Una sola condición


Víctor se propuso ser más aplicado, puntual y exigente consigo mismo porque tenía un gran motivo para dejar todas sus obligaciones realizadas: Yuuri.

Observar el pálido reflejo del pequeño niño en el espejo se convirtió en la mayor ilusión del día. Y no fue nada fácil volver a verlo y es que los niños desencarnados no saben del tiempo y muchas veces olvidan las direcciones. Yuuri era de esos pequeños fantasmas que no se guiaba fácilmente para retornar al espejo o, al menos, eso era lo que pensaba Víctor.

Pero el chiquillo fue paciente y según avanzaban los días se fue dando cuenta que Yuuri entraba todas las tardes al cuarto de juegos y desde la puerta o desde rincón lo observaba jugar.

Víctor sentía su presencia y ya no se incomodaba ni tampoco experimentaba esa sensación extraña que el temor genera en la espalda, así que lo dejaba mirar; pero cuando él lo miraba, Yuuri se ocultaba en las esquinas o detrás de las cortinas.

También comprobó un par de veces que Yuuri entraba a la habitación a jugar por su cuenta. Cuando él estaba en la biblioteca estudiando con el maestro Yacov Feltsman, cuando seguía la lección de piano de la maestra Lilia en el salón de música o cuando en el prado jugaba con Makkachin. Lo sabía porque Yuuri dejaba los juguetes en un orden distinto al que él estaba acostumbrado y a veces los encontraba en el suelo o fuera de los cajones.

Una tarde en que las hojas secas de los árboles regaban lentamente los jardines de la mansión, Víctor bajó a hurtadillas al oscuro depósito del sótano portando un gran lamparín, arrimó un sillón frente al espejo y se sentó en él dispuesto a capturar, aunque solo fuera con la mirada, a ese tímido niño.

Llevó consigo una colección de cuentos que su madre solía leerle cuando era pequeño, cuentos muy cortos, de fojas enormes, con letras gigantes y hermosos dibujos. Cuentos que hablaban de caballeros valientes, dragones peligrosos, ogros hambrientos, hechiceras malas y princesas bellas. Y comenzó a leerlos en voz baja.

Así, el pequeño astuto acertó con la estrategia.

Al no poder escuchar bien lo que decía, Yuuri se acercó cada vez más al límite del espejo, posó sus manitas en el borde y se quedó calladito para poder escuchar.

—… y ese beso rompió el hechizo y la bruja malvada se convirtió en polvo mientras la princesa despertó y al ver al príncipe valiente se enamoró de él. —Víctor calló y dio vuelta a la hoja para que Yuuri pudiera ver el hermoso dibujo con el que un artista había ilustrado el final del cuento.

Yuuri se asomó y, tras mirar unos segundos al príncipe y la princesa sonriendo, levantó la mirada, la detuvo sobre los claros ojos de Víctor y notó que él ya no se asustaba.

—Nieve —dijo el pequeño señalando las blancas hebras del cabello de Víctor que lucían bien peinadas y sujetas en una cola alta.

—Algunas personas en la familia de mi padre tienen el cabello gris —murmuró Víctor sonriendo—. ¿Quieres tocarlo? —dijo divertido y desató la cinta que sujetaba sus mechones.

Yuuri asintió y sacó por el espejo la rechoncha mano hasta posarla sobre el suave cabello de Víctor. El chiquillo se estremeció de pies a cabeza y sintió un frío rayo recorrer su cuerpo. Era una sensación similar a aquella que lo había despertado la primera noche que vio a su fantasmal amigo.

—¿Te gustaría jugar conmigo? —preguntó Víctor empeñado en ganar la confianza de esa alma solitaria.

Yuuri asintió en silencio una vez más y cuando Víctor le dio espacio salió mirando a un lado y a otro como un conejito asustado. Juntos subieron las escaleras hasta llegar a la habitación de juegos y caminaron hasta pararse frente al estante de juguetes antiguos.

Yuuri levantó la cabeza, miró hasta la parte más alta y estiró su cuerpecito tratando de alcanzarla. Víctor observó una vez más esa actitud, arrimó la silla y subió en ella.

—¿Qué juguete quieres que baje? —preguntó mirando al niño que aún se sostenía en puntas de pie.

Yuuri no supo explicar, entonces Víctor señaló cada objeto inalcanzable de los estantes más altos viendo que el niño negaba haciendo pucheros con los labios. Víctor tocó cada juguete en estricto orden hasta que sus dedos rozaron el pequeño perro de felpa muy parecido a su caniche que estaba ubicado en el gabinete más alto y cuando vio que Yuuri sonreía y aplaudía, lo bajó por él. Lo sacudió un poco para quitarle el polvo que llevaba encima y comprobó que le faltaba un brazo.

Víctor alcanzó el peluche a Yuuri, éste lo abrazó con fuerza y se puso a suspirar. Víctor lo miró con pena y mientras su quejido se hacía agudo observó que su cuerpo comenzó a desaparecer y que el oso flotaba frente a sus ojos.

—¡Mamá! —la triste voz de Yuuri parecía ahogada.

—Yuuri no te veo —dijo Víctor entristecido y estiró la mano hacia el perrito—. ¿Dónde está tu mamá?

Yuuri solo dejó visible su cabeza y negó en silencio.

Víctor sintió que el corazón se le comprimía porque Yuuri era un niño tan chiquito y no podía imaginar que alguien como él tuviera que buscar a una mamá, no podía imaginar cuán solo se podía sentir en ese mundo de espíritus.

—Si juegas conmigo yo te ayudaré a buscar a tu mamá —afirmó Víctor y sintiendo aún el temblor que el intenso frío producía en su rostro y su espalda sonrió para provocar una sonrisa en ese rostro de cachetes inflados—. ¿Cuántos años tienes Yuuri?

Yuuri volvió a hacer visible su torso y parecía flotar, con sus ojos húmedos miró sus manos, pensó un poco y mostró los cinco deditos tiesos y colorados de su mano izquierda. Víctor se enterneció, era realmente tan pequeño, seguramente había llorado mucho y se había angustiado al verse solo en esa casa y en ese lugar de nubes que estaba al otro lado del espejo.

Pero como quería ser un buen amigo, lo invitó a sentarse junto a él en el sofá, leyó otro cuento y miró las ilustraciones junto a un Yuuri que volvió a hacer visible todo su cuerpo. No le importó el intenso frío que reinaba en la habitación y el pálpito acelerado de su corazón, solo quería compartir ese momento de gran felicidad con Yuuri y acabar con su tristeza y soledad.

Con el paso de los días, Yuuri abrió su corazón y, con las pocas palabras que sabía pronunciar en ruso, con gestos de sus manos y su rostro, contó que no sabía qué le había sucedido, que un día despertó y se encontró muy solo dentro del espejo.

Durante un largo tiempo se había quedado en ese oscuro lugar, pero cuando la casa quedó habitada solo por los trabajadores él se aventuró a volver al salón de juegos que pasó a ser su lugar favorito.

La siguiente tarde los dos amigos volvieron a jugar con el tren y Víctor comprobó que Yuuri podía mover los objetos, pero no podía volverlos a ordenar. Algo abrumados se sentaron en el gran sofá para descansar.

—¿Qué hay dentro del espejo? —preguntó curioso Víctor, tras cerrar un enorme libro con fotografías de color marrón y en blanco y negro de ciudades del mundo que su padre le trajo de Londres.

—Nubes —respondió Yuuri.

—¿Vives con alguien? —Víctor intento observar un poco más el interior brumoso.

Yuuri negó y bajó la cabeza.

—¿Dónde duermes? —le preguntó.

—En la casita blanca —respondió el niño y achicó el espacio entre sus manos.

Yuuri dormía en una casita y Víctor no podía imaginar cuán pequeña era; pero pensó que tal vez sería igual al puesto del vigilante que había visto en el camino.

—¡¿No tienes una casa?! —Víctor reaccionó y su sorpresa creció cuando vio al niño negar con la cabeza.

—¿Por qué no duermes aquí? —señaló el sofá donde ambos estaba sentados.

—Un día dormí —Yuuri respondió y acarició el tapiz marrón del mueble donde Víctor solía leer—. Pero desperté en el espejo.

Los dos nuevos amigos se quedaron callados y su largo silencio se convirtió en un momento de paz, mientras miraban los últimos destellos de luz que el sol regalaba esa tarde y que se posaban sobre un pequeño prisma que Víctor había encontrado y formaba un bello arcoíris de dimensiones pequeñas que ambos apreciaron con los rostros llenos de felicidad.

—Puente —dijo Yuuri al ver el arco de luces; pero Víctor no entendió y lo miró con rostro de pregunta.

Yuuri se puso en pie y haciendo un gran esfuerzo llevó a Víctor de regreso hasta el sótano. Al ver ese rostro iluminado y alegre, Víctor se dejó llevar. Entraron a prisa sin poder aguantar las risas cada vez que chocaban con algún mueble, caminaron hasta que la carrera terminó cuando se pararon frente al espejo del armario.

—Ven —dijo Yuuri entrando en ese mundo insólito y con gran esfuerzo haló el brazo del chiquillo, pero se puso triste cuando vio que la mano de Víctor no pudo ingresar.

—No puedo entrar Yuuri —dijo resignado Víctor.

—¿Por qué? —preguntó el pequeño y frunció el ceño pensando que Víctor no quería pasar.

—Porque no soy como tú —Víctor no sabía cómo explicar el estado que los diferenciaba a los dos.

—¿Yo? —Yuuri se mostró confundido.

—Tú eres un fantasma y yo soy un niño. —Víctor no pudo ser más sincero para hacer entender la única condición que se necesitaba para entrar en el mundo del espejo.

Yuuri lo miró apenado, agachó la cabeza, soltó la mano de Víctor y desapareció en la bruma.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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