Retorno a Atlantis 20


El crucero de la muerte

El gigante esperaba dormido en ese lejano cuadrante del Universo. Unido a una estrella agonizante que se negaba a morir y que parecía sujetar la antigua nave con un fino hilo de luz y energía como si el Atlantis fuera su única esperanza de seguir existiendo.

Nadie podía describir el extraño comportamiento de la estrella ni la tampoco las leyes por las cuales el moribundo astro se había alejado del agujero negro que a cientos de años luz devoraba todo a su paso.

La estrella parecía una madre herida que sacrificaba sus últimos momentos para proteger a un hijo diminuto de las fauces de un monstruo que no tenía compasión ni reparo por engullir todo a su paso.

Y la calma absoluta imperaba alrededor de la nave. Quien la miraba por las ventanas de cualquier transporte observaba su bello diseño, tan parecido a las naves que miles de años atrás surcaron los mares del planeta Tierra abriendo paso a los aventureros y conquistadores del entonces llamado Nuevo Mundo.

El Atlantis daba la bienvenida con su brillante casco y sus mil metros de eslora a la pequeña unidad de combate AS-700 que se acercaba a velocidad media y en cuyo interior llevaba tres corazones cargados de las más diversas emociones que pudieron experimentar en sus vidas.

—Yuri ¿estás despierto? —El doctor Masumi había visto llorar durante todo el viaje al muchacho y no tenía ni una pequeña píldora para calmar sus temblores.

—Estamos a treinta minutos de llegar al Atlantis. —Yuri verificó el dato en su pulsera de información—. Empezaré a activar los códigos. Dime que ya no existe ninguna ligazón con el Amstrong.

—No, estamos totalmente desconectados. —Chris tamborileaba los dedos sobre el panel de transmisión, durante su entrenamiento para ser tripulante de diversas naves había optado por apoyar en el área de comunicación de las misiones—. Debe ser porque el capitán Leroy desactivó el código de este transporte.

La triste mirada del muchacho se detuvo frente a la ventana de la nave y ambos doctores lo vieron contemplar en silencio el lugar donde supuestamente quedó el Rescate Amstrong.

—Su nave ya debería estar en pantalla o tal vez debería haberse comunicado con nosotros. —Un largo suspiro precedió al golpe de puños con el que Yuri intentó calmar su desesperación. La agitación se hacía cada vez más evidente pues el tórax se expandía y contraía con rapidez, mientras Yuri sentía crecer, en la boca del estómago, el dolor de la frustración—. ¡Mierda, debí quedarme con él!

Los Giacometti prefirieron callar porque no sabían bien qué decir a Yuri para tranquilizarlo y alentar su esperanza. En el fondo imaginaban que Jean no lo había logrado y que tal vez su cuerpo estaría flotando en el espacio junto con los restos de los ciborgs. Era imposible que Jean hubiera podido sobrevivir a la descompresión y turbulencia provocada en el hangar.

Tal vez él ya estaba experimento la libertad que sobrevenía a la muerte y quizá Yuri y ellos que se encaminaban a igual destino en el Atlantis lo encontrarían en algún lugar o en algún estado de consciencia que existiera después de esta vida.

Por momentos los esposos se estremecían al pensar que, dentro de pocas horas o quizá solo unos cuantos minutos, ellos también dejarían de respirar y se enfrentarían por fin a lo desconocido. Por fin verían con sus propios ojos aquel misterio que, en mil años de ciencia pura, teórica y aplicada, nadie había logrado desentrañar.

—Yuri ¿qué nos espera en el Atlantis? —Chris no pudo evitar más saber a qué se enfrentarían sus ojos cuando estuvieran en la nave—. Sé que vamos a morir, pero cómo será, va a ser una muerte lenta, horrible, espantosa, dolorosa…

—¿Por qué crees que yo sé cómo es morir en el Atlantis? —Yuri no desvió su mirada de la ventana—. Yo no sé ni mierda de eso.

—Yuri tú viste, fuiste testigo tal vez de algo, qué les pasa a las personas cuando la luz los captura o los quema o no sé qué más decir. —Masumi debía saber cómo asumiría ese momento final y qué podía hacer para que la transición no fuera tan dolorosa para su amado Chris.

—¡¿Por qué carajos le van a temer a la muerte?! —Yuri por fin miró el rostro de los doctores y vio dos hombres que estaban asustados como si fueran niños—. Ustedes son hombres de ciencia ¿No les resulta interesante observar los fenómenos que se experimentan cuando dejamos de vivir? ¿Acaso no quieren comprender qué carajos le pasa al cuerpo y qué a las conciencias?

—Solo queríamos tener una idea para saber qué debemos esperar de esa experiencia. —Masumi notó que el muchacho estaba demasiado alterado para responder sus inquietudes y se dijo que sería mejor averiguar en ese mismo instante qué pasaría con ellos cuando la luz cegadora del Atlantis los consumiera o cuando los aros del rotor los trituraran.

Yuri cerró los cansados ojos y recreó los últimos momentos que estuvo junto a Jean, recordó como lo miraba con determinación y el coraje con el que enfrentó a las perfectas máquinas del Amstrong.

Aterrado Yuri recordó cómo vio salir al espacio los objetos que no se encontraban sujetos en el hangar y cómo varios ciborgs cruzaron por delante de las ventanas de la nave en la que huían. Con temor reconoció que existía la posibilidad de que Jean también hubiera sido expulsado al espacio y que tal vez a esa hora, cuando él pensaba en volver a la gran nave de rescate, el capitán ya estaría muerto.

«¿Cómo saberlo?», se preguntó Yuri, pues si su amado JJ murió ya no habría nada más que hacer que entregar la propia vida en el Atlantis; pero si Jean estaba en camino, si logró escapar…

Yuri le había prometido que lo iba a esperar.

Cuando Yuri volvió la vista a sus compañeros observó a dos asustados hombres de ciencia que tomados de la mano observaban cómo el Atlantis les daba la bienvenida. Las oscuras ventanas de la nave mostraban a los viajeros el destino que les aguardaba en el interior.

Cualquiera se aterra frente a la muerte, esa gran desconocida siempre logró estremecer a los más valientes y a los más cobardes. Entonces comprendió que había sido más grosero de lo habitual con esos dos hombres que solo ayudaron a sus propósitos.

Yuri aclaró la garganta y dio la vuelta al asiento que ocupaba frente a los radares y reclinando el cuerpo contra el espaldar intentó responder de alguna forma las preguntas que le hicieran minutos atrás.

Con la mirada tranquila y la voz calmada Yuri se dirigió a los esposos Giacometti, que callados escucharon su explicación.

.

La muerte nos espera al final de cada sendero.

No podemos evitar ese encuentro, porque será ella quien nos dé la bienvenida a un mundo distinto al que hemos conocido.

Tememos a la muerte porque llevamos tempestades y resacas en la conciencia y aún creemos que existen jueces que nos absuelven o nos condenan.

Tenemos la idea de la nada cuando pensamos en la muerte. Si dejar de respirar espanta; dejar de ser, aterra.

Pero nada ni nadie evitará que un día veamos su rostro y tengamos que ceder ante su triste llamado. Nos envolverá con su capa de misterio y tal vez nos cantará una canción de cuna para adormecer el dolor de no seguir siendo.

Los árboles más frondosos mueren, las montañas también tienen un final, los ríos se secan y los pequeños gusanos se retuercen sobre la tierra húmeda solo unos pocos días. Ni todo el valor y la destreza que poseen las fieras del bosque las libra de la muerte.

Mueren los campos de trigo, muere la nieve de invierno, mueren los lagos y los ríos, mueren también los dioses y mueren las estrellas.

¿Por qué no habríamos de morir nosotros?

Mira con otros ojos a la muerte y nunca le temas, pues aún con sus alas negras y su fría sonrisa, la muerte es un ángel compasivo que nos quita la pesada carga de seguir viviendo, de seguir encontrando razones para justificar nuestra presencia, de seguir arrastrando nuestra humanidad cansada por un mundo que nos ve con indiferencia.

Si te pones a pensar bien, la muerte no nos quita nada. Ella así de lúgubre e incomprendida solo viene para darnos esperanza. Si el ñu no muriera el león no viviría; si las flores no se marchitaran, los frutos no crecerían en las ramas. Si un hombre no muere su alma sería una eterna prisionera del destino.

Piensa en la muerte como una dulce enfermera que te quita la fiebre y el dolor, como una experta guía que te lleva por mundos desconocidos, como una sabia anciana que te ayuda a conectar con la esencia creadora y te permite, por fin, ver tu verdadero rostro.

La muerte nos espera al final de nuestro camino y quizá ese final no es más que el inicio o la continuación de otra vida.

.

Yuri no habló a la mente lógica de ambos médicos, Yuri habló al corazón, ese que había decidido con coraje entregar todo a cambio de libertad. La lógica de la mente era dual y siempre solía sabotear los planes, así que no quiso decirles qué pasaría al final. Solo quiso darles una luz para que no miraran a la muerte como a una enemiga.

Cuando llegaron al Atlantis y el hangar devoró la pequeña nave, un ligero temblor recorrió los cuerpos de los tres ocupantes, quienes se miraron entre sonrisas nerviosas y con un ademán de sus cabezas se dieron valor para salir de su refugio y caminar hacia el negro destino.

Subieron por el ascensor hasta el tercer nivel del crucero caminando con calma, sin detenerse y sin volver hacer ninguna pregunta a Yuri. Solo tenían frente a ellos los pasillos limpios y silenciosos que se iluminaban conforme pasaban por ellos. Solo escuchaban el eco de sus pasos y sentían el frío aire que diáfano entraba a sus pulmones.

Entonces volvió a suceder. El fenómeno comenzó con el silencio absoluto, no pudieron escuchar ningún tipo de sonido y Yuri reconoció que ese era el anuncio que la nave había sentido la presencia de los tres viajeros y se disponía a mostrar toda la magia mortal que los consumiría.

Yuri condujo a los esposos hacia el área central de la nave donde se encontraba el centro neurálgico de las comunicaciones y distribución de las conexiones. Allí se encontraba el cerebro del Atlantis, ese que movía cada pequeña pieza y del que partía el fenómeno luminoso que engullía a los hombres que se atrevían a entrar.

El chico rudo no ingresó a la antesala del rotor que era una especie de balcón en forma circular y en espiral que se perdía según bajaba a la sala de control de procesos.

Mediante señales de sus manos y gestos les explicó que debían seguir de frente hacia una puerta corrediza y que esta se activaría automáticamente, sin necesidad de introducir algún código de identificación. El resto lo haría la nave.

Los Giacometti se quedaron mirando la forma cilíndrica del contenedor que aislaba el motor, apretando sus manos lo observaron en silencio durante varios minutos. En más de una oportunidad intentaron darse valor para ingresar y enfrentar el final que se acercaba, Chris sintió cómo se le comprimía el corazón dentro del pecho y Masumi entendió que lo único que estaban haciendo era prolongar la agonía.

El primer paso lo dio Masumi y Chris lo retuvo un par de segundos, vacilando en su decisión; pero el primero haló con cariño al segundo y lo obligó a avanzar cada paso que dio a lo largo de los cincuenta metros que los separaban del fatídico motor.

Se detuvieron frente a la puerta corrediza y, en efecto, esta se abrió dando paso al tibio viento que producían los motores a esa altura de las escaleras. Con cautela observaron el interior que lucía bastante iluminado para ser un lugar tan enclaustrado y fue Chris quien ingresó primero.

La puerta se cerró tras de ellos y de repente la pareja experimentó una sensación de alivio y calma. Cada uno de sus músculos se relajó por completo incluso los más profundos y la respiración se calmó de inmediato en perfecta sincronía con los latidos del corazón y el sonido del motor.

Christophe y Masumi se abrazaron, movieron sus labios diciendo “te amo” y se dieron un último beso de despedida. La nave parecía entender sus tiempos y los dejó realizar ese ritual hasta que se sintieron con la suficiente confianza como para lanzarse al motor.

Afuera Yuri los observaba y se preguntaba que si Jean llegaba en las siguientes horas harían lo mismo antes de lanzarse al vacío. Luego se prometió a si mismo que antes de enfrentar a la muerte, primero lo llevaría a una habitación y volvería a hacerle el amor. Sonrió.

Los esposos se tomaron de la mano y miraron al vacío donde debían dirigir sus cuerpos, podían ver los círculos más superficiales del rotor dando vueltas unos dentro de otros y ese fue el último momento en el que sintieron temor. Una suave luz violácea subió por el cilindro central y con la velocidad de una nube de vapor se fue expandiendo hasta cubrir toda el área de la cápsula de protección.

La pareja quedó mirando el vacío unos segundos más y con los rostros algo sorprendidos se dieron una última mirada. Parecía que habían entendido lo que les esperaba allá abajo y decidieron dar el paso final. Juntos se acercaron al borde, las puntas de sus pies sobresalían de la plataforma y en sus rostros podía apreciarse una ligera sonrisa.

Hicieron con los dedos una cuenta regresiva y cuando éstos formaron un puño cerrado ambos dieron el siguiente paso. Cayeron al vacío, hacia los afilados aros del rotor, tomados de la mano y cerrando los ojos. Fue en ese momento que sus cuerpos comenzaron a transformarse en pequeñas partículas que se desprendían hacia la nada y se perdían en la profundidad de esa gigantesca cavidad cilíndrica.

Yuri se quedó observando la escena con las manos sujetas a la baranda de la puerta reteniendo sus ganas de seguir a los Giacometti hacia la nada y escuchando la poderosa voz de su corazón lo detenía repitiendo que debía cumplir su promesa y esperar a Jean.

Desde que vivió su primera experiencia dentro del Atlantis Yuri había aprendido a escuchar su voz interior, por ese motivo decidió hacerle caso y se dirigió hacia el ala derecha de la nave, rumbo a la gran cocina en cuyos congeladores habían criogenizado la comida y la bebida.

Abrió el gigantesco almacén de refrigeración de alimentos y paseando por sus helados pasillos calculó que tenía provisiones como para trescientos años. Sacó de un contenedor de acero quirúrgico una ración de pollo rostizado con salsa de piña y la llevó al horno y cuando comenzó a devorar el delicioso platillo se puso a pensar qué debía hacer para distraerse mientras esperaba que Jean llegara a la nave.

Tal vez recorrería toda la nave para conocerla mejor, quizá se pondría a jugar en sus salones o podría intentar descifrar extraña relación que tenía el Atlantis con la agonizante estrella.

Yuri sabía que la luz no lo iba a devorar porque la misión por la que estaba en ese lugar no había culminado. Entonces comprendió que debía dejar listos los comandos de conexión para el momento que otros exploradores ingresaran al Atlantis y conectaran los sistemas de comunicación de sus naves

De pronto dos gruesos lagrimones cayeron hasta el frío acero de la mesa donde cenaba. Una vez más recordó el momento que el cañón del AS-700 abrió un boquete enorme en el hangar del Amstrong, volvió a ver los restos de los ciborgs pasar por delante de la escotilla y con la angustia apretándole el pecho pidió que Jean estuviera en camino pues no sabía si podría soportar su ausencia en esa inmensa y solitaria nave espacial.   

Notas de autor:

Hola queridas lectoras. Estamos entrando en un momento crucial para nuestra pareja pues si Jean Jacques no llega a tiempo a la nave la luz puede vencer la voluntad de Yuri y éste podría lanzarse al vacío.

¿Qué habrá pasado con Jean? ¿Yuri podrá esperarlo? Gracias por seguir la historia.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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