Capítulo 6: Escape


Jean-Jacques Leroy

ID #0098456585

Nacido el 15 de Julio de 112 T.E República Americana, Sector de Canadá.

SS 564 Apariciones en los medios

WEBNOTICE. El 12 de Enero del 132  T.E. El Ex-Cadete de las Fuerzas AÉREAS Americanadienses Jean-Jacques Leroy, Ha sido declarado culpable y condenado a 15 años de cárcel tras un breve juicio de Dos semanas.

El texto verde avanzó poco a poco ante la visión de Vicder, documentando los delitos de un tal Jean-Jacques Leroy, que había llevado una vida muy productiva infringiendo la ley a pesar de haber cumplido los veinte hacía apenas unos meses: un cargo por deserción, tres cargos por robo internacional, un cargo por intento de robo,seis cargos por posesión de bienes robados y uno más por robo de propiedad gubernamental.



La última sentencia ni siquiera hacia justicia al delito cometido. Había robado una nave espacial del ejército de la República Americana. De ahí la nave espacial de la que estaba tan orgulloso.


Aúnque en ese momento cumplía una pena de seis años en la Comunidad Oriental por el intento de sustracción de un collar de jade de la segunda Era, También  se le buscaba en Australia y Rusia, sin descontar la orden de Captura de Emergencia que tiene en su propia tierra, América. Por lo que acabaría siendo procesado y cumpliendo condena en el primer país que se apresurara a solicitarlo apenas se termine su condena  en la Comunidad.


Vicder se dejo caer contra un cuadro de interruptores, arrepintiéndose de haberlo comprobado. Ya era bastante malo escapar de la cárcel, pero ¿ayudar a fugarse a un delincuente -un delincuente de verdad-, y hacerlo en una nave espacial robada?

Tragó saliva y volvió a mirar por el agujero que había abierto entre la sala de calderas y la celda del preso. Jean Leroy seguía sentado en su camastro, con los codos apoyados en las rodillas, jugando con los pulgares.

Vicder se limpió la mano empapada de sudor en el mono blanco. Aquello no tenía nada que ver  con Jean Leroy, aquello tenía que ver con la reina Minako, el emperador Yuuri y la «princesa Svetlana», la niña inocente a la que Minako había intentado asesinar hacía trece años y que había sido rescatada y trasladada a escondidas a la tierra. La que seguía siendo la persona más buscada del mundo. Y que resultaba ser la propia Vicder.

Hacía menos de veinticuatro horas que se había enterado de aquello último. El Doctor Feltsman, que lo sabía desde hacía semanas, había decidido informarla acerca de las pruebas de ADN que le había realizado y que demostraban su sangre real justo después de que la reina Minako la hubiera reconocido en el baile anual y hubiera amenazado  con atacar la tierra si no enviaban a Vicder a la cárcel por ser una emigrante lunar ilegal.

De modo que el doctor Yakov había conseguido colarse en su celda y le había dado un pie nuevo (el suyo se había quedado en los escalones del palacio), una mano biónica que incorporaba lo último en la tecnología, equipado con artilugios increíbles fabricados por la doctora Lilia, y la noticia más impactante de su vida. A continuación le había pedido que se fugara y que se reuniera con ellos (ya que la doctora huyo con él) en África, como si fuera tan fácil como instalar un procesador nuevo en Jard 3.9

Al menos la orden, tan sencilla como imposible, le habían servido para mantener la mente ocupada en algo y dejar de darle vueltas a su identidad recién descubierta. Cosa que era de agradecer, ya que, cada vez que lo pensaba, su cuerpo tendía a sufrir un ataque que la dejaba fuera de combate, y no era el mejor momento para andarse con rodeos. Independientemente de lo que hiciera cuando saliera, había algo indudable: quedarse allí y esperar a que la reina Minako la reclamara como cordero a degollar no lo iba a permitir, no sin antes luchar por su vida.

Volvió a echar un vistazo a su compañero de celda. SI hubiera tenido claro un primer destino no muy lejano y allí la esperaba una nave espacial que funcionara, tal vez la fuga incluso podría tener un final feliz.


Leroy seguía dándoles vueltas a los pulgares, obedeciendo la orden que ella le había dado de dejarla en paz. Las palabras le había ardido en sus labios al pronunciarlas, le bullía la sangre bajo la piel en llamas. La sensación de sobrecalentamiento era un efecto secundario de su don lunar, un poder que el doctor Yakov había conseguido liberar después de que un dispositivo que llevaba implantado en la columna vertebral le hubiera impedido utilizarlo durante años. A pesar de que seguía pareciéndole cosa de magia, en realidad se trataba de un rasgo genético característico de los lunares, que les permitía controlar y manipular la bioelectricidad de otros seres vivos. Podían hacer que la gente viera cosas que no eran reales o experimentar emociones falsas. Podían lavarles el cerebro y obligarles a hacer cosas que de otro modo nunca harían. Sin discusión, sin resistencia.

Vicder todavía estaba aprendiendo a utilizar ese «don»y no acababa de entender del todo cómo había conseguido controlar a Jean, Igual que tampoco estaba segura de cómo se las había arreglado para persuadir a uno de los guardias para que la trasladara a una celda más conveniente. Lo único que sabía era que había sentido deseos de estrangular a aquel compañero de celda al ver que no callaba su parloteo y que el don lunar había nacido en la base del cuello, espoleado por el estrés y los nervios. Había perdido el control de la situación un solo segundo y, en ese suspiro, Leroy había hecho exactamente lo que ella deseaba que hiciera.

Había cerrado la boca y la había dejado trabajar en paz.


Los remordimientos habían aparecido al instante. Desconocía los efectos que tenía en la otra persona, teniendo en cuenta que se trataba de una manipulación  mental. Y, lo más importante, no quería ser uno de esos lunares que se aprovechaban de sus poderes solo porque tenía la posibilidad de hacerlo. En realidad, no quería ser lunar.

Resopló y se apartó un mechón de la cara de un bufido antes de asomarse al agujero que había quedado al arrancar el urinario de la pared.

Jean levantó la vista cuando vio que la joven se detenía delante de él, con los brazos en jarras. Seguía aturdido y, aunque Vicder odiaba admitirlo, era bastante atractivo. Siempre y cuando a uno le gustaran los tipos altos con pómulos bien marcados, ojos grises tirando a verde, sonrisa picara y cabello negro, aunque le hacía falta un buen corte y una buena afeitada.

A comparación, a ella le gustaba más cierto príncipe cruel de ojos Marrones que se mantiene alejado de ella…

Vicder hizo un pequeño puchero y tomó aire… si por lo menos pudiera explicarles las cosas… Sacudió la cabeza para tratar de alejar la imagen de Yuuri.

—Te he obligado hacer lo que quería que hicieras, y eso no está bien. He abusado de ti y te pido disculpas.

Jean parpadeó y miró la mano metálica y el destornillador que asomaba por la punta de un dedo.

—¿Eres la misma chica que estaba antes aquí? -preguntó, con una voz sorprendentemente clara, a pesar del fuerte acento.

No sabía porque, pero Vicder había imaginado que arrastraría las palabras después de la manipulación mental.

—Pues Claro



—Ah -frunció el ceño-. Antes parecías más guapa que ahora.

Vicder chirrió los dientes irritada por el comentario, pensando que después de todo se merecía lo que le hizo, podía retirar sus disculpas y mandarlo por un tubo; pero al final  cruzó los brazos sobre su pecho. Ya tendría tiempo más tarde.

—Cadete Leroy, ¿no?

—Capitán JJ, cariño, o tu amado rey. Puedes llamarme así también -respondió dándole un guiño-.

—Ni lo sueñes. Tu expediente dice que eras cadete cuando desertaste.

Leroy frunció el ceño, confuso, instantes antes de que se le iluminara la cara y la señalara con un dedo.

—¿Portavisor en la cabeza?

Vicder se mordió la mejilla por dentro.

—Bueno, en sentido estricto, sí -admitió-, Pero ahora soy Capitán. Me gusta como suena y Me hace más popular con las chicas, a ellas les gusta.

Vicder, nada impresionada, señaló la sala de caldera, que quedaba al otro lado de la pared.

—He decidido que puedes venir conmigo si logramos llegar hasta tu nave. Pero… intenta estar calladito.

Jean se había levantado del camastro antes de que Vicder hubiera terminado de hablar.

—Ha sido mi encanto irresistible lo que te ha convencido ¿cierto?

La joven suspiró y se coló por el agujero, procurando evitar las cañerías arrancadas.

—Entonces, esa nave de la que hablas, es la robada, ¿verdad? ¿Del ejercito de la República Americana? 

—Prefiero no usar la palabra «robada». No tienen pruebas de que no fuera a devolvérselas.

—Me tomas el pelo, ¿no?

Se encogió de hombros.

—Tú tampoco las tienes.

Vicder se volvió y lo miró de reojo.

—¿Se la ibas a devolver o no?

—Puede ser…

Una luz anaranjada parpadeó en el límite de su campo de visión: su programación ciborg detectaba cuando alguien mentía.

—Lo que imaginaba -musitó- ¿Pueden rastrear la nave?

—Me ofendes. Claro que no, no soy ningún novato. Extraje el equipo de rastreo hace siglos.

—Bien. Lo que me recuerda… -Levantó la mano, escondió el destornillador y, tras un par de intentos, apareció el estilete-. Hay que extraerte el chip de identidad.

Leroy pego un gritito agudo retrocediendo medio paso.

—No me digas que eres aprensivo o padeces de hematofobia

—Claro que no -aseguro, soltando una risita incomoda y empezando a arremangarse-. Es solo que… ¿Esa cosa esta esterilizada? No quiero que mi hermosa piel sufra alguna infección.

Vicder lo fulminó con los ojos.

—Quiero decir que… Bueno, estoy convencido de que eres muy higiénica y todo eso, pero es solo que… -su voz se fue apagando sintiendo los ojos de Vicder traspasándolo, vaciló y acabó tendiéndole la mano-. No importa, procura no tocar nada vital. ¡Y que no sea una gran cicatriz, eh! 

Vicder se inclinó sobre el brazo y colocó la hoja sobre la muñeca con tanto cuidado y delicadeza como pudo. Leroy ya tenía una pequeña cicatriz en el mismo sitio, seguramente de haberse sacado un chip de identidad anterior, la primera vez que había huido de la justicia.


Leroy   contrajo los dedos en los dedos en el momento de la incisión, cerró los ojos y respiraba lentamente por la boca. Vicder extrajo el chip ensangrentado y lo arrojó al amasijo de cables que había en el suelo, antes de cortar  un trozo de tela de la manga del uniforme y vendarle el pequeño corte.





—¿Solo me lo parece a mí o este es un momento muy especial en nuestra relación?






Vicder resoplo en tono de burla terminando el nudo del vendaje.






—Claro, y como muestra de mi gratitud, guardare el secreto de tu miedo a la sangre a tus fans, Cadete.






Jean rió nervioso.




—Cuento con esa promesa.






Vicder se dio media vuelta sonriendo y señalo una rejilla que había cerca del techo. Estaba Rodeada de manojos de cables que escapaban del cuadro de interruptores de control de potencia y desaparecían por decenas de agujeros a lo largo de la pared.







—¿Podrías ayudarme a subir ahí?








—¿Que es eso? -pregunto Leroy, que ya había empezado a entrelazar las manos.




—Un conducto de ventilación.


Vicder apoyó un pie en las palmas del chico e hizo caso omiso de sus gruñidos cuando la izó. No le sorprendía, consciente de que, debido a la pierna metálica, pesaba más de lo que parecía.






Gracias a la ayuda adicional, consiguió retirar la rejilla en cuestión de segundos. La dejó sin hacer ruidos sobre las tuberías que corrían por encima de su cabeza y, dándose impulsó, desapareció por la abertura sin vacilar.




Cargó los planos de la estructura interior de la cárcel para determinar la dirección que debían seguir mientras esperaba a Jean subiera detrás de ella. Vicder cambió el destornillador por la linterna incorporada y empezó a avanzar a gatas.




Arrastrar la pierna metálica, que arañaba el aluminio cada pocos centímetros, era un trabajo arduo y pesado. Incluso se detuvo en un par de ocasiones, creyendo haber oído unos pasos por debajo de ellos. ¿Darían la alarma cuando descubrieran que habían escapado? En realidad, le sorprendía que no hubiera saltado ya. Habían salido de su celda hacía treinta y dos minutos.






El sudor le resbalaba por la nariz, y el ritmo de sus pulsaciones hacía que el tiempo se alargara cada vez más, como si su reloj interno se hubiera encallado. La compañía de Leroy empezaba a plantearle muchas dudas. Si ya iba a ser complicado ella sola…, ¿cómo iba a conseguir sacarlo a él también de allí?.




De pronto la asaltó una idea, clara e inesperada. También lavarle el cerebro.






Podía convencerlo para que le dijera dónde estaba la nave y cómo llegar hasta ella y luego le haría decidir que, al final, no deseaba acompañarla. Lo haría volver a su celda, donde estaría seguro. No le quedaría más remedio que escucharla.








—¿Va todo bien?






Vicder dejó escapar el aire que había retenido en sus pulmones.








No. No se aprovecharía de él; ni de él ni de nadie. Hasta la fecha, se las había arreglado bien sin el don lunar y se las arreglaría igual de bien para sacar a ambos de este lugar, era una promesa.




—Disculpa -musitó-, solo estaba comprobando los planos. Casi hemos llegado.






—¿Los planos?






Vicder no contesto. Minutos después doblo un recodo y vio un cuadro de luz que se proyectaba en el conducto del techo a través de una rejilla. Esperanzada, y lanzando un suspiro de alivio, se acercó y asomó la cabeza poco a poco para echar un vistazo.






Vio un suelo de cemento con un pequeño charco de agua estancada debajo de ella y, a menos de seis pasos del charco, otra rejilla, esta más grande y redondeada.






Una alcantarilla. Justo donde los planos decían que estaría.






La altura era considerable, pero si conseguían llegar al suelo sin romperse una pierna, casi podía decirse que iba a resultar fácil.






—¿Donde estamos? -pregunto Jean en un susurro








—En un área de descarga subterránea, por donde entran los alimentos y los suministros.






Con toda la elegancia que le permitían las reducidas dimensiones del conducto, salvó la rejilla y se dio la vuelta para que Jean y ella pudieran mirar.








—Tenemos que llegar hasta ahí, hasta esa alcantarilla.






Leroy frunció el entrecejo y señalo algo con el dedo.






—¿Eso de ahí no es la rampa de salida?








Vicder asintió con la cabeza, sin mirar.




—Y, entonces , ¿por qué no intentamos llegar hasta allí?


Lo escudriño con atención; la rejilla proyectaba sombras extrañas sobre su rostro.








—¿Y vamos paseando tranquilamente hasta tu nave? ¿Con estos uniformes de presidarios que dañan la vista de lo blancos que son?








Leroy volvió a fruncir el entrecejo, pero unas voces ahogaron su respuesta. Retrocedieron.




—Yo no la vi bailando con él, pero mi hermano sí -dijo una mujer. Las palabras venían acompañadas de pasos, a lo que siguió el estruendo que producía una puerta de persiana al levantarse y deslizarse por unos raíles metálicos-. Llevaba el vestido empapado pero era muy bonita, su cabello era de un color extraño.




—Pero ¿por qué iba el emperador a bailar con una ciborg? -replicó el hombre-. Y que luego ella se fuera y atacara a la reina Lunar de esa manera y tratara de dispararle al emperador… venga ya. Tu hermano se lo invento. Me apuesto lo que quieras a que la chica no era más que una chiflada que se colo en el baile. Seguramente lo hizo como medio de protesta por las injusticias que se cometen con los ciborgs.






—¿Y si fuera así? Es cierto que los tratan bastante mal. Por Canopus, ellos siguen siendo humanos después de todo. Aparte, no creo que mi hermano mintiera. Me dijo que cuando bailaron juntos hasta se besaron y eso fue lo que enfureció a la Reina Minako.






La conversación se vio bruscamente interrumpida por el ruido ensordecedor de una nave de reparto.




Vicder se arriesgó a atisbar por la rejilla y vio que un vehículo entraba marcha atrás en la zona de descarga, en dirección al muelle que se encontraba debajo de ellos, y se detenía justo entre Vicder, Jean y la alcantarilla.










—Buenas, Eiji -dijo el hombre, cuando el piloto descendió de la nave.






El silbido del sistema hidráulico de una plataforma ahogó el intercambió de saludos.






Vicder aprovechó el ruido y utilizó el destornillador para retirar la rejilla. A continuación, le hizo un gesto con la cabeza a Leroy y este la levantó con sumo cuidado.








El sudor corría por el cuello de Vicder, y el corazón le latía con tanta fuerza que pensó que acabaría contusionándose el interior de la caja torácica. La chica asomo la cabeza por la abertura y echó un vistazo al muelle en busca de alguna otra señal de vida cuando vio, a menos de un brazo de distancia, una cámara rotatoria atornillada al techo de cemento.






Se aparto de inmediato, con el zumbido de la sangre en los oídos. Por suerte, la cámara estaba enfocada en dirección contraria, pero aún así era imposible salir de ahí sin que los descubrieran. Además, también tendría que ocuparse de los tres empleados que estaban descargando la nave, y cada minuto que pasaba los acercaba al momento en que un guardia encontraría las celdas vacías.






Vicder cerró los ojos y visualizó mentalmente dónde estaba la cámara antes de sacar el brazo, con sumo cuidado. La mano avanzaba a ciegas, pegada al techo -la cámara estaba más lejos de lo que le había parecido a primera vista-, hasta que los dedos encontraron algo. Vicder atrapó la lente y apretó. El plástico apuso la misma resistencia que una ciruela en su puño de titanio y produjo un crujido tranquilizador, aunque ensordecedoramente alto para su gusto.










Prestó atención y le alivió comprobar el movimiento y la charla no se habían interrumpido por debajo de ellos.








Había llegado el momento. No tendrían más de un minuto antes de que alguien se diera cuenta de que una de las cámaras había dejado de funcionar. Levantó la cabeza, le hizo un gesto a Jean y se deslizo por la abertura.








Cayó sobre el techo de la nave de reparto con un sonoro golpetazo metálico que hizo estremecer el vehículo. Leroy la siguió y aterrizó con un gruñido apagado. Las voces enmudecieron.








Vicder se dio la vuelta en el momento en que los tres empleados salían del muelle con el sello fruncido, desconcertados, y se quedaban helados al ver aquellas dos figuras en lo alto de la nave. Vicder vio que reparaban en los uniformes blancos, en la mano biónica.








Uno de los hombres hizo ademán de coger el portavisor que llevaba en el cinturón.














Apretando los dientes, Vicder alargó el brazo en su dirección y se concentró en que no pudiera alcanzar el visor y dar la alarma. En la mano petrificada a apenas unos centímetros del cinturón. El hombre detuvo el brazo obedeciendo la voluntad de Vicder y lo dejó suspendido en el aire, inmóvil. La miraba con los ojos desorbitados por el miedo.










—Quietos -dijo Vicder con la voz ronca. Los remordimientos le atenazaban la garganta. Sabía que estaba tan aterrada como las tres personas que tenía delante y, aun así, el pánico que se reflejaba en sus rostros eran inconfundible.










La sensación de quemazón regresó, se inició en lo alto de la nuca y se propagó por la columna vertebral, los hombros y las caderas, estallando cuando topaba con la prótesis. No fue dolorosa ni repentina como cuando el doctor Yakov liberó su don lunar por primera vez. Al contrarió, casi resultaba reconfortante… placentero.








Podía sentir a las tres personas que había en la plataforma; la bioelectricidad se desprendía de ellas en  impulsos ondulados que electrizaban el aire, lista para someterse a su control.

«Dense la Vuelta!




Al unísono, los tres empleador se volvieron con movimientos rígidos y torpes.


«Cierren los ojos, tápense los oídos» -vaciló antes de añadir- «Tarareen» 






Al instante, el zumbido de tres personas tarareando con la boca cerrada inundó lo que hasta ese entonces había sido un silencioso muelle de descarga. Esperaba que aquello bastara para impedirles oír que abrían la alcantarilla del suelo y rezó para que asumieran que Leroy  y ella habían huido por la puerta de la zona de descarga o que habían subido a escondidas a otra nave de  reparto.








Leroy contemplaba la escena boquiabierta cuando Vicder se volvió hacia él.






—¿Que les pasa?




—Obedecen -contestó ella con gran pesar, odiándose por lo que había hecho. Odiando el tarareo que inundaba sus oídos. Odiando aquel don tan antinatural, poderoso e injusto.








Sin embargo, ni siquiera se le pasó por la cabeza liberarlos de su control.








—Vamos -dijo, al tiempo que saltaba y se deslizaba para descender de la nave.














Se arrastró bajo el vehículo y vio que la alcantarilla quedaba justo entre las ruedas de aterrizaje. Aunque le temblaban las manos, consiguió girar un cuarto la tapa y la levanto. Un charco poco profundo de agua estancada lanzó un destello apagado en la oscuridad.










No había demasiada distancia hasta el suelo, pero al sumergir los pies descalzos en el agua aceitosa se le revolvió el estómago. Jean la siguió un segundó y volvió a colocar la tapa en su sitio. En la pared se abría un pestilente túnel circular de cemento que apenas le llegaba a la cintura y que olía a desperdicios y moho. 


—¡Puaj! esto es asqueroso, necesitare un buen baño después de esto






—Esta vez estoy de acuerdo contigo -respondió Vicder- Pero es la única forma de salir.






Arrugando la nariz, Vicder se agachó y empezó  a avanzar a gatas.

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GLOSARIO

*Canopus: También conocido como Canopo es una estrella de primera magnitud, la segunda estrella más brillante del firmamento, situada en la constelación de la Quilla.  A causa de su brillo,  se utiliza a menudo como punto de referencia para la orientación de las naves espaciales.

*Aprensivo: Que tiene un miedo exagerado a contagiarse de alguna enfermedad o imagina que sus más mínimas dolencias revisten una gran gravedad.

*Hematofobia: Se utiliza para referirse a un tipo peculiar de fobia que se caracteriza por el miedo irracional a la sangre. 


*Izó: Acción de hacer subir una cosa con fuerza, ya sea por medio de una cuerda o a punto muerto con las manos.

*Izó: Acción de hacer subir una cosa con fuerza, ya sea por medio de una cuerda o a punto muerto con las manos

Buenas Tardes Gente Linda, les traigo un nuevo capitulo en el proceso de Escape de Vicder y JJ!

Espero que les guste mucho. Gracias a todas las personas que me han apoyado en este proceso que estoy pasando y por su enorme paciencia. Les mando un abrazo muy grande!

Nos vemos pronto! ❤

Publicado por dmoonbrillentq

Dmoonbrillentq me encanta leer y ver anime, es una forma de poder desprenderme de toda la realidad y adentrarme a miles de aventuras que disfruto montones, por lo que cada historia y experiencias me encantaría poder compartirlo con ustedes. A nivel más personal amo la música y el baile <3 y ayudar a las demás personas, por lo que si necesitas en algún momento poder conversar con alguien aquí estaré

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