón. —Otabek sí que sabía cómo hablar mi idioma cuando quería—. Si te gustan los chicos está bien por mí, nunca dejaría que quererte como amigo.

—Cariño… eso era. —Mila tomó mis dos manos y las apretó con fuerza—. Sabes que aquí —señaló su corazón—, siempre tendrás un lugar especial porque te quiero y te respeto tal como eres.

No me había dado cuenta que mordía mis labios cuando estaba escuchando sus respuestas. Solo recuerdo que cuando levanté la mirada, sentí la caricia más tierna de parte de Mila y el apretón de manos más sincero que pudo darme Otabek. Me puse mal por no poder revelarles el resto de mi historia, pero fue mejor para ellos, para mí y para Víctor.

Después de almorzar fuimos a la plaza del Palacio donde nos quedamos mirando la presentación de unos contorsionistas que hacían piruetas con unos aros enormes invitando a una presentación especial de un circo. Mila y Otabek decidieron ir esa noche porque la presentación prometía mucho.

Yo me excusé diciendo que había quedado con unos amigos en línea para jugar “Left 4 Dead” y que no podía fallarles más. Mentí de nuevo porque estaba convencido que esas son mentiras blancas que no dañan a nadie. Yo pienso que cuando las mentiras blancas se van acumulando una tras otra, adquieren un color cada vez más oscuro y aunque estoy de acuerdo en que no dañan a nadie; en verdad te dañan el corazón.

Más tarde acompañé a ese par a la Casa de Comercio de Leningrado, un lugar que por ser tan antiguo pasa desapercibido y cuyos visitantes son escasos, pero a la vez son hombres y mujeres que aprecian los objetos de colección. En ese lugar Otabek recorrió varias tiendas de música y en una de ellas se puso a revisar muchos vinilos de bandas clásicas de rock que se exhibían junto con otras antigüedades de la música del siglo XX.

Mientras dábamos vueltas observamos las piezas que para mí resultaban algo conocidas debido a que mi abuelo acumulaba esas cosas raras en casa; a mis amigos les parecían cosas raras, como si fueran de otro mundo. Un teléfono de pared con el auricular en forma de embudo, una radiola antigua donde se captaban señales de radios locales y también internacionales que emitían ruidos extraños, un caleidoscopio que parecía mostrar mundos mágicos, un catalejo muy antiguo que tenía una amorosa inscripción de amor cerca de la base “para Elrich con todo mi corazón” y un fonógrafo con el cuerno dorado. 

Mila y Otabek aprovechaban los momentos de distracción de los empleados y los demás clientes, que eran muy pocos y se tomaban de la mano de manera muy discreta, acercaban sus rostros, se miraban con cariño y deseo, se decían cumplidos al oído y se regalaban sonrisas. Yo solo bostezaba e intentaba distraerme con cualquier otra cosa extraña de la vitrina.

Pero me era imposible dejar de pensar que jamás podríamos tener una salida similar con Víctor, nunca nuestras manos se entrelazarían con amor en medio de la gente y jamás él me diría una palabra tierna al oído delante de los demás como lo hacían ese par de enamorados. Aunque la distancia en edad era algo evidente, ella toda una mujer firme y segura de sí misma, él solo un chico con los músculos desarrollados, pero con cara de niño bueno y muy seriecito; los dos podían jugar a quererse sin miedos y sin tapujos.

Sentí que extrañaba a Víctor y miré la hora. Después de salir con varias bolsas me despedí de los enamorados y con el corazón desesperado me dirigí a casa.


Esa noche llegué cansado, triste, molesto conmigo y sin mucho ánimo. Cuando abrí la puerta del departamento Potya me esperaba como un fuerte guardián que custodia el departamento. Luego de moverse con gracias y topar mis manos con cariño, caminó hasta la sala empinando la cola y lanzando sonoros maullidos.

—Disculpa mi tardanza voy a darte de comer —le dije mientras lo alzaba para darle un abrazo.

—Ya lo hice y el engreído no ha querido probar ni un bocado. —Mi hermano respondió desde su dormitorio.

Al escuchar su voz sonreí y todos los sentimientos vacíos y tristes, como por arte de magia, se alejaron. Sí magia, la magia de Víctor que con solo una mirada o una palabra podía cambiar mis enfurecidos ánimos o me convertía en un dragón irritado y a punto de lanzar flamas abrasadoras.

—Oye ¿por qué no comes lo que Vitya te prepara? —regañé a mi gato y éste me miró con indiferencia—. Ven te voy a dar algo más.

Sabía que, si yo tomaba su plato entre mis manos, vaciaba algo más de galletas y las mezclaba bien con el paté, él sí comería. Y tenía razón. Entonces me di cuenta que Potya estaba celoso de Víctor, porque desde que él y yo dormíamos, nos bañábamos y permanecíamos juntos, uno en los brazos del otro, mi atención sobre el pequeño minino había disminuido.

Fue por ese motivo que después de la cena y de asearme bien en el baño, rechacé entrar de inmediato al dormitorio para amarnos. Le pedí a Víctor mirar una película cualquiera, la que él escogiera, nos cubrimos con una manta, preparamos palomitas de maíz y Potya volvió a ser el amo y señor de mi regazo.

Eso le devolvió la confianza en sí mismo, pero no evitó que siga teniendo cierto rechazo a mi hermano y, a pesar de que Víctor se esforzaba por ser su amigo, Potya solo pasaba con indiferencia por su costado. Incluso cuando él le hacía un cariño o intentaba animarlo con algún juguete, se daba la vuelta y desaparecía muy despacio, sin hacer caso a su llamado, pasito a pasito como modelando.

—No me quiere —Víctor infló los cachetes una vez más.

—Ten un poco de paciencia. —Abracé a Víctor y susurré en su oído como queriendo que mi gato no escuchase lo que iba a decir—. Está enfadado contigo porque le has robado a su humano, así que si hacemos esto más seguido podrá sentirse más a gusto contigo.

—¿Y qué hará si te digo que tendrá pronto un compañero? —me preguntó algo preocupado.

—¿Otro gato? —Me gustan los gatos, pero en ese momento pensé que no era la mejor idea porque Potya se resentiría aún más.

—No, mira mi mamá se va de viaje dentro de tres días a Maldivas y se quedará por un buen tiempo allí y me ha pedido que me haga cargo de Makkachin de nuevo —dijo con cierto aire de nostalgia en la voz mientras peinaba mis cabellos con sus dedos.

Sabía que Víctor amaba mucho al peludo y lo extrañaba, era casi como un año y medio que no lo había visto y yo no podía poner ningún obstáculo al deseo de mi hermano. Si Potya se iba a desmayar o se iba a sentir más ofendido por la presencia del lanudo, ese sería su problema.

—Eso sería excelente, tal vez está aburrido porque se siente solo mientras no estamos en casa. —Pensé que ambos también podrían ser compañía, aunque también imaginé que podrían destruir el departamento.

—Espero que se lleven tan bien como nosotros dos. —Sé que mi hermano lo dijo con buenas intenciones, pero yo imaginé lo peor.

Mi cabeza estaba llena de lujuria y no paraba de imaginar cosas excitantes para vivirlas junto a mi hermano. Sonreí por mi tonta idea y apreté el cuello de Víctor entre mis brazos, nos besamos y poco a poco fuimos cayendo en la espiral deliciosa del deseo.

No sé en qué momento Potya desapareció, solo sé que la manta, la ropa de Víctor y mi bata de baño se convirtieron en un solo amasijo sin forma y que nuestros cuerpos desnudos encajaron de forma perfecta una vez más.

Recuerdo bien cuando Víctor bufaba y su sonido me transportaba a un lugar más caliente en mi interior, podía sentir el éxtasis creciendo y golpeando mis glúteos con esas ondas que te dejan sin aliento. No necesitaba nada más para seguir llorando de placer que las sensaciones que provocaba su polla dentro de mí.

Mi próstata estaba inflamada, dura, pedía a gritos que la rozaran con más rapidez y que siguieran repasando su rugosa superficie. Y estaba agradecida por todos los accidentes que tenía la polla de mi hermano, sus venas gruesas, los pliegues del frenillo, su abultada cabeza, su dureza y su calor, la estimulaban con tanta continuidad que tensaba más y más su tejido.

No imaginas lo erecto que me encontraba, era la primera vez que teníamos sexo sin protección. No estábamos con ninguna enfermedad encima y yo siempre he sido muy cuidadoso en mi limpieza, así que decidimos probar una a pelo.

La mente es el gran reino donde radica el sexo. Tu pene, tus bolas o tu trasero solo son conductos con puntos sensibles; pero es la mente la que gobierna la gran mayoría de las respuestas.

Saber que nuestra piel estaba en contacto directo me produjo más excitación que antes y me permitió desatar más fantasías en mi mente.

En mi interior imaginaba que a Víctor se le multiplicaban las manos, que podía envolverme por completo con su cuerpo como si me estuviera devorando entero. Cada vez que sentía una gota de su cálido sudor rodando por mi espalda y uniéndose a la humedad de mi piel, imaginaba que pronto me derretiría en ella y me haría parte de su cuerpo.

Cuando me concentraba en la presión que sus manos hacían sobre mis caderas y la forma dura y salvaje cómo las atraía a su cuerpo, un ronco resoplido salía de mi pecho.

En los momentos que me detenía a escuchar el sonido que su sexo producía en mi entrada, temblaba de pies a cabeza y cuando se quedaba quieto acariciando mis nalgas con su depilado pubis, cuando sentía los movimientos de su maso en las excitadas paredes de mi recto, desaparecían mis fuerzas y me sentía caer en la nada.

Estaba gozando tanto que no quería terminar, quería que esa dulce tortura se prolongara por siempre. Ese momento en el que sientes las incandescentes punzadas previas al orgasmo que tensan tu vientre y esos pequeños músculos que no sabes que siquiera existen en tu cuerpo, ese era el momento que yo quería atesorar.

Por eso es que me negaba a entregarme a mi propio placer, me parecía deliciosa esa resistencia, pues podía tener más de Víctor y eso me obligaba a moverme más sobre uno de los sillones con la espalda arqueada, la cabeza entre mis brazos y mi trasero bien elevado.

Era perfecto, el lugar adecuado para sentirme eterno.

Pero solo bastó un estímulo más para desatar el nudo del arrebato y para sentir que perdía todo ese control que intentaba mantener sobre mi cuerpo.

Víctor paró un instante y tomó con fuerza mi cabello, elevó mi cabeza y con su agitada voz me dio una orden.

—Si pudieras ver cuán sucio y hermoso te ves —dijo y mis ojos se clavaron en la imagen que reflejaba el espejo.

Mis lágrimas resbalando por mis pómulos y mi cabello mojado, los pectorales de Víctor y sus fuertes brazos y esa expresión casi sádica mientras me contemplaba a través del espejo. El hilo de saliva que corría por mi mentón, mis uñas clavadas en el cuero del sillón, mi trasero dispuesto a las ansias de ese hombre y mis ojos llenos de lujuria.

Ese era el rostro de un animal que había sido cazado y estaba por morir entre los brazos de su verdugo. Y el cazador sonreía bello y cruel mirando cómo había domado a la fiera salvaje.

Sentirme domado, desfalleciente y vencido. Mirar que era la presa y que no podía hacer nada más que esperar la voluntad de mi depredador me estimuló tanto, me elevó de inmediato y contemplé con miedo, vergüenza y satisfacción el rictus de mi rostro mientras las centellas del orgasmo nacían fulminantes desde mi vientre y se extendían amenazantes y mortíferas hacia mis caderas, mi pecho, mis muslos, mis brazos, mis piernas, mis pies y mis manos.

Pude ver cómo mi cuerpo se movía con su propia voluntad, como esos tigres heridos en la selva que todavía luchan por vivir un poco más. Hasta que alcanzó mi boca que se contrajo por completo, mis fosas nasales que se abrieron queriendo respirar mejor y mis pómulos que se tiñeron de un intenso color rojo.

Mi cuerpo se quedó paralizado y dejé de respirar, en un acto reflejo me estiré hacia atrás y contraje todo sintiendo pequeños temblores en cada uno de mis músculos. Creo que escuché gritar a Víctor y lo último que sentí fue su cálido líquido ingresando con furia en mi recto.

Luego me elevé.

Juro que pude ver la escena desde lo alto, como si mi alma hubiera abandonado mi cuerpo por una fracción de segundo.

Vi a mi hermano estremecerse y tirar su cabeza para atrás, mientras sostenía aún mis caderas y movía las suyas en un compás más lento. Vi cómo mi cuerpo se retorcía y perdía fuerza. Me vi caer en el sillón y con esa sensación me precipité de nuevo hasta entrar en mi carne y volver a sentir los últimos espasmos de mi placer.

—¡Vitor! —me escuché gritando su nombre varias veces y él gemía el mío.

Salió de mi interior y sentí cómo me mojaba. Cada vez el chorro era más cálido y más intenso, estaba experimentando por primera vez lo que todos llaman con prudencia “una lluvia dorada” y me estaba mojando satisfecho, sin ascos ni rechazo.

El placer de mi hermano había sido tan intenso que me mojó todo el cuerpo y yo estaba muy feliz de saber que además de sentirme en un mundo inmaterial con ese intenso orgasmo, había sido capaz de hacer sentir otro similar a mi hermano.

Esa noche no terminó allí. Algo cansados y desprovistos de fuerzas entramos a la ducha a darnos un baño y después de dormir un par de horas, Víctor me despertó con besos en los labios y lamidas suaves sobre mis pezones para seguir amándonos.

Al día siguiente despertamos hambrientos, cansados, felices y con una tarea pendiente: limpiar el desastre que habíamos provocado en la sala.

¿Fui feliz con Víctor?

Claro que fui feliz.

Creo que ambos lo fuimos…  

Nota de autor:

Gracias por la espera. Tuve que volver a corregir.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

Un comentario en “Tabú 54

  1. Hola, tus historias son muy interesantes eres una excelente escritora, esperamos que nos sigas brindando más de tus capitulos e historias para alijerar más el ambiente en esta pandemia. Saludos, chao.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: