Tabú 41


Para terminar con la resaca solía tomar un par de pastillas y esperar una hora antes de levantarme de la cama debido al frío que ésta me provocaba. Era un ritual que lo había practicado tantas veces que lo podía hacer con los ojos cerrados.

Esa mañana amanecí con un agudo dolor de cabeza y suponía que mis ojos estarían inyectados, además la sed calcinaba mi garganta. Tardé en tomar conciencia plena porque me era divertido flotar en la nube del sueño y luego volver a entrar en mí.

Y mientras tardaba en decidir entre correr a la ducha para relajarme con un buen baño o buscar mis pastillas en la maleta sentí el movimiento suave de un cuerpo junto a mí. Reaccioné de inmediato porque no recordaba haber llevado a alguna chica a la habitación del hotel, aunque sí me venía el recuerdo de los ojos azules de una modelo con la que estaba conversando la noche anterior.

Abrí los ojos y cuando di la vuelta el cabello y el perfume de mi hermano impactaron mi corazón, éste saltó dentro de mi pecho y de inmediato el miedo se apoderó de mí.

Pregunté a mi legión si había clavado los dientes sobre su fresca carne, si había cedido a mis deseos, si lo había convencido o lo había obligado. Indagué con insistencia para que me respondieran si lo había probado como un delicioso platillo gourmet o si había desgarrado sus entrañas con salvaje apetito.

Todos estaban tan borrachos como yo que no pudieron responder y lo peor no era ver a Yuri durmiendo desnudo junto a mí. Lo peor era no recordar cómo lo disfruté y qué hice con él esos momentos que habían escapado de mi memoria.

Él dormía plácido así que supuse no haber sido tan vil con su cuerpo. Busqué en lo poco de piel que asomaba por entre las sábanas si dejé marcas y no las hallé. Su limpio cuello, sus hombros blanquecinos, su rostro lozano me dijeron que no fui un bruto y que tal vez no escatimé en delicadas caricias y besos suaves sobre su piel.

Yuri.

Mi cuerpo permanecía dormido, mi cabeza daba mil vueltas y su cuerpo tibio agitaba la tensión de mis manos, ellas querían tocarlo, tomarlo, retorcerlo, avivar sus deseos y recorrer su vientre con el delicado toque de las yemas, horadar su espalda con la malévola intensión de las uñas, amasar sus pectorales con las ganas de las palmas y apretar su cintura con la rabia de sus tendones.

Maldita sea, Yuri.

No recordaba ni una mísera imagen de cómo lo tomé. Qué le dije, qué le hice, cuánto tiempo tardé en prepararlo, cuántos gemidos calló y cuantos se escaparon por las comisuras de sus deliciosos labios.

Yuri.

Estaba allí y podía tomarlo de nuevo, podía hacerlo mío y devorar sus espasmos con todos mis sentidos en alerta. Mi mano no quiso quedarse quieta y voló hacia su rostro, con delicia contemplé que dejaba ya su aire infantil y se convertía día a día frente a mis ojos en un hombre sensual, que había crecido unos cinco o seis centímetros esos meses junto a mí, que sus brazos ya no eran tan delicados, que la manzana se engrosaba haciéndose más visible y apetecible, que sus pectorales tomaron más cuerpo y su abdomen se había convertido en una firme roca.

Pero todavía conservaba su nariz pequeña y ese gesto dulce que lo hacía un ser encantador, claro, cuando estaba dormido. Porque en el momento que sus párpados oscuros se abrieran, su mirada de guerrero rasgaría mi pecho cual filosa espada.

Lo quería dormido para venerar su santa imagen, lo quería despierto para profanar lo que quedase de su pureza. Me convertiría en el patrón de sus sentidos y sería el sirviente de sus veleidades.

Silencio, solo la respiración de Yuri y los latidos de mi corazón daban signos de vida y se entrelazaban como la hiedra y las madreselvas. Todo en el ambiente inspiraba quietud, la luz tenue que entraba por la ventana, su pausada respiración, el lejano sonido de los autos y mi corazón que latía con suave cadencia, hasta que el destello de sus ojos me sacó de mi embeleso y me atrajo como el Sol a la Tierra.

—Víctor. —Cuando escuché mi nombre en sus labios terminé de despertar y me sentí criminal y culpable. No tenía perdón, lo había hecho mío y no sabía cómo justificar ante mis dioses internos que comenzaron a juzgarme.

—Yuriii… ¿qué pasó? —Mi mente seguía en blanco, ni una sola pista de mi delito quedaba en ella.

—Todo —susurró y sonrió con ternura infantil.

—No recuerdo nada. —Ni siquiera imágenes borrosas aparecían en mi cabeza.

—Estabas borracho. —Bajó la mirada y yo pensé que no fue tan agradable para él.

—¿Qué te hice Yuri? —Tenía que saber porque la intriga me mataba.

—Me rompiste el culo —dijo mirando a otro lugar.

—Yuri estoy hablando en serio. —Acomodé bien mi cabeza sobre la almohada para buscar la verdad en su mirada.

—Yo también, me está doliendo mucho. —Hizo un gesto de aflicción y yo sentí una punzada en el pecho.

—Yo… no… quería hacerlo. —No de esa manera tan inconsciente, me faltó decir.

—Eso no dijiste anoche. —Me miró un par de segundos con cierto enojo en el rostro.

—Déjame ver. —Mi pensamiento inicial fue el revisarlo para ver que no lo hubiera herido.

—No, no quiero me da vergüenza. —Refunfuñó y se tapó el rostro con la sábana.

Entonces escuché que estaba reprimiendo su risa y ese pequeño gesto suyo me confirmó que nada había pasado entre los dos. Me sentí aliviado, no había traspasado el límite que yo mismo me impuse para con él; pero también me sentí un imbécil por no haber sido el macho que tal vez Yuri esperaba que fuera.

—¡Estás mintiendo mocoso desvergonzado! —le dije al mismo tiempo que me aparté al filo de la cama.

Rio y su carcajada confirmaba mis sospechas. Era cruel, yo era su hermano que procuraba lo mejor para él y él me pagaba de esa manera, atormentando mi alma e invocando lo peor de mis deseos, aquellos que anhelaban masticar su piel y succionar todas sus mieles.

—Qué te detiene Víctor, estoy junto a ti desnudo, dispuesto y erecto. —Bajó el cubre camas y me mostró su crecido falo por entre las sábanas.

Enhiesto mástil mojado que se movía con voluntad propia y me llamaba para que probase su delicioso sabor amargo. Como perro hambriento sentí un hilo de saliva correr por un lado de mi boca y hasta la última de mis células reaccionó cuando lo vieron tan impúdico y revelado.

Todos mis monstruos me empujaban hacia él, su olor almizclado me atraía y su voz gutural parecía el canto de un tritón que me jalaba a su océano de placer. Lo haría mío en ese instante, probaría su cuerpo, por fin sentiría su calor y escucharía su grito.

Un tirano comenzó a reaccionar entre mis piernas; reconocí su movimiento y sabía que si él despertaba ya no habría marcha atrás. Me acerqué a la punta de su nariz, buscaba que su aliento terminara de convencerme y que por fin su garra sujetara mi falo. Y entonces… el timbre del celular me hizo reaccionar.

—Víctor en media hora estoy pasando por ti. —Sara estaba al otro lado y hablaba desde algún lugar público porque podía escuchar mucho ruido de fondo. Mi cabeza iba a estallar.

—¿Media hora? —Estaba perdido y no tenía idea de porqué Sara tenía que pasar por el hotel.

—¡La entrevista con Paula Vitti! —No sabía si era la resaca o una reacción natural, pero la voz de la morena estaba causando estragos en mis oídos—. ¡De Avanti… anoche le dije a Yuri que te avisara!

Miré a mi pequeño y sonriente demonio que se estiraba botando las sábanas y cobertores que aún quedaban en la cama y mostrando su candente desnudez sin ningún bochorno.  Como él escuchó también el mensaje de Sara le reclamé el olvido con una sola mirada. Él levantó los hombros.

—Sí estoy en eso… —Tuve que disimular el descuido—. En media hora estaré en lobby del hotel.

Me despedí de Sara y dejé el celular sobre la mesa de noche. Estaba aún algo desconectado y me sentía con tanta modorra que de no haber sido que Yuri quiso acercarse y pegar su cuerpo al mío, habría cancelado la entrevista y me hubiera quedado el resto de la mañana en esa cama.

—¿Cómo pudiste olvidarlo? —Me senté al borde de la cama intentando estabilizar mi cuerpo que aún sentía los efectos del trago—. ¡Prepárame un traje y busca mis pastillas rojas que están en mi maleta!

Me puse en pie de inmediato y caminé hasta el baño observando que Yuri tocaba con total impudicia su abultada erección en un intento por hacerme caer de nuevo en sus brazos.

Entré a la regadera e hice hora bajo la ducha para que mi hermano tuviera la oportunidad de desfogar toda su excitación y cuando salí a mi habitación con tranquilidad comprobé que él ya no estaba en mi cama.

Lo amaba tanto y lo deseaba con todo el ardor de mi cuerpo, pero ese delgado hilo de cordura del cual me sujetaba impedía todo el tiempo que diera el siguiente paso y tomara todo de Yuri porque si bien las malévolas voces de mis monstruos me gritaban para que lo hiciera mío, el temor y la duda me invadían y me hacían desistir en el último momento. Estuve al borde de la línea fronteriza que separa el verdadero amor de lo insano.

Salí del hotel con el afán de ir a una entrevista que Sara había pactado con una de las reporteras de la revista italiana Avanti con la que debía encontrarme en un café del centro a las nueve y media de la mañana. Sara me esperaba en una elegante VAN que aparcó frente a la puerta del hotel y el chofer imprimió algo de velocidad al auto.

—Paula solo se va a enfocar en todos los asuntos de Nefrit y su regreso a las pasarelas, así que no tienes por qué responder otros temas. —Mila consultaba todo el tiempo su celular y yo intentaba acomodar mejor los mechones de mi cabello.

El chofer no pudo dar la vuelta en la vía Francesco Vigano para ingresar a la plaza Gae Aulenti y decidí caminar un par de cuadras para no hacer esperar a la dama. 

Hacía frío en Milán, pero no tanto como en Pertersburg y yo apresuraba el paso para llegar a mi cita y mientras estaba caminando vi a dos hermanitos que iban tras su madre agarrados de la mano, el mayor parecía proteger al más chico a pesar que ambos eran aún muy pequeños. Me sentí el peor hombre que pudiera existir sobre la tierra y tenía la idea que la gente me miraba al pasar con mucha insistencia como si supieran mi secreto y me acusaran en silencio.  

Llegué a tiempo a la entrevista y durante media hora conversamos con la reportera, una muchacha bajita de origen oriental, pero con ese acento italiano cuando me hablaba en inglés que podía reconocer a la distancia. Durante ese tiempo mis temores se disiparon y pude contestar con soltura todas sus preguntas.

Pero cuando llegó la despedida otra vez tuve esa angustia de sentirme acorralado entre la moral que había dejado de lado desde que besé a Yuri y le hablé de mis sentimientos, y la felicidad de disfrutar de su amor y de su cuerpo.

Antes de regresar al hotel tenía que hallar mi tranquilidad para poder conducirme con absoluta normalidad frente a todos y poder ver a los ojos de mi hermano sin sentir que estaba cometiendo el más mortal de los crímenes. Y fue que buscando ese objetivo me perdí en las vitrinas y las plazas, entre las calles estrechas y la multitud que caminaban riendo o hablando por sus celulares sin darme importancia.

Perdido como estaba no me di cuenta que avancé hasta la construcción más importante de la ciudad y detuve mi andar cuando me encontré frente a la enorme puerta de bronce del Duomo de Milano, la catedral más grande de Italia.

Las escenas de la pasión de Cristo que se habían esculpido en la puerta me sobrecogieron y pude recordar las lecciones fundamentales de mi madre.

“El vino a este mundo a redimir nuestros pecados” me dijo desde niño y cada vez que yo hacía algo que ella consideraba incorrecto, era la figura del Cristo sufriente el que me recordaba lo malo que había sido.

Esa mañana también funcionó. La imagen del mártir despojado de su manto y su túnica, atado a la columna entre dos soldados romanos, uno que lo retenía con fuerza y el otro dispuesto a golpear su cuerpo con el flagium me hicieron recordar que mis pecados no habían sido redimidos y que tal vez el sufrimiento del hijo del hombre no significaba nada para mí.

Pensé en Yuri, lo imaginé como el chico duro y ambicioso, inteligente y franco. Como el chiquillo huérfano que conocí en el aeropuerto y que necesitaba del calor de un hogar para seguir creciendo.

Sentí que yo no podía darle un hogar, que mis sentimientos estaban mezclados con la virulenta necesidad de posesión, con la obsesión que me enceguecía y me alejaba de mi rol fundamental de hermano convirtiéndome en un sátiro.

No podía darle ese tipo de amor a Yuri y tampoco someterlo a mis instintos. Si en el pasado me rebelé ante los preceptos que mi amorosa madre quiso imponer en mi corazón, esta vez no sería así, tenía que encontrar la forma de seguir siendo un buen hermano para “mi niño” y arrancar de raíz esa mirada enferma y las ganas de hacerlo mi amante, tenía que crucificar mis deseos de hombre en favor de un sentimiento más puro.

Mirando cómo muchos fieles se acercaban con fe y devoción a la figura de la puerta, me dije que debía alejarme de Yuri para evitar manchar nuestra relación con el color del pecado y así poder gozar de su amor fraterno puro y perfecto. Aún no sabía bien cómo iba a hacerlo, si tal vez le pediría a Lilia que lo acogiera en su casa o quizá lo tendría que dejar en mi departamento y conseguir otro lugar para vivir.

El solo pensar en dejarlo me produjo una sensación dolorosa, que nacía en la boca del estómago y se expandía hacia mi pecho. Sentía que mis hombros y mis manos pesaban una tonelada y que no podía moverlos porque me quedaba muy poca voluntad para hacerlo.

Sin Yuri mis días serían fríos como esa mañana de febrero en Milán, pero no tendría que vivir atormentado por haber vulnerado su casto cuerpo y su noble espíritu.

Tenía que dejarlo, pero hacer eso sería como arrancarme un brazo.

Al dar las tres de la tarde decidí encender mi celular y entraron todas las notificaciones y mensajes de la mañana. Lilia y las chicas me habían buscado y no sabían qué hacer porque pensaron que estaba perdido y alcoholizado en alguna de las tantas fiestas que seguían celebrando en las mansiones de los milaneses.

—Víctor qué ha pasado… ¿dónde te has metido? —Lilia estaba molesta, la dama del diseño alzaba la voz y su enojo estaba justificado.

Ese sería el segundo día que el equipo de Lilia presentaría algo más en la colección de accesorios en un desfile especial programado para las siete de la noche en el Palazzo Giureconsulti.

—Lilia no te preocupes estoy bien y voy de regreso al hotel, ya almorcé y solo es cuestión que tome una ducha y me cambie. —No sabía que era muy difícil tomar taxi en Milán esos días pues todos los que quise tomar estaba llenos.

—Voy a preparar tu traje azul y por favor si estas ebrio toma algo de café. —Lilia cortó la llamada y por suerte un hombre de negocios salía, cargando su maletín, del taxi que había parado frente a mí, me vio con el afán de abordarlo y me cedió el paso.

Diez minutos después estuve en la puerta del hotel y entré como un rayo a mi habitación, volví a tomar una ducha rápida, perfumé todo mi cuerpo y me cambié con un exclusivo traje de tres piezas de color canela.

Bajé al vestíbulo del hotel para reunirme con el equipo que me esperaba, comprobé que llegaríamos con el tiempo justo al ensayo y que de éste quedarían pocos minutos para la presentación. Cuando los ubiqué en una de las salas del hotel Lilia y las muchachas estaban vestidas de forma sencilla, iban en negro y tenían puesto algún elemento de la novedosa colección Zvezda de accesorios que lanzaría Nefrit ese año.

—El material ya está en la camioneta, nos esperan en el estacionamiento. —Mila se acercó y arregló mi flequillo que aún seguía algo mojado.

—Nos apuramos ya. —Lilia me miró con cierto enojo que no entendí.

—¿Y Yuri? —Mi hermano no estaba junto al equipo.

—Dijo que estaba mal y no quiso salir de su habitación. —Mila se mostraba apenada.

—Pero… cómo que no va a venir… él tiene que… voy a ir a traerlo. —Yuri había sido mi principal objetivo para realizar ese viaje, quería que viviera a fondo la experiencia de ser un diseñador y mostrara todo su potencial, ese que le había permitido diseñar gran parte de los accesorios que mostraríamos esa noche.

—Ya no hay tiempo Víctor. —Lilia comenzó a caminar hacia la puerta de salida del hotel y vi la camioneta que nos recogía estacionarse en la puerta—. Hablé con él esta mañana y no lo pude convencer ni pidiendo ni amenazándolo.

No pude quedarme como hubiera querido y correr hacia la habitación a ver qué estaba sucediendo con mi hermano. En cambio, caminé a prisa hasta la camioneta y me senté junto al chofer, miré el lugar que debía ocupar Yuri y sentí que el inmenso vacío que crecía en mi corazón llenaría mi tarde y mi noche de presentación.


La colección solo recibió halagos de los críticos porque notaron los aires de frescor que Mila y Yuri habían impregnado en las piezas. Bolsos y calzados en gamuza o en cuero graso, cinturones, delgados relojes metálicos de manecillas y guantes de gamuza para complementar. Además de zarcillos, cadenas, pulseras y collares en tonos frutales.

De inmediato sostuve un par de reuniones muy importantes con los representantes de la firma ECOS que necesitaban impulsar la reapertura de su local central en Londres y abrir dos tiendas más en la gran manzana.

El éxito de esas colecciones posicionaría de mejor manera a Nefrit y le devolvía el brillo de antaño, con una visión más moderna y con un potencial de ventas que comenzaba a exigir el envío de lotes mayores.

No pensé que esa noche firmaría dos contratos y que harían el pedido de lotes muy superiores a los que solíamos exportar; pero por suerte la modernización de las fábricas en la India cubriría la demanda que se tenía en el mercado. Las mujeres sí que sabían invertir grandes cantidades de dinero en zapatos y carteras, a dios gracias para nosotros.

Culminé con las negociaciones cerca de las diez de la noche y muy cansado rechacé la invitación que me había hecho un amigo de una revista especializada en cuero y tendencias en calzados, que estuvo presente durante todos los desfiles que se presentaron esa noche.

No quería más licor, ni risas falsas, ni modelos sensuales ofreciendo sus encantos bajo los diminutos trajes con los que solían asistir a las fiestas. No quería espectáculos exóticos, ni mucho menos una cama redonda con todos ellos. Solo quería ir al hotel y saber qué había pasado con Yuri.

Al ingresar a la suite dejé mi abrigo en el sofá y caminé muy seguro y dispuesto a enfrentar cualquier capricho de ese niño malcriado, no caería otra vez en sus juegos y mucho menos me dejaría intimidar por su sonrisa ni por su lujuria.

Cuando ingresé a su habitación lo vi sentado en el balcón mirando hacia la calle iluminada y con las luces apagadas. Quise encender las lámparas y él me impidió.

—Déjalo —dijo con severidad y no volteó a verme. Pensé que estaba enojado y quería fingir indiferencia.

—Lilia dijo que te sentías mal. —Me quedé al borde de la puerta contemplando su perfecto perfil.

—Sí, estoy mal —contestó con voz enronquecida—. ¿Sabes qué día es hoy?

Me quedé en silencio porque no tenía ni la más mínima idea.

—Hace un año atrás mi abuelo agonizaba en el hospital y los doctores no pudieron hacer nada por él. —Yuri no dejaba de ver por la ventana, mantenía su postura firme y sus ojos perdidos—. Por poco y lo olvido, por estar haciendo estupideces infantiles.

—Yuri yo… —Yo había olvidado la fecha también, un año atrás mi padre recibiría la llamada y al día siguiente de la muerte del anciano moriría en su auto.

—Qué imbécil ¿no? Querer tentar a mi hermano, desear que me desee y anhelar ser su dueño y que nunca se aleje de mi lado. —Su grave voz sonaba dolida y sentí que la nostalgia invadía mi corazón.

—Yuri… yo también no hice nada por poner los límites. —Me acerqué porque lo sentía tan apenado y su voz no mostraba la misma fuerza de siempre.

—Tienes razón Víctor, esto no está bien. A mi abuelo le hubiera espantado imaginar que yo estaría buscando los brazos y la boca de mi propio hermano y nuestro padre se sentiría decepcionado de los dos. —Cuando llegué junto a él observé su rostro húmedo y caliente. Tal vez habría estado llorando desde hacía un buen rato.

—Debemos ser razonables Yuri, pero eso no significa que te voy a dejar de amar. —Abrí mi corazón y confesé mi mayor temor—. Tampoco quiero perderte, te has convertido en la persona más importante para mí.

—Pero… —Volteó a verme y sus ojos carecían de esa vitalidad hechicera y de la malicia que mostraron por la mañana.

—Pero quiero que solo seas mi hermano por favor, amémonos de forma sana y no nos hagamos daño. —Fui sincero, ese era el momento que había estado esperando para evitar hundirme más en la salvaje tentación que representaba Yuri, era el momento propicio para redimir mi principal pecado.

Extendí mi mano y Yuri la tomó dudando. Apreté su delgada mano y lo atraje hacia mí. Sentí que su abrazo era como el de un niño triste, temeroso e intranquilo. Y cuando creí que todo había sido superado Yuri volvió a descolocar mis pensamientos.

—Sí, nuestro amor es tan insano y tan horrendo que tuviste que salir huyendo de mí esta mañana y yo te anhelaba, te deseaba, quería que me abraces y que me beses y me digas que también me amas. —Otra vez lo vi llorando.

—Yuri encontraremos la manera de vernos solo como familia. —No estaba seguro si le dije eso por compasión, por procurarle algún consuelo o solo por decir algo; pero también deseaba sentirme un verdadero familiar para él, un guía y un amigo íntimo. Alguien en quien pudiera confiar y que estuviera a su lado siempre que me necesitara.

—¡Maldita sea Víctor, me he enamorado de ti! —En medio de la tristeza el Yuri guerrero comenzaba a resurgir—. ¡¿Dime cómo carajo me deshago de mis instintos y mis deseos?!

Lo apreté contra mi pecho y dejé mi boca sobre su frente caliente. Sabía que la respuesta nos haría sufrir a los dos, pero entendía bien que la mejor manera de evitar ese amor prohibido sería vivir por separado.

—¿Qué tengo que hacer para dejar de amarte? —Gritó sobre mi camisa con voz ahogada—. ¿Con quién mierda debo follar para no pensar en ti? —Sentí una ardiente incomodidad en la nuca cuando Yuri esbozó la idea de estar con otro—. ¿Quién será el maldito cabrón que me ayude a olvidarte?

Estreché mis brazos sobre su espalda y sus vértebras tronaron con fuerza. Quería esconderlo en mi piel para que nadie más se atreviera a mirarlo, para que supiera cuánto lo amaba y cuanto lo deseaba.

No.

No existía en el mundo ningún maldito cabrón que arrebatara a Yuri de mi lado, él era mío, solo mío y nadie más que yo, su degenerado hermano, sería quien gozara de su cuerpo y de su amor.

Cuando “mi niño” se calmó, lo llevé a su cama, acomodé sus pies descalzos y cubrí su cabeza de caricias y de besos. El aún hipaba por el exceso de llanto y sostenía con fuerza mi mano para que no lo dejara en medio de la oscura soledad de su cuarto.

Poco a poco se durmió y volví a observar su rostro de ángel, ese que miré en la mañana soñando junto a mí. Me imaginé un día sin él y no pude soportarlo.

Todos mis planes para irme a vivir lejos y dejarlo en el departamento se fueron como por una cañería. No podía, no quería, no deseaba dejar a mi hermano solo, ni tampoco quería perder a mi amado.

Me quedaría a su lado por siempre, por toda la eternidad. A partir de ese momento nada ni nadie nos separaría.

Le di un beso en la frente y me llevé su suspiro a la cama para hacerlo mío en sueños durante el resto de la noche.

Yuri.

Sé que iré al infierno por haberlo amado tanto, pero nadie me quitará de la boca el sabor de sus dulces labios.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Empieza ahora
A %d blogueros les gusta esto: