Un triste recuerdo


Miroslav revisaba los documentos que Víctor le había dado y junto con Yakov coincidían en señalar que esos signos correspondían a la escritura japonesa, Lilia revisaba unas partituras y Angélica dormitaba adormecida por las medicinas y el opio que le calmaban el dolor.

—Parece que el hombre fue el administrador del anterior dueño de la mansión y por lo visto vivió dentro de la casa con gran consideración y comodidad —comentó Yakov al interpretar algunos libros contables llevados por el padre de Yuuri y que estaban escritos en perfecto ruso.

—Por lo visto eran una familia honrada, que se ganó la consideración del marqués Orlof —añadió Miroslav al ver algunos apuntes familiares en una especie de bitácora o diario personal.

—Las fotografías muestran a dos hijos. —Señaló el maestro una imagen suelta que había sido olvidada entre todos los documentos—. Pero cuando regresaron a Japón solo compraron tres pasajes.

Ese dato solo podía confirmar que el niño del espejo murió en ese lugar y sus padres regresaron años más tarde con tanta prisa que dejaron documentos y retratos valiosos en una maleta oculta en un lugar que nadie pudo imaginar.

—En esta carta el sacerdote del pueblo le indica que no podrá enterrar a su hijo en el cementerio porque la familia tenía otra religión —Yakov acercó la carta a la ventana intentando comprender mejor la caligrafía antigua—. Y al parecer le sugiere que entierren al niño cerca de un lugar santo para que su alma encuentre paz.

—Un lugar santo. —Miroslav se puso a pensar que tal vez no enterraron al niño en un lugar adecuado y que por eso su alma penaba en la casa—. ¿Qué lugar más santo que el cementerio puede existir para enterrar a un niño?

—Tal vez cerca de un templo, un convento o una capilla —dijo Yakov guardando el documento—. Lo importante es que sea tierra consagrada.

—O una ermita…

Miroslav ataba cabos en su mente y al ver la fotografía de la familia, tal vez la última que se tomaron juntos, recordó el rostro de ese pequeño con quien compartió días de juegos y silente felicidad y otra vez tuvo esa sensación punzante en el pecho que había sentido por primera vez aquella primavera cuando dejaron la casa del abuelo y lo vio llorando en la ventana.

Sin proponérselo, Víctor haría lo mismo que él hizo. Dejaría llorando a esa pequeña alma extraviada y tal vez lo vería llorar en la misma ventana o en alguna otra ventana y otra vez el pequeño Yuuri se hundiría en soledad.

De pronto la calma que reinaba en la mansión fue rota por el estruendo del hielo que, al partirse, creó una honda violenta en el lago y cubrió las separadas piezas.

Miroslav miró el lago y sus ojos solo distinguieron a Makkachin ladrando desesperado. Junto con Yakov salieron del salón y corrieron rumbo al bosque. El señor Nazarov, Mila, Georgi, la cocinera y el jardinero también corrieron detrás de un espantado amo que gritaba el nombre de Víctor y le pedía resistir.

La larga carrera culminó cuando todos encontraron a un Víctor cubierto por la nieve y por el cuerpo de Makkachin. Unos segundos antes del fatal evento. Víctor había llegado a la orilla y cuando puso el primer pie sobre tierra firme sintió el extraño crujido tras de sí, un rayo de electricidad atravesó su espalda y como si fuera un ave herida se lanzó sobre su pequeño amigo y su alborotado caniche sin darse cuenta que el inmaterial cuerpo de Yuuri no detendría su caída y que se hundiría sin remedio dentro de una gruesa capa de nieve.

Yakov fue el primero en llegar y abrazó a su pupilo con tanta fuerza que sintió tronar todas las delicadas vértebras del chiquillo. Víctor no sabía cómo explicar lo sucedido pues su corazón aún latía con fuerza y el terror que sintió pensando en que pudo caer en las heladas aguas de ese lago habían endurecido su mandíbula impidiéndole articular las palabras.

Miroslav recibió a Víctor en brazos y apretándolo contra su pecho lo subió a la habitación hasta dejarlo arropado con sus pijamas, una gruesa bufanda roja y kilos de mantas sobre su delgado cuerpo. Víctor lo abrazaba asustado y a la vez miraba si Yuuri aparecía, pues cuando todos llegaron gritando hasta el lugar donde él peleaba con la nieve, el pequeño de ojos chocolate desapareció ante su vista.

—Papá. —Víctor recibió el abrazo de buenas noches de su feliz padre que no dejaba de acariciar su cabello—. Yuuri llegó al lago y se puso llorar para que yo saliera. Yo corrí a consolarlo y cuando salí del lago, el hielo se hundió haciendo ese ruido.

—Significa que ese pequeño te aprecia mucho hijo. —Miroslav intentaba calmar el temblor de sus manos, pues solo pensar que su querido Vitya podía herirse lo estremecía—. Por ese motivo debes hacerle entender que pronto nos iremos para que no sea muy triste para él nuestra partida.  

Víctor volvió a escuchar esa sentencia y el corazón se le estrujó con violencia dentro de su pecho. No quería dejar solo a Yuuri, no quería que se sintiera triste y mucho menos que se pusiera a llorar. Cerró los ojos y sobre la almohada pensó que, si él no podía quedarse, le pediría a Yuuri que los acompañara a San Petersburgo.

«En esa casa hay muchos espejos», pensó Víctor.

Al cerrar la puerta de la habitación de juegos, Miroslav observó el caniche de peluche que estaba ubicado en la mesa de noche y con una suave sonrisa sobre los labios, sintiendo que el corazón se apaciguaba y pensando en el pasado que compartió con ese dulce niño de ojos chocolate musitó un “gracias” de corazón.

Esa noche Víctor tuvo un sueño extraño. Se halló parado en el lago y desde ese lugar recorrió el camino de regreso a casa buscando a Yuuri, caminando junto a Makkachin y esperando ver a su padre. Tenía un amargo sentimiento en el corazón, más pesado que el miedo y más punzante que el dolor. Bajó al sótano y cuando entró en el cuarto de depósito la vio iluminada por varios candiles, sorteó los muebles cubiertos con viejas telas y en el fondo del espejo se encontró con el reflejo de Yuuri.

El pequeño lo invitó a pasar y cuando Víctor caminó unos pasos se encontró con ese lugar al que Yuuri había llamado “casita blanca”, frunció el entrecejo y con el dedo sobre la barbilla intentó recordar dónde había visto esa construcción antes.

Yuuri lo condujo de la mano entre la niebla y un camino de piedras labradas que se perdían. Se sentaron en un bardal hecho con piedras que parecía seguir un camino que le pareció conocido; pero tuvo que dejar de lado sus recuerdos pues el pequeño le reveló algo que lo sorprendió mucho.

—Víctor ya sé que pasó —Yuuri lo tomó de las manos y le mostró las imágenes que vivió desde que sintió el vacío de la caída, el choque con el agua helada, la angustia por la falta de aire y el terror al ver que ya no podía moverse y se hundía en esa helada oscuridad.

Con dolor Víctor comprendió lo que esas imágenes representaban y se estremeció pensando que estuvo a punto de vivir ese mismo destino. Con cariño pasó su largo brazo sobre los hombros de Yuuri y lo acercó más a él.

—Después de mucho tiempo desperté y solo recordé la voz y los ojos de mi mamá. —En los sueños de Víctor, Yuuri podía hablar con más fluidez y se dejaba entender mejor—. Me quedé solo en esta casa. Estuvo vacía un tiempo y un día unas personas que no conocía vinieron a vivir. Yo quise hablar con ellos, pero se asustaban de mí. —Yuuri agachó la cabeza—. Pensé que me odiaban, ahora sé por qué no me respondían. 

Desde ese día Yuuri se había sentido muy solo y triste, pensando que nadie lo quería hasta que un niño de ojos azules, tan pequeño como él y con sonrisa de corazón lo pudo ver y decidió dejarlo jugar junto a él.

Yuuri sonrió con cariño al recordar a ese niño amable que lo había convertido en parte de sus días, pero no pudo evitar mostrarle la inmensa tristeza y desesperación que vivió cuando lo vio partir en ese coche oscuro.

Ese día sintió que su ser se partía y desaparecía y para evitar el amargo sabor de la soledad se refugió otra vez en la bruma del espejo. Fue un día que le dolió tanto el corazón como el día que descubrió que se sus padres y su hermanita tuvieron que partir de un momento a otro dejando muchas cosas atrás.

Conmovido, Víctor abrazó a Yuuri, acarició su delgado cabello negro, imaginó que sería muy difícil dejarlo en esa casa y dentro de la niebla del espejo y decidió que no se iría sin antes saber cómo debía hacer para que Yuuri encontrase a su mamá.

Tal vez hubiera seguido dormido hablando con Yuuri, pero Víctor sintió el agudo ladrido de Makkachin que parecía llamarlo de lejos, intentó mirar por entre la niebla sintiendo que ese ladrido llegaba del fondo de ese extraño lugar, se puso en pie llamando a su mascota, caminó unos pasos sujetando a Yuuri de la mano hasta llegar al filo de unas escaleras y dio un paso más.

De pronto Víctor dio un gran salto, sintió que caía y despertó en su cama.     

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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