Una feroz venganza


Los soldados rodearon a Víctor y al pequeño Makkachin que trataba en vano de soltarse de su captor. Uno de ellos tomó al niño del brazo y lo empujó contra sus padres.

El enorme soldado que los había capturado levantó al sabueso por el cuello hasta dejarlo a la altura de su rostro y contempló los esfuerzos del canino con una maliciosa sonrisa. La mujer que los acompañaba acercó la lámpara de aceite y con voz fría determinó.

—Mátalo.

—¡Nooo por favor! —Víctor intentó detenerlos, pero el fuerte puño de uno de los soldados se estrelló contra su mejilla.

Miroslav intentó reaccionar, pero un nuevo golpe en el estómago hecha por una vara de fierro lo detuvo quitándole el sentido.

El inmenso verdugo se posicionó frente a la familia y comenzó a apretar el cuello del caniche. Makkachin miraba aterrado los ojos furiosos del asesino y se retorcía de dolor tratando de respirar, no entendía qué habían hecho él y su amito para que los odiaran tanto. Luchó con sus menguadas fuerzas y cuando su cuerpo no pudo resistir sintió un agudo dolor en la garganta y se estremeció al no poder respirar.

El hombre tiró el cuerpo de Makkachin al helado suelo y el peludo pudo dar una última mirada al niño que tanto amaba antes de sentir que se alejaba y una inmensa corriente de paz lo arrastraba.

Miroslav apretaba a Víctor contra su pecho para que no viera la crueldad de la que son capaces los hombres. Pero eso no evitó que escuchara los gorgoteos y el último gemido de su querido amigo. Víctor se estremecía entre los brazos de su padre y se sujetaba de su grueso saco con las uñas, gritando y gimiendo por su mascota.

Nikolai abrazaba con fuerza a Ivanna y en medio de los gritos y el llanto la hermosa chica no sabía si preguntar por su bebé o no hacerlo. Intentaba mirar a Víctor mientras su padre trataba de ocultar esos grandes ojos verdes con las manos.

—¡Así mueren los enemigos de la revolución! —gritó la mujer y con el arma apuntado contra los cuerpos de la familia los obligó que siguieran caminando.

Miroslav y Víctor sostuvieron a Angélica que entraba y salía de sus estados de conciencia y se movía como un ente sin voluntad. Víctor sostenía a su madre sobre el hombro y aterrado seguía las crueles órdenes de los verdugos.

—Perdóname papá —Temblando llegó a arrancar unas palabras de su garganta—. Si no me hubiera ido al bosque…

—Víctor —Miroslav cerró la mano sobre el hombro de su hijo y con una mirada amorosa dejó hablar al corazón—. Todo va a pasar. No tengas miedo nuestras almas se unirán en el reino…

Con un gran culatazo de fusil el soldado más joven calló las palabras de Miroslav, este perdió el paso y cayó arrastrando a su familia con él.

—¡No existe dios, entendiste tú puerco burgués!

—¡¿Qué justicia hay en todo esto?! —protestó Nikolai.

—¡No se trata de justicia maldito perro! —respondió la mujer—. ¡Se trata de la revolución!

—¿Revolución? —Al darse cuenta que todos morirían, Nikolai supo que lo único que un hombre no podía perder era su libertad de pensar—. ¿Llamas a esto revolución? No se los puede llamar revolucionarios ni justicieros. Solo son unos malditos delincuentes que llenos de ambición entran a las casas como hienas hambrientas, sedientas de arrebatar lo que no les pertenece y esto solo es un asalto a mano armada porque lo que quieren son las joyas, el dinero, el lujo, las propiedades y el poder de los demás.

—¡Cállate maldito viejo! —La mujer golpeó con su fusil el pecho del anciano; pero éste continuó.

—¡Ambición y codicia es lo que veo en vuestros ojos! —Nikolai estaba resuelto a no callar—. ¡Ni siquiera es una venganza porque las venganzas son actos personales contra enemigos puntuales! ¡Qué les hizo el pobre perro, qué les ha hecho este niño al que quieren matar! ¡No son revolucionarios! ¡Solo son unos asesinos disfrazados desalmados!

Un duro golpe de puño sobre el rostro calló al anciano y éste soltó a Ivanna que no podía pronunciar una sola palabra invadida por el terror. 

El más alto de todos los soldados observó a la muchacha y cuando la marcha mortal se detuvo a orillas del congelado lago, con las mismas manos que había estrangulado al caniche acarició el rostro de Ivanna.

—Ven conmigo —El hombre tomó por la muñeca a la joven y con un fuerte tirón la separó de anciano.

—¡Mátala de una vez! —gritó la mujer haciendo una mueca de desagrado.

—¡Sí, mátala ahora! —secundó Nikolai porque prefería ver a su hija sin vida que humillada por un sucio asesino—. ¡No la deshonres!

Pero el hombre no escuchó las voces y arrastró a Ivanna hacia el bosque para dejar la huella de sus dientes y de sus manos en el cuerpo de una mujer tan bella que seguramente jamás lo hubiera mirado con deseo. El hombre desapareció con Ivanna y a pesar de sus gritos y súplicas no dejó de pensar en sus instintos pues no sabía si la vida le daría nuevamente una oportunidad igual.

Tras de él otro hombre fornido avanzaba, él tampoco se perdería la posibilidad de manchar la virtud de una mujer burguesa y pensando que antes de matarla debía servir a los propósitos de un buen soldado como él, siguió caminando hasta el bosque.

—¡Por qué mierda me sigues! —espetó el más fornido.

—Como siempre serás el primero, idiota —respondió sonriente el soldado de la revolución.

—Y como siempre tú comerás mis sobras. —La gruesa mano del hombre estrujó el brazo de Ivanna venciendo su resistencia y con la palma de la mano abierta atravesó el blanco rostro para mantenerla quieta, pero no pudieron callar sus pedidos de auxilio.

Con el corazón a punto de salir del pecho Nikolai escuchaba los agudos gemidos de su amada hija, observó la recia postura de los soldados que discutían la forma cómo los iban a ejecutar y, mientras éstos decidían si los colgaban de los árboles o los fusilaban en ese instante, el anciano extrajo un revólver de cañón largo que había ocultado en el borde de su abrigo antes de salir de su habitación, lo acomodó en el bolsillo y con mucho cuidado retrajo el martillo.

—¡De rodillas! —gritó la mujer apuntando a todos con el fusil.

Junto a ella caminó un soldado que vestía un largo abrigo de cuero y detrás quedó el más joven de todos recargando su fusil sobre el hombro y tratando de solucionar el mecanismo que lo accionaba. Al parecer el hielo lo había atascado.

Miroslav tomó de la mano a Angélica, ella tocía y lloraba mientras obedecía las órdenes de la revolucionaria asesina. Con el otro brazo sujetó a Víctor del hombro y lo pegó a su cuerpo a la vez que les repetía en voz baja “no tengas miedo”. Una frase con la que trataba de dar valor a su esposa, a su pequeño hijo y sobre todo a sí mismo.  

Víctor se preguntaba cómo sería la muerte, miraba la fría, rígida y negra boca del fusil y pensaba en Yuuri. Jamás le había preguntado cómo se sintió el día que murió y él tampoco le contó. ¿Tal vez lo había olvidado?, ¿tal vez él también olvidaría ese terrorífico momento que estaba viviendo?, ¿cuánto le iba a doler?, ¿se sentiría solo?, ¿iría al cielo?, ¿se quedaría perdido como Yuuri? Víctor cerró los ojos con fuerza y siguió temblando bajo el brazo de su padre.

De pronto se escuchó el primer disparo.

La bala que salió del revólver que sujetaba el conde Plisetsky atravesó la gruesa tela del abrigo y, casi como si estuviera guiada por la mirada iracunda del anciano, penetró el cuerpo del soldado que alistaba su fusil. Fue un tiro que destrozó el músculo del vientre, rasgó las paredes del estómago y se alojó cerca de la espalda. El hombre cayó crispado por el dolor y junto con él su largo fusil que aún no estaba listo.

Sorprendida la mujer reaccionó y apretó el gatillo de su arma. El segundo disparo sonó y la bala entró en el pecho del abuelo Nikolai, destrozó el pulmón y salió por el omóplato derecho; el anciano cayó y la mujer se detuvo a cargar otro tiro.

—¡Oye estúpido dispara! —gritó al más joven.

—¡Está atascada! —el inexperto chico insistió.

Ese fue el momento que Miroslav estaba necesitando para jugarse la vida y proteger la de su hijo. En un último intento se lanzó sobre la mujer y comenzaron a pelear por el arma. La lucha fue de igual a igual pues era tanto el odio que ella sentía, que sus fuerzas se vieron equilibradas con las del marqués.

—¡Huye Vitya! —gritó Angélica y también se lanzó contra la mujer—. ¡Corre y no voltees!

Víctor dudó un par de segundos; pero al ver los desesperados ojos de su madre comenzó la larga carrera para salvar su vida. Tenía que huir y no sabía a donde. En la casa los otros soldados volverían a capturarlo, ir al bosque era imposible, Ivanna seguía gritando desde ese lugar. Tal vez correr a la helada taiga no sería mala idea.

«¿A dónde voy?», pensaba mientras el frío viento de la noche golpeaba su herida mejilla y le obligaba a cerrar los húmedos ojos.

En la profundidad del bosque el fornido hombre sujetaba los cansados brazos de Ivanna y mientras rasgaba su traje, arrancaba mechones de cabello y la dominaba a golpes escuchó el tumulto, levantó la mirada y ordenó a su compañero que regresara al lago. Este protestó, pero al ver el largo puñal que su compañero sacó del cinto decidió volver.

Víctor corrió hacia el único lugar donde se sentiría protegido. Sus fríos pies levantaban la nieve y el corazón le golpeaba el pecho, mientras se acercaba a la mansión. Sabía dónde ir, pero en lugar de entrar por el frente decidió ir por el largo callejón de servicio, allí había algunos lugares que le servirían para ocultarse.

De pronto escuchó un disparo a lo lejos y luego tres disparos más. Víctor se detuvo un pequeño instante, pero no volteó la mirada, aterrado pensó en papá y mamá y a lo lejos volvió a escuchar su desesperado pedido.

“¡Huye!”

Víctor retomó la carrera y tuvo que acelerar los pasos pues sintió dos potentes disparos detrás suyo y la risa estruendosa de uno soldado. Mientras corría se puso a pensar cómo haría para engañarlos, para que no lo buscaran por toda la mansión y para evitar que encontraran al bebé.

De inmediato pensó en volver a las caballerizas. Si nadie lo había tocado, un caballo ensillado estaba esperando por él. Pensó en soltarlo para que esos hombres creyeran que huyó en él. Solo así podría engañar a los soldados e ir al lugar más seguro de la mansión.

Se hallaba perdido en sus pensamientos cuando al pasar por el puente escuchó otro disparo y sintió como si alguien le hubiera golpeado en la espalda. Víctor cayó en medio de la nieve fría y tratando de vencer la oscuridad con la mirada, observó a duras penas que un hombre avanzaba apuntándolo con su fusil.

Víctor ocultó su cabeza entre los brazos y escuchó el estallido del siguiente tiro. Levantó la mirada y vio que el hombre se detuvo, bajó los hombros, dejó caer su arma, cayó de rodillas y su cuerpo golpeó pesadamente uno de los durmientes del puente al mismo tiempo que soltaba un quejido ahogado.

Tras del hombre Víctor reconoció que una figura querida avanzaba a gatas. Se puso en pie y corrió hasta él.

—¡Papá! —Víctor vio que su padre se estiraba en el suelo.

—Shhhhh —con las fuerzas menguadas Miroslav tomó la mano de Víctor y la acercó a sus labios—. Además del soldado gigante, ¿alguien más te vio en esa casa? —Víctor negó en silencio—. Entonces vuelve al refugio Vitenka y no dejes que Yura llore.

Miroslav besó la mano de su hijo y con firmeza lo apartó de su lado. Lo vio ponerse en pie y desaparecer en medio de la noche, se arrastró unos metros más dejando una sangrienta huella en la nieve y, cuando estuvo cerca del hombre a quien persiguió los últimos diez minutos, comprobó con satisfacción que su tiro le había destrozado el cráneo.

Volvió a arrastrase sobre la nieve hasta dejar una buena distancia entre él y el fornido soldado de la Cheka, lo miró con rostro triunfante y dejó que el frío abrazara su cuerpo herido.

Mientras agonizaba, Miroslav recordó el primer disparo que hirió de muerte al soldado del abrigo de cuero. Volvió a recordar el momento que se abalanzó contra la mujer y suejetó su arma. También recordó la forma cómo Angélica se tiró a los pies de esa soldado y la hizo caer. Rememoró la lucha que, junto con su amada, libraron contra la mujer y el artero disparo que salió contra el cuerpo de su esposa que murió en el instante. Volvió a ver la desesperación del soldado joven por destrancar el mecanismo de su fusil y su estúpida actitud que le impidió tomar el arma de su compañero caído.

Recordó el segundo disparo que un herido Nikolai ejecutó, la desesperación con la que la ruda mujer se tomó el cuello y la sangre de ésta derramándose sobre su rostro. Volvió a sentir el golpe que aquel tonto jovencito revolucionario le dio con la cacha del fusil en la cabeza, la lucha que tuvieron cuando lo hirió con su cuchillo de guerra en el estómago y la furia que llevaba en sus adolescentes ojos cuando intentó clavárselo en el pecho.

Nuevamente llegaron las imágenes del soldado que volvió del bosque y apuntó contra su cabeza y la torpe orden que le dio el jovencito para que siguiera a Víctor.

“¡Ve por el bastardo! ¡Este ya está muerto!”

«Tonto», pensó Miroslav.

El soldado creyó que esa herida lo había vencido y que nunca emplearía una estrategia para vencer las fuerzas de un joven que aún parecía un niño. Justo en el momento que el filo de su arma estaba cerca del pecho, Miroslav cedió un poco y, con un golpe de cabeza sobre la curvada nariz, desvaneció al mozuelo, lo tiró a un costado y, con el mismo cuchillo que le había herido, le cortó el cuello.

Miroslav no se explicaba cómo pudo ponerse en pie, cómo tomó el arma del primer soldado muerto, cómo se despidió de un malherido Nikolai que se dirigió al bosque a matar al gigante que forzaba a Ivanna y cómo pudo correr tanto tiempo tras el hombre que perseguía a Víctor.

¿Cómo pudo hacer todo eso si tenía el vientre abierto y hasta podía palpar un pequeño pedazo de sus intestinos?

Las imágenes se sucedieron sin cesar en su memoria y después fueron reemplazadas por aquellos recuerdos de su vida; los buenos, los malos y hasta los vergonzosos y, cuando éstas cesaron, Miroslav Nikiforov dejó de sentir el agudo dolor que estrujaba su vientre y de pronto se sintió liviano.


Víctor siguió corriendo hasta distinguir las luces de la mansión. Temeroso caminó agachado para que nadie lo viera hasta que llegó al límite del cerco que bordeaba su casa. Cuando iba a dar la vuelta hasta la parte trasera tuvo que esconderse entre los arbustos congelados pues uno de los soldados salió de la casa y se dirigió hacia el lago.

Con mucho cuidado avanzó de cuclillas en la nieve hasta llegar al callejón. Con pasos lentos entró en su lóbrega longitud y extendió los brazos para no chocar con ninguna de las cosas que se solían guardar en ese lugar: hachas, rastrillos, tijeras podadoras y otros instrumentos que el jardinero acomodaba con gran cuidado sobre ganchillos pegados a la pared o dejaba apoyados bajo el alero de la casa.

Víctor avanzó topando con las yemas de sus dedos todas las herramientas hasta que su pie chocó contra un madero y su agitado pecho le reclamó que debía parar un instante.

Para recuperar el aliento se escondió tras las pilas de leños que se usaban para encender las chimeneas y durante unos minutos apoyó la espalda al muro de piedra, cerró los ojos y respiró profundamente. De pronto Víctor sintió la voz de Yuuri y pensando que lo había ido a buscar abrió los ojos, apoyó sus manos sobre el suelo helado para incorporarse y ejecutar el plan que, en esos minutos de relajo, había imaginado; pero un agudo dolor en el pecho se lo impidió. 

Víctor se llevó los dedos a la zona adolorida y con asombro comprobó que un líquido caliente mojaba su ropa. Llevó sus dedos temblorosos hasta la nariz y sintió el olor ferroso de la sangre. Apretó los labios y sin tener una explicación se puso en pie y siguió caminando por el largo y oscuro callejón.

Con gran cuidado bordeó el patio trasero de la mansión. Al verlo recordó la última vez que jugó con Makkachin y quiso detenerse a llorar; pero al recordar que el pequeño Yuri podía despertar y hacer bulla volvió a su plan.

En pocos minutos se encontró en las caballerizas. El hermoso potro bayo que había preparado para llevar lejos al caniche aún se encontraba fuera del establo y con la silla puesta sobre el lomo. Por un instante pensó en montarlo y alejarse de la casa; pero le había prometido a Yuuri que volvería al sótano y a su padre, le juró que cuidaría de Yura. Debía cumplir su palabra.

Procurando no hacer ruido y mirando a cada instante las luces y las sombras que se producían en la mansión, sacó al caballo y lo condujo hacia la salida posterior de la casa, abrió la puerta del cerco y con un fuerte golpe en la grupa lo espantó hacia la oscura taiga. El animal salió a prisa y relinchando en la huida.

Víctor no quiso detenerse más y escondiéndose entre los hatos de heno y las carrozas corrió hacia la puerta de la cocina, entró en ella agazapado, escuchó las voces que provenían del salón principal de la casa, ingresó a la pequeña área de distribución y caminó al sótano hasta llegar al armario.

Con mucho cuidado abrió el pestillo de la cerradura, dejó el desarmador en el mismo lugar donde Lilia lo había escondido, caminó en puntas de pie y entró en el estrecho refugio.

Lenta y cuidadosamente cerró la portezuela, acomodó su espalda sobre el frío muro del costado y, cuando su mirada se encontró con los asombrados ojos de Yuuri, no pudo contener las lágrimas y, lánguidas, las dejó caer sobre sus mejillas.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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