Retorno a Atlantis 19


Retorno a Atlantis

—Todo el cuadrante está despejado sistema central. —Nikolai Plisetsky, almirante del crucero de exploración sonreía ante las cámaras augurando un buen arribo al punto señalado en los radares—. Podemos ver el destello desde el puente de control y pronto descorreremos el filtro de la cúpula para que los pasajeros puedan apreciar la belleza del cuásar en todo su esplendor.

—Comprendido Atlantis estamos observando que su rango de cercanía a la estrella es adecuado, mantengan el curso y cuando se les indique den la vuelta para el retorno. —La voz de Lilia Baranosvskaya, compañera de estudios y amiga personal de almirante se escuchaba en los aparatos de comunicación de la cabina. Ella se sentía orgullosa que su amigo hubiera llegado tan lejos con sus proyectos de exploración y se preparaba para abordar el Atlantis en el siguiente viaje. Esa fue una promesa que le había hecho Plisetsky desde hacía cinco años atrás.

—Quiero ver esas fotos viejo tigre, ahora sí que debes lucirte para tus camaradas. —La alegre voz de Yakov Feltsman, el amigo íntimo de Nikolai también se escuchaba en los paneles de la cabina. Él también estaba a la espera de toda la información que el Atlantis pudiera recoger en el viaje que lo acercó a un fenómeno que la humanidad estudiaba desde las lejanas estaciones del Sistema Solar y los exoplanetas desde hacía centurias y que por primera vez analizarían desde una distancia de tan solo seis años luz.

Los más de cuatrocientos tripulantes del Atlantis, investigadores todos ellos, se preparaban para observar y quedar maravillados con la exposición de un fenómeno único que llamó la atención de los habitantes de Sistema desde hacía algo más de cien años y ellos verían con sus propios ojos el destello original que produjo el cuásar.

Todos aguardaban el momento del anuncio en el enorme puente de observación ubicado en la cubierta de la nave y a la vez se preparaban para celebrar tan importante acontecimiento para la humanidad.

Uno de los observadores era Yuri Plisetsky, el nieto del almirante y asistente de piloto. Esa sería la tercera misión en la que acompañaba a su abuelo como lo  había hecho en sus anteriores viajes desde que tenía la tierna edad de seis años. Yuri solo se alejó de la nave y de su querido abuelo cuando ingresó a la escuela de pilotos de aviación comercial y regresó junto a su orgulloso abuelo como asistente del Atlantis.

Al abuelo Nikolai le hubiera gustado que Yuri ingresase a la armada y fuese piloto de una de esas naves especiales de ataque, rescate, exploración o defensa que parecían salidas de un maravilloso sueño futurista. Habilidades y preparación no le faltaban, las tenía de sobra; pero Yuri optó por ser aviador comercial porque no le gustaba la disciplina castrense donde a los hombres y las mujeres “se los convertían en miserables monos de circo”, según sus propias palabras. La aviación comercial le daría más oportunidad de ejercer su sueño en otras áreas y podría explorar el universo con más libertad.

Y allí estaba esperando que su abuelo aparezca en la plataforma destinada a las personalidades más relevantes que viajaban en el crucero, para anunciar que el filtro de protección correría y permitiría ver el fenómeno que tanto anhelaban esos corazones.

En una transmisión interconectada con las bases militares de Júpiter y Marte y con las bases científicas de la Luna y Venus y que era retransmitida con minutos de retraso en la Tierra y otras colonias del sistema; el almirante Plisetsky apareció en el puente de observación vestido con su traje de gala y con el gorro propio que su cargo le permitía llevar, todo en color azul marino con botones dorados e insignias de diversos colores.

Todos los presentes aplaudieron al verlo ingresar y los nervios se hacían notar en el aire pues los aplausos, silbidos y hurras repentinas se dejaban escuchar entre los pasajeros y hasta los tripulantes. Todos, incluso Yuri, que era muy parco para esas celebraciones estaban contagiados del ambiente de júbilo que tenían en la nave.

—Amigos miren el conteo en regresiva, no tendré mucho tiempo para dar un discurso así que estense aliviados. —Nikolai Plisetsky bromeó con la gente y todos rieron—. Estoy feliz y orgulloso de compartir con todos ustedes este acontecimiento tan importante que marcará historia, nosotros seremos parte de esa historia, nuestros nombres quedarán escritos y todos podremos recordar este momento hasta el instante que dejemos este mundo. —El anciano contempló con satisfacción la emoción dibujada en los rostros de los presentes, en especial en el rostro sonriente de su nieto—. Solo faltan treinta segundos, les pido que vayan colocando sobre sus ojos los lentes especiales que evitarán quemaduras en las pupilas y se preparen a disfrutar este espectáculo.

La gente vio en el reloj que los números pasaban del veinte al diecinueve, dieciocho, diecisiete y sucesivamente en reversa se dibujaban en la pantalla de control y contagiados por el entusiasmo del Almirante comenzaron a corear la cuenta.

Algunos aplaudían por anticipado, otros se tomaban de las manos y otros solo observaban en silencio sintiendo que el corazón se les salía del pecho. Nikolai Plisetsky pasó el brazo sobre el hombro de su nieto y ambos se regalaron una pequeña mirada antes de ponerse los anteojos y elevar las cabezas hacia el infinito para contemplar la brillantez de cuásar.

Al fondo de toda esa luminiscencia estelar, un agujero negro estaba en plena formación, pero se encontraba a suficiente distancia como para que la nave no fuera arrastrada  a su gran campo gravitacional.

Cuando el reloj pasó del número dos al uno y terminó el conteo una ligera sensación de lluvia se escuchó sobre los asistentes, era el sonido que producía el descorrido del filtro y en pocos más de dos minutos frente a ellos se mostró con todo su esplendor, sus nubes, sus rayos y sus pulsaciones intensas el cuásar, uno de los miles que habían encontrado los científicos en ese sector del universo.

El fenómeno de energía electromagnética, lumínica y de radio frecuencia les mostraba a los maravillados estudiosos todo el esplendor de una antesala a un agujero negro y parecía por momentos una bella danza de estrellas, polvo cósmico y rayos luminosos y por instantes semejaba la magnitud gigantesca de una tormenta eléctrica.

Todo quedó en absoluto silencio. Los aplausos, los comentarios, las vivas y las risas nerviosas callaron y con el respeto que los devotos mirarían a un dios viviente, los pasajeros del Atlantis observaron el cuásar y sus millones de movimientos tan sincronizados y tan únicos que los dejaron absortos, con las bocas abiertas y las sonrisas congeladas en medio del temor natural al infinito poder del universo.

El Almirante Nikolai Plisetsky y Yuri se miraron sonriendo y apretaron el abrazo entre los dos, era un momento de emociones intensas e indescriptibles que se desataban en el alma y que permitían a los hombres de esa nave sopesar su rol en el espacio y su posición ante la gran belleza de la naturaleza cósmica.

Las fotos, las cámaras de filmación, los radares y todos los dispositivos de comunicación tenían sus objetivos puestos en el gran fenómeno. Lejos de la nave, tanto en los lujosos condominios de Venus y sus brillantes oficinas, en las enormes instalaciones científicas de la Luna y del planeta verde, en las fortificadas bases de Marte y Júpiter, en las colonias prósperas de los exoplanetas en el sistema solar y en la humildes y destartaladas viviendas o las antiguas mansiones de la Tierra; la humanidad podía apreciar el poder del cosmos.

Durante cinco o seis minutos se escucharon las exclamaciones de admiración por el baile frenético de algunas estrellas y por el revuelo de ciertas partículas de polvo estelar que salían de la periferia del lejano agujero negro y llegaban a ese límite natural que marcaba el fenómeno.  

Nikolaí Plisetsky no dudó en señalar con el dedo algunas constelaciones que parecían fugar de su destino y tampoco dejaba de mostrar a Yuri esas pequeñas enanas rojas que se podían apreciar a un costado de la gran tormenta y asemejaban un rosario de cuentas.

La gente sonreía y no podía hablar por la emoción, todo transcurría tal y como lo imaginaron los visionarios de la misión y el momento quedó grabado para la historia. Decenas de cámaras internas instaladas en el Atlantis enfocaron las reacciones de los viajeros quienes con los rostros maravillados y hasta conmovidos miraban la gloria del universo y se miraban entre ellos.

De pronto una estrella muy luminosa captó la atención de los científicos, sus pulsaciones parecían un sinfín de juegos artificiales y eran tan intensas que incluso los lentes visores no eran suficientes para evitar su poder lumínico.

 Los presentes sonrieron al verla y algunos creyeron reconocer una nova en formación a punto de hacer explosión. Algunos de los científicos calcularon que la explosión se daría en un par de cientos de años y que esos rayos que parecían salir del centro como pidiendo ayuda se intensificarían con el paso del tiempo.

Era fantástico verla y como si fueran niños rieron con una pequeña secuencia de pulsaciones que hizo la estrella. De pronto uno de los asistentes del almirante se detuvo a observar bien la frecuencia y con gran asombro creyó entender que enviaba un mensaje en un código muy antiguo para la humanidad.

Amante de todos los fenómenos de comunicación de la antigüedad, Marlon Watson sacó su aparato de comunicación y escribió en él la secuencia, pidió al sistema central una aproximación del posible mensaje y cuando éste respondió los ojos del astrofísico se abrieron como grandes lunas.

“Imposible”, se dijo y caminó unos veinte pasos hasta llegar a la posición donde se encontraba el almirante Plisetsky que todavía en silencio compartía ese gran momento de felicidad con su joven nieto. El hombre tocó en el hombro del almirante para mostrarle el aparato y como pudo explicó al oído del jefe mayor de la nave que esa pulsación enviaba un mensaje codificado.

Plisetsky sabía que no estaba hablando con un fanático de fenómenos paranormales, sino con un consumado hombre de ciencia, así que decidió hacerle caso y volvieron a anotar la secuencia de las pulsaciones de la estrella.

El mensaje fue el mismo: “Abran la mente, abran el corazón”.

Era imposible que una estrella a punto de estallar estuviera diciendo algo a una minúscula nave espacial que se perdería en la inmensidad de su masa.

Yuri prestó atención a los movimientos de su abuelo y del astrofísico y observó también el mensaje en el aparato de comunicación. Fijó los ojos en la estrella y como el resto de pasajeros observó atónito cómo su masa fue creciendo de improviso y cómo amenazó con estallar en ese mismo momento.

Pero en lugar de retroceder y buscar un refugio como lo hicieron unas decenas de pasajeros asustados, Yuri hizo lo que la estrella decía. Se dijo “¿Por qué no?”. Abrió la mente y abrió el corazón recibiendo con felicidad la luz intensa. Un gran rayo luminoso cruzó el espacio que separaba a la nova con el Atlantis y como si fuera un gran hilo de pescar atravesó la nave.

Su luz produjo sorpresa y terror entre los tripulantes. Sin embargo, esa gran intensidad no quemó a los pasajeros que corrieron a refugiarse en el interior de la nave. Solo Yuri se quedó firme en el hangar mirando el luminoso astro. Se encontraba tan absorto ante el fenómeno y las sensaciones que le producía en su interior que cuando su abuelo quiso llevarlo hacia un lugar más seguro no pudo y asombrado al ver el rostro de Yuri que parecía estar en un éxtasis religioso se quedó junto a él.

El fogonazo de la estrella desconectó todo tipo de comunicación del Atlantis con los planetas y las bases espaciales. Las cámaras dejaron de transmitir las imágenes, los radares perdieron la posición de la nave y las comunicaciones se cortaron.

En las bases todo era caos y desesperación, cientos de ingenieros y científicos, los arquitectos y proyectistas del Atlantis, las autoridades y hasta los representantes de las poderosas familias de Venus se pusieron en contacto y trataron en vano durante horas de volver a restablecer comunicación con la nave.

Dentro del Atlantis la situación era aún más desesperante. Tras el fenómeno luminoso todos los aparatos electrónicos y biomoleculares dejaron de funcionar y los pasajeros entraron en desesperación intentando comunicarse con el Sistema.

El almirante Plisetsky ordenó a todos los miembros de su tripulación oficial que lo ayudaran a restablecer comunicación y personalmente visitó a cada uno de los científicos para hacerlos entender que era una situación crítica y que necesitaba de su colaboración. Les prometió que en cuanto repararan los sistemas de emergencia de la nave todos entrarían en las cabinas de supervivencia y que él se encargaría de devolverlos sanos y salvos a la base de Júpiter de donde partieron.

Pasaron las horas y pasaron varios días y la nave no lograba conectar con las bases, tampoco podían reparar sus sistemas básicos y no tenían idea de donde estaban. Solo sabían que una fuente luminosa sostenía la nave y la anclaba muy cerca de la estrella nova y del cuásar.

Yuri se había mantenido callado todo ese tiempo, intentando comprender todo lo que la estrella habló a su corazón. Por instantes creía estar loco y por momentos quería creer aquello que le decía.

Viendo el nivel de alteración de los hombres y mujeres en el Atlantis, Yuri volvió a la plataforma y observó directamente la estrella sin temor a quemarse los ojos, se puso en estado de meditación y sin darse cuenta comenzó a hablar hacia el astro como si lo hiciera con una persona a la que recién conocía.

La intensa luz disminuyó su potencia, pero no dejó que el Atlantis retomara el viaje. Como una gran cuerda de fotones la luz emitida por la estrella se apoderó del rotor principal de la nave donde pulsaba con fuerza ante los aterrados hombres y mujeres.

Pasaron unos cuantos días cuando el almirante de la nave notó un fenómeno que no tenía ninguna explicación. Poco a poco quienes se acercaban al gran motor y observaban las vueltas concéntricas que daban los giroscopios rotantes cambiaban su actitud arisca y con una capacidad de renuncia total abrían las puertas del lugar para luego de un largo rato de meditación mirar hacia abajo y saltar a los peligrosos aros que giraban sobre sus ejes y en direcciones distintas.

—Se están suicidando Yuri. —Nikolai Plisetsky no podía detener a las personas que cada vez en mayor número llegaban al rotor y se tiraban a la nada para desaparecer en medio de la inmensa energía luminosa que emanaba del rayo estelar.

—No abuelo, ellos se están liberando. —Fue la clara respuesta de Yuri que el abuelo no entendió—. Solo abrieron la mente y el corazón.

El almirante Plisetsky retornó a la cabina de mando sin Yuri, sabía que jamás convencería a su muchacho de seguir intentando una conexión con el Sistema Central. Su intención de devolver a los pasajeros que quedaban con vida no cejaba y no se daría por vencido, aunque fuera lo último que hiciera en vida.

Una noche cuando hacía ronda por los pasillos cercanos al gran motor para evitar más suicidios, el almirante Plisetsky observó cómo su segundo hombre de confianza caminaba a prisa al rotor. Intentó detenerlo con palabras e incluso trató de detenerlo a la fuerza, pero el hombre estaba resuelto a seguir adelante.

—Almirante, solo escuche —le dijo y abrió la puerta del inmenso motor. El ruido que provocaba impidió que Nikolai Plisetsky escuchara sus últimas palabras, pero lo que no pudo oír por la boca de ese hombre lo hizo por el sonido de los aros del rotor que de inmediato le provocaron un sentimiento de felicidad completa y renuncia.

Parecía que la estrella lo llamaba y Nikolai supo entonces qué quería decir el mensaje. Con la rapidez que le permitieron sus cansadas piernas buscó a Yuri y le dio el encargo que escuchó en su corazón.

—Esta se ha convertido en una misión personal hijo mío y tendrás que quedarte en la nave hasta que él contacte contigo —le dijo antes de cerrarlo en la cabina de hibernación y despedirse de él con un cálido abrazo y un beso en cada mejilla.

Cuando se aseguró que la cabina de Yuri quedó oculta a la energía que emanaba la luz de la estrella dentro de la nave. Nikolai Plisetsky se vistió con su traje de gala una vez más y caminó con mucha seguridad por el corredor principal de la nave hasta llegar al rotor. Sin dudas y con una gran sonrisa se dirigió hacia el encuentro con esa luz que parecía por momentos una antorcha y por momentos solo una suave columna brillante de color azul violeta.

Ingresó al enorme contenedor del rotor central y dejó abierta la puerta. Luego traspuso la barda que separaba el área de seguridad y parado al filo del vacío pronunció unas palabras que parecían una dulce oración dirigida a las estrellas.

—Les pido que protejan a mi nieto y agradezco todo lo que he vivido.

Cerró los ojos y pensando en Yuri dio el paso definitivo hacia ese gran vacío lleno de estructuras cortantes  que jamás detenían sus movimientos y se dejó caer.

Luego que el cuerpo de Nikolai Plisetsky fuera desintegrado por completo, la luz emitió una fuerte explosión y salió del contenedor invadiendo cada ambiente de la nave, recorriendo los rincones más pequeños y oscuros.

Los doscientos pasajeros que aún quedaban en el Atlantis se enfrentaron con miedo a la luz; pero cuando esta ingresó en sus ojos y en sus poros una extraña calma los sobrecogió y con alegría caminaron hacia el rotor sabiendo que ese último paso antes de caer, no era en verdad el final.

El Atlantis quedó a oscuras, varado en medio de la nada, el fenómeno siguió su camino y la nova que de él surgió se desprendió del cuásar y quedó atada a la nave o la nave quedó anclada a ella.

Solo la cabina de Yuri Plisetsky se mantuvo con energía y es que la luz lo cuidaba y juntos esperaron por la siguiente misión tripulada.


Las últimas lágrimas de Yuri cayeron al tablero de comunicaciones de la nave donde huyeron de sus captores y del sistema tirano que los gobernaba.

—Entonces… tú y Jean se conocían de una vida anterior. —El doctor Masumi era el más entusiasmado con la historia que Yuri les había contado. Conocedor que el fenómeno de reencarnación había sido reconocido por la comunidad científica, estaba admirado que en una experiencia tan fantástica como la que Yuri describió, hubiera podido recordar aquello que su consciencia encarnada debía olvidar al nacer.

—Al inicio estaba algo confundido y no recordaba bien los hechos, mis pesadillas no me permitían unir los cabos, pero cuando sentí morir el día que ustedes me agujerearon el cerebro pude entender esas imágenes y cuando reaccioné recordé todos los detalles. —Yuri suspiró con tristeza mientras observaba en el radar el punto que señalaba la ubicación del Rescate Amstrong y lo veía cada vez más lejos de su nave. —Fue por Jean que me quedé… era necesario hacerle entender.

—¿Entender qué? —Chris intentaba racionalizar cada hecho descrito por Yuri.

—Si les digo ahora la verdad de todo lo que existe en el lugar al que todos vamos cuando morimos, no me creerían. —Yuri sabía que el doctor Giacometti no se dejaría convencer con las palabras—. Es mejor que lo vean y lo entiendan por ustedes mismos para que me crean.

Intentado dejar de lado sus dudas, Christophe y Masumi Giacometti se tomaron de las manos. No sabían a qué se enfrentarían, cuál era la verdad, si había una vida después de esta vida, si llegarían a un paraíso o tendrían una experiencia extracorpórea.

Solo sabían por palabras de Yuri que había un más allá y que el Atlantis era la puerta para llegar ese lugar.

Notas de autor:

Gracias chicas por ese apoyo a esta pequeña historia. ¿Podrán Yuri y Jean encontrarse a tiempo para enfrentar su destino? Las espero en la próxima entrega.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

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