Capítulo VII – Eda [枝]


—¿Celestino? —Yuuri estaba sentado al pie de la cama, a su lado el rey Chulanont platicaba con él, sentado en esa cómoda cama de hojas. Abrazado, con sus rodillas contra el pecho, Yuuri observaba los rayos del sol que atravesaban por la ventana.

—El sabio del bosque —aclaró Phichit—. Si necesitamos una respuesta, él es la persona correcta. Ciao Ciao es el guardián de todo el conocimiento del bosque, él se encarga de resguardar la información que es importante para nosotros.

Yuuri imaginó una enorme biblioteca llena de pequeños libros en mini estantes del tamaño de los muebles para una casa de muñecas. El concepto de ese pensamiento le pareció al chico adorable. ¿Qué otras cosas curiosas tenía oculto este bosque?

—Gracias por tu paciencia —Phichit habló, interrumpiendo de esta forma, el hilo de los pensamientos de Yuuri, quien a su vez, lo miró interrogativamente al no captar el porqué del agradecimiento—. Apareciste de la nada, me salvaste sin darte cuenta, averiguaste que en este lugar estuvo Mari todo el tiempo y aún así no estás molesto. En verdad, agradezco mucho tu presencia aquí. ¡Eres realmente admirable, Yuuri!

Yuuri se sonrojó copiosamente, no estaba acostumbrado a recibir elogios y realmente no sentía que se los mereciera en ese momento. Para ocultar su vergüenza, el chico escondió su rostro entre sus rodillas y, muy bajito, habló una vez más:

—No es así —en su mente, el recuerdo de lo ocurrido en el lago junto a Yurio y J.J. se hizo presente, Yuuri apretó el agarre de sus manos. Pensar en todo el peso que cargaba el rubio y todos los hombres hoja, lo hacían sentir sobrecogido—. En realidad, es muy poco lo que puedo hacer. Me disculpo por eso.

—¡Yuuri! —la voz de Phichit sonó más cerca que antes, Yuuri alzó el rostro para encontrarse, ni más ni menos que frente a frente con el soberano del bosque. Phichit no desaprovechó la oportunidad para sostener los hombros de Yuuri e intentar hacerlo entrar en razón, a su forma amigable y sincera de ser—. Has hecho mucho, mucho más de lo que te imaginas. 

—¡Phichit-kun, debes descansar! —exclamó preocupado Yuuri—. ¡Debes regresar a la cama! ¡No puedes sobre esforzarte!

—Estoy bien —sonrió Phichit, en su forma de ser, tan deshinibida, el moreno acarició la mejilla de Yuuri con afecto. El muchacho de lentes volvió a sonrojarse ante el contacto—. Tú y Seung se preocupan demasiado por mi. 

A pesar de la cercanía, era extraño para Yuuri sentirse cómodo con ese tipo de interacciones. Por lo regular, el chico limitaba esos acercamientos a personas que él ya conocía de tiempo atrás, Yuuko, Nishigori y Minami, formaban parte de la corta lista de sus allegados. Phichit era prácticamente un desconocido y sin embargo, la confianza y seguridad que reflejaba en su ser le permitía a Yuuri bajar la barrera invisible con la que acostumbraba vivir, para confiar en la pequeña persona que lo observaba de forma amable y le sonreía sinceramente.

Más allá de un rey, Yuuri veía en Phichit a un potencial amigo.

—Me preocupo porque me importa —se atrevió a confesar—. No te fuerces demasiado, por favor.

—Está bien —concedió el rey con una sonrisa, y agregó—, pero solo lo haré si tú prometes no volver a decir que no estás haciendo nada.

Yuuri sonrió y musitó un leve “de acuerdo”, Phichit dejó la incómoda posición en la que estaba y, con cuidado, se incorporó para dirigirse hacia la ventana que daba al exterior. Ambos se quedaron en esas posiciones por un rato, solo pensando en lo que les aguardaba el destino de ahora en adelante.

—Espero Celestino pueda ayudarte también —mencionó Phichit.

Yuuri aprovechó el tiempo que tomó Seung, (quien junto a sus hombres realizaban los últimos preparativos y así comenzar una nueva cruzada), para pensar acerca de lo que sabía hasta este momento de Mari. 

En primer lugar, su hermana había pasado los últimos cuatro años conviviendo con Phichit y compañía dentro de este mundo fantástico que parecía sacado de un imaginativo cuento de hadas.

Segundo detalle, antes de ser abducida en este mundo, Mari ya estaba investigando todo acerca de este mini universo; por lo tanto, Yuuri sospechaba que al menos, la incursión de su hermana dentro de este curioso ecosistema no había sido obra de simple casualidad.

Tercer punto, según lo que le había contado Phichit y sus compañeros, Mari había sido una de las víctimas del plan de la malvada Emperatriz Anya cuando hechizó a sus soldados y menguó las fuerzas del ejército de los hombres hoja.

El último punto, y el más importante, era que hasta la fecha, ninguno de ellos había vuelvo a ver a Mari en las filas de los Boggans, contrario a lo que pasaba con sus demás compañeros.

Y sin embargo, ninguno de ellos se atrevía a pensar lo peor. La mayoría de soldados que habían sido hechizados por la malvada Emperatriz, infortunadamente, habían sido asesinados en la mayoría de las ocasiones por los mismo hombres hojas. El dolor de la pérdida de los compañeros que alguna vez combatieron hombro con hombro era inconmensurable, y esa era una de las razones por las cuales, Phichit, como el soberano del bosque, había optado por ocultar a su pueblo hasta que encontraran la forma de regresar a sus seres queridos a la normalidad.

Yuuri se convenció que era precisamente la reciente plática lo que lo había convencido de confiar en Phichit. A pesar de todo, el chico de lentes podía sentir que el rey había sido sincero y transparente al hablar, no había razón para dudar de él en estos momentos, tampoco para cuestionar cualquier práctica pasada que no le incluyera, después de todo, en cinco años Yuuri no había averiguado nada acerca de su hermana, ¿qué daño podía hacerle aguantarse unos cuantos días más?

—¡Bienvenido de vuelta! —el tono alegre de Phichit se escuchó recibiendo a su general con una sonrisa, Seung se inclinó levemente agradeciendo el gesto.

—Solo vengo por Yuuri —el aludido observó al general, Seung se había cambiado el uniforme militar que traía cuando lo conoció, en su lugar, portaba ropa similar a la de Phichit y Guang, elaborada por elegantes pétalos de flores, no obstante el general no despegó la mirada de Phichit—. En cuanto llegué el Capitán Leroy, te dirigirás con él y su escolta hacia la guarida de Celestino, aprovecha el tiempo y pregúntale todo lo que pueda ser de ayuda para deshacer el encantamiento que hay sobre ustedes. 

—¿Y a dónde iremos nosotros? —preguntó Yuuri, quien ya se había incorporado.

—Plisetsky, tú y yo, iremos al Coliseo. Phichit tiene razón, vamos a necesitar ayuda adicional.

—Confío en que podrás convencerlo —sonrió Phichit, el rey se había adelantado y, sin pudor alguno, se acercó a su general para darle un casto beso en los labios, Yuuri desvió la mirada en un vano intento de darle a ambos un poco de privacidad—. Cuídense mucho y mantén a raya a Plisetsky, necesitamos a Nikiforov en una pieza.

Aún sonrojado, pues a pesar de todo el General Lee era una persona tímida,Seung tomó la mano de Phichit y depositó un beso en el dorso de su mano.

—No veremos pronto, su majestad. 

Sin decir más, el General salió indicando con un gesto a Yuuri que lo siguiera. Para no hacerlo esperar, Yuuri se encaminó a la salida. Sin embargo, fue interceptado por Phichit, quien lo abrazó en señal de despedida.

—Nos veremos pronto, Yuuri-kun —Yuuri correspondió el abrazo, Phichit era una persona realmente cálida—. En verdad, me alegro mucho de conocerte.

.

.

.

Yuuri abrió los ojos cuando escuchó la voz de Plisetsky llamando su atención. Para evitar el mareo, el chico de lentes había optado por no ver el camino en el que estuvieron transitando después de su huída. Fue por eso que, al abrir los ojos, lo primero que divisó fue un sauce que frondoso se erigía frente a ellos, Yuuri observó asombrado el gran árbol que los recibía, preguntándose una vez que aterrizaron qué sorpresas encontraría en aquel misterioso lugar.

—¡Y esta es la guarida del Celestino! —exclamó emocionado el rubio. Ahora que ambos se encontraban frente a las raíces del árbol, el mismo se observaba más alto que nunca. Yuuri observaba impresionado el hermoso sauce, aún abrazado de la cintura de Plisetsky—. ¿Podrías soltarme ya? Estoy a punto de vomitar, ya no soporto el aroma de la baba.

—Lo siento —Yuuri se soltó del agarre del hombre hoja y bajó de prisa del colibrí. Era verdad, parte de su reciente mareo se debía al hedor que desprendía su propio cuerpo. No culpaba a Plisetsky por la cara de asco que le había dedicado todo el camino.

Aunque tampoco era como si no se estuviese acostumbrando a las actitudes malcriadas de su compañero.

—Descuida —contestó Yuri, intentando no parecer más amable que de costumbre, el rubio rascaba su nuca en un vano intento de parecer indiferente—. Entremos ahora y busquemos a Celestino de una vez antes de que…

—¡Has mejorado mucho con tu vuelo, Yu-ri-o!— la voz de Víctor se escuchó atrás de ellos. Nikiforov los había alcanzado y no había desaprovechado el momento para llamar la atención de los chicos. Debido al tono despreocupado de su voz, Plisetsky torció el gesto y bufó antes de continuar con la oración que dejara pendiente líneas atrás:

—…él llegue. ¡Para tu información, viejo calvo, yo siempre he sido muy bueno planeando!

Nikiforov parpadeó un par de veces y, después de llevar su dedo índice a la boca en señal de que estaba pensando en algo sumamente importante, agregó:

—Sin embargo, aún pienso que tu precioso acompañante debería haber ido conmigo. No hubiéramos demorado tanto de ser así.

—¡Yo llegué primero, idiota! ¡YO! —agregó Plisetsky perdiendo los estribos. Yuuri, por su parte, decidió ignorar el constante coqueteo del jinete, justo y como había ignorado que horas atrás había intentado tomar su mano y, durante todo el camino, no le quitaba la mirada de encima.

Dicho detalle Yuuri solo lo decía porque “sin querer” se había dado cuenta que era observado por la misma persona que él “sin querer” había estado observando. 

¿Qué coincidencia, cierto?

—Llegaste primero porque Seung y yo debíamos asegurarnos que no hubiera moros en la costa, pequeño Yuri. ¿O has olvidado los protocolos de los hombres hojas? —contestó con seriedad Víctor. Cabreado, Yuri se adelantó y con los puños cerrados a su costado, volvió a discutir:

—Podría decir lo mismo de ti, Nikiforov. ¿Has olvidado los códigos?

Yuuri pudo observar, una vez más, como las facciones de Víctor se transformaban. En esta ocasión, una furia muda brillo a través de los hermosos zafiros que poseía el jinete en su mirada. Yuuri contempló la escena admirado pues Plisetksy no se amenentraba ante esa gélida mirada.

—Plisetsky, lleva a los colibríes a un lugar seguro. Después asegúrate de que no haya intrusos. Ya sabes a quiénes me refiero. —la voz del General Lee se agregó a la tensa escena, había arribado junto a su colibrí en última instancia.

El chico rubio aceptó a regañadientes y, de mala gana, se marchó junto con los colibríes para a atarlos en un lugar seguro. Una vez que el chico se marcó, Seung confrontó a Nikiforov. Parado, uno frente al otro, era evidente al altura privilegiada del jinete; no obstante, el General Lee mantenía su posición firme y confiada, digna de un líder del ejército.

—Quiero que quede algo muy claro, Nikiforov —ambos hombres afilaron la mirada. Ninguno de los dos se sentía intimidado por la presencia del otro, solo el pequeño Yuuri asombrado observaba desde su rincón seguro la escena intentando camuflarse con la vegetación detrás de él—. Fuimos por ti solo por órdenes expresas del Rey; sin embargo, eso no te da derecho a tratar de hacer menos a mis hombres.

—Yo solo conversaba con Yurio —aseguró Nikiforov, sin inmutarse.

—Sobre advertencia no hay engaño —advirtió Seung.

—¡Chicoooos! —la voz de Phichit se sumó a la ecuación, Yuuri dirigió la mirada hacía el Rey, aliviado de que alguien interrumpiera el tenso ambiente del momento. Phichit, también con ropa sencilla para su título, caminaba cuidando su herida, siendo escoltado por J.J. y una chica de cabello negro, ambos portando sus pulcros uniformes de hombres hoja. Detrás de ellos, un hombre alto de sonrisa arrebatadora, cerraba la comitiva—. ¡Me alegra tanto que ya estén aquí!

Haciendo gala de toda su caballería, Seung y, para sorpresa de Yuuri, Víctor se inclinaron con solemnidad ante el recién llegado rey. Aunque Yuuri intentó repetir la misma acción, Phichit una vez más, le indicó que no era necesario hacerlo.

Ante la misma indicación, Víctor y Seung se levantaron y Phichit aprovechó el momento para abrazar a su general. Como de costumbre, cuando solían estar en público, Seung separó a Phichit de sus brazos, argumentando que no era el momento para ese tipo de comportamiento inapropiado.

—¡Vamos, Seung! —la estridente voz del hombre alto se escuchó con eco por todo el lugar—. Es bien sabido por los presentes que ustedes dos se comen en el contexto sexy de la palabra. ¡Qué más da un inocente abrazo frente a todos!

Yuuri observó la forma en que Seung intentaba corregir el desatinado comentario de Celestino y como Phichit lo mirada con brillo de resignación en sus ojos oscuros. Sin embargo, otro sonido fue lo que captó la atención del humano. Víctor reía a todo pulmón, encantado por la intervención del recién llegado.

—¡El mismo Celestino imprudente de siempre! —exclamó entre lágrimas. Yuuri fijó su mirada en quien Víctor reconociera como Celestino. No era muy diferente a los hombres hoja, solo ligeramente más grande que ellos. Si hubiera una forma de describir ambos tamaños, Yuuri diría que quizás la estatura y tamaño de los hombres hoja era similar al de clips más pequeños mientras que Celestino se asemejaba al tamaño de los clips más grandes. Detalle que lo hacían ligeramente intimidante, y lo sería, si no estuviera sonriendo de forma amable, ocultando sus manos en los pliegues de su túnica café, el alocado y quebrado cabello castaño se movía rebelde al son del viento. No había otra forma de describir la imagen del sabio del bosque de otra forma que no fuera la de un genio bohemio—. Si hay algo que nunca dejé de extrañar, fueron tus chistes desatinados.

Celestino se acercó a él y extendió su mano, Víctor correspondió el saludo, aún risueño por el comentario. Después de saludar a un malhumorado Seung, Celestino dirigió su atención a Yuuri y lo olfateó un poco.

—Tú no eres de por aquí, ¿cierto? —preguntó.

—Él es Yuuri —intervino Phichit—. Es de quien te hablé.

Celestino observó con detenimiento al aludido, luego de un segundo, autoconvenciendose de algo, agregó:

—Esperaba ansioso tu llegada, Yuuri. —Celestino tomó la mano de Yuuri en señal de saludo y, sin disimular una mueca de asco, agregó—: la baba de babosa es muy buena para el cutis, pero deja un olor nauseabundo. Será mejor que pases a refrescarte.

Sin perder más tiempo, todos se internaron al lugar. Boquiabierto, Yuuri contempló asombrado el sitio. Iluminado con hongos fluorescentes, había ciento de elegantes balcones y columnas que reposaban en cada rincón del tronco en apariencia hueco del árbol. El sonido de aleteos reinaba en el ambiente, pues un montón de diligentes polillas, volaban de un lado a otro llevando un montón de pergaminos en sus delgadas patas. Al observar con más atención, Yuuri pudo percatarse de que las blancas polillas acomodaban con sumo cuidado los pergaminos que salían del rincón más recóndito del frondoso árbol.

—¿Qué es este lugar? —preguntó Yuuri, ensimismado.

Celestino se adelantó un poco y, haciendo gala de su carácter teatral, cual dramaturgo en obra de teatro, extendió los brazos para que los presentes contemplaran el lugar y, con voz potente, exclamó:

—¡Bienvenidos sean a la Gran Biblioteca!

Es un rincón rocoso de un lugar recóndito del bosque, un ex soldado hoja respiraba con dificultad, de su brazo izquierdo salía sangre que en su tono carmesí era el indicativo visible de su reciente derrota. Otabek Altin observaba el cielo mientras seguía apretando la herida y rememoraba los hechos que habían ocurrido unas horas atrás.

Él recordaba con precisión la misión, encontrar al rey Phichit, de ser posible asesinarlo. De encontrar imposible la primera encomienda, entonces el paso a seguir sería espiar a los hombres hojas e informar a la brevedad sus próximos movimientos a su alteza, la emperatriz Anya. Otabek recordaba haber descartado la primera opción del plan cuando se percató de los rangos que ostentaban los soldados hoja que llegaron al lugar de la selección. Aún con toda su habilidad en combate, Altin sabía que enfrentar solo a dos capitanes, un teniente y un general, era equivalente a un suicidio.

Decidiendo que lo mejor era esperar y proceder con sus labores de espionaje, Otabek permaneció en silencio, observando cauteloso y atento a cualquier información importante. Tal vez su plan hubiera dado éxito si no hubiese sido interrumpido por la repentina curiosidad que surgió de su interior al observar a joven soldado rubio que salía cauteloso detrás de otro muchacho que Altin no conocía. La mirada seria del espía permaneció fija en esa ondulante y larga cabellera dorada que se mecía levemente cual seda ante cualquier movimiento que efectuaba el hombre hoja. Otabek olvidó su misión y caminó cuidadoso en la misma dirección del objeto de su curiosidad.

Lo que no esperó Otabek fue que el joven soldado tuviera sentidos tan agudos. Tampoco esperó que fuera descubierto tan pronto. De inmediato, en medio del combate, Otabek no esperaba que el muchacho fuera hábil y fuerte en batalla. En un repentino movimiento, la capucha que cubría el rostro del espía cayó sobre sus hombros y los fuertes y decididos ojos de tono jade que lo observaron lo dejaron por un momento anonadado.

“Los ojos de un soldado”. Pensó Altin, perdiéndose por un segundo en esa fuerte mirada en el mismo momento en que el espía sintió quebrarse a su corazón. Hace tiempo que no sentía nada con él, ¿por qué ahora?

Al entender que esto era un combate y que, si no atacaba probablemente su contrincante acabaría con él, Otabek  apretó el agarre de su espada y se dispuso a comenzar el ataque de nuevo.

Sin embargo, algo lo consternó. El soldado rubio, el mismo al que vio combatir con orgullo y precisión instantes atrás, ahora estaba inerte observando impotente a su contrincante atacar. De seguir así, Otabek clavaría su filosa espada en el corazón del soldado y la batalla terminaría a su favor. 

El mejor escenario se cernía sobre él y sin embargo, su inquieto y quebrado corazón le decía que no quería eso, había algo dentro de él que le gritaba que no lo dañara, que no se atreviera a tocarlo, porque de lo contrario no solo el rubio sufriría, sino también esa parte oculta dentro de él mismo que le rogaba con desesperación detenerse. La misma desesperación que lo despertaba de noche y le sugería, cada vez más fuerte, que él, Otabek Altin, nunca había pertenecido a ese sucio lugar.

Un incómodo y confuso sentimiento de alivio se sembró dentro del lastimado corazón de Otabek cuando otro hombre hoja llegó al rescate del rubio soldado. Los ojos oscuros de Otabek brillaron con destellos rojos y, olvidando de momento el incidente, se propuso a combatir a su nuevo oponente.

El sangrado había cesado, y ahora Otabek examinaba con detenimiento la herida. Escocía un poco si la tocaba y sin duda dejaría una fea cicatriz. Otabek se incorporó y observó absorto el panorama frente a él. Situado en esa parte del bosque donde la erosión comenzaba a esparcirse, Otabek llevó su mano derecha al pecho y la colocó ahí, justo donde sentía los lastimeros latidos de su confundido corazón. 

—¿Por qué duele tanto? —se preguntó a sí mismo sin encontrar respuesta concreta alguna. El rostro serio y concentrado del soldado rubio apareció en su mente acompañado de una carga eléctrica en todo su sistema nervioso, y una vez más, Otabek solo pudo apretar el agarre en su pecho, esperando a que la extraña sensación desapareciera de su sistema.

No pudo.

En su lugar, el hombre se inclinó respirando agitado, el ruido sordo de sus rodillas al chocar contra las duras rocas. Su respiración cada vez más agitada y una voz a lo lejos, una serena y conocida voz en su cabeza que últimamente le decía, le rogaba, le suplicaba las siguientes palabras:

“Vuelve, por favor, vuelve”.

Cuando el dolor en su pecho desapareció, Otabek permaneció al menos otros cinco minutos en la misma posición, de esta forma, sus heridas de la presente batalla se hicieron presentes. Al hombre le dolía el cuerpo, sin embargo lo que más le dolía en ese momento, era el alma.

—¿Quién eres? —suspiró Otabek con desolación, la roca debajo de él se humedeció un poco con el calor de su llanto.

En otro lugar del bosque, el soldado de los ojos verdes observaba absorto el sitio por donde se filtraba la luz del sol que bañaba con destellos naranjas el exterior. A pesar de lo relajante que era estar sumergido en rocío de flores, Yuri Plisetsky suspiraba cansado, pues era así mismo como sentía su propia alma: desolada y solitaria.

El joven suspiró una vez más, rememoraba una y otra vez la reciente pelea con Otabek Altin.

—¿El chico que combatiste era un amigo? —Yuri prestó atención a su compañero, a su lado Yuuri Katsuki lo observaba curioso. Con el suave perfume de las flores, el asqueroso olor a baba había desaparecido de él. El rubio observó por un momento a Yuuri y en contra de todo pronóstico, puso esbozar una nostálgica sonrisa.

—Es más que un amigo —Yuri resopló al observar la reacción de Katsuki, las mejillas rojas de su interlocutor le indicaron al rubio que Katsuki no esperaba esa clase de sorpresa—. ¿Qué?

—Nada —contestó Katsuki, Yuri enmarcó más su sonrisa, pues en verdad le divertía las exageradas reacciones del muchacho—. Es solo que…

—¿No imaginabas que tuviera esa clase de sentimientos de mi parte? ¿Ah? —rezongó un burlesco Yuri. Volvió a fijar su mirada en los rayos naranjas, pequeñas motas de polvo danzaban brevemente en el viento y luego caían para perderse por siempre en el suelo y la oscuridad—. Es lo que solía decirme todo el mundo. 

Yuri rememoró su la relación amor-odio que llevó en un principio con Otabek Altin. Una rivalidad que comenzó un poco después de graduarse. 

Por un lado en la academia para convertirse en parte del ejército de los hombres hoja, estaba Yuri Plisetsky, el hijo del ex general Nikolai Plisetsky que impresionaba a todos con las muestras de su innato talento y sus altas capacidades estrategas y de sobrevivencia; no obstante, por el otro lado, el novato Otabek Altin no daba señal alguna de tener algún talento magistral, como los que mostraba Plisetsky al principio. Ambos comenzaron sus años en la academia aprendiendo los conceptos básicos de defensa y la filosofía que mantenía unidos a los hombres hojas. Imperceptible para los ojos ciegos de arrogancia de Plisetksy, desde esa época Otabek ya se había fijado en él, no como amante, como una inspiración a mejorar sus habilidades y demostrar que el trabajo duro era también un talento digno.

Pasó el tiempo y ambos se graduaron de la academia. Para sorpresa de muchos, menos de los tutores, Otabek Altin se graduó en segundo lugar, no muy por debajo de la nota máxima de Plisetsky. El rubio observó con un dejo de irritación cómo maestros y compañeros felicitaban con efusividad a Otabek a pesar de haber logrado el segundo lugar. El rubio no entendía en ese momento cuál era el problema, aquí el ganador era él, ¿por qué importaba más el mediocre segundo lugar de Altin?

Una vez iniciadas las misiones, la irritabilidad de Plisetsky llegó a niveles inimaginables. Otabek no solo era bueno en lo que hacía, también era amable y confiable. La mayoría de soldados prefería su compañía sobre la de Plisetsky. Y lo que más irritaba al rubio era que ni siquiera él mismo podía dejar de mirarlo. Yuri simplemente no lo soportaba.

Y un día todo explotó, en ese entonces el teniente Lee, anunció que un nuevo capitán se incorporaba a las filas. Otabek Altin sería ascendido de rango.

El Yuri de presente sonrió con amargura recordando la horrible situación. Él, alzando la voz a su superior, al enterarse que su esfuerzo había sido en vano. La mirada fría y nada expresiva del teniente Lee, al contestar que la decisión estaba tomada y que el esfuerzo de Altin era reconocido incluso por veteranos como su abuelo Nikolai. La desazón de su corazón al sentirse minimizado, pues muy a su pesar reconocía que Altin era superior a él en muchos sentidos. Antes de ganarse un castigo, Yuri Plisetsky se dirigió a la salida, siendo observado con muda quietud por el estoico Otabek Altin.

El aroma reconfortante del rocío de las flores, combinado con la madera de las ramas mojadas, le hicieron recordar a Yuri el primer beso que compartiera con su gran amor. Otabek detuvo a Plisetsky en el momento justo que el joven soldado se disponía en montar a Potya y huir de ese horrible lugar para siempre.

—¿Y a ti qué demonios te importa lo que a mi me pase? —pregunto Yuri con ferocidad.

—Siempre me ha importado —contestó Otabek, sin soltar su firme agarre.

—¡Claro que no! —volvió a reclamar Yuri—. ¡A nadie le importo aquí! ¡A nadie! 

Otabek permaneció callado, esperando paciente como solo él sabía hacerlo.

—¿Lo has visto no? —preguntó Plisetsky, la amargura acariciando su voz—. Me he esforzado todo este puto tiempo, y ni siquiera mi abuelo puede considerar que le he puesto toda mi alma y mi dedicación a seguir sus pasos.

—No tienes por qué seguir sus pasos —argumentó Otabek—. Yuri Plisetsky puede sobresalir solo por ser Yuri. Yo lo sé, lo he visto.

Plisetsky observó el semblante de Otabek, el mismo Plisetsky del presente rió al rememorar su cara desconcertada y su incapacidad al no comprender sus propios sentimientos. Su corazón palpitando furiosamente contra su pecho, el calor de sus mejillas alojándose en un destello rojo sobre su piel, ¡había sido un completo idiota! 

A pesar de ser inexperto, el beso que adelantó Otabek después de expresar a viva voz que él siempre lo habían observado, bastaron para dejar anonanado a Plisetsky. El reciente giro de los acontecimientos había sido demasiado para él y sus agitadas emociones, y sin embargo, tuvo que pasar más tiempo para que el rubio aceptara de una buena vez sus fuertes sentimientos.

En el presente, ambos Yuris suspiraron al mismo tiempo. Un necesitado silencio hizo su aparición.

—Sé que es difícil perder a las personas que amas —Plisetsky recordó a su abuelo, quien lo había dejado años atrás—. Sin embargo, creo que el peor sentimiento es la incertidumbre de saber que quien amas aún se encuentra aquí, pero sabes que de alguna forma está perdido.

Yuuri analizó las últimas palabras que expresara Plisetsky. Lo comparó con su situación y comprobó que quizás sus penas no eran muy distintas. Si Yuuri reconocía algo ahora, era que Plistetsky era un soldado ejemplar, con inigualables capacidades de liderazgo y disposición para trabajar en equipo. 

Comparando el Yuri del presente con el desastre de emociones que él rubio había comentado de él al principio, definitivamente el soldado había madurado para bien.

Plisetsky se levantó, sacudió su cabello y envolvió su delgado y firme cuerpo en un pétalo de rosa. 

—Es hora de irnos. Ya perdimos mucho tiempo aquí.

Yuuri se apresuró a levantarse, repitió la acción de su compañero y lo siguió hacia otra habitación donde se vestirían y luego marcharían al mismo lugar donde se encontraba Celestino hablando de cosas importantes con Phichit. En todo el tiempo ninguno de los dos habló, solo se dedicaron a lo suyo. No obstante, el silencio instalado era cómodo y confortable.

—Gracias.

Yuuri miró desconcertado los ojos verdes que por primera vez no lo veían con irritación o hastío. Yuuri sonrió con amabilidad, ladeó la cabeza y agregó contento:

—Para eso están los amigos.

La sonrisa cómplice que compartió con Plisetsky antes de que él abriera las puertas del recinto donde se encontraba Celestino, fue reconfortante para las solitarias almas de ambos jóvenes. 

¡Hola!

Espero se encuentren muy bien. Me reporto de nuevo con una nueva actualización de esta historia. En esta ocasión, pudimos conocer algunos aspectos de los pasados de dos personajes muy importantes en esta trama. ¿Habrá forma de solucionar la situación de Yuri y Otabek? ¡Lo iremos averiguando poco a poco!

Espero les haya gustado este capítulo, quizás parece una pequeña regresión al anterior; sin embargo, me fue imposible retrasar más la aparición de Víctor, él rogaba por salir y yo no tuve cara para decirle que no. Víctor es muy persuasivo.

En fin, muchas gracias a quienes dedican un poco de su tiempo en leer esta historia. Agradezco mucho sus estrellitas y comentarios. ¡Me hacen muy feliz!

Nos vemos en el siguiente capítulo.

xoxo

Publicado por salemayuzawa

Me gusta leer, escribir, ver películas, anime y platicar con mis amigas. ¡Adoro imaginar historias!

2 comentarios sobre “Capítulo VII – Eda [枝]

  1. yo amo tu victorrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr aunque sea un mamon de primera en tu fic xDDD ohhh me ha gustado el plateamiento de yurio con beka, esperemos que logre recuperar quien es… 😀

    pdt: soy la shary en la cuenta de Danuuu xDDDDD

    Le gusta a 1 persona

    1. Looool
      Hola, Shary! Sí te indetifiqué XD awwww sí el Vitor va a ser mamoncito al principio, pero tiene una razón para serlo… pronto la descubriremos… la historia de Beka y Yuri fluyó así nada más, me.impresionó lo pronto que Yura se abrió a contarme esta parte, la verdad es que yo la.tenía planeada para un poco después, je,je… en fin… veremos cómo se va resolviendo y enredando todo jeje, ¡muchas gracias por leer shary! Siempre me siento agradecida por todo tu apoyo 💖 te kiero de aquí al infinito

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