Tabú 28


Traicioné a mi hermano y también mi juramento.

Mi cuerpo estaba al límite porque esa semana tuvimos prácticas continuas para los partidos que vendrían en la liga de colegios particulares y a diario tuve que ver a Vladimir en las duchas.

Él solo me daba una ligera mirada de reojo mientras pasaba delante mío con la pequeña toalla que cubría su cintura y exhibía su perfecto cuerpo titánico ante mis ojos insinuando sus deseos. Yo también lo miraba de reojo y sentía que la saliva llenaba mi boca recordando algún beso furtivo o algún toque inesperado.

Cualquiera hubiera pensado que Vladimir eran el platillo principal de mi menú de fantasías, pero apenas era un aperitivo exquisito y es que mi paladar tenía otro tipo de gustos.

La última práctica fue intensa, el disco voló por los aires y los golpes llovieron casi sin sentido; estábamos trabajando bajo presión y el entrenador Popovich no nos dejaba ni un solo segundo de respiro.

Creo que lo más molesto de esa práctica fueron esos idiotas que habían hecho un pacto para impedir que hiciera anotaciones. Ellos mismos me cortaban el paso y yo tenía que redoblar mis esfuerzos e inventar movimientos en busca del arco.

Y como no estaba dispuesto a ceder frente a esa jauría, controlé hasta el mínimo movimiento y anoté varios puntos, aunque con mucha dificultad y algunos rasguños de más.

Sin embargo, todo tiene un límite y éste llegó el momento que uno de los defensas se interpuso en mi camino y me hizo caer cerca del arco, no pude soportar más su interferencia y tiré mi casco a la pista.

—¡Qué carajo te pasa Milos! —Corrí hasta el bruto porque me había puesto cave y se suponía que él debía ser quien me ayudara a llegar al arco o me diera pases adecuados—. ¡Quieres pelear! ¡Aquí estoy maldito cabrón!

Puse el pecho y no me dio miedo enfrentar a un tipo que medía quince centímetros más que yo y se me acercaba amenazante intentado intimidarme con su mirada negra y sus cachetes inflados por la rabia.

—¡Aaaaalto! —Zhúkov por fin reaccionó y se interpuso entre los dos— ¡Te están midiendo Nikiforov! ¡Solo quieren que des todo de ti!¡Si no eres capaz de eso entonces lo mejor será que te retires y dejes que los demás sí cumplan en los juegos!

—¡No todo el tiempo estaremos cuidando tu trasero, niñita! —Orlof se acercó junto a dos de mis compañeros y cuando quedé en medio de todas esas bestias los miré sin miedo porque la sangre me hervía que no me importó si la práctica terminaba en una gran pelea.

Pero en el fondo tenía algo de temor pues pensaba que tal vez a alguno de esos brutos se le ocurriría empujarme y esa sería suficiente provocación para repartir puñetes y patadas por donde mejor se me antojara.

Vladimir se limitó a decirme un “no” moviendo los ojos, un par de movimientos de lado a lado de sus iris azules fueron suficientes para detenerme y permitir que me abriera paso empujando los enormes cuerpos de mis compañeros.

Tomé mi casco y la práctica continuó como también la situación, así que consciente que era yo solo contra todos ellos jugué mi propio juego, sin choques, buscando los espacios e imprimiendo más velocidad el momento que llevaba el disco y disparaba mis tiros al arco.

Bailé en la pista y es que, en ese entonces, mi cuerpo me permitía tener la agilidad suficiente como para evitar a todos los idiotas del equipo y entrar sin piedad en el área de tiro, correr sin límites por toda la extensión de la pista y burlar al meta en el arco. Ocho de doce puntos que intenté fue mi record de esa dura tarde de entrenamiento, además de algunos moretones en las piernas que no me importaron en absoluto porque ya estaba acostumbrado a ellos.

El agua caliente y el vapor esperaban por nosotros al final de la tarde, así que al vernos tan cansados Popovich nos contempló con satisfacción en la puerta de los vestidores y se limitó a felicitarnos, además de hacernos recordar que debíamos practicar más movimientos de ataque que de defensa.

Y como todas las tardes no hablé con nadie, tampoco me quedé en la pista esperando que se bañen y se larguen. En su lugar organicé mis libros y mis materiales en la mochila, también organicé mi casillero y pegué un nuevo sticker de la mítica Metallica que tocaría en Moscú dos meses más tarde.

Mientras estaba perdido en mis asuntos comprobé que Vladimir me miraba con insistencia aprovechando que los más tontos se habían quedado conversando en los vestidores y cuando levanté la mirada me hizo una breve señal con las cejas.

Conocía bien su simbólico lenguaje, sin decir una sola palabra y a seis metros de distancia me estaba invitando a verlo en el parque donde siempre me esperaba en el auto blanco de su cuñada.  

El ritual fue el mismo. Yo me bañaba y cambiaba, salía del colegio y tomaba el bus que me llevaba a la avenida Nauki y luego cruzaba algunas calles del distrito en patineta. Mientras él dejaba a los tontos en el cinema o en otro lugar y decía que su hermano lo estaba llamando de emergencia y me recogía en alguna esquina del Benoit Garden.

Miré mi reloj y llamé a Víctor para decirle que la práctica se había prolongado un par de horas más y que ya no iría a Nefrit sino que nos veríamos en casa. Él no insistió en recogerme del colegio como otros días y yo me felicité por haber pensado una vez más un perfecto plan.

Tal como lo había imaginado Vladimir me recogió en la esquina del lado oeste de la plaza. Al ver su carro descapotable salté dentro de él y de inmediato el techo se cerró sobre nosotros porque esa noche hacía frío.

—¿Dónde iremos? —Tomé su mano caliente con mis dedos fríos y dibujé sobre el dorso la palabra letra por letra, “mirador”.

—No —dijo con aire triunfador—. Vamos a un lugar que alquilé solo para los dos.

Me tomó de sorpresa y de inmediato pensé que me llevaría a un motel. Me asusté mucho, pero al ver su sonrisa de costado mandé al diablo mis miedos y me hice a la idea que esa noche dejaría de ser la princesa virgen y por fin sería un chico gay satisfecho.

Pero las sorpresas no terminaron para mí, ni terminarían con el paso de las horas. Vladimir condujo a un edificio de estacionamiento y paró el auto frente a una inmensa ventana del piso treinta por donde podíamos ver las luces de la ciudad.

Se quedó viendo a lo lejos mientras yo esperaba que en cualquier momento me follara en el asiento de atrás e imaginaba que sería muy incómodo para mí. Pero ya me había preparado en el baño del gimnasio siguiendo los pasos que debía tomar en cuenta para mi primer encuentro según leí en un artículo en un buen portal para jóvenes gay novatos.

Cuando Vlado volteó a verme, sus ojos tenían un tono que jamás había visto en ellos. Me pregunté si estaba alucinando o si sus párpados en verdad estaban húmedos.

—Yuri si los chicos te han presionado hoy es porque les conté que me voy el sábado a Moscú. —Vladimir llevaba el tono de voz demasiado grave y cansado—. La otra noche tu hermano llamó a mi cuñada, pero para mi maldita suerte fue mi hermano quien respondió. Los dos hablaron sobre nosotros y no sé exactamente qué le dijo tu hermano al mío. Cuando colgaron la llamada, Mihail llamó a mi padre pidiendo que me busque una vacante en el mejor colegio de instrucción militar de Rusia.

Sentí una intensa onda de temor que, como si fuera un fiero látigo, se estrellaba contra mi pecho y me dejó sin aliento. Víctor había hecho lo que jamás pensé que haría.

—¿Qué le dijo a tu hermano? —Sabía muy bien que si el Zhúkov mayor sabía que Vlado tenía algo con algún chico lo molería a palos. Yo no podía creer que lo estaba viendo entero en ese momento.

—Que te seguía haciendo bulling por el celular y que había notado cierto acoso sexual en mis palabras. —Él sonrió hacia el vacío.

—¿Qué te dijo tu hermano? —Por supuesto que tenía idea de las duras palabras que tal vez empleó para señalar un acoso homosexual.

—Nada. —No quiso sostener mi mirada.

—Dime qué pasó. —Insistí.

Sin decir una sola palabra se subió la camiseta hasta mitad de la espalda y me dejó ver las marcas rojizas y moradas que la atravesaban. De inmediato comprendí que los golpes fueron hechos por una gruesa correa y una dura hebilla. El hermano de Vladimir había soltado toda la fuerza del brazo contra su piel.

Mi mente quedó en blanco y mis dedos buscaron la marca de los dientes de Vlado que todavía tenía vida entre mi cuello y mi hombro. Recordé que la mañana anterior dejé que Víctor viera la evidencia de nuestros escapes clandestinos solo para provocar sus instintos y ver si hacía algo después de haberme dicho que me amaba y que yo le gustaba la noche anterior.

Sin embargo, mi reacción me sorprendió una vez más, mi mente estaba dividida entre dos sentimientos opuestos. No supe si debía sentirme feliz por la actuación de Víctor cuidándome como si fuera su propiedad o sentirme decepcionado por la forma rastrera cómo acusó a Zhúkov ante su hermano.

Después de ver que todavía las heridas estaban algo frescas me sentí miserable pues me pareció demasiado injusto que él fuera infidente con algo que debió quedarse solo en el ámbito de la intimidad que compartíamos Vladimir y yo. 

—Vlad… no sé qué decirte… yo. —Bajé la cabeza, me sentía avergonzado por lo que hizo Víctor mucho más viendo los ojos del gigante llenarse de lágrimas—. Me siento mal, mi hermano no debió…

—No lo culpes Yuri, yo también te cuidaría mucho si fueras mi hermano menor. —Vlad me miró con más ternura y sus dedos se enredaron en mis greñas sueltas—. Las heridas no me duelen, me duele más dejar el equipo y dejarte a ti.

—¿Quién entrará en tu lugar Vlad? —Los partidos de la liga estaban próximos y sin “el verdugo” estaríamos perdidos.

—Somos un equipo Yuri y por eso propuse que todos te presionen para que seas nuestra mejor carta y sorprendas a los rivales. —Vlad sonrió con pena y recién pude comprender porque sus chacales estaban tan desconcentrados en la práctica y tan molestos conmigo.

—Yo no podré reemplazarte Vlad… —le dije con toda sinceridad.

—¿Quién está hablando de un reemplazo? —Suspiró, secó sus ojos con el dorso de su mano y acercó su rostro hacia mi cuello aspirando mi perfume con todas sus ganas—. Solo quiero que seas tú en la pista.

El roce de su nariz sobre mi piel me estremeció de punta a punta y puse de lado mi cabeza permitiendo que la boca de Vlad acariciara mi cuello y subiera hacia mi mejilla, mientras mis manos apretaban sus pectorales desnudos.

Mis labios recibieron los de Vlad con desesperación y con cierta pena que oculté bien tras mi sonrisa. Nos probamos como si fuéramos dos niños hambrientos disfrutando de un delicioso pastel, gustándolo poco a poco y devorando sus migas sin dejar caer ninguna. Mi paladar probó de nuevo su sabor de canela y por un momento sentí que lo extrañaría.

Sin dejar de besarme Vlad inclinó los asientos y sus manos juguetonas una vez más buscaron tocarme por debajo de la remera, sostenía con sus fuertes manos mis cansados músculos y jugaba con sus dedos sobre mi piel. Cada terminación nerviosa reaccionó y de pronto sentí erizarme ante el paso de su palma sobre mi estómago. Su boca absorbía la mía sin prisa y jamás olvidaré que ese momento los acordes del teclado de Wolstelholme junto a la voz de Bellamy y “Madness” sonaban en la radio.

Dejé que Vladimir me ahogara con su lengua y sus ganas. Dejé que mi cuerpo se expandiera y no quise poner resistencia a sus dedos que aprisionaban mis pezones porque sentirme prisionero de los deseos de un hombre fue siempre el primero de mis sueños mojados.

Sus labios bajaron por mi mentón, se posaron sobre mi manzana y buscaron otra vez mi cuello. «Otra marca», pensé y sin embargo él siguió bajando. Era incómodo sostener esa posición así que en un par de movimientos se echó sobre su asiento y haló mi cuerpo sobre él.

Mi chaqueta voló hacia el timón y mi remera, como buena compañera, se fue junto con ella. Las manos de Vlado paseaban sin control por mi espalda haciéndome sentir cosquillas. Me excitaban hasta hacerme suspirar casi sin control.

Estaba dispuesto a ser suyo por completo, no me importaba nada más, ni las marcas, ni la rabieta de mi hermano, ni las miradas amenazantes del equipo, ni el adiós. Esa noche él sería mi amante y yo sería suyo. Esas pocas horas que nos restaban para estar juntos y en esos minutos que parecían volar con más prisa por fin sabría lo que se siente tener un hombre dentro mi cuerpo.

Nos detuvimos solo para abrir nuestros cinturones, bajar apresurados los pantalones y descorrer el velo de nuestras trusas para acariciar nuestros latientes, firmes y erguidos falos a fuerza de besos y deseo.

No había forma de ponerlo dentro de mi boca y tampoco hallábamos la manera que yo dé la vuelta. Él tomó mi polla y yo la suya y reímos un poco mientras jugábamos y las frotábamos el uno contra el otro compartiendo la oleosa claridad de nuestros jugos. Luego un beso y Vlad tomó los dos falos juntos acariciándolos con lentitud.

Gemí sobre su pecho, sus vellos y los míos se enredaron gustosos y yo puse mi mano sobre la suya para acelerar el ritmo. Otro beso profundo y nuestras caderas se movían al compás de la música que marcaba un ritmo candente, un ritmo que alborotaba mi mente y mi cuerpo.

Yo jadeaba presintiendo el final y el bufaba adelantando el suyo, combinación perfecta de pasión. Sincronía absoluta en nuestras manos, cinturas, lenguas, miradas, salivas, caricias, sudor y sexos. Éxtasis… llegamos juntos y vimos cómo el chorro del placer cubría nuestras manos.

Sin aire en los pulmones, con la piel afiebrada, con las frentes sudorosas y el temblor de nuestros vientres Vlad empujó con cuidado mi cuerpo hacia atrás y sentí sus dedos traviesos jugar entre las aristas de mi apretado agujero. Esa sería la noche y me puse a pensar en Víctor, en ese hombre que dijo que me deseaba mucho y que no me tocó conteniendo sus ganas toda una noche para no molestar a los dioses de este universo.

Mientras cerraba los ojos sintiendo la presión de las falanges sobre mi aterrada entrada, volví a ver los ojos de mi hermano esa noche que me apretó contra su cuerpo y que envolvió mis sentidos con su perfume caro y su aliento de alcohol. Lo deseaba tanto que estuve al borde de decir su nombre en medio de mis impúdicos afanes en el coche. Luego abrí los ojos para ver el brillo de la lujuria en los cálidos ojos de Vlad, no volvería a pensar en mi hermano, él no le arrebataría su momento a Zhúkov. El “verdugo del hielo” merecía ser el primero.

Sentí su dedo avanzar poco a poco dentro de mí y vi cómo su enorme falo se llenaba de nuevo y se movía exigente.

—¿Trajiste condón? —Recordé que debía ser un chico responsable desde la primera vez.

—Si —dijo y sus ojos se desviaron hacia la guantera.

—¿Lubricante? —No quería que fuera muy doloroso y esperaba que dijera que sí.

—Yuri no preguntes… está todo —dijo sonriendo con malicia y estiró su mano para sacar los condones.

Intentaba acostumbrarme a la sensación de invasión, había soñado con ella muchas noches, incluso yo mismo la ensayé varias veces… pero es tan distinto cuando es otro el que te provoca tanto placer.

Vladimir jugaba con su dedo cuando de pronto sonó un tono especial en el celular de Vlado, digo que es especial porque él no saltó y tomó el aparato de inmediato.

—Mihail… ¿qué pasa? —Vlad intentaba relajar su cuerpo y bajar el ritmo de su respiración y yo tuve que contener la mía para que su hermano no notara mi presencia y el silencio que se produjo en el coche permitió que escuchara la potente voz de Mihail Zhúkov.

Palabra por palabra lo oí decir a Vladimir que la práctica ya había terminado hacía un buen rato, que llamó a sus amigos y sabía que no estaba con ellos, que si estaba conmigo le diría a su padre que era un marica y finalizó su llamada con una orden severa.

“¡Tienes veinte minutos para estar en casa y no me importa dónde carajo estás! ¡Veinte minutos!”

Creo que ambos sentimos el miedo como un frío puñal ingresando por la nuca y deslizando su hoja por toda la espina.

—Ya voy.

Fue la escueta respuesta que le dio y tuvimos que deshacer nuestro abrazo y nuestros planes. Ambos tuvimos que entender que ese era el final. Vestidos y algo tranquilos nos dimos un último beso en ese estacionamiento con las luces de colores de la ciudad en el fondo y los puentes abriéndose a los turistas una vez más.

Encendió el motor del coche y antes de ponerlo en marcha Vladimir me hizo una confesión que jamás hubiera esperado escuchar.

—Yuri tal vez no sea mucho para ti lo que te voy a decir, pero… —Vlado dudó un par de segundos—. Gracias porque me ayudaste a entender que sí soy gay y… —Me regaló una triste sonrisa mientras acariciaba mi mejilla—. Es que me enamoré de ti y esté donde esté siempre te llevaré conmigo. —Subió la manga de su remera y en su abultado hombro vi tatuada la cabeza de un tigre con las fauces abiertas.

Mi pecho se achicó y lo volví a besar. Luego partimos a prisa en su auto y me dejó muy cerca de la estación Moskovsky para que pudiera tomar la ruta veintiuno y llegar a casa en poco tiempo.

Cuando bajé del auto le dije adiós con la mano extendida y la señal de la victoria en los dedos como solíamos hacerla luego de cada partido ganado. Nunca más volvería a ver el Nissan blanco perla y nunca más escucharíamos música dentro de él, nunca más probaría sus besos y no volvería a sentir sus manos recorrer mi espalda o mi cintura. Pero siempre estaría presente dentro de su piel y Vladimir siempre tendría mi recuerdo y mi aprecio porque fue el chico que me enseñó a besar y me permitió sentirme deseado y amado por primera vez.  


Al llegar a casa, agitado por haber ganado las calles a prisa con mi patineta y haber provocado un par de frenadas intempestivas a dos autos, me sentí un niño malo, mentiroso y sucio. Cómo miraría de frente a mi hermano si le había prometido no volver a ver a Zhúkov.

Llamé a Víctor un par de veces por su nombre, sabía que estaba en casa aún porque el equipo de sonido estaba encendido y la música se escuchaba en los parlantes de todo el departamento.

Ingresé a su dormitorio lo vi con la bata de baño a punto de entrar a la ducha, estaba probando una camisa sobre un par de trajes elegantes que descansaban sobre su cama. Me acerqué y topé su mano.

—¿Qué tal la practica? —Sentí cierto tono sarcástico y pensé que sospechaba o sabía que el entrenamiento había terminado dos horas atrás.

—Fuerte, tan fuerte que se canceló y tuvimos que salir antes de tiempo. —Quería adelantarme a alguna pregunta suya.

—¿Y por qué tan tarde en casa? —Víctor no me miraba, tenía los ojos concentrados en la camisa nueva.

—Me molieron y estaba muy enfadado así que vagué con la patineta hasta que se me pase toda la porquería que tenía dentro. —Le mostré mi canilla amoratada por un golpe que recibí en la tarde para que creyera mi coartada perfecta.

—¿No se te ocurrió salir con tu centro campista? —me dijo con mirada curiosa y acusadora, al mismo tiempo que sujetaba el secador de cabello.

Fruncí el entrecejo molesto, iba e empezar a hacer un berrinche, pero me detuve porque podría exaltar más sus ánimos y tal vez se le ocurriría revisar mi ropa y sentiría otro olor además de mi perfume.

—No, porque él se fue en su coche a despedirse de sus amigos. Nos dijo en la práctica que dejará la ciudad. —No quise pedirle ninguna explicación por su actitud inmadura y por delatar a Vlado frente a su hermano. Y aunque ganas no me faltaban de decirle que era un estúpido no lo hice porque también quedaría al descubierto, así que para desviar el tema de conversación le pregunté—. ¿Vas a salir?

—Tengo una invitación de Brandon para una campaña importante de una nueva marca de Vodka y sí iré a una reunión en su piso. —Víctor aún no se animaba con cuál de los trajes emparejaría esa bonita camisa de suave tono celeste que abotonaba con cierta prisa.

—Eso quiere decir que no cenarás conmigo. —Mi estómago pareció oír el comentario y sonó de improviso—. ¿Puedo pedir pizza?

—Ya traje un buen roastbeef que está en el horno. —Después de los pirozhkis de mi abuelo y el borscht, el roastbeef es el plato que más me gusta comer.

—El azul suave, elige ese —le dije señalando el traje de la derecha—. Ambos se complementan mejor y con esa corbata de rayas lilas quedará bien.

Víctor agradeció mi consejo y entró a tomar un baño.

Calculé que serían tal vez treinta minutos bajo la regadera, así que fui a ponerme ropa de casa y tiré el uniforme a la lavadora para que él no notara ningún aroma a macho alfa de diecisiete años sobre mi ropa endurecida.

Prendí el horno para calentar el rostizado, le di galletas y atún a Potya que reclamó mi cariño con fuertes maullidos y latigazos de cola sobre mis piernas.

Volví al dormitorio de Víctor buscando mi celular que no lo encontraba por ningún lugar, lo hallé cerca de su almohada y en ese momento vi el teléfono de mi hermano encenderse mientras seguía escuchando el sonido del agua en la ducha.

Lo tomé curioso y reconocí en la pantalla el rostro de Anya que le mandaba un mensaje desde el aeropuerto de Barajas. Le decía que la producción había terminado porque el gobierno de Brasil intervino en su documental y no les otorgó más permiso de permanencia en las reservas. Además, le decía que el equipo se trasladó esa mañana desde Sao Paulo a Madrid.

También escribió comentando que no podía seguir guardando el secreto y que por favor la recogiera en la mañana del aeropuerto pues llevaba consigo mucho equipaje. Le decía que lo amaba mucho y que durante las próximas siete horas no podría responder sus llamadas y le dejaba varios emoticones con besos.

Me quedé mirando el celular y recordé la espalda de Vladimir marcada por los fuertes azotes que le dio su hermano después que habló con Víctor. Entonces llevado por el enojo decidí hacer lo que consideré sería “justicia”.

Estaba seguro que esa noche Víctor llevaría una mujer al departamento después de la fiesta y que dormiría siquiera hasta las ocho o nueve de la mañana con ella. Anya llegaría a las cinco o seis de la mañana a Piter y una hora después estaría en casa.

Tomé el teléfono de Víctor y recordando la clave de desbloqueo que me dictó la última noche que llegó borracho, digité a prisa los números y letras sobre la pantalla y no dudé en borrar el mensaje y las notificaciones de todas las llamadas que le hizo la hermosa en esos minutos. Dejé el celular de mi hermano donde lo hallé y esperé que ella no volviera a llamar o escribir.

Sentí el olor del roastbeef y me apresuré en ir a la cocina a cenar.

Notas de autor:

Madness – Canción interpretada por la banda de rock alternativo independiente Muse perteneciente al álbum The 2nd Law del 2012.

En los siguientes capítulos Yuri moverá las piezas del tablero con resultados inesperados.

Gracias chicas por seguir la historia.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 28

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