Capítulo 10: Camaradería


JJ dio un respingo al oír un ruido metálico por encima de su cabeza.





—¿Han oído eso? —preguntó una voz masculina.






El chico se agachó entre las patas del tren de aterrizaje de la nave y se pegó a un travesaño metálico.





—El capitán es el rey —susurró—. El capitán es el rey, el capitán es el…





Un zumbido apagado sonó en lo alto. Las luces de navegación se encendieron con un tímido parpadeo cerca del morro de la nave.





—El capitán… ¿eh?




El mecanismo del tren de aterrizaje se puso en funcionamiento con un traqueteo antes de que pudiera acabar. La puerta trasera se abrió, y la rampa empezó a descender hacia el suelo. Con el corazón desbocado, JJ salió de debajo de la nave, justo a tiempo de evitar acabar espachurrado.





—¡Por allí!



El haz de luz de una linterna alumbró a Leroy cuando este subió a la rampa de un salto.




—¡Rampion, cierra la puerta!



La nave no respondió.




Se oyó un disparo. La bala silbó cerca de la luz del techo de la nave. Jean se agachó detrás de una de las cajas de almacenaje de plástico que abarrotaban el muelle de carga.





—¡Rampion, cierra la puerta!


—¡Estoy en ello!




Se quedó helado, mirando los conductos y las tuberías que recorrían el techo.





—¿Rampion?






El golpetazo metálico de la rampa contra el suelo de cemento rompió el silencio, seguido de las pisadas contundentes de unos pies calzados con botas y, de nuevo, el crujido de la rampa al comenzar a cerrarse. Una ráfaga de balas quedó alojada en las jaulas de plástico y produjo un silbido al alcanzar las paredes metálicas.










JJ se cubrió la cabeza y esperó a que la rampa estuviera lo bastante elevada para interponerse entre las balas y él antes de apartarse de la caja dándose impulso y correr hacia la cabina de mando.






La nave vibró cuando la rampa se cerró de golpe y una lluvia de balas impactó contra el fuselaje.








Jean se abrió paso con dificultad hacia las luces de emergencia que enmarcaban la cabina, apartando a empujones las cajas cerradas. Se golpeó fuertemente una rodilla contra algo y lanzó una sarta de maldiciones mientras se dejaba caer en el asiento del piloto. Las ventanas estaban sucias y, en medio de la oscuridad que reinaba en el almacén, lo único que alcanzaba a ver a través de ellas era el débil resplandor que proyectaba la oficina de Leo y los haces de luz de las linternas, que recorrían la Rampion de arriba abajo en busca de otra entrada.






—Rampion, ¡preparados para despegar!



Solo los controles y pantallas esenciales se iluminaron en el cuadro de mandos.




La misma voz femenina y aséptica de antes se oyó por los altavoces de la nave.


—Leroy, no puedo configurar el despegue automático. Tendrás que hacerlo manualmente.




El joven miró atónito los controles.





—¿Por qué me responde mi nave?




—¡Soy yo, imbécil!





Ladeó la cabeza y acercó el oído al altavoz.





—¿Vicder?




—Escucha, el sistema de control automático tiene un virus. La célula de energía también está fuera de juego. Creo que puedo arreglarlo, pero tendrás que despegar sin ayuda del ordenador.








Una nueva ráfaga de balas disparadas contra la puerta de la nave interrumpió sus palabras, demasiado cortantes con aquel tono mecánico.








Se hizo un breve silencio antes de que volviera a oírse la voz, en la que, a pesar de la monocromía, Jean creyó detectar el tono estridente de Vicder.








—Porque sabes pilotar una nave, ¿verdad?





—Esto… -JJ repasó el instrumental que tenía delante de él-. ¿Sí?




—¡Oh, Jupiter! Estamos perdidos. 


—Hey! Vamos, un poco de confianza en tu capitán. 





Enderezó la espalda y alargó la mano hacia uno de los controladores del techo. Segundos después, un resquicio de luz partió el almacén en dos al tiempo que las cubiertas del tejado se separaban.






Algo golpeó uno de los costados de la nave.






—Sí, sí, ya los oí. 








Jean apretó rápidamente el botón de encendido.






Las luces del cuadro de mandos se atenuaron cuando el motor cobró vida con un rugido.







—Allá vamos.









Un nuevo golpe resonó al otro lado la puerta. Leroy accionó varios interruptores, activó el modo levitación y la nave se separó del suelo unos centímetros. Se elevó con suavidad -los imanes que recorrían el subsuelo de la ciudad la empujaban como una semilla de diente de león-, y JJ dejó escapar un hondo suspiro. Hasta que la nave empezó a encorvarse.










—¡Quieta, quieta, quieta, no hagas eso!









El pulso se le aceleró mientras intentaba enderezar la nave.









—La célula de energía está a punto de agotarse. Tienes que encender los propulsores auxiliares.











—Encender los propul… ¿qué? Bah, da igual, ya los encontraré.











El motor volvió a llamear. Con el súbito aumento de la potencia, la nave dio un bandazo hacia el lado contrario, y Leroy oyó un crujido al embestir la nave contigua. La Rampion empezó a vibrar y a descender hacia el suelo en el momento en que una nueva lluvia de balas impactó contra el costado de estribor. Una gota de sudor resbaló por la espalda de JJ.









—¿Qué demonios estás haciendo ahí arriba?









—¡Deja de distraerme! —gritó, al tiempo que asía los mandos y enderezaba la nave. Aunque la compensó en exceso, y esta se inclinó demasiado hacia la derecha.










—¡Vamos a morir!.










—¡No me presiones, no es tan fácil como parece! -JJ lo intentó de nuevo-. ¡Normalmente es un estabilizador automático el que se encarga de esto!









Para su sorpresa, nadie replicó con un comentario sarcástico.












Segundos después, se iluminó otro panel. 










CONDUCTORES MAGNÉTICOS ESTABILIZÁNDOSE. POTENCIA: 37/63… 38/62… 42/58…









La nave recuperó el equilibrio poco a poco y una vez más vibraba suspendida en el aire.








—¡Perfecto! ¡Eso es!










Leroy cerró los dedos con tanta fuerza en torno a los mandos para levantar el morro hacia el tejado abierto que tenía los nudillos blancos. El ronroneo del motor se convirtió en un rugido cuando la nave se elevó. El chico oyó la última ráfaga de balas rebotar contra el fuselaje hasta que enmudecieron bruscamente cuando la Rampion abandonó el almacén y la intensa luz de la mañana inundó la cabina de mando.









—Vamos, cariño —murmuró JJ con los ojos cerrados al tiempo que la nave, sin oponer resistencia, sin temblores, abandonaba el campo magnético protector de la ciudad que quedaba a sus pies, utilizaba toda la potencia de los propulsores y atravesaba los jirones de nubes que se demoraban en el cielo matutino.













Los impresionantes rascacielos del centro de Nueva Pekín fueron empequeñeciéndose hasta que al cabo de poco solo quedaban el cielo, el espacio infinito y él.










Los dedos de Leroy permanecieron aferrados a los mandos como si de unos grilletes se tratara hasta que la nave abandonó la atmósfera terrestre. Exultante, reguló la potencia de los propulsores antes de apartar las manos de los controles cuando la nave finalmente entró en órbita.


Se hundió en el asiento, tembloroso. Tardó varios minutos en atreverse a hablar, esperando a que el latido de su corazón recuperara un ritmo más acompasado.


















—Buen trabajo, pequeña ciborg -la felicitó-. Si tenías pensado solicitar un puesto fijo en mi tripulación, estás contratada.











Los altavoces continuaron mudos.







—Y no me refiero a cualquier puesto. El de primer oficial está disponible. Bueno, claro, podría decirse que casi todos los puestos están disponibles. Mecánica… cocinera… una piloto no me vendría mal, así no tendría que volver a pasar por esto. -Esperó-. ¿Vicder?¿Estás ahí?












Seguía sin obtener respuesta, de manera que se levantó y salió dando tumbos de la cabina de mando, cruzó el muelle de carga y se dirigió al pasillo que llevaba a las dependencias de la tripulación. Las piernas le temblaban cuando llegó a la compuerta que conducía al nivel inferior de la nave. Bajó la escalera de mano, afianzó bien los pies para descender hasta la diminuta antesala que separaba la sala de máquinas de la plataforma de acoplamiento de las cápsulas. La pantalla que había junto a la sala de máquinas no advertía de que se hubiese producido algún problema de descompresión; aunque tampoco decía nada acerca de que hubiera una chica viva allí dentro.









Leroy pulsó el icono de apertura, accionó el cerrojo manual y abrió la puerta de un empujón.







El motor hacía un ruido ensordecedor, emitía mucho calor y olía a goma quemada.












—¿Hola? -llamó en la oscuridad- ¿Pequeña ciborg? ¿Estás aquí?










Si respondió, la vibración del motor ahogó sus palabras. Leroy tragó saliva.










—Hummm… ¿Luces?










La luz roja de emergencia se iluminó sobre la puerta y proyectó unas sombras lúgubres sobre el enorme motor giratorio y los manojos de tubos y cables que asomaban por debajo de este.








Leroy entrecerró los ojos, le pareció haber visto algo blanco.










Sin perder tiempo, se puso a gatas y se arrastró hasta ella.








—¿Pequeña ciborg?











No se movía.












A medida que se acercaba, vio que estaba tumbada de espaldas y que el pelo le tapaba la cara. La mano robótica estaba conectada a un puerto del panel de control del ordenador.















—Eh, tú —dijo, inclinándose sobre ella.












Le abrió los párpados, pero Vicder tenía la mirada perdida. JJ agachó la cabeza y apoyó con cuidado la oreja contra el pecho de la chica, pero si algo latía allí dentro, el estruendo del motor le impedía oírlo.













—Vamos —gruñó, le tomó la mano y extrajo el conector del puerto. El panel que tenía más cerca se apagó.














Sistema de control automático desconectado






Anunció una alegre voz robótica por encima de su cabeza, lo que sobresaltó a Leroy.





Iniciando las funciones predeterminadas del sistema.






—Buena idea -musitó JJ, cogiéndola por los tobillos. La arrastró poco a poco hasta el pasillo y la incorporó para apoyarla contra la pared-. 









No sabía de qué estaban hechos aquellos miembros biónicos, pero pesaban bastante más que si fueran de carne y hueso.








Volvió a colocar una oreja sobre su pecho y esta vez consiguió distinguir un débil latido.








—Despierta -dijo, zarandeándola con suavidad-.





La cabeza de Vicder cayó hacia delante.







Jean se sentó en cuclillas y frunció los labios. La chica estaba muy pálida e iba muy sucia después del paseo por las alcantarillas, pero bajo las brillantes luces del pasillo comprobó que todavía respiraba, aunque débilmente.












—Bueno, ¿qué? ¿Tienes un botón de encendido o algo así?










La mano metálica, de uno de cuyos nudillos todavía colgaba el conector, llamó su atención. Se la tomó y la examinó detenidamente desde todos los ángulos. Recordaba que también tenía una linterna, un destornillador y un cuchillo en tres de los dedos, pero todavía no estaba demasiado seguro de lo que ocultaría el índice. En cualquier caso, si se trataba de un botón de encendido, no tenía ni idea de cómo acceder a él.
Aunque aquel cable…










—¡Claro!






JJ se puso en pie de un salto y estuvo a punto de caer hacia atrás, contra la pared. A continuación, golpeó la pantalla que abría la puerta de la plataforma de acoplamiento. Unas luces fluorescentes se encendieron al entrar.







Asió a Vicder por las muñecas, la arrastró hasta la plataforma de acoplamiento y la dejó entre las dos pequeñas naves que descansaban, igual que un par de setas, entre una maraña de cables y herramientas.









Jadeando, tiró del cable del cargador de la cápsula que había en la pared y… se detuvo en seco. Miró el cable de la chica, luego el de la nave, luego el de la chica… Volvió a maldecir en voz alta y los arrojó al suelo. Dos machos. Incluso él sabía que no había forma de conectarlos.






Empezó a golpearse la sien con los nudillos, apremiándose a pensar en algo. «Piensa, piensa, piensa».








Y de pronto se le ocurrió. Miró a la chica de reojo. Parecía más pálida que antes, pero tal vez fuera cosa de la luz.










—No… —dijo, mientras una nueva idea anidaba en su cerebro—. Venga ya… No creerás que… Eso es Asqueroso. Me va a matar cuando despierte. 







Dejando a un lado sus prejuicios, tiró de la chica hacia él, con suavidad, para que cayera sobre un brazo y, una vez en aquella postura, fue tanteando entre el pelo enmarañado con la mano libre hasta que encontró el cierre, justo encima de la nuca.
Apartó la vista mientras lo abría y solo después de quitar la tapa se atrevió a mirar de reojo en el interior.
Un revoltijo de cables, chips y clavijas que JJ no tenía ni la más remota idea de para qué servían atestaba un pequeño compartimento en la parte posterior del cráneo. Aliviado, suspiró al comprobar que el panel de control ocultaba por completo cualquier tejido cerebral y en la parte inferior vio lo que parecía un pequeño puerto del mismo tamaño que los conectores.










—Ay —musitó él, alargando la mano de nuevo hasta el cable de la cápsula mientras rezaba para que no estuviera a punto de cometer un grave error.










Conectó el cable de carga al panel de control. Encajaba a la perfección.


Contuvo la respiración.


No ocurrió nada.










Leroy se recostó y sostuvo a Vicder por los hombros. Le retiró el pelo de la cara, tratando de desenredarlos con sus manos en una forma de caricia y esperó.









Doce latidos después, algo en el interior del cráneo emitió un zumbido, que poco a poco fue haciéndose más nítido, hasta que enmudeció por completo.
Jean tragó saliva.















Uno de los hombros de Vicder sufrió una sacudida y escapó de entre los dedos de JJ. El chico la tumbó en el suelo, con la cabeza ladeada. Vicder agitó una pierna y estuvo a punto de alcanzar en la ingle al hombre, que se apartó de ella de inmediato y pegó la espalda contra las orugas de aterrizaje de la cápsula.










La joven hizo una breve y repentina inspiración, contuvo el aire un par de segundos y finalmente lo soltó con un gruñido.












—¿Vicder? ¿Estás viva?














Una serie de leves espasmos recorrieron los miembros robóticos y, acto seguido, la chica arrugó el rostro como si hubiera mordido un limón. Incapaz de detener el tic nervioso de los párpados, entrecerró los ojos y se volvió hacia él. 









—¿Vicder?








La chica se incorporó poco a poco, hasta quedar sentada. Movió la mandíbula y la lengua unos segundos, sin emitir ningún sonido, y cuando finalmente consiguió hablar, le costaba pronunciar con claridad.
















—Los ajustes predeterminados del control automático… casi consumen toda mi energía.











—Creo que sin el casi.









Vicder frunció el ceño y pareció momentáneamente confusa, antes de alargar la mano hacia el cable que seguía conectado a su cerebro. Se lo arrancó y cerró el panel de golpe.











—¿Abriste mi panel de control? –dijo, pronunciando con un poco más de claridad gracias a la indignación que acompañaba sus palabras.











JJ le devolvió el ceño.











—Oye, tranquila -anuncio levantando  las manos- Te aseguro que hubiera preferido no hacerlo.










Vicder clavó sus ojos en él con expresión malhumorada: no del todo enfadada, pero tampoco agradecida. Se sostuvieron la mirada largo rato, mientras el motor zumbaba al otro lado del pasillo y una de las luces de un rincón decidió apagarse, parpadeando a intervalos irregulares.














—Bueno, supongo que a eso se le llama pensar rápido –admitió Vicder al fin, a regañadientes–.







Una sonrisa de alivio iluminó el rostro de Leroy.









—Acabamos de compartir otro de esos momentos, ¿verdad?














—Si por momentos te refieres a que no desee estrangularte por primera vez desde que nos conocemos, entonces creo que sí. –Vicder se desplomó en el suelo–. Aunque puede que solo sea que estoy demasiado agotada para querer estrangular a nadie.













—Me conformo con eso Bella durmiente —contestó Jean, y se estiró a su lado para disfrutar de la fría dureza del suelo del muelle, las insoportablemente deslumbrantes luces del techo, el hedor que todavía desprendían sus ropas y la incomparable sensación de libertad.










–No te agradecí por no dejarme sola en el taller de tu amigo –murmuró Vicder con los ojos cerrados, disfrutando del sonido del motor como fondo– No muchos hubieran sido tan tolerantes como tú.













–No hay de que pequeña –contestó JJ sonriendo– yo no soy una santa Paloma, se lo que se siente que no te apoyen, aunque… Me contaras si todo lo que he escuchado de ti es cierto?









Leroy la volvió a ver sonriendo, con los ojos brillantes. Vicder abrió sólo un ojo para verlo, sonriendo. 










–No arruines el momento Cadete. 

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GLOSARIO:

*Travesaño: Pieza alargada de madera o metal que atraviesa de una parte a otra.

*Ladeada: Implica mostrar el cuello al descubierto con la cabeza hacia un lado 

Buenas Noches gente linda, aquí les traigo un nuevo capítulo de Vicder y que espero de corazón, lo disfruten. Un abrazo muy muy grande, deseándoles lo mejor y que se cuiden mucho ❤ Nos vemos pronto corazones ❤ ❤ ❤

Publicado por dmoonbrillentq

Dmoonbrillentq me encanta leer y ver anime, es una forma de poder desprenderme de toda la realidad y adentrarme a miles de aventuras que disfruto montones, por lo que cada historia y experiencias me encantaría poder compartirlo con ustedes. A nivel más personal amo la música y el baile <3 y ayudar a las demás personas, por lo que si necesitas en algún momento poder conversar con alguien aquí estaré

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