Inexistente. 6


Adicto

“Llegará la luz y no la querrás apreciar”

   Yuuri había cambiado lugar con su padre y ahora era él quien se encontraba en shock

   Yuuri había cambiado lugar con su padre y ahora era él quien se encontraba en shock.

   Ni los abrazos fuertes de su madre y hermana, ni la mirada llena de arrepentimiento de su padre le hicieron regresar a la realidad.

    Todos aquellos que siempre le atormentaron, alumnos y maestros, ahora debían estar muertos. Aquel pensamiento era el causante de nada más que indiferencia.

   Viktor…

    El peliplata regresaba a su mente. Dejando de lado aquel beso recibido horas antes, el peliplata fue quien se quedó en la escuela, quien le ordenó que se fuera a casa y quien predijo que no lo reprenderían.

“Quiero conocer al verdadero Viktor”

   Recordó su petición. ¿Entonces aquel incidente fue la respuesta a aquellas palabras? ¿Se trataba de una simple coincidencia? Peor aún …¡¿Le había ocurrido algo a Viktor en ese incendio?!

    Su cuerpo se llenó de adrenalina e importándole muy poco su preocupada familia (que aún se recuperaba del duro golpe al creer que lo habían perdido), los apartó y salió corriendo de su casa.

   Corría por las alborotadas y oscuras calles de su vecindario. Podía escuchar las voces de sus familiares siguiéndole, intentando alcanzarle y hacerle entrar en sí, pero era inútil, ni siquiera comprendía lo que decían.

   Escuchaba sus pasos, pero no sabía a dónde iba. Podía escuchar su corazón lleno de temor, pero no sabía a qué le temía.

   El humo a la distancia, las luces de ambulancias y bomberos, la entrometida gente que curioseaba incluso a metros de distancia.

   Buscó con su mirada desesperada al peliplata, pero no lograba divisarlo entre la ola de gente.

   Viktor: su mente había sido totalmente dominada por él. A Yuuri nada le importaba, absolutamente nada: ni su familia, ni su escuela aún con algunas llamas tratando de ser extinguidas, ni el recuerdo de aquellos pobres infelices que ahora eran polvo, ni su pasado, ni su presente, ni su futuro.

   ¿Qué tenía ese peliplata que lo había vuelto tan loco por él? ¿Fue ese beso? ¿Fue el apoyo tan grande que le brindó? ¿Fue el haber estado en el momento más crítico de su existencia? ¿Fue el haberle salvado la vida? ¿Fue la manera tan dulce en la que lo veía?

   Ese chico era como una droga para el azabache, lo necesitaba, vaya que lo necesitaba. Su alma suplicaba por verlo y saber que se encontraba bien.

   El motivo del incendio en su centro educativo y las vidas ahí perdidas le importaba poco o nada. ¿Por qué debería preocuparse por ellos? ¿Por qué debía preocuparse por su familia?

   Saliendo de su pequeño transe, se percató de que estaba caminando en dirección al bosque, aquel que en el pasado le causaba escalofríos, y ahora era el único lugar que le brindaba tranquilidad. La gente curiosa y las abrumadoras luces habían desaparecido.

   Sus padres ya no estaban detrás de él, debió perderlos en algún punto del camino.

   El frío de la noche acariciaba fuertemente sus mejillas. El sonido de sus pasos sobre las ramas parecía el soundtrack de alguna película de terror. Sus puños permanecían cerrados, como si contuviese ahí toda la preocupación que sentía en ese momento y que estaba a punto de enloquecerle.

   Que Viktor se encontrase entre las víctimas de aquel incendio era una idea que no podía soportar. Perder a esa persona que ahora era su único motivo para sonreír, no, la vida no podía ser tan injusta y desalmada.

   Como si el destino se compadeciera de su calvario, escuchó entre el silencio de la noche aquella voz que tanto anhelaba.

   —¿Qué haces aquí pequeño? Creí decirte que debías ir a casa.— Giró su mirada rápidamente y se encontró con el ruso.

   —¡Viktor!—Corrió, abalanzándose sobre el nombrado, sintiendo un alivio que superaba la barrera de humanamente posible—. Creí que te había ocurrido algo…y yo…

   —I’mokayLe escuchó mencionar con una sonrisa.

   Yuuri solo podía abrazarle, con su rostro restregado en su abrigo debido a la diferencia de alturas. Percibió aquel aroma a rosas que desprendía y sintió que la vida regresaba a él.

   —Yuuri~ vamos a tu casa, es demasiado tarde. Mañana te espero en nuestra casa del árbol—. «Nuestra» ¿había escuchado bien?

   El avergonzado azabache se separó y asintió con la mirada baja.

   —Okay~—exclamó el peliplata y tomó la mano de Yuuri, ya no su muñeca como en anteriores ocasiones, ahora tomó su mano, entrelazando sus dedos.

    Yuuri sentía que toda la vergüenza del mundo estaba teniendo una reunión en su corazón, y el mayor pareció notar esto ya que le dedicó una mirada divertida.

   —Siento tu corazón en mi mano, late muy rápido—seguido de esto, dio una pequeña risita y continuó caminando.

   —L-lo siento…

   El bosque comenzó a perder densidad y al frente se pudieron apreciar de nuevo las luces de ambulancias y bomberos.

   Por un momento había olvidado que su colegio se había incendiado. Se sentía culpable por lo que pensaba, pero su único sentimiento al respecto fue «Ya no tendré que ir a esa escuela más» ligado a un sentimiento de gran alegría.

   —Ve a casa Yuuri y abrigate bien, hace frío—mencionó con un tono más que dulce, embriagante.

   El nombrado estaba a punto de sacar su sonrisa boba y completamente hipnotizada por el contrario, pero recordó aquel pequeño e insignificante detalle: Viktor había estado en su escuela horas antes del incendio.

   —Viktor …¿tú iniciaste el fuego?—preguntó repentinamente, volviendo a la seriedad y dejando de lado aquellos sentimientos típicos de un adolescente enamorado que comenzaba a manifestar.

   El ruso no pareció inmutarse con la pregunta, en su lugar continuó mirándole con una sonrisa y se acercó a su rostro, depositando un extraño beso en su mejilla, tan cerca de sus labios que casi rozaba la comisura de éstos. Un beso que no reflejó ternura, sino picardía y hasta se podría decir que lujuria.

   Sin previo aviso, el japonés huyó del ruso, tal y como lo había hecho horas antes.

   Estaba lleno de vergüenza, pero ésta se esfumó al ver a sus padres, aún buscándole.

   Había sentido de nuevo aquel abrazo lleno de preocupación de su madre, aquellas caricias llenas de aprecio de su hermana, aquella mirada llena de arrepentimiento por parte de su padre, pero no podía sentir nada.

    Aquello que solo unas semanas atrás añoraba con locura, ahora no le importaba en lo más mínimo. Era como si una gruesa capa se hubiera implantado en las paredes de su corazón y nadie pidiese atravesarla, solo un chico de azules ojos.

   La preocupación de su familia no le generaba los sentimientos que él esperaba: no estaba agradecido por recuperar su «aprecio», estaba furioso, furioso por aquel acto de hipocresía. Fingir que no había ocurrido nada en el pasado y olvidarse de todo el daño que le habían ocasionado no tenía nombre.

   Aún tenía aquellas heridas frescas, aún sentía el dolor en ellas al recordar lo vacío que se sentía previo a la aparición de Viktor, y lo poco que le importó a aquellas personas que ahora lo buscaban incesablemente.

   Ellos creían que él estaba muerto, por eso volvieron a tratarlo como humano.

   ¿Acaso debía morir para finalmente obtener lo que se le negó en vida?

   No quería verlos, no soportaba estar cerca de ellos. Su interior solo clamaba por una persona: Viktor, el nuevo dueño de su mundo, la única persona que quería a su lado, la única persona que no le causaba repulsión.

   —¡Aquí estás!—escuchó una desagradable voz familiar detrás suyo: Mari—. ¿Por qué te fuiste de esa manera? Por favor no vuelvas a hacerlo, no sabes lo preocupados que nos tenías. Vamos a casa.

   Descarada, hipócrita, es lo único que circulaba por la mente del azabache, pero sus labios permanecieron sellados, no merecía sus palabras, ni ella, ni nadie más.

   Ambos hermanos caminaron hacia los oficiales, quienes estaban siendo abordados por sus padres, tratando de encontrar a su hijo «perdido»

   —¡Mamá, papá, lo encontré!—ambos voltearon rápidamente y su madre volvió a abalanzarse sobre él, con los ojos hinchados y rojos de tanto llorar.

   —¡Yuuri no vuelvas a irte de esa manera!

   Yuuri no correspondió el abrazo, es más, ni siquiera hubo algún rastro de expresividad en su rostro.

   —¿Podríamos irnos a casa? Quiero dormir—mencionó con inferencia ante la lamentable imagen de su progenitora.

   Los tres le miraron anonadados y después de unos segundos Toshiya, su padre, asintió.

   Los tres se fueron del lugar, con el sonido de fondo de los padres de aquellos bastardos llorando su pérdida, música para los oídos del Yuuri, quien en ese breve camino, no dijo ni una palabra.

   Llegaron a su hogar y sin previo aviso, el azabache se fue a su habitación, sin al menos dedicarle una mirada a su preocupada familia.

   En el transcurso a su habitación pudo escuchar a su padre tratando de calmar a su madre.

   —Tranquila, debe ser el impacto del momento—mencionó, claramente refiriéndose a su comportamiento.

   Ojalá hubiera sido eso.

   Cuando por fin tuvo la puerta de su habitación en frente, escucho ciertos gruñidos detrás suyo: era Vic-chan, quien no había tenido cambio alguno en su comportamiento, seguía odiandole.

   Yuuri ya no le dirigió esa mirada llena de tristeza que solía darle a quien fue su mascota, ahora era una de completa indiferencia.

   Entró a su recámara sin pensarlo más.

   Recordó aquellas palabras de su padre, no, no estaba impactado por lo sucedido, no estaba traumado ni mucho menos triste o compadecido por ello, se sentía tan aliviado que quería reír.

   Vio su reloj en la pared: 12:56 am. Vaya que era muy tarde, pero no era algo que le importara, el tiempo había dejado de tomar importancia desde aquel día en el que puso una soga en su cuello, dispuesto a saltar a su muerte.

   Vio su espejo en la esquina de la habitación, señalando un punto exacto, caminó hacia él, viendo su reflejo poco a poco.

   Comenzaba a sentirse adormilado, pero con una dulce sensación en todo su ser.

   Vio su mano, con aquellas heridas en su puño que ahora sanaban correctamente gracias a Viktor y pudo recordarlo: las humillaciones, las lágrimas derramadas, las noches llenas de miedo, todos esos sentimientos matadores que destruyeron su alma. Los verdugos que lo habían torturado por tanto tiempo (o al menos la mayoría), habían dejado de existir.

   Había una guerra, eran ellos, o era él, alguno debía dejar ese mundo, y al final, fueron ellos, no él.

  Por sus ojos pasaron los rostros que sus agresores debieron tener cuando el humo se hizo presente, los gritos que debieron soltar cuando las llamas entraron en contacto con sus pieles, sus rostros después de ser consumidos por el fuego, deformes y asquerosos. Ya no serían más los chicos lindos, los más guapos, los más populares, todo eso ya no importaba nada, pues ahora solo eran una masa sanguinolenta, deforme y vomitiva.

   No pudo percatarse de cuando sus labios se curvearon en una sonrisa, que hasta cierto punto, era sádica.

   —Me pregunto si me estoy volviendo loco …—dijo para sí mismo, seguido de esto, soltó una risa fuera de toda cordura.

   En su interior habitaba una sensación desconocida, completamente desconocida pero que no le desagradaba.

   Comenzó a reír todo lo que pudo, hasta que su estómago comenzó a doler.

   Las imágenes de sus profesores llenos de terror le sacaban suspiros llenos de dicha.

   Por un momento se imaginó a sí mismo siendo parte de esa escena, solo para ver el sufrimiento de todos en primera fila. Ahora eran ellos los que lloraban, los que sentían su ser ardiendo, los que morían por el dolor, los que suplicaban que todo se detuviese, ya no era él, ahora eran ellos.

   La escena fue tan lúcida que se preguntó si no estaba soñando. No, estaba muy despierto, pero para nada centrado en la realidad.

   Dirigió su mano hasta sus labios, recordando el primer beso con Viktor, y el segundo muy cerca de sus labios. Su sonrisa perdió sadismo para llenarse de timidez, una timidez inocente.

   La manera en la que su relación con Viktor había avanzado tan rápido, podría deberse al momento en el que ambos se conocieron.

   Yuuri estuvo a punto de desaparecer físicamente, pues psicológicamente ya había sido desaparecido por los que lo rodeaban.

   Una mente solitaria se aferra a la primer persona que le de esa caricia de alivio por la que su alma tanto suplicaba. Yuuri se aferró a Viktor cómo quien se aferra a una roca después de caer al río, se aferra a eso para poder sobrevivir.

   Viktor ahora era todo su mundo ¿por qué? Lo sabía, lo sabía muy bien, pero no quería exteriorizarlo, sabía que Viktor le ofrecía un escape de su realidad.

    Prefería estar con aquel chico que había despertado en él esos sentimientos tan extraños, sentir esos besos que le hacían dudar pero que eran como un droga, prefería dejarse llevar por el aroma a rosas de Viktor que pensar en todo eso que siempre le atormentó:

«Agradarle a los demás»
«Dejar de estar solo»
«ser popular
«tener novia»
«no estar soltero»
«tener amigos»
«ir a fiestas»
«casarse»
«tener hijos»

   Todas esas preocupaciones que la sociedad te impone como una condena, todo eso había sido destruido por un hermoso chico de ojos azules.

   De niño, cuando en los recesos era destinado a ver como los demás jugaban y se divertían, mientras él se limitaba a solo observar, cuando sus compañeros le hacían comentarios que traspasaban su piel y se clavaban directo en su corazón, cuando su familia lo abandonaba, cuando el mundo se ponía en su contra: solo pedía un amigo.

   Pedía ese alguien que llegara y le hiciera compañía en los recesos, que le defendiera de los demás abusadores, que le diera un abrazo cuando sus padres lo abandonaran, que estuviera a su lado cuando el mundo se tornara oscuro.

   Tal vez lo había encontrado.

   Yuuri estaba demasiado alejado de la realidad. Comenzaba a sumergirse en ese mundo en el que Viktor le había incluido.

   Y cuando una mente está ilusionada es capaz de olvidar hasta las cosas más misteriosas.

¿Cuáles eran las intenciones reales de Viktor?

¿Cuáles eran las intenciones reales de Viktor?

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