Capítulo 16: Seguridad


Yuuri tuvo demasiado tiempo para pensar; no obstante, en lugar de que eso le ayudara a aclarar sus pensamientos, los había convertido en un verdadero dolor de cabeza, un laberinto de suposiciones, miedos y deseos del cual ya no supo cómo escapar. 

Al final de la semana no estaba seguro de absolutamente nada: de lo que sentía, de lo que Víctor le había dicho o de lo que debía hacer después de todo lo que ocurrió. A pesar de ser una respuesta tan evidente, una que ya había tomado con bastante decisión antes, todo cambió con tan solo un gesto: que Víctor lo dejara irse antes de que supiera que ese ya era su plan. Supo que la culpa que aquel decía tener era genuina, sin embargo, algo en las palabras de ese momento seguían haciendo un eco profundo en su sentir. Antes se debatió demasiado sobre lo que sentía por Víctor, sobre lo que se estaba creando entre los dos… ¿De verdad sus sentimientos habían cambiado tan radicalmente pese a que estuvo tan cerca de aceptarlos? Recordar su enojo al enterarse de la trampa puesta por Leroy era suficiente para hacer hervir sus venas una vez más; no obstante, la posterior disculpa que recibió por parte Víctor era suficiente para apaciguarlo y dejarlo como si hubiera sido bañado con un baldazo de agua fría: helado, tembloroso y confundido. 

No fueron de ninguna ayuda las pesadillas de las cuales fue presa en días posteriores. Algunos de ellos eran una representación gráfica de lo que era su mayor miedo. Aunque no fuera la realidad, despertar con la sensación de tener el cuerpo de Phichit muriendo entre sus brazos tras ser acribillado por enemigos de Nikiforov era suficiente para hacerle entender que huir era la mejor opción de todas. No importaba lo que quisiera si con eso ponía la vida de su mejor amigo en peligro.

Claro que la otra clase de sueños que también atacaron sus noches durante esos días poco debían de importar…  ¿Qué significado tenía el despertar con un agradable cosquilleo en sus labios tras soñar sentir los de Nikiforov sobre ellos? ¿O que su corazón latiera aprisa, en vergüenza y emoción, al recordar las escenas de una noche ficticia junto a él? Y sentir su cuerpo arder como si realmente aquellas manos se hubieran dado un paseo por su piel, ser embriagado con ese anhelo nostálgico de quien no ha obtenido algo de su mayor deseo… ¿Qué significado podía tener? Ninguno, por supuesto. 

Tal como Víctor se lo había advertido, Giacometti los visitó un par de veces en su departamento para ultimar los detalles de su viaje. Cambió la fecha del vuelo y les entregó los nuevos boletos de inmediato. También les sugirió que mientras esperaban el día y a que Yuuri se recuperara, evitarán salir en lo posible, por lo que él estaría encargado de llevarles cualquier cosa que necesitaran. Ya no era necesario que tampoco fueran al bar, aunque al final esa aclaración terminó por sonar algo innecesaria. 

Obviamente, la ansiedad y terror de Phichit se hicieron presentes. Durante los primeros días entró en el cíclico y paranoico pensamiento de que en cualquier momento morirían a manos de los hombres de Nikiforov… O quizá que los tendrían encerrados ahí para siempre… O que algo de la comida que Christophe llevaba para ellos podría contener veneno…  Y un sin fin más de escenarios improbables que obligaban a Yuuri a oprimir sus deseos de gritarle que se callara. 

Por suerte, el paso de los días, y que incluso recibieran un par de veces la visita de Mila para monitorear el estado de Yuuri y su recuperación, lo hizo tranquilizarse bastante. Phichit no supo quién era exactamente esa mujer hasta que Yuuri se lo contó (solo la conocía como la médico de cabecera de Víctor). Si bien era difícil para su amigo confiar en cualquier persona que tuviera alguna relación con Nikiforov, Mila era una mujer con un gran carisma, y una actitud tan amable y chispeante, que incluso a él lo hizo doblegar con su encanto. 

Pasaron todos esos días en casa, mirando películas o series mientras eran, se podría decir, consentidos en todos sus antojos. Si querían una pizza (si Phichit quería una pizza), en lugar de llamar al establecimiento directamente, llamaba a Chris y esta se las llevaba de inmediato. Resultaba gracioso que fuese justamente Phichit el que se sintiera más cómodo y aprovechara hasta los límites de aquel ofrecimiento. Incluso, hasta más de alguna vez, tuvo el silencioso y efímero pensamiento de no irse de ahí nunca. Claro que su sentido común y el miedo le hacían entrar en razón de inmediato. No, mantenerse escondidos y encerrados de aquella manera no era vida, mucho menos cuando estaban tan cerca de librarse de todo eso.

Tras quince días y un Yuuri más recuperado, ambos chicos comenzaron a empacar sus maletas. Phichit tuvo las suyas con apenas unos minutos de trabajo. Yuuri tardó casi cuatro horas, donde el hecho de encontrarse mal ya no fue una excusa para su tardanza. Claro que Phichit había notado que algo ocurría con él. En un principio, creyó que su silenciosa actitud era un efecto bastante predecible de lo ocurrido: estaba herido, seguro se sentía mal, sumado al trauma de que habían intentado secuestrarlo. Pasados algunos días, intentó levantarle el ánimo y conversar con él sobre posibles planes de lo que harían una vez llegaran a Japón. Phichit se entusiasmaba tanto con todas las posibilidades y todo lo que serían capaces de conocer, pero no lograba contagiar ese mismo sentimiento a su amigo, quien se limitaba a asentir con la cabeza y responder mayormente con monosílabos, los cuales no tenían del todo coherencia dentro de la conversación. 

Cuando la fecha de irse estuvo tan cerca y notaba que el ánimo de su amigo no mejoraba, sino al contrario, era más siniestro que antes, supo comprender que Yuuri de verdad no quería irse. Y ahí comenzó su conflicto. 

Ni Yuuri ni Phichit lograron dormir esa última noche. Habían recibido un mensaje por parte de Giacometti en la que les aclaraba que llegaría por ellos a las nueve en punto. Su vuelo saldría poco después de mediodía, por lo que les estaba dando el tiempo justo para que pudieran prepararse y pasar migración sin problemas. 

Ninguno de los dos tampoco tuvo apetito de desayunar. Yuuri se limitó a colocar las maletas cerca de la puerta al tiempo que apretaba sus labios para reprimir todos los suspiros que tenía contenidos en el pecho. Se había decidido ya, pero eso no significaba que no hubiera aún un conflicto interno del cual todavía se estaba haciendo cargo, algo a lo que muchos podrían llamar “un posible arrepentimiento”. Se esforzaba por hacerse creer a sí mismo que era lo mejor, que Nikiforov no era un buen hombre, que nunca estuvo interesado en formar ninguna relación con él y, por tanto, perder la posibilidad no tenía por qué afectarle de esa manera.
Phichit lo miraba con atención, analizando sus gestos, intentando comprender con mayor profundidad qué era lo que pasaba por su cabeza. Era él quien tenía los boletos de avión en la mano y jugueteaba con ellos entre sus dedos, sin tener el cuidado que se esperaría al ser esos papeles, tal vez, su única opción de escape.

—Yuuri… 

El cuerpo del aludido respingó. Había estado tan ensimismado en sus pensamientos, que no se esperó aquella intromisión en ellos. Miró a su amigo, pero no respondió nada, sino que quedó a la espera de lo que este pudiera decir. Phichit, por su parte, sonrió de pronto con un gesto complicado, pues encerraba tantos sentimientos dispares en él… Tenía miedo, deseaba irse y sentirse a salvo, pero…  mierda, podía mirar en los ojos de Yuuri que la decisión tomada le causaba sufrimiento. ¿Por qué? Conocía la respuesta, eso lo hacía peor. 

—No quieres irte, ¿cierto?

Yuuri abrió los labios, pero los cerró de inmediato con un gesto de culpabilidad. Se sintió atrapado y, aunque conocía a la perfección cuál era la respuesta correcta, se obstinó a no hacerla evidente: no quería sentirse egoísta al superponer unos estúpidos sentimientos que seguramente no tendrían futuro sobre la vida de su mejor amigo. 

—¿Por qué no querría hacerlo? ¿Nos quedaremos aquí a esperar que alguien nos mate? Debemos irnos ahora que Víc… Nikiforov nos ha dado la oportunidad —corrigió de inmediato, justo antes de que los ojos de ambos se encontraran. Yuuri lucía nervioso, sentía que Phichit lo juzgaba e intentaba encontrar la verdad tras su mentira—. ¿Crees que sigue siendo una trampa? Phichit, si ellos quisieran hacernos daño, ya lo hubieran hecho…

—Lo sé. Y creo que ambos sabemos lo que está pasando aquí, ¿no? Lo que no entiendo es… ¿por qué, Yuuri? ¿Por qué aceptas irte si no lo quieres?

Un silencio denso se hizo presente. Yuuri intentó huir con su mirada, pero se dio cuenta que no tenía sentido. Estaba acorralado, había sido descubierto. Y lo peor es que admitía sentirse aliviado de que fuera así.

—Es mejor que nos vayamos, Phichit. No importa nada, estaremos a salvo.

—No importa para mí, pero para ti…  Yuuri… ¿Tanto te gusta Nikiforov? ¿Aún pese… lo que es él?

Phichit ya no sonaba escandalizado con la idea, no como ocurrió aquella primera vez que Yuuri lo consideró y se lo hizo saber. Era, más bien, una genuina preocupación porque fuera cierto. Yuuri se preguntó si acaso Phichit pensaba que había enloquecido. Tal vez era así.  

—Sé lo que es, pero no logro que eso cambie lo que estoy sintiendo. Por eso no tiene sentido. No voy a ponernos en peligro por algo de lo que no estoy seguro. Ni siquiera cuando lo estuviera… 

—¿Estás seguro?

Phichit dejó de jugar con los boletos que aún sostenía entre sus manos. En cambio, los tomó con las puntas de sus dedos, de ambas esquinas superiores, y los alzó frente a ambos, comenzando a jalarlos en direcciones contrarias. De la derecha hacia abajo, de la izquierda hacia arriba.

—¿Qué…?

Pero ante la primera diminuta rasgadura que Yuuri observó en aquellos boletos, lo comprendió. Un impulso casi le provoca levantarse para detener a su amigo y evitar que los rompiera por completo. No obstante, hubo algo más fuerte en su interior que lo hizo anclarse al sitio donde se encontraba de pie mientras cerraba los ojos para no verlo.

—Lo siento.

Ambos boletos fueron rasgados por la mitad.


Chris envió un mensaje para avisarle a Yuuri que estaba ya fuera del edificio. Estaba sinceramente aliviado de que todo eso por fin terminara. Y no solo hablaba por dejar de ser prácticamente un mandadero para esos chicos, sino que, con Katsuki fuera, Víctor podría volver a concentrarse en asuntos que eran de verdad importantes. Sabía muy bien que su amigo no estaba del todo entero con el tema; no obstante, también lo conocía a la perfección para saber que algo así no le haría perder por completo los estribos, no permanentemente por lo menos. Tardaría un poco, pero al final Víctor Nikiforov se alzaría como el hombre fuerte, completo y centrado que todos ahí necesitaban. Las cosas estaban bastante delicadas por la muerte de J.J., más que nunca debían tener la cabeza bien metida en el negocio para que la chispa no terminara por explotarles en las manos.

Poco antes de que perdiera la paciencia, escuchó la puerta del edificio abrirse. No obstante, antes de bajar del vehículo para ayudarlos con su equipaje, notó todo lo que hacía falta en aquella escena. 

—¿Y tu amigo? ¿Sus maletas? No deben tardar tanto o ustedes…

—Quiero hablar con Víctor. Llévame con él.

Chris alzó una ceja y miró a Yuuri subir a la camioneta como si se tratara del propio Víctor dándole una orden. Había una determinación extraña en su mirada que solo le hizo recordar aquella primera vez que se encaró con Víctor para que este aceptara su trato con el bar.

—Él está ocupado ahora, arreglando algunos destrozos…  Perderás tu vuelo si lo esperas.

—Lo sé.

La determinación incluso fue bastante clara en su voz. No daba cabida a la menor duda. Chris no pudo más que esbozar una divertida sonrisa y volver su mirada al frente mientras encendía el vehículo.

—Vaya. Tienes más huevos de los que creí.


Para Víctor, aceptar que Yuuri Katsuki se iría para siempre fue más difícil de lo que creyó. Los primeros días se había mantenido bastante ocupado, pues tuvo que encargarse de limpiar el desastre que la muerte de J.J. ocasionó. Con la cabeza más fría, se dio cuenta que había tomado una medida demasiado extrema al matarlo. Estando en sus cinco sentidos, seguro solo le hubiera dado un pequeño castigo para que Leroy viera de una vez que, si bien eran socios, aún existían ciertas jerarquías que respetar. Pero las cosas no habían sido de esa manera y ahora tenía un enorme problema encima, el cual no estaba muy seguro de cómo resolver. J.J. era dueño de algunos negocios con hombres que habían confiado directamente en él, más no en Nikiforov. Su muerte iba a provocar una brecha bastante amplia de desconfianza, que seguramente se aumentaría más gracias al rumor que el mismo Víctor había hecho correr sobre que su padre era el responsable de la muerte de Leroy. También se dio cuenta demasiado tarde de que ese movimiento no había sido muy inteligente al final de cuentas. 

Víctor hizo bastantes esfuerzos para retener a esos hombres de la mejor manera posible, pero las cosas terminaron con un derramamiento de sangre por parte de algunos de ellos. Varios conocían secretos importantes y datos peligrosos sobre transacciones y modus operandi, no podía dejarlos sueltos por ahí si no se aseguraba que estos estaban de verdad de su lado, mucho menos cuando aquel desbalance y falsa culpa podría llegar a oídos de su padre y, con ello, este viera alguna posibilidad de entrometerse en sus asuntos. Baran sabía que no era el culpable de esa muerte y, lógicamente, supondría que aquella mentira había sido creada para encubrir una muerte dada desde el interior de la gente de Víctor. Pensaría que tal vez su estructura se estaba colapsando y Baran no deseaba nada más que eso, ver el imperio de juguete que su hijo había intentado formar sucumbir bajo su propio peso. 

Al final de aquellos quince días tan agotadores, no había logrado rescatar muchas cosas. Más de la mitad de los socios de J.J. habían tenido que ser eliminados, mientras que los otros no parecían bastante de fiar como Víctor hubiera querido. El antro The King había quedado sin administrador y, siendo este su centro clave para la distribución de drogas y estupefacientes, las cantidades perdidas en ese tiempo de incertidumbre se habían vuelto millonarias, además de que daba la oportunidad de que hombres de su padre y otros enemigos comenzaran a entrometerse en su territorio. Debía encontrar rápido a alguien que se hiciera cargo de eso, pero no era tan sencillo buscar a un hombre en quien confiar para un trabajo tan importante, pues se le expondría a información fundamental y delicada. En ese momento solo podía pensar en Chris o Yakov, pero este primero era su mano derecha, lo necesitaba a su lado siempre, y Yakov actualmente se encontraba enfocado en el Bar On Ice debido a la ausencia de Yuuri y su amigo. Otra persona de confianza era Lydia, pero ella tenía sus propios asuntos que resolver en su burdel, otro punto importante de sus negocios. Los siguientes opciones resultaban ser Mila, Yuri y Otabek. Estaba seguro que la primera no iba a desear entrometerse más profundo en esa clase de negocios y Yuri era todavía un niñato bastante temperamental que aún no aprendía a modular sus emociones, lo que lo volvía bastante ineficaz para llevar un negocio así. Por su parte, si bien Otabek era más centrado, maduro y era de su entera confianza, tampoco lo veía con el temple necesario para soportar un trabajo de ese calibre. Pero, de todos, estaba perfilando como su mejor opción. 

Pese a todas esas preocupaciones, Yuuri Katsuki resultó un pensamiento constante que pudo llegar a distraerlo incluso en momentos muy importantes. No obstante, esa mañana en que finalmente el chico tomaría su vuelo a Japón, fue imposible que Víctor pudiera separarlo de su cabeza. De nada sirvió que intentara concentrar sus pensamientos en la conversación que tenía con dos exsocios de Leroy, una reunión que había pactado ese día y a esa hora de la mañana a propósito, pues fue imposible que le quitara la mirada de encima a su reloj. Conforme el momento en que Yuuri debía estar ya abordando llegaba, Víctor fue sintiendo como el aire en sus pulmones le oprimía el pecho y un dolor punzante, desesperante, se enterraba con profundidad en ese mismo sitio. Incluso uno de los socios destacó su palidez y propuso dejar la reunión para otra ocasión si es que Víctor se sentía enfermo, pero este fue testarudo y quiso llegar hasta el final, por lo menos hasta que su reloj marcó las 12:15 p.m. (hora de despegue) y tuvo que disculparse un momento para ir al baño.
Cuando se apoyó contra el lavabo y notó que sus brazos temblaban y algo de sudor escurría por su cuello, casi quiso reírse de su propia debilidad. Estaba actuando demasiado estúpido, como un joven inmaduro que lo perdía todo cuando la realidad era que solo se deshacía de un chico que apenas si se había cruzado en su camino un par de meses. ¿Por qué le estaba dando tanto poder como para que pudiera desestabilizarlo de esa manera? ¿Por qué era capaz de hacerlo titubear? ¿De destrozarlo? ¿De hacerle sentir que el mundo se acababa sin su presencia? No, no estaba siendo coherente, estaba permitiendo que sus emociones lo dominaran cuando, en su negocio, tener emociones era el peor error que podía cometer.

Aquellos minutos mirándose en el espejo, viéndose tan estúpido y demacrado, le ayudaron bastante a tomar un respiro, recobrar la compostura y continuar con las negociaciones como si no hubiera ocurrido aquel desliz. No obstante, al término de esta, no había duda que estaba por completo perdido. Forzó sus emociones a un grado en que el agotamiento era ya parte de un sentir que no se repararía con una simple charla motivacional hacia sí mismo. Por lo menos había logrado salvar aquellos dos socios, pero la victoria no tuvo la dulzura suficiente para ayudarlo a suavizar la amargura de su alma.

Christophe era quien lo esperaba cuando salió. Al parecer había cambiado su lugar con Otabek, quien lo había acompañado en lugar de Chris mientras este se encargaba de Yuuri y su amigo. Le pareció curioso el cambio, pues esa no fue la indicación que le hizo a ambos, pero tampoco resultó ser algo que le quitara mucho tiempo de sus pensamientos. Subió al vehículo, se desató la corbata y se dejó caer en el asiento trasero mientras dejaba escapar un suspiro. Sabía que no tenía caso preguntar, que la respuesta era evidente, pero fue imposible para Víctor evitarlo. 

—¿Se fueron ya?

Su mirada fue a parar en su amigo, sobre todo cuando no escuchó una respuesta de su parte. En un primer momento parecía bastante concentrado en el camino mientras conducía, pero también notó las miradas efímeras que le dedicaba a través del retrovisor… Y su sonrisa, su jodida sonrisa que Víctor solo supo interpretar como burla. Sabía que a él nunca le agradó la idea de que se involucra con Katsuki y seguramente celebraba internamente haberse podido deshacer por fin de él. La sola idea lo enfureció, pero en realidad no tenía ánimos de discutir. 

—¿Quieres ir al bar? —preguntó Chris después de unos minutos de silencio. Víctor no había vuelto a ese lugar desde aquella última noche que Yuuri lo estuvo también. 

—No, quiero ir a casa.

Si Yuuri no estaba ahí para servirle su bebida, no quería que nadie más lo hiciera. Claro que necesitaba y deseaba un trago cuanto antes, pero era algo de lo que podría encargarse en casa. Ya podría encerrarse en su oficina y beber hasta perder la conciencia. Había decidido que, por lo menos solo ese día, se daría la oportunidad de perderse en todo eso que estaba sintiendo, como una especie de purga. Al día siguiente ya encontraría las fuerzas suficientes para continuar con su vida como si Yuuri Katsuki nunca se hubiera cruzado en ella.

Chris manejó en silencio tras eso y solo volvió a hablar cuando tuvo que anunciarle que ya se encontraban fuera de su edificio. Rápidamente descendió del vehículo y abrió la puerta para que Víctor también pudiera bajar.

—Disfrute de su día, jefe. 

Víctor lo miró con el ceño fruncido y una sensación extraña esparciéndose en su pecho. Si no se tratara de Chris, sin duda habría comenzado a sospechar que alguna clase de trampa lo esperaba adentro. Su actitud estaba resultando inusualmente sospechosa, pero le tenía tanta confianza, que de inmediato se convenció que era imposible que este lo traicionara. Tal vez solo de verdad estaba demasiado turbado y no estaba viendo las cosas con claridad. 

Aun así, se mantuvo con los sentidos alertas mientras ingresaba al edificio y subía por el elevador. Todo lucía bastante normal, el portero le había dado la bienvenida como siempre y en el camino no se encontró con ninguna otra persona que pudiera mostrarse sospechosa. Igualmente, cuando las puertas del elevador se abrieron, todo estaba en calma y por completo desolado en su piso. Tal parecía haber sido solo su imaginación.

Suspiró mientras colocaba en el lector la tarjeta que le daría acceso a su departamento. Abrió con suavidad, entró, pero antes de cerrar la puerta detrás suyo, se congeló de golpe ahí mismo, en la entrada… Había comenzado a escuchar el ruido de un televisor encendido, seguramente el de la sala. Sus dedos se movieron ágiles al capturar el arma que descansaba en su cintillo. Poco a poco cerró la puerta, intentando hacer el menor ruido posible. Con su arma alzada, en posición, se adentró con cuidado a su propio departamento. Era evidente que había alguien más ahí, ¿pero quién? Primero pensó en Inna, quien ya había logrado entrar antes. Después la imagen de Markov cruzó por su mente. Sería bastante esperable que quisiera cobrar venganza por lo ocurrido en el bar. No obstante, el peor escenario que pudo imaginarse en ese momento fue pensar en su padre sentado en el sofá, esperando por él.

Casi podía sentir sus pasos retumbar contra sus propios latidos y el pensamiento insistente, pequeño y doloroso que si alguien se encontraba ahí, que si alguien había logrado entrar, era gracias a Chris. ¿Por eso había ido él a recoger? ¿Por eso su sonrisa? ¿Por eso su silencio? La idea de la traición le destrozó su ya deshecho pecho, pero ese no fue momento de desmoronarse. Con su oficio, nunca lo era en realidad.

Continuó avanzando con cuidado. Al acercarse un poco más a la sala, logró divisar la luz del televisor, efectivamente encendido, y tras otros pasos más, distinguió también una cabeza descansando en el respaldo de su sofá… Una cabeza de cabello oscuro… Y corto.

Víctor bajó de golpe su arma cuando aquella cabeza se giró para confrontarlo…
.
.
.

—¿Yuuri?

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