Tabú 46


No podía reconocerlo.

Frente a mi tenía una fiera que me lastimaba el cuerpo. Sus manos se habían endurecido, su voz rugía potente acallando mis súplicas, las venas de su cuello saltaban llenas de lujuria y sus ojos, sus hermosos ojos azules, cobraron un brillo maligno que me hizo estremecer.

Lo amaba, lo deseaba con mi carne y con mi aliento. Había soñado tenerlo dentro de mí, quería probar su locura erótica; pero no de esa manera.

—¡Víctor… espera!

Yo todavía estaba furioso por esa estúpida fotografía y no pensaba en sexo, no en ese momento y no de esa manera; pero él no podía oírme y solo hacía ese ruido intenso con sus labios exigiendo que me calle.

Yo no esperaba que me tratase como una damita dulce y tierna, como una virgen que se entrega temblorosa en su primera noche. No era una rosa que debía tocar con cuidado, ni un suave conejo al que podría apretar y destrozar entre sus manos.

Desde que sentí atracción por los hombres y comencé a ver mis primeros videos porno pensé que el sexo entre dos varones resultaba ser algo duro y hasta agresivo. Lo había concebido de esa manera, porque nadie me daba orientación y solo las imágenes de las prohibidas páginas de la web me ensañaban que la rudeza era algo común.

Pero una cosa es ver a actores fingiendo bien un acto rudo y otra muy distinta es sentir que el hombre que tú amas y hasta casi veneras te está devorando como si fueras un simple pedazo de carne.

—¡Detente…!

No quería ese Víctor brusco y patán. Prefería al tonto que sonreía ante las cámaras o que severo me daba un sermón. El hombre que desgarraba mi ropa en ese instante no era el Víctor que yo había construido en mis sueños mojados, ni siquiera en mis putas fantasías extremas.

Quería una caricia y solo obtuve rasguños.

Quería besos y lo único que recibí fueron mordiscos furiosos.

Quería su calor y solo estaba sintiendo su descomunal vehemencia.

Incluso había imaginado palabras de amor y solo escuchaba que me estaba tratando como si fuera la más barata de las putas.

No quería que mi primera vez fuera así.

Me quedé paralizado. Intenté gritarle, pero dejé de escuchar mi voz. Quise alejarlo de mí, tal vez darle un golpe, pero no tenía fuerzas en mis brazos. Tal vez si me movía a un lado huiría de él, pero mis malditas piernas no me respondían.  

«Así se deben sentir las moscas en la tela de una araña», pensé.

Sin fuerzas ni voluntad para reaccionar, pensando todo el tiempo que eso no podía estar pasando; me convertí de pronto en un muñeco sin vida, como una marioneta que depende de alguien para moverse.

Y en lugar que mi cuerpo se calentara con los besos y el furor de mi hermano, comenzó a enfriarse y no dejaba de temblar de miedo y de frío.

Cuando sentí que sus dedos entraron en mí me quedé paralizado. Sin saber qué hacer me resigné a esa suerte, no quise pelear más y sin poder evitarlo me puse a llorar.

¿Alguna vez viste a un ratón arrinconado suplicando por su vida frente al gato? Ese era yo. Si Víctor me tomaba de esa forma sería casi como morir. No quería que fuese así o tal vez idealicé demasiado el momento y puse en un altar muy alto a mi hermano.

Entre Víctor y yo existía otros vínculos además de la sangre. Él era mi musa para que yo siguiera creando figurines. Lo imaginé como un caballero, como un héroe, como un príncipe y hasta como un guerrero. En ningún momento lo había imaginado como un animal que me devoraba y me hacía sentir como un minúsculo ratón.

Entonces sucedió, en la zona más profunda de sus ojos asomó de nuevo el Víctor que yo conocía y amaba. Y cuando la fiera que me estaba atacando se detuvo yo pude sentir el calor de mis lágrimas y el sonido de mi voz.

—Yuri… no puedo… no debo…

Víctor me miró y retrocedió espantado, recuerdo que quiso tocarme la mejilla; pero me pareció que se dio cuenta que estaba forzando mi interior y con mucho cuidado sacó sus dedos, se puso en pie y se alejó un par de pasos.

En ese preciso instante me di cuenta que el deseo de mi hermano estaba roto y me asusté aún más cuando él se miró en el espejo, tomó su rostro con las manos y sus labios comenzaron a temblar.

Lo vi negar en silencio varias veces, mover su cabeza de un lado a otro sin ánimos para mirarme.

—Víctor… yo… me asusté… perdóname soy un estúpido. Ya… ya no voy a llorar —le dije para que volviera junto a mí porque a pesar de haber visto su lado más salvaje no quería que me deje solo—. Te lo prometo.

Pero él seguía negando, mirándose al espejo y cuando volteó a verme una vez más dijo algo que me hirió más que sus rasguños.

—Yuri perdóname nunca más… nunca más.

Se dio la vuelta subiendo sus pantalones y caminó cansado hasta el corredor. Estiré mis brazos que parecían hechos de goma y grité su nombre.

—¡Víctooooor! ¡Veeeeen! —Pero él no retrocedió ni siquiera para mirarme—. ¡No lloraré!

Mentía porque estaba llorando mucho más. Temía perderlo, temía que me dejara solo, que no quisiera volverme a ver y que me dejara de amar.

—¡Vuelve a mí!

Quise correr tras de él y mis malditas piernas no me respondían, mi cuerpo entero seguía tiritando y mi voz se apagaba llena de dolor y miedo.

—¡Haré… lo que tú quieras!

Mis súplicas no sirvieron de nada pues escuché que la puerta del departamento se cerró y grité como nunca antes lo había hecho.

—¡Víctoooor!

Sé que no me escuchó y con un quejido moribundo, con la esperanza que pudiera sentir mi pena y mi vergüenza, con mis ansias y mi angustia sobre la piel, con el temblor mis labios fríos y tensos que cortaban las palabras lo llamé por última vez.

—¡No me dejes!

No sé cuánto tiempo me quedé llorando sentado al pie de la cama. Solo sé que los bigotes de mi gato rozaron mis manos heladas y entonces mi cuerpo cobró vida. Mis dientes chocaban entre ellos debido al frío, era tan intenso que podía sentir que hasta me dolían los huesos. Por unos segundos esperé escuchar a mi hermano regresando a casa, pero solo sentí el silencio del departamento hablándome con su inexistente voz.

Sin fuerzas para ponerme en pie me arrastré hasta el baño. Avancé a gatas hasta la ducha, entré en ella y con mucho esfuerzo abrí la llave. El agua caliente chocó contra mi piel y en pocos segundos ésta se puso roja, regulé la temperatura y me quedé sentado abrazándome sin parar de llorar.

El miedo inicial comenzó a desaparecer y sentí tanta rabia conmigo mismo, apreté mis piernas con los brazos y mis uñas ingresaron con facilidad en mi piel. Pero como no fue suficiente, cuando mi cuerpo cobró calor, golpeé con fuerza el azulejo hasta que uno de mis nudillos reventó y sangró.

—Estúpido, estúpido, maldito cobarde. —Recuerdo que la ira me vencía y comencé a darme cachetadas en ambas mejillas—. Eres un imbécil, él no te querrá más.

¿Por qué carajos tenía que llorar y arruinarlo todo? ¿Acaso no había estado suplicando por esa lujuria durante tantos meses? Y el momento de la verdad me asusté como un maldito niño de cuna.

—¡Maldito maricón, por qué tenías que llorar! —Veía mi reflejo en las llaves cromadas de la ducha y solo quería seguir hiriendo mi cuerpo para que el corazón no me doliera tanto.

Rasgue mi piel con más fuerza de lo que arañó mi hermano y si hubiera podido la habría arrancado; pero lo único que logré fue arrancar varios mechones de mi cabello mientras gritaba como si fuera un soldado herido en el campo de batalla.

Cansado de gritar y llorar cerré la llave del agua y tomé mi bata. Sin ganas para seguir adelante, con el corazón palpitando en la laringe y con un enorme forado en el pecho volví a mi cama y me cubrí con todas las mantas.

Pensé en Víctor, imaginé qué estaría pensando él, me pregunté a dónde habría ido a esa hora de la noche y con quién estaría. Imaginé su rostro triste e imaginando lo que me diría cuando regresara a casa me fui quedando dormido. Hasta hoy no logro recordar qué soñé esa noche, solo sé que seguí llorando en sueños.


Al día siguiente la cabeza me dolía demasiado, no podía abrir los ojos, sentía mil cuchillos en la garganta, la frente me quemaba y tenía mucho frío. No quise ir a la escuela, me puse el pijama y después que el ama de llaves hizo la cama me metí en ella.

El té de hierbas que la señora Morósova preparó parecía ácido cuando rozaba mi garganta, ella sonrió y dejó todo un termo lleno de él en la mesa de noche. No quería llamar a Víctor porque no sabía si respondería al celular, él no había llegado a casa. Supuse que tal vez estaba en compañía de alguna mujer o quizá en su oficina, así que preferí dormir un par de horas más.

Para medio día desperté escuchando la voz de mi hermano, él me tocaba la frente y yo ardía en fiebre. Tenía los labios secos y me dolía todo el cuerpo. Él me preguntó por mis síntomas y dijo que era algo más que un resfrío porque también me dolía mucho la espalda.

—Ponte unos zapatos y un abrigo, te voy a llevar al médico. —Él se mostraba tan frío y distante que comencé a preocuparme de verdad, pero preferí no decirle nada sobre lo que pasó la noche anterior. Además, no tenía ánimos para discutir, para aclarar las cosas o para volver a pedirle perdón.

En la clínica me atendió una doctora amiga de mi hermano quien al ver los rasguños que tenía en la espalda y los brazos no pudo dejar de preguntar qué había pasado. Miré a mi hermano y con la poca voz que me quedaba tuve que mentir.

—Nos peleamos con los chicos del otro equipo. —Miré que Víctor se había puesto tenso porque tal vez pensó que yo lo delataría; pero jamás haría eso con mi hermano porque lo amaba demasiado.

—Pues la próxima vez procura no que no te arañen la espalda esos desadaptados. —Me sonrió y siguió auscultado.

La doctora diagnosticó el inicio de una bronquitis y además de escribir muchos nombres raros y demasiadas recomendaciones me obligó a guardar cama por cinco días. Menos mal ya iniciaba el fin de semana.

—Tengo entrenamientos y partidos por jugar en el colegio. —No quería fallar a mi equipo estábamos en octavos de final y esa falta podría poner en peligro el campeonato. Aunque me odiaran ellos contaban conmigo y Otabek que sí me quería como amigo me necesitaba mucho más.

La doctora no entendió razones y fue severa conmigo. —Si no descansas unos días lo más probable es que la próxima semana regreses por emergencia con una pulmonía y no salgas de casa por lo menos en dos semanas, así que decide qué es mejor para ti y tu equipo.

No dijo más y Víctor prometió que me obligaría a cumplir con el tratamiento y las recomendaciones. Me dolía el cuerpo y al salir del consultorio fuimos al tópico para que aplicaran uno de los cinco inyectables que me había recetado, con esas drogas dentro tampoco podría participar en el campeonato.

—Tengo que llamar al entrenador… —le dije mientras salíamos de la clínica—. Carajo como me quema la garganta.

—Yo me voy a encargar de todo Yuri, tú solo quédate en cama y descansa. —Víctor me llevaba del brazo, me ayudó a subir al auto, ajustó el cinturón de seguridad; pero no me miró. Quería morirme—. Con todos estos medicamentos te va a dar mucho sueño y es bueno dormir cuando se está enfermo.

Durante los siguientes días mi hermano me atendió con mucho esmero. De manera puntual me dio las píldoras, me preparó muchas bebidas calientes, se ocupó de mi gato y coordinó en el colegio para que no perdiera clases.

Menos mal Otabek me pasó todo lo avanzado y el día miércoles asistí a la escuela sin tener nada pendiente porque él se encargó de hacer el experimento que debíamos presentar y me dejó solo la parte teórica.

Fueron días de calma y en los que poco a poco intenté olvidar lo que había ocurrido esa noche de mierda cuando mi hermano perdió el control. Pero por más que quería hablar con él del tema y decirle que ya lo había superado —por supuesto que mentiría—, no encontré la oportunidad porque si bien él se dedicó a cuidarme; a la vez se mantuvo muy distante. Demasiado distante.

Los cuartos de final llegaron y para mí fue una tortura observar desde la banca a mi equipo y no poder ni siquiera gritar sus anotaciones y maldecir sus errores. Quería sacarme de encima ese puto resfrío que todavía persistía porque el entrenador no quiso que ni siquiera me acerque a los camerinos y mucho menos a entrenar. Él dijo que me estaba cuidando, pero no soy pendejo yo me di cuenta que lo hacía para que no contagiara los demás.

Con angustia asistí a los dos primeros partidos donde ya se definirían a los equipos que pasarían a los cuartos de final. Estuve sentado en el último lugar de la banca e iba tan abrigado que parecía un oso polar. Víctor insistió que me pusiera toda esa ropa para estar cerca del hielo.

En el primer partido ganamos por muy pocos puntos a la British School de Moscú y el entrenador tuvo que hacer muchos cambios durante el partido para suplir mi ausencia. Otabek no tuvo casi mucho rango para anotar y dependimos de la suerte que tuvieron los demás compañeros.

En el segundo partido ellos se mostraron más seguros y pudimos tener una ventaja buena sobre los chicos de la escuela Alexander Molotov con quienes nos medimos de igual a igual, pero al final y gracias a unos pases muy bien elaborados del kazajo que fueron bien entendidos por Zaveliev y Korov pudimos meter más veces la pastilla en el arco rival.

Moría de rabia y apretaba las manos sobre el stick por mi incapacidad; pero el entrenador Popovich estuvo junto a mí todo el tiempo compartiendo su emoción y sus molestias. Solo así logré superar mi enojo y ansiedad.

Fue un tiempo de transición que me ayudó a alejarme de esa noche y sentirme algo más relajado para enfrentar a Víctor y su mutismo. Él estaba presente, me recogía de los partidos, estaba pendiente de mi salud y me llevó a mi chequeo con la doctora; pero mantuvo tanta distancia como le era posible.

Yo quería entenderlo porque las veces que me porté como una bestia con algunas personas, al día siguiente me sentía pésimo, casi como un gusano baboso que se arrastraba dentro de la tierra.

Tal vez así se estaría sintiendo mi hermano; pero yo no quise dejar que las cosas pasaran a más. Cuando terminaron los partidos de octavos de final y vino el tiempo de preparación para las semifinales, yo me encontraba ya recuperado y con los ánimos mejorados decidí hablar con él.

—Víctor… —Él se estaba cambiando para salir, como lo hizo todas las noches desde que ya me sentía bien—. Lo de la otra noche yo ya lo olvidé.

—Yo no Yuri, perdóname por favor. Ese no era yo, así no suelo hacer las cosas, estaba molesto y descargué toda mi rabia en ti. Yo te amo mucho y no quise hacerte daño. Soy un estúpido, pero te prometo que nunca más volverá a suceder. —Intentó sonreír, pero sus labios apenas si se movieron para un costado.

—Yo… yo estoy enamorado de ti. —Podía sentir el rechazo y estaba tan temeroso que él dejara de amarme que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que me él me pidiera.

—Yuri no hagas más difíciles las cosas para mí. —Tomó las llaves de su auto y se quedó en la puerta del departamento—. Yo también te amo mucho Yuri, pero soy tu hermano y es así como debo de amarte.

Salió de la casa y yo no sabía si sentirme feliz porque me dijo que me amaba o si sentirme miserable porque solo quería tener una relación fraterna conmigo. Sentí que todo lo que avanzamos en nuestra relación no sirvió de nada.

Maldije a todos los dioses y les pregunté por qué justo en este inmenso mundo de mierda donde existen miles de millones de personas y donde podía haber encontrado algún otro tipo de quien enamorarme, justo tenía que haberme fijado en mi hermano.

Mi maldita cabeza o mi estúpido corazón insistían en aferrarse a la idea de ser suyo por siempre, porque cuando uno es muy joven piensa que todo puede ser eterno.

En ese momento recordé a mi abuelo, quise imaginar qué me diría él si estuviera viendo mi maldito sentimiento, cómo me reprendería o me aconsejaría. Recordé su voz tan ronca y tan cálida, sus ojos que jamás mentían, sus manos grandes y su sonrisa llena de paz. Una idea llegó a mi mente diciéndome que todo pasaría, que un día los problemas, los malos momentos y las malas acciones serían parte de mi pasado y tal vez ya no me harían daño.

Cerré los ojos y estiré mi mano imaginando que mi abuelo la tomaba y supe que nada es eterno porque hasta él, que de niño me decía que siempre estaría conmigo, ese momento era parte de mi pasado y su ausencia seguía lastimando mi alma.


La siguiente dos semanas retomé mis actividades como siempre y decidí que me concentraría en los exámenes y en los entrenamientos, en Potya que estaba muy descuidado y en mis diseños, así que no tuve cabeza para nada más.

Partía puntual a la escuela, me quedaba entrenando hasta las seis de la noche, volaba en mi moto a Nefrit y me sentaba frente al sillón de mi escritorio, en mi propia oficina, con el lápiz en la mano, el papel en el escritorio y lo único que se me ocurría eran hacer trajes de guerreros.

Era viernes y no me fijé bien en la hora, tenía que regresar solo a casa porque Víctor había ido a la sede central del Sberbank a conversar con el gerente. Él estaba muy feliz porque por fin haría el último pago de la deuda que tanto nos había asfixiado la vida y mi mente estaba en blanco pues durante la hora y media que estuve allí sentado no había dibujado nada.

Lilia tocó la puerta e ingresó en la oficina. Miró mis bocetos de días anteriores que reposaban sobre un gabinete bajo y la vi por el reflejo de la ventana acercándose a mí con pasos casi imperceptibles.

—Se va a hacer tarde para que regreses a casa. —El perfume de Lilia fue como un chorro de vitalidad.

—Sí, claro. —Apagué la luz de la lámpara y con el alma inundada de tristeza miré por la ventana al sol que a lo lejos no deseaba despedirse de la ciudad—. Perdóname no pude avanzar el trabajo hoy.

—Cualquier cosa que te esté sucediendo va a pasar Yuri. —Cuando Lilia pronunció esa frase pensé que era como escuchar de nuevo a mi abuelo Nikolai.  

—Lilia… yo… tengo un problema. —La tristeza y el coraje que se habían acumulado en mi corazón y que amenazaban con explotar como las cargas de profundidad de los acorazados por poco y me obligaron a confesarle a la gran dama mi terrible secreto.

—Si crees que te puedo ayudar confía en mí Yura. —Ella tomó asiento frente a mí con el rostro relajado y la mirada serena.

—Bueno yo, en verdad no soy yo el que tiene el problema, pero… mi amiga, una amiga del colegio me dijo algo que me está molestando un poco. —Quería contarle todo de principio a fin, quería decirle lo mal que me sentía y deseaba que me dijera que todo iba a estar bien.

—Debe ser un problema muy grande para que te tenga tan preocupado. —Lilia sabía que yo no tenía amistades en el colegio y que solo Otabek era el único compañero con quien hice una excepción a la regla, pero me pareció que aceptó mi mentira.

—Este… ella me dijo que está muy enamorada de alguien a quien no debe amar…

—¿Te dijo quién era ese alguien?

—Un pariente muy cercano —lo dije y mi corazón empezó a contraerse por el miedo.  Lilia se quedó callada esperando que le cuente más—. Él es su… primo hermano.

—Muchas veces los chicos y las chicas tienen su primera ilusión con los primos, es casi algo normal pero claro, de eso no se habla. —Lilia parecía no molestarse con la idea—. ¿Y su primo lo sabe?

—Ella me dijo que se había besado y que bueno el otro día hicieron algo más. —Bajé la mirada para que ella no pudiera adivinar mi verdad.

Lilia se quedó callada y su mirada paseó por la habitación hasta que otra vez sus claros ojos me miraron con ese cálido cariño que siempre me regaló.

—¿Ambos están enamorados? —preguntó con voz suave.

—Supongo que sí, ella dijo que lo amaba mucho. —Mis ojos seguía huyendo de su mirada—. ¿Qué piensas sobre dos primos que… se aman?… ya sabes.

—Yura es difícil detener el amor, cuanto más quieres combatir contra él, allí lo tienes presente y qué puedo yo decir de dos personas que tienen la extraña coincidencia de poseer la misma sangre y sentir amor romántico. Jamás lo viví; pero si hubiera tenido que pasar por ello creo que hubiera dejado fluir al amor. —Sus límpidos ojos me miraban con cariño y eran muy sinceros.

—¿Entonces no es tan malo amar a alguien que lleva tu misma sangre? —Me atreví a preguntar.

—He vivido mucho para decirte con seguridad que no, pero no se trata solo de quererse, estar juntos y vivir con intensidad ese amor. —El enorme anillo de zafiro que brillaba en su dedo medio me hizo recordar la mirada de mi hermano y el dolor que sentía en mi pecho se hizo más fuerte—. Se trata de asumir también la responsabilidad que esa relación va a implicar y créeme Yura que para tu amiga y su primo no va a ser nada fácil.

—¿Por qué? —Aunque sabía la respuesta, temía la confirmación.

—Porque su amor tendrá que crecer en las sombras y mantenerse de esa forma. Son dos primos hermanos, eso casi los hace hermanos y más allá de las leyes divinas; las leyes humanas y sociales los van a condenar siempre —habló en voz tan baja que pensé por un instante que ella había descubierto mi verdadera intensión.

—Entonces… es mejor que ella lo rechace. —Ese fue un pensamiento en voz alta que rasgó mi corazón.

—No creo que sea mejor o peor, lo que pienso es que si de verdad esos dos chiquillos se aman no podrán luchar contra ese amor y si lo hacen saldrán muy heridos; pero si deciden seguir adelante tendrán que esconder tanto su amor que también saldrán muy heridos. —Vi un gesto de pena en su rostro.

—El dolor… es la única maldita realidad que les va a quedar al final. —Traté de disimular la opresión que sentía en el pecho con una sonrisa irónica.

—Esa es la responsabilidad que deberán asumir si quieren que su amor prospere o si desean que terminar con la relación. —Lilia suspiró con nostalgia—. Yuri el amor de por sí es una gran responsabilidad, un compromiso con el otro y con uno mismo que se debe cumplir día a día y eso significa trabajar en él las veinticuatro horas, es casi agotador pues no solo se trata de besos, abrazos, caricias y deseo. Se trata de crecimiento. Si la persona que amas te permite crecer en todos los sentidos y ella se desarrolla también entonces está yendo por buen camino.

—¿Y el amor de dos primos hermanos? —Yo insistía porque quería que me diera otra respuesta más esperanzadora.

—Ellos tendrán que trabajar el doble para hacerlo crecer, para desarrollarse en él y con él. —Los ojos de Lilia fueron los que se perdieron en la nada en ese momento—. Su amor estará siempre oculto, encasillado, ensombrecido. Los demás jamás van a aceptarlo y hasta pueden sufrir problemas legales. Si ellos creen que están preparados para asumir esa dura tarea y todos sus riesgos, entonces que vivan su amor.

—¿Tú no los condenarías? —Necesitaba saber qué pensaba mi maestra.

—¿Quién soy yo? ¡Quienes somos los demás para condenar un amor! ¿Nuestro amor es acaso perfecto, puro e inmaculado como para señalar con el dedo acusador a los demás amores? —Lilia arrugó el entrecejo y siguió hablando con firmeza—. ¿El amor de una ama de casa que despierta todos los días junto a su marido, le prepara los alimentos, lava su ropa y lo espera bien perfumada en la noche, es mejor que el amor de una ladrona que asalta bancos junto al delincuente del cual se enamoró o es mejor que el amor de una monja que todos los días camina llena de emoción y temor para recibir la hostia que el nuevo párroco le entrega en la boca?

Contemplé el perfil de Lilia, esa mujer tenía mucho que enseñarme a cerca del amor pues había amado con intensidad a varios hombres y un día entregó por completo el corazón al doctor Feltsman. Un guapo y enérgico abogado que la llenó de besos y de regalos caros; pero que en el afán de convertirla en su reina cambió sus noches de amor frente a la chimenea por trabajo duro y éxitos profesionales y la dejó casi olvidada junto con la corona dorada que puso sobre su cabeza, hasta que ella se cansó.

—¿El amor de dos personas que provienen de países lejanos y distintas culturas, que un día se encuentran y se enamoran, es mejor al amor de dos primos hermanos que se acaban de conocer y que no tienen la culpa de compartir la misma sangre? —Lilia me tomó la mano y su mirada abrigó mi entristecida alma—. No Yuri, es el mismo amor.

Dejé que la cálida mano de Lilia siguiera dándome fuerzas y entonces supe que debía hablar con Víctor de manera seria. Tenía que enfrentar mis sentimientos y los suyos a la realidad de este perro mundo.


Cuando llegué a casa Víctor aún no se encontraba, preparé una cena ligera, hice un par de tareas y casi al final del día Potya y yo nos acomodamos sobre el sofá a ver una vieja película. Esperaba que mi hermano no tardara tanto para hablar de una vez con él.

No quería dejar pasar esa conversación y posponerla para otro día porque la intensión perdería el calor y la forma que había adquirido tras la conversación con mi sabia maestra. Tenía que saber si Víctor estaba dispuesto a afrontar nuestro amor en la oscuridad, quería saber cuánto en verdad me amaba, como si poner a prueba a alguien midiera su capacidad de amar.

Él llegó muy cansado de su última reunión con los banqueros, pero lo vi muy feliz.

—Yuri ¿por qué no estás durmiendo ya? —Caminó taimado hasta la sala y se sentó junto a mí.

—Quiero hablar contigo. —Bajé el volumen del televisor y fui poniendo una coraza sobre el corazón.

—¿Sabes? —me dijo sonriendo como desde hacía días no lo había visto—. Se terminó la deuda, fue muy gratificante ver las caras de esos viejos bancarios cuando con Yakov mostramos el Boucher del último pago y pedimos el certificado de no deudor.

—Eso quiere decir que Nefrit va a salir adelante sola. —Yo sabía por Lilia que ese había sido el sueño de mi padre, poder tener una compañía sólida que no dependa más que de ella misma y el trabajo de sus integrantes.

—Sí. A partir de ahora y en adelante no creo que se necesiten grandes préstamos. —Se acercó un poco más y pude notar sus grandes ojeras que empañaban un poco su rostro lleno de satisfacción—. ¿De qué querías hablar?

Por un instante pensé dejar la conversación para otro día porque no quería arruinarle el momento, pero en mi mente revoloteaba la idea de saber qué era lo que en verdad él quería de mí y me di valor para hacerle tres preguntas.

—Víctor ¿me amas como hombre de verdad? Si es así, ¿seguiremos adelante con una relación de amantes y estarás dispuesto a afrontar junto conmigo esa responsabilidad?

Un equilibrista que está caminando por una cuerda que se halla tendida y firme entre dos rascacielos, que no tiene ningún arnés que lo sujete o malla que lo espere y que siente que su cuerpo se balancea de un lado para otro. Ese es el mejor ejemplo de cómo me sentía yo en ese momento esperando con temor las respuestas de mi hermano.

—Sí, no y no. —La verdad se presentó con el rostro feo y deformado—. Te amo como no amé en mucho tiempo, puedo decir que te amo de una forma nueva y que tu amor me da vida Yuri; pero no podemos ser amantes y no quiero asumir la responsabilidad de seguir con una relación clandestina porque amarte como te amo significa ponerte en peligro mi niño. Estamos en Rusia y podrían matarte, estamos en este mundo injusto y podrían dañarte de mil maneras porque somos hombres, pero sobre todo porque somos hermanos.

Lo vi contraer su mandíbula y apretar con las manos sus rodillas. Al ver cómo se movía su manzana intentado tragar esa cruel determinación supe que estaba tan afligido como yo.

—Lo siento Yuri, tengo que ser razonable y debo cuidarte. —Volteó su rostro hacia otro lado. Imaginé que él tampoco quería ver la fea cara de la verdad.

—Víctor por favor, permite que me quede contigo solo un poco más. —No quería perderlo, ya había perdido demasiado y él era mi mundo en ese momento—. Te juro que no te voy a volver a joder con esas cosas de amantes. Solo déjame estar a tu lado hasta el día que tenga que ir a la universidad.

Sequé a tiempo mis lágrimas y mis ojos se detuvieron en la imagen de los novios que se daban un beso de despedida en la película que había estado viendo.

—Esta es tu casa Yuri y puedes quedarte en ella todo el tiempo que quieras. —Sujetó mi mano y la apretó durante un largo rato mientras los créditos del filme pasaban en silencio en la pantalla—. Yo soy tu hermano y puedes contar conmigo siempre.

Cómo explicarte el dolor del corazón. Sentí que estaba perdiendo la oportunidad de amar a Víctor como había soñado tantas noches; pero me juré que no iba a perder a mi hermano. Si llegaba a dominar mis impulsos y hacía las cosas de forma correcta contaría con su amor y su presencia por siempre y ese “siempre” sí que sería verdadero.

Sería difícil no verlo con ardor y lujuria; pero si para él era mejor así entonces tendría que resignarme y seguir mi camino esperando que algún día no doliera más.

Todo pasa y tarde o temprano el sufrimiento también termina.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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