Un hallazgo sorpresivo


Durante varios días Víctor esperó que el pequeño Yuuri apareciera en su habitación. Había sido tan difícil hablar con él en un inicio que se sentía frustrado por esa nueva desaparición y todavía no comprendía qué había sucedido para que ese niño no saliera del espejo y no quisiera jugar.

Para atraerlo ya no era suficiente bajar al sótano bajo la complicidad de Georgi y de Mila, sentarse frente al espejo y contar en voz baja las historias de los cuentos o mostrarle los juguetes que llevaba consigo.

El pequeño no salía y a Víctor se le acababa la paciencia y los trucos; en su lugar, se le incrementaba la sensación de culpa. Así que una noche después de dar un beso a su madre y despedirse de su maestra Lilia y de Yakov, Víctor esperó que todos se durmieran, bajó al depósito y cubriendo su cuerpo con dos gruesas mantas se sentó en el viejo sillón y con la mirada puesta en el espejo se dispuso a esperar.

—Yuuri si hice algo mal… perdóname. —Con un sentimiento pesado en el corazón, Víctor se tapó con el cobertor y se quedó mirando el espejo casi sin pestañar.

Pero por más esfuerzos que hizo para no cerrar los párpados no pudo evitar quedarse dormido y soñar. Soñó que se sentía ligero y flotaba por la habitación, que se hacía pequeño y que volaba por en medio de los juguetes, soñó que entraba en el tren de hierro y que viajaba muy lejos y finalmente, soñó que se movía frente al espejo, se acercaba lentamente y podía entrar en él.

Al día siguiente despertó con la voz de Lilia que bastante preocupada lo movía y tiraba lentamente de las cobijas.

—¿Por qué te quedaste dormido en este lugar, Vitya? —Lilia lo miraba con cierta seriedad.

Víctor no supo cómo explicar su decisión. ¿Qué le iba a decir? ¿Que tenía un amigo fantasmal que vivía en el espejo de ese armario? ¿que al parecer ese niño se enojó con él y ya no subía a jugar?

—Esta habitación parece un lugar mágico. —Víctor agachó la cabeza pues sabía que había hecho mal, pero decidió ser honesto y ver qué le decía su padre—. Me gusta mucho maestra.

—Víctor es mejor que no vuelvas a dormir en este sucio cuarto —señalo la pianista con cierta seriedad—. No querrás descubrir los secretos que guarda esta habitación pues no son agradables. —Lilia sujetó a Víctor y juntos subieron a desayunar.

Durante la mañana Víctor se mantuvo distraído y casi no atendió las lecciones del maestro Feltsman, a mediodía se dedicó a caminar lentamente entre los jardines acompañado de su fiel Makkachin. Su risa cristalina se dejó extrañar y en el almuerzo su silencio fue tan profundo que llamó la atención de los demás.

En la lección de piano Lilia tampoco lo notó con la cabeza en su lugar y sabiendo que Víctor no solía pedir ayuda para resolver sus problemas la dama lo detuvo antes que subiera a la habitación de juegos.

—Vitya —le dijo con cariño mientras tomaba su mano—. Si hay algo que te preocupe o moleste puedes contar conmigo yo te puedo ayudar.

Víctor bajó la mirada y tras sostener el dedo sobre sus labios durante unos segundos, preguntó con gran naturalidad.

—Maestra Lilia —Víctor no dudó en mirar a la dama sin pestañar—. Si un amigo suyo estuviera enojado y no quisiera perdonarla ¿qué haría usted?

—Si un amigo mío estuviera enojado seguramente sería porque yo cometí un error y lo ofendí —dijo Lilia con actitud serena al mismo tiempo que ordenaba las partituras—. Creo que para pedirle disculpas le invitaría a cenar y haría preparar el platillo que más le gusta.

Feliz con la información que Lilia le dio, Víctor partió rumbo a la cocina y con el mismo afán que entró en ella, salió con las manos llenas de caramelos y bajó al sótano, donde tardó una hora moviendo un par de muebles para arreglar un poco el lugar.

En la cena su semblante cambió y volvió a ser el mismo niño entusiasta de siempre y cuando dijo las buenas noches a todos, su sonrisa brilló como la luna.

No tuvo que esperar demasiado para ver la efectividad del pequeño truco que la dama del piano había compartido con él. Cuando la casa quedó en silencio y en los salones se apagaron los candiles, Víctor volvió a bajar hasta el sótano y desoyendo la advertencia de Lilia ingresó en el depósito.

Una vez más tomó la pequeña fuente que había pedido prestada a la cocina y dejó en ella un pedazo del pastel que Mila había hecho para la cena. Luego se acomodó sobre un viejo sofá y se cubrió de pies a cabeza con la manta que dejó. Notó que el ambiente se volvía a poner frío dentro de la habitación y pudo ver que la pequeña sombra de Yuuri se asomó por una esquina del espejo y que al ver la luz de la lámpara se quedó mirando desde el interior.  

—Yuuri, sé que estás allí. —Sin dudar Víctor mencionó su nombre y dejando la manta a un lado lentamente se aproximó al lugar—. Deja tu enojo. Yo solo te quiero ayudar.

El pequeño miró los caramelos, el vaso de leche, el pastelillo de vainilla y la barra de cacao dulce. Con gran timidez salió del espejo y sin decir una sola palabra puso su mano sobre el chocolate y éste desapareció.

—Yuuri perdóname por favor —Víctor rogó con los ojos llenos de sinceridad y sintiendo una ligera punzada en el corazón pues temía que Yuuri no lo perdonaría jamás—. ¿Qué puedo hacer para que vuelvas a ser mi amigo?

Yuuri lo miró con esos ojos que siempre parecían temerosos, se acercó al armario y señaló la puerta del lado derecho. Suspiró profundamente y en voz muy bajita dijo—: Mamá.

Víctor interpretó que Yuuri quería que le llevara el perro de felpa al que él llamaba mamá y al día siguiente como todas las tardes después de jugar bajó con el juguete y lo dejó en el sillón frente al espejo. Sin embargo, Yuuri volvió a señalar esa puerta y a nombrar a su mamá.

La curiosidad de Víctor fue creciendo y pensó que dentro del enorme armario había algo que Yuuri quería y que le hacía recordar a su mamá. El gran obstáculo para un niño de diez años era encontrar las llaves de ese closet sin que nadie se diera cuenta.

Se sentó en el antiguo sillón y mirando la forma del picaporte se propuso buscar la llave para abrir ese misterioso ropero y saber por fin qué quería Yuuri de él.

Durante los siguientes tres días, los adultos de la casa vieron que Víctor no ocupaba sus ratos libres en salir a correr con el caniche, ni jugar, ni cabalgar, ni mucho menos usar el columpio. Lo vieron entrar en todas las habitaciones y revolverlas de pies a cabeza. Buscar en los cajones y los gabinetes, revolver los escritorios y hasta los estantes de las bibliotecas.

Se atrevió a entrar al dormitorio de su padre y buscar en él y hasta rebuscó en los almacenes y la caballeriza. Y conforme pasaba el tiempo sin encontrar esa llave que tanto buscaba Víctor se sentía agotado y algo molesto, una actitud que no era propia en él.

Con cierto temor tuvo que admitir que para hallar esas llaves debía preguntar, porque además no sabía bien cómo eran las que estaba buscando con tanto afán.

Preguntó a Georgi y él negó saber dónde estaban. Preguntó a la encargada de la cocina y ella tampoco sabía. Mila sólo levantó los hombros y negó con la cabeza. El jardinero no supo qué responder y solo le quedaba preguntar al señor Nazarov, el mayordomo.

Una tarde que el vientecillo frío del otoño ya comenzaba a correr por el prado Víctor se dio valor para abordar al añoso hombre. Era el único que faltaba y como Mila lo había sugerido él era quien mejor conocía toda la casa.

—Señor Nazarov —Víctor se acercó a él y lo saludó con un pequeño movimiento de cabeza—. ¿Usted sabe dónde se guardan las llaves de los roperos de esta casa?

—Por supuesto señorito —respondió con su ronca voz el anciano—. Yo las tengo guardadas en un lugar especial ¿Desea abrir algún ropero?

—El que está en el sótano de vinos —dijo honestamente el chiquillo—, pero no se lo diga a mi papá.

—¿Será que el señorito quiere hacer alguna travesura en ese depósito? —El hombre sintió su corazón palpitar con más fuerza.

—No, no, no. —Víctor no sabía qué excusa dar. Así que recurrió a un viejo truco que le había servido cuando necesitaba convencer a los demás que sus acciones no eran malas y todo era fruto de la curiosidad—. Solo quiero descubrir qué misterios tiene esta casa porque cuando sea grande voy a ser investigador.

—Veré qué puedo hacer señorito —El anciano se despidió agachando el torso y con una sonrisa en los labios se alejó pensando que algo más había en esa inteligente respuesta que acababa de escuchar.

Esa noche luego de haber culminado sus labores, el hombre subió al dormitorio de Víctor llevando en una pequeña bandeja de plata un vaso de tibia leche. Nadie se sorprendió por su presencia más que el propio Víctor cuando lo oyó tocar su puerta.

—Un vaso de leche tibia es lo mejor antes de dormir señorito —dijo el hombre y dejó la bandeja sobre la mesa de noche.

Víctor agradeció y antes que su padre entrara para apagar los candiles miró el vaso de leche y con gran sorpresa descubrió junto a él una larga llave con la cabeza en forma de una hoja de trébol, la pluma larga y cilíndrica, la paleta de la punta solo mostraba dos canales y dos dientes y la punta estaba perforada. Era como cualquier otra llave común y corriente de cualquier ropero, pero para Víctor era la llave para descubrir el misterio de ese armario y ayudar a su amigo a encontrar a una mamá fantasma. 


Al siguiente día, después de haber cumplido con todos sus deberes Víctor esperó a Yuuri en el cuarto de juegos y antes que cayera el sol los dos amigos bajaron al sótano escondiéndose de las miradas de los adultos.

Llegaron y con cierto nerviosismo Víctor sacó la llave de su bolsillo, la introdujo en la puerta central donde el espejo reinaba y abrió un mundo de ropa y objetos antiguos que pertenecieron a todas las generaciones de niños Nikiforov.

Víctor sacó ropa antigua y junto con Yuuri se la probó. Sombreros, capas, zapatos grandes y pequeños; pero lo que más llamó su atención fueron unos patines antiguos con filo de acero que todavía parecían nuevos. Todas esas cosas que el mayordomo dijo que eran viejas, en realidad eran como joyas preciadas para el pequeño Vitenka y conforme las fue sacando el ropero se quedó vacío y mostró que en su interior no había ningún mundo fantástico.

Víctor acomodó la ropa sobre los viejos muebles del depósito y cuando regresó para sacar los últimos sombreros iluminó el rincón del fondo descubriendo escondidos en la esquina derecha los ojos de Yuuri que brillaron frente a la luz del candil.

—¿Qué haces aquí? —preguntó Víctor entristecido mientras intentaba ingresar.

—Mamá —dijo el pequeño señalando con el dedo la esquina inferior del mueble.

Su pequeño dedo índice movió un pedazo de tela que parecía atascado, Víctor acercó la luz y observó que se trataba de un pequeño cilindro de felpa de color marrón claro. Lo jaló con cierta dificultad y comprobó que era la pata que le faltaba al caniche de Yuuri.

Víctor sujetó entre sus dedos el brazo e intentó sacarlo, pero estaba atascado entre el piso y la tabla del espaldar. Miró los bordes y vio una separación especial, la empujó y el sonido vacío le hizo pensar que esa era una portezuela. Apretando los labios entre los dientes forcejeó la puerta un rato, movió el anaquel que separaba la zona baja del donde se colgaba la ropa, empujó a un costado y hacia adentro, pero la portezuela se movió muy poquito y dejó libre el brazo del oso.

Se hacía tarde y Víctor lo sabía así que dejó de lado su objetivo, introdujo como pudo los trajes en el armario, lo cerró y volvió hacia su habitación. Yuuri lo seguía callado y con la cabeza baja.

Entraron juntos al dormitorio, ingresaron al cuarto de juegos y buscaron en la vitrina al oso de peluche. Yuuri sujetó contra su pecho y Víctor dejó la pata roto del muñeco sobre el velador para repararlo al día siguiente.

Ese fue el momento que Víctor escuchó la campana que lo llamaba para ir a cenar y dejando el brazo del oso en el cajón de la mesa de noche, Víctor bajó a prisa por las escaleras.

Cuando su habitación quedó a oscuras y vio a su padre cerrar la puerta de la habitación, Víctor sacó la pata del peluche y junto a Yuuri se puso a pensar cómo tenía que coserlo al cuerpo, él nunca había cosido nada y no sabía ni cómo sujetar una aguja, mucho menos ensartarla y dar puntadas con ella. Pensó que le pediría ayuda a Mila, porque si le decía a su mamá ella tal vez haría preguntas y finalmente él terminaría por decir toda la verdad.

Víctor bostezó cansado y antes de despedirse quiso que Yuuri le explicara el motivo de su desaparición.

—¿Por qué te fuiste? —preguntó con el entrecejo junto.

—No soy fantasma —dijo Yuuri señalando su cabeza con las manos—. Soy niño.

Víctor comprendió su error. Había herido el corazón de Yuuri o tal vez le causó mucho temor. Si a él le dijeran que era un fantasma, también se sentiría mal y hasta se pondría a llorar.

Acarició la menuda cabecita y con una suave sonrisa le dijo buenas noches. Yuuri también sonrió y sujetando el caniche permaneció sentado sobre la cama de Víctor, jugó un rato más junto a su amigo y, cuando lo vio dormido, volvió a desaparecer.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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