Una vieja herida


Víctor se dispuso a llevar la vieja maleta al cuarto de juegos. Según él era el mejor lugar para acomodar las cosas que pertenecían a… se dio cuenta del exabrupto de había cometido al mencionar su nombre y no quiso hablar más. Pero como la maleta resultaba ser muy pesada fue el buen Georgi y la atenta Mila quienes terminaron cargando el nuevo tesoro del joven amo.

Durante la siguiente semana Víctor se dispuso a descubrir cada detalle de esos álbumes y trató de entender las cartas que encontró en un compartimento especial de la maleta; pero un niño ruso de nueve años no podía tener ninguna oportunidad de conocer el idioma de uno de los países del oriente lejano.

Las tardes de ligera lluvia le obligaron a quedarse en el cuarto de juegos y luego de convencer a su padre que dejara pasar a Makkachin para que lo acompañase, Víctor tendió una gruesa alfombra sobre el piso y los tres amigos se tumbaron sobre ella mirando cada detalle que esas viejas fotografías ofrecían sobre el pasado de la mansión.

Uno de esos álbumes era el que pertenecía a la familia de Yuuri y al notar que muchas fotografías habían sido arrancadas y estaban entreveradas con otras, los dos niños inventaron un juego especial. Yuuri le señalaba en qué foja del álbum podía acomodar una foto suya o de su familia y Víctor la guardaba entre las pestañas esquineras o las pegaba directamente sobre la negra cartulina.

Fue divertido para los dos ver esas imágenes; pero Yuuri no pudo evitar que la nostalgia tocara las puertas de su corazón. A menudo suspiraba al ver a su madre, a su padre o a su hermana en alguna imagen. Sus gestos no decían mucho cada vez que miraba una fotografía suya y la dejaba pasar sin detenerse en ella; sin embargo, una de esas imágenes sueltas llamó su atención.

Era él vistiendo un traje muy especial de color negro, al parecer estaba dormido y muy bien acomodado sobre un elegante sillón.

Víctor se preguntó ¿por qué tomarían una foto tan bien elaborada de un niño que dormía?, la sujetó con cuidado y la acomodó en el único lugar que quedaba del álbum, la página final. Esa tarde Yuuri calló sus balbuceos y con cierta tristeza bajó al sótano cuando la campana anunció la cena.

Después de compartir la mesa con su familia, Víctor se excusó para no acompañarlos en la sobremesa y con cierta prisa subió a su habitación. Tenía tantas ganas de seguir viendo todo su tesoro, de hablar con Yuuri y compartir un rato más echados sobre la alfombra o sentados en el sillón.

Pero en lugar que Yuuri fuera su compañía, fue su padre quien entró en la habitación y contempló el ligero desorden en el que habían quedado las imágenes y los demás recuerdos. Víctor intentó ordenarlos, mas su padre se lo impidió y se sentó junto a él en el sillón.

Tomó una de las fotos y la miró con mucha atención, luego observó los estantes llenos de juguetes, las cortinas, la puerta y suspiró.

—¿Esas son las cosas del niño del espejo? —Sin ningún preámbulo Miroslav le preguntó.

Víctor abrió los ojos y se quedó sin palabras—. ¿Cómo sabes lo del espejo?

—No lo recuerdo bien —comenzó a explicar Miroslav—. Tendría como cinco o seis años cuando entré una noche en esta habitación a jugar con mis primos y primas que llegaron para las fiestas de navidad, cuando está aún era la casa del abuelo. Once niños que reíamos viendo el tren que el abuelo había mandado hacer para nosotros, nos habíamos acomodado alrededor de la mesa y a cada uno le tocaba un turno para hacer que el tren se moviera. De pronto vi que no éramos los once nietos menores los que estábamos mirando el tren, había un pequeño más que estaba parado en esa esquina y yo pensé que era uno de los niños de los trabajadores. Recuerdo que volví la cabeza para ver cómo pasaba el tren por el puente y cuando volví mi vista a la esquina, el niño ya no estaba.

Víctor escuchaba maravillado la historia de su padre, él también había visto a Yuuri y seguramente no lo creería loco o tonto si le contaba algo sobre el problema de su amigo.

—El problema es que al parecer solo fui yo quien lo vio y mis primos se burlaron de mí cuando les hablé sobre él. Pero cuando mis padres decidieron quedarse en esta casa a cuidar del abuelo, el pequeño y yo hicimos una especial amistad. —Miroslav miró el estante más grande con cierta nostalgia y sonrió—. En lugar de ese estante de juguetes antiguos estaba armado el ropero del sótano. Yo jugaba con todos estos juegos y él solo me miraba, sostenía con fuerza su peluche y sonreía y, cuando yo lo invitaba a jugar, desaparecía. 

—¿Nunca te dijo su nombre? —Víctor puso el rostro serio y la mano sobre el mentón.

—Él no hablaba y yo no quise molestar con mis preguntas —recordó Miroslav—, pero pasó hace tanto tiempo que solo me quedó el recuerdo de sus ojos marrones y la forma cómo se escondía por los rincones observándome.

Miroslav parecía transportado hacia su primera infancia pues sonreía con añoranza y proyectaba su mirada más allá de esa habitación, mientras Víctor terminó de guardar los últimos álbumes en un cajón del estante grande y acomodó el perro de peluche sobre el taburete pequeño junto a la ventana.

—Se llama Yuuri —comentó Víctor viendo cómo su padre levantaba una ceja ante su explicación—. Extraña a su madre y no recuerda lo que le pasó. —Se acercó a su padre y lo tomó de la mano como si fuera otra vez un niño—. ¿Sabes cómo murió?

—Cuando el padre de mi abuelo compró esta casa ese pequeño ya penaba en la mansión y eso lo supe porque una vez pregunté a las personas que trabajaban aquí y algunas con mucho temor me contaron que había visto la sombra del niño. —Miroslav apretó con cuidado la delicada mano de Víctor.

—Hay cartas que están escritas en un lenguaje que no puedo entender —Víctor abrió de nuevo un cajón del estante y sacó con mucho cuidado un sobre de cuero que guardaba muchas misivas en su interior—. ¿Sabes qué lenguaje es?

Miroslav las revisó con curiosidad y le pidió que se las prestase para que junto a Yakov pudieran revisarlas. Una cosa sí quedaba cierta, eran letras que solo vio en revistas que provenían de países orientales.

Después de un prolongado suspiro, Miroslav se puso en pie y sujetó del hombro a Víctor, lo miró con mucha seriedad y, hasta con cierto rigor, le hizo un pedido incomprensible.

—Es mejor que no juegues mucho con ese niño Vitenka. —Con pena el hombre observó que la expresión de Víctor cambió y su transparente mirada se endureció—. Te pido que no hagas mucha amistad con él.

—Pero papá… —Víctor no podía creer que su padre, un hombre tan amable y generoso le hiciera ese extraño pedido—, Yuuri es un niño muy bueno. Él jamás me haría daño.

—Lo sé Vítenka, lo sé; pero es mejor que me hagas caso. —Miroslav se alejó hacia la salida del cuarto de juegos y sabiendo que Víctor no aceptaría sus palabras a menos que le diera una buena razón, argumentó—. No vamos a vivir mucho tiempo en esta casa hijo y tal vez quien resulte dañado sea ese pequeño niño del espejo.

Víctor sintió por primera vez una aguda punzada en el corazón. No había pensado qué iba a pasar con Yuuri cuando llegara el tiempo de marcharse de esa mansión y regresar a casa. Con pena tomó el peluche de Yuuri y lo acarició.

Cuando el marqués Nikiforov salió del cuarto donde guardaba sus recuerdos de infancia miró la ventana del que fuera su dormitorio y recordó el día que junto a sus padres partió hacia San Petersburgo. Estaba muy feliz pensando en su nuevo hogar, su nueva habitación y los juegos que papá le prometió compraría para su nuevo cuarto de juguetes, estaba tan contento que no se dio tiempo para despedirse de su silencioso amiguito.

Antes de subir al carruaje que lo llevaría a su nueva vida, Miroslav sintió un pequeño revuelo en el corazón y cuando levantó la mirada hacia la ventana de su habitación vio que el pequeño espíritu que lo había acompañado durante los tres años que vivieron con el abuelo, lo miraba por la ventana con las manitos pegadas en el vidrio y los cachetes mojados por el llanto.

Miroslav solo levantó la mano y le dijo adiós. Fue tanta la pena que le causó ver ese rostro redondo constreñido y esos ojos oscuros angustiados que prometió volver al siguiente año. Fue una promesa que hizo de todo corazón; pero la vida no le permitió retornar a la mansión y, con el paso de las primaveras, la imagen del pequeño Yuuri se desvaneció en su memoria.

Solo el día que decidió alejarse de su lujosa vida de aristócrata y llevar a su familia a un refugio seguro, recordó su lejana promesa y el rostro de un niño que lloraba en la ventana, aunque al principio no supo reconocer quién era el pequeño.

Miroslav bajó las escaleras rumbo a su despacho y pensó que el niño del espejo seguramente confundió a Víctor con ese pequeño que hacía muchos años jugaba con él.

Víctor tenía la misma sonrisa y el mismo color de cabello que tenía Miroslava cuando dejó llorando a Yuuri en la ventana de su habitación.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: