Inexistente. 3


Recuerdos

La ruidosa alarma emitía su irritante sonido, indicando que los párpados del azabache debían abrirse.

   En su mente, esa fábrica que producía los pensamientos y las emociones diarias comenzaba a trabajar, produciendo ansiedad en abundancia, miedo y soledad.

   Pero una rutina necesita un cambio de vez en cuando.

   Extendió su mano y silenció el abrumador sonido.

   Un día nuevo comenzaba, un día nuevo destinado a fracasar. Pero el pobre chico tumbado en su cama pudo sentir que esta vez era diferente, ya no dolía, ya no sentía aquella sensación ácida en el estómago al pensar que había tenido la desdicha de despertar.

   Desde que expulsó todo su dolor en lágrimas que murieron en el abrigo de Viktor se sentía mucho más liberado.

   Sin embargo, la libertad no era sinónimo de felicidad, aún se lamentaba de estar vivo, pero ya no penetraba en su alma de aquella manera tan salvaje como llevaba haciéndolo por años.

   Se dispuso a ver la hora en su ya conocido reloj: 12:21, no era tan tarde.

   Miró al techo de su milimétricamente ordenada habitación, pensativo.

   Cada mañana sus pensamientos consistían en analizarse a sí mismo, tratando de sumar aquellos defectos que tenía, o tratando de saber que debía cambiar de su personalidad para ser aceptado. Pero esa mañana no.

   Viktor había penetrado fuertemente en su mente y la había colonizado por completo.

   Era extraño, lo había conocido hacía menos de 24 horas, pero ya sentía un fuerte vínculo hacia él.

   Una vez una de sus compañeras de clase mencionó:

“Jamás seas amable con un antisocial o no te librarás de él

   Tal vez tenía razón.

   Viktor fue la única persona con la que, por un momento, se sintió humano, no un ser inexistente a quien todos ignoran, el problema estaba en que ahora no dejaba de pensar en él.

    Aquellos sentimientos le desconcertaban, eran totalmente nuevos y desconocidos.

   Aún mantenía el recuerdo de esa tarde que pasó con Viktor, sin nada más que llorar en aquella casa del árbol donde lo llevó. No olvidaba lo amable que fue en acompañarle a su casa ya caída la noche.

   Lo que sí había olvidado por completo fue que al llegar a casa sus padres ni siquiera se molestaron en regañarle por lo ocurrido esa tarde, simplemente lo ignoraron.

   Abandonó su mente para levantarse y encaminarse al suelo, donde recogió el uniforme que había votado la noche anterior. Comenzó a vestirse y tomó su mochila, con el mismo interés y entusiasmo del día anterior.

   Bajó hasta la sala, de nuevo estaba desierto. Fue hasta la cocina, encontrándose con otro plato de comida en ella, ni siquiera se molestó en ver la nota está vez, solo se dirigió a la puerta y salió de su casa.

   El escenario en el exterior era el mismo que el día anterior, era como si todos sus días se repitieran de nuevo.

   Caminó, pero esta vez sus pasos eran mucho más lentos, parecía que sus pies no quisieran llevarlo hasta ese matadero donde sería el primero en la fila.

   A pesar de su poco entusiasmo, divisó rápidamente el edificio producto de sus pesadillas. Dio un gran suspiro, y las imágenes de lo que le esperaba se manifestaron en su mente: sus compañeros charlando y riendo, haciendo comentarios hirientes sobre él para animarse, los profesores omitiendo inclusive su nombre en la lista de asistencia, pues sabían que siempre asistía, sus compañeras riéndose de él y usándolo como el ejemplo perfecto del chico con el que jamás saldrían. Toda una tarde de tortura.

   Pero una imagen interrumpió su futuro calvario: Viktor, aquella casa del árbol, y aquel bosque que llevaba tras de si muchas advertencias.

   Sin pensarlo dos veces dio media vuelta y se fue corriendo del lugar. No iría a esa escuela de nuevo.

   Caminó temeroso por el desolado bosque que lo llevaría hacia una tarde de tranquilidad, eso claro, si todo salía bien

   Caminó temeroso por el desolado bosque que lo llevaría hacia una tarde de tranquilidad, eso claro, si todo salía bien.

   El cielo, a diferencia del día anterior, estaba lleno de sol e irradiaba alegría.

   Su mente estaba en blanco, era como si sus piernas tuvieran voluntad propia y lo llevasen lejos de su miserable vida. Una mente que sabía que estaba haciendo algo mal, pero que prefería vivir en la ignorancia.

   Habría consecuencias para lo que hacía, pero prefería evitar el tema, su mente había desarrollado un escudo que impedía que las cosas que lo atormentaran llegasen a él. Su mente se había bloqueado. Lo único que pensaba era en el peliplata, a quien veía como la puerta de su libertad.

   Finalmente llegó a la casa del árbol. Elevó la mirada, observando que la pequeña puerta estaba cerrada.

   —Quizá Viktor no se encuentre ahí—susurró para sí mismo.

   Aquella casa le hacía esbozar una sonrisa y no era para menos: ahora tenía un lugar a donde ir, donde podría estar tranquilo. Su casa ya no se podía considerar como un hogar, ahora era tan indeseable como su colegio. Solo o acompañado, ahí se sentía a salvo.

   Subió las escaleras tambaleantes algo nervioso ¿nervioso por qué? Ni siquiera él lo sabía. Pero los latidos de su corazón retumbaban con fuerza en su cabeza.

   Llegó a la superficie y con un ligero golpe de la palma de su mano abrió la puerta, encontrándose con una agradable sorpresa.

   —Yuuri~—exclamó Viktor desde el interior de la casa del árbol—. Que agradable tenerte aquí de nuevo.

   —H-hola …¿puedo pasar?—preguntó el tímido azabache con la mirada baja.

   —ofcourse! Adelante—respondió alegre mientras dejaba en el suelo el libro que leía.

   Yuuri entró y mientras cerraba la puerta tras de sí pensaba en qué sería lo que le diría a Viktor, después de todo, aún no era amigos, tal vez él estaba tomándose muy enserio ese encuentro anterior.

   Tratando de pensar en lo que diría, sus ojos apuntaron al frente, viendo que a unos centímetros de Viktor había una foto peculiar en un marco. Ya tenía el pretexto perfecto para iniciar una conversación con él.

   —V-veo que trajiste cosas… esa foto no estaba aquí antes.

   —Así es. Es una foto de mi madre y yo.

   Yuuri se acercó y tomó la foto. Sintió un nudo en la garganta, un nudo lleno de tristeza y nostalgia. La foto mostraba a un Viktor de aproximadamente 13 años con su madre abrazándole, llena de amor y cariño hacia su hijo.

   Una muestra de amor materno tan bella.

   Los ojos oscuros apuntaron a Viktor, quien mantenía su sonrisa mientras le miraba. Aquellos azules ojos reflejaban una infinita felicidad.

   —¿Cómo se llama tu madre?

   —Lilia, se llama Lilia, y es una madre maravillosa.

   —Me alegra mucho, tus ojos demuestran lo mucho que la quieres.

   Imágenes que ocultaba celosamente en el baúl de los recuerdos comenzaron a salir de su subconsciente. Él alguna vez tuvo una madre así.

   Hiroko solía ser una madre tan cariñosa y cálida, una madre humilde a quien adoraban. Pero la ambición corrompe a las personas de maneras inimaginables.

   En cuanto la situación económica en su familia mejoró, la ambición corrompió las personalidades de su familia: su padre solo estaba interesado en mantener en la cima su negocio, del que se sentía más orgulloso que de sus propios hijos, su hermana comenzó a ir a escuelas privadas y se rodeó de gente seca y sin sentimientos a los que ella llamaba amigos. Y su madre… su madre… a ella comenzó a importarle las apariencias, el que dirá de la gente. Todos terminaron corrompidos.

    Pero todo lo que sube tiene que bajar. Las cosas estaba decayendo, y la situación económica estaba peor que nunca en su hogar, lamentablemente ahora todos veían en él al perfecto recipiente donde depositar su frustración.

   Viktor al ver al pensativo Yuuri se acercó e hizo un puchero exagerado, llamando su atención.

   —Cuando piensas algo que supongo es triste haces un puchero en tus pequeñas mejillas. —Seguido de sus palabras dio pequeños toques en la mejilla derecha de Yuuri con su índice.

   Aquella actitud infantil de Viktor le parecía tan adorable, tan peculiar que le hacía esbozar una pequeña sonrisa.

   —Alguna vez yo tuve una madre que me amaba …y me duele saber que de ella ya no queda nada—declaró el azabache, regresando el retrato ajeno a su dueño.

   —¿Eso tiene que ver con las razones que te orillaron a querer terminar con tu vida?

   —En cierta parte. Yo soy muy extraño. Tengo ese no sé que que causa que la gente no quiera estar cerca de mí. ¿Por qué? Yo nunca les trato mal, nunca soy grosero con ellos. Me preguntó de donde vendrá tanto odio hacia mí.

   Los recuerdos atormentaban a Yuuri, aquellos donde en preescolar, en la escuela básica, en la secundaria, en todos lados sus compañeros abusaban de él. Le pedían prestadas sus cosas para después robárselas o romperlas, le ponían apodos hirientes y humillantes y lo excluían de cualquier cosa que se hiciera en equipos o parejas.

   Los niños pueden llegar a ser sumamente crueles.

   —Son unos estúpidos—interrumpió Viktor—. No me imagino cómo alguien tan lindo y tierno como tú pueda despertarles tanto odio.

   Los ojos de Yuuri se clavaron en Viktor repentinamente. Le había llamado lindo y tierno, no sabía porque, pero pudo sentir en su rostro un calor intenso. Llevaba mucho tiempo sin escuchar palabras que no fueran despectivas hacia él, se sentía realmente alagado.

   No importaba si esas palabras habían sido reales o por simple cortesía, estaba feliz, vaya que lo estaba…

   Pero una persona insegura verá siempre el cielo oscuro.

   La paranoia arruinó aquel lindo momento, haciéndole pensar en las intenciones de Viktor ¿acaso planeaba burlarse como los demás? Sí…debía ser eso. Tanta amabilidad hacia él no podía ser normal.

   Se levantó rápidamente y con desesperación disfrazada de ira encaró a Viktor.

   —¡Dime de una buena vez lo que pretendes! ¡¿Por qué eres tan amable conmigo?! Si lo que deseas es engañarme y hacerme sufrir más que los demás te advierto que te será muy difícil.

   Viktor estaba sorprendido, y Yuuri no dejaba de temblar, contrastando con su tono de voz fuerte.

   —Yuuri mi intención no era hacerte mal interpretar las cos…

   —¡¿Acaso no te das cuenta de que yo soy inferior?!—le interrumpió, con lágrimas en los ojos y sus característica mirada clavada en el suelo, vaya que él era una verdadera persona inestable—. Tú no tienes razones para tratarme bien…

   El silencio matador se hizo presente. Viktor no decía nada y Yuuri tampoco se atrevía a mirarlo.

   ¿Qué estará pensando? ¿Pensará que soy patético? ¿Lo habré echado todo a perder?

   Los pensamientos en la pobre e insegura mente del azabache no cesaban, una idea paranoica tras otra, fomentada por aquel silencio que no estaba dispuesto a romper.

   Pero escuchó como Viktor daba un paso hacia él y tomaba su mentón, elevándo su mirada (una manía que pareció adoptar).

   —Aún no te conozco del todo, no sé nada sobre tu vida, pero puedo darme cuenta de que la has pasado muy mal, y esas experiencias te han hecho ser lo que eres ahora, lo sé porque yo también me siento muy solo. Cuando te vi, pensé que necesitabas un amigo, así como yo necesito uno. No sé porqué despiertes odio en los demás, pero en mí, solo despiertas cariño, es como si ya te conociera desde hace años.

   Retiró su mano del inmóvil azabache y éste solo le miraba, atónito ante aquellas palabras.

   —Y si te soy sincero—prosiguió—. Estuve aquí toda la mañana, esperando el momento en el que llegaras, porque quería pasar otra tarde contigo.—Ahora fue Viktor quien apartó la mirada, al parecer avergonzado.

   Esas palabras habían penetrado muy fuerte en el corazón destrozado de Yuuri. La sinceridad en ellas le hizo congelar, sus lágrimas retornaron y no parecían dispuestas a volver si no era para expresar felicidad.

   Y así fue.

   Comenzó a llorar, pero de una inmensa alegría, nunca antes había sentido que de verdad no estaba solo. Ya no lo estaría.

   Jamás podría olvidar esas palabras, pues Viktor había activado un botón en su interior, el botón de su confianza absoluta.

   —¿Rusia?—preguntó Yuuri algo sorprendido

   —¿Rusia?—preguntó Yuuri algo sorprendido.

   —Sí, soy de Rusia. Mis padres se mudaron aquí y no tuve más opción que venir con ellos.

   Ahora las cosas parecían tener un poco más de sentido: Viktor había dicho que se sentía solo, ahora sabía porque. Dejar tu país, todo lo que conoces, todas las personas que ahí conociste, buenas y malas, y llegar a un país extraño, con tradiciones totalmente diferentes, debía ser muy impactante.

   —Me imaginaba que eras extranjero pero no creí que el cambio fuera tan drástico. Debe ser horrible que te alejen de tu lugar natal ¿cierto?

   —Lo es, pero no me afecta demasiado, no dejaba nada atrás. Yo tampoco tenía amigos, eso me ponía muy mal, hasta que un día decidí terminar con esa tristeza. —El azabache pudo notar que la sonrisa de Viktor era muy peculiar, formaba un corazón cuando sonreía, le parecía tan extrañamente adorable que también sonrió.

   —¡Yuuri ya es de noche! Debes regresar a tu casa.—La sonrisa de Viktor se esfumó para darle lugar a la preocupación.

   La sonrisa del nombrado también murió. No le quedó de otra más que asentir.

   —Mmm….Ese puchero otra vez …¿En qué piensas?—preguntó Viktor, mientras se levantaba para tomar su bufanda.

   —No quiero regresar ahí … ¿No puedo quedarme aquí contigo?—La última pregunta había sido un pensamiento que se había colado por sus labios. Inmediatamente llevó sus manos a su boca, delatando que había dicho algo que no quería decir.

   Viktor rió y pensando como solucionar la situación, vio su bufanda.

   Yuuri se levantó de aquella pequeña banca de maders, resignado y avergonzado. Pero el peliplata le sorprendió cuando le colocó su bufanda.

   —Me temo que no puedes permanecer conmigo, debo ir con mis padres en las noches, pero toma mi bufanda, así no te sentirás tan solo.

   De nuevo aquel calor acumulándose en su rostro.

   —Anda, vamos—dijo con una sonrisa.

   —S-Sí…

   Ambos bajaron de aquella casa del árbol.

   El oscuro bosque comenzó a darle escalofríos, no podía creer que estuviera en el prohibido bosque, del que se decían tantas cosas. Hacia tan solo unos días, jamás habría imaginado pararse ahí.

   Pero el peliplata que tomó su muñeca y le ayudó a caminar, le hizo sentir una protección instantánea.

   Bastaron solo un par de minutos para que ambos divisaran el frente de la casa de Yuuri.

   —Bien, aquí nos despedimos pequeño.

   —Sí…—dijo el azabache, con el tono más animado que Viktor había escuchado.

   Pero el alegre chico cambio su ánimo al sentir algo cálido en su mejilla: Viktor le había dado un beso.

   —Nos vemos mañana, no lo olvides.—Le giñó el ojo y seguido de esto el peliplata se fue.

   Yuuri estaba demasiado abrumado con el calor en su rostro como para ver el rumbo que tomó el ruso. No sabía porque, pero una sonrisa involuntaria se formó en su rostro.

   Caminó a su casa, feliz por primera vez en mucho tiempo. Abrió la puerta y pensó que nada en esa casa le arruinaría su alegría… Tristemente se equivocó.

   Mientras caminaba a su habitación, obteniendo la nula atención de sus padres, se percató de cómo su hermana reposaba en las piernas de su madre y ésta acariciaba su cabello, tal como cuando Mari era niña.

   En ese momento toda la alegría que a Viktor le había costado sacar, se fue a la basura.

   Recordó a aquellos días en los que él también había permanecido así, recibiendo afecto por parte de su progenitora. Dolía, vaya que dolía.

   Subió a su habitación furioso y lleno de dolor, a tal extremo que se retiró la bufanda de Viktor y la lanzó al suelo.

   Se encaminó a su armario con lágrimas en los ojos y aquel nudo en la garganta que le impedía soltar su llanto. Buscó por aquel objeto que en el pasado había sido una de sus posesiones más preciadas: una foto con su madre.

   Una foto tomada en su último día de primaria, después de que ninguno de sus compañeros se dignó en despedirse de él y donde todos reflejaban su alegría al ya no verlo. Su madre lo abrazó en esa ocasión y su padre había capturado el momento, ese momento que ya no valía nada.

   Lleno de ira, miró la foto, una foto llena de mentiras y de nostalgia. Cerró su mano en un puño y golpeó aquella foto, rompiendo el vidrio del marco e hiriendo su mano, pero por supuesto no le importó.

   —¡Nunca más me harán daño! ¡Ya no estoy solo!—declaró, pisando lo que quedaba de ese recuerdo y con unos ojos que poco a poco comenzarían a perder humanidad.

   —¡Nunca más me harán daño! ¡Ya no estoy solo!—declaró, pisando lo que quedaba de ese recuerdo y con unos ojos que poco a poco comenzarían a perder humanidad

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