Tabú 50


Creo que dormí solo un par de horas. Sentía la cabeza a punto de estallar y un ligero malestar en la garganta. Otra vez el maldito resfrío daba vueltas en mi nariz y no tenía ganas de levantarme de la cama para preparar un té y tomar un analgésico.

Repasé cada momento dentro de la discoteca y me sentí estúpido. Comencé a reprocharme muchas cosas, desde haber apagado mi celular, hasta haber tratado de mentir a Víctor con lo de la cena. Qué idiota fui al pensar que Víctor creería esas mentiras.

Harto de ver cómo las ideas se juntaban en mi cabeza, salté de la cama y abrí un par de maletas. Estaba tan enfurecido que metí mis cosas de cualquier forma en ellas. Ropa, tennis, algunas joyas, un par de trajes y cinturones.

Alisté mis colecciones de monstruos y mi personal en otra maleta, junto con lápices, cuadernos de dibujo, libros, blocks de notas y material del colegio. También alisté mi uniforme y mis implementos para el hielo.

Solo las cosas más importantes me seguirían a la casa de Lilia. Decidí dejar el resto porque solo serían un estorbo y me recordarían a mi hermano.

Con mi vida resumida en dos maletas y una mochila salí a la sala. Era hora de ocuparme de Potya y de las cosas que él tenía repartidas en el departamento. Su cama y sus dos mantitas, su comedero y su bebedero, sus ratones de juguete y sus pelotas. No sabía si alistar también el arenero.

Así me cogió la mañana, limpiando la arena de mi gato y pensando si era mejor comprar otra junto con Lilia. Cuando vi por la ventana de la cocina descubrí que sería un día caluroso y que, si no me apresuraba en alistar todo a tiempo y pedir un taxi para irme, tal vez terminaría rogando a mi hermano que no me sacara de su vida de esa manera.

Fue difícil atrapar a Potya para meterlo en su jaula. Ese gato astuto solía esconderse cada vez que veía que yo abría la rejilla. Lo busqué por todo el departamento, lo llamé cariñosamente, abrí una lata de atún para que saliera de su escondite y ni así dio sus bigotes a torcer. Entonces me hice el tonto y me acomodé sobre la cama mirando el celular.

Aproveché para responder los mensajes de Otabek y le dije que estaba todo bien, que lo llamaría por la tarde o en la noche. Me entretuve mirando las fotos y los comentarios del partido que ganamos y cuando sentí la suave caricia del pelaje blanco sobre mis pies supe que mi gato estaba acomodándose junto a mí, arrepentido.

Fingí indiferencia por unos minutos y cuando lo vi cabecear por el sueño y acomodar su hocico bajo su ancha cola, lo sujeté con cariño y lo introduje en la jaula. Él protestó con muchos maullidos desesperados y estuve a un paso de sacarlo porque me daba mucha pena.

Me pregunté si esa técnica podría funcionar con Víctor, si me ponía a llorar para que me dejara seguir viviendo junto a él. Pero yo no era ningún llorón, no era un cobarde, no iba a dejar que Víctor viera mi desesperación. Me iba a vestir con coraje y con orgullo para que no creyera que era un simple mamón.

Miré la hora y solo habían pasado unos minutos de las seis de la mañana. Esa no era la hora adecuada para llamar a Lilia y decirle que iría a vivir a su casa. Ella tal vez estaría durmiendo hasta las ocho de la mañana, así que decidí llamarla a esa hora y mientras esperaba el momento prepararía un té y tomaría alguna pastilla contra la gripa.

Estaba convencido que Víctor no llegaría al departamento hasta las nueve o las diez, seguramente pasó la noche con sus amigos o con alguna mujer. Quería verlo para explicarle lo sucedido y al mismo tiempo no deseaba que llegara porque si me encontraba en ese instante con él sería muy difícil decirle adiós.

Tomé la jaula de mi gato, salí al pasillo y vi a Víctor frente a mí. No lo había escuchado entrar. Apreté mis manos sobre el sujetador de la jaula y también mis mandíbulas para darme valor.

—Creo que es muy temprano para ir donde Lilia —le dije y me quedé parado mirándolo sin saber qué más hacer.

—Yuri —me dijo con voz cansada y negando con la cabeza se acercó a mí—. No quiero que te vayas, no de esta manera. —Lo vi pasar la saliva con dificultad—. Quédate conmigo por siempre.

Mis planes para hacerme el fuerte fracasaron y no pude evitar llorar como si fuera un niñato. Víctor bajó la jaula y la dejó abierta, yo estiré mis brazos en busca de su calor porque sentía que mis fuerzas me abandonaban. Lloré entre sus brazos e intenté aspirar su perfume a roble y wiski para calmarme un poco; pero no lo logré.

De pronto me escuché repitiendo su nombre sin parar y apretando mis manos sobre sus mejillas, quería hundirme dentro de él, me sentía tan pequeñito, tan insignificante y solo su abrazo era lo único que me sostenía.

Rozamos nuestros labios y desde ese momento no paramos de besarnos, con cariño, con ternura, con hambre y con fuego. Me entregué a sus besos y a sus labios y decidí que no haría ningún gesto que lo alejara de mí. Supe que había llegado el momento.

Creo que perdí el sentido por un instante y de pronto me vi dentro de su cama, él me arropaba y tocaba mi frente. Me regañó con cariño porque otra vez estaba resfriado y me atendió como si fuera un niño pequeñito. Me dio de beber té muy caliente, una píldora y me arropó con el cubrecama y con su cuerpo.

El calor de sus brazos y de su aliento fueron el mejor analgésico que pudiera haber tenido. Me sentí seguro, acogido, protegido y, sabiendo que mi hermano me amaba tanto como yo a él, me quedé dormido casi de inmediato.


Desperté con Potya rasgando mi cabello. Me había olvidado de él. Sentí que Víctor respiraba junto a mí y me levanté con mucho cuidado para no despertarlo. Había olvidado a mi gato y me sentí culpable. Para remediar la situación volví a poner todas sus cosas en sus lugares favoritos, le di comida, agua, arena, pelotas y ratones de tela y solo cuando él estuvo satisfecho corrí al baño.

Vi el sol esconderse por detrás de los puentes y después de tomar algo de agua, volví a la cama. Aún estaba cansado y quería comprobar si en verdad Víctor estaba allí esperando dormido o si todo había sido un sueño tonto.

Me acomodé entre las sábanas y me quedé mirando su perfil. Víctor es un hombre apuesto, de modales refinados, de hermosa sonrisa y mirada seductora. No exagero si te digo que todas las mujeres que lo conocían querían una noche con él y algunos hombres también.

Y allí estaba a solo unos centímetros de distancia con el cabello revuelto, con los ojos cerrados y con ese gesto de paz que siempre mostraba cuando dormía. Me quedé mirando su nariz recta y sus finos labios. Recordé su sonrisa de bobo y sentí como si decenas de alas dieran vueltas dentro de mi estómago.

«Maldición… estoy enamorado», me dije resignado a mi suerte.

Lo que había empezado como una simple fantasía erótica y luego se transformó en un juego para ver si yo tenía el poder de seducirlo, se había convertido en un sentimiento dulce al corazón, sincero y poderoso.

De pronto, tal vez por mi mirada insistente o porque acomodé mi brazo; Víctor despertó. Sus ojos se fijaron sobre los míos y con una sonrisa atrapó mi deseo. Yo también sonreí y me vi envuelto en sus brazos.

Estaba desnudo, moría de calor, temblaba ansioso. Sabía que me iba a doler y sin embargo quería sentirlo dentro de mí. Me había masturbado tantas veces con mis dedos imaginando ese instante que comencé a moverme como si fuera una gata en celo.

Fue desesperante porque Víctor se tomó demasiado tiempo jugando con mi cuerpo. Se entretuvo lamiendo mis pezones, besando poco a poco cada centímetro de mi pecho y de mi espalda. Yo le pedía que me penetrara; pero él parecía no escucharme y eso aumentaba la tensión de mis caderas y mi erección.

Pero entonces… sucedió. De un momento a otro, mi hermano estaba lamiendo ese lugar y yo creía volverme loco por la cantidad de placer que comencé a sentir. Eran potentes rayos que recorrían mis músculos y los tensaban aún más con cada toque de su lengua.

Sus dedos mojados me invadieron y jugó un rato con ellos hasta tocar ese punto delicioso que me tensaba desde el filo de mis caderas hasta la punta de mis pies. Como si fuera un animal herido supliqué, gemí y comencé a hacer sonidos extraños con mi boca porque no sabía cómo expresar mi ardor y mi pudor.

Aun sentía vergüenza ante su mirada, me sentía invadido por sus dedos, por su lengua y por sus ojos; pero él no paraba y yo quería que se detuviera, que me diera un respiro, que dejara de lado su devoradora mirada. Al mismo tiempo quería que siguiera hurgando en mi agujero.

Escuchaba ese sonido escurridizo de sus dedos en mi interior y por momentos me cubría el rostro con las manos; pero era imposible no ver la cara de lujuria y ese gesto complacido de Víctor cada vez que me veía saltar ante algún impulso de placer.

Su mano estaba cerrada alrededor de mi pija, subiendo y bajando, acariciando con especial cuidado la cabeza y frotando todo el tronco sin piedad. Elevé mis caderas y sujeté su espalda con fuerza sintiendo que mi cuerpo se arqueaba hacia atrás sin que pudiera detener esas olas eléctricas que movían mi pene, mi pubis y mis piernas sin control.

De pronto me dio la vuelta y me vi rodando por la sábana, sintiendo el roce de la tela sobre mi pecho y sobre mi polla que estaba mojada y al tiempo de estallar. Sentí como Víctor sacaba sus dedos y acomodaba la hinchada cabeza de su dura polla en mi trasero. La frotaba y punteaba mientras ensayaba la mejor manera de penetrar.

Al principio mis instintos me hicieron apretar un poco el trasero y cuando su abultada pija venció mi resistencia sentí un dolor agudo, como si me estuvieran partiendo en dos. ¿Mi primera vez no iba a ser placentera?, pensé y me dio coraje. Respiré profundamente y poco a poco relajé mi cuerpo, como lo hacía cuando me daba algún calambre muscular en el entrenamiento.

La polla de Víctor pudo entrar. Abriendo las paredes de mi recto, rosando sus protuberancias, haciendo ese sonido mojado, dejándome sin aliento, quemándome por dentro y haciéndome sentir la puta más barata del burdel.

¿Qué más puedo contarte de mi primera vez? ¿Qué gemí sin control, que me dolió mucho, que me volví loco cuando Víctor me mamó la polla hasta hacerme venir varias veces? ¿Que dije basta muchas veces y que dije “mátame”, “párteme” muchas más?

¿Qué más quieres saber?

Víctor bramaba como si fuera un toro y repetía mi nombre varias veces justo cuando estaba a punto de venirse.

La primera vez que tuve su caliente semen dentro de mi cuerpo me sentí complacido porque había soñado con ese momento. No fue como en los videos porno que vi algunas veces, porque el gesto que hizo mi hermano no fue de placer y dominio, no fue ese gesto rudo como el que hacen los actores; en el brillo de sus ojos pude ver ternura y la mueca de su boca me mostró su amor.

Cada vez que entraba me sentía más unido a él y cuando su pene salía mojado, escurriendo por entre mis nalgas me sentía dichoso de haberlo complacido.

No te diré que esa noche sentí orgasmos de película, no fue así. Estaba algo más adolorido; pero con el paso de los días y las semanas gracias a Víctor aprendí algo más de mi cuerpo y de mi alma y pude abrirme a fantasías que jamás imaginé.

Quedamos mojados de sudor, saliva y semen; inundados con nuestros besos y protegidos con nuestro amor. 


Abrí los ojos y lo encontre respirando a mi lado.

Víctor era mi realidad en carne y hueso expuesta ante mis ojos maravillados por su perfecta belleza. Su pecho y su polla se ofrecía una vez más ante mi hambrienta boca. Yo era el niño pordiosero que durante más de un año había observado el pastel con las manos puestas en la vitrina, insalivando al imaginar su sabor, tratando de llenarse solo con los bellos colores de su decorado.

Víctor era ese pastel que estaba al alcance mis manos, de mis ojos, de mi piel. Solo tenía que estirar mi brazo y tocar su frente, solo tenía que moverme un poco y rozar su pétreo vientre, solo tenía que bajar un poco la mirada y contemplar el varonil espectáculo de su cuerpo.

Pero no pude seguir observando su belleza porque me apremiaba ir al baño y en el momento que puse mis pies en el suelo mis caderas se convirtieron en gelatina y caí. Qué estúpido me sentí cuando a duras penas me senté sobre mis rodillas y apoyé mi torso sobre la cama, porque mi mirada se cruzó con la suya y el rubor asaltó mi cara.

—Yuri tómalo con calma —me dijo e intentó en vano esconder su risa.

—Maldita sea, quiero ir al baño y no puedo levantarme —intenté explicarle de la manera más formal.

—¿Quieres que te ayude? —Se sentó de inmediato moviendo con pesadez su cuerpo.

—¡No! —No quería que pensara que era un tipo muy débil.

—Entonces ve a gatas como un bebé. —Se quedó mirando sin mover un solo músculo mientras yo hacía un gran esfuerzo por volver a ponerme en pie.

Le mostré mi enfado y volví a fracasar en mi segundo intento por sostenerme en pie. Tuve que hacerle caso y me arrastré como si fuera un zombi en medio de las tumbas. Llegué al baño a tiempo y sentí tanto alivio que por poco me vuelvo a quedar dormido.

Solo un baño de agua fría me haría reaccionar ese momento. Fue tan difícil mantener el equilibrio dentro de la bañera, pero no me di por vencido y en un minuto estuve bajo el potente chorro, sentado y sujetando mis piernas con los brazos. Me hice bolita por un instante hasta que mi propio cuerpo comenzó a reaccionar y del entumecimiento inicial pasó al movimiento difuso, entibié el agua y en ese momento mi hermano entró a la ducha conmigo.

—¿Cómo estás Yuri? —cerró la puerta de la ducha y se metió bajo el agua sacudiendo su cuerpo como un mastín, aunque por la estructura de su cuerpo él parecería más un fino galgo.

—Tengo el culo roto, pero estoy muy feliz. —Víctor río y yo sonreí sin ganas.

No tenía fuerzas para repasar el jabón sobre mi cuerpo o para lavar mi cabello. Solo quería quedarme allí por siempre, así tan mojado y tan satisfecho.

Todo el dolor de la noche anterior valió la pena, porque también sentí placer y, no te hablo solo del placer efímero del orgasmo, te hablo de mis sentimientos que se vieron retribuidos con la inmensa sensación de lujuria con la que nos unimos.

No tenía intención de volver a la cama a pesar que mis caderas se empeñaban en traicionar mi avance. Eran las cinco de la tarde, mi vacío estómago sonaba sin parar y es que desde la noche anterior no había probado bocado y tampoco lo había hecho mi hermano.

Abrí la puerta del refrigerador y tomé todo lo que pude de él. Leche fresca, fresas heladas, algo de nata, un molde de pan blanco e improvisé un desayuno en plena hora del té. Si no lo hacía moriría en el acto y mis restos serían encontrados en la sala, cubiertos de con la bata de baño y con la actitud de un hombre sediento que no llegó al oasis para evitar su angustiosa muerte.

Ese simple jugo de fresa y pan con natilla fue el mejor desayuno que probé en mucho tiempo. Mi hermano y yo comimos en silencio, no dijimos nada sobre nuestra mañana de placer, ni de ese primer encuentro porque si bien el alma estaba llena de felicidad, el cuerpo no encontraba satisfacción con los improvisados alimentos.

Víctor llamó a un servicio de entrega y pedimos comida como para un ejército. No nos importó que fuera comida rápida, llena de grasa y almidón. Hamburguesas de carne de ternera con doble ración de papas para mí y una cubeta gigante con papas y ensalada para Víctor. Devoramos todo y compartimos nuestros pedidos hasta que sentí que ya no podía comer más, fue el mismo instante que mi hermano se sintió culpable por todo lo que comió.

Después de ver con mucha felicidad nuestros estómagos hinchados y de guardar una gran parte del pedido en la nevera, nos sentamos en la sala y mi hermano puso algo de música. Un poco de jazz, que tanto le gusta escuchar cuando se siente alegre y lujurioso.

Apoyé mi cabeza en su hombro y él tomó mi mano acariciando el dorso con mucha suavidad. Escuchamos en silencio los acordes del saxofón, ambos coincidimos al decir casi al mismo tiempo que era un quejido muy sensual.

—No estoy arrepentido. —Sus dedos caminaron hacia mi brazo y comenzaron a hacer círculos sobre la bata de baño.

—Me dolió —le dije con el gesto muy amargo y luego de ver cierto pesar en sus ojos corregí—, pero me gustó.

Levanté la cabeza y su nariz acarició la mía. Mis dedos repasaron cada ángulo de su rostro y con cada mirada, con cada pestañeo, con cada respiración que se unía a la mía sentí que no solo era su piel o sus ojos de zafiro los que me habían conquistado.

Más allá de su belleza y su viril mentón, Víctor guardaba algo que no era material y que me atraía hacia él. Y solo fue hasta ese momento que me di cuenta que existía ese algo que jamás pude definir, ese algo que me hasta ahora no puedo explicar, no existe razón que lo defina, es como si fuera una droga, como la energía de un imán y por más que lo piense no puedo entender qué es. Era como una gran familiaridad que me llevaba a gustar de él, a desearlo y a la vez a sentir que podía ser capaz de dar todo por mi hermano.

Tal vez esa sea una forma de definir al amor. Te hablo de la cara buena del amor.

Un beso intenso volvió a encender la hoguera, pero yo me sentía demasiado adolorido para volver a tener a Víctor dentro.

—Aún me duele Víctor. —Quería volver a sentir todo ese caudal de placer, pero tenía que ser sincero. Tal vez si él volvía a follarme de la forma que lo hizo horas atrás yo colapsaría.

—No voy a penetrarte Yuri, sería un bruto si lo hiciera ahora. —Me pellizcó la nariz y se puso en pie—. Hay otras maneras de gozarte, pequeño.

Víctor me enseño que hay muchas maneras de hacer el amor, de tocarse y de sentir a la persona que amas; pero de todas ellas quizá la más especial sea el sexo oral.

Ya sabes que una buena mamada te puede llevar a la gloria, te puede hacer estallar y te hace sentir muy especial porque entiendes que tu pareja acepta todo de ti. Tu sonrisa, tu boca, tu olor, tu corte de cabello, tus gustos raros por los zapatos, tus manías cuando vas a la tienda de videojuegos, ese perfume que nunca abandonas, tu manera de morder la goma de mascar, tu forma de cantar, la manera cómo mueves tu cuerpo al caminar, la forma cómo lo miras y le pides que te haga te acompañe en esa tarde lluviosa. Te acepta todo y también acepta tu sabor más íntimo en su boca.

La idea me encendió, pero mi cuerpo; mi cuerpo de atleta bien formado, hecho para las grandes batallas sobre el hielo, mi preciado y firme cuerpo parecía un plato de spagetti sobre la cama. Víctor y yo sabíamos que un orgasmo más me llevaría a dormir el resto del sábado.

Sabiéndome algo débil y perezoso por el gran almuerzo-cena que comimos, hice lo que me correspondía y también lo que hacía tiempo, pienso, Víctor quería que hiciera.

Diez mil papilas en mi lengua, en forma de hongo, en forma de cáliz, como delgadísimos filamentos o como pequeñísimas hojas de árbol, se habían propuesto conocer el sabor intenso de ese hombre con el que había soñado despierto muchas noches de verano. Se prepararon para recibir su sabor amargo y salado, ese sabor de macho que quería conocer con apremio y se elevaron dispuestas a hacer su labor cuando mis manos soltaron la cinta que ataba la bata de baño de mi hermano.

No era extraño para mí jugar con mi boca sobre un gran pedazo de carne y tenerla llena hasta la garganta. Vladimir fue el primer hombre que me enseñó a contenerlo por completo cuando jugábamos en su carro o cuando hacíamos travesuras en el vestidor del equipo.

¿Es delicioso tener una pieza dura, mojada y salada en la boca?

Depende de quién es el que está junto a ti. Jamás se lo haría a un hombre que no me atrajera demasiado y sería mucho mejor si lo hiciera con alguien a quien pudiera amar.

Esa noche con la pija de Víctor quemando mi paladar y empujando mi campanilla me sentí realizado, como si hubiera alcanzado otra victoria y otra medalla. Chupárselo a mi hermano había sido parte de las fantasías locas en mis noches de placer en solitario. Incluso cuando tuve la oportunidad de estar con Zhúkov, te confieso que alguna vez cerré los ojos e imaginé que estaba probando la de Víctor.

Frente a mí se erguía orgullosa esa gran polla húmeda a la que empecé a acariciar hasta tensarla al máximo, hasta escuchar que su dueño suspiraba sin parar. La invité con la punta de mi lengua a salir de su envoltorio y mostrarse completa, desnudé su ancha cabeza, tan caliente y enrojecida por la sangre que quedó detenida para endurecerla.

Ensayé una mirada de niño inocente y observé ese brillo rojo e intenso de la lujuria en las pupilas de mi hermano, relamí mis labios un par de veces y repasé con mucha suavidad, desde la bulbosa punta hasta el engrosado tronco, yendo y viniendo una y otra vez, sintiendo su primer sabor y aspirando ese aroma único, que no puedo comparar, un olor a… Víctor.

Con él aprendí que una buena felación no solo consiste en succionar todo lo que puedas el pene de tu pareja, siendo hombre sé que la succión fuerte podría incluso ser peligrosa pues puede romper algunas pequeñas venas y hasta resulta dolorosa.

También me enseñó que cada quien debe saber cuál es el ritmo que quiere aplicar en cada mamada; a qué velocidad ir, en qué lugares detenerse, cómo hacer para respirar y no asfixiarse, cómo jugar cuando quieres tomar algo de aire y cómo volver a tomarla dentro de la boca.

Con el tiempo descubrí que la mejor manera de hacer sentir bien a un hombre es pensar que estás comiendo una gran paleta de hielo y que debes hacer todo lo posible para que ésta no chorree a tus manos.

Víctor fue mi paleta dulce y amarga.

No recuerdo cuánto tiempo estuve jugando con su gran polla, más larga que la de Zhúkov, pero menos gruesa; sólo sé que tenía tantas ganas de ver cómo lograba excitarlo y complacerlo que hice magia con mis manos y mi boca hasta que sus claros ojos celestes se oscurecieron un poco y lo vi vencido, lo vi lloroso, lo vi morir un segundo y tuvo que apoyar el brazo en el espaldar del sofá para que no cayera sobre mí.

Incluso en ese momento seguí disfrutando de los últimos sabores de su hinchada polla, mientras Víctor se sacudía de pies a cabeza y pedía una tregua entre jadeos y palabras que no lograba comprender.

Sonreí.

—Ninguna boca fue tan golosa como la tuya mi Yuri —me dijo con el aliento cortado y ese brillo de sudor en la piel.

Fue el mejor halago que me hicieron y aunque lo miré furioso escondí en mi pecho la gran satisfacción que me provocaban sus palabras, su rostro encendido y su sonrisa complacida.

Mi hermano cayó de rodillas y se dejó vencer por la intensa oleada de vibraciones, acomodó su cabeza en mi entrepierna buscando el descanso que le devolviera algo de esa energía que había perdido cuando tomando mi rostro arremetió con la fuerza de un alazán en mi boca.

Yo estaba excitado desde hacía un buen rato y mientras aspiraba el aire para calmar mi agitado pecho, él hizo algo que nunca olvidaré. Devoró entera toda mi polla y no dejó de mover la lengua mientras una y otra vez la veía desaparecer en su boca.

No duré tanto como Víctor, pero grité más que él porque todo el ardor que tenía atascado en mi cuerpo se impulsó en un solo chorro que inundó su boca y se desbordó por la comisura de sus delgados labios.

Durante un buen rato no dejé de temblar y hasta me olvidé de lo adolorido que estaba mi cuerpo por dentro y por fuera. Me hundí en los cojines del sofá cerrando mis ojos y sintiendo el calor intenso de los pectorales de Vitya que se pegaban a los míos y me animaban a seguir haciendo algo más.

Sabía que me iba a arrepentir, pero acepté. Y como si fuera un muñeco de trapo me llevó sobre su hombro hasta la cama. La misma cama donde había jurado amor muchas veces a Anya, la cama donde la engañó y la cama donde, desde ese momento, comencé a reinar.


Después de hacer el amor llega un momento de calma y satisfacción que si tan solo lo disfrutas en silencio permite a tu corazón conversar con el corazón de tu amante y yo aprendí a disfrutar de esos momentos de quietud donde casi todo desaparecía y solo importábamos los dos.

Pero esa noche una pregunta curiosa interrumpió la quietud de la noche y lo que inició como un acto muy infantil se convirtió en la confesión sincera de dos hombres que se amaban.

—Víctor… ¿a qué edad lo hiciste por primera vez? —Me sentí algo tonto porque de antemano sabía que su primera pareja fue un modelo suizo cuando ambos eran adolescentes se enamoraron y vivieron una frustrante relación clandestina.

—Pues déjame recordar… —Puso su dedo índice sobre sus labios mientras su mirada se perdía intentado traer a esa noche las imágenes de otro amante y de inmediato sonrió—. Fue a los diecisiete con una chica muy especial de la agencia.

—¿Quién? —Sentí celos de su pasado, qué tonto ¿no?

—Un buen hombre dice cuál es el pecado, pero jamás mencionará el nombre del demonio que lo tentó. —Allí estaba Vitya confesando una vez más algo muy íntimo que supongo no a todos dijo. Se quedó callado durante varios segundos y me sorprendió con su siguiente pregunta—. ¿Y tu… estuviste alguna vez con una chica?

—No —le dije con determinación y reafirmé—. ¡Jamás!

—Y esa muchachita con la que te encontré en la cama de mi amigo Iván. —Víctor no había olvidado esa noche.

—No hice nada con ella —le dije con toda sinceridad.

—Pero los dos estaban con poca ropa. —Víctor me miró con una expresión confusa.

—Nunca iba a tocarla —Junté el entrecejo para que me creyera—. No pienso en tener intimidad con una chica. Además, le di mi palabra.

—¿No quisiste probar? —Víctor parecía un verdadero hermano preocupado.

—No, porque viéndola esa noche entre mis brazos comprobé que solo me gustan los hombres y también supe que estaba muy enamorado de ti —le declaré mi amor con firmeza.

—¿Estabas? —me preguntó inflando los cachetes en forma graciosa.

—Estoy enamorado de ti Vitya —le dije entre dientes y no quise mirarlo a los ojos.

Pero él buscó mi mirada con insistencia y cuando sus ojos se quedaron quietos sobre los míos me habló de su amor. —Yuri, cada segundo que callé mis sentimientos valió la pena. Te amo y no me pidas que te diga por qué, solo sé que quiero que seas por siempre mío y que nada me importa ya.

Nos besamos con la suavidad que se besan los cisnes en los lagos y nuestros cuerpos enredados volvieron a ponerse calientes y duros, nuestras bocas se juntaron y volvimos a follar como si fuéramos a morir al día siguiente.

Fui honesto con Víctor. Le dije que lo amaba, le juré muchas noches que mi corazón era suyo, me vestí de amor todo el tiempo que él me tuvo y la pequeña frase “te amo” pasó a ser parte de mi vocabulario.

Entregué todo en nombre de ese amor, sin miedos y sin escatimar mis sentimientos, porque jamás me gusta hacer las cosas a medias y porque soy un verdadero tigre que a veces retrocede un poco, pero solo es para superar los obstáculos de un buen salto.

Me había enamorado por primera vez y no tenía idea de qué hacer o decir. Sin embargo, acepté ese reto como todos los desafíos que me trajo la vida. Sin ningún temor por el futuro y, confiando en que el amor de mi hermano era igual al mío, fui absolutamente honesto y le dije cuánto lo amaba y lo mucho que él significaba en vida.

Pero ahora que veo todo en perspectiva, ahora que trato de entender con calma todo lo que Víctor y yo vivimos y sentimos, pienso que el primer amor siempre genera expectativas demasiado altas.

Ahora que te cuento todo esto pienso que creer que Víctor era mi mundo entero fue mi peor error.

Notas de autor:

Necesitaba saber qué sentía Yuri, cómo era su visión de ese momento. ¡Era su primera vez! Lo dijo de una manera un poco cruda, pero ya saben él es así. No esperen que sea poeta.

Gracias por seguir con la historia.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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