El último baile (Parte I)


La lluvia suena tras la ventana. Víctor disfruta del sonido relajante de ella mientras abraza el calor de su amante, justo antes de que dos toques fuertes sacudan la puerta de madera.

—¡Víctor! —escucha a su madre—. ¡Víctor! ¡Es una emergencia!

La luz se cuela por la rendija de la puerta y Víctor apenas levanta el torso de su cama. El largo cabello claro cae por su espalda desnuda.

—¡Víctor es una emergencia!

—¿Mamá? —Él se levanta. Viste con rapidez el pantalón abandonado en el suelo y pone sus pies descalzos al suelo antes de ver, con sorpresa, la entrada intempestiva de su madre quien, violando la privacidad de su aposento, abrió la puerta.

Un relámpago ilumina la noche tempestuosa, sacude con su luz la ventana y descubre lo que yace en la cama. Los ojos verdes de Lilia miran con estupor la escena y la luz del candelabro que sujeta en sus manos empieza a temblar.

—¡Madre! —Víctor grita y agita su brazo en el aire para llamar de nuevo la atención de ella—. ¿Qué sucede que ha entrado de esa forma a mi habitación?

Lilia solo le mira con sus ojos abrumados. El trueno del relámpago que había caído segundos atrás ahora cruje sobre los techos de la casona y sacude las paredes.

—¡Joven amo! —grita una doncella desde el pasillo, atemorizada de entrar—. ¡Mi hermana! ¡Mi hermana está dando a luz, pero…!

—¡Iré de inmediato!

Víctor toma su camisa beige y sale de prisa, dejando en el aire un: «hablaremos después» que deja la piel erizada de su madre expuesta al frío violento de la noche. Sin embargo, los ojos verdes no desvían su dirección de la cama, de la persona que está en ella, de esos otros ojos marrones que le miran como si hubiera sido encontrado haciendo el pecado.

—¿Qué estás haciendo, Yuuri…? —susurra.

.

.

.

Puedo recordar claramente el día que conocí a Víctor Nikiforov. En Nagasaki llovía también y las enormes gotas golpeaban el trémulo techo que me había armado con los restos de las redes y los sacos de arroz. En medio de una crisis sin precedentes en mi tierra, había quedado huérfano cuando unos samuráis asesinaron a mis padres y se llevaron a mi hermana a un destino desconocido. Yo sobreviví… por mucho tiempo pensé que no debí haberlo hecho.

Enfermo caí en el puerto con un dolor de estómago que pensé me mataría. Gemí y lloré por ayuda hasta que un grupo de forastero me tomaron y me llevaron con ellos. Todos con ojos de demonios y cabellos de luna o de sol, me miraban y me hicieron temblar en medio de la fiebre y los cólicos. Pronto acabó. Me salvaron la vida. Los ojos azules de Víctor, quien estuvo allí a mi lado atendiéndome y cambiando los paños húmedos, se quedaron prendados en mi memoria.

Sin poderlos entender, no pude más que robar un puñado de arroz para darles a modo de agradecimiento. Fue en la bodega, mientras me escondía para llenar el pequeño saco, que escuché lo que vendría. Mi tierra estaba tan llena de sangre y violencia, que no debería haberme sorprendido el que planearan asesinar a alguien más. No obstante, al escuchar que eran el mismo grupo de médicos que me había acogido hizo que mis alarmas saltasen. Dejé el arroz y corrí tanto como mis pies descalzos pudieron.

Tuve miedo de que los ojos de cielo del ángel fueran cerrados.

Sentí pánico de ver sus ropas impolutas manchadas de sangre.

Llegué tan pronto pude, con los pies destrozados y el corazón en la garganta. Grité que se fueran, pero ninguno de ellos pudo entenderme. De la misma forma que nos encontramos esa primera vez, llovía y las gotas de lluvia se juntaron con las lágrimas de desesperación que salieron por la impotencia de no poder comunicarme. Por fortuna, uno de sus pacientes pudo hacer lo que yo no.

Les dijo que huyeran. «Tomen todo, no vuelvan, aquí a los forasteros los matan».

Contó la historia de las cruces en el atardecer, donde yacieron los cuerpos y cuerpos de hombres que creían en dioses fuera de nuestro emperador y se atrevieron a decir que estábamos equivocados. A estas alturas, no sé si todos los dioses lo estén.

Cuando ellos se iban y antes de que la puerta fuera cerrada, Víctor volteó. Su cabello trenzado se movió al ritmo de su movimiento afanoso y me miró con la angustia que enturbió las tranquilas aguas de sus ojos. Yo recuerdo haberme conmovido. Tragué grueso, como si tuviera que devolver a mi corazón a su lugar. Repentinamente me tomó del brazo y sin decirme nada, me cargó. Fue la última vez que vi a mi tierra, la primera vez que el mar me rodeó. Cuando pude comprenderle, él me explicó que lo hizo porque, de otra forma, moriría allí.

No necesitó explicármelo para que yo lo entendiera.

Pero a mis joven doce años, lo amé.

Víctor tiene por costumbre el viajar al extranjero. Como perdió a su madre y a su hermana menor de tuberculosis, viaja por el mundo para recolectar los mejores conocimientos de medicina. Navegó a Japón en un barco holandés y me llevó con él a su casa para reposar por meses del largo viaje. Me enseñó a vivir en su hogar, la finca Chesiré, un bellísimo lugar entre montañas y lagos, cerca de la capital del Reino Unido. La finca era enorme, nunca había visto algo tan grande en mi vida. Supe desde ese momento que todo sería nuevo para mí. Yakov y Lilia me recibieron con cariño y me trataron como uno de sus hijos a pesar de ser solo un siervo de la familia.

Pero como era habitual desde que emprendió su viaje de aprendizaje a los quince, Víctor volvió a irse antes de cumplir mis trece años. Al hacerlo, me encargó el cuidado de su caballo Tormenta y me prometió la cría que venía de la yegua de pelaje negro llamada Igrid. Se fue a Francia y todos los meses esperaba por una carta donde él me hablaba de lo que encontraba en aquellas tierras lejanas. Por ello aprendí a leer y a escribir, me convertí en el principal apoyo de sus padres, como un agradecimiento a la oportunidad de tener una nueva vida. Nunca volví a pasar frío, ni hambre y creí fervientemente en Dios que me salvó de las garras de la muerte para darme un hogar.

Durante años lo esperé.

Durante años me acostumbré a esta nueva tierra.

Incluso me gané el favor de los vecinos. La familia Plisetsky me entregó la tutoría de su nieto Yuri para la caballería. Fui feliz, pero lo extrañaba.

Una mañana de primavera, Yuri vino temprano a la finca y me encontró en las caballerizas. Estaba peinando el largo cabello marrón de Vicchan, mi caballo, un macho de sangre pura que usaba para inspeccionar los terrenos de la casa en compañía del señor Yakov. Vicchan recibía las caricias con calma mientras le hablaba de él, del verdadero motivo de su nombre, que es un secreto para la casa.

—Hoy viniste temprano.

—¡Estaba aburrido! —Yuri se sentó en un banquillo y me miró a través de su largo cabello dorado que ya necesita un nuevo corte. El pequeño heredero de la fortuna de los Plisetsky era, en ese momento, un niño bastante arisco y con dificultad de seguir los modales.

Lilia siempre felicitó eso de mí. Dijo que no costó nada educarme.

—¡Vamos a cabalgar! ¡Quiero ir ahora más lejos! —Yuri exigió, como si fuera siervo de su propio hogar. Yo solo asentí con una sonrisa en el rostro.

—¡Vaya que has crecido, joven Yuri! —Esa voz.

Recuerdo claramente la sensación de ahogó que me embargó en ese instante.

—Y tú también, Yuuri. Ya eres todo un hombre.

Víctor llegó esa mañana de primavera con su sonrisa blanca y sus ojos celestes iluminando las caballerizas. Con un saco largo, elegante y gallardo, atravesó la puerta para abrirme los brazos y yo no pude negarme a la invitación. Corría para recibirlo. Corrí e hinqué mi rostro en su pecho mientras sentía a mi corazón explotar. Los dedos de Víctor acariciaron mi cabello hasta soltar la cola que sujetaba mis mechones largos y luego acunó mi rostro para enmarcar mis mejillas. Y, cuando me di cuenta, estaba secando la primera lágrima que derramaba por él.

Tenía dieciséis años.

—Qué hermosa bienvenida… —dijo.

.

.

.

—Gracias, amo Víctor —agradece Anna, inclinándose al tomar mis manos y llenando de besos mis nudillos—. Gracias por salvar a mi hija y mi nieto.

El llanto del niño de Eloisa aplaca mi cansancio. Después de un duro trabajo de parto, La mujer sonríe y llora al escuchar a su hijo llorar al reconocer la vida. Es un niño robusto, de buen ver. Lo he limpiado con los paños que la nodriza me ha entregado para encargarme de este trabajo. No es mi primer parto, ni tampoco será el último, la medicina es una pasión que llevo ya casi en la sangre. La sonrisa de todos en la casa, felices por el nuevo retoño, me aprieta el alma con felicidad.

Lo hemos logrado. Hay una nueva vida, hay una nueva oportunidad. Todo ha salido bien.

—No tiene nada que agradecer, Anna. Ha sido un placer.

Abandono la estancia apenas puedo porque necesito ya un descanso. A pesar de haber lavado mis manos y mi rostro, el olor a la sangre aun está impregnado en mi piel. Subo las escaleras y encuentro a mi madre de pie, al final de ella, con su rostro contristo. Puedo reconocer las arrugas que el tiempo le ha dejado en su piel.

No es mi verdadera madre, pero me ha criado como una. Con vehemencia, fe y cuidado. Ha sido estricta, pero correcta y ha buscado dar lo mejor por mi y por mi padre, al que ama. No obstante, en sus ojos puedo ver la decepción, se pueden palpar desde la distancia. Y eso crean un peso invisible sobre mis hombros.

—Ya he terminado madre, el niño ha nacido con bien. Mañana deberán llevarlos al hospital para que verifiquen que todo esté en orden con ambos. —Ella sujeta el manto sobre su larga pijama. Aprieta sus labios y mira a un lado—. Ahora volveré a la habitación —informo—, con Yuuri.

—Yuuri ya no está allí.

Me detengo. Un impulso me hace girar el rostro hacia ella, quien me niega la oportunidad de verla.

—¿Dónde está Yuuri? —Ante mi pregunta, ella calla—. ¡¿Dónde está Yuuri?! —insisto al tomarle del hombro. Ella levanta su rostro airado.

—Debí haberlo enviado con Samuel para ser latigado por su perversidad, ¡pero no puedo porque lo amo como a un hijo más!

—No puedes hacer eso… —le advierto. Mi voz baja hasta convertirse en un susurro peligroso—. No es culpa de él, yo lo amo y he deseado esto, lo he deseado desde muchos años, madre.

—Esto es pecaminoso, ¿piensa matarnos a ambos por culpa de su concupiscencia?

—No tienen que morir si no lo desean, hagan oídos sordos y ojos ciegos a esto y vivan su vida sin más.

—¡Víctor!

—No estoy dispuesto a abandonarlo, te lo advierto madre.

La suelto para tomar las escaleras de nuevo y regresar a la primera planta. Voy a buscar a Yuuri, necesito hacerlo. Sin embargo, me detengo cuando escuchó la voz de mi madre, mucho más dura que nunca.

—Tu padre no soportara esto…. ¡Lo matarás del corazón cuando se entere! ¿Acaso cargaras con la culpa? —Ella alza la voz atorada. Está llorando—. No puedes ser esto, no podemos aceptarlo. La familia necesita y un heredero y tú eres el único que puedes dárnoslo. Cumple con lo que es el deber de la familia. ¡Cásate y ten hijos! No me importa si luego te escondes para yacer con hombres, con mujeres, ¡con yeguas! ¡Pero debes cumplir con…!

—¡Lilia!

Palidezco. Mi madre voltea ante la voz de mi padre y yo me petrifico en las escaleras cuando lo veo salir con un arma cargada en sus manos.

—¿Qué ocurre? ¿Qué ha sido este alboroto?

La lluvia sigue, la tormenta no acaba.

—¿Qué es lo que ha hecho mi hijo?

Mi madre se encoge. Sus manos aprietan más el manto, mientras el cabello largo, con canas visibles, caen por sus hombros. Suena un trueno a lo lejos. Luego nos acaricia el relámpago con su luz.

Yuuri… ¿dónde está Yuuri?

.

.

.

En Otoño volvió a irse. Cuando las hojas ya abandonaban los árboles, Víctor tomó otro carruaje y partió rumbo a Prusia. Los señores estaban orgullosos de él, aunque al dejarlo partir, no olvidaron pedirle que tenía que buscar a una compañera. La familia necesitaba herederos, solo así podría mantener el apellido y su fortuna. Aquel momento que lo escuché, sentí un dolor en mi corazón.

El tiempo pasó, así como las estaciones, el flujo del viento y los cambios de la luna. De nuevo, volví a extrañarlo. Cada conversación de sus largos viajes me impulsaba a pedirle que me llevara con él, para ver los nuevos horizontes, los nuevos mares. Su sonrisa quemaba a mis retinas, aún en el recuerdo.

Pero, como era de esperarse, la señora Lilia empezó a llevarme a celebraciones donde siempre había jóvenes doncellas. Muchas de ellas se acercaban a mí y me tocaba bailar con ellas, aunque me interés fuera nulo. Todo con el permiso de ella.

—¿No te ha gustado alguien? —una vez preguntó, en el desayuno. El Señor Yakov había preferido no bajar y solo yo la acompañé en la mesa—. Antonella parece muy interesada en ti. —Ella era una jovencita que trabajaba para la cocina. De piel canela y ojos negros, siempre sonreía al verme llegar a caballos tras la supervisión de los linderos.

—No, señora Lilia. No me ha gustado nadie.

—Ya estás a la edad de formar a tu familia. Me encantaría si pudiera ser aquí. —La señora Lilia, a pesar de su rostro forrado de seriedad, en sus ojos pude notar el amor que me tenía—. Cuando tu corazón te indique quien es la mujer, no dudes en decírmelo.

Diecinueve años tenía. Todo lo que deseaba era volver a ver Víctor.

Esa tarde del final del invierno, me dirigí con Yuri a las fronteras de la finca, donde el río corría con calma y algunos cristales aun se formaban en las ramillas del helecho. Sacudí la crina de Vicchan cuando bajé de su lomo y vi al pequeño joven Yuri hacer lo mismo con su corcel Potya, de colores negros y blancos que caían manchando su pelaje, otro sangre pura con el que solía practicar polo., él nuevo deporte que tenía a los ingleses eufóricos, en especial a la reina Victoria.

Era una mañana fría. La niebla ocultaba la visibilidad, así que tenía que cruzar el río para asegurarme que las marcaciones estuvieran en su lugar. Yuri, con su cabello recogido a lo alto, largo hasta la espalda, solo me miraba. Mi pelo apenas tenía el largo de un puño.

—¿Entonces quieren casarte ya? —dijo con desanimo, quedándose del otro lado mientras yo cruzaba con el agua sobre mis pantorrillas forradas de cuero. Al llegar al otro lado y caminar unos metros más, conseguí las marcaciones tal como debían estar—. ¡Es una pérdida de tiempo! ¿Para qué tenemos que casarnos? Atender a mujeres… ¡puaj!

—Eso lo dice ahora, joven Yuri, porque es apenas un niño.

—¡Por supuesto que no! —gruñó, apoyándose en el tronco de un árbol cercano—. ¡No me casaría nunca! Suficiente tengo con la nana que no deja de pelear por si como, por si no. ¡Imagínate! —expresó con teatral fastidio—. El profesor Georgi no deja de hablar de cómo sufre por esa chica, ¡no deja de hablar de eso! ¡Me aburre!

—Me imagino…

Yuri comentó todo lo que Georgi le decía y los poemas que había escrito para esa mujer a la que considera el amor de su vida. Se quejó porque se suponía que, como tutor, debería hablar de los grandes literarios ingleses, pero todo lo que hacía era hablar del desamor y la desdicha. Sentí las palabras muy cercanas, como si mi nostalgia hiciera eco.

Regresamos sobre nuestros caballos, cabalgando suavemente mientras Yuri seguía reclamando por lo aburrida de las clases y su deseo de entrar a la milicia y ser un soldado. Su abuelo, por supuesto, estaba en contra de ese sueño e intentaba persuadirlo. Yo veía difícil el que pudiera lograrlo.

Y ocurrió. A la distancia, pude ver a la carroza llegar a la casa y mi corazón saltó y rebotó en mis costillas. Estoy seguro de que el aire atrajo el aroma de su perfume porque no dudé un segundo en apresurar a Vicchan para que aumentara el trote y llegar allí. Yuri gritó, exclamó que a donde iba a tanta velocidad, pero ni siquiera me detuve a pensarlo. Vicchan corrió y yo sentí el viento golpeándome el rostro, secando el sudor y enfriando mi euforia. Para cuando llegué, Víctor estaba en la entrada de la casa siendo recibido por una feliz Lilia recibiéndole vestida con un hermoso vestido olivo.

Al detener el brío de mi caballo, sentí mi corazón seguir corriendo por la colina. El aire tardaba en llegar a mis pulmones y el calor tenía erizada mi piel. Víctor se giró. Venía vestido con un abrigo negro y largo, su cabello estaba más corto que cuando se fue, apenas rozaba su espalda alta. Suelto y despeinado, una sombra de barba copiosa ya llenaba su cara. Pero era él, y esa vez, solo nos dimos la bienvenida con la mirada, como si tuviéramos temor de alzar la voz.

Como si diera miedo el calor que nos llenaba el alma.

.

.

.

El despacho de mi padre se abrió. Las velas son encendidas y la ventana ruge ante el paso del viento de aquella tormenta. Mi madre ha callado tras cerrar la puerta y yo estoy de pie frente a su escritorio, mientras mi padre por fin suelta el arma, azotándola sobre la madera.

Ahora es en sus ojos que veo la furia y la vergüenza. Más que el miedo y el dolor de mi madre, notó en él una ira tan letal que temo por la vida misma, la mía y la de Yuuri. Entiendo que no puedan comprender lo que existe entre nosotros, pero tampoco puedo arrepentirme de lo que he hecho. Ni de todo lo que le he amado, ni de todo lo que le he esperado. De ninguna palabra dicha en todas las cartas, ni de ninguna confesión hecha a su oído cuando le poseo. No, no me arrepiento de nada.

—No voy a aceptar esto —dice mi padre apenas se sirve un vaso de whisky y lo bebe, así caliente—. ¡No voy a aceptar esto!

—Entonces me iré con él —respondo con firmeza y los ojos de mi padre empequeñecen y se afilan. Él acaricia el arma aun sobre la mesa, en una silente amenaza—. Me iré con él y no volveremos si eso desean.

—Para eso querías llevártelo en primer lugar…

—Para eso volví, sí. —Le aseguro. Mi padre sonríe de medio lado. Bebe del vaso y luego lo estrella hacía mi espalda, partiéndolo en cientos de pedazos. Mi madre suelta un grito sobrecogido.

Mi padre descansa su espalda sobre el respaldo. Yo me mantengo firme.

—Estoy muy cansado como para tolerar tu indecencia. Si vuelves a decir semejante blasfemia yo mismo mataré a ese chico para acabar con tu locura.

—¡Ni se te ocurra! —grito.

—¡Lo haré!

—¡Tendrás que matarme primero!

—¡No me obligues a hacerlo! —dijo al levantar el arma.

—¡Atrévete a int…!

—¡No! —Mi madre se pone frente a mí, abrazándome para protegerme con su frágil cuerpo. El arma de mi padre nos apunta y yo me siento sobrecogido mientras ella aprieta a mi cuerpo—. ¡No mates a nuestro hijo! ¡A ninguno! ¡Por favor…!

Hay silencio en el despacho. Los relámpagos ahora aparecen iluminando los objetos en los libreros, los libros que hemos coleccionado juntos, los regalos de algunos amigos cercanos y el cuadro de mi madre y hermana, al lado del nuestro como nueva familia.

Mi madre sollozo sobre mi camisa aun llena de manchas de sangre por el parto. Mi padre baja el arma y nos mira a ambos, ahora sí, con el dolor a herida abierta.

—¿Qué clase de monstruo crees que soy, Lilia? ¿Qué clase de monstruo podría ser para matar a mi hijo? —La voz de mi padre se debilita ante cada sorbo de pena—. ¿En qué clase de monstruo quieres convertirme, hijo? ¿Acaso no comprendes a lo que te expondrás? —Levanta la voz—. ¡Lo que provocarás sobre todos nosotros! Te perseguirán y te matarán, ¡a ti a él!

El miedo los impulsa. El infierno al que he dejado de creer les susurras mil aberraciones y provoca su presencia en este lugar. El ver a mi padre llorar y suplicar perdón a la imagen de mi madre por haber fallado en mi crianza, se convierte un castigo aun más aterrador que cualquier descrito en el apocalipsis. Hacen que me sienta en el mismo averno, con toda la desesperanza que él trae consigo.

—Cásate —suplica mi madre, apretando mi camisa en medio de su suplica—. Cásate ante la sociedad, ten hijos… solo pedimos eso, después has lo que quieras.

—¿Me pides que tome en matrimonio a una mujer y la engañe fingiendo que la amo?

—Te pido que te salves a ti y a él…

El susurro de mi madre me eriza la piel como un viento helado. Me siento en este momento desnudo, porque cuando ella me suelta y se endereza, como si fuera la única capaz de salvar a la familia del derrumbe, enfoca sus ojos verdes sobre mi padre y produce la sentencia.

—Celebremos un baile donde nuestro hijo escoja a la mujer más tonta, con la que pueda casarse, tener hijos y acostarse con quien quiera.

De ninguna manera Yuuri podría estar de acuerdo con esto. Ni siquiera yo lo estoy.

.

.

.

La llegada de Víctor trajo alegría a los señores de la casa. No tardaron en hacer fiestas para recibirlo con todo el entusiasmo, ni de recibir visitas de familias acaudaladas con jóvenes prometidas que miraban a sus ojos azules con admiración. Yo moría de celos. Víctor era amable con ellas, en las fiestas las sacaba a bailar y les hacía conversación, mientras yo me sentía externo. Sabía lo que la señora Lilia buscaba. Entendía que era el camino correcto que Víctor debía tomar, pero este deseo que crecía en mi interior era más grande que mi razón y me hacía tener pesadillas donde Víctor se iba de mi lado para siempre. Donde envejecería para verlo feliz en otros brazos y tendría que conformarme con unos ajenos.

Estaba enamorado… y el amor era como las gotas de un rocío mojando mi boca reseca. Se sentía como la arena caliente tragada pensando que era un manjar. Estaba enamorado de Víctor y era incorrecto, era blasfemo. El Dios al que había agradecido la vida ahora recibía mis preguntas de porqué había sobrevivido. Me alejaba lo más que podía para no hacerle sentir mi pensar, para no transmitir mi desosiego ni hacerle participe de lo que deseaba. En los paseos al campo que hacíamos con su padre, el señor Yakov, me mantenía detrás, solo mirando su espalda balancearse por el movimiento de su caballo negro.

Hasta esa tarde nublada que Víctor llegó a las caballerizas mientras alimentaba a Tornado. Me sonrió desde el pórtico.

—¿Vamos a pasear un rato? —dijo con su voz suave. Mis rodillas habían empezado a temblar—. He extrañado los paseos contigo.

Lo seguí en silencio por la pradera, sobre Vicchan, con el corazón desbordado de ansias. Estuve a su lado en un trote bajo mientras él comentaba de sus viajes, de sus encuentros, de sus aventuras. Esa tarde hablamos bajo un árbol hasta que la noche cayó y fue necesario regresar. Se repitió los días siguientes como una necesaria reunión entre dos amigos. Víctor me miraba con una dulzura que cobraba intensidad y me hacía sentir mareado. Me sonreía con amabilidad y mi estómago daba un salto. Pero al encontrarme en ese nivel de intimidad con él, fue imposible no abrir mi corazón. Él me abrió y logró encontrarme. Lo hizo como cuando era niño y me rescato de la muerte.

—Noté que me estabas evadiendo —dijo esa tarde, mientras escuchábamos el río correr y nuestros caballos descansaban—. Lo estabas haciendo, ¿cierto?

—Lo lamento. —Y realmente lo lamentaba, pues estaba disfrutando tanto de su presencia aun si guardaba el fuego en mi garganta, que me pareció en ese momento insulso mi esfuerzo por alejarme.

—¿Por qué lo hacías? —Los dedos de Víctor se acercaron a mi rostro, obligándole a verme. Algunos mechones de su cabello claro habían escapado de la cola y su sonrisa era pequeña, intima—. ¿Por qué si cuando eras un adolescente no dejabas de estar detrás de mí?

—¿Por qué no te acercaste antes? —solté con voz trémula. Sentí el escalofrío en mi nuca cuando sus dedos soltaron mi cabello y se alborotaron mis hebras negras con el viento de la primavera.

—Porque pude entender la razón de tu distancia. Ya lo sé, Yuuri. —Sus manos acunaron mi rostro y mis labios temblaron—. ¿Está mal que sienta lo mismo…?

Lo besé.

Saboreé sus labios. El impulso se hizo dueño de mi cuerpo y sus manos acariciándome me dieron permisos para continuar. El miedo se esfumó en un instante. El tiempo corrió como las aguas del río que estaba de testigo en este encuentro. Solo fueron besos, pero fueron muchos; los suficientes para que nada volviera a ser igual.

Lo amo, sí, lo supe cuando miré sus ojos tan cerca y sentí su sonrisa acariciar mi rostro. Lo supe cuando mis ojos se llenaron de lágrimas y sus labios no tardaron en besarlas al caer. Lo supe y dolió.

Cada tarde después de esa, salíamos a escondernos bajo el mismo árbol para besarnos. Al regresar a la cena, veíamos a sus padres y fingíamos que no había más. Las miradas que nos lanzábamos sobre la mesa, mientras la señora Lilia hablaba de las nuevas doncellas, eran de cómplice delito. Para ti resultaba tan sencillo, pero yo tenía pesadillas pensando en el momento en que fuéramos encontrados y juzgados por nuestro pecado. Me costaba dormir, no dejaba de comer. La sensación de ahogo se hacía parte de mi cada vez que nos encontrábamos en la mesa y fingíamos demencia. Se sentía como enloquecer.

Si tan solo pudiera alimentarme de tus labios y de tus manos como aquellas horas perdidas bajo el árbol, frente al río, todo hubiera ido bien. No obstante, mi corazón fue débil y mi cabeza no pudo soportarlo más.

Maldigo la noche que te dije no más.

Maldigo la imagen de tu rostro forrándose de dolor ante mi rechazo.

Maldigo el día que te dejé ir sin palabra alguna, con la tristeza ejerciendo un viaje entre nosotros.

Lo maldigo, porque tardaste ocho años en volver.

.

.

.

Continuará…

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

4 comentarios sobre “El último baile (Parte I)

  1. el relato es precioso, estoy muy sensible por dicha razón puedo sentir el tormento y le dolor de ambos 😦 me ha encantado pero necesito saber más! que sucede

    Me gusta

  2. Mujer como osas hacerme eso …osea necesito saber en que culmina este martirio, si logran estar juntos, si yuuri desaparece de su vida, si se muere ahhhhhhh

    Me gusta

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea tu sitio web con WordPress.com
Primeros pasos
A %d blogueros les gusta esto: