Tabú 51


El primer año de preparatoria de Yuri llegaba a su fin y el éxito académico que había alcanzado fue tan importante como todos los obstáculos que mi hermano superó. 

Mi pecho se inflaba lleno de orgullo mientras caminaba entre la multitud de maestros, padres y alumnos. Iba con la actitud decidida de un triunfador, sonriendo y saludando a todo aquel que me detuviera; posando con algunas mujeres entusiastas que querían llevar un recuerdo para subirlo en sus cuentas y hasta firmé media docena de autógrafos a las chiquillas alocadas que revoloteaban cerca de mí como las abejas obreras.

Tomé asiento junto a Elena Kusmarova una gran dama de sociedad, su esposo era propietario de una cadena de pequeños hoteles boutique repartidos en las principales ciudades de Rusia y ella presumía las joyas que él le compraba con cualquier motivo. Ella era la madre de una tímida jovencita que tenía un gran talento para la música y el canto y de la que Yuri jamás comentó ni una sola palabra. Diría yo que ni la recordaba.

Nos saludamos con un beso en cada mejilla y ella comentó sobre lo rápido que se fue el año escolar y cuánto habían crecido los chicos durante ese tiempo. Elena tenía razón porque los chicos y chicas de la sección habían ganado varios centímetros de estatura y Yuri también. Casi no me había dado cuenta de ello, pero durante esos doce meses que él vivió conmigo; su cuerpo, su mente y sus actitudes fueron cambiando.

Del chico rebelde y desconfiado que en un inicio miraba a todos en forma amenazante quedaba la mitad, Yuri aprendió a ignorar más a la gente con la que no simpatizaba en lugar de mirarla con desprecio o molestia; pero todavía existían personas que se ganaban una cruel expresión de su rostro.

Tenía más seguridad en sí mismo y las ganas de destacar frente a los demás. Yuri buscaba atención y para ello no era necesario que hiciera escándalos, solo se esforzaba un poco más, sacrificaba horas de sueño por los estudios, por el deporte o por la creatividad en el atelier y eso le daba buenas recompensas como la que estaba a punto de recibir esa mañana de mayo.

Su cuerpo también cambió, el delgado jovencito había fortalecido sus músculos. Amplió el volumen de su espalda, brazos y piernas y los pectorales sobresalían bajo esas camisetas pegadas que le gustaba usar. Lo que no cambió para nada fue su hermoso y empinado trasero que llamaba la atención de todas las mujeres y de algunos hombres.

Su cuerpo era perfecto y hasta hoy lo es. Con él expresó la deliciosa danza de sus deseos sobre el mío y atrapó cada gota de mi sudor entre sus poros. Cómo no sentirme orgulloso y casi eufórico por la pasión que nos unía cada noche y el misterio con el que envolvíamos nuestros arrebatos durante el día.

Esa mañana el sol se reflejaba en las gotas que humedecían follaje de los jardines. La ceremonia comenzó como lo habían hecho siempre con el tradicional himno y el recuento de los logros que obtuvieron entre todos los que a diario vivían en las modernas aulas y los patios coloridos.

Después de un par de números musicales entre los que participó Elizabeta la hija de la señora Kosmarova, anunciaron la entrega de las medallas de honor para todos los alumnos destacados. Fue en ese momento que yo volví a sentir el orgullo avanzar desde mi pecho hasta la punta de mis pies y mis cabellos.

No eran mis logros los que me hacían sentir tan dichoso, eran los logros de otro y me pareció casi increíble sentir que hasta ese momento jamás había pensado en llegar a ser feliz con la alegría de otra persona. Yuri sería uno de los nombrados en esa larga lista de niños y adolescentes destacados.

Por ese motivo habían reservado para mí un lugar entre los primeros asientos y por ese motivo yo había pospuesto todos los compromisos que tenía en Nefrit ese día porque quería estar junto a mi hermano para decirle con mis palmas, mi mirada y mi sonrisa cuánta satisfacción sentía por sus logros.

Miré un par de veces por detrás del hombro y distinguí el grupo de alumnos de la clase de mi hermano. Ellos se preparaban para recibir las insignias y los símbolos del colegio puesto que tras las vacaciones de verano regresarían para representar a San Marcos como la promoción.

Yuri se encontraba entre ellos, estaba algo distraído porque su asesor de aula les estaba dando indicaciones para el momento que hicieran el cambio de saludo con los muchachos y chicas que egresaban ese año.

Con el uniforme impecable y los largos mechones dorados trenzados por ambos lados, mi hermanito afirmaba a cada indicación que le daba el profesor Krupin. Me quedé admirando la belleza de sus expresiones, siempre con el entrecejo junto y la mirada altiva; Yuri podía ser intimidante para cualquiera que recién lo tratara, pero solo yo que lo conocía muy bien sabía que ese gesto era una simple coraza con la que se protegía de los extraños.

Solo yo y… ese chico de Kazajistán que se le acercó y le dio una buena palmada en el hombro. Yuri hubiera reaccionado muy mal ante cualquiera que se atreviera a tocarlo de esa forma tan brusca; pero cuando volteó su rostro se quedó tranquilo mirando al jovencito de cabello negro y cuerpo de guerrero.

El barullo los obligaba a conversar muy juntos y los aplausos de los padres los acercaban cada vez más. Yuri y ese chico sonreían y pude ver que un par de veces juntaron sus mejillas. Sentí un súbito rubor en el rostro y cerré las manos sobre el brazo del asiento.

Los celos mordían una vez más mi sano músculo cardiaco y mis ojos intentaban llamar la atención de mi hermano para que dejase de mirar de esa manera atrevida al nuevo atacante del equipo de hockey de su escuela. Quería que él dejara de sonreír con tanta confianza a mi hermano y que se apartara de su rostro y sus labios del rostro.

En ese momento la directora anunció los logros obtenidos por los alumnos del aula de Yuri; pero me pareció extraño que obviaran el nombre de mi hermano. No lo llamaron solo mencionaron a los chicos que obtuvieron el segundo y tercer lugar en el cuadro de estudios. Por ese motivo tuve que esperar que terminara la ceremonia de entrega del resto de jóvenes que egresaban ese año de la escuela.

Al finalizar ese instante entre aplausos, flashes de cámaras y algunos gritos de algarabía anunciaron la entrega de medallas a los alumnos más destacados del colegio. Nombraron a una jovencita y un muchacho de la promoción de ese año quienes lograron los primeros lugares en el cuadro general del colegio y en tercer lugar estuvo Yuri pocas décimas por debajo del puntaje del segundo.

Mi hermano pasó al escenario y saludó muy serio a sus profesores quienes lo felicitaron y le entregaron la medalla de distinción. Él la levantó y me buscó con la mirada, yo aplaudí de pie sin parar, sin que me importara el cansancio de mis brazos. Yuri merecía mi aplauso, mi abrazo, mi reconocimiento y mi corazón rendido ante sus pies.

Eso no fue todo. Yuri y su compañero se quedaron en el escenario y la directora llamó a los demás miembros del equipo de hockey de la escuela. Los chicos obtuvieron ese año el campeonato. Una medalla más volvió a colgar del pecho de Yuri y otra vez los aplausos y vivas se dejaron escuchar.

Mi corazón no cabía en el pecho de tanta felicidad e inundado por la emoción quería saltar hacia él para estrecharlo en un fuerte y largo abrazo. Varias veces debí contener mis impulsos porque las normas sociales tenían que ser respetadas y mucho más en esa reputada institución.

Con gran esfuerzo retuve mis deseos como el cazador contiene a los perros que ladran incansables frente el zorro o la liebre, mordí el interior de mis mejillas y solo seguí aplaudiendo lleno de felicidad.

El homenaje no acabó en ese momento, tampoco las condecoraciones que recibió Yuri. La directora con mucho orgullo anunció que la escuela le otorgaba una mención especial por haberla representado en un concurso de ecología. Yuri ganó el primer lugar tras presentar la confección de vestidos de novia hechos con materiales reciclados. La distinción, el diploma y la medalla se la otorgaba el municipio de la ciudad.

—Conocemos el talento innato que Yuri posee para la creación de prendas de vestir y esta es una muestra de ese don. —La directora Komarova mostró las fotografías en tamaño real de la exhibición donde participó mi hermano tres meses atrás. Me quedé maravillado al observar los trajes que había elaborado con bolsas tejidas en las que entramó pedrería de fantasía.

Yuri por fin sonrió cuando recibió la medalla y el incentivo económico. No lo necesitaba, pero era un logro importante para él. Por fin había hecho algo fuera de Nefrit y de mi tutoría. Esa mañana Yuri mostró sus cualidades como heredero de mi padre e integrante de la casa Nikiforov.

—Gracias Yuri por tu esfuerzo —dijo la directora al mismo tiempo que le entregaba un certificado—. Nos has dado una gran alegría con esta distinción. Tus maestros, tus compañeros y tu hermano, que no ha parado de aplaudir, nos sentimos muy felices.

Los rostros de los padres voltearon hacia mí y yo sonreí pletórico de orgullo, levanté la mano para saludarlos y agradecí su gesto con gran satisfacción. Me sentí como un padre que celebra dichoso los logros de su hijo y siente como si fueran los propios; pero al mismo tiempo noté que mis labios aún sentían el dulce ardor de nuestros besos con los que despertamos esa mañana de sol.

¿Cómo podían coexistir dos sentimientos tan opuestos en mi alma? Uno que nacía de la parte más tierna; sentimiento puro, fraterno y desprendido. Y otro que bullía desde las entrañas, ardoroso, egoísta y celoso.

Yuri se convirtió en ese momento en mi ídolo, uno al que podía regalarle mi cariño tierno y al que podía hacer mío con solo una mirada cargada de amor de hombre.

Nuestros ojos se buscaron una vez más y cuando sus pupilas se unieron a las mías sentí que fuimos uno solo; sin necesidad de abrazos y caricias. Allí, a la distancia, la emoción unió nuestras almas engrandecidas por la felicidad.  

La ceremonia llegó al final y busqué a Yuri entre el gentío. Muchas personas me felicitaban porque los logros de mi hermano respaldaban la labor que hacía como su tutor legal. Yo agradecía sonriente y me preguntaba: si esa misma gente supiera que la noche anterior mi hermano temblaba desnudo entre mis brazos suplicando que me detuviera porque no podía seguir soportando tanto placer… ¿Qué dirían?

Cuando lo vi frente a mí lo atraje a mi pecho y estreché el abrazo. Yuri pasó sus brazos por debajo de los míos y se quejó por el fuerte apretón que le di, pero se quedó quieto sintiéndome. Seguro estaba aspirando mi perfume y sintiendo mi calor.

—Estoy tan orgulloso de ti —le dije sin soltarlo. Él trataba de respirar con libertad—. Mi Yuri gracias por todo esto y nunca olvides cuánto te amo.

—Víctor nos están mirando raro. —Yuri retrocedió un poco y en contra de mis deseos tuve que soltarlo. Él me miró y con sonrisa de niño malo afirmó—. No tienes la más puta idea de cuánto te amo.

Tal vez habríamos estado declarando nuestro amor toda la eternidad si no fuera porque Sara Crispino, con quien Yuri tenía un extraño convenio tácito, no nos hubiera traído a la realidad con su voz cantarina y su perfume de naranja.

—Yuri mira a la cámara como si fueras el amo del mundo. —Yo me aparté de mi hermano y ella disparó el obturador varias veces.

Mientras le tomaba decenas de fotos preguntaba por la distinción del municipio y reclamaba por qué jamás le dijo que se había presentado a ese concurso.

—No pensé que iba a ganar porque había proyectos científicos de purificación de agua, de aire y hasta de mejora del permafrost y yo presenté este proyecto porque el vestido de novias es el traje más inútil en la vida de una mujer. —Yuri sonrió con malicia y añadió mientras miraba a la cámara con altivez—. Además de salvar al planeta, salva los bolsillos de las mujeres sin mucho dinero y está acorde a la realidad de los matrimonios de hoy, es desechable.

—Eres un niño muy inteligente y muy malo —comentó riendo la morena y tomó unas diez fotos más—. Ahora un par de fotografías con este apuesto príncipe de San Petersburgo que no deja de mirarte con esos ojos de galgo.

Me acerqué a Yuri y pasé mi brazo por detrás de su espalda tocando ligeramente su hombro, pero Sara insistió que fuera una foto más cercana. Entonces me acerqué un poco más y ladeé mi cabeza poniendo mi mejilla sobre el fino cabello de Yuri. Sara disparó tres veces y nos mostró las fotos. Escogimos una que nos pareció perfecta. Hasta hoy esa imagen conserva ese momento de mi vida en el que sentí que lo tenía todo y que no me hacía falta nada más que el amor de Yuri para ser feliz.


Yuri y yo teníamos que celebrar esa pequeña gran conquista. Los logros escolares son solo pequeños pasos —pienso yo— para llegar a ser grande y Yuri los daba con gran firmeza. Me gustaba su determinación y la forma cómo su ambición lo llevaba a arriesgar y ganar.

Me hacía recordar mi propia adolescencia, un tiempo en el que solo quería inventar frente a la cámara algo especial y que no tenía esa desazón de no saber qué más hacer para impresionar al fotógrafo, al público y a las compañías.

Esperaba un gran cambio, pero no sabía bien por dónde iba a comenzar. Yuri me mostró ese camino porque a él no le importaba enfrentar las críticas y lo único que podía detenerlo eran sus propias limitaciones. Tal vez esa era la manera de volver a ver la vida, debía arriesgar más.

Pero ¿qué debía arriesgar?

¿Mi trabajo? ¿Mi estilo de vida? ¿Mi futuro? ¿Debía acaso tomar decisiones más osadas y apostar por enfrentar a los demás? ¿Salir por completo del closet? ¿Admitir que sí eran verdad los rumores sobre mi bisexualidad? ¿Reírme de la opinión de los demás?

No sabes las ganas que tenía de hacerlo.

Desde que tenía quince años me hubiera gustado gritar toda mi verdad; pero ¿en Rusia? Eso significaría firmar tu propia sentencia de muerte y dejar que los mercenarios del poderoso cortaran mi cuello en cualquier momento. Puedo ser osado, pero no estúpido. Amo mi vida.

Además, también pondría en riesgo a Yuri. Eso jamás lo iba a permitir, así que decidí que debía guardar la tranquilidad y la distancia necesaria de mis sueños de libertad absoluta. Debía seguir jugando el papel del buen hermano y del inalcanzable príncipe azul.

Tras despedir a Sara, esperé que Yuri saliera del colegio para llevarlo a almorzar y todavía no sabía si él querría festejar con comida tradicional o internacional. Yuri se despidió de un grupo de chicas que lo habían seguido hasta la gran reja de acero, pero no lo hizo del chico de la motocicleta y yo quería que él se esfumase de una vez para poder llevar a mi hermano a un lugar más íntimo.

Contrario a mis deseos el muchacho siguió a Yuri hasta el auto y me saludó de manera muy formal.

—Señor buenas tardes —dijo muy parco y luego estiró su mano para saludarme, se la recibí y le di un ligero apretón de más.  Él sostuvo mi mano y dijo—: Debe estar muy orgulloso de Yuri.

—Claro que sí, mi hermano me ha dado la mejor de las satisfacciones hoy. —Seguí apretando la mano del muchacho y él no hizo el mínimo gesto de molestia.

Lo detestaba.

Yuri se limitó a mirar a otro lado y no me quedó otra cosa que extender la invitación al muchacho. Pensé que sería una buena oportunidad para conocerlo mejor y medir si podía ser un rival de temer. Le dije que si deseaba podía acompañarnos a almorzar y él se mostró algo dubitativo.

Estaba por decirme una disculpa cuando de lejos escuché la inconfundible voz de Mila Babicheva y me pregunté qué hacía ese huracán en la escuela de mi hermano. Sabía que eran amigos; pero no pensé que su interés por Yuri la llevaría a la clausura del año escolar.

—Yuri casi me quedo sin manos de tanto aplaudir —dijo muy sonriente y luego miró con cierta picardía al amiguito de mi hermano—. A ti también te aplaudí mucho.

El muchacho se sonrojó, me miró con nerviosismo y cuando miró a Mila le mostró una tímida sonrisa. Ese momento supe que el almuerzo íntimo con Yuri estaba a punto de convertirse en una reunión de amigos.

—El señor Nikiforov me estaba invitando a almorzar. —El jovencito pasó la mano por detrás de la cabeza y movió su pie sobre el talón como si estuviera dando explicaciones a la pelirroja.

—¡Víctor eso es genial! —Mila aplaudió la decisión y yo sonreí resignando. El entusiasmo que hasta hoy desborda Mila es insuperable, tiene una gran energía y a la vez puede mostrarse muy sensual, es como una niña grande y ese día lo era más—. Qué les parece si vamos al nuevo local de Dom que se ha inaugurado hace poco —sugirió tomando la mano de mi hermano—. Dicen que tiene una carta muy variada.

Aceptamos y fuimos a almorzar los cuatro. Yo quería celebrar a Yuri en grande; pero esa gran celebración debía esperar unos días más. Ese almuerzo debía convertirse en un momento entre los dos para brindar juntos, para decirle de mil formas lo orgulloso que estaba y declararle lo mucho que lo amaba.

En ese momento no imaginé que el cambio de planes me iba a dar una gran satisfacción.

Durante el almuerzo noté que el amigo de Yuri miraba con cierta insistencia a Mila y no me hubiera parecido raro que un chiquillo se quedara extasiado contemplado la belleza de mi querida diseñadora; pero como tenía entendido que el chico molestaba a Yuri y, según él, hasta lo acosaba, me pareció demasiado raro.

Pero las cosas no quedaron solo en miradas. El hermoso huracán y el chico callado de la moto no solo intercambiaron miradas fogosas, también pude ver que de vez en cuando se tocaban con la mayor discreción del mundo por debajo de la mesa.

Miré a Yuri para ver su reacción y él estaba concentrado en comer y contar la forma cómo se le ocurrió hacer esos vestidos de novia que parecían verdaderas obras de arte. Mila lo escuchaba con mucha atención y parecía tomar nota mental de lo que Yuri explicaba.

Para el postre no me cabía ninguna duda de la química que existía entre el chico kazajo y Mila. Pero el monstruo de mis celos me susurró al oído que tal vez él lo hacía para sacar algo de celos a mi hermano. Yuri no hizo ningún gesto de molestia.

Brindamos con una gran copa de vino y unimos nuestros sinceros deseos a nuestras sonrisas para felicitar una vez más a Yuri. Él se sonrojó un poco por tanto halago y se limitó a tomar un buen sorbo.

—Por tus futuros éxitos Yuri. —El amigo de mi hermano tomó muy poco vino. No acostumbraba a beber licor, dijo.

—Cariño sigue dándonos esas alegrías. —Mila aspiró el aroma del vino, movió la copa un par de veces y luego tomó un pequeño sorbo.

—Sabes que me has hecho feliz y estoy muy orgulloso. —Me hubiera gustado decirle que lo amaba y que me sentía pleno con su felicidad; pero otra vez detuve las palabras en el corazón.

—Yo… tuve vuestro apoyo por eso conseguí todas esas medallas —dijo un sonrojado Yuri que parecía abrumado por nuestros halagos.

Volvimos a brindar y mi hermano pidió permiso para ir al baño. Su amigo también lo hizo para contestar una llamada que entró en su celular y salió al jardín del restaurante.

Mila y yo nos quedamos tomando el tinto y mirando a los dos muchachos en silencio. Un silencio que no duró demasiado porque la diseñadora se acercó a mí y como si estuviera confesando sus pecados me dijo en voz algo baja.

—¿Qué te parece mi niño? —Sonrió y miró hacia el amigo de Yuri que seguía hablando por el celular.

—¿Perdón? —le dije porque no terminaba de entender lo que me acababa de decir.

—Otabek y yo estamos saliendo ¿sabes? —Mila mordió su labio inferior y con los ojos entornados siguió hablando—. No sé cómo sucedió, pero poco a poco me fui enamorando de él. Puede ser un chiquillo, pero es muy maduro y bueno yo… no pude evitarlo.

—¿Tienes una relación con el amigo de Yuri? —Abrí los ojos invadido por la sorpresa.

—Sí y todo fue por culpa de Yuri que me metió a su amigo hasta por la nariz. —Mila sonrió y volvió a tomar el vino como para darse más valor y seguir confesando—. Pero no me arrepiento. ¿Sabes?, este niño me ha devuelto la felicidad de vivir y hasta me siento más joven a su lado.

—¿Y su familia lo sabe? —Tenía entendido que el chico tenía padres muy estrictos.

—No. Por ahora estamos viviendo nuestro amor con mucha reserva y cuidado. En unos meses cumple la mayoría de edad y hasta entonces nos vemos casi a escondidas y Yuri nos ayuda a estar juntos porque sale con nosotros. No puedo exponerlo ni exponerme a una denuncia por acoso a un menor de edad, ¿te imaginas el escándalo que se armaría? —Mila tenía un problema casi similar al mío, pero exento de tanta gravedad.

Yo también tenía un amor prohibido con una persona que en unos meses más cumpliría la mayoría de edad. A esa situación debía agregar que era varón y era mi hermano. Eso me hacía tres veces más proclive a ser castigado por las leyes de mi país y condenado por las deidades invisibles que nos miran desde algún lejano lugar que nadie sabe dónde está.

Pensé que lo de Mila y Otabek tenía solución, no era la primera pareja con cierta diferencia de edad. Al mismo tiempo pensé que nuestra relación estaba condenada a seguir en la más absoluta clandestinidad porque no había forma de confesarla, ni a los amigos más íntimos, ni a los pocos parientes que nos quedaban. Sentí el corazón pesado al imaginar que Yuri y yo jamás hablaríamos de nuestro amor.

Miré la sonrisa triunfadora de Mila y pensé que el muchacho debía sentirse todo un ganador al tener el amor de una verdadera mujer. Devolví la sonrisa a mi diseñadora y en ella también contuve toda la gran satisfacción de saber que el amigo de Yuri siempre estuvo interesado en la pelirroja y que mi hermanito mintió para provocarme celos.

Cuando los dos chicos retornaron a la mesa yo me encontraba henchido de felicidad porque había descubierto que su amigo no sería para mí en ninguna circunstancia un rival.

«Este niño me las tiene que pagar», pensé y me puse a imaginar el castigo que se merecía por haberme hecho sentir tonto durante un buen tiempo.

Luego del almuerzo paseamos un rato en mi carro por la ciudad, escuchando música, comentando anécdotas sobre el campeonato y el equipo de hockey y sobre Nefrit. Compartimos unos helados hasta que el atardecer nos alcanzó.

Llevamos a Otabek a su casa, allí le esperaba más comida y toda la alegría de su numerosa familia. No imaginaba cómo iba a hacer Mila para entrar en ese círculo familiar tan tradicional, pero el amor encuentra formas de florecer y dar frutos.

Despedimos a Mila en la puerta de su edificio y ella nos regaló un beso en la mejilla a cada uno, además de la intensidad de su nueva fragancia. La vimos desaparecer en el ascensor y volvimos al departamento, en silencio escuchando algo de indi rock en la radio.


Hasta ese momento solo me había imaginado castigar a Yuri con una semana de abstinencia completa; pero ese era un castigo que yo mismo no le dejaría cumplir. Tenía la mente en blanco y solo me dije que me dejaría llevar.

Cuando la puerta del departamento dejó escuchar el sonido de su seguro, Yuri me empujó y entró a toda prisa a la cocina para alimentar a su gato y cambiar el agua del plato y, cuando se deshizo del felino, lo encerré entre mis brazos y lo miré levantando una ceja intentado entender todos sus enredos.  

—¡Qué! —me dijo intrigado.

—¿Por qué me mentiste? —decidí encararlo.

—¿A qué carajo te refieres? —A mi hermano no le gustaba el suspenso.

—Otabek jamás se fijó en ti. —Sonreí con malicia y satisfacción—. Él siempre estuvo enamorado de Mila.

El rostro pálido de mi hermano se encendió como un faro y no pudo sostenerme más la mirada, así como no pudo aguantar más la risa.

—No te rías, me dijiste una mentira. —Quería seguir tratando el asunto con seriedad, pero la risa de Yuri era demasiado contagiosa y no pude evitar reír junto con él.

—Qué querías que hiciera, yo sabía que tú babeabas por mí y te hacías el huevón con ese discurso de la moral y las buenas costumbres. —Yuri seguía riendo y yo no iba a dejar que se siga burlando más de mí—. Me di cuenta que estabas algo inseguro por la presencia de Otabek y por eso usé a mi amigo… solo un… poquito…

Lo empujé hasta el sofá de la sala y lo único que se me ocurrió fue hacerle cosquillas. Sabía que él odiaba eso y era la única manera de castigar su atrevimiento y su mentira. Lo torturé varios minutos sin parar, hasta verlo patalear como un bebé y observar las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas.

Decidí que era suficiente cuando Yuri suplicó con voz cortada que lo dejara mientras sus mejillas se humedecieron por completo. Entonces ese demonio cruel de la certidumbre y el orgullo que se regocijaba ante el hallazgo hizo que tomara su rostro en las manos y mordiera sus labios con rabia y pasión.

Yuri se quejó y me pellizcó los pezones sobre la camisa. No podía esperar que un niño salvaje se quedase quieto recibiendo su castigo; pero como no teníamos ánimos de luchar cambiamos los mordiscos por besos profundos que nos ahogaron, besos que nos dieron la vida y que nos llevaron a la línea divisoria entre la cordura y la demencia.

Mientras absorbía los jugosos labios de mi hermano mis manos no se quedaron quietas y se deshicieron de la ropa que escondía su fina piel de ninfa, las pulcras líneas de su cuerpo y la dura estructura de su abdomen. Se distrajeron con esos pequeños accidentes que lo hacían único como la cicatriz de su pierna derecha en forma de medialuna, el hoyuelo en cada cadera y la línea dorada de pequeños vellos que corría desde su ombligo hacia sur, internándose en el pubis.  

Mi legión y yo acariciamos complacidos la pronunciada curvatura de su espalda, la suave loma de sus omóplatos, la graciosa cadena de sus vértebras hundidas y Yuri se retorció de placer meneando la cola un par de veces.

¡Suficiente!

No podía seguir jugando con su cuerpo tenía que hacerlo mío todas las veces que quisiera esa noche, esa era mi manera de celebrar sus triunfos y de complacer mis manos deseosas y mi boca sedienta de su sabor marino.

Bajé con cuidado la ajustada trusa negra que todavía ocultaba sus zonas deliciosas y cuando lo tuve dispuesto, manso y abierto ante mi mirada de lobo asesino, toda la legión demoníaca que habita en mi mente quedó complacida al ver con especial morbo cómo despertaba su masculino deseo y se ponía firme frente a mis ojos.

Con el gusto de quien prueba un banquete lamí la curva interna de su muslo hasta llegar a ese lugar donde con simples toques lo hice saltar varias veces. Y a través de mí eran cientos de manos las que tocaban a Yuri, cientos de ojos los que lo miraban con ganas de engullir toda su belleza, cientos de bocas las que exhalaban aires del infierno y cientos de sonrisas las que a través de mis labios se expresaban complacidas.

Los habitantes ocultos de mi mente, esos que habían hostigado mi alma durante tantas noches en las que mis manos apretadas se quedaban con las ganas de Yuri, estaban viajando a través de ese bello territorio, disfrutando sus de sus llanuras, de sus humedales, de sus cavernas y de sus pequeñísimas lomadas.

Lo amaba con cada beso y en cada resuello de su coralina boca. Quería apoderarme de su aliento y del brillo de sus ojos, quería escuchar su clamor y verlo desvanecerse mientras hurgaba con mi lengua en sus zonas pudendas. Y es que cada vez que lo veía torcer los ojos, mi propio placer se incrementaba y me sentía casi inmortal.

Yuri.

Si tan solo hubiera podido retenerlo en mis brazos para siempre, si no hubiera dejado que su calor y su aroma quedasen huérfanos bajo la luna desértica. Hoy lloraría de placer entre sus brazos y no sentiría quedarse atorado en mi garganta el amargo sabor de la pena y la fría sensación de la nostalgia.

Me detuve unos instantes conteniendo mis instintos bajo el exclusivo traje que llevaba puesto y busqué poner el ambiente adecuado y dispuesto para entregarle mi corazón una noche más. Me dirigí hacia el equipo de sonido y decidí que el saxofón de Fred Anderson sería la perfecta compañía para que sus caderas y las mías buscaran las formas perfectas de encajar.

Pero el travieso gato tenía otros planes y otras ganas de hacerme suyo y entregarse a mi furor. Caminó desnudo hacia mí y jaló mi corbata, obligándome a seguirlo paso a paso hasta el sofá. De rodillas sobre el asiento y regalándome miradas deliciosas y sonrisas cómplices me quitó cada pieza que llevaba sobre mi cansado cuerpo, dejándolas enredadas bajo mis pies.

Nunca olvidaré sus dedos pequeños me recorrían incrementando el calor de mi cuerpo. Sus finas manos me manejaban como si fuera su juguete, sus ojos me disparaban dardos cargados de lujuria y su boca me regalaba su sabor a menta cuando se compadecía de la mía.

Todo en Yuri era una gran bendición, una sensación de paz que amansaba a mis diablillos y por unas horas les devolvía sus alas perdidas porque hacer el amor con Yuri tenía como principio el sentimiento divino y puro del amor.

Haló mis brazos y entre risas y besos me tendí sobre el gran sofá. El subió sobre mi cuerpo y lo bañó con sus besos. No sé si solo era solo su imaginación o si tenía algún instructivo especial que lo convertía en un amante creativo. Bendita imaginación la de mi hermano que me recorría de cabeza a pies hasta que el hormigueo intenso del deseo me hacía suplicar por el calor de su interior.

Quería estar dentro de él, pero el gato travieso no dejaba que lo poseyera. En un solo movimiento me ofreció la visión de sus fortalecidos glúteos y el sabor de su duro falo, mientras él tomaba el mío entero y me hacía estallar de delirio haciendo que mis gemidos se unieran al ritmo del saxo y el piano que no paraban de sonar.

El sofá era tan amplio que nos permitió acomodar nuestros cuerpos de lado, sin dejar de succionar los deseos y la carne caliente. Fuimos dos faunos traviesos que se atrevían a jugar de nuevo el juego intenso del éxtasis a la vez que regalábamos a los dioses voyeuristas el grandioso espectáculo de nuestros cuerpos formando el número perfecto de la pasión.

Sus dedos y los míos decidieron explorar los lugares vetados de nuestros cuerpos y se unieron al juego de nuestras bocas, ansiosos de provocar el chorro intenso de la lujuria y el grito indescriptible del placer.

Yuri llegó primero a la meta, pero eso no impidió que siguiera probando con intensidad mi falo o que siguiera jugando con su delgado dedo medio dentro de mí. Lo hizo hasta que mi tensión le anunció que me hundía en el abismo de lo mundano y siguió hasta que mis temblores anunciaron que había entrado en la espiral de lo divino.

No fue suficiente para mí.

Cuando recobré la conciencia y mis fuerzas lo tomé por la cintura y me aventuré una vez más dentro de sus territorios más cálidos. Buscando el tesoro oculto, auscultando su belleza, complaciendo sus demandas y soltando todos mis monstruos delirantes sobre su piel. Ellos dejaron sus huellas rojizas y Yuri me dejó un severo mordisco en el hombro cuando lo sentí temblar una vez más bajo el maniaco compás de mis caderas.

Yuri era mío sobre ese sofá en el que muchas veces había amado a una bella mujer. Había olvidado hasta su mirada cuando observaba los gestos más íntimos y fogosos en los labios y los ojos de mi hermano. Desde hacía unas semanas él reinaba en ese hogar como desde hacía varios meses reinaba en mi corazón.

Y es que de ser su amo pasé en unos minutos a ser su fiel siervo. Allí comprendí que no se debe jugar con fuego, mucho menos si es la flama encendida de un jovencito lleno de vida y salaz vigor la que quieres apagar. De decir tantos “no” pasó a pedir “más” y al final fue él quien tomó control del juego hasta apagar todas mis luces y convertirme en polvo y cenizas.

—Víctor, el sofá está mojado. —Recobré el sentido cuando escuché que Yuri hablaba entre suspiros.

—Compraré otro… lunes o… martes. —Yo le respondía desde el más allá.

—Vamos a bañarnos —dijo y deslizó su cuerpo caliente hacia el suelo.

—No puedo —me quejé, pero él insistió—. Adelántate —le dije sin ganas.

No recuerdo cómo llegué a la regadera, solo sé que tuve que apoyarme varias veces en la pared. Dejé correr el agua sobre mi piel y sentí las manos de Yuri animando mis caídos músculos. Reímos como tontos por tanta lujuria expuesta y decidimos morir esa noche borrachos de sexo.

Hay noches en las que sueño con ese sonido que escapaba por las comisuras de sus labios cerrados cuando él estaba a punto de perder la razón bajo mi calor. Era como el ronco maullido de un gato que se unía a sus gestos de placer.

Seguí haciéndolo mío el resto de la madrugada y no pude dormir repleto de tanta euforia y felicidad.

Yuri era mío, nadie y nada lo alejaría de mis labios, de mi corazón, de mis manos, de mi pecho, de mis ojos, de mente y de mi complacido falo.

Sería mío por siempre.

Ahora sé que “siempre” es una palabra engañosa.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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