Retorno a Atlantis 24


El siguiente paso

Había sido su hogar durante veinte años y aunque fuera una prisión tenía demasiadas historias que recordar, algunas buenas y otras malas, pero todas serían experiencias valiosas de vida.

Lo más difícil de decir adiós era pensar en los que se quedaban atrás e imaginar cómo es que sus vidas seguirían sin él. Jean siempre buscó la trascendencia, el halago, la visibilidad y aunque no se lo propuso en la prisión, sus palabras y sus obras lo convirtieron en ese “rey” sin corona de un imperio aborrecido por los demás.

Conocía las historias de sus súbditos, conocía incluso sus sentimientos y pensamientos. Habían compartido horas de trabajo, de estudio, de meditación y de alegría. Esos reos que nadie quería ver en las calles de las colonias espaciales, esos hombres llenos de tatuajes, cicatrices y palabras vulgares; esos hombres que buscaban sobrevivir como fieras salvajes en medio de una jungla de barrotes fueron el campo fértil para sembrar semillas de consciencia y a su manera dieron algunos frutos.

Se convirtieron en sus amigos, en sus aliados y en su familia cuando los padres de Jean murieron y sus hermanos se olvidaron de él. Fueron testigos de los pequeños y grandes prodigios que sus manos y su fe realizaron entre los pabellones, los patios, los talleres y los socavones de las minas.

Jean fue uno más con ellos y a la vez fue como un hermano mayor, incluso para los hombres más viejos. Todos reunidos en esa plaza observándolo con atención, con dudas y tristezas en las miradas; Jean tuvo que decirles adiós.

—Nos volveremos a ver, no sé cuándo; pero otra vez nos miraremos a las caras y nos reconoceremos los unos a los otros por las miradas. —Jean se sentó en las gradas del estrado que las autoridades de la prisión habían armado y con cariño repartió unos bollos de pan que junto con sus amigos más cercanos prepararon las últimas horas antes del viaje y los guardias sirvieron una pequeña copa de vino a cada preso.

—Jean ¿qué haremos ahora que tú no estés? —Uno de los más jóvenes, Michael Phillips le preguntó con timidez. El chico se sentía derrotado.

—Seguir buscando tu voz interior, porque allí adentro es donde radica la verdad de todo. —Jean no sabía cómo explicar esas sensaciones que tenía y esos sueños donde veía otra realidad. Simplemente no había palabras.

¿Cómo decir que no existe un cielo y tampoco un infierno? ¿Cómo hablar que no hay una nada esperando al final de la vida? ¿Cómo decir que somos más reales cuando cruzamos la gran barrera?

Jean sabía que la respuesta no sería satisfactoria, así que solo les pidió que escucharan la voz del alma y siguieran siendo dignos a pesar que todos los condenaran, hasta que llegase el momento final.

Cuando el pequeño departir terminó, Jean subió de nuevo al estrado y con las lágrimas avecinándose a los ojos hizo una reverencia frente a todos.

—Gracias por todos queridos amigos. —Sintió que su pecho se llenaba de amor, temor y felicidad intensa porque una gran energía lo hacía vibrar en un doble ritmo—. No importa si no me recuerdan, solo les pido que no olviden todo lo que les dije. Benditos sean.

Entre aplausos y vivas, Jean bajó del estrado y se dirigió al vestuario para ponerse el traje con el cual viajaría a la base de Júpiter para el lanzamiento de la nave Gnosos en la que viajaría a encontrarse con la verdad oculta en ese extraño motor del Atlantis.

Como lo había hecho durante las dos décadas de su estadía en el planeta Kepler 95t, Otabek lo acompañó para desearle lo mejor y recibir una última instrucción de parte de su camarada.

—Quiero que te prepares y los prepares a ellos porque el objetivo que trazaron los grupos de poder del Sistema para la misión en el Atlantis va a resultar más favorable a nuestros intereses amigo mío. —Jean terminó de ponerse los botines protectores y solo faltaba los guantes y el casco que se ajustaban perfectamente a su cuerpo. Se acercó a Otabek y lo sujetó de ambos brazos.

—Jean ¿este es el ritual del que me hablaste? —Otabek sintió la cercanía de su mejor amigo y pudo ver que solo quedaban pocos centímetros entre su rostro y el de Jean.

—Te voy a dar el legado que me dio Yuri para que no sigas dudando de todo aquello que compartí contigo. —Jean soltó los brazos de su amigo y con mucha cortesía sujetó su rostro con ambas manos.

Ambos cerraron los ojos cuando sus labios se encontraron y en un beso profundo lleno de cariño y emoción, Jean le entregó todo ese conocimiento sensitivo que provenía del punto neural de su corazón. Un hálito de fe que su gran amigo aún necesitaba y que fue suficiente para que entendiera que somos más que estos cuerpos y que la realidad subyace por debajo de aquella que nuestros sentidos contemplan.

Cuando Jean presintió que Otabek había entendido, cuando con los ojos entreabiertos lo vio como si estuviera despertando o descubriendo un tesoro, terminó de besarlo y lo abrazó con todas sus fuerzas.

—Te voy a extrañar rebelde. —Sonrió mucho porque quería llorar.

—Yo también amigo mío. —Otabek estrechó aún más el abrazo y ambos dejaron un pedacito del alma en el otro—. ¿Nos volveremos a ver?

—Te lo juro que así será y cuando todo esto termine estarás conmigo en un increíble lugar. —Jean suspiró con pena y a la vez con esperanza pues tenía la plena certeza que todo lo que había aprendido de Yuri era verdad.

Cerraron los ojos, apretaron aún más los brazos y no dijeron la palabra adiós porque el reencuentro era solo era cuestión de tiempo y el tiempo solo es una ilusión.


Le tomó seis meses de entrenamiento en la base de Júpiter el poder estar en la forma correcta para viajar a su anhelado encuentro. Cada mañana Jean despertaba con una sonrisa contando los días que faltaban para comenzar su largo viaje y cada noche al acostarse imaginaba cómo sería el encuentro entre él y Yuri en ese mundo inmaterial.

«Yuri, ¿me recordarás?, ¿me reconocerás ahora con este rostro curtido y estas manos callosas?», Jean temía que en la dimensión donde las almas llegan, la memoria fuera frágil, pero el alma no envejece y el amor verdadero mantiene la fragancia de una rosa que recién se abrió al sol.

El viaje les parecería corto pues entraron todos en sus respectivas cabinas de hibernación y abrirían los ojos en el punto exacto donde el mapa estelar señalaba la presencia del Atlantis.

Antes de dormir Jean agradeció con genuino sentimiento la oportunidad que el comandante Gordon Lázarus le había dado al final de ese extraño y difícil camino que le había tocado vivir.

—Cuando lleguemos no habrá tiempo de decirte cuán agradecido estoy. —Jean extendió la mano al sonriente hombre.

—Cada noche desde que llegamos a Marte soñé con Yuri y al principio no entendía lo que me decía en sueños. —Lázarus que había pasado por la experiencia de la muerte era el único que no sentía ni un poco de temor—. Pero hace exactamente tres años cuando se concibió el proyecto y el general Roch me puso al frente… solo hasta ese instante fue que logré escuchar el mensaje: “ve por Jean”, decía; “sácalo de toda esta mierda”, insistía.

Jean sonrió porque ese sí era un auténtico mensaje del joven que tanto amaba y extrañó durante todos esos años de encierro en la prisión.

El viaje no tuvo ningún contratiempo y la mente central de AIRIS se encargó que cada detalle por más mínimo contara con la aprobación de todos sus sistemas aleatorios.

Diez hombres, casi todos desconocidos entre sí dormían en las cabinas en un sueño tan profundo que les fue difícil recordar cuando llegaron al punto indicado y la voz del programa central de la nave insignia Gnosos los despertó y comenzó a darles las lecturas de su estado y el de la nave.

A saber, el jefe de vuelo era el piloto Kim Hyung-Mo, experto en rescates; el copiloto se llamaba Paul Mossé un hombre con los nervios de acero capaz de salvar cualquier situación en el último minuto y les acompañaba el piloto de segunda línea Roberto May, un hombre que no descansaba hasta tener todos los datos en perfecto orden.

Tres eran los ingenieros encargados del objetivo de la misión, Paxton, Montecarlo y Schiver. Y dos técnicos instalarían las poderosas antenas para la conexión a distancia en las torres de proa y popa del Atlantis.

El objetivo era simple: instalar un poderoso enlace con interfaz en el mando central de la memoria del Atlantis y al momento de desplegar sus antenas permitiría la conexión con la base central del sistema AIRIS. De esta forma la mente central tendría el control de la nave y en especial de la energía que desplegaba el rotor y podría evitar la excitación del flujo energético para que los robots que quedaran en la nave pudieran cargar las celdas de abastecimiento con la energía fotónica y magnética que se desprendía de ella.

AIRIS tendría el control absoluto del Atlantis.

Con ese fin tendrían que engañar a la inteligencia del sistema de la nave de la muerte enviando a dos de los miembros de ese equipo al rotor para que lo mantuvieran con la mira puesta en ellos mientras los demás ejecutaban el plan.

El sistema había decidido que Leroy y Lázarus serían los héroes a sacrificar.

Cuando Jean despertó lo primero que hizo al ponerse en pie luego del largo viaje fue dirigirse a la cubierta de la nave para observar maravillado una vez más la egregia figura del Atlantis que se agigantaba conforme la nave de la armada se acercaba a ella. A su vez miraba la lejana estrella que alimentaba ese motor mortal.

Jean sentía que estaba cerca de ver por fin esa realidad que tanto deseaba y temía en el fondo.

«¿Cómo será estar sin un cuerpo?», se preguntó y no quiso responder pues sus visiones y sus ejercicios de introspección solo le mostraron imágenes distorsionadas y opacas del misterioso limbo que lo esperaba.

Diez días les tomó llegar a la gran nave que al momento de notar la presencia del Gnosos activó sus sistemas y abrió las puertas de sus hangares para recibir a los visitantes.

—Nos invita a entrar para devorarnos la muy maldita —señaló con ironía May.

—Te devorará a ti, porque yo estaré fuera todo el tiempo y no pienso entrar en sus entrañas —bromeó Schiver.

—Solo espero que no te mates hasta que nosotros salgamos de esa cosa, Leroy —añadió el jefe de la nave.

Jean solo sonrió y asintió sin decirles nada, su corazón y su mente estaban en otro lugar, ellos ya habían llegado al Atlantis y comenzaban a caminar por sus vericuetos haciendo uso de su memoria.

Una vez que tuvieron los trajes espaciales puestos y revisaron el listado de tareas a realizar, los hombres se dirigieron a las pequeñas naves de transporte para abordar la tétrica Atlantis.

Seis de ellos tenían el corazón apretado pues no dejaban de pensar en la posibilidad de encontrar una muerte dolorosa al interior de la nave. Solo dos sonreían y esperaban el momento de caer hacia la libertad.

Cuando las naves traspusieron el umbral del gran hangar, Jean sintió que su corazón se iba a salir de tanto palpitar. Yuri estaba a solo unos minutos, a solo un paso, Yuri por fin volvería a ser parte de su mundo en algún lugar desconocido y etéreo.

Los ocho hombres bajaron de sus naves luego de anclarlas al piso del Atlantis y con mucho cuidado se quitaron los cascos para poder respirar. Jean sintió que el aire era fresco como la primera vez que estuvo en ese lugar y miró la puerta del elevador central.

—Vayamos con calma —les dijo a los militares y se quedó en el nivel número seis. Allí había visto desaparecer a sus amigos, los hermanos Crispino, hacía tanto tiempo atrás—. Manténganse juntos y no usen las radios para que la energía no los detecte.

—Nosotros caminaremos muy lento para darles ventaja y así sincronizar el momento que entremos al rotor con el momento que ustedes introduzcan la interfaz. —El comandante Gordon Lázarus se despidió de los hombres y junto con Jean comenzaron la lenta marcha iluminando los pasajes oscuros de la nave con pequeñas linternas para no llamar la atención del sistema central.

Fuera de la nave los dos ingenieros habían hecho contacto ya con las enormes antenas y unían los equipos de radar de AIRIS a los equipos del Atlantis. Era una tarea sencilla que solo necesitaba de media hora para completarse y hacer la primera prueba.

Y así fue, verificaron las conexiones y AIRIS envió un mensaje que llegó luego de diez minutos indicando que tenía plena recepción de la señal.

En Venus, la Tierra, Marte y Júpiter, los hombres poderosos del Sistema Solar observaban cada detalle de la misión en las pantallas que captaban las señales a través de los visores que llevaban puestos los integrantes de la misión.

Al ingresar a la cabina de mando tres de los seis oficiales apresuraron sus pasos para llegar al tablero central donde el sistema QV que manejaba todo en el Atlantis emitía una pequeña señal a través de una luz roja que se encendía y apagaba segundo a segundo.

Jean y Gordon no decían ni una sola palabra mientras caminaban con mucha calma hacia el rotor, tal como lo habían acordado horas antes de ingresar a las cabinas de pervivencia de la nave Gnosos. Intentaban dar tiempo a los ingenieros para que cuando todo estuviera listo para la conexión final ellos ingresaran a distraer a la luz mortal y los otros miembros del equipo pudieran escapar.

El capitán sonreía y temblaba emocionado y al mismo tiempo intentaba reprimir los vacíos que se producían en su estómago cada vez que pensaba en la muerte. No faltaba casi nada para cumplir su propósito, para caer a las aspas circulares del rotor y para encontrar a Yuri al otro lado.

Recordó que su amado chico le había prometido esperarlo en el Atlantis, pero él sabía que eso sería más que imposible porque habían pasado muchos años desde que Yuri volvió a la nave. No podía estar en ella salvo se encontrase en alguna de las cabinas de pervivencia esperando ser despertado.

Con temor Jean dio media vuelta y en voz muy baja le hizo conocer a Lázarus sus pensamientos.

—Es imposible, él no haría algo así —le respondió su amigo mientras intentaba detener su marcha atrás—. Yuri preferiría estar del otro lado.

—¿Y si no es así?, ¿si luego que dejemos este mundo, AIRIS se da cuenta que Yuri duerme en una cabina? —Jean no quería ni pensar—. Lo llevarían a Venus como hace veinte años.

Lázarus negó en silencio y observó asustado cómo Jean buscaba en las paredes un intercomunicador.

—Déjame preguntar por él al sistema de la nave, lo haré cuando ellos ya hayan ejecutado la misión —suplicó Jean y el comandante torció los labios desaprobando la idea, pero lo dejó seguir.

Minutos después la señal que estaban esperando apareció en sus pulseras y los dos supieron que era el momento de dirigirse al rotor. Jean entonces encontró en la pared un pequeño dispositivo de comunicación por el cual pediría al sistema de la nave que le dijera si había un pasajero en alguna de las cabinas de hibernación y que lo despertara antes que AIRIS tomara control.

Acercó su mano a un micrófono adherido en la pared y estuvo a unos centímetros de tomarlo cuando una mano fuerte y fría lo detuvo. Jean saltó hacia atrás por la impresión y vio con asombro emerger de la oscuridad un hombre barbado de largo cabello rubio y ojos de jade.

—Shhhh —con un dedo sobre los labios el hombre le pidió silencio y siguió sosteniendo su mano.

—¿Yuri? —Jean tuvo la sensación que todo desapareció a su alrededor—. No puede ser —le dijo a media voz.

El rubio volvió a pedir silencio y con un ademán de manos pidió a los dos recién llegados que lo siguieran rumbo al rotor central. En medio de la caminata estiró su brazo y abrió la mano pidiendo a Jean que la tomara. El ex capitán acercó su temblorosa mano y sujetó la de Yuri con cuidado, con amor, con alegría, con lágrimas en los ojos y ya no la soltó.

Apretando el paso caminaron con cuidado, para no ser vistos por las cámaras de la nave y casi tropezando entre los tres se dirigieron hasta el motor central del Atlantis que al notarlos abrió sus puertas y comenzó a enviar señales que una vez más excitaron los aros del rotor y estos empezaron a dar vueltas con más frecuencia.

—Yuri espera todavía no —le dijo Jean preocupado por que la nave se conecte con el sistema—, el sistema del Atlantis debe conectar…

—Sí lo sé y no te preocupes porque desde que los radares fueron conectados todo está en marcha. —Yuri sonreía y lo miraba con tanto amor—. Además, no me importan esa misión de mierda, lo que me importa es que estás por fin aquí, conmigo y no te voy a dejar otra vez.

Jean no lograba comprender cómo Yuri sabía lo que estaba sucediendo y se sintió algo tonto porque él no tenía ni idea de lo que decía Yuri y Gordon Lázarus sí parecía saber de qué estaba hablando el rubio. Pero la gran emoción de tenerlo junto a él era superior a cualquier explicación. Antes de ingresar al gran motor central de la nave Jean lo abrazó con todas sus fuerzas y lo besó con toda la pasión guardada durante esos años pues no sabía si podría hacerlo al otro lado, cuando sus almas quedasen libres.

Entonces sintieron que las luces comenzaron a encenderse desde el fondo del pasillo y supieron que tenían que ingresar a la espectacular cabina. Lázarus entró a toda prisa, Yuri avanzó sin miedo y cuando estuvo en el umbral del contenedor, Jean se detuvo por un par de segundos, la muerte era algo que siempre le causó temor, pero la mano de Yuri apretó la suya y el temor desapareció.

Herméticas, así quedaron cerradas las puertas del motor y de pronto el sonido desapareció a su alrededor, no podían escuchar el estruendo de los rotores que abajo se movían a gran velocidad, tampoco podían sentir el zigzaguear de las platinas circulares, ni sus voces, ni sus ideas, solo eran sentimiento puro, risas y lágrimas.

Había llegado el momento de la verdad y casi sin respirar Jean miraba los ojos de Yuri, su perfil tan masculino, su rubia barba, las arrugas en los párpados y en la frente. Era un hombre maduro muy atractivo y no había perdido la calidez de ese muchachito al cual rescató años atrás en esa misma nave que sería ahora su tumba.

De pronto vio que el comandante Lázarus se adelantaba cruzando la barrera y observaba con calma el vacío y los aros que giraban en el fondo. El hombre volteó la mirada hacia ellos elevó el pulgar derecho y con una gran sonrisa se arrojó al vacío.

Yuri invitó a Jean a hacer lo mismo y con cuidado él traspuso la barrera de acero, pero no quiso mirar abajo. El instinto de conservación todavía le decía que no lo hiciera, que no se tirara hacia esos aros que lo triturarían mientras caía hacia el área de ventilación.

Los fuertes brazos de Yuri apretaron su cintura, sus ojos se posaron sobre los suyos y la sonrisa que tanto amaba le decía que ya no dudara más. Jean suspiró sabiendo que eran los últimos segundos, besó una vez más a Yuri y así enlazados con los corazones juntos en un solo latido dieron el siguiente paso.

Cayeron y siguieron cayendo en un pozo sin fin hasta que el vértigo los venció y nubló la vista de ambos. Jean dejó de sentir la fuerza de la caída y pensó que se estaba flotando en medio de la nada y cuando dejó de sentir supo que estaba al otro lado donde todo era silencio y luz. Un lugar donde todo era paz.

En el Atlantis seis militares corrían desesperados hacia el elevador para volver al hangar y escapar de la luz que comenzaba a inundar los pasillos de la nave, habían recibido la señal desde la base militar de Marte en la que confirmaban el vínculo entre el sistema del Atlantis y la todo poderosa AIRIS.

Los seis hombres entraron en el elevador y vieron cómo los números del contador retrocedían. Sus puños apretados y sus hombros tensos mostraban que estaban a un paso de sentir pánico, pero se repetían mentalmente que no debían dejarse vencer por sus temores si querían escapar.

En las colonias todos captaban el importante momento y los dispositivos de los millones de habitantes de cada planeta y de cada base en el espacio escuchaban o leían los reportes que enviaban a cada minuto desde el centro de comunicaciones de la ciudad Prime.

En la lejana prisión “La Roca”, Otabek había convocado a sus hermanos y a los guardias para esperar en profunda meditación la señal que Jean le había jurado recibirían a esa hora.

Entonces la estrella moribunda pulsó dos veces sus rayos y uno de ellos salió por la cúpula del rotor impactando desde adentro al Atlantis. En ese mismo instante los hombres del ascensor verificaron que habían llegado al primer nivel, pero ya no vieron abrirse la puerta pues todo se convirtió en luz. El acero de las paredes, la pantalla en la parte superior, el panel con los números, sus armas y también sus cuerpos.

La señal de la estrella viajó a través del espacio y calcinó los superordenadores bioprogramados de AIRIS. El sistema trató de defenderse con una barrera, pero ya era tarde, todo quedó muerto.

En las casas, los trabajos, las escuelas, las universidades cientos de personas se sintieron entrar en un estado de ingravidez absoluta y perdieron la conexión con sus sentidos y con su realidad.

En la prisión del planeta Kepler 95t, Otabek Altin y Leo de la Iglesia abrieron los ojos y contemplaron el ingreso de una luz potente a sus pupilas, el calor asfixiante calcinó sus pulmones en un segundo y al siguiente cuando se sintieron fuera de esos cuerpos comprendieron la verdad.

Todo había terminado y ya estaban del otro lado.

Notas de autor:

Estamos llegando al final de este viaje. La próxima entrega será el capítulo final. Quiero agradecer vuestra compañía y si desean hacer alguna pregunta estaré feliz de responderla.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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