Un pequeño tesoro


Repuesto ya de la herida y con una gran cicatriz en la muñeca Víctor volvió a sus andadas. Estudios, música, juegos, libros y caballos llenaron los siguientes días; pero tenía prohibido ir al sótano otra vez y esa prohibición tuvo que acatarla sin protestar.

Yuuri no dejaba de subir a la habitación de juegos y compartir con él muchos momentos del día, incluso escuchaba las lecciones de Yakov y se sentaba en un pequeño sillón para escuchar cómo Víctor tocaba el piano. Sin embargo, Víctor necesitaba visitar ese lugar donde el alma de Yuuri retornaba todas las noches y como no podía desobedecer a su padre, la ansiedad que tenía se fue transformando en frustración.

Se sentía atorado, como si fuera un globo a punto de explotar y cuanto más tiempo pasaba, la frustración le impedía concentrarse en sus lecciones. Un día se escabulló hasta las escaleras del sótano y cuando iba a bajar su padre le cortó el paso y le ordenó regresar a su habitación. Su frustración se convirtió en un largo silencio que parecía alejarlo de los demás.   

Un silencio que Miroslav tomó como protesta, Yakov como ira escondida y Angélica dijo que era tristeza pasajera. A Lilia se le conmovió el corazón a tal grado que la dama curiosa por lo que Víctor quería en ese lugar, habló con el joven que se dedicaba a cuidar los caballos.

Una mañana cerca del mediodía y antes que sirvieran el almuerzo, Víctor jugaba con Makkachin en el patio; tenía prohibido ir más allá del puente y solo se divertían con una pequeña rama que él lanzaba y el cachorro no dudaba en recoger una y otra vez sin cansancio.

Dos miradas cuidadoras no dejaban de observarlo. Desde la ventana del salón principal, Miroslav y Angélica contemplaban los sencillos juegos de Víctor y el caniche y pronto se les unió la mirada de Yakov.

—Dicen que la facción roja ha tenido dos grandes victorias —comentó Yakov quien hacía solo unos días había ido al pueblo más cercano para saber noticias—. Tal vez sería bueno movernos.

—Pero el tío Nikolai aún no llega —dijo Angélica con esa voz trémula que casi ya no se podía escuchar.

—Tal vez llegue antes del invierno —añadió Miroslav observando atentamente a Víctor—. Tienen una poderosa razón que los detiene.

Todos callaron sabiendo que esa razón pronto respiraría el aire de una sociedad convulsa y en descomposición.  Nikolai y su hija estaban varados en Moscú a la espera que los caminos fueran menos peligrosos para iniciar su travesía; era imprescindible que viajaran con mucho cuidado, pues si la cheka los identificaba estarían perdidos. Sin embargo, los Nikiforov no podían partir sin ellos, no en su condición.

La risa de Víctor llenaba el jardín y los jadeos del caniche la acompañaban como todas las tardes antes de almorzar. De pronto cuando los tres adultos se hallaban muy distraídos en su conversación escucharon una aguda carcajada, muy distinta a la de su amado Vitenka y tan sonora que los hizo fijar de nuevo sus ojos en el jardín de la entrada.

Makkachin meneaba la cola en una dirección muy distinta a la de Víctor, él reía señalando hacia el jardín de gardenias y las hojas de la enredadera se movían sin que hubiera viento. Angélica se tomó el pecho, Yakov siguió mirando extrañado y Miroslav dibujó en su rostro una triste sonrisa.

—¿Es bueno que lo dejes jugar con él? —Angélica miró a Miroslav y mostró su preocupación en sus claros ojos azules.

—Jamás hizo daño —respondió Miroslav intentando distinguir alguna forma en el matorral. 

—Víctor es un niño muy solitario y desde que encontró esa compañía lo veo muy feliz —comentó Yakov sin poder creer que estaba admitiendo algo que su mente racional no podía explicar.

Víctor siguió jugando un rato más con Makkachin y con Yuuri bajo la atenta mirada de una madre preocupada, un padre nostálgico y un maestro admirado. Siguió jugando hasta que la hora del almuerzo llegó y todos se sentaron felices a la mesa pues la madre de Víctor también los acompañó, ese día tenía un mejor semblante y no sentía mucho dolor.

Por la tarde, luego de la lección de piano y de un pequeño concierto que Víctor dio para mamá, Lilia le pidió que lo siguiera. Él caminó tras de ella y se sorprendió cuando la dama ingresó hacia el sótano. Él tenía prohibido entrar en ese lugar, pero Lilia insistió y aclaró que había hablado con Miroslav.

Juntos entraron al depósito que lucía más arreglado y limpio. Tenía un gran candelabro encendido y, en el fondo junto al armario, Georgi los esperaba sonriente.

—Señorito Víctor —dijo con cierto aire dramático—, ya entendí por qué el otro día usted no pudo abrir esa pequeña puerta secreta del armario.

Georgi lo llamó y Víctor corrió a ver lo que él le señalaba. En el muro, entre la pared y el ropero empotrado había un mecanismo automático que se abría introduciendo algún objeto puntiagudo que pudiese entrar en un delgado huequecillo que se hallaba debajo de uno de los maderos que sujetaba el mueble al muro.

El joven introdujo un punzón y automáticamente se sintió el sonido que hizo el pestillo de la cerradura, luego caminó hacia el otro extremo del armario y con mucho cuidado deslizó hacia la izquierda la dura placa de madera. Y ante los asombrados ojos de Víctor y Lilia apareció un compartimento del ancho de una repisa de biblioteca, tan alto como para que un niño pequeño pudiera caber de pie y tan largo como el mismo armario. La puerta se deslizó hacia un costado y tenía la suficiente anchura como para dejar que Víctor pasara agachado por ella.

Con el entusiasmo a tope, Víctor entró a esa oculta guarida y no advirtió los pedidos que Lilia le hacía para que no se ensuciara o no fuera a encontrarse con algún insecto o alimaña.  El chiquillo entró hasta el fondo y sintió bajo sus manos y rodillas que había objetos ocultos. Volvió a salir y le pidió a Georgi que le enseñara de nuevo el mecanismo de apertura. Pidió probarlo él mismo. Abrió con cierta dificultad la pesada puerta. Le pidió que lo encerraran adentro y Georgi tuvo que cumplir ese capricho a pesar de las protestas de madame Lilia, que cesaron cuando Víctor abrió la puerta desde el interior.

Pasado el alboroto Víctor comenzó a palpar los objetos dispuestos de forma ordenada en ese frío suelo. Sacó algunos saquillos con ropa, cuadernos grandes escritos con caracteres que no entendía, libros, un par de grandes abanicos y con cierta dificultad sacó una maleta.

El peso de la maleta no fue motivo para desistiera de sacarla, así que la arrastró por ese polvoriento piso. Luego Georgi la acomodó sobre una antigua mesa de roble y tras cortar las sogas con las que estaba atada abrió sus ganchos plateados.

Georgi aproximó el candelabro y junto con Víctor sacaron con mucho cuidado su contenido. A primera vista parecían libros muy antiguos y de tapa dura; pero conforme los depositaban a un costado se dieron cuenta que eran álbumes que conservaban fotografías antiguas y algunos documentos escritos y, conforme fueron dejando vacía la maleta, vieron que había muchos recuerdos infantiles dentro, animales hechos en origami, una sonaja de madera y el dibujo de un gran castillo.  

A esas alturas madame Lilia se convirtió en otra niña curiosa y tomó uno de los álbumes. Víctor hizo lo mismo con el más pequeño. Sus manos repasaron las fotos que eran muy antiguas en hermoso tono sepia y en ellas se podía ver a gente desconocida que posaba en diferentes salones de la mansión.

Conforme los álbumes se abrían, Víctor comenzó a ver fotografías que retrataban la vida de los hombres y mujeres que sirvieron en esa casa. Algunas eran muy nítidas y otras mostraban un considerable deterioro; pero sus ojos curiosos las siguieron viendo una por una hasta que, de un momento a otro paró en seco, se acercó al lamparín con varias fotografías en la mano y reconoció en ellas la imagen del pequeño Yuuri que con una mano sostenía al perro de felpa y estaba sentado en el regazo de una mujer que estaba sentada en una silla de espaldar circular. Tras de ella posaba muy serio un hombre de rasgos orientales vestido con un atuendo tradicional y en el costado izquierdo una niña que aquel entonces tendría su edad. Todos vestían trajes extraños de mangas amplias bordadas y miraban con los rostros muy serios.

Víctor bajó de la silla y sosteniendo esa foto familiar se aproximó a la puerta del espejo que permanecía cerrada y observando el reflejo de los muebles apilados gritó entusiasmado.

—¡Yuuri encontré a tu mamá!

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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