Tabú 30


No podía dormir y me pasé toda la noche con los ojos pegados a mi personal observando los videos de la última colección de Kerga.

El moreno sabía vestir muy bien y sabía cómo hacer lucir muy elegante y joven a cualquiera. Me gustaba el estilo de líneas suaves sobre los trajes, que combinaba con algún detalle particular en cada traje. Jugaba con los colores y con las posibilidades, jugaba con los accesorios y con el biotipo de los modelos.

Todos cortados por un mismo molde sin importarle de qué latitud del planeta hubieran llegado para presentar sus trajes, eran muy jóvenes, delgados con músculos fortalecidos con escaso trabajo de gimnasio y por lo general sus estaturas no estaban por debajo del metro ochenta.

Su trabajo había recibido buenas críticas en el último festival de la moda de Londres y yo soñaba con estar algún día como él en boca de todos. Pero no sería con trajes tan exquisitos con los que pretendería conquistar el mundo del diseño de modas. Las ideas estaban allí repartidas en mis libretas de apuntes y mis cuadernillos de dibujo, pero todavía no tenía algo concreto entre manos.

Cada vez que deseaba imaginar un diseño nuevo de camisa, chaleco, saco, pantalón, campera o sweater la figura de mi hermano se hacía presente y cada una de las piezas se veían obligadas a encajar en su entallada figura.

¿Cuántos hombres podrían tener la contextura, el porte y la finura de Víctor Nikiforov? Solo crearía piezas para un reducido grupo de hombres que encajasen con ese estereotipo. Tal vez era porque mi mente y mi corazón los había enfocado demasiado en mi él. Tal vez porque no quería diseñar algo para los hombres sino solo para Víctor.

Y Víctor apareció de nuevo en mi mente. Había luchado tanto la última hora para no pensar en él y en lo que se vendría la mañana siguiente, quería mantenerme tranquilo y casi neutral, pero no podía porque una voz muy parecida a la mía me señalaba como el culpable de algo que estaba a punto de ocurrir.

Imaginé y hasta pedí a algún dios que todo sucediera conforme lo había imaginado. Él llegaba con alguna chica, los dos ebrios entraban a la cama o tal vez al jacuzzi y dormían felices, hartos de alcohol y placer. Horas más tarde Anya llegaba, ingresaba a la habitación sorprendiendo al infiel con la zorra de turno y les daba varios golpes los dos. Sí, los golpearía. Anya era tan fuerte y decidida que la imaginé dando un buen para de puñetes a Víctor y tomando de los cabellos a la mujer que ocuparía su lugar en la cama hasta sacarla del edificio en medio de un griterío y escándalo.

Como a las dos de la madrugada sentí que la puerta del departamento se abrió y escuché la voz de mi hermano hablando tonterías, como lo hacía cada vez que estaba borracho y ella debía estar bastante ebria como para reírse de las bobadas que él le contaba.

Hablaban de Valente y la fallida campaña de sus modelos de lentes para sol que habían tenido poca acogida debido a su marcada necesidad por usar solo modelos nórdicas para promocionar sus productos. Comentaron sobre esa llamada telefónica que interceptaron y las barbaridades que dijo sobre las modelos africanas y asiáticas, un tema bochornoso que estaba en boca de todos y con un Mario Valente que estaba desaparecido.

Sentí que esos dos no perderían el tiempo en la sala tomando un trago más y los escuché ingresar al pasillo bajando la voz. Apagué de inmediato la computadora y las luces, me metí hasta el fondo de la cama y sentí cómo Víctor conducía a la chica hasta su habitación.

Se había convertido en un perfecto descarado, por lo menos pudo haber usado la tercera habitación, pero no le importó pararse en el pasillo abrir la puerta de su dormitorio e invitar a la mujer a pasar encendiendo las luces para ella. Luego miró mi puerta entre abierta y la cerró con mucho cuidado. Según su lógica de borracho, un joven de dieciséis nunca se despertaría a pesar del escándalo que hizo con la tonta mujer que seguía riendo y balbuceando el nombre de mi hermano desde el interior de su habitación.

Cuando culminaron los chistes estúpidos se escuchó la música suave de un piano que llegaba desde la habitación de Víctor y junto con ella el sonido de sus voces diciendo esas palabras calientes y sucias que se regalan las parejas en el intenso momento del placer. Ella no fue de gemir mucho, pero él sí parecía un búfalo corriendo por las praderas. A mi memoria retornaba la imagen de su cuerpo endurecido, su brillante piel sudorosa y el movimiento de cada músculo sobre Anya, sus besos y sus gemidos.

Era extraño el sentimiento que me invadía con cada oportunidad que Víctor llevó mujeres al departamento porque quería desaparecerlas con un rayo láser. Pero cuando lo vi con Anya, las veces que los escuché follar y entregarse con más pasión yo no me sentía mal, envidaba a la hermosa; pero aceptaba y hasta fantaseaba con su cuerpo temblando sobre mi hermano y su largo cabello negro enredado en sus dedos.

Esa noche no era ella la que suspiraba en la habitación, esa noche no pude tocarme escuchado los sonidos de la lujuriosa fiesta privada de Víctor, esa noche mi corazón se aceleraba conforme pasaban los minutos, mientras Anya estaba en un avión esperando que al llegar al aeropuerto su novio fuera a buscarla.

Entonces recordé que borré las llamadas y el mensaje y una idea molesta paseó por mi mente. «Tal vez ella llega y al no verlo le llama desde el aeropuerto», me dije y salté de la cama buscando un solo objetivo.

Busqué el objeto en los bolsillos del saco de mi hermano que encontré tirado sobre el sillón pequeño de la entrada, sobre la mesa de grueso vidrio de la sala, en el bar, en el pequeño mesón de comedor, entre el chal y el bolso de la mujer que reposaban sobre el sofá. No podía llamarlo para saber dónde diablos se había metido el aparato porque alertaría a mi hermano, tampoco podría entrar en esa habitación a no ser que ellos se quedaran dormidos pronto.

Comencé a morder mi dedo índice y seguí repasando algunos rincones más del departamento con la vista hasta que por fin lo ubiqué sobre la pequeña mesita a la entrada del departamento, estaba acompañando las llaves del auto de mi hermano. Corrí a tomarlo y vi que tenía la batería a media carga, repasé algunas de sus llamadas, redes y contactos y lo apagué; luego lo puse bajo el pequeño bolso de la invitada, junto a la esquina esperando que se hundiera en el sofá.

Pero mi labor todavía no estaba completa, el momento que me dirigía al baño desconecté las dos líneas de teléfono que teníamos en el departamento. Anya ya no tendría forma de alertar sobre su presencia en San Petersburgo y cualquier pregunta que mi hermano hiciera al respecto, podría responderla con un simple: “Potya hizo de las suyas de nuevo”.

Cuando entré a mi dormitorio navegué por más de dos horas en mi celular y agoté la batería, asegurándome de esa manera que no exista alguna forma de contacto ni con Víctor ni conmigo.

En algún punto entre la batería muerta de mi celular y el silencio que venía de la habitación de mi hermano me quedé dormido, estaba tan cansado que ya no pude resistir un segundo más.

Mi sueño ligero se volvió profundo y descansé como nunca en muchos meses, tal vez hubiera seguido durmiendo si no fuera porque escuché los tacones de Anya caminando por la sala, los oí detenerse un tiempo corto y luego los sentí sonar con un ritmo lento sobre el piso del corredor.

Mi imaginación se hacía realidad, Anya se detuvo en la puerta del dormitorio ¿Estaba dudando de ingresar? No podía creer que esa firme mujer tuviera cierto reparo en entrar en su propio dormitorio, pero entonces pensé qué pasaría si yo estuviera en su lugar y si descubriera un saco y un bolso que no es mío en el sofá, si viera un chal tirado cerca de la celosía y si observara que la puerta de mi dormitorio estaba cerrada como lo estaba cada noche que ella y Víctor dormían juntos o hacían el amor. Cerrada para que el pequeño Yuri no los viera y tal vez no los escuchara.

Anya abrió la puerta y durante unos minutos no hubo más que silencio en la habitación de Víctor, ella no reaccionaba, lo que me hizo pensar que tal vez en un momento de la madrugada mi hermano se levantó y despidió a la mujer que llevó al departamento la noche anterior.

Entonces la escuché gritar, no me hizo falta poner el oído sobre la puerta para escuchar todos los detalles de tan gordo problema.

“¡Víctooooooooor!”

Fueron varias veces las que lo llamó a viva voz y él no le respondía. Mi corazón latía tan fuerte que podía ver el movimiento brusco de mi pecho subiendo al igual que su frenético compás. Desde ese momento los reclamos y las palabras ácidas fueron la constante. Mi hermano tratando de explicar en forma razonable su traición y ella expresando su dolor y su deshonra con la voz ahogada por lágrimas.

Escuché los pasos ligeros de la modelo que mi hermano había llevado a su cama. Honestamente creí que Anya barrería el suelo con ella como muchas mujeres de carácter fuerte suelen hacer cuando se sienten traicionadas y heridas, pero no lo hizo. Ella atacó al único responsable de toda esa horrible situación: el novio infiel.

Ese momento no me di cuenta lo cruel que fui con Anya. Pensé que lo mejor para ella sería descubrir de alguna manera que mi hermano no la amaba de verdad y lo mejor para mí sería alejarla de él para que pudiera tener una oportunidad.  

La escuché llorar cuando salió de la habitación de mi hermano y para no sentirme culpable me dije era una mujer muy fuerte y pronto superaría ese horrible momento. Me acerqué a la puerta de mi dormitorio y sentí cómo su voz se rompía con las lágrimas mientras salía a prisa del departamento.

La mujer fuerte se había convertido en una niña desesperada y yo era el artífice de ese malévolo acto de magia. El truco de Yuri Nikiforov, aquel que hace desaparecer mensajes de los celulares y sincroniza las casualidades para que se conviertan en causa de un rompimiento.

Mi hermano ingresó en el cuarto de baño de su dormitorio y yo aproveché esos minutos para conectar las líneas de los teléfonos y dejar el celular de Víctor donde lo había encontrado en la madrugada, pero no lo encendí para que creyera que fue él quien lo apagó. Con calma me aproximé a la cocina y me serví un vaso con agua, observé por la ventana la calle iluminada e imaginé a Anya en su auto conduciendo a toda velocidad, secando sus lágrimas y con el rostro enrojecido.

Me puse a pensar en Víctor y el peso que debía estar cargando en su corazón, pues a pesar de haber sido un estúpido infiel, mi hermano no era un hombre frío y calculador. Estaba seguro que ese momento intentaba poner en orden sus ideas y que durante los siguientes días trataría de arreglar la situación mostrando un real arrepentimiento. La separación con Anya le iba a doler porque todo adiós deja una cicatriz en el corazón y Víctor no iba a ser ajeno a ese sentimiento de pérdida. Estaba seguro que lo vería caminar por la casa con el cabello revuelto, la barba medio crecida, los ojos de cachorro extraviado y el lomo encorvado.

¿Qué debía hacer al verlo así? ¿Escucharlo o meter los dedos dentro de la herida? ¿Cuál de las dos actitudes me acercaría más a él y con cual alejaría el recuerdo de Anya?

Decidí volver a mi dormitorio y hacer el papel de extrañado por lo que había sucedido. Cuando salí de la cocina Víctor estaba parado frente a mí en la sala, con su bata de baño y los párpados hinchados. Lo miré en silencio y pregunté.

—¿Cómo te sientes? —le dije sin muchas ganas y lo vi pasar junto a mí elevando las cejas y negando con la cabeza.

—Muy mal. —Con el cabello mojado y el rostro parco continuó caminando y de detuvo en el bar.

—¿Vas a seguir tomando? —Era increíble la capacidad que poseía Víctor para contener alcohol en su cuerpo.

—Solo un trago más. Eso me elevará. —Su voz sonaba lejana y por algún motivo no sostenía mi mirada—. Supongo que escuchaste lo que pasó.

—Anya gritó muy fuerte y me desperté. —Simulé más seriedad de la normal.

—¿Por qué tenía que venir sin avisar? —Escucharlo decir esa frase me dejó atónito, se supone que ella podía llegar a su departamento el momento que le diera la gana.

—Esa es la pregunta más idiota que te he escuchado decir. —No me iba a quedar callado al escuchar semejante estupidez.

—¿Y cuál sería una pregunta inteligente para ti? —Víctor estaba molesto y parecía que no quería escuchar sermones en ese momento.

—¿Por qué tenías que traer una puta a tu cama? —Pero yo me propuse no darle paz a su alma—. Si respondes a esa pregunta podrás entender toda la mierda que hiciste.

Mi hermano no dijo nada más. Lo contemplé terminar ese trago y fui a la cocina a preparar el desayuno. Él se sentó a la mesa con la mirada perdida y sin muchas ganas comió unas tostadas con mantequilla, tomó un té de moras y volvió a su dormitorio para dormir el resto del día.

Como a las cinco de la tarde alguien lo llamó por la línea fija y él se puso en pie, volvió a bañarse, se cambió muy elegante y salió como un rayo del departamento diciendo ya vuelvo.

Pensé que ella lo había llamado y que tal vez estaba arrepentida de su decisión. Si hubiera sido así… nada de lo que voy viví junto a mi hermano los siguientes días y meses hubiera pasado. Tal vez así habría sido mejor.


Esa noche Víctor regresó cerca de las once y mientras yo veía una película de espías se sentó junto a mí en silencio.

—¿Buscaste a Anya? —le dije mientras le ofrecía mis palomitas de maíz.

—Sí, pero no quiere hablar conmigo. Su amiga Irina fue quien me llamó y salí a verla para explicarle todo. —Él las rechazó y con la mirada fija en la pantalla confesó—. Me dijo que espere a que se calme y eso es lo que voy a hacer… voy a esperar que todo esto se enfríe un poco para buscarla, para hablar con ella, para que entienda, para que me perdone, para que no me deje…

—Ahora sí que lo jodiste todo Víctor, la heriste de verdad. —Miré de reojo a mi hermano que seguía con su actitud de derrota—. Si yo fuera ella no te perdonaría.

—Eso es lo que más miedo me da. —Víctor acomodó su cabello con ambas manos y posó su cabeza sobre el espaldar del sofá—. Pero no puedo darme el lujo de perderla… no ahora Yuri.

Al ver bien los ojos de mi hermano y comprobar que había estado llorando, pensé que todo lo que había sucedido realmente lo estaba afectando. Sin embargo, cuando recordé aquella confesión que él me hiciera semanas atrás estando borracho, sentí que mi hermano no estaba siendo sincero ni conmigo, ni con él mismo.


Una semana después Víctor salió muy temprano a las instalaciones de Nefrit dijo que para dar una entrevista exclusiva a un periodista de una revista de negocios que Sara recomendó. De paso hacía promoción para la nueva colección que se venía trabajando contra reloj.

Advirtió que no lo esperara a cenar porque pasaría casi todo el día junto al reportero en la empresa y luego lo llevaría a algún lujoso restaurante. No hice ningún comentario a favor o en contra porque esos días Víctor estaba con el ánimo muy cambiante. Algunas mañanas despertaba muy triste y casi no hablaba conmigo y otras despertaba con mal humor y cualquier cosa que dijera lo tomaba a mal y otras mañanas despertaba con el ánimo de ser el hombre perfecto que se ponía a corregir todo lo que yo hacía.

Esas horas de ausencia en las que me quedé organizando todo el material musical de mi hermano llegó Anya. Se veía algo pálida y sin ese brillo que tenía en los ojos cuando la conocí; pero seguía siendo muy bella y sensual.

—Hola —dijo al verme y entró con cautela—. Vine a recoger mis cosas. Ya encontré un buen lugar donde vivir.

—Anya no sé qué diablos decirte. —Si me hubieran gustado las chicas le hubiera dicho que se veía más hermosa que nunca. Se había recortado el cabello y lo llevaba en capas suaves que acentuaban sus ondas, tenía los labios muy rojos y el busto muy apretado bajo el croptop que llevaba puesto. De todas las mujeres bellas que conocí en mi vida, Anya será siempre mi favorita.

—Podrías empezar diciendo ¿por qué no me dijiste nada de lo que hacía el idiota de tu hermano a mis espaldas todas las veces que conversábamos? —Ella siguió hacia el dormitorio casi sin mirarme y supe entonces que yo también la había herido.

—¡Cómo me pides que sea infidente con los asuntos de mi hermano! —Me puse de pie y empujé el sillón con el pie para darle en alcance. Ella me hizo sentir mal y no fue su reclamo lo que me quemó el estómago sino el sentimiento de culpa por no haber hecho lo correcto a tiempo—.  ¡Sería como traicionarlo!

—Perdón, pero pensé que éramos amigos. —Anya metía sus cosas en dos maletas gigantes que llevó consigo al departamento.

—Sí, pero… Víctor es mi hermano y yo no podía… —La seguí tratando de explicar mi posición y esperaba sonar convincente—. Si quieres saber… yo le dije que todo lo que estaba haciendo era del carajo.

No mentía respecto a ese asunto. Varias veces le advertí a mi hermano que irse de putas no era lo mejor que podía hacer; él no escuchó mis palabras… él no iba a escuchar ese pedido jamás.

—Yuri ya no importan las explicaciones entre tú y yo porque más allá de una mutua simpatía, veo que no nos une nada más y a partir de ahora nunca más compartiremos algo. —Anya estaba tan herida que, si me hubiera importado demasiado su amistad o su cariño, esas palabras me habrían dolido mucho.

Muy molesto me senté en el sofá y encendí el televisor para ver algunos videos de los últimos partidos del equipo. Mientras Anya en silencio entró y salió de las habitaciones y durante una hora tomó muchas cosas de los gabinetes, algunas las guardó en las maletas y otras las metió en dos enormes bolsas negras que tiró por el ducto de basura.

Cuando culmino su gran tarea llamó a un taxi y mientras esperaba el servicio encendió un cigarrillo delgado y con olor a menta. Sin decir una sola palabra, fumó recostando su cabeza en el marco de la ventana hasta que el conserje anunció la presencia del auto y junto con un ayudante se encargó de sacar las pertenencias de la dama.

La hermosa y magnifica Anya caminó por última vez por la sala y antes de partir se paró frente al retrato de Víctor, un cuadro gigante en sepia que dominaba la pared central de la sala y que mostraba el atractivo rostro eslavo seduciendo con la mirada a cualquiera que lo observaba.

Pude ver el dolor inflamando sus tristes ojos, la vi contener el llanto y la vi dar un beso distante a la fotografía. Luego se paró delante de mí, se quedó mirándome por unos segundos y tomando mi rostro entre sus cálidas manos me dio un beso en cada mejilla y uno muy suave en los labios.

—Adiós Yuri —dijo con pena y se alejó del hogar que años atrás había construido con mi hermano.

La vi salir con su vestido negro y su sacón gris de lana, con la frente en alto, con el corazón roto, con la lección aprendida y con el coraje en los tacones. Se alejó con su perfume de flores, con sus treinta años, con su mirada firme de generala, con sus delgadas manos llenas de caricias que dejaría algún día en otro cuerpo. Se marchó con la tristeza amarrada en la mirada y un beso amargo en los labios. Se fue con la dignidad en las mejillas, la determinación en los zarcillos, la belleza en sus firmes senos, con su orgullo lastimado y su caminar de reina, moviendo sus caderas anchas, apretando sus glúteos bonitos y sin mirar atrás.

Si me hubieran gustado las mujeres, Anya hubiera sido la reina de mis fantasías de chiquillo inexperto, mi hermano solo hubiera sido un buen amigo, quizá el mejor y yo hubiera disfrutado hasta el éxtasis ese beso de despedida que me dio la hermosa.

Pero no fue así. Cuando la vi entrar en el taxi y alejarse por la calle, el sentimiento de culpa comenzó a desaparecer y en su lugar una sensación de tranquilidad lleno mi pecho y creo que lo sobrepasó. Aspiré mucho aire y lo retuve un momento hasta que no pude aguantar más y lo fui soltando poco a poco, me serví una copa de vino, brindé por ese adiós y quise por unos minutos imaginar cómo sería mi vida junto a Víctor a partir de ese momento.

Ya no tenía al “verdugo” Zhúkov a mi lado; Víctor tampoco tenía a Anya.

Me senté en el sillón pequeño de la sala, el mismo que se encontraba dando la cara a la fotografía de mi hermano, mis ojos se posaron en ella contemplando cada centímetro de su rostro, su frente amplia, sus mejillas de finos ángulos, su mentón varonil, sus largas pestañas de plata y su expresión de príncipe. Me entretuve con los músculos de sus hombros y de su pecho e imaginé el resto de su cuerpo que no aparecía en el retrato.

El vino comenzó a calentar mi cuerpo y casi sin darme cuenta sentí que mis dedos exploraban debajo de mi camiseta negra. Sentí que mi mano subía por mi vientre y rodeaban mis pectorales, mis dedos traviesos buscaron mis suaves y dilatados pezones y comenzaron a jugar con ellos un interesante juego que consistía en apretarlos hasta el dolor para luego soltarlos sintiendo con gusto cómo se contraían de a pocos y cómo pulsaban en mí esos hilos internos que se conectaban con mi pubis.

El calor excesivo de mi cuerpo me obligó a correr a la ducha pues pensé que tal vez mi hermano llegaría en cualquier momento y no quería que me encontrara haciéndome una paja en la sala. Imaginé que si me encontraba en ese estado de excitación tal vez se lanzaría sobre mí si es que tanto le gustaba y eso no me preocupaba. Lo que me tenía al borde del terror era que no lo hiciera.

Cuando sentí el agua correr sobre mí me entregué a mi propio placer, tocando esas zonas que tanto demandan ser tocadas y como si fuera todavía algo inocente evité explorar algunos lugares que no quería despertar aún.

Tomé la espuma de baño y dejé que mis manos resbalaran con ella por mi vientre, abrazaran mi cintura, rodearan mis caderas que ya se movían al compás de la música de mis deseos. Acaricié y pellizqué con suavidad mi trasero, dejando algunas marcas con mis uñas; regresé a mimar mis caderas y buscar que las yemas de mis dedos rocen y caminen hacia mi entrepierna buscando ajustar, apretar, acariciar y frotar los contornos de mi pubis.

Con una mano sujeté la barandilla de la puerta y con la otra tomé mi adolorida y exigente polla, no le negué ninguno de sus deseos pues ella era muy tirana y me dominaba por completo. Friccioné su piel y sus pliegues, la tomé con cierta firmeza hasta que estuvo endurecida como una firme roca; entonces la vi encendida y decidí castigarla sin compasión apretándola entre mis firmes dedos hasta que su calor se esparció por todo mi cuerpo, hasta que sus excitantes rayos pusieron mi mente en blanco y se dio por vencida dejando su huella blanquecina en el agua que seguía resbalando por mi piel.

Una vez más me convertí en el rehén de mis propias caricias y en un verdugo ejecutor de mis deseos. Caí desvanecido rodando por las resbaladizas y frías lozas de la bañera, preguntándome cuándo llegaría el día que Víctor me estuviera acariciando de esa forma inmoral.

Cuando recobré el sentido nuevamente recordé las palabras de Víctor diciéndome al oído cuánto yo le gustaba y que me miraba con ojos de hombre. Entonces comencé a pensar en la forma de hacer que las dijera de nuevo sin una gota de alcohol en su cabeza.

“Yo te cuido… yo te amo… con un amor más mundano…”

“Me gustas Yuri”

“¿Si no fuera tu borracho hermano me besarías?”

“No puedo tocarte mi niño… y no sabes cuántas ganas tengo de hacerlo”

Abrí la llave del agua a toda potencia y sintiendo su fría pegada sobre mis músculos pensé que, si él no se atrevía a decir que me amaba estando consciente, sería yo quien pondría los sentimientos en su verdadero lugar.

Sin medir las consecuencias y pensando solo en la pasión que me hacía desear cada día más a mi hermano decidí que apostaría todos mis números a ese maldito amor, a ganar o perder.

Y ya te imaginas cómo fueron los resultados de esa apuesta.

Notas de autor:

Hola queridas lectoras. Les debo una disculpa por este retraso en la entrega del capítulo, pero estuve conversando mucho conmigo y con los personajes sobre las decisiones futuras y creo que por fin llegamos a un buen entendimiento. Las siguientes semanas no tardaré en publicar para que ellos cuenten su historia. Gracias por leer y por vuestra comprensión.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 30

  1. Dios!!! Espere tanto por la actualización y vaya que me rompió el corazón ,sentí que anya no se merecía todo lo que le pasó , odie a Víctor porque sigue debería haber Sido sincero con anya y disculparse de corazón ,no intentar volver con ella porque le falló terriblemente y jamás recuperará su confianza .

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