Tabú 36


El inicio de los partidos estaba a un paso y en el equipo ajustábamos los entrenamientos para estar muy bien preparados esa temporada de invierno en la que nos jugaríamos hasta la piel por llegar a obtener el título y retener el trofeo que adornaba la vitrina central de la escuela por tres años consecutivos.

Otabek se había convertido en el mejor atacante lateral y yo me encargaba de anotar todos los puntos posibles en la valla enemiga. El puesto central se repartía entre Zaveliev y Korov, quienes entraban en forma alternada a los partidos de pretemporada.

Yo tenía que cuidar mi dieta para mantenerme delgado y flexible. Debía continuar siendo más rápido que los rivales porque mi tamaño y contextura no me permitía enfrentarme en resistencia y fuerza a los tremendos tanques a los que nos enfrentaríamos.

Por ese motivo redoblé mis esfuerzos y además de correr con Víctor por las mañanas, volví a entrenar mis habilidades en los parques y los centros comerciales. El parkour me devolvió la agilidad corporal y mental que necesitaba para enfocarme en el juego y no perder ni un solo pase que el kazajo me hacía.

Esa convivencia diaria con él me llevó a establecer una cercanía mayor. Además, él podía hacerme entrar a las discotecas sin que nadie me pidiera identificación. Con solo decir que era parte de sus utileros y llevar un par de super woofers al hombro ya estaba colado en la fiesta y me entretenía los sábados escuchando buenas mezclas y bailando sin parar.

A los dieciséis eres capaz de hacer cosas sin sentir que tu cuerpo se resienta. Ahora no sé si podría hacer tantas locuras, quizá pensaría un poco más antes de atreverme a hacerlas; pero esa temporada quería vivir la vida al límite, así era mejor para mí porque el escaso avance en mi relación con Víctor me tenía estúpido.

Opté por rendir mi cuerpo y llegar a casa cansado, con el tiempo justo para cenar, hacer alguna tarea rápida, leer un poco y quedarme dormido de inmediato. Esa era la forma como no tendría que arrastrarme como una lagartija detrás de Víctor en busca de algo más que un beso.

Ese sábado “el oso” –ese era el sobrenombre que le puse a Otabek en honor al osito de peluche que me dio— y yo también andaríamos de fiesta, pero por la mañana lo invité a conocer las instalaciones de Nefrit, quería que viera qué era capaz de hacer sin unas cuchillas sobre el hielo y sin el uniforme de hombre rudo. Mi otro mundo, como llamaba a la creación de modelos para mujeres bonitas y que se atrevieran a usar un gran escote o un corsé bien apretado en la cintura.

Creo que quería imaginar siempre a las mujeres como seres sobrenaturales y lejanos. No me las imaginaba de otra manera que no sea muy hermosas y las endiosaba tanto que las ponía en un altar divino del cual jamás quise y quiero sacarlas.

Otabek en cambio las veía muy humanas. En especial cuando medio equipo de porristas con minifaldas sugerentes le pedían su número de celular y se acercaban a él cuando lo veían montado en su gran caballo de acero.

Él las tenía comiendo de su mano y no sé cómo lo hacía porque a mi entender solo las miraba con cierta indiferencia mientras ellas se deshacían en sonrisas para ver si alguna era la afortunada en subir a la moto para dar una vuelta en la ciudad.

Recuerdo cómo suspiraban cada vez que Otabek tenía algún choque en la pista de hielo con alguno de los defensas rivales o cuando detenía una pelea en los partidos preliminares que disputábamos entre semana.

Era increíble ver cómo ellas se desesperaban, gritaban y hasta lloraban cada vez que alguno de los atacantes hacia volar al kazajo hasta las vallas o cada vez que éste recibía un buen golpe de alguno de los desadaptados que no sabían cómo manejarse en el juego.

Bueno ese juego le duraba en el colegio y también con las chicas de las discotecas. Ellas lo miraban con descaro y él solo pasaba fingiendo no verlas. Yo sé muy bien que a él le gustaba que ellas suspiren de lejos por sus ojos orientales o por su mentón angulado. Era y es un hombre muy atractivo a pesar de su gesto agrio y su postura recia, de buena musculatura y una pija que superaba a las de mis compañeros de equipo y a todas las que hasta ahora he conocido.  

Pero toda esa seguridad cambiaba de forma radical cuando Otabek se encontraba frente a Mila. En muchas oportunidades noté cómo, de ser un enorme y tosco oso grislie, se convertía en un tímido koala que se escondía detrás de mí.

Mila es una mujer bien hecha y no lo digo por la belleza de su rostro y de su cuerpo, no solo por eso. Ella tenía la seguridad de cien adolescentes juntas, sabía cómo comportarse en cualquier situación, no se andaba con rodeos, no hacía llamada bobas a media noche para quedarse callada, no comentaba ridiculeces en las redes y sobre todo tenía muy buen gusto al vestir. Era una gran diseñadora que sabía hacer un buen trabajo porque a la vez parecía una gran modelo y eso la convertía en doblemente bella ante mis ojos.

Lástima que no la mirara con deseos de hombre. Solo sabía reconocer sus cualidades, su potencial y aprendí con el tiempo a quererla como una gran amiga.

Tal vez eso la convertía en la diosa inalcanzable para Otabek y me pregunto si también influía la diferencia de edad entre los dos. Ella con veintitrés casi veinticuatro y él con diecisiete. Yo no me hacía tanto problema en imaginarlos juntos, pero Otabek sí tenía cierto prejuicio al respecto.

Conociendo lo tímido que era con Mila me propuse confrontarlo con sus sentimientos y sin que él se diera cuenta lo llevé a conocer las instalaciones de Nefrit y lo primero que hice fue llevarlo al taller de diseño. Otabek sabía bien a dónde íbamos y con mucho temor caminó tras de mí, intentando retrasar los pasos como si eso fuera a evitar que viera a la mujer que le cortaba el aliento.

—Solo es cuestión que le pidas su número y si no te lo da bueno ya sabrías que ni te mira. —Era algo sencillo para mí, no sé por qué él se hacía tanto problema.

—Es mejor que lo deje allí Yuri, ella es demasiado hermosa. —dijo resignado y sabiendo que ella estaría en el atelier de diseño me seguía temeroso y a la vez ansioso por verla—. No podría estar ni en su lista de espera.

Entramos al lugar donde todas las ideas de Nefrit fluían y Lilia se quedó mirando a Otabek. Ya lo conocía por las fotos del equipo que publicó la escuela, pero cuando lo observó en persona lo miró de pies a cabeza como si lo estuviera analizando con un scanner o una máquina detectora de metales extraños.

Los presenté formalmente y Otabek tomó la mano de Lilia y la besó con suavidad. Eso jamás me hubiera esperado de él, tal vez Víctor hubiera tenido ese gesto anticuado; pero el rudo capitán de mi equipo de hockey jamás. Lilia agradeció el gesto y nos invitó a pasar. Entonces lo presenté al resto de las chicas y chicos que trabajaban ese momento en las nuevas ideas fuera de temporada. Diseños low cost que requerían los grandes almacenes y las tiendas por catálogo.

En el momento que nos acercábamos a mi mesa de trabajo Mila se hizo presente y Otabek se puso tan nervioso que me pareció escuchar el latido de su corazón bombeando dentro de su caja torácica como si fuera un enorme tambor de guerra.

Ella se acercó como siempre y con su sonrisa coqueta nos saludó a los dos. Otabek nervioso no supo si solo darle la mano o darle también un beso en la mano. Pero Mila observando la reacción de mi torpe compañero de colegio se acercó a su rostro y dejó manchada su mejilla con su lápiz labial.

—¿No tienen entrenamiento hoy? —preguntó en medio de sonrisas.

—El entrenador Popovich nos dio un par de días de descanso porque el lunes comienzan los partidos. —Estiré los brazos y saqué un par de hojas de mi escritorio junto con unos lápices.

—Me gustaría ir a ver vuestros partidos y en especial me gustaría ir a verte, Yuri me ha hablado mucho de tus habilidades en la pista de hielo —comentó Mila haciendo sonrojar mucho más al mudo Otabek.

—Eh… sí… los partidos… son a las siete. —Rodé los ojos al escuchar al galán más torpe del universo hablar con la chica de sus sueños.

—No prometo ir a todos los partidos, pero con gusto asistiré a los que pueda. —No sé si lo hizo para molestar un poco más al estático Otabek o porque en verdad se dio cuenta que no debía dejarle en esa forma la mejilla, pero acercó la mano y con suavidad restregó sus dedos en ella borrando la huella de labial—. Listo ya desapareció, así no tendrás ningún problema con tu enamorada.

Mila sonrió y yo podía ver cómo le temblaban las manos al oso, escuché carraspear su garganta y lo vi ponerse tan tenso como lo hago yo cuando voy al dentista.

—No… tengo… enamorada. —Era como un robot contestando una trivia.

—¿No? ¿Cómo es posible que un chico tan guapo como tú no tenga enamorada? —. Con el comentario de Mila, Otabek ya estaba morado y yo tenía muchas ganas de reír a carcajadas. Solo que no lo hice porque era mi compañero de equipo y entre nosotros existía una regla o compromiso, estar en la buenas y las malas como un puño cerrado.

—Oye bruja ¿no tienes que entregar unos diseños a medio día? —Tenía que sacar al kazajo de ese problema de alguna forma y la mejor era alejar a Mila de inmediato.

—Otro día seguiremos conversando Otabek y recuerda que cualquier día de estos estaré alentando a tu equipo. —Mila se despidió con un beso de lejos y caminó hacia su escritorio del que sacó un enorme cuaderno de dibujo lleno de los nuevos modelos que ideó durante varias noches de insomnio que se quedó trabajando horas extras.

La vimos salir y sentí cómo Otabek suspiraba soltando toda su tensión mientras los colores normales regresaban a su rostro. Era divertido verlo de esa manera y mucho más divertido pensar que mis dos personas favoritas podrían enredarse en un romance; porque en mi mente ya lo habían hecho, mi inagotable imaginación los había juntado muchas veces inventado formas para ese primer encuentro.

En todas ellas el resultado era el mismo. Mila devoraba por completo a Otabek, con uniforme, patines y stick incluido.

Durante los siguientes cuarenta minutos le mostré en qué consistía mi trabajo y también le hice un tour completo por todas las áreas de Nefrit. Otabek quedó impresionado al comprobar que la gran mayoría de los modelos exclusivos eran modificados, conservando sus aspectos esenciales para ser transformados en ropa que llegara a las personas comunes y corrientes. Ellas también merecían vestir con un traje elegante y sugerente salido de las máquinas de San Petersburgo, Moscú o la India.

Fue una mañana tranquila en la que mi mejor amigo se sumergió en ese mundo luminoso y fantástico de la moda. Un mundo vedado para muchos hombres que solo escogen como pueden su ropa en los almacenes.

Llegaba la hora del almuerzo y los dos saldríamos a comer algo en un centro comercial para luego ir a los juegos y al cine, luego a la presentación de un nuevo álbum de Pette un DJ local muy popular. Ambos admirábamos su música.

Nos despedíamos de Lilia cuando Víctor ingresó al taller y sin hacerme problemas le presenté a Otabek.

—Beka él es mi hermano Víctor, ya te dije que es un modelo famoso. —Otabek, bueno le decíamos Beka en el equipo, tendió la mano y sujetó con fuerza la de mi hermano—. Vítya él es el capitán del equipo y también es mi compañero de aula, se sienta justo detrás de mí y además es el atacante de banda izquierda que me hace los mejores pases para mis tiros.

Tanto halago era cierto, no mentía cuando decía que era el mejor atacante que pudiera haber visto en la liga escolar; pero mi discurso también tenía otro propósito, poner en alerta las alarmas de mi hermano y decirle de alguna forma que, si él no estaba para mí, Otabek sí lo estaría.

Claro que era un discurso que Otabek jamás entendería porque ese lenguaje especial solo la conocíamos mi hermano y yo.

—Qué gusto Ota-bek. —Víctor apretó más la mano de mi compañero, pero él no resintió el agarre—. Espero que seas un buen amigo para Yuri y que lo cuides mucho de ciertos molestos muchachos de la escuela.

—El gusto es mío señor —le dijo Otabek y yo supe que esa palabra fue como una espinita clavada en el orgullo de Víctor que se sentiría viejo por un comentario así—. Y bueno Yuri y yo nos estamos conociendo. Espero ser más cercano a él con el tiempo.

—Víctor… iremos a dar unas vueltas y estaré en casa como a las siete. —Le hice un pequeño gesto a Víctor para que soltara la mano de mi amigo y cuando Otabek estuvo libre lo jalé del brazo hacia la salida—. Nos vemos.

—Buenas tardes señor. —Otabek estuvo a punto de volver a darle la mano a mi hermano, pero lo alejé de inmediato de él.

—Si quieres puedo ir a recogerte donde estés —sugirió mi hermano con el rostro endurecido.

—¡No! —le dije mostrándome muy serio—. Confía en mi ¿sí?

A Víctor no le quedó otra cosa que dejarme ir con mi amigo porque en ese momento Lilia lo retuvo con un pedido, necesitaba cierto tipo de hilos que solo podríamos importar de Singapur para terminar un bordado en la chaqueta de un vestido.  

En el camino le expliqué que mi hermano era muy sobre protector y que a veces hablaba de más haciéndonos perder el tiempo y mientras Otabek escuchaba con paciencia todo mi rollo, yo recordaba con una gran sonrisa interna el rostro de mi hermano. Su amable expresión cambió y algo molesto se quedó en el taller sin poder hacer nada más que mover su mano para despedirse de los dos.


El resto del día acompañé a Otabek a su mundo especial poblado con discos de vinilo, samplers, slayers y todo el material que usaba para hacer mezclas musicales de vértigo. Me enseñó que su mundo se componía no solo de la mejor electrónica que podíamos escuchar en locales exclusivos sino también de la que él llamó “la mejor música de todos los tiempos”: el rock alternativo y clásico.

Desde los Stones hasta Radiohead. Gustaba mucho de la música de los noventas en especial de Pearl Jam, Red Hot, Nirvana, Green Day, Aerosmith, Guns&Roses, Goo Goo Dolls, Foo Fighters, The Verve, The Cranberries y decenas de nombres que pasaron ante mis ojos y por mis oídos. Temas y bandas que había escuchado siendo aún muy niño.

Desde ese día, cada vez que escucho alguna rola rockera, recuerdo a Otabek y sus lecciones de cómo disfrutar de ese culto especial que tenía por un género que, según él, nos permite expresar con gran exactitud y sencillez nuestros sentimientos.

Seguí repasando las portadas de los vinilos mientras pensaba con qué letras el rock podría describir lo que sentía por Víctor, cómo tendría que hablar sobre mi amor prohibido y cómo mostraría el deseo que sentía por mi hermano.

Y como si la alguien escuchara mis pensamientos la respuesta a esas preguntas llegó con los primeros versos de una viejísima canción de los noventas. Un tema que habla sobre la confianza que dos personas que se aman deben tener en su relación y en ellas mismas. Metallica pudo con mi corazón y escuchando al detalle las letras y la lenta melodía me convencí que lo que sentía por Víctor no solo era atracción sexual.

Era amor.

Y como decía James Hetfield en el coro, confiaría en ese sentimiento que me ataba a Víctor sin que nada más me importara.


Con las bolsas llenas de vinilos fuimos al departamento donde Otabek vivía. Un lujoso dúplex ubicado en Présnenski en el que podía apreciar el exquisito gusto por las piezas originales que bien podrían estar en un museo, teléfonos antiguos, una rockola, un fonógrafo de la segunda década del siglo pasado, un hermoso sofá estilo Luis XV que pensé que en verdad perteneció a Luis XV por lo antiguo y bien conservado que se encontraba.

El comedor era una pieza única de los años cuarenta fabricada en la Alemania nazi, así constaba en una placa de bronce pegada en la base. Cristalería fina de la China, verdaderas alfombras persas de Irán, una colección completa de carros metálicos de los años sesenta ubicados en una vitrina de pared a piso, un equipo para radio aficionados con el micrófono sobre una mesa tallada y que tenía aún los auriculares originales.

Quedé encantado al observar tanta belleza y recordé que mi padre había conservado en su oficina una máquina de escribir muy antigua que le perteneció a su abuelo. También recordé que, en la casa de mi abuelo, en Moscú, existían muchas cosas antiguas de gran valor y pensé que en cuanto tuviera mi propio departamento lo decoraría con esos objetos que hasta hacía un año atrás solo los veía como viejos e inservibles. Entonces tendrían una nueva utilidad y sería como tener al abuelo conmigo.

Luego de la cena pasamos a la habitación de Otabek y nos quedamos escuchando música durante varias horas, hablando de temas, de blues, de jazz, de rock y de esa notoria involución que muestra la música contemporánea.

No nos dimos cuenta de la hora, bebimos muchos refrescos y dejamos que las notas nos transporten muy lejos. Otabek me hizo escuchar un tema muy antiguo que le apasionaba a su abuelo y dijo que era de sus favoritos porque le recordaba mucho su niñez. Quedamos en silencio cuando escuchamos las sentidas notas y lírica de The Bluest Blues de Alvin Lee y creo que cada uno se alejó por completo a otro universo distante.

De pronto Otabek interrumpió mi concentración y preocupado me dijo.

—Yuri ya es muy tarde. —Me mostró su reloj y me puse en pie de inmediato—. Te llevo a casa.

—¿No es muy lejos para ti?, mejor pido un taxi. —No quería molestar más en la casa de Otabek; pero él insistió.

Cuando salíamos de su departamento el padre de Otabek nos interceptó y con el rostro muy serio simplemente ordenó.

—Yuri yo te llevo a casa. —Lo miré con cierto temor—. Otabek ve a bañarte muchacho.

Nos dimos un par de golpecitos de puño en los hombros para despedirnos y sin poder decir una palabra más bajé junto al papá de Otabek hasta el estacionamiento del edificio.

Mientras me llevaba a casa me agradeció la visita y me dijo que era el primer amigo que Otabek llevaba a casa, que sabía bien de qué familia provenía y que también se enteró del éxito de la presentación en el desfile de Moscú.

—Espero verte seguido en casa Yuri —dijo Aybek Altin con esa voz grave que me hacía temblar de pies a cabeza y apretó mi mano.

—Gracias señor y yo espero verlo en los partidos. —Salí de su lujoso Infinity FX y con un gesto de mano me volví a despedir.

Miré hacia la ventana del comedor y vi las luces encendidas, Víctor estaba en casa esperando por mí. Fue otro sábado en el que no salió a bailar, beber con sus amigos, buscar algo de diversión con sus amiguitas o conversar con algunos empresarios de la moda.

Cuando entré en el departamento él no me dijo nada. En verdad no me habló solo me miró muy enfadado. Lo saludé y pasé a prisa hacia mi dormitorio, busqué a Potya y lo tomé entre mis brazos, fui a buscar la caja de sus galletas y a revisar su caja de arena.

—Ya comió. ¿Pensabas que el pobrecito va a esperar tus horarios irregulares para hacer sus cosas de gato? —El enfado de Víctor estaba justificado porque durante el resto del día no llamé ni contesté el celular. Este se había descargado por completo en la tienda de vinilos y cuando llegamos a casa de Otabek olvidé conectarlo a un cargador.

—Estuve en casa de Otabek… —Vi su entrecejo juntarse y aclaré de inmediato— y cenamos con su familia. Su mamá es coleccionista de cosas antiguas, sus hermanas aún son pequeñas y su papá fuma en pipa.

—¿Y después? —Víctor tomó un par de tazas de la despensa y puso a hervir agua.

—Escuchamos música… blues y rock. —Me senté en la mesa de la cocina y él comenzó a combinar algo de chocolate con café—. En la sala tienen una rockola antigua de los años cincuenta y un piano de cola en un estudio.

—¿Qué te traes con ese chico, Yuri? —Me miró de costado y acomodó su mechón plateado para que yo notara la intensión de su mirada.

—Él es muy guapo, pero no hay nada entre los dos. Solo nos estamos conociendo porque es el único chico que me cae bien en mi salón. —Sabía que estaba jugando con fuego y que pronto éste encendería toda la pradera, pero me parecía divertido molestar los celos evidentes de mi hermano, atizar sus llamas para que por fin se atreviera a reaccionar.

—Sabes bien lo que siento por ti y no me gusta la compañía de ese tu amigo. —Víctor puso la mezcla en una cazuela y la sentó en el fuego de la cocina.

—Carajo qué no entiendes de “solo es mi amigo —Me sentí algo ofendido por su desconfianza y busqué retarlo de nuevo—. Si no confías en mí entonces márcame como los vaqueros del oeste marcan al ganado.

—Sé que estás algo molesto porque aún no tenemos intimidad, pero por favor ten un poco más de paciencia. —Siguió moviendo la mezcla con una cuchara de madera.

—¿Y si adelantamos solo un poco ese momento? —Dejé de lado mi actitud defensiva y con el rostro sobre mis manos intenté mirarlo con la misma ternura que él me miraba, pero no pude.

—Yuri ya habíamos hablado de eso, vamos lento para ver si en verdad es eso lo que tú quieres. —Su sonrisa mandó al diablo mi molestia y me sentí querido una vez más.

—No te pido que me folles esta noche, pero podríamos hacer un pequeño ejercicio de imaginación. —Sonreí y recibí el café moka que acaba de preparar, posé mis manos frías sobre la superficie de la taza y lo miré directamente a los ojos.

—¿Cómo es eso? —dijo despreocupado mientras retenía el primer sorbo en la boca y limpiaba sus labios con la punta de la lengua.

—Yo te pregunto qué me harías mi primera vez y tu respondes con un simple sí o no. —Vi como su seria mirada de cielo se transformó en una tormenta.

—No sé si quiero jugar tu juego Yuri.

—¿Me lo harías en tu cama, en la mía, en el sofá o en la bañera?

—No voy a responderte Yuri.

—¿Me pedirías que te la chupe primero?

—Por favor…

—¿Te gustaría que esté cubierto de espuma o de sudor?

—No sigas… Yuri.

—¿Cuántos dedos usarías para dilatarme?

—¿Quieres dejar esto ahí?

—¿Usarías condón o me lo harías a pelo?

—¡Suficiente! —Víctor se levantó y dejó su taza a medio tomar en el mesón.

—Víctor que poco tolerante eres… era solo un juego nada más. —Lo miré sonriendo y él se acercó enfurecido.

Me tomó del brazo y me arrastró hasta la ducha del baño de invitados, me empujó a ella y abrió el chorro a toda potencia. Estábamos en pleno invierno y no le importó que me mojara con agua fría.

—Ja, ja, ja… Víctor, ¿sabes que esto puede ser el preludio de un acto violento? —Reí con fuerza mientras cerraba la llave del agua.

Víctor me dio las espaldas y cerró la puerta del baño. Me quité la ropa mojada y abrí de nuevo la regadera hasta sentir que el agua estaba lo suficientemente caliente como para reanimar mi cuerpo entumecido.

Había sido un niño muy malo esa noche, pero qué podía hacer si todo mi cuerpo pedía que las manos de Víctor me recorrieran sin parar y que mi hermano me diera esa primera vez con la que tanto soñaba.  

Cuando salí de la ducha escuché que Víctor cerraba la puerta del departamento y digitaba la clave de seguridad. Busqué el morral que había usado durante todo el día y lo encontré abierto sobre mi cama y al buscar dentro de él comprobé que mi hermano se llevó mi tarjeta.

Una vez más la confianza entre los dos se había quebrado.

Hay momentos en los que me gustaría saber ¿qué hubiera pasado si yo esperaba un poco?, ¿me hubiera cansado de esperar la voluntad de Víctor?, ¿me habría dejado de gustar?, ¿lo habría comenzado a ver solo como un hermano?, ¿me habría comenzado a gustar otro chico? y ¿cómo sería nuestra vida ahora si yo no hubiera presionado a Víctor para ser su amante?

Tal vez no hubiéramos terminado tan heridos y tan lejanos.

Notas de autor:

El primer tema al que hace referencia Yuri: Nothing else matters de la banda estadounidense Metallica, tema incluido en el quinto disco llamado “Black Album” de 1991, que se promocionó como tercer single en 1992 y se posicionó en el puesto 11 de la lista de éxitos Billboard.

El segundo tema es The Bluest Blues de Alvin Lee single perteneciente al álbum “Nineteen Ninety-Four” lanzado en 1994.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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