Tabú 52


Thomas Mo apostó por las fibras metálicas y presentó su versión futurista en el Recinto Modernista de Sant Pau de Barcelona.

Con él se abrieron los veintisiete desfiles que la semana de la moda de Barcelona tenia puestos en la agenda de diseñadores, estilistas, modelos, industrias, medios de comunicación, celebridades y curiosos que se reunían en los diferentes hoteles, centros de convenciones y palacios exhibiendo sus mejores sonrisas y sus miradas perdidas.

Carlisse volvió a mostrar sus estampados, pero esa noche no fueron flores enormes las que adornaron su colección sino diminutas florecillas que me hicieron recordar los paisajes de Polonia que vi durante un viaje que hicimos con mi abuelo a visitar a sus parientes. La casa de sus primos tenía un jardín enorme en la parte trasera y desde él podía verse un enorme prado lleno de heno y alfalfa, pero también pintado con decenas de colores pequeños y aromáticos.

Brocks exhibió sus tonos rojos y podría decir que cautivó con su puesta en escena gracias a la participación de Firefolck que recién sonaba en las plataformas musicales y aún no era muy conocida como lo es ahora.

Víctor y yo miramos los desfiles desde los cómodos asientos frente a la gran pasarela en forma de ocho que fue armada para la ocasión, mientras que Lilia y Mila se peleaban con los trajes, las delgadas modelos ucranianas que contratamos para el desfile ponían sus rostros en manos de Basily el nuevo estilista que le recomendó una amiga. El tipo hizo maravillas con sus brochas y pinceles.

Me hubiera gustado disfrutar de la colección de Miró, pero tuve que dejar a mi hermano junto a Sara para ir detrás del escenario y tomar las decisiones de último momento sobre los seis modelos que presenté para esa noche.

El color blanco volvió a ser el protagonista en la pasarela y Nefrit apostaba por modelos muy elaborados para la temporada primavera-verano del siguiente año. Lo habíamos discutido tantas veces con Lilia, ella quería jugar con el blanco y el negro; pero yo estaba fascinado con las nuevas tonalidades de blanco que Yong Tai Phurinaphali nos hizo llegar de manera exclusiva que hice todo lo posible por convencer a mi estricta maestra porque solo fuera el blanco nuestro material para ese desfile.

Como si estuviéramos en una gran competencia Lilia, Mila y yo creamos los modelos en tan solo tres semanas y cuando aprobamos aquellos que llevaríamos a Barcelona nuestros confeccionistas y artesanos les dieron vida en tiempo record.

Telas frescas con las que Lilia creó formas clásicas con un punto pequeño de distinción, una joya en medio, un pequeño bordado con hilos de plata o un drapeado sutil hacia los lados.

Mila diseñó vestidos más atrevidos para el verano con cortes irregulares, muy escotados y pegados al talle y muy sueltos para la zona baja del cuerpo. Al ver las modelos desfilar con ellos daba la impresión de estar apreciando a ninfas u odaliscas; eran muy bellos.

Pero fui yo el que quiso ir más allá y, tomando como base antiguos modelos de una de las primeras colecciones que mi padre presentó antes de fundar “Nefrit”, presenté un guardarropa para la mujer activa, aquella que no para de ir a juntas por las mañanas, de estar metida en algún curso de especialización por la tarde y asistir a algún museo o exhibición por la noche.

Dediqué mi esfuerzo a los sacos y blazers que acompañarían a los femeninos conjuntos internos. Eran modelos inspirados en los hombres de catálogos que más me gustaban y que mostraban el poder de la seducción. Quise transferir esa idea a los sobretodos de las damas y creo que lo conseguí porque cuando salieron las modelos mostrando mis trajes escuché más aplausos que críticas.

Nefrit sobresalió esa noche porque lo clásico y lo moderno se unieron con gran armonía y yo no podía estar más feliz por la hazaña que logramos y porque fuimos un equipo tan unido durante el proceso de creación.

Cuando los tres creadores salimos a la pasarela en medio del aplauso de las modelos y del público recuerdo que el presentador dijo que yo era el futuro de Nefrit y pensé que era un verdadero idiota pues en ese momento era el presente de la casa y mi pequeña colección así lo confirmaba porque los pedidos no se hicieron esperar.

Sara y su hermano Michele hicieron un gran especial sobre nuestra propuesta y entrevistaron a mi hermano una hora después de haber terminado el desfile. Él habló sobre los buenos vientos que soplaban sobre la empresa y los futuros cambios, así como la apuesta para seguir creciendo, pero enfatizó que sería a pasos lentos y con recursos propios. De esa manera alejó a los insistentes asesores financieros que siempre pululaban por las redes y las oficinas de la empresa intentado comprometernos en una nueva aventura crediticia con algún banco o financiera.

Yo no quería aparecer en la entrevista pues solía responder con pocas palabras a los periodistas que insisten sin parar; pero como de costumbre la morena no paro de insistir hasta que accedí a darle unas cuantas palabras y posar para su cámara solo un par de veces.

—¿Quieres a un modelo en tus fotos? Pídele mi hermano que sonría para ti —le dije algo molesto mientras me dirigía hacia la zona de los vestidores para ayudar a Lilia con el empaquetado de los trajes—. Yo soy un diseñador y a mí me tomas las fotos en mi elemento.

—Está bien señor diseñador, pero no pongas cara de limón cada vez que disparo con mi cámara porque esta sí que capta bien hasta la mínima arruga o pequita de tu rostro. —Ella me siguió a toda prisa y hasta ahora me pregunto cómo es que no se torcía el tobillo corriendo tras de mí con los tacos aguja de sus bonitas sandalias de tono lila.

Cruzamos el salón dejando a Víctor con el representante de una casa importante de accesorios que estaba interesado en hacer tratos con la empresa y distribuir nuestras propuestas. Llegamos donde Lilia, Mila y nuestros colaboradores organizaban los trajes dentro de las maletas.

De inmediato me dediqué a hacer el conteo de las joyas usadas por las modelos, eran piezas que debíamos devolver a nuestros amigos de Torrelli, una joyería italiana con la que trabajamos ese año. Y mientras yo colocaba cada arete, esclava y collar en su debido estuche, Sara tomaba decenas de fotos y me hacía algunas preguntas.

—¿Te sientes ya un diseñador Yuri?

—A mi padre le tomó diez años considerarse un diseñador y eso fue diez años antes que inaugurase Nefrit —Estaba concentrado en hacer coincidir las piezas en el lugar que le correspondía en cada estuche—. Me falta mucho camino por recorrer para considerarme un diseñador.

—¿Entonces qué eres? —Sara daba vueltas a mi alrededor y yo trataba de no distraerme con el sonido del obturador.

—Un experimentador de la moda, por ahora hago eso. Experimento con los colores, las telas y las texturas y podría decir que es como un juego; pero algo más serio. —Comencé a organizar los estuches llenos en un neceser azul con varios compartimentos que tenía grabado en letras escarlata el logo de Torrelli en la tapa.

—Lo que presentaste esta noche no parece fruto de un experimento o de un juego. —Enfatizó las palabras “experimento y juego”.

—Es que no logro distinguir en qué momento estoy jugando con las opciones en el papel y en qué momento tengo ya hecho el concepto, creo que eso es parte del proceso de creación. —Yo enfaticé la palabra “creación”.

—¿Y ese proceso te deja tiempo para estudiar, jugar en un equipo de hockey y seguir practicando parkour? —Sara me alcanzó una botella de agua que agradecí con una ligera sonrisa.

—¿Me crees si te digo que sí? —le dije, bebí un poco y me senté en frente de Sara—. Me deja tiempo para muchas otras cosas más.

—Cosas como…

—Leer, dibujar mis monstruos favoritos, ver películas gore y jugar con mi consola. —Miré a la cámara como un triunfador.

—¿Y qué hay del amor? —Con sus oscuros ojos esa bruja veneciana intentaba adivinar mi verdad—. ¿Te da tiempo para tener una chica especial?

Me detuve a pensar la respuesta. Sabía que esa entrevista improvisada saldría como artículo en la revista de los Crispino y no podía decir lo que se me viniera en gana. Eso era lo que siempre recomendaba Lilia porque cualquier cosa que dijera o hiciera frente a los medios repercutiría en la empresa.

—Cuando llegue a mi vida esa persona especial supongo que le daré el tiempo y la atención que merezca —Esa fue una respuesta muy planificada y sentía que no era yo quien respondió—. Pero por ahora quiero pensar en mí y en nadie más.

Fue una de las tantas mentiras que el mundo fashionista encierra son las respuestas que los divos de la moda dan a los cazadores de información. Deben lucir perfectos en las fotos y responder aquellas frases que necesitan escuchar sus seguidores y sus enemigos. Esa noche fue la primera vez que había recurrido a esa falacia.

El amor estaba en una sala privada conversando sobre precios, cantidad de artículos, ganancias netas y optimización de recursos con un hombre de la India que tenía decenas de años triunfando en los mercados asiáticos con sus bolsos, billeteras, cinturones, pañuelos, relojes y cuanta chuchería les gusta exhibir a las mujeres.

El amor tenía veintinueve años, vestía con un pantalón de tweet color azul metálico, unos zapatos Oxford lisos de color negro y una camisa de cuello cerrado en suave seda blanca. Sus plateados cabellos brillaban llamando como siempre la atención y su sonrisa de niño tonto conquistaba los ojos de las mujeres en pocos segundos.

El amor era una hermosa joya que debíamos mantenerla oculta en nuestro baúl del tesoro para que nadie se atreviera siquiera a mirarla con malos ojos. El amor tenía mi apellido impreso en su licencia de conducir y mi sangre en sus venas. El amor crecía callado como el trébol de cuatro hojas que se esconde entre las sombras del follaje para que jamás los ojos humanos puedan descubrirlo y arrancarlo.

Amaba a Víctor, amaba a mi hermano y desde que nos hicimos amantes lo amaba con locura, con fe ciega, con las ganas de un potrillo que desea correr por la pradera.

Despedí a Sara, pero para ella no había terminado la noche, junto a Michele fue a una fiesta que los organizadores de la semana de la moda dieron en un lujoso hotel de la zona monumental y al que acudieron los expositores más veteranos del gremio.

Luego de dejar todos los trajes en el hotel, asistimos a la fiesta con todo el equipo de la empresa y compartimos con las celebridades de la moda, el cine y la música un momento de locura lleno de tragos caros, comida abundante y deliciosa, espectáculos de baile y equilibristas que hacían piruetas en el aire mientras se envolvían y desenvolvían en los telares de colores.

Permanecí junto a Mila y ella se dedicó a decirme quién había ido bien vestido para la ocasión, a quien no le daba el modelito y quienes ya habían consumido coca o hierba y se divertían solos en la reunión.

Pasada la medianoche mis ojos se cerraban por el cansancio y decidí seguir a Lilia al hotel. Estaba agotado porque fue un día de carreras, gritos, afanes de último minuto, olvidos involuntarios y nervios en punta. No todo es bello y no todo son aplausos.

Nuestro paso por la semana de la moda de Barcelona había terminado y solo nos quedaba esperar que los críticos nos elevaran a las alturas celestiales o condenaran la colección con su sapiencia y erudición. Ellos actuarían como todos los jueces y críticos de cualquier tipo de presentación, actividad o concurso, con la subjetividad que emanaba de sus hígados y con la arrogancia que radicaba en sus miserables corazones.

Nunca me importaron los críticos y nunca viví de sus inútiles discursos, porque ellos jamás podrán medir la pasión con la que se crean las cosas con los lápices y plumas sobre un papel o con las agujas, hilos y encajes sobre las telas. Ellos solo saben decir que una propuesta no les gustó en un lenguaje que casi no se entiende y nunca se compararán con un maestro que en verdad te señala un error y te enseña cómo corregirlo.

Por ese motivo siempre les mostraré el dedo medio a los críticos.

El día había terminado y mis ojos se cerraron a los pocos segundos que sentí la suavidad de la almohada y que mi hermano me deseó las buenas noches.

Esa noche no dormimos juntos, esa noche él cruzó la pequeña sala de la suite y se echó en su cómoda cama. Pero dejó las puertas de nuestros dormitorios abiertas por si en la madrugada me despertaba y quería su compañía, aunque con Lilia durmiendo en la suite de junto sería una locura hacerle una visita.


Cuando, al día siguiente, por fin pude abrir bien los ojos observé a Lilia que vino a despedirse de nosotros. Tenía un compromiso con unas antiguas amigas suyas y dejaría el hotel para quedarse junto a una destacada actriz del teatro español y asistir con ellas al resto de los desfiles.

Su perfume a jazmín fue el “buenos días” y el beso en la frente fue su “hasta pronto”.

—Deberías asistir al resto de desfiles, por lo menos a algunos de ellos —recomendó con mirada severa

—Ya los veré por la web cuando llegue a casa —Y yo desafié una vez más su autoridad.

Ella movió la cabeza de un lado a otro y Víctor ingresó a la habitación empujando el carrito del desayuno, con la sonrisa plena en el rostro y la frentesota brillando bajo la toalla de que llevaba sobre el cabello.

—Despierta dormilón vamos a ir a vacacionar a la casa de un amigo.

—¿Aquí en Barcelona?

—Sip —dijo mientras recibía el beso de despedida de la gran dama y se sentaba al borde de mi cama con el vaso de jugo en la mano—. Te va a gustar porque tiene una espectacular vista hacia una de las playas más bonitas de esta ciudad.

Comí todo lo que pude, luego del baño alisté mi maleta y subí de un salto al Jeep que rentó Víctor para ir a la casa de playa de Mikel Ferrer Vila, amigo de campañas y pasarelas de mi hermano que nos cedía su casa de playa por esas dos semanas solo para los dos.

Fue como una luna de miel.

La Picordia es de las tres playas de Arenys de Mar, un lugar dentro de la ciudad de Barcelona; algo alejado del ruido de la cuidad. Tiene una larga franja de blanca arena y el mar es tranquilo e invita a nadar dedicada a los amantes del nudismo.

Vi todo tipo de cuerpos.

Mujeres esbeltas que no tenían ni un gramo de grasa en las caderas, ancianas con todas las carnes colgadas que, sin pudor alguno, caminaban, tomaban sol, se bañaban, conversaban y almorzaban en los pocos restaurantes que brindaban sus servicios.

Los hombres de cuerpos atléticos exhibían su musculatura y casi no ingresaban al mar para evitar que sus miembros se contrajeran dando un triste espectáculo bajo el traje de baño. Pero también caminaban con toda comodidad por la playa hombres obesos, osos peludos de brazos muy fuertes, chicos más delgados que yo y sugar daddies con sus sugar babies que bien podrían ser sus hijas y hasta sus nietas.

Un par de parejas gay también disfrutaban del sol y un grupo de compañeros de estudios también se atrevieron entre risas y nerviosismo, a quitarse toda la ropa y entrar al mar de tranquilas olas.

Víctor jamás tuvo problemas para desnudarse frente a los demás. Yo en cambio me negué a sacarme la diminuta trusa de baño que llevaba puesta. Él me alentaba a hacerlo con todos los argumentos que podía exponer, desde un “vas a desentonar y será peor para ti” hasta un “quiero verte desnudo entrando al mar”.

Pero ni ese ruego acompañado de una mirada de cachorro me hicieron desistir de mi terca decisión. No me la iba a quitar y no me la quité.

—Vamos a nadar Yuri —dijo resignado y caminó como si estuviera posando para cientos de cámaras. Al ver ese trasero de perfectas cuadraturas me puse en pie y lo seguí.

Solo miré al mar y no quise saber nada de las demás personas que pasaban junto a nosotros. El agua estaba algo fría pero tan agradable que no dudé en correr hasta que me cubrió la cintura y me puse a nadar de un lado a otro de la orilla.

Nadamos durante unos minutos muy juntos, mirando nuestros cuerpos, sonriendo y disfrutando de nuestra complicidad hasta que unas chicas se nos unieron y comenzaron a jugar con su enorme y colorida pelota de playa con nosotros. Yo deseaba que apareciera la aleta de un tiburón en la playa y espantara a todo el mundo en especial a las dos rubias que se me habían pegado demasiado al cuerpo.

Víctor me miraba y se reía de mí porque sabía por mi expresión que yo no estaba disfrutando para nada la compañía de esas dos bonitas y bronceadas suecas. Y no se alejaron de los dos porque con ellas seguimos jugando un buen rato, fuimos a almorzar y hasta tomamos un par de tragos en un pequeño bar.

Fue un día especial porque por primera vez vi con naturalidad el cuerpo de los hombres y las mujeres y me pareció una creación bella, hecha para admirar, venerar y amar. Las pieles bronceadas y brillantes, los labios sedientos y los cabellos mojados fueron una antesala de lo que esa noche me esperaba.

Al atardecer quedamos con las chicas en vernos en una discoteca que el barman del lugar nos recomendó y volvimos a la casa del amigo de Víctor. Estábamos cansados, llenos de protector solar y con la sal pegada en cada poro del cuerpo. Pero nos sentíamos complacidos porque nuestros ojos se llenaron de ese paisaje paradisiaco lleno de arena, palmas, olas y calor, poblado de Adanes y Evas que durante esas largas horas solo se permitieron ser.

Pero mis ojos solo distinguieron a mi hermano, su estatura perfecta, su colosal torso, sus músculos bien diseñados, su sonrisa infantil, su mirada sensual, su bien depilado pubis, su larga polla relajada, su bonita forma de caminar, su tallado perfil y sus masculinas posturas.

Verlo desnudo con las olas golpeando sus piernas, con la brisa agitando su cabello, con el sol bañando su cuerpo y la arena pegada a la piel me hizo desear que estuviera dentro de mí y que me poseyera sin parar. A lo loco, salvaje como un león y potente como un centauro, no poder tocarlo ni un poco durante esas horas de intenso lenguaje sexual fue el mejor estímulo para estar dispuesto a todo durante el resto de la noche.


No fuimos a la cita con las chicas. Ni siquiera lo habíamos pensado.

Cuando salí de la ducha Víctor estaba en el bar de la casa que daba hacia un gran ventanal con vista a la playa. Sus luces pequeñas eran la única iluminación en el salón y él ya tenía listos unos cuantos tragos. Además de ser un buen bebedor, mi hermano también era un buen barman; pero solo lo hacía en ocasiones especiales y estar solos los dos en esa enorme casa era una ocasión muy especial para tocarnos todo lo que quisiéramos y enamorarnos más.

Me senté en uno de los taburetes mientras él decoraba con limón y azúcar el vaso y servía un limóncello italiano que mezcló bien en el vaso. Yo buscaba la música perfecta que pudiera crear el ambiente ideal y encontré un listado que comenzaba con un tema muy viejo, muy bueno, muy clásico y muy sensual de una banda que Otabek solía escuchar. You shook me all night long, decía Plant arrastrando cada palabra como en éxtasis y yo comenzaba a moverme con ganas de provocar una enorme erección en Víctor.

—Vamos a jugar un poco —dijo y me alcanzó el vaso.

Ambos lo tomamos de un solo trago y como yo no acostumbraba tomar demasiado, ese trago me subió a la cabeza de inmediato y provocó que todo mi cuerpo se relajase y se dispusiera aún más.

—¿A qué vamos a jugar?

—Yo te hago probar algo y tú me dices si te gusta o no.

—¿Quieres emborracharme? —le pregunté algo intrigado y él solo movió la cabeza de un lado a otro sonriendo.

Me invitó a estar junto a él y me senté en un taburete más pequeño. Vi que acercó un vaso con un trago de color verde y cuando lo tuve en frente, Víctor se acomodó tras de mí y me cubrió con una tela oscura los ojos.

Con sus dedos mojados en el trago me acaricio los labios y me pidió que lo saboreara. Era algo dulce y le dije que no me gustaba mucho. Luego acercó algo a mis labios y me pidió que lo absorbiera, era una raja de limón que me provocó insalivar de más; pero obedecí y chupé el limón hasta el final.

Víctor me quitó la bata de baño y me pidió que me arrodillara en el banco. Sabía que en pocos minutos tendría las piernas adormecidas, pero obedecí como un buen hermano menor.

—¿No te gustan las cosas dulces? —susurró en mi oído y yo negué—. ¿Estás seguro? —Acercó a mis labios algo que olía muy bien y tenía una superficie lisa.

La mordí y descubrí que era un marrasquino en almíbar, lo tragué casi entero y Víctor me dio un poco de vodka para beber.

Sus largos dedos recorrieron mi espalda como trazando un camino y en un movimiento rápido me subió sobre el mesón de la barra. De inmediato sentí el frío recorrido de un líquido que resbalaba en forma lenta desde la nuca hasta que llegó a la altura de mi cintura. Víctor detuvo con su lengua del chorrito y lamió toda la marca que dejó el trago en mi columna.

Besó y absorbió mi cuello y pensé en la manera cómo se vería en mi piel esa marca. De inmediato tomó un cubo de hielo y lo metió en mi boca.

—Mastícalo —dijo en voz muy baja—. Quiero escuchar cómo suena entre tus dientes.

Lo hice y él pegó su mejilla a la mía hasta que dejé de hacer ruido dentro de mi boca y él se retiró un par de segundos. Sus manos volvieron a acariciar mi espalda obligándome a arquearla casi por completo.

Estaba tan caliente que podía sentir cómo mi polla se llenaba de ardientes deseos y cómo mis caderas se movían de forma lenta invitando a Víctor para que fuera mi semental. Mis ojos cubiertos me permitían sentir la música como nunca antes la había escuchado y esa salvaje guitarra me hacía vibrar de pies a cabeza.

De pronto sentí el frío filo de un cubo de hielo sobre mi nuca. Eso me hizo saltar, pero Víctor sostuvo mi espalda y la apretó ligeramente contra el mesón. El hielo y la fuerza que imprimía Víctor sobre mi espalda me provocaron sensaciones diversas, deseo, rechazo, emoción y hasta algo de temor. Pero él fue bajando el cubo por toda la recta de mi columna de manera lenta mientras cantaba a medias el siguiente tema de la lista.

Víctor recogió el hielo con su boca y lo masticó mientras sus dedos mojados golpeaban mi entrada y la relajaban. Yo sentía sus dedos fríos y no paraba de dar pequeños saltos, era una tortura que se hizo más dulce y atrevida cuando su lengua reemplazó a sus dedos provocando que todo en mí se tensara, menos ese aro que dejó de estar apretado.

Su lengua también estaba fría y eso hizo que sintiera el lubricante como un tibio líquido que suavizó esa sensación extraña que puede provocar el frío en el culo de cualquiera. Sabía que tenía que relajarme y me quedé quieto soltando todos mis músculos y sintiendo cómo los dedos de Víctor ingresaban en mi interior.

Pronto su endurecida pija, esa que había sentido entre mis piernas, entraría reclamando su derecho a sentir placer y provocando esas punzadas placenteras que me hacían contraer todo el cuerpo.  

—Me hubiera gustado hacerte mío delante de toda esa gente en la playa —dijo y el rubor inundó mi cara.

—Fóllame de una vez Vítya. —Solía llamarlo con cariño cada vez que estábamos en la intimidad.

—Espera —me pidió y tan pronto sacó sus dedos pude sentir lo dilatado que ya estaba, pensé que me estaba contemplando como lo hizo unas noches atrás; pero él tenía otro plan.

De pronto mi cuerpo se tensó por completo cuando con la habilidad de un gato mi hermano metió un pequeño cubo de hielo en mi recto y lo empujó de una sola vez hasta el fondo. El hielo se deslizó gracias al lubricante y yo tuve la sensación que me quemaba por dentro.

—¡Nooooo! —grité por instinto—. ¡Sácalo, carajo sácalo! —Casi no podía hablar por la intensa corriente dolorosa que sentía dentro.

Víctor no solo no lo sacó, sino que metió un cubito más y yo grité intentado pararme. Pero sus fuertes brazos me retuvieron sobre el mesón y su endurecida polla ingresó en forma lenta empujando más los cubos de hielo.

Grité y maldije varias veces. Víctor ignoró mis palabras llenas de temblor y dolor y comenzó a moverse en forma lenta.

Quería llorar, quería darle un golpe, quería correr al baño; pero no lo hice porque conforme el hielo se estabilizó en mi recto y mi hermano fue penetrándome sentí que mi placer se hacía más intenso, el hielo se derretía y yo podía sentir que mi cuerpo reaccionaba con más fuerza y calor.

Estaba duro y clavaba las uñas en el tapiz de la barra. Todo estaba oscuro y en mis oídos estallaban los pegajosos y continuos sonidos de nuestros sexos. Escuchaba mis gemidos y las frases que Víctor me decía mientras por mis piernas resbalaba el agua que salía de mi interior.

—Sin dolor no hay placer Yuri —dijo entre dientes y siguió empujando su pelvis contra mi trasero—. Sin dolor no existe el amor.

Me tomó de la cintura y con un ligero puntapié retiró la banca. Víctor arremetía y yo sentía que mi polla se estrellaba contra el frío acero de la barra. Temblaba de placer y de dolor, era una sesión sado que detestaba y anhelaba al mismo tiempo, entre una postura incómoda que me obligaba a estar en puntas de pie y a sentir que mi diafragma se aplastaba en el borde de la barra.

Pero el placer se fue sobreponiendo al dolor y con cada estoque podía sentir que me acercaba al delirio. El momento que mis gestos grotescos mostraban mi completa rendición y que los espasmos me invadían sin que pudiera detenerlos.

Tal vez Víctor sintió mi incomodidad o tal vez respondió solo a la suya, me levantó sin dejar de penetrarme, quitó el pañuelo de mis ojos y terminamos revolcándonos en el suelo como si fuéramos dos animales, arrastrando nuestros cuerpos sobre las losas, gritando y gruñendo, provocando nuestra primera corrida juntos porque, así como él movía con furia su pelvis, mis caderas se movían al mismo ritmo.

Ver su placer me provocaba sentirme más complacido y no pude evitar venirme varias veces porque sus envestidas y sus palabras me hicieron sentir como un chico sucio y condenado por mi propia lujuria.

Entre él y yo todo era pasión.

Esa mezcla de amor puro y deseo animal.

Fue la pasión y algo de locura lo que nos unió tantas noches inundando nuestras venas y evaporándose en el aire mientras nos bañábamos con nuestras corridas y aullábamos como lobos en las montañas.

Siempre recordaré a Víctor como mi gran maestro, como el amante que me enseñó a descubrir cosas que no sabía de mí y me ayudó a ir más allá de mis límites.

El hombre a quien amé con la inocencia y el ímpetu de mi adolescencia, el hombre que abrió mi corazón y el que lo apuñaló sin misericordia.

Porque como él mismo dijo: “Sin dolor no existe el amor”.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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