Retorno a Atlantis 22


Palabra y obra

No le fue difícil a Jean adaptarse al sistema carcelario del planeta Kepler. Era una comunidad con marcadas reglas que provenían de las autoridades que la dirigían, de los acuerdos a los que habían llegado los representantes de los reos y de los códigos más extraños que los prisioneros se imponían entre grupos y pabellones.

Se habían dividido por “familias” y cada nuevo miembro de una familia estaba obligado a pagar su derecho de piso para poder gozar de todos los beneficios que tenían los demás. En total existían treinta y seis familias, entre grandes y pequeñas que se unían por ligera afinidad, por habilidades y porque así lo determinaron los “padres” que eran los jefes de cada familia cuando se repartían a los recién llegados.

A veces había intercambios, a veces había guerras entre grupos. Comerciaban entre ellos mercadería que los propios guardias hacían ingresar de contrabando. La mayor parte del tiempo las familias permanecían tranquilas, algunas compartían los momentos de esparcimiento, se llevaban bien en las áreas de trabajo de los sectores de extracción y mantenían una convivencia pacífica.

Otras solo se toleraban y miraban de lejos. Pero como fuera la dinámica que se mantenía en la prisión, los reos eran hombres rudos, salvajes, crueles y a la vez eran seres heridos e indefensos que dependían mucho de la dirección de un alcaide y de los hombres de seguridad. Estos últimos solían ser más crueles.

Gracias a su formación militar, en pocos meses, Jean se convirtió en el brazo derecho de Otabek quien llevaba a su propia familia por el camino del estudio continuo y el esfuerzo en el trabajo para que todos se sintieran dignos. A su grupo familiar ingresaban solo los más capaces y con habilidades intelectuales desarrolladas. Ladrones, estafadores, asesinos, violadores, traficantes, subversivos y contestatarios.

Un grupo variopinto de hombres que se unieron con un objetivo común: Ser dignos ante los ojos de los demás miembros de esa pequeña sociedad. Jean dejó de lado su habitual parloteo sobre sí mismo y sus logros, sus poses de campeón y hasta sus miradas displicentes con las que solía tratar con los extraños.

El extraño era él y debía aprender a adaptarse al territorio. Así se lo enseñaron en el ejército y así era como debía aplicar esas reglas internas para su vida.

Otabek era un joven de grandes ideales. Había abrazado ideas tan revolucionarias y contrarias al sistema que proponían cambiar la sociedad del planeta Tierra para que dejaran de depender de las élites de Venus que lo tenían como un simple almacén y basurero. Proponían enfocarse en sus propios problemas, atacar los sistemas corruptos y fortalecer la educación de calidad para que ningún habitante estuviera por debajo de otro. Las oportunidades debían ser las mismas para todos.

Proponían a su vez un régimen con mucha autoridad que llevase en unas dos o tres décadas a un cambio radical del pensamiento y la acción. Así las nuevas generaciones gozarían de los beneficios de una sociedad más justa y tendrían la esperanza de recuperar un mundo que se consideraba perdido.

Independencia, era la palabra clave para ellos. Debían dejar de ser colonia de las élites de Venus y establecer un régimen justo para todos los terrícolas. Pero para hacer realidad sus ideales necesitaban un ejército y armas que no las tenían. Solo la palabra no bastaba para ellos y por eso pasaron a ser hombres y mujeres que saboteaban los planes y la organización vertical de las grandes familias.

De inmediato los proscribieron y declararon enemigos del Estado y la sociedad. Y de ser un grupo de intelectuales con ideas revolucionarias pasaron a ser subversivos perseguidos por las autoridades civiles y militares adscritas al sistema.

Jean recordó que en el ejército tenían una lista negra de organizaciones similares a “Liberación” y que muchas veces sus amigos murieron en algún atentado y emboscada preparada por sus miembros. Y ahora era uno de sus jóvenes líderes el que lo estaba protegiendo y lo había convertido en un miembro más de su familia.

Otabek había llegado a prisión tras un enfrentamiento en un sector desértico de la Tierra entre los antiguos territorios de los marroquíes y los sirios. Allí una patrulla fue emboscada y tras el ataque donde murieron doce militares, dos de ellos de alto rango; el régimen concentró la vigilancia de inteligencia en la zona y logró interceptar comunicaciones clandestinas de los miembros del grupo donde los padres de Otabek hacían labor como médicos.

Una calurosa mañana una división completa del ejército junto con la aviación intervino el lugar y destrozaron las bases subterráneas donde vivían gran parte de los intelectuales del grupo. Otabek recordaba que esa mañana sus padres salieron a ayudar a unos jóvenes de patrulla que resultaron heridos y él se quedó cuidando a sus hermanas.

Estaban sirviendo el desayuno y las niñas pronto debían ir a una escuela ubicada en una de las cavernas de una de las montañas Aktau. De pronto su casa entera se sacudió y Otabek vio cómo todo se derrumbaba sobre ellos y sus hermanas desaparecían de su vista. Él también creyó morir hasta que reaccionó en una prisión militar donde estuvo confinado por dos años.

Cuando lo sentenciaron de por vida en el régimen de trabajos forzados del planeta Kepler 95t, Otabek supo que todo había terminado para él. Pero cuando llegó a la prisión tuvo que luchar contra muchos presos y grupos para evitar que le pusieran las manos encima y fue en ese momento cuando entendió que su labor no había concluido. Con los años fue formando una nueva familia.

Ahora se encontraba cuidando a un ex uniformado de las malas intenciones de una familia denominada los Rapaces. Hombres que sometían a sus miembros a los actos más perversos y que habían puesto sus ojos en el atractivo ex capitán. Otabek no iba a permitir que lo hicieran porque Jean le demostró ser un hombre de altos ideales, quizá más de los que él tenía.

Una mañana Otabek Altin, el líder de la familia “Liberación” comprobó que no se había equivocado con Jean y que más que nunca debía cuidarlo.

—¿Dónde está Leroy? —Otabek necesitaba discutir el tema de un pase extraordinario que consiguió Jean gracias a su padre para que su familia fuera a visitarlo con más frecuencia. Estaba esperanzado que el padre de Jean llegara y como representante del Senado viera las condiciones de vida de los reos para que intentara legislar a favor de mejores condiciones de vida en las prisiones.

—Fue a traer el agua para la cena. —Leo de la Iglesia era el nuevo joven miembro de la “familia” que había ingresado junto con Jean, pero a diferencia del ex capitán, Leo no tenía fortaleza física; su fuerza provenía de su fe en la existencia de un más allá. Él creía que existía un mundo superior después de la muerte. Nadie le hacía caso—. ¿Quieres que lo llame?

—Quiero que lo ayudes, tarado. —Otabek era duro con sus “hermanos”, pero todos sabían que gozaban de su aprecio cada vez que él los llamaba con ciertos epítetos molestos y hasta vulgares—. Deja. Yo voy.

Otabek dejó al muchacho haciendo el picado de las verduras en el comedor número seis que debían atender esa semana de acuerdo al cronograma establecido por las autoridades y se dirigió hacia la zona de la fuente donde Jean solía pasar unos minutos cada vez que tenía oportunidad, según le dijo para meditar un poco.

Caminó con mucho sigilo porque quería gastarle una pequeña broma y asustarlo imitando la voz del sargento Perkins que era el peor guardia de la prisión. Se acercó al reservorio de agua que seguía llenándose con las fuentes de ríos contaminados con el producto de los químicos usados por la actividad minera —esa era la única agua que existía para tomar y a nadie le importaba mejorar su calidad porque era destinada para los prisioneros— y que dejaba en los alimentos un sabor ferroso.

Observó a Jean por unos segundos y en el instante que iba a gritar como el sargento escuchó al ex capitán hablar un lenguaje extraño que le movió el corazón. El líder observó de inmediato como el agua de color amarillo oscuro del reservorio se transformaba en agua cristalina y dejaba de tener el potente olor a sulfato.

Jean no tenía nada entre las manos, es más, éstas estaban abiertas y se proyectaban sobre el agua reservada. El ex militar tenía la cabeza elevada hacia el espacio y la mirada casi perdida en la nada, seguía pronunciando las extrañas palabras y su cuerpo parecía emitir un pequeño halo luminoso.

Otabek decidió observarlo en silencio hasta el final. Él no era un hombre que tuviera una creencia como lo tenía Leo o Martin, un viejo amigo suyo. Él era un hombre de hechos y de pensamiento abstracto. Otabek creía en la lógica y admiraba el desarrollo intelectual, científico y tecnológico.

La humanidad había dejado atrás los conceptos de divinidades porque gracias a ellos los regímenes y los hombres que ejercían el poder habían dominado a los seres humanos a través de la difusión de creencias en un ser todo-poderoso y un mundo más allá de este. Era otro tipo de autoritarismo y dominación que sojuzgaba a los demás utilizando para ello la manipulación de sus miedos y creencias más íntimas y profundas, en especial aquellas que resolvían el problema del hombre y la razón de su existencia.

Un hombre que no creía en un dios, en seres supremos y en milagros, estaba siendo testigo de uno. Un hombre común y corriente, alguien que él podría haber considerado su enemigo en otras épocas, estaba transformando el agua contaminada en agua tan pura que podía beberse del tanque.

Cuando Jean terminó su labor, aquella que le dictaba el corazón para evitar que los reos seguieran siendo contaminados con el agua que consumían, dejó su postura y agradeció al infinito, dio la media vuelta y se encontró con la atónita mirada de Otabek.

—Dime que esto tiene una explicación capitán. —Otabek había decidido por su cuenta seguir llamando a Jean por su grado, él se había convertido en el capitán de la familia—. Dime que tú no eres un hechicero, un mago o un milagrero.

—Sí tiene una explicación y es que la onda es una posibilidad y la partícula una realidad. —Jean no sabía por dónde empezar a explicar lo que acababa de hacer, pero dejó que las palabras salieran solas—. Cuando tu mente y tu corazón se conectan con el universo, cuando la visión de algo se une a los sentimientos que te provoca, entonces se mueven hilos o cadenas de ondas que atraen la posibilidad y de acuerdo a la seguridad que tengas en hacer algo, esa posibilidad se convierte en realidad.

—Qué carajos estás queriendo decir. —Otabek introdujo la mano en el agua del reservorio y la olió y sin temor la probó, era deliciosa—. ¿Tú transformaste las partículas contaminadas de este estanque?

—No lo hice yo… fue el universo, hablé con él. —Jean no podía mentir y esa era su única verdad, aquella que heredó de Yuri—. Tú también puedes hacerlo, cualquiera de nosotros puede hacerlo solo es cuestión de abrir la mente y despejar las capas de oscuridad en ella para que puedas hablar con el universo.

Otabek movió la cabeza de un lado a otro y con una ligera sonrisa en los labios dio la media vuelta y comenzó a salir del área de reservorio de la cocina.

—Otabek, no digas nada de esto a nadie por favor. —Jean necesitaba pasar desapercibido porque temía que los hombres lo confundieran con una persona que había llegado para solucionarles la vida y porque las grandes familias de Venus pedirían que él fuera llevado con ellos y así usarlo para sus fines oscuros y egoístas.

—Nadie me creería. —Mientras regresaba a la cocina Otabek juró mantener en secreto la extraña labor que Jean hacía para descontaminar el agua porque entendió que de exponerlo ante los demás Jean correría el mismo destino que pudo haber tenido ese joven que encontraron en el Atlantis.

Pero el secreto no pudo mantenerse oculto por mucho tiempo.

Una reyerta, como cualquiera que ocurría en las cárceles de la Tierra, de las colonias y de los planetas-prisión enfrentó a las tres familias más poderosas de Kepler, entre ellas la familia que compartía el pabellón de Otabek.

Habían designado las labores en los socavones y algunos miembros de la familia Aria, hombres de raza blanca que no se mezclaban con los demás presos, protestaron porque ellos volverían a entrar a las zonas más profundas. Los miembros de la familia de Saiks movieron sus influencias entre las autoridades de la prisión para que les permitieran trabajar en superficie.

La discusión acalorada entre los líderes se transformó en insultos y amenazas, pero pronto pasó a ser golpes y patadas. Los demás miembros de ambas familias salieron al patio a enfrentarse y proteger a sus dirigentes y todo se convirtió en una trifulca sin fin.

Al ver que los guardias no hacían nada y que indiferentes observaban desde sus torretas y sectores de vigilancia, Otabek decidió parar lo que podría ser una masacre entre familias y con total decisión ingresó al patio central para detener a los otros líderes.

Jean caminaba tras de él evitando ser golpeado por los compañeros que solo entendían la ley de los puños y la lucha callejera. El ex capitán estaba preparado en artes marciales, aquella que ya no se enseñaba al pueblo sino solo a las clases más importantes y a las fuerzas del orden, así que podía repeler cualquier ataque.

Pero Otabek no y, antes que llegara donde estaba él, Bronco y Titus peleaban como fieras uno de los miembros de la familia Merris quien enardecido por la lucha y las drogas que consumían corrió hacia él y le cortó el cuello de un tajo.

Otabek cayó en medio del patio y por encima de todas las voces altisonantes se escuchó la voz de Jean que lo llamaba. Los presos pararon la pelea, en especial los dos líderes cuando observaron a Jean sujetar entre sus brazos a uno de los cabeza de familia más importantes de la prisión.

La sangre formaba un charco cada vez mayor en el suelo terroso y los reos comenzaron a hacer un círculo en torno a ella. Jean seguía sosteniendo a Otabek que se llevaba las manos hacia el lado derecho del cuello. Pocos eran los minutos que le quedaban pues la herida no solo comprometió la carótida sino también otras venas y arterias menores, era un gran corte que iba desde la zona cercana a la oreja hasta la parte frontal del cuello.

Entonces sucedió, Jean elevó la mirada y sujetando el cuello de Otabek pronuncio esas extrañas palabras en las que hablaba con el flujo inmaterial del universo y le hacía entender que debían cambiar cierta realidad, le daba sus razones y le agradecía por haberlo escuchado.

Los líderes de las dos familias y sus hombres de más confianza fueron testigos cercanos y vieron cómo la gran herida de Otabek cerraba bajo el suave toque de la mano del “capitán”. La desesperación en los ojos de Otabek había desaparecido y en su lugar un sentimiento de respeto y agradecimiento profundo surgía de sus oscuros ojos.

Jean bajó la mirada y le sonrió. Algo mareado Otabek intentó pararse, porque si bien la herida estaba cerrada, había perdido mucha sangre y eso le produjo un váguido que lo hizo tambalear.

Nadie hablaba pues todos vieron la escena de muerte transformarse en escena de vida. De pronto llegaron los guardias y rudos como siempre despejaron a los presos y tomaron entre sus brazos al débil Otabek que no quería soltar la mano de Jean.

Ciegos como siempre pensaron que fue el propio capitán quien atentó contra alguien en ese grupo de reos y lo llevaron al calabozo de castigo sin prestar oídos a los reclamos de los demás reos.

Siete días duró el encierro y Jean tuvo que soportar hambre, sed y frio pues durmió en el piso duro de una pequeña celda oscura. Cuando todo quedó aclarado los guardias simplemente lo sacaron y lo trasladaron a la enfermería.

Jean caminaba a tientas pues no podía ver bien a nadie. Durante esos días había mantenido un estricto régimen de meditación y pensó que si él fuera a quien hubieran atacado ya estaría con Yuri en el otro lado.

Cuando ante su mirada las formas por fin se aclararon observó a cientos de hombres mirarlo con respeto y hasta con devoción.

¿Qué había sucedido en esos siete días?

El pensamiento de cientos de reos, incluso el de los más abyectos, se transformó y, ante la mirada de los guardias y las autoridades de la prisión en el planeta Kepler 95t, nacía un salvador.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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