Tabú 29


Una fragancia nueva sobre mi almohada, el calor de un cuerpo que no conozco y la sonrisa desfigurada con nombre de mujer.

Jenny, Laura, Darah, Marie, Annie… no importaba quien, lo que me importaba era la mirada dispuesta a sumergirse junto a mí en los profundos abismos del deseo y, esa noche, había encontrado a la compañera perfecta, con la entrepierna dispuesta, con curvas suaves y con ganas de correr de un orgasmo a otro sin parar.

Cabello rubio y lacio que rozaba con timidez su cuello, ojos de cristal y mirada de niña perdida, me gustó desde el primer momento que la vi, sobre todo porque parte del flequillo cubría uno de sus ojos y ella no hacía demasiado por apartarlo. Me recordaba el flequillo de alguien más.

Me acerqué acechando al grupo de amigas con las que compartía una conversación cualquiera y di la vuelta para verla más de cerca. Ella me miró y sonrió, levantamos nuestras copas al mismo tiempo e hicimos un pequeño gesto de brindis. Tras la primera copa me presenté y ella me miró poco sorprendida, esa actitud solo hizo que mi animal interno despertara sus ganas de clavar los colmillos en su fino cuello.

Un wiski más y bailamos, un poco de vodka y la tomé de la cintura, algo de tequila y salimos al balcón a conversar sobre perfumes, ella era el nuevo rostro que escogió Vitto para el lanzamiento de su última fragancia con toques de pimienta. Otras tres o cuatro copas y no recuerdo qué más sucedió y no es que haya borrado las escenas, sino que estas se superponían una tras otra sin ningún orden en mi cabeza.

Solo sé que ella bailaba a contraluz en la ventana de mi habitación y yo terminaba de quitarme el pantalón y los interiores a prisa y me sentaba al borde de la cama esperando que esa dulce muchacha se convirtiera en una verdadera fiera.

No tuve que esperar demasiado porque el momento que su diminuto vestido cayó sobre la alfombra su espectacular figura caminó buscándome, moviendo con suave ritmo las caderas y haciendo gorjeos especiales con la garganta que elevaban la presión dentro de mis venas.

Se puso de cuclillas y todavía llevaba puestos los grandes tacones delgados, sus cálidas manos se posaron sobre mis rodillas y sus mejillas acariciaron mis piernas. Fue un contacto demasiado directo, ella fue al punto de inmediato, sin más dilaciones, tal y como esperamos los machos que hagan las buenas hembras, sin reclamar juegos, sin besos tiernos, sin palabras apasionadas. Solo deseo y cópula sin más calor que el del cuerpo, sin más entrega que la propia piel, sin nombres, sin promesas y sin reclamos.

Una perfecta jineta que sabía cómo ajustar las riendas desbocadas de mis instintos, que jaló las cuerdas a su antojo y las soltó cuando menos lo esperaba. Experta sobre mi ardiente montura, sin mucho escándalo y pocas sonrisas. Solo quería el fuego del instante y en la mañana se iría dejando una leve huella en el cenicero y el perfume de su sudor que con las horas desaparecería de mi cuerpo.

Reclamé mi postura de centauro y la tomé como los monstruos mitológicos tomaban a las vírgenes del sacrificio, reclamando su gesto de placer y temor, escuchando con regocijo sus quejidos y sintiendo el aroma de su dulce néctar invadiendo el aire. Cerré un poco los ojos y de inmediato su figura se transformó, su rubio cabello cobró más brillo dorado, sus ojos de cielo se convirtieron en dos bellos medallones de jade, sus duros y hermosos senos desaparecieron a mi vista y las delicadas curvas de su cintura y caderas se convirtieron en escarpadas rocas.

La mujer sin nombre desapareció ante mis ojos y en su lugar un pequeño duendecillo travieso cobró vida, un duendecillo rubio de mirada felina que me desgarraba con su malévola sonrisa. Apreté mis caderas con la fuerza de mis ganas insatisfechas y mi carne vibró con particular tensión dentro de mi invitada. Pero ella se hizo humo ante el recuerdo y el apetito por el chico que dormía en la habitación de en frente, que tal vez escuchaba nuestro escándalo y que se estaría preguntando una vez más porque su hermano era un perro furioso que llevaba hembras desconocidas a su refugio.

Seguro estaría molesto por la mañana y solo contestaría mis preguntas con monosílabos, odiaría una vez más mi libertino proceder sin saber que era por él que me atrevía a invitar un par de veces a la semana a Esther, Claudia, Katyusha, Euvgina, Mirna y no recuerdo más. Ellas me ayudaban mucho a buscar un camino que me alejara de su piel de manzana, ellas eran el mejor refugio donde podía reforzar las cadenas de mi monstruo lujurioso y evitar que mis deseos de hombre lo buscasen en mitad de la noche ingresando como viles ladrones a arrebatar su castidad.

Esas bellas damas de las que solo recuerdo las sonrisas me permitían sacar la legión de condenados que vivían en mi mente y los redimían por algunos días. Yuri ignoraba que, si no hacía eso, si no invitaba de forma constante a las señoritas a mi cama o a un hotel pequeño con pocas estrellas, mis manos y mis labios nos condenarían al infierno de un amor corrupto e inicuo.

Tenía tanto temor de hacer realidad mis fantasías, que lo mejor era dejar mis ganas en los cuerpos de las bellas compañeras de ocasión y sin embargo, mi mente perfilaba una y otra vez cada línea del cuerpo de mi hermano, mis labios se posaban en cada poro, mi paladar gustaba todos sus sabores y mis dedos jugaban con cada pedacito pudendo de su prohibido cuerpo.

Yuri… mi dulce pecado, podía caer en él infinitas veces sin sentir culpa ni arrepentimiento porque solo se hacía carne en mis fantasías inmundas, solo cobraba realidad dentro de mis sueños demenciales. Lo había hecho mío tantas veces y en tantas formas, desde las más inocentes hasta las más viles, fue mío, solo mío sin haberlo manchado.

Por ese motivo, para mantener a mi hermano inmaculado sugería a las bonitas damas a disfrutar de una fiesta privada con este caballero, que solo las llenaría unas cuantas veces en la noche hasta estallar de placer sobre sus cuerpos imaginando que llegaba al efímero mundo del éxtasis dentro del cuerpo de su hermano.

Me fui quedando dormido entre los delicados brazos de la linda rubia cuyo peinado me recordaba demasiado al de Yuri y no recuerdo qué soñé. Cerré los ojos solo por un segundo y al siguiente los abrí de inmediato intentando entender por qué una mujer al borde de la histeria estaba gritando en mi habitación.

Anya mi aguerrida compañera, la única mujer que sabía marcarme el ritmo y que podía ordenar mi caótica existencia. La que comprendía por qué prefería fumar un cigarrillo después del sexo, la que esperaba con paciencia que decida qué traje ponerme para la fiesta. La que bañaba sus curvas con chantillí para que mi lengua las desnude y las disfrute.

Ella estaba parada en medio de la habitación gritando mi nombre, yo me senté de inmediato en la cama apoyando mi espalda desnuda sobre el espaldar y con la cabeza a punto de reventar de dolor.

«Anya… si pudieras bajar el tono marcial de su voz serías un ángel», pensé sin darme cuenta qué hora era, qué día de la semana o qué época del año.

Pero la preciosa no lo hizo y seguía gritando frases que yo no lograba entender, solo quería que se callara y me diera un minuto para reaccionar con propiedad. Anya tenía los ojos encendidos y su rostro mostraba un gesto de rechazo y dolor. Yo aún estaba medio dormido y hasta ese momento no entendía por qué tenía el rostro agrio y no relajaba sus hombros.

Cerré los ojos y froté mis párpados, Anya… ¿Qué hacía ella en mi habitación? Entonces las imágenes y los sonidos de la noche anterior volvieron a mí cuando noté que la piel desnuda de una mujer se deslizaba hacia el otro lado de la cama y que un delgado brazo jalaba las cobijas dejándome más expuesto que antes. De inmediato el vacío capturó mi cuerpo y como un niño pequeño busqué alguna estúpida explicación a mi predicamento.

—Anya… ¿por- por qué estás aquí? —¿En verdad dije eso? Qué estúpido dice eso a su novia.

—¡Porque vivo aquí maldito desgraciado, porque duermo en esa cama y porque se me dio la puta gana de llegar ahora! —Anya no bajaba su tono de voz y yo quería taparle la boca con un paño—. ¡Te envié varios mensajes anoche diciendo que llegaría hoy muy temprano, pero ni eso te importó! —Mi amada no paraba de alzar la voz debido a la indignación que seguro sentía en ese momento—. ¡¿Dónde tenías puesta la maldita cabeza Víctor?!

Mi mirada se concentró en el tatuaje de un puñal que estaba dibujado sobre el glúteo de la chica que también terminaba de despertar con el escándalo y asustada miraba la actitud iracunda de mi hermosa Anya.

La rubia era un corderito y mi amada era una loba defendiendo su territorio. Si a mi novia se le hubiera ocurrido golpear a la chica me imagino que habría terminado con una denuncia por intento de homicidio. Pero ella se paró firme delante de la cama y cuando la jovencita se levantó cubriendo con una de las sábanas su pequeño cuerpo solo la miró con furia. Pero su furia contra la muchacha no fue tan cruel como la que reservó para mí.

—Déjame que te explique. —Yo seguía diciendo frases sin sentido—. Amor por favor yo te voy a contar qué sucedió en verdad. —No tenía la menor idea de cómo iba a explicar mi infidelidad. Cómo demostrar inocencia el momento que las pruebas están frente a la mirada acusadora de la jueza.

—A ver idiota mírame a los ojos y dame una explicación interesante. —Anya me miró desafiante, sus cejas estaban mucho más juntas y sus puños cerrados me hablaban de la rabia que sentía en ese momento y yo solo me aferraba a la sábana que cubría en parte mi pierna—. Y piensa en algo que sea creíble, algo que me haga entender por qué metiste una golfa a nuestra propia cama y por qué tienes el celular apagado. Hasta eso te hubiera alertado que yo llegaba y tal vez hubieras dispuesto de esa puta a tiempo.

La ocasional compañera que llevé a mi cama la noche anterior corrió al baño para vestirse y salió de él casi de inmediato y sin decir una sola palabra recogió sus últimas pertenencias, nos miró un segundo y corrió como una menuda ardilla que huye de algún gato furioso mientras mi Anya solo la observó con el rabillo del ojo. Luego volteó su mirada hacia mí en espera de mi explicación.

—Tú… estabas tan lejos y yo… tomé demasiado y no sé cómo… bueno si sé… las cosas se salieron de control… yo quería ser amable, pero… creo… —Anya me miraba incrédula y diría que hasta se divertía un poco al ver cómo intentaba encontrar las palabras para justificar mi estupidez y no las hallaba—. Creo que lo arruiné todo. Yo te extrañaba tanto…

—Víctor Nikiforov —Tiró su pequeño bolso contra el espaldar de la cama y se acercó como una fiera herida de muerte respirando con gran dificultad—. ¡¿De verdad te estas escuchando maldito canalla?!

—Anya sé que hice muy mal, pero… perdóname por favor… —Era un caradura, no quería que ella se alejara de mí, a pesar que mis sentimientos no se encontraban en la misma frecuencia que los suyos.

—¡No! ¡No te perdono… no lo voy a hacer! —Los ojos de Anya se llenaron de lágrimas y vi cómo su ira comenzaba a salir mojando sus mejillas.

—Anya solo dame una oportunidad… hablemos por favor. —Mi mente pensó de inmediato que, si ella no se quedaba junto a mí, me convertiría en el depredador que había estado evitando ser desde que Yuri llegó a mi vida.

—No. No… no te voy a perdonar… maldito desgraciado. —Calló y limpió sus lágrimas con el dorso de su delicada mano, aspiró el aire a profundidad y sus ojos me observaron con demasiada severidad—. ¿Y sabes por qué no te voy a perdonar?

Negué en silencio mientras el nudo que sentía en mi garganta, además de hacerme sentir un mal sabor, comenzaba a desatarse como hilos que cortaban mi vida y me provocaron las primeras lágrimas.

—Porque hasta hace media hora atrás te amaba con toda mi alma y hubiera dado todo por ti. —Dos gruesos lagrimones volvieron a mojar sus blancas mejillas y ella mordió sus labios como tratando de evitar las palabras que me diría a continuación—. Pero ahora que te veo de verdad, no me siento tan molesta ni tan herida… me siento decepcionada de ti.

Vi cómo apretó su pecho con las manos tratando, tal vez de frenar su acelerado corazón y la vi haciendo ese gesto de asco que muchas veces había hecho frente a alguno de sus ex que la saludaban por la calle.

—¡Te tenía en un altar Víctor! ¡Eras como un dios viviente! —Gritó con toda la potencia de la ira que en tan pocos minutos se había acumulado en su corazón—. ¡Ahora no eres nada más que un simple mortal, un horrendo mortal que ha sido capaz de traicionarme y podría tal vez entender tus razones y hasta intentaría digerir esta horrible escena, pero jamás, jamás voy a poder olvidar que eres un gran imbécil!

El ser que amas te puede hacer enfadar, te puede colmar la paciencia con algunas de sus costumbres y manías, te puede hartar si no te permite tener el suficiente espacio para seguir siendo tú mismo y, aun así, lo seguirás amando y deseando.

Pero todo cambia cuando el ser que amas te decepciona, cuando la imagen perfecta que tenías de él o ella se derrumba y por primera vez observas lo feo que se ve, lo tonto que parece, lo cruel y ruin que puede ser. En ese instante ya no puedes apelar a la ilusión porque ésta se desvaneció, no puedes argumentar que lo ves como un simple ser humano con virtudes y defectos, porque todo lo que amabas de él ha desaparecido y por más que te atraiga su rostro y su cuerpo, su sabor se vuelve soso y sus palabras pierden sentido.     

Eso le estaba pasando a mi Anya.

La había herido, la había manchado y sobre todas las cosas la había decepcionado. Ni todas mis palabras y promesas, ni todo mi encanto y esfuerzo, ni todas mis súplicas y lágrimas devolverían el estatus que tenía en su corazón. Así lo entendí mientras ella me miraba con pena, ella tenía pena de mí. Y yo solo agaché la cabeza, mi cabeza que me dolía más que cualquier otra mañana de resaca y lloré, lloré por Anya y lloré por mí. Lloré por ese amor a medias que nos dimos, porque en ese momento entendí que ella había estado enamorada de otro Víctor, uno que había construido en una parte de su mente de niña que soñaba todavía con el príncipe azul.

Qué patético debía ser Víctor Nikiforov en ese momento, era el niño que rompió el jarrón y se puso a llorar por su fechoría, esperando que se apiadaran de él y lo consolaran con un abrazo, con una promesa y un helado. Así debía verme en ese momento llorando como cachorro herido, cuando fui yo quien cometió el crimen.

Anya calmó su llanto a fuerza de aspirar aire, yo me puse en pie e intenté acercarme y tomarla de la mano y acariciar su rostro en un intento inútil por convencerla que todavía podía haber una historia de amor entre los dos. Pero ella me rechazó con una frase que me hirió.

—Víctor no te me acerques, apestas y por primera vez tu olor me da asco. —Su gesto era explícito porque volteó el rostro y se cubrió la nariz.

El rechazo fue absoluto, ella no quería decirme “anda Víctor date un baño, hueles a otra piel, no quiero sentir ese perfume barato”, como siempre califican las mujeres la otra fragancia para menospreciar a su rival de turno.

Lo que Anya me dijo fue “tu presencia, tu actitud y tu ser me dan asco”. Lo entendí y me sentí tan poca cosa frente a ella que era una guerrera y una diosa mirándome con desdén desde su altar. Me detuve, no, ella me detuvo y yo comprendí que era lo mejor.

—Anya cálmate debemos conversar. —Presentía que ya estaba por irse pues buscó con la mirada el bolso que había tirado con rabia hacía unos minutos atrás y yo estaba clavado en ese lugar tratando de adivinar si debía acercarme de todas maneras o era mejor esperar.

—¿De qué vamos a hablar? —Abrió sus manos a los costados y sonrió entre lágrimas.

—Todo esto estuvo mal y me comporté como un gusano; pero no puedo… no podría estar sin ti. —Lo que acababa de decirle era verdad. Perder a Anya desataría un infierno dentro de mí—. ¿Cómo puedo remediarlo?

Me miró de pies a cabeza, luego observó la cama sucia y sus ojos se posaron en una delgadísima correa que la modelo con la que pasé la noche había olvidado sobre la mesa de noche.

—Dame un millón… no, dame diez millones de dólares. —Anya reía y lloraba a la vez—. No sé si será suficiente para comprarme algo de la autoestima que acabo de perder. Pero tal vez pueda ayudarme a hacerme muchas cirugías que me hagan ver más bonita, más joven, con mejores tetas y me hagan sentir de nuevo deseada.

De inmediato entendí el punto. No solo había decepcionado a mi hermosa novia que no tenía por qué compararse con ninguna otra mujer, la había humillado al llevar a otra mujer al lugar que era solo nuestro.

Los dos quedamos en silencio un buen tiempo hasta que ella se acercó a la cama y tomó el pequeño bolso de cuero blanco que reposaba sobre la almohada, metió sus llaves, sus lentes y su espejo dentro de él y lo puso sobre su hombro.

—Voy volver por mis cosas uno de estos días Víctor, te escribiré cuando… —El tono de su voz bajó tanto que parecía que una niña pequeña me hablaba con pena—. Y por favor ese día no estés presente. No quiero verte.

Anya salió de la habitación sin volver la vista atrás, sin decir una palabra más y yo también me quedé callado porque no tenía más que decir. Miré mi cama deshecha, me vi en el espejo y ante mis ojos mi belleza de hombre desapareció de inmediato porque dentro de mi ser, no sé en qué parte exactamente, si en el corazón, en el estómago o en el cerebro se hizo presente uno de mis guerreros oscuros. Él sonreía a pesar del dolor, la amargura y la vergüenza que yo sentía. Allí en el fondo de mis sentimientos su sonrisa se abría para mí y me decía con descaro lo bien que se sentía al saber que la hermosa Anya se retiraba de mi departamento y de mi vida.

Me había comportado como un maldito despiadado y sin embargo respiraba con tranquilidad y no me quedaba ganas de seguir sintiéndome más miserable de lo que ya había sido minutos atrás.  Solo lo suficiente como para procesar todo ese aprendizaje y seguir adelante con mi vida, con mis problemas financieros, con mis planes profesionales y con mis sentidos encendidos por el chico que hasta hacía unos minutos dormía en la habitación del frente y que al escuchar los gritos de Anya y mi voz apagada con mis excusas ridículas, se puso en pie y apoyando los oídos en la puerta testificó el final de un amor que con mis acciones y mis deseos condené al filo de la hoja y vi morir esa mañana de finales de otoño.

Esa mañana en la que Anya llegó al aeropuerto luego que su proyecto adelantara su fin por falta de seguridad para los productores del documental. Luego que sus llamadas y su mensaje desaparecieran en forma misteriosa de la memoria de mi celular. Esa mañana infame en la que me encontró durmiendo junto a la piel de otra mujer y en la que yo me porté como un simple, común y vulgar hombre de mundo.

¿La iba a extrañar?

Alguien que comparte sus besos, sus días, sus sueños, su alegría y su tristeza, su tranquilidad y sus berrinches, alguien que te regala su mirada y te pone los pies en la tierra, a ese alguien se extraña y se recuerda por siempre.

Claro que la iba a extrañar.

Y aunque desearía muchas noches su calor y su perfume, también sabía que mis alas se extendían sin ella y que mi vista apuntaba en dirección a una sola presa. Desde el instante que Anya cerró con furia la puerta del departamento ya no existía excusas ni tampoco barreras para que yo rodee al joven tigre y lo acorrale contra los muros hasta vencer su resistencia.

Relamí mis labios mientras las últimas lágrimas de mi deshonor brillaban sobre mis mejillas y supe con miedo y con ansias que solo era cuestión de tiempo para que mis garras se incrustasen en aquella tierna piel.


Tras tomar un baño refrescante, salí envuelto en mi bata de baño y caminé rumbo al bar necesitaba refrescar mi adolorida cabeza y un buen trago matutino siempre suele matar la resaca o al menos esa es la leyenda que se cuentan los borrachos.

Cuando ingresé en la sala vi a mi presa, estaba vestido con una pequeña remera blanca y sus bermudas de muchos colores. Ver sus músculos marcados y el filoso hueso de sus caderas que quedaron expuestas por la pequeñez de las prendas elevó mi temperatura y alejó por completo las imágenes de la modelo con quien pasé la noche anterior y de mi ex novia herida que me hizo sentir miserable con sus lágrimas y con su dolor.

—¿Estás bien? —Yuri me observaba sin pestañar—. Qué pregunta ¿no?

Moví la cabeza en negativa y al pasar junto a él aspiré su aroma de niño malo, goma de mascar, perfume de océano en su sudor y almizcle. Mis manos y mis labios buscaban el trago, mi mente buscaba una explicación para entender por qué Yuri olía a sexo debajo de toda esa mezcla de aromas.

Mi cuerpo se erizó y más que nunca necesité de Anya en ese momento.

Notas de autor:

Antes que nada quiero agradecer por vuestro apoyo al fic. Es un tema difícil de tratar no solo por el contexto en el que se da la relación principal sino también porque las personalidades de Víctor y Yuri parecen contrapuestas, pero en verdad no lo son tanto. Por eso quería preguntarles: ¿creen que lleguen a unirse en la intimidad? y de ser así ¿qué pensarían de Víctor? Gracias por vuestras respuestas.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 29

  1. “Los placeres endulzan por breve tiempo y luego su dulzura se vuelve amarga” ,el sexo es el único escape que usó Victor para tratar de reprimir sus deseos prohibidos hacia su hermano pero la sensualidad echa lejos a la vergüenza y aleja de ser una digna persona humana para convertirse en una bestia vulgar .Odio en como se ha vuelto Victor y lo que hace para controlarse ,ahoras sus monstruos tienen el camino libre para hacer realidad sus más profundas fantasías.No quiero que lleguen a intimar pero supongo que las cartas no están a mi favor y tengo miedo de lo que les sucederá en el futuro,porque tal vez terminen por caminos separados.

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    1. Gracias por compartir tus sentimientos Lady, me ayuda mucho saber qué piensan y sienten los lectores y me ayuda a comprender mejor las elecciones de los personajes. Un saludo y gracias por leer Tabú.

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