L


Lado A
(1850)

No supiste de qué manera controlar tus latidos. Te sentías temeroso, pero no podías comprender muy bien el por qué. Era Mila quien deseaba hablar contigo, aunque por su mirada rojiza y húmeda, era fácil intuir que no se trataba de nada bueno. Ni siquiera sabías la razón, pero el aire silencioso alrededor de ambos era tan sencillo de perturbar, que cada paso suyo lo agolpaba como si fueran hilos tensores provocando una desafinada y dolorosa melodía.

Querías preguntar, te mataba la duda por comprender el porqué de esa presión que era palpable en el aire, pero tampoco te atrevías a ser el primero en provocar el desastre. Porque estabas seguro de que ocurriría pues, aunque era Mila quien lucía a punto de derrumbarse, ¿por qué eras capaz de sentirte tú al borde también? ¿De apropiarte de toda esa amalgama de emociones asfixiantes tan internamente? Como si nacieran de tu propio corazón… O tal vez era eso, tal vez era ahí de donde nacían.

Los dos caminaron en silencio por el jardín. Mila había tomado tu brazo y tú habías estrechado el suyo contra tu cuerpo. No quisiste mencionar el hecho de que la sentías temblar, como si algo de su fuerza se desvaneciera con cada segundo en el que no se atrevía a hablar. No obstante, casi al final de su camino, cuando se hubieron alejado lo suficiente de la mansión, ella finalmente detuvo sus pasos y se atrevió confrontarte al mismo tiempo que suspiraba como si se inspirara algo de valor.

—Sabes que te aprecio mucho, ¿verdad, Yuuri? Que eres como un hermano para mí. 

No fue el comienzo que esperabas, pero, sin duda, tampoco te resultó reconfortante de ninguna manera.

—Así es, y es lo mismo de mi parte. 

Mila sonrió. Sus ojos y su nariz resaltaban todavía con esa rojez producto de sus lágrimas, lo que, pese a darle un aspecto adorable, también era capaz de apretujarte el corazón.

—Por eso mismo sé que puedo confiarte esto a ti. Sé que sabrás guardar este secreto hasta que descubra lo qué debo hacer… Que incluso, tal vez puedas ayudarme a resolverlo. —Su voz vibró con sus últimas palabras, las cuales tuvo que detener para tragar el nudo que se había formado en su garganta. No obstante, las lágrimas volvieron a hacerse presente en sus ojos—. Oh, Yuuri, de verdad necesito contárselo a alguien, pero es algo que no se le puede decir a nadie, ¡es horrible! Podría acabar con mi vida para siempre. Incluso podría cambiar la forma en como me quieres y me estimas en este momento.

Sus palabras, sin duda, sonaban escandalosas en tu cabeza, pero no podías imaginarte de qué demonios estaba hablando. ¿Qué podía hacer Mila que resultara tan grave? ¿Tan horripilante? Las opciones se volvían cero en tu mente, pues cada posibilidad que apenas cruzara en ella, la desechabas con el simple pensamiento de “No, imposible, es Mila”.

—¿Mila? ¿De qué estás hablando?

El llanto ya no le permitió continuar por algunos segundos, sus ojos derramaban lágrimas que laceraban su rostro níveo y una vez más tuviste esa sensación de que ella caería al suelo en cualquier instante. 

—¡Por favor, Yuuri! ¡Dime que confío en ti!

Por eso te sorprendió tanto la fuerza de su voz, la desesperación y dolor con que suplicaba un lugar seguro en el cual no sentirse juzgada.

—¡Mila, puedes hacerlo! ¡Confía en mí!

Intentaste tomar sus manos para tranquilizarla, estrecharlas contra tu pecho y que pudiera sentir tu corazón latir para que creyera en aquella confianza que te estaba brindando. Su llanto logró menguar un poco; no obstante, fue incapaz de mirarte a los ojos mientras pronunciaba su verdad. 

—Yo…  estoy embarazada.

Ese fue el instante que todo dentro tuyo se quebró. Claro que pensaste que ese embarazo era causado por Víctor, sin importar todas las veces que este te había jurado que solo en muy pocas ocasiones había intimado con Mila, sin resultados muy satisfactorios, pues para él era como acostarse con una hermana. Pero tenías frente a ti la prueba de que siempre te mintió.

—Pero…  Yuuri, oh, Yuuri… —La voz de Mila se ahogaba en tu ser. Tú eras un pozo negro de perdición, hundido en tu propio sufrimiento como para poder soportar el suyo también. Pero sus palabras lograron detenerte a tiempo—. Este hijo no es de Víctor.

Te sentiste egoísta de que hubiera alivio en tu corazón tras escuchar aquello, pese a que Mila se desvivía de culpa enfrente tuyo y la lloraba en lágrimas que seguro eran ácidas para ella… ¿Eras consciente de que Víctor también la había traicionado? Seguro, incluso más veces de las que ella lo había hecho.

—¡Yo no quería! ¡No quería traicionarlo así! ¡Víctor es mi esposo y lo amo tanto! Pero yo… nosotros…  desde hace tanto que no estamos juntos. Y yo siempre quería… Y él siempre ha buscado excusas para no concretarlo.

Descubrir que Víctor nunca te mintió, que todas sus palabras habían sido ciertas, resultó como una anestesia aplicada cuando creíste que morirías de dolor. En ese momento te sentiste en las nubes, en un cielo amplificado donde nada podía resultar mal. Y por eso sonreíste, sonreíste sin darte cuenta que lo hacías. 

—Entonces… Él apareció. Y fue tan amable. Tan…  apasionado. Pero no sé qué haré. Cuando Víctor se entere tendrá todo el derecho de deshacerse de mí… y de este maldito hijo que no es suyo. 

Las palabras de Mila estaban plagadas de odio al producto que en ese momento se alojaba en su vientre. Casi pudiste percibir su deseo de arrancarselo ahí mismo. ¿Pero qué importaba su dolor? ¿Su agonía? Cuando acababas de descubrir que el hombre que tanto te decía amar era sincero. 

De pronto, un golpe cayó en tu mejilla sin que pudieras evitarlo. Mila creyó que tu sonrisa era una burla hacia ella, hacia el secreto que con tanto esfuerzo había logrado revelar ante ti. Ella te miró con odio y decepción. Tú la comprendiste. Sus lágrimas fueron la prueba de que te habías comportado insensible ante su dolor, uno del cual eras tú el causante. 

—¡No debí confiar en ti!

Volvió a alzar el brazo. Cerraste los ojos esperando el segundo golpe. No te creíste con el derecho de detenerla, pues esos golpes nunca serían suficientes para aliviar el dolor que seguro cargaba consigo. Pero nada llegó. Cuando te atreviste a abrir los ojos, ella caminaba con paso rápido hacia la casa. Huía. No, no podías dejar las cosas así.

—No, no, Mila, espera… Yo no… —Corriste tras ella y lograste sujetarla del brazo. Sin embargo, Mila arremetió con aquel segundo golpe que instantes antes había procurado detener. 

—¡Suéltame! ¡Suéltame, Katsuki! 

Y pese a sus gritos, a sus desesperados intentos porque la soltaras, tú aferraste con más fuerza su brazo y lograste hacerla retroceder en sus pasos con facilidad.

—Llamarás la atención de la servidumbre. ¿Quieres que ellos se enteren también? 

Fue una amenaza cruel, pero necesaria, tenías que hablar con ella en ese momento o corrías el riesgo de que su relación se fracturara para siempre, sin remedio alguno. Por lo menos eso fue suficiente para que se tranquilizara un poco y te siguiera.

—Mila, yo… no era mi intención. 

—Ahora me detestas, ¿no? ¿Crees que soy horrible? ¡Lo soy! Pero no sabía qué más hacer.

Tú no sabías qué más decir. ¿Con qué cara podrías recriminarla? ¿Con qué cara ser comprensivo y darle una mano de apoyo? Si tú y Víctor eran los únicos culpables de todo eso, quienes la orillaron a cometer un acto así. ¿Con qué cara Víctor podría echarla de la casa? ¿Con qué explicación podría perdonarla sin tener que revelar su secreto?

Tus brazos tuvieron el valor de envolverla suavemente entre ellos, en un gesto de protección fraternal con el que intentabas calmar un poco su dolor hacia ti. Querías que supiera que la comprendías bastante bien, que era imposible que la juzgaras.

—No lo creo. Yo…  lo entiendo. Entiendo que lo hicieras.

—¿Por qué? ¿Por qué lo harías? Nunca has estado en mi posición. Ni siquiera creo que Víctor lo haga, pese a todos estos años juntos. No creo que me perdone.

—Yo creo que lo hará, Mila, por eso necesitas decírselo. No es algo que puedas ocultárselo para siempre. Además, ha sido su culpa y… —El “mía también” murió en tus labios.

Los ojos de Mila, húmedos, brillantes y tristemente hermosos te miraron con atención. Había una sospecha extraña en ellos, una que fue suficiente para hacerte sentir incómodo… Y juzgado. 

—¿Por qué me entenderías, Yuuri?

No pudiste contra esos ojos… Por un instante, los sentiste capaces de leerte el alma entera. Sabías que debía haber una respuesta a esa pregunta, una que fuera congruente con el pánico que se hizo presente en tu rostro. 

—Porque… yo también tengo un secreto horrible que no se lo puedo decir a nadie.

Era una verdad a medias, una que rogaste fuera suficiente para calmar las ansias que ahora veías arder sobre las pupilas de Mila. No obstante, el fuego se encendió con esas palabras y Mila se acercó a ti con el deseo de que ambos se encontraran en el mismo nivel y ella no fuera la única con un secreto imperdonable. Nadie, excepto Víctor, conocía ese lado oscuro que se albergaba en tu corazón. ¿Ibas a ser capaz de externarlo de manera tan sencilla?

—¿Qué secreto?

Sin embargo, te sentiste acorralado, no porque fueras incapaz de huir de Mila en ese momento y salvaguardar tu secreto un poco más, sino por ti mismo, por tu propio deseo de escupir ese mal que durante tantos años te había torturado y hecho el hombre más feliz al mismo tiempo. De pronto quisiste sentir alivio, creíste que si alguna persona más pudiera saberlo, este pesaría menos y podrías obtener la fuerza que ya comenzaba a hacerte falta.

—Yo amo a un hombre, Mila. 

—Oh, Yuuri…

El llanto de Mila había parado y ahora podías sentir como su mirada había cambiado: te observaba como a un condenado…  como a la peste misma incluso. Seguro creía que tu falta era mucho peor a la suya. Y vaya que tenía razón. 

—¿Lo conozco?

—Él no importa ahora, Mila. 

Tus ojos se dirigieron hacia la mansión, aquella casa que era también un testigo silencioso de todas las ocasiones en que tú y Victor se habían lastimado tanto al querer amarse. Mila siguió tu vista, observó al mismo punto que tú, tal vez intentando comprender. Era imposible que supieras cómo comenzaba a preguntarse tantos por qué. Tu mirada triste, desolada, pero con ese brillo fugaz de alguien quien alberga tanto amor y siente que va a explotar por culpa de este. Suspiraste. 

—Insisto en que debes hablarlo con Víctor. Pese a todo, él te adora… Nos conocemos de niños. Podrá molestarse, pero estoy seguro que él no va a dejarte desampara.

Esa convicción era genuina. Víctor no era un cretino, no lo suficiente para reclamarle a Mila algo que era también culpa suya. Si él hubiera sido un buen marido…  si él tan solo no hubiera amado a otro hombre y la hubiera amado a ella, Mila no habría tenido que caer en brazos de otro. No podía imaginarse a Víctor teniendo la cara suficiente para reclamarle por ello y echarla de la casa. 

—¿Por qué…? Él tiene todo el derecho y yo…

—No lo tiene, Mila.

Entendías que su miedo era razonable y por eso la abrazaste una vez más, tratando de brindarle consuelo y la confianza de que, si era sincera con Víctor, todo saldría bien. Te ibas a encargar de que fuera así. Claro que no esperabas que Mila fuera capaz de unir las piezas con tan poco.

—¿Víctor es ese hombre, Yuuri?

El abrazo terminó de forma abrupta y te alejaste de ella como si su tacto te hubiera herido. Pudiste tener la oportunidad de negarlo, de inventar un hombre falso para tu amor, pero fue demasiado tarde cuando te percataste del horror con el que ella te miró. 

—Lo es, ¿cierto? Y él también… —Mila cubrió sus labios—. Oh, por Dios. Por eso… él…

Las ideas y los recuerdos en la cabeza de Mila se formaron con sentido. Estabas acorralado, Yuuri, y lo sabías demasiado bien. No había forma de transformar esa convicción en una mentira, mucho menos cuando la culpa te golpeó con tanta fuerza que se oprimió en tus entrañas y las lágrimas comenzaron a brotar.

—Lo siento tanto, Mila, nunca fue nuestra intención.

Y ambos lloraron juntos, por el dolor, la culpa y la rabia que, sabían, no era justo para ninguno. 

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