Tabú 48


Alcanzar la victoria, estábamos solo a unos puntos de lograrlo.

La escarcha que se levantaba por nuestro paso en la pista helada bañaba nuestros rostros y la gente coreaba nombres desde las graderías del coliseo. Nosotros levantamos las manos en señal de victoria, así de motivados nos sentíamos en ese momento.

Llegamos a la gran final.

Víctor no estaba presente, él tenía una importante cena de negocios ese día y como buen presidente de Nefrit la priorizó en su agenda. Me dije que era mejor porque si estuviera observando el partido junto con Lilia y Mila, que sí estaban en el coliseo, tal vez yo me sentiría abochornado y es que mi hermano solía perder la compostura cuando se hallaba muy entusiasmado y podría estar diciendo esas frases ridículas que no sé de dónde las saca.

“Yuri eres el mejor de todos”. Eso me pondría en la mira de mis compañeros de equipo a quienes no les caía bien para nada.

“Yuri sigue así mi niño”. Si ya era vergonzoso que me dijera niño, lo era peor cuando agregaba el maldito posesivo por delante.

“No te detengas Yuri, te compraré un helado gigante”. Una vez lo dijo. Era uno de los partidos iniciales al que fue a alentarme y ese día me arrepentí de haberlo invitado.

“Yuri no te dejes”. Como si fuera fácil evitar a una mole de ciento ochenta centímetros que me empujaba contra la valla.

“Ese es mi Yuri”. Era suyo, su hermanito menor como solía decir y yo anhelaba que me dijera esa frase entre las sábanas y no en pleno intento por hacer un punto de penalti. Me quería morir.

Observé el cambio de las cifras en el tablero, veintiséis puntos conseguidos por mi equipo. Nuestros ojos en la pastilla negra y la respiración convirtiéndose en vapor. Otabek me hizo una señal para que ingresara más en su área, estaba dispuesto a arriesgar nuestros pases y así sería en lo que restaba del partido. Entregaríamos el alma en la pista.

El árbitro bajó la mano y yo rocé con suavidad la pista con mi stick. La pastilla se puso en movimiento y el kazajo la robó de inmediato buscando el arco rival. Los defensas y hasta el central fueron a detenerlo, pero él era tan rudo e insistente que luchó con coraje por ella hasta que la pasó a Karim. Ese estúpido se puso nervioso y perdió una entrada que para mí pudo ser muy fácil.

Popovich estaba al borde de un ataque de nervios, levantaba las manos todo el tiempo como si pidiera a algún dios que le ayudara a meter otro gol, tiraba su gorra al suelo y la recogía y como nunca escuché todo tipo de groserías saliendo de su boca. Sonreí.

Seguimos moviéndonos para recuperar el puck y correr contra el reloj y contra la posibilidad que Los Rayos de la escuela 23456 nos igualaran en puntaje. Nuestras cuchillas nos hicieron volar por la pista, Otabek a la derecha y yo por el lado izquierdo por un segundo cruzamos miradas y el capitán del equipo me regaló una sonrisa.

Era raro ver sonreír a Otabek, por lo general se encuentra con ese gesto inexpresivo que puedes interpretar como que estuvieras junto al tipo más aburrido del mundo; pero de un momento a otro sonríe y se ve muy atractivo.

Amo la sonrisa de Otabek porque dice muchas cosas con ella; pero no me malinterpretes, amo a Otabek como a un hermano y ese momento su sonrisa me dijo “ahora Yuri”, le devolví la intensión con la mirada y juntos entramos pasándonos el puck entre los dos.

Los defensas y el arquero parecían estar mareados hasta que, en el último pase que le hice a mi mejor amigo, éste apuntó al arco y la pastilla se dirigió como un proyectil hacia la malla, la vi girar sobre la pista mientras calculaba su trayectoria de ingreso, pero no quise perderla de vista y ese fue mi acierto porque Sharapov, el arquero del otro equipo, la detuvo con su stick.

No podíamos creerlo porque ese era un gol seguro; pero la pastilla estaba allí retenida por el palo y rebotaba hacia el centro de la pista. No quise dudar más en mi decisión y me deslicé con el estómago puesto sobre el hielo, con los brazos estirados y sujetando el palo por la mitad, busqué la maldita pastilla negra, la pala de mi stick la tocó con suavidad; la detuve y la dirigí hasta el lateral derecho del arco.

Se acomodó con suavidad al fondo, yo seguí rodando hasta estrellarme contra el arquero mientras las voces en las tribunas de la escuela estallaron en un grito de triunfo. Todo se detuvo por un par de segundos y me sentí como si flotara en el aire. No me di cuenta que el borde de la cuchilla del arquero rival me cortaba la mano, ni tampoco que el defensa contrario caía sobre mi espalda. Solo me concentré en la pastilla y el arco y allí estaba un nuevo gol.

Cuando me puse en pie Otabek llegó a mí asustado porque vio las primeras manchas de sangre sobre el hielo. El entrenador Popovich quiso pedir tiempo para hacer el cambio y yo me negué levanté el pulgar hacia arriba y tomé el pañuelo que una de las porristas se quitó del cuello y envolví con él mi mano.

El árbitro dejó seguir el partido porque solo faltaban dos minutos para el final. La adrenalina no me dejaba sentir el dolor, vendé de forma precaria mi herida y tomé con más firmeza el palo y corrí hacia el centro de la cancha. Esos minutos los rivales aprovecharon para hacer un buen pase y meter otro gol.

Estaba enojado con los defensas de mi equipo así que les grité que se fijaran mejor en los dos atacantes laterales y no los dejaran pasar más. Ellos me miraron con mala cara y cuando la pastilla volvió a estar en movimiento lo único que hice fue correr tras de ella y no dejar que nuestros rivales me la quitaran, dribleé con ella y hasta hice dos altos desviando mi avance.

Lo que todos pensaron que iba a ser mi jugada personal la convertí en el pase del campeonato. Tiré el puck hacia la posición de Otabek haciéndolo pasar por entre las piernas del arquero que había salido para desviar el que ya sería mi tiro.

El kazajo estaba solo hacia el lado derecho porque todos se concentraron en detenerme así que recibió la pastilla y con gran elegancia la metió en el arco rival. Un nuevo grito de júbilo llenó el coliseo y mis compañeros levantaron los brazos eufóricos porque no cabían en su alegría.

Solo faltaban cuarenta y ocho segundos para finalizar el partido, pero de manera implícita Otabek y yo decidimos que no nos confiaríamos de nuestros resultados y seguimos atacando, hicimos un pase por detrás del arco y ante la imposibilidad de meter un gol desde ese ángulo “el oso” regaló la pastilla a Zaveliev, esta vez sí comprendió el movimiento y metió un gol extraordinario porque su primer intento rebotó en el cuerpo del arquero y el segundo envió la pastilla que estaba en el aire con un golpe certero hasta que la vimos estirar las mallas del arco y gritamos locos de alegría al ver el que fue el último gol del partido.

Otabek y yo fuimos elevados por los fuertes brazos de nuestros compañeros y por breves segundo nos tomamos de las manos y juntamos nuestras frentes felices de haber alcanzado esa victoria, una fotografía eternizó el momento. Una foto que mostraba cómo es el amor entre dos amigos, cómo se miran dos seres que han decidido ser casi como hermanos, dos almas muy distintas que se complementan buscando un objetivo y que además se sienten dichosas la una junta a la otra sin ninguna necesidad de tocarse, de pertenecerse, de apoderarse del otro.

Aunque no lo sabía yo amaba a Otabek; pero mi cariño era muy puro y opuesto a lo que sentía por mi hermano. Esa noche, cuando me di cuenta del amor que sentía por el kazajo, me pareció que era una tonta ironía que nacía de un corazón en el que todo estaba enredado y que era una locura no enfocar mis sentimientos de manera correcta.  

Aun llenos de euforia y felicidad infinita cumplimos con la ceremonia de premiación y recibimos las medallas de oro que las entregaron los tres representantes del campeonato, entre ellos el director de la escuela San Juan que fue la organizadora y anfitriona ese año. Lo acompañaban Igor Agrafonov representante de la liga escolar de hockey de San Petersburgo y Mariliya Borovkova quien era la representante de la liga de hockey a nivel nacional.

Nuestro equipo debía prepararse para enfrentar el campeonato nacional escolar de hockey que se realizaría en Omsk entre noviembre y diciembre de ese año. Representaríamos a nuestra ciudad y era una gran oportunidad para que muchos de nosotros demostráramos nuestras habilidades a los cazadores de talentos que estarían observando nuestro juego para llevarnos a las ligas mayores o al equipo de la Federación de Rusia.

Me gustaba la idea de jugar en forma profesional el hockey; pero por otro lado estaba mi sueño de convertirme en diseñador de modas como mi padre y como mi maestra Lilia. En ese momento todavía no tenía bien definido mi amor por el deporte o por el diseño; pero me prometí tomar un camino decisivo para fin de año.

Después que el equipo médico atendiera el corte de mi mano, me uní a mis compañeros para dar una vuelta de victoria saludando y agradeciendo a nuestros compañeros de colegio que nunca dejaron de alentarnos desde las tribunas, después de pasar la copa de la victoria de mano en mano y besarla felices, tras las fotografías oficiales, los abrazos y los aplausos.

Después de levantar en brazos y lanzar un par de veces al aire al coach Popovich agradeciendo sus consejos, enseñanzas, rigor y fe en nosotros. Después de recibir los abrazos y los besos de las porristas; cansados, golpeados y satisfechos nos dirigimos hacia los vestidores. Otabek y yo caminábamos juntos cuando escuchamos por encima de nuestras cabezas las voces de Mila y de Lilia.

Fue tan grato ver a las damas que felices corearon nuestros nombres y aplaudieron, que los dos alzamos la cabeza y las saludamos con una gran sonrisa.

—¿Van a ir a algún lugar a festejar? —preguntó Mila mientras su voz cortada a penas se escuchaba con el barullo que aún reinaba en el coliseo.

—Creo que iremos a cenar a un restaurante céntrico. —Ese momento no sabía bien a dónde nos llevaría Popovich, él nos había prometido una gran cena si ganábamos.

—Pregúntale si puedo acompañarles, yo pago lo mío solo quiero estar junto a ustedes. —La felicidad que mostraba en sus ojos esa bella bruja me hacía sospechar que de tanto ver a Otabek en Nefrit ya comenzaba a sentir algo por él—. Avísame por favor. —Y ese instante no me miró porque sus ojos solo se dirigían al serio y aterrorizado kazajo que la miraba con los ojos muy abiertos.

—Espera… —le dije y corrí hacia el entrenador para preguntarle si una amiga podía acompañarnos. Él dijo que no había problema si nuestros amigos o familiares querían ir con nosotros porque habían contratado un banquete.

Retorné con la misma prisa y con el pulgar arriba le dije a Mila que sí.

—Los espero en la salida posterior. —Mila le mostró la mejor de sus sonrisas y una mirada sospechosa a Otabek y el bobo solo mordió sus labios y levantó también el pulgar.

—Yo me voy a casa cariño, llama a Víctor tal vez y puede acompañarte en el banquete. —Como pocas veces lo hacía, Lilia me envió un beso con la mano y se retiró con esa majestuosidad que la distingue en cualquier lugar donde va.

Me despedí de las damas con un simple movimiento de manos y corrí para alcanzar a mi equipo al vestidor y ponerme ese saco elegante sobre la remera y jeans ajustados que vestí. No quería usar un terno completo porque esa noche pensaba comer y bailar sin parar.

—Yuri… dime, ¿Mila se sentará con nosotros? —Otabek comenzaba a poner esa cara ridícula de espanto.

—Sí o que pretendes que se vaya con Popovich… —le dije sin prestar mucha atención a sus palabras—. ¿Sabías que a él le gusta Mila?

Agachó la cabeza y se quedó contemplando la medalla que giraba entre sus manos.

—Pero a Mila no le gusta el coach —le dije entre risas y agregué con algo de maldad—. A ella le gusta otra persona de esta escuela.

Los ojos del kazajo se dirigieron de inmediato a Iona Góvulev el segundo al mando del equipo. Un tipo rudo, alto y con mucho carisma que trabajaba como preparador físico.

—Ella es una mujer profesional, con cierta fama y muy segura de sí. —Otabek cerró las puertas de su casillero y con cara de resignado añadió—. Yo solo soy un chico de colegio…

—Y un bobo que está enamorado y no se atreve a decirle nada y nunca sabrá si tal vez tuvo una maldita oportunidad con la chica de sus sueños. —Esa situación ya me estaba cansando, el kazajo no se atrevía más que a mirarla de lejos y yo tenía que hacer el absurdo trabajo que hace cupido—. Si no le dices nada ahora yo lo haré por ti, le diré que te gusta y si tienes alguna oportunidad con ella o si va a mandarte al diablo después de patear tus tímidas bolas.

—No… Yuri… yo… yo trataré de saber ahora qué pasa con ella, si tal vez le gusto un poquito o tal vez solo quiere ser mi amiga. —La cara de Otabek me hacía reír porque el “héroe”, el frío y rudo atacante del equipo, parecía un asustado suricato.

—Así se habla boludo. —Le saqué la lengua y puse mi maletín deportivo sobre mis hombros—. Vamos ya.

Estando en el bus junto a Otabek llamé a Víctor, pero éste respondió con un mensaje diciendo que no podía hablar conmigo porque se encontraba aún en la reunión con los representantes de uno de las mejores cadenas de hoteles de Arabia Saudita que querían vender nuestras colecciones de lujo en sus tiendas.

No quise molestarlo más y suponiendo que la reunión se extendería por muchas horas, le escribí que el coach nos llevaría a cenar y que iríamos a un restaurante cercano a nuestra escuela. Terminé mi mensaje con la promesa de estar en casa a las diez y media u once de la noche y apagué mi celular porque muchas chicas del colegio comenzaban a molestarme.

Ese fue el momento en que vimos entrar a Mila en el autobús, el profesor Popovich la había invitado y con esa discreta forma que él tiene de enamorar a las chicas le pidió que se sentara a su lado, pero la bruja le rechazó con mucha amabilidad y cuando nos ubicó caminó hasta nosotros para sentarse en el asiento delantero. Desde que se sentó comenzó a conversar con nosotros.

Vi cómo Otabek clavaba sus uñas sobre los brazos del asiento y cómo se ponía tan tieso mirando a Mila y su enorme escote que el pañolón rojo que llevaba puesto en el cuello no lograba cubrir. Mirando por la ventanilla del autobús a todas esas chiquillas que nos enviaban besos o mostraban su cariño en los carteles decidí que esa noche mi tímido amigo por fin debía atreverse a decirle algo a la bruja.

En el restaurante Mila se sentó junto a nosotros y como siempre acaparó la atención de todos los compañeros de equipo que la miraban con sus caras de tarados y se sentían algo intimidados con su presencia.

Mila es bella, cuando habla de más te puede marear; pero cuando se queda callada escuchando lo que dices es el momento que se vuelve peligrosa porque parece que estuviera auscultando tu interior y hasta te hace pensar que escucha tus pensamientos.

Y desde el momento que se sentó frente a mí y junto a Otabek supe que el kazajo no tendría que hacer nada porque Mila tomó las riendas de la conversación y de la situación con tanta naturalidad que él solo actuó por consecuencia. Vi como el kazajo dejó salir de su interior al caballero que tenía oculto y que con sus atenciones respetuosas y su sonrisa tímida fue complementando ese sutil hechizo de seducción que mostró todo el tiempo la pelirroja.

La cena fue deliciosa y luego de las emocionadas palabras de nuestros entrenadores y de la directora del colegio, nos despedimos para llegar temprano a nuestras casas. La mayoría de ellos se fueron con sus padres; Víctor no se hizo presente y supuse que se había ido de fiesta con los árabes.

Otabek, Mila y yo nos despedimos del entrenador y la bruja se convirtió en un demonio tentador.

—Vamos a una discoteca —pidió con esa mirada de fuego con la que abrazaba de lejos al kazajo.

—Otabek tiene dieciocho y tú tienes ochocientos años, a mí no me van a dejar entrar. —Pensé de inmediato que la bruja quería deshacerse de mí para luego llevar al bobo kazajo que la miraba como perro babeante a un lugar especial y hacer un sacrificio a los dioses con su cuerpo.

—No te preocupes tanto. Tengo un amigo en el Money Honey que nos dejará entrar a los tres. —Mila me tomó del brazo y a Otabek también y con un silbido hizo parar un taxi—. Solo será una hora chicos lo prometo y a media noche como cenicientas los dejo en vuestras casas ¿sí?

Aceptamos las condiciones del trato, pero como dos inexpertos no leímos las pequeñas letras de la parte inferior que tenía ese contrato.

Entré por primera vez a una discoteca y bailamos entre los tres. Mila pidió una botella de vodka, Otabek brindó con ella y entre esos dos pusieron una pinta de trago en mi jugo de frutas que lo bebí de inmediato.

Luego me senté en la barra y pedí unos bocadillos, lo que cené en el banquete no fue suficiente para mi voraz estómago. Mirando todo el ambiente seguí comiendo los piqueos que pedí y cuando ya no tuve dinero para pagarlos robé piqueos de los tipos que estaban sentados junto a mí mirando a las chicas con ojos de hambrientos chacales.

Desde la barra contemplé la pista de baile y vi a todos saltar y cantar cada tema conocido, hasta que por fin llegó el momento de calmar a esa masa de locos que sudaban y se movían sin parar. Entre ellos estaban Mila y Otabek bailando cada vez con menos distancia entre ellos, Mila levantaba su cabello y miraba de forma seductora a mi amigo, él solo le respondía con sonrisas cómplices y yo me sentía feliz por los dos.

De pronto la música se puso algo lenta y las luces parpadeantes se apagaron dando paso a un baño de luz azul. Miré a la parejita y Mila se acercó a Otabek, él la tomó con cuidado de la mano y la cintura, ella se acercó más al cuerpo del “héroe” con sensuales movimientos. Muy juntos dieron algunas vueltas, luego él se apartó un poco y tomándola de la mano la lanzó a la pista para luego enredarla entre sus brazos y apretarle más la cintura.

Ese que miraba era el verdadero Otabek. El chico de dieciocho, tan enamorado de una chica de veintitrés, que dejó de lado su aire infantil y solo tenía ojos, brazos, mejillas, mentón y piel mojada para seducir a tan hermosa mujer.

En ese instante descubrí cuanto amaba a Otabek. Lo amaba y hasta hoy lo amo como si fuera mi hermano. Me sentía muy contento viéndolo feliz junto a Mila y pensé que así debía haber amado a mi hermano, debí festejar su felicidad junto a Anya y jamás debí tentar al diablo con mis deseos. Sin embargo, era tarde pues mi corazón y mi cuerpo lo deseaban más que nunca, sin importarles que él tuviera mi misma sangre y que días atrás hubiera estado a punto de atacarme.

La bruja movió un poco la cabeza y la punta de su nariz topó el mentón del kazajo, yo me quedé hipnotizado mirándolos y fui testigo de la forma cómo Otabek bajó el rostro y en la siguiente vuelta acercó sus labios hacia los de Mila, cómo la miró con los ojos entrecerrados y como con una suave sonrisa le comenzó a besar.  

Mila abrió los labios y ese beso se convirtió en el más dulce que pude ver en mi vida. Se detuvieron y estoy seguro que las parejas bailando junto a ellos, las luces, la música y hasta el piso desaparecieron a su alrededor.

La bruja hechizó al “héroe” y éste rescató su alma de niña inocente.

«Por lo menos alguien debía amarse con todas sus fuerzas y con libertad», pensé y me serví un trago más para brindar por ellos. 

Nunca dudé de que su relación estuviera sustentada en amor verdadero, siempre pensé que los dos harían todo lo posible por cuidar su amor y por seguir juntos a pesar del mundo.

Hasta ahora no me han decepcionado.

Dejé que los enamorados siguieran bailando felices un rato más mientras comía unas salchichas picantes y tomaba algo de vodka con naranja.

De pronto quise saber qué hora era y encendí el celular. ¡Dios, era demasiado tarde y tenía como veinte llamadas perdidas de mi hermano y como cincuenta mensajes! Caminé hacia los enamorados y aunque me dio mucha pena interrumpir sus arrumacos tuve que hacerlo.

—¡Carajo Otabek ya es la una de la madrugada! —grité con todas mis fuerzas para que me oyeran.

El kazajo me miró y observó la hora en la pantalla de mi celular. Él no tenía que regresar temprano a casa pues tenía permiso de sus padres, pero no había avisado que se tardaría tanto. Mila también se asustó y corrimos por entre la gente que bailaba hasta el vestidor y luego hacia la calle para tomar un taxi.

En el camino mi celular sonó. Era Víctor quien me llamaba, tenía miedo de responderle, pero fue mayor mi temor de no hacerlo.

—¡¿Dónde diablos estás Yuri?!

—La cena se prolongó…

—¡No me mientas mocoso, fui al restaurante y ya no estabas allí cuando llegué! —La voz de Víctor era aterradora—. ¡No me tomes por idiota, sé que estás con ese chico de Kazajistán!

Quise decirle que también estaba con Mila y que el chico de Kazajistán y ella estaban abrazados en ese momento regateando el precio de la carrera con el taxista. No pude.

—En quince minutos quiero que estés en casa. —Colgó la llamada y los dos enamorados me miraban asustados porque, según me dijeron después, mi aterrado rostro los asustó también.

Por eso eligieron dejarme en casa primero y pagar lo que sea al chofer con tal que acortase el camino para llegar más rápido.

Yo temblaba como nunca porque la voz de Víctor había sonado tan dura y las palabras que empleo jamás las había escuchado en él. No solo temía un regaño y el enfado consiguiente; pensaba que esta vez sí había arruinado mi relación con él y la oportunidad de intentar conquistar su amor de hombre de nuevo.

—Yuri si quieres puedo llamar a Víctor en este instante para explicarle que fue mi culpa el que tardaras tanto. —Mila estaba asustada, tanto como yo lo estaba.

—No Mila, yo arreglo todo. — le dije y al apretar mi celular sentí el picor de la mano herida.

Bajé del taxi diciendo adiós y corrí hasta la puerta del edificio.

En el ascensor intentaba prepararme para un sermón acalorado de Víctor, decidí escucharlo sin interrumpir sus palabras y explicarle el problema cuando ya estuviera más calmado. Sería demasiado imprudente si lo enfrentaba. Eso fue lo que aprendí de él en ese año de convivencia y, además, era yo el que estaba en falta.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, caminé con paso lento hasta la puerta del departamento. Busqué la tarjeta para abrir la puerta y mi fue imposible sacarla con facilidad porque mis dedos estaban fríos y yo temblaba de pies a cabeza.

Pasé la tarjeta por la ranura y cuando escuché el sonido del picaporte cediendo ante la clave apreté mi puño y mi mandíbula esperando encontrarlo como un animal rabioso y con la espuma saliendo por su boca.

Mis primeros pasos dentro del salón fueron lentos y muy silenciosos. Dejé los zapatos en la entrada y seguí los dos metros que me separaban de la sala. Víctor no estaba allí, miré a Potya correr hacia mi dormitorio con el rabo ensanchado y pensé que esa era su manera de advertirme que se venía una tormenta de reproches.

Y así fue, cuando Víctor salió del pasillo hacia la sala me miró como nunca lo había hecho en su vida. Llevaba puesto una polera de cuello V color maíz y un sacón verde militar, acomodó sus cabellos bien peinados y olía a ese perfume de mandarina y miel que me volvía loco. Parecía que iba a salir, aunque fuera ya de madrugada.

—Víctor yo… perdóname…

—Una y cuarenta y seis, Yuri. —Miró su reloj y sus ojos se desviaron hacia la ventana—. Hace casi tres horas deberías estar en casa, llegas oliendo a alcohol y no eres considerado de decirme que te has ido a divertir con ese chico.  Pero eso no es lo peor, quisiste mentirme para tapar tu falta y de esa manera no podemos vivir. —Pasó junto a mí sin mirarme y mi corazón se empequeñeció—. ¿Qué confianza voy a seguir teniendo en ti si me mientes en forma tan descarada y haces lo que te viene en gana?, ¿cómo te voy a dejar solo cuando tenga que viajar?

Contrario a lo que había imaginado su voz no retumbaba en la sala, era firme pero serena y su postura estaba muy lejos de ser amenazante. Bajé la cabeza y mordí mi lengua para no responder, estaba esforzándome por recibir toda la reprimenda porque me la merecía de verdad; sin embargo, tenía que decir algo a mi favor.

—Víctor… nunca más volveré a hacerlo. —No sabía qué más decirle. Si intentaba explicar que me fui a una discoteca con Mila y Otabek, si trataba de desmentirle y alejar ese demonio que alentaba sus celos hacia mi amigo también me iría mal.

—Sí Yuri, nunca más volverás a hacer una estupidez como esta. —Se acercó una vez más y pensé que me tomaría del brazo con fuerza hasta llevarme a mi dormitorio; pero no lo hizo en su lugar se paró junto a mí y mirándome con frialdad dictó una sentencia—. Vete a dormir y mañana temprano mete tus cosas en tus maletas. Te vas a vivir a vivir con Lilia. Tal vez a ella le tengas más respeto y no le hagas esto que acabas de hacer conmigo.

El fuego estalló en mi estómago y comenzó a quemar con furia asesina mi interior. Yo solo había cavado mi propia tumba y en ese momento estaba sintiéndome como si estuvieran enterrándome vivo. Me paralicé y no pude mover ni un solo músculo cuando él caminó hacia la puerta y tomó la llave de su carro.

—Víctor… no me eches de tu vida —no pude decir nada más porque él cerró la puerta y no sé si me escuchó porque ya casi no tenía voz.

Quise ir tras de mi hermano; pero supe que de nada serviría porque su actitud me dijo que él no revocaría su sentencia.

No recuerdo cómo caminé hasta el sofá, solo sé que me quedé sentado por un buen rato repasando cada maldito movimiento, pensamiento y decisión que tomé ese día.

¿Qué fue peor? ¿Aceptar la invitación de Mila? ¿No avisar a mi hermano que iría con ella y Otabek a una discoteca? ¿No darme cuenta de la hora? ¿Haber apagado mi celular?

Tal vez esas fueron las últimas gotas que derramaron esa jarra llena de errores. Lo único que me vino a la cabeza fue que Víctor debía estar ya harto de mí y mis tonterías, de mi insistente deseo, de mi inmadura provocación, de mi tonta manera de llamar su atención, de la forma cómo lo obligaba para que tomara una decisión que seguro era muy difícil para él.

Ese instante supe que ni las lágrimas que detenía en mis ojos, ni mis gritos y mucho menos mis promesas permitirían que Víctor cambiase de decisión. No sé cuánto tiempo estuve sumergido en mi dolor, solo recuerdo que vi a Potya caminar paso a paso observándome todo el tiempo hasta que estuvo junto a mí en el sofá y apoyó su cara en mi mano herida.

De pronto sonó mi celular y en la pantalla vi el nombre de la bruja.

—¿Yuri, estás bien? —Su voz me sacó de mi estado catatónico y casi de forma automática le respondí.

—Sí estoy bien. —Y en ese momento sin querer mentí de nuevo porque me sentía morir, pero no quise molestarla más—. Duerme Mila, mañana hablamos.

—Hablé con Víctor e intenté explicarle la situación; pero me dijo que no estaba con ganas de conversar y me colgó. —Ella se escuchaba bastante preocupada.

—Solo me enojó y luego salió. —No quería decirle nada, no quería explicarle que me había pedido que me fuera de su casa y que lo había arruinado todo, no podía decirle que mi corazón se estaba rompiendo y que me dolía hasta hablar—. Tengo que dormir, estoy cansado.

—Está bien cariño, pero si necesitas que te ayude en algo o que te defienda de ese lobo blanco llámame. —Colgó la llamada y supe que por más desesperado o triste que estuviera tendría que callar ese dolor.

¿Cómo decirle a Mila que Víctor había llegado a su límite y que me estaba apartando de él para que no tuviera oportunidad de cometer el peor pecado de su vida? ¿Cómo le explicaría que deseaba a mi hermano y que había arruinado esa oportunidad de convertirme en su amante? ¿Cómo le hacía entender que él pensaba que Otabek había reemplazado a un chico con el cual salí en el pasado?

Los celos de Víctor y su enojo no fueron los de un hermano ofendido, eran celos de un hombre decepcionado y eso era lo que más me asustaba. Había soñado tantas veces que llegaría el momento que él volviera a tomarme con todo el deseo desbordado y me hiciera suyo. Yo estaba preparado para no resistirme y dejar que me hiciera cualquier cosa, con tal de sentirme suyo y meterme en su piel para que me amase más. Y en ese momento mis sueños se evaporaron, todo lo que anhelaba se fue a la mierda y todo gracias a mí.

Estaba tan furioso que mientras caminaba hacia mi dormitorio comencé a golpear las paredes con mis puños. Estaba casi como anestesiado con el dolor del corazón que no sentí como se abría una vez más la herida de la palma. Solo me detuve cuando una fuerte punzada en mi cerebro y vi una gota de sangre en el piso.

Entré al baño y durante veinte minutos me paré bajo la regadera hasta que un extraño escalofrío recorrió todo mi cuerpo y supe que debía descansar un poco, solo un poco hasta que fuera de día y tuviera las fuerzas y las ganas de hacer mis maletas y alistar a Potya para salir del cálido hogar que mi hermano nos había brindado durante casi un año.

Cuando llegué al dormitorio vi la hora en el celular, eran las tres de la madrugada. También vi las llamadas perdidas de Otabek y dos mensajes.

OSO:  Yuri ¿cómo estás?

OSO: Si quieres hablar llámame, no importa la hora.

Ya lo llamaría después.

Ese momento no tenía ganas de nada, me movía como un robot porque sentía que mi cuerpo pesaba una tonelada y en mi mente solo tenía una idea que daba vueltas sin parar: Si Víctor ya no me quería en su vida le diría adiós, aunque eso significase quedarme sin corazón.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

4 comentarios sobre “Tabú 48

  1. Lady ya está la actualización. Perdón otra vez por la demora, pero no va a volver a pasar. Y claro que me gustaría que fuéramos amigas. Escríbeme al face. Si no usas el mismo nombre que aquí por fa dime quién eres para poder aceptar tu solicitud de amistad. Gracias por la paciencia y el interés. Hasta la próxima semana.

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