Capítulo Especial – Archivos del bosque I


¡Hola!

Este es un capítulo especial dentro de la trama de Komorebi. Aprovechando que es el cumpleaños de Seung, he decidido explicar un poco más de su pasado y cómo se relaciona con Phichit.

¡Espero sea de su agrado!

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Aunque ser un hombre hoja era un honor, también conllevaba una gran responsabilidad. Debido a esto era necesario entrenar a los futuros soldados desde temprana edad, educándolos no solo físicamente, sino también en habilidades relacionadas a estrategias y liderazgo, por citar un ejemplo.

Esta fue la constante que vivió Seung desde pequeño, quien al querer seguir el ejemplo de su padre, un fuerte e imponente comandante del ejército de los hombres hoja, tuvo por sueño e ilusión crecer y ser tan buen soldado como su progenitor, pero ¿cuál era el motivo de su inspiración?

Para averiguarlo, hemos desempolvado estos archivos encontrados en la Gran Biblioteca, en donde se nos explica el origen de la inspiración de nuestro estoico general. Ya que detrás de esa apariencia seria y reservada, se encuentra un corazón enamorado y entregado a proteger a la razón de su existir, el rey Phichit. Viajemos unos años atrás en el tiempo, en la época en que el General Lee no era más que un pequeño niño de 12 años.

Ese día, el pequeño Seung había salido a practicar su tiro en el bosque de tréboles que se encontraba cerca del Gran Lago. Después de despedirse de su madre, el niño tomó un par de instrumentos fabricados por él mismo (pedazos de hojas filosas y un arco más flechas hechos con ramas de árboles), y se internó en el fresco bosque para practicar en su día libre. 

Seung, no sabía que el destino le tenía preparado un encuentro que marcaría un antes y un después en su, hasta ese momento, corta vida.

Con su característica seriedad, Seung podía pasar horas ensimismado en su práctica. Dueño de una madurez impropia para un niño de su edad, Seung podía pasar horas enteras perfeccionando sus instrumentos, así como mejorando sus habilidades físicas, aún mientras los demás niños jugaban a cosas sin relativa importancia entre ellos y reían a viva voz sin preocuparse de las inconveniencias a la que la vida los enfrentaría más adelante. Pocos o, tal vez ninguno de esos pequeños sabían que, por ejemplo, los Boggans intensificaban cada vez más su poder de ataque y que, nunca antes el bosque había estado amenazado a tal intensidad por la erosión hasta estos días. Me atrevo a expresar que solo Seung estaba al tanto de estos acontecimientos, provocando en el niño la necesidad de querer mejorar, pues en un par de años presentaría su examen a la academia para proteger a su pueblo como un hombre hoja.

Habían pasado ya tres horas y el pequeño de cabello negro lanzó un suspiro de frustración, pues no podía atinar a un autoimpuesto blanco. Esta vez, aunque estaba más alejado que los anteriores, no tendría que haber supuesto esfuerzo alguno para el chiquillo y su fina puntería; sin embargo, por alguna extraña razón, el tronco del trébol se movía de último momento impidiendo a Seung dar exacto en el blanco.

Decidiendo que era mejor dejarlo por hoy, resignado, el chiquillo tomó sus armas y caminó en dirección al blanco para recoger las que hacían falta. El Sol brillaba con todo su apogeo en el cielo, lo que significaba que pronto sería hora de comer. 

No obstante, este no era momento para pensar en comida. Debido a este descuido, el pequeño se percató muy tarde de que algunas de sus flechas habían desaparecido.

“¿Qué pasó?” Se preguntó Seung.

De inmediato, al ser consciente de los riesgos que albergan el propio bosque, Seung se puso en guardia. En posición de combate, Seung observó atento a su alrededor agudizando sus sentidos en busca de su enemigo. El niño sabía que podía manejar cualquier amenaza menor a la perfección, hormigas, abejas, incluso orugas de menor tamaño no eran problema para él; no obstante, si se trataba de algo más grande como un ratón o una ardilla, sabía el chico que estaba perdido. 

Una constante en el bosque era la ley de la vida que incluso era aplicable a los hombres hojas. No estamos para ese tipo de cuentos hoy, pero igual es bueno saber que los hombres hojas suelen ser el platillo principal de algunos animales pequeños. Infortunadamente, había bajas de estos pequeños y extraordinarios seres a causa de la ley de la vida misma. Detalle un poco salvaje y poco mágico si quieren mi opinión, pero común en la vida silvestre.

Seung localizó el origen del sonido y comenzó a acercarse silenciosamente. Contuvo el aliento y pasó saliva para serenarse. A punto estaba de lanzar una de sus sagaces flechas cuando…

—Yo que tú no haría eso.

La suave voz que el niño escuchó en su odio bastó para desconcentrar a Seung, producto del mismo susto, su peculiar flecha salió disparada por los cielos, perdiéndose más allá una vez que su trayectoria fuera vencida por la gravedad.

Seung dirigió su mirada al origen de su desconcentración. Era un muchacho de edad similar a la suya, de tez morena y ojos negros que sonreían a la par de su boca y que lo observaban con expresión curiosa. 

—Tu flecha voló —indicó el chico, con voz amable.

Seung ni siquiera se inmutó. Decidiendo que pasaba del desconocido, comenzó a caminar en dirección a su flecha perdida. Debía recuperarla.

—¿Piensas ir por ella? —el chiquillo de tez morena le siguió. Aún con la ligera sorpresa de Seung al comprobar que podía seguir su ritmo, continuó su camino pasando de su presencia.

Después de esquivar un par de troncos, en sus cálculos mentales, Seung dedujo que debía estar cerca la zona de aterrizaje de su flecha. El niño se dispuso a avanzar, pero una pequeña mano sobre su brazo le impidió continuar con su camino. Confundido, el niño miró primero la manita que le impedía avanzar y luego, dirigió su mirada a la del chiquillo que lo seguía con tanta insistencia.

—Podría ser peligroso, ¿lo sabes? —le dijo.

—Es mi flecha —corto de comentarios, fue lo único que argumentó Seung. Sin agregar nada más, el niño quitó la manita de su brazo y se dispuso a continuar con su camino.

—¡Es peligroso! —exclamó el otro niño.

Seung estuvo a punto de quitar el último obstáculo para llegar al claro que ya había identificado. Sin embargo, esta vez, el agarre de la mano del otro niño fue más fuerte que la anterior.

—¿Te parece si subimos por el trébol? —dijo—. Estoy seguro que de esta forma entenderás a lo que me refiero.

Seung observó la ligera preocupación en los ojos oscuros de su interlocutor, a final de cuentas siendo un infante, terminó vencido por la curiosidad de su ser. Junto al chico moreno, Seung subió con agilidad por el tronco del trébol para descubrir que en ese claro del bosque se había instalado un peligroso nido de pájaros.

Lleno de ramas y hojas secas, dentro del inmenso nido se encontraban dos grandes huevos que de momento reposaban tranquilos sobre el nido, en espera de ver la vida surgir al romperse su cascarón. Aún con la imponente vista frente a ellos, Seung logró localizar su flecha perdida, cerca del nido, esperando a ser rescatada.

—¿Crees que la mamá pájaro ande cerca? —preguntó el muchacho, quien igual que Seung, observaba el cielo en búsqueda de divisar al imponente ave volar.

—No debe estar muy lejos —dedujo Seung—, es raro. El nido está muy cerca de la aldea.

—¿Raro? —volvió a preguntar el otro muchacho—. ¿Por qué es raro?

Seung se arrodilló, calculó la trayectoria que tendría que seguir para brincar con agilidad sobre los tréboles, bajar de ellos, acercarse al nido y tomar su flecha. En su percepción sería muy fácil hacerse una vez más con ella.

—¿Sabes de qué se alimentan las aves? —preguntó Seung. 

—¿Flores? ¿Plantas? ¿Gusanos?…

—Y hombres hoja —completó Seung, a quien no se le escapó que el chico palideció ante el comentario—. No sé si habrás escuchado que hace poco una aldea fue destruida por una bandada de pájaros que enloqueció. Es raro que haya un nido tan cerca cuando se supone han reforzado la seguridad en el perímetro.

—Creo haber escuchado de algo… —respondió el chiquillo con tristeza—. ¿Aún así irás por esa flecha?

—Lo haré —concluyó Seung, quien sin agregar nada más, saltó ágilmente por cada trébol hasta llegar a su flecha ante la impresionada mirada del chico moreno. Sin mucho esfuerzo, Seung llegó al sitio donde estaba posicionada su flecha. El nido frente a él ahora lucía imponente. Tan grande como los huevos que abiertos mostraban que la vida ya había nacido de ellos.

Comprendiendo el significado del cascarón roto, Seung buscó con la mirada cualquier indicio del enemigo, pues ahora sí su vida, y la del extraño muchacho que lo observaba a distancia con aprensión, corrían riesgo.

—¡Cuidado! —gritó el chico señalando detrás de Seung. El niño volteó para observar con horror cómo un par de pichones intentaban acercarse a él a trastabilleos. Seung avanzó de espaldas intentando escapar. Solo eran pichones, con un poco de suerte, y confiando en que mamá pájaro no apareciera, podrían salir ambos airosos de esto.

Y con un poco de suerte, ilesos.

Sin pensarlo más, Seung apuntó con su arco al pichón más cercano. Seguro de sí mismo y de su habilidad, el niño se dispuso a disparar; pero una vez más y, para no variar, un par de manitas detuvieron su cometido.

—¡No lo hagas! —Seung miró al moreno sin comprender cómo es que el chico había llegado tan rápido a su posición. No hacía más de cinco segundos que estaba sobre los tréboles.

—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó.

El niño no contestó, pues en ese momento uno de los pichones atacaron sin tregua a sus presas. Los niños saltaron del susto y, priorizando su supervivencia, optaron por escapar. Afortunadamente ambos eran más ágiles que los recién nacidos pichones y pudieron ponerse a salvo del peligroso lugar.

—¿Estás loco? —susurró Seung una vez que ambos se detuvieron. 

—Estoy bien, gracias —contestó el chico con ironía.

—¿Qué crees que estabas haciendo? —insistió Seung.

—¿Qué crees tú que estabas haciendo? —insistió el chico.

—Son una amenaza. Debemos acabar con ellos.

—¡Son pichones, por los espíritus del bosque! 

—¿Qué? —se asombró Seung—. ¿Escuchas lo que estás diciendo? Esas cosas comen hombres hoja, ¡nosotros somos hombres hoja! 

—¡Lo sé, lo sé! —explotó el muchacho—. ¡Lo he visto con mis propios ojos, claro que lo sé!

Seung observó las lágrimas de tristeza que comenzaron a surcar las mejillas del afligido niño. Sin saber cómo reaccionar, ya que a estas alturas todos supondrán que Seung no tenía muchos amigos, solo atinó a esperar a que su compañero se tranquilizara. La verdad de lo expresado por el chico momentos atrás calaron en lo más profundo del alma del niño.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó por fin, después de cinco minutos, una vez que el chico dejase de llorar.

—Phichit —susurró el moreno, sentado en el suelo con sus brazos rodeando sus piernas—. ¿Y tú eres…?

—Seung —contestó el niño. Al prestarle más atención a su atuendo, Seung se dio cuenta que la ropa de Phichit lucía desgastada, como hojas que con el tiempo se van secando. A pesar de que la mayoría de personas podrían pensar en Seung como un chico estoico al que no le importa nada más que mejorar su técnica, realmente el hijo del comandante Lee era una personita amable siempre preocupada por sus seres queridos. Fue por eso que el chiquillo se sintió cohibido ante la emoción que lo embargó. El miedo de sentir que podría perder a sus padres de la misma forma en la que probablemente Phichit los había perdido era sobrecogedor.

Definitivamente debía hacer algo con el nido de esos pájaros.

—Vamos, volvamos a la aldea —indicó Seung después de levantarse. Phichit se levantó y después de sacudirse un poco el polvo siguió sin miramientos al otro niño.

—¿Les dirás de los pichones? —preguntó Phichit con tristeza.

—No hay otra opción —aseguró Seung, a pesar de entender el sentir de Phichit, él sabía que esto era lo correcto, para él y para la aldea.

—Pero… los pichones… ellos —insistió Phichit.

—Dime, Phichit —Seung se había detenido y observaba con seriedad al preocupado muchacho. No quería ser grosero, pero él sabía que Phichit debía entender la gravedad del asunto—. ¿Son esos pichones más importantes que la seguridad de una aldea? 

Phichit abrió la boca intentando decir algo, sin embargo ninguna palabra salió de sus labios. Bajó la mirada y se abrazó a sí mismo, desanimado. Dando por entendido que lo había entendido, Seung siguió avanzando por el sendero esperando que el otro niño le siguiera. Sin embargo, nada de lo aprendido por Seung en ese tiempo lo hubieran preparado para la débil contestación del sensible Phichit:

—¿No son ellos también parte del bosque?

De espaldas, Seung analizó la respuesta. Era verdad, ya sea cazador o presa, todo ser viviente dentro del bosque era parte del mismo. Era un ciclo cruel y despiadado que se cumplía por ley. Y nadie, ni siquiera los hombres hojas, estaba por encima de tal estipulación.

Vivimos arrebatando y arrebatando seguimos viviendo.

Empero, no por eso Seung no haría lo que él creía era lo correcto. El niño, maduro como solo él lo era para su edad, caminó con firmeza hasta llegar a los límites de la aldea. Phichit suspiró y lo siguió un poco relegado. También entendía el punto expuesto por Seung con anterioridad. 

Y eso lo entristecía de sobremanera.

—¡Seung, al fin apareces! —un muchacho con largo cabello en tonalidad plateada lo recibió—. Hay toque de queda, reportaron avistamientos de un ave en la zona. 

—Estaba entrenando —respondió con simpleza Seung. Observó la aldea, todos se apresuraban a entrar en sus casas.

—¡Cómo siempre tan serio! —exclamó el muchacho sonriendo—. Faltan dos años para que ingreses a la academia, ¡no te estreses! 

—No todos somos unos genios que pasan el examen de admisión tan rápido como tú, Víctor —otro muchacho, ahora uno de cabello negro, se acercó sonriente a la escena.

—Seung es muy hábil —argumentó Víctor, restándole importancia—. Estoy seguro que en algunos años podría llegar a ser el General. Podría apostarlo, Georgie. 

—Claro, porque el gran Víctor Nikiforov no querrá serlo — se burló Georgie—. Hasta el día de hoy eres quién tiene el promedio más alto en la academia.

—No es la gran cosa —le restó importancia el chico del cabello largo. Los ojos azules del cadete se dirigieron al niño recién llegado, con curiosidad el apuesto muchacho le preguntó—: ¿Y tú quién eres?

—¿Se encuentra el general Feltsman en el pueblo? —interrumpió Seung, sin importarle que momentos antes fuese ligeramente ignorado por los cadetes frente a él—. Sé dónde está ubicado el nido del ave que mencionan.

—Yakov no está —mencionó Víctor—. Salió en la mañana junto a refuerzos. Ya sabes: boggans.

—Lo más seguro es que, de momento, vayas a casa —recomendó Georgie—. El General Feltsman llegará mañana y podrás decirle tu información. Son las órdenes, hay toque de queda.

Seung observó a Víctor en busca de ayuda. El niño conocía al cadete y su nulo sentido de respeto hacia las reglas.

—Tal vez podríamos llevarlo con Lilia —expresó el cadete.

—¿Con la reina? —Georgie palideció—. Víctor, no debemos molestar a su majestad.

Víctor, con soltura y naturalidad, tomó la mano de Seung y Phichit y caminando hacia el castillo explicó con simpleza:

—La situación es delicada, la información de Seung es importante y creo que a Lilia no le molestará de ser así.

Georgie suspiró resignado y siguió a Víctor por el sendero que dirigía al castillo real. Una vez los cuatro hubieron llegado al palacio, Víctor dudo un poco en tocar la puerta del recinto.

—¿Estás seguro que es una buena idea? —preguntó Georgie. 

Víctor mantuvo un momento su mirada azul fija en el puño con el que pretendía tocar la puerta, luego bajó la vista a los pequeños que lo miraban con ansias en espera de que se decidiera a hacer algo. Sin dudarlo más, el cadete dio aviso de su llegada y las puertas se abrieron de par de par. 

Lilia, la reina del bosque, estaba a punto de salir de la sala principal, un ligero dejo de sorpresa se observó en su elegante rostro al ver adentrarse a dos cadetes y dos niños (uno de ellos desconocido para ella) a la sala real. 

—Su majestad —Víctor, Georgie y Seung se inclinaron hacia ella en señal de respeto. Phichit, al darse cuenta ante quien estaba se apresuró a imitar la acción; no obstante, fue interrumpido por la reina, quien instó a los demás presentes a levantarse.

—¿Ya se encuentran todos los aldeanos en casa, Vitya? —habló la reina. Su voz, segura y firme hizo eco en el lugar de largas y altas paredes.

—Todos se encuentran en casa —informó Víctor—. Sin embargo, no venimos por eso. Me informa Seung que tiene información importante respecto al pájaro avistado.

Víctor colocó a Seung al frente, quien procedió a explicarle a la reina los pormenores referentes al ave y el nido que podría amenazar su tranquilidad. La reina escuchó atenta, hasta que el niño hubo terminado su relato.

—Estoy de acuerdo que ese nido es una amenaza —concordó Lilia, pensativa—. Habrá que hacer algo al respecto.

—Priorizando la seguridad de los aldeanos, el nido y los pichones deberían ser eliminados —recomendó Georgie. La exclamación de horror de Phichit llamó la atención de Seung, de Víctor y de la reina.

—¿Sucede algo, pequeño? —inquirió su majestad.

Phichit enrojeció por la atención recibida. Su humilde ropa no combinaba para nada con la elegante y sobria decoración del castillo. El niño se sentía minúsculo al lado de tanta suntuosidad y no solo por el castillo, sin duda, esta aldea era más beneficiada si la comparaban del humilde lugar de donde él procedía.

 No obstante, y como lo hiciera con Seung, el pequeño Phichit tenía convicciones fuertes y sólidas, las cuales no tiraría por la borda tan sencillamente.

—No creo que sea correcto asesinar ni al ave ni a los pichones —sentenció—. No es justo.

—¡Son una amenaza! —exclamó Georgie, como lo hiciera anteriormente Seung.

—Son parte del bosque —insistió Phichit—. Disculpe, su majestad, pero no creo que la solución sea asesinarlas para asegurar su territorio.

Lilia observó al chico con detenimiento. También reparó en su ropa desgastada, en la mirada preocupada de sus grandes ojos negros y en la melancolía que inspiraba su ser. Supo, por su expresión, que el chiquillo había sufrido mucho a pesar de ser tan joven, y a pesar de esto, él defendía a las demás vidas que habitaban en el bosque.

Tal y como ella sabía era su propio deber.

Lilia se acercó a Phichit y sonrió después de posar su mano sobre la cabecita del más pequeño.

—Te aseguro que mamá ave y sus pichones estarán a salvo. Iré con el cadete Nikiforov al nido y me aseguraré que se reubiquen en un lugar seguro para nosotros, para el ave y para sus crías.

Seung se sorprendió a observar cómo la carita llorosa y compungida de Phichit se transformaba en un gesto de felicidad y júbilo que iluminaba su carita llena de emoción. El corazón del pequeño dio un vuelco al ver esa expresión tan bonita.

—Vitya, necesito que alistes los colibríes para salir cuanto antes en dirección del nido, apóyate de Seung para confirmar la ubicación —ordenó la reina, Seung observó la expresión amable que Lilia le dirigió—. El comandante Lee estará muy satisfecho cuando se entere que su único hijo ha sido pieza clave en esta misión. 

Phichit observó la expresión triunfante y serena que le hacía entender al muchacho que se encontraba feliz. Igual que el niño, el se sintió bien de que este asunto se resolviera con facilidad y sin necesidad de sacrificar a seres inocentes.

El pequeño, decidiendo que no había nada más que hacer por los pichuelos y el ave, se encaminó a la puerta para continuar su camino errante. 

—¿Cuál es tu nombre? —inquirió la reina, interrumpiendo la huída de Phichit.

—Phichit Chulanont, su majestad —Phichit se inclinó en señal de respeto. Después de todo, estaba ante la reina del bosque.

—No hay necesidad de inclinarse —Lilia se acercó al chico y, poniéndose a su altura, ofreció—: Tengo el presentimiento de que no tienes a dónde ir, ¿no te gustaría quedarte en este castillo a vivir con nosotros? 

Phichit, el chico que lucía alegre y vivaz, quedó sin palabras ante tamaño ofrecimiento. Sobrecogido, el chico preguntó a la reina si no era una molestia aceptar tan amable oferta. Con un toque maternal en su mejilla, Lilia aseguró que, todo lo contrario, sería un honor recibirlo en su hogar. Phichit se abrazó con fuerza de la reina y dejó ir llorando todo el dolor y la soledad que había acumulado desde el momento en que la bandada de aves había terminado trágicamente con su aldea. Drenando en cada lágrima la despedida a sus seres queridos, quienes lo protegieron hasta las últimas consecuencias. Su aldea destrozada, sus esperanzas perdidas, todos esos sentimientos salieron en forma de lágrimas a través de su triste llanto. 

Y a pesar de todo eso, a Phichit le había dolido pensar, al acercarse por primera vez al peligroso nido y darse cuenta de la cercanía de otra aldea, el tener que acabar con esas vidas. No era culpa del ave querer vivir, ni de los pichones tratar de sobrevivir. Simplemente ellos, al igual que los hombres hoja, querían existir.

¿Qué tenía de malo eso?

Seung observó a la distancia el llanto desesperado de esa pequeña alma. A pesar de su edad, en ese momento, el pequeño aspirante a cadete determinó en su mente que cuidaría al desamparado Phichit. Sería el protector de la sonrisa tan linda que viera minutos atrás y dedicaría su vida a procurar su felicidad.

Años más tarde, después de una apresurada coronación. Un par de amantes descansaban abrazados en sus aposentos bajo la luz de la luna. Las siluetas de sus cuerpos delineaban formas sensuales enmarcando la reciente sesión de caricias que había consensuado la pareja para jurarse amor eterno. El General Seung Gil Lee velaba el sueño de su amante como el guardián que años atrás había jurado ser. 

Ante una suave caricia en la mejilla de parte de Seung, Phichit se removió un poco y despertó de su merecido sueño. La sonrisa adormilada del rey del bosque fue correspondida por otra sonrisa de su general. 

—Disculpa si te desperté —susurró Seung, mientras Phichit se incorporaba en la cama.

—Descuida —respondió el Rey—. Soy yo quien debe disculparse por quedarse dormido. En mi defensa puedo decir que eso sí que fue intenso.

Seung se sonrojó copiosamente, sin embargo, aceptó el abrazo que le ofreció Phichit para ocultar su rostro apenado en el cuello de su amado Rey. El recién nombrado general sabía que se acercaban tiempos difíciles y él debía ser fuerte si quería proteger a la persona más importante para él de los malvados planes de la emperatriz Anya y todas las demás dificultades que surgieran de ahora en adelante.

—Te amo, Seung —escuchó el general que su Rey le murmuraba a su oído. Seung apretó el abrazo y cerró los ojos disfrutando la caricia. A pesar del escenario nada alentador, Phichit seguía siendo ese niño que se preocupaba por todos antes que por él. 

—Yo también te amo —susurró Seung. Lo dijo bajito, con temor de que alguien más escuchase su secreto—. Y por eso juro que te protegeré, por siempre. 

Sonriendo, el nuevo rey inició un nuevo beso de los muchos que ambos se dieron esa noche de amor. 

Fin de los archivos del bosque.

¡Hola, de nuevo!

¿Qué les pareció? ¿Les agradó esas apariciones especiales?

Disfruté mucho hacer este capítulo especial. Quizás en el futuro haga más capítulos de los demás personajes. Por lo pronto, espero les haya agradado esta pequeña explicación del pasado. Me pareció un lindo detalle al ser el cumpleaños de nuestro apuesto coreano.

¡Espero verlas pronto en el siguiente capítulo!

xoxo

Sam.

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

2 comentarios sobre “Capítulo Especial – Archivos del bosque I

  1. ADORÉ EL ESPECIALLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLLL JODER FUE TIERNISIMO !!!! TOT Y QUE LILIA ADOPTARAAAA a mi hamster KAJSGDKASGJDKASGD digno hijo para ella ❤
    seung desde pequeño siendo ferreo ❤

    Le gusta a 1 persona

    1. Awwww sí! Ella encontró a su digno heredero debido a los tiernos sentimientos de Phichit.
      Seung siempre quiso ser soldado, solo le faltaba una buena inspiración.
      Muchas gracias por leerla!

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