Tabú 27


Estaba allí frente a mí. La prueba fehaciente de la falta que Yuri intentó cubrir en vano cuando observó mis ojos sobre ella.

Roja con bordes violáceos y ligera hinchazón de piel. Casi podía notarse los pequeños bordes de los incisivos que me mostraban cómo se habían abierto las fauces del depredador que en mi imaginación capturó a su descuidada presa en algún lugar apartado a la vigilancia del profesor Popovich.

—¿Qué pasó en tu hombro? —No podía apartar los ojos de la delicada curvatura entre el cuello y el hombro de mi hermano.

—Un golpe con el bastón. —Yuri tomó el vaso de jugo y caminó hacia el mesón de la cocina sentándose en una zona lejana a la luz de la ventana.

En forma instintiva me acerqué a él y jalé el cuello de su enorme pijama. —Desde cuando los palos de hockey tienen dientes.

El rostro de Yuri adquirió un tono más rojo del que ya tenía al inicio de nuestro pequeño incidente vespertino. Desvió la mirada y en forma brusca apartó mi mano de su cuello.

—No me jodas Víctor… —Era la primera vez que me hablaba de esa manera. Yuri podía decir ciertas palabras groseras, pero jamás las utilizó de manera personal conmigo—. Es un golpe y allí se queda.

Di la vuelta al mesón y me senté frente a Yuri. En ese brevísimo lapso el emperador de mis profundidades, aquel que atizaba con su tridente encendido mi hoguera, me provocó una vez más y toda la furia celosa de mi alma estalló en un solo comentario.

—Si estás pensando en tratarme como un gilipollas estás muy equivocado niñito. —Mis ojos encendidos por la llama de los celos no dejaban de observar el lugar de la evidencia—. Te sigues viendo con ese mastodonte y te estás jugando la expulsión del colegio.

Yuri agachó la cabeza y apretó el vaso con tanta fuerza que me pareció lo iba a romper entre sus manos. No tenía más argumentos para refutar el mío y tal vez debería haberlo dejado todo allí, pero como mi corazón estaba inflamado decidí aderezar mi comentario con algo más contundente.

—Si te expulsan del colegio, tendrás que conseguir tú mismo otro lugar donde estudiar porque no pienso mover un solo dedo si haces una burrada y malogras tu futuro. —Tenía que mostrarle quién mandaba en esa casa.

Yuri soltó una mirada tan enfurecida como la mía y no dudó en retar mi autoridad una vez más.

—¿Y tú me crees tan estúpido como para verlo en el colegio? —No sé si imaginar a mi hermano y ese mocito lleno de músculos fue el disparador de mi ira o fue la leve sonrisa que pude apreciar en los labios de mi hermano.

—Yura dentro o fuera del colegio te estás jugando tu trasero y si sigues con tus tonterías te voy a pedir que te vayas de mi casa porque no pienso soportar a un niño caprichoso, malcriado e irresponsable. —Ahora sé que fui demasiado lejos con esa sentencia.

Yuri se puso en pie y caminó enfurecido a su habitación. Por los sonidos que hizo sé que se cambió, tomó su mochila para ir al colegio y dejó la comida para su bonita bola de pelos. Con la misma energía negativa cruzó la sala en dirección a la puerta de salida.

—Voy a llevarte al colegio Yuri. —Tomé las llaves de mi auto y mi sacón beige dispuesto a salir.

—No gracias… no lo necesito. —Yuri no quiso mirarme como solía hacerlo todas las mañanas al despedirse.

—No te estoy haciendo una propuesta, te estoy diciendo que te voy a llevar al colegio. —No quería dejar ni un pequeño espacio para que mi hermano tuviera la oportunidad de ver al muchacho.

Pero Yuri era más duro de lo que yo pensé y en cuestión de enojos e ira, él era en definitiva el verdadero campeón.

—Vete a la mierda Víctor. —Abrió la puerta con fuerza y la cerró con furia.

¿Cómo iba a detenerlo?, ¿qué argumento podría usar para que me hiciera caso?, ¿de qué manera podría alejarlo de su compañero de equipo?, ¿cómo decirle a Georgi mi predicamento sin exponer a mi hermano al juicio moralista de mi amigo?

La única forma de detener todo ese embrollo era hablar con el hermano de esa mole de músculos y decirle que estaba acosando a mi pequeño hermano. Tenía todo a mi favor, quién iba a imaginar que un chiquillo de metro sesenta y cinco con tan solo cincuenta kilogramos y cara de ángel fuese un verdadero, tentador y malicioso hijo de Satán.

Tomé mi teléfono y escribí un mensaje a Georgi Popovich, pidiéndole en nombre de nuestra amistad el teléfono del hermano de Vladimir Zhúkov. Tal vez si movía mis piezas por ese lado podría ganar por fin el juego.

Después de tomar un baño que relajase mis adoloridos músculos y cambiarme a prisa para ir al taller, revisé la notificación del celular.

Tenía la respuesta de Georgi pidiéndome que vaya a hablar con él en persona y citándome para el mediodía del jueves. Pero también revisé la notificación de Yakov que me pedía alistar las maletas para viajar de emergencia a Malasia para resolver un problema con las dos fábricas.

Tuve que priorizar la segunda opción, así que dejé pendiente la reunión con Georgi.


Yakov fue contundente en su apreciación.

—Toda acción lleva una consecuencia Vitya y ahora lo ves, los trabajadores de las dos fábricas están exigiendo las mismas compensaciones que concediste a los de Bangalore y ahora sí que tienes muchos problemas porque la producción no podrá soportar esos sobre costos.

Cuanta verdad existía en las palabras de Yakov. Las dos fábricas estaban paralizadas y esa medida afectaría los envíos que debíamos cubrir a los distribuidores de los mercados de Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

—¿Qué me sugieres Yakov? —Esta vez haría lo que el experimentado jurista me indicase.

—Que me dejes actuar a mí y veas cómo se solucionan las cosas Víctor. —Me temía que las soluciones que plantease serían muy severas.

Tal vez llegaría a declarar la huelga como una medida atentatoria contra la empresa y que incumplía el pacto que mi padre firmó con los dirigentes solo un mes antes de fallecer. Tal vez denunciaría a los trabajadores y tal vez haría algunos despidos. Yo no quería soluciones tan drásticas por lo tanto avisté que se venían problemas severos que afectarían más a los trabajadores de las fábricas que a la empresa.

Sabía bien que si no hacíamos algo rápido la cadena de producción se rompería y tendría más problemas con los bancos acreedores de los que ya tenía, así que con todo el dolor de mi corazón decidí dejar todo en manos de Yakov y aprender algo de él.

Antes de partir llamé a Georgi Popovich del aeropuerto y le expliqué la delicada situación prometiendo ir a su oficina en cuanto regresara de viaje. Recogí a Yuri del colegio para decirle que lo llevaría unos días a casa de Lilia a quien pedí que me ayudara a vigilar a mi hermanito durante mi ausencia.

Yuri alistó su mochila con pocas prendas y subió todos los implementos de su gato al auto. Yo alisté una maleta con ropa de verano y mis documentos. El vuelo a Kuala Lumpur partía a la una de la madrugada por lo que Yakov y yo teníamos aún varias horas para hacer algunos arreglos más para el viaje.

Camino a casa de Lilia, Yuri y yo no nos dirigimos la palabra, él todavía seguía molesto conmigo y yo que me había olvidado del moretón en su cuello y de mi amenaza matinal solo tenía puesta la cabeza en el problema que tendríamos que enfrentar.

El momento que el auto ingresó al barrio donde vivía Lilia, el gato dejó de maullar en su jaula transportadora y Yuri dejó de mirar por la ventana, sentí que sus enormes ojos verdes apuntaron hacia mí y con voz algo suave preguntó.

—¿Vas a tardar mucho en Malasia? —Creí ver tristeza en su mirada.

—Serán a lo mucho seis días. —Calculé que no podíamos tardar más con nuestras gestiones para evitar que la producción se detuviera.

—No quiero que te preocupes por mí… hablé con Zhúkov y ya no voy a verlo más. —Miré de reojo la expresión de mi hermano y no podía creer que estaba cediendo ante mi actitud de adulto responsable y serio—. Te… lo prometo.

Paré el coche en la puerta de la casa de Lilia, miré a Yuri con el cariño que no podía ocultar más bajo esa máscara de la severidad que me había puesto en la mañana, acaricié sus suaves y perfumados cabellos y lo abracé con fuerza. Tenía que llevarme conmigo la forma que adquiría su cuerpo entre mis brazos y su aroma fresco que me enloquecía para llenar mis noches tropicales en la ciudad más importante de Malasia.

En respuesta Yuri no me abrazó, solo se dejó apachurrar contra mi pecho y relajó su delgado cuerpo. Besé su cabello y salimos del auto cuando Lillia encendió el foco que iluminaba la entrada de su casa.

Agradecí a todos los ángeles ese gesto noble de mi hermano que me permitía partir al sur para enfrentar un momento difícil y uno de los cruciales en mi camino como Director de Nefrit.

Tres horas después de todo ese ajetreo partimos a Malasia.

Instalados ya en el Ru Ma Hotel, uno de los mejores de Kuala Lumpur; Yakov y yo no perdimos tiempo. Un lujoso automóvil alquilado nos recogió de la puerta del hotel y se dirigió a la zona comercial de la ciudad. Salimos con bastante anticipación para enfrentar el demoníaco tránsito de la zona y llegar a tiempo a la cita. Saiful Devarajai era el nombre del hombre con el que nos contactaríamos esa mañana.

Cuando ingresamos al edificio donde se encontraban las oficinas de nuestro contacto, Yakov me explicó que era un abogado especialista en casos laborales y empresariales. Me dijo que él se encargaría de mover algunas piezas en el ministerio respectivo y solucionaría el caso en pocos días.

Las oficinas del abogado malasio se encontraban en el noveno piso de un edificio que mostraba cierta antigüedad y que conservaba la prestancia de un par de décadas atrás cuando fueron inauguradas. La buena iluminación de la sala de recepción y la distribución de los modernos muebles contrastaban con la decoración de la oficina de Saiful, en la que la oscuridad de los muebles de caoba predominaba con singular gusto y hacían juego con un par de sillones de cuero en exquisito tono marfil.

Luego de los saludos correspondientes el abogado nos invitó a sentarnos y fue Yakov quien habló todo el tiempo exponiendo el caso. El hombre, de contextura gruesa, lentes redondos que ajustaba todo el tiempo contra el centro de la nariz, vestido con una terno de color avellana y camisa oscura, con tres enormes mechones lacios que cruzaban toda su cabeza de un lado a otro en un intento por tapar su calvicie, simulando más seriedad de la necesaria, mostrando de vez en cuando sus dos incisivos de oro en una breve sonrisa y alisando su bigote ancho con los dedos mientras observaba los papeles que Yakov le mostraba; escuchaba y hacía breves comentarios o preguntas para aclarar temas puntuales.

Lo primero que hizo fue revisar el pliego de peticiones y reclamos de los trabajadores, lo segundo fue observar los documentos del pacto colectivo que firmaron con mi padre y lo tercero fue revisar un documento que la dirigencia firmó comprometiéndose a aumentar la producción y que había sido un punto de las negociaciones que no habían cumplido los trabajadores de la fábrica.

Tras observar los documentos el hombre se puso en pie, caminó leyendo los documentos, se acercó a su escritorio y buscó en sus gavetas un documento. Llamó a su secretaria y le pidió algo en su natal malayo, nosotros nos limitamos a observar la dinámica entre los dos. Cuando la joven regresó con una carpeta y una libreta, Saiful anotó algo en la libreta y se acercó con la carpeta a los dos.

—Señor Feltsman… señor Nikiforov estas son mis condiciones de trabajo, si ustedes confían en mí les aseguro que en las siguientes cuarenta y ocho horas tendré el asunto resuelto.

Lo primero que Yakov observó y leyó con sumo cuidado fueron las condiciones que el hombre establecía en el documento encarpetado. Era un papel en el que ambos le delegábamos todos los poderes para hacer las negociaciones necesarias con el fin de buscar la solución de la huelga. Cuando Yakov le entregó el documento de regreso con un par de observaciones que apuntó en él, el abogado nos mostró la libreta, en ella no estaba escrita una suma de dinero sino un porcentaje.

Yo no entendí, pero fue mi abogado el que negoció la cifra hasta que llegaron a un buen acuerdo. Después de una hora y media de conversación salimos de la oficina del abogado Devarajai hacia el hotel y fue el mismo Yakov quien me propuso ir a almorzar y descansar ese día.

—Nosotros ya no nos ocuparemos del asunto Vitya —dijo en tono más conciliador—. Así que solo vayamos a descansar al hotel y esperemos los resultados, este hombre es bastante serio y siempre consigue lo que se propone.

—¿Qué fue ese porcentaje anotado en la libreta? —le pregunté con cierta preocupación pues no había terminado de entender el asunto.

—Vitya, Devarajai se va a encargar de vender a un buen postor la fábrica, con ese dinero podremos repontenciar las dos fábricas en la India, tendrás la posibilidad de pagar gran parte de la deuda del banco y podrás usar el excedente en lo que desees. —Yakov mencionó cada palabra sin dejar ninguna duda.

—¿Vamos a vender la fábrica? Pero… ¿no pone en riesgo la producción? —No entendía a Yakov, se supone que habíamos viajado a sofocar un problema y no a ahondarlo.

—Cuando tu padre la compró yo le sugerí que la equipara con tecnología moderna que permitiera reducir personal, pero no pudo hacerlo… ya sabes él decía que los trabajadores dependían de ese puesto y que no encontrarían trabajo por lo menos en tres o cuatro meses. —Yakov me sorprendió mucho con ese comentario, estaba hablando de despidos y a decir verdad yo tampoco quería que eso sucediera.

—¿Esa venta podría afectar los puestos de trabajo? —Sentí algo de tensión en los hombros.

—Vitya en los negocios debes ser frío, porque nadie va a salvarte a ti en caso te hundas y no quieres hundirte ¿verdad? —Yakov mostró esa cara que todo abogado muestra, la verdadera, aquella que es fría y calculadora, pero que obtiene resultados inmediatos—. Porque no quieres que tus planes Nefrit fracasen, si llegaras a fracasar en el intento sabes bien que puedes levantarte sin problemas, eres un modelo cotizado y tienes a Angélica respaldando tu carrera y tu futuro siempre; pero Yuri… él sueña con manejar Nefrit y hacerla crecer y sabes… que el chico tiene gran potencial.

Cómo podía rebatir esos argumentos de Yakov. Él no estaba pensando en mí, tampoco en la negociación, mucho menos en sus honorarios. Lo que Yakov estaba haciendo era cumplir con la promesa que le hizo a mi padre, dirigir los asuntos de Yuri hasta que él tuviera la capacidad de desarrollarse por sí solo.

No fue una lección sobre negociaciones laborales lo que estaba aprendiendo en la lejana Kuala Lumpur; era la mejor lección de responsabilidad que como hermano mayor debía aprender si quería seguir guiando los pasos de Yuri.

Dos días después de la entrevista con Saiful Devarajai, el hombre nos presentó a los compradores de la fábrica, unos inversionistas chinos con los cuales apenas si pudimos comunicarnos debido a su precario inglés.

Firmamos todo lo que debíamos firmar, los hombres y la mujer que vestían con trajes oscuros de oficina transfirieron de inmediato el dinero y parte de éste fue directamente a las cuentas en el extranjero del abogado malasio. Un apretón de manos entre todos, unas sonrisas protocolares y el asunto terminó para nosotros.

Tenía el capital suficiente para comprar máquinas que automaticen más las fábricas de la India y el taller de San Petersburgo, además se sentó un precedente que les advertía a nuestros trabajadores en el mundo, que los directivos de Nefrit podrían llegar a buenos acuerdos con ellos o podían resolver el problema en un instante. Esa fue la lección que enfatizó Yakov.

Estando en el aeropuerto de Kuala Lumpur esperando el vuelo de regreso a San Petersburgo, escuché la noticia en el segmento económico de la CNN. La conocida casa de modas rusa Nefrit había vendido una de sus fábricas en Malasia al grupo de producción de prendas de vestir más importante de China, Hong Yun.

Al día siguiente que fue hecha la transacción comercial Xing Ming Sai, CEO del grupo declaró la huelga como ilegal, denunció ante las autoridades a los dirigentes del sindicato por no acatar el pacto que firmaron con los anteriores propietarios y pasó las respectivas cartas de despido al cien por ciento del personal.

La reportera que cubría la nota hizo algunas entrevistas a las decenas de trabajadores de la fábrica que con papeles en mano y llanto en los ojos no podían creer lo que les estaba sucediendo y protestaban a las afuera de la fábrica.

Yo me sentí tan desgraciado como esos hombres y mujeres que lloraban frente a las cámaras de la televisión y estar del otro lado me producía un inexplicable sentimiento de culpa, así como un vacío doloroso en el estómago.

Mi viaje de retorno no fue lo placentero que había imaginado que sería.


A mi arribo a Peterburg llevaba el ánimo por los suelos. Era extraño sentirme de esa manera y me preguntaba ¿cómo hacía Yakov para verse tan tranquilo y sonreír a sus secretarias o gastarse unas bromas con sus colegas que tenían un buró frente al suyo? Yo no podía dejar de pensar en esas familias que pasarían muchas penurias en Kuala Lumpur.

Tras dejar la maleta en casa y visitar la cede de Nefrit, conversé con Lilia y le comenté las las novedades. Ella me escuchó con mucha atención, se quedó callada mirando la fotografía de mi padre durante unos segundos en los que me pareció estaba haciendo cierta reflexión.

La dama acomodó sus lentes dentro del estuche y fijó su mirada en mí para decirme con el rostro relajado. —Víctor los negocios son así, la pasión que le pones al trabajo a veces resulta contraproducente con la frialdad con la que se deben resolver los asuntos de dinero. —Volvió su mirada a la fotografía de papá y confesó algo más—. Miroslav no quería entender eso y al final, creo que terminó enredando mucho sus sueños, sus deudas y sus compromisos con los demás. Él era un visionario y si Yakov no hubiera estado todo ese tiempo junto a él para hacerlo aterrizar, las cosas en la empresa estarían peor.

—Eso quiere decir que heredé el blando corazón de mi papá. —Sonreí con mucha nostalgia—. Qué bueno saber que no era algo muy particular.

—Vitya, sé que es difícil no ponerse en la situación de los demás; pero es así como se manejan las empresas de éxito. —Tras decirme eso sacó su celular del bolsillo de su chaqueta y me mostró algo que me devolvió un poco de paz—. Mira, los nuevos dueños están volviendo a contratar personal en la fábrica y eso incluye a personas que ya trabajaron antes, pero solo están aceptando a los más capacitados… eso ya es algo ¿no?

Lilia tenía razón, al igual que Yakov, al igual que el abogado de Kuala Lumpur. Ese fue el motivo por el que decidí contratar a una persona que se dedicara específicamente a tratar con el personal, porque yo tenía el corazón de mantequilla y eso no era bueno para los negocios.

Por la tarde salí a recoger a mi hermano al colegio y aproveché ese momento para conversar con Georgi.

Pensando en no delatar a Yuri y en que él puso el freno al galán de la secundaria, le dije que lo del otro día fueron sospechas absurdas de mi parte, que Yuri seguía portándose bien y no había que preocuparse de nada.

De igual forma Georgi me dio el teléfono particular de la cuñada de jovenzuelo y me pidió que cualquier cosa que tuviera que hablar con la familia lo hiciera solo con ella, porque el chico podría estar en peligro si su padre se enteraba de su conducta.

Recordé la forma cómo su hermano lo trató el día que nos reunimos en la dirección por el incidente del baño y pensé que sería mejor atender el pedido de mi amigo. Además, quería confiar en la actitud y la responsabilidad de mi hermano, así como quería creer que cumplió su promesa de no ver más a ese enorme atacante central del equipo.

Esperé a Yuri en el estacionamiento del colegio y cuando entró al auto lo abracé con todas mis fuerzas.

—Me enteré de la venta y el problema de los trabajadores por las noticias de las diez. —Después de dos largos minutos de arrumacos fraternos, Yuri fue quien deshizo el abrazo porque de mi parte me hubiera quedado en esa posición por siempre.

—Yakov dijo que era la única forma y yo… no me siento bien por ello. —Ya no podía hacer nada con mi pena, todo estaba hecho y no sería Yuri quien sufriera las consecuencias de mis decisiones.

—El viejo sabe lo que hace Víctor —dijo con un tono tranquilo mientras su pequeño puño se estrellaba contra mi hombro—. Pasa la página hermano.

Hermano.

Esa palabra me alejaba de Yuri y del lugar que yo quería ocupar en su vida, me alejaba de su piel y de su boca. Pero esa tarde sonó como la palabra más bonita que me pudo decir y que me ayudó a recupera en algo mi ánimo.

Fuimos a casa de Lilia recoger las cosas de Yuri y a su gato. La dama nos invitó una suculenta cena y retornamos a casa temprano para evitar el tráfico de las ocho de la noche que nos hubiera dejado varados por largos cuarenta minutos en la Kantemirovskaya Ulitsa, una concurrida avenida por la que corté el camino.

Al llegar a casa vimos caer los primeros copos de nieve que anunciaban la prisa que tenía por llegar la temporada de invierno. Yuri acomodó a su gatito en la cama y no se quitó la gruesa chaqueta negra que llevaba puesta.

—Oye Víctor ¿no extrañas patinar sobre hielo? —Me mostró dos invitaciones que le habían dejado en el colegio los promotores de una pista de patinaje nueva que estaba ubicada en una avenida cercana al departamento—. ¿Qué dices?

—Solo una hora Yuri… estoy algo agotado. —No quería defraudarlo y me pareció interesante poder ponerme los patines después de unos seis o siete años por lo menos.

Esperando que no me hubiera olvidado de sostener mi equilibrio en las cuchillas llegamos a la pista de hielo, era martes y no había mucha gente. Como hacía mucho frío solo me quité el sacón largo y me quedé con el grueso sweater de cuello alto que llevaba puesto sobre la remera de invierno. Yuri dejó su chaqueta en los vestidores y juntos fuimos hacia la pista.

Encontrarme con el hielo una vez más fue como revivir mi sueño de infancia en el que me preparaba para ser el campeón del mundo. No recuerdo bien si dejé ese sueño por reconfortar a mi madre que sufría mucho en la época de mi pubertad o porque también me tenía fascinado la carrera del modelaje que ella tanto amaba.

Fuese como haya sido no me arrepentí jamás, así que poner mis pies una vez más sobre la pista helada no fue tan molesto, triste o difícil. Solo me deslicé y me dejé llevar una vez más.

Muy junto a mí, Yuri también patinaba, sin nada más que dar algunas vueltas en el hielo. De pronto comenzó a sonar un tema bastante seductor, no sé a quién se le habría ocurrido ponerlo, pero fue una extraña bendición para mis oídos y mis ojos, pues no solo la música me animaba a bailar; los movimientos de Yuri encendían una vez más la hoguera de mis ansias y la alimentaban con cada cambio en la posición de su cabello, de sus manos o de sus caderas.

Yuri solía sacarme de mi zona confortable todo el tiempo y ese momento desequilibró por completo mi tranquilidad cuando en un suave movimiento se enredó entre mis brazos.

«Yuri por qué haces esto pequeño, porque me quieres llevar al límite. Quieres verme caer en el abismo de la lujuria y ver cómo te arrastro conmigo hasta el fondo», dije para mí y seguí dejando que fuera él quien mandara en la pista.

Nos deslizamos juntos y comenzamos a sincronizar algunos pasos, nos mirábamos sin decir una sola palabra y Yuri dio un par de vueltas alrededor de mi cuerpo. Nos alejamos un poco y el momento que volvimos a juntarnos nuestras manos tibias se rozaron con suavidad, Yuri sonrió y creí entender que ese gesto era una perfecta invitación para desatar los hilos invisibles de mi libido.

Yuri era en ese momento el verdugo de mi tolerancia y la estaba haciendo añicos con su mirada que por momentos lo convertía en un inocente querube y por instantes lo mostraba como un súcubo, porque cada destello era distinto el uno del otro y yo no podía definir con cuál de las versiones se quedaría mi corazón.

Mis sentidos se agudizaron de inmediato, mis ojos observaban cada parte de su rostro y su cuerpo, sobre todo sus gestos atrevidos… su lengua repasando salaz sobre sus labios, la forma cómo sus dientes atrapaban su lengua mientras sonreía para mí. Su cabello de trigo batiéndose en perfecta armonía junto con la música. Sus ojos que se convertían en malhechores que robaban mi tranquilidad.

Su perfume que volaba hacia mi nariz e ingresaba hasta mis venas calentando mi sangre y mi aliento. El intenso calor en la piel de sus manos y sus mejillas con las que topaba mis dedos y mi rostro de tanto en tanto. Su risa malévola que ingresaba como un continuo tamborileo haciendo vibrar los músculos de mi estómago. Solo me faltaba probar su sabor a menta con un toque minúsculo de sal.

No puedo decir en qué momento sucedió, pero mientras Peter Brötzmann seguía tocando el saxofón y la batería golpeaba como las caderas de una bailarina, yo comencé a sentir que mi sangre llenaba con toda su potencia los cuerpos cavernosos y el tirano se erigía una vez más triunfante y exigente por debajo de mis pantalones.

Me movía al ritmo que Yuri marcaba con sus piernas y su cintura, hacía en la pista lo que él quería y no sé si lo estaba haciendo a propósito o solo era mi imaginación, solo sabía que lo quería más cerca de mí. Así que en un movimiento conjunto ambos aplaudimos nuestra sincronía y lo tomé de la mano para no soltarla. Nos movimos como las hojas de un árbol llevadas por la corriente del río y ambos elevamos las piernas sosteniendo nuestros cuerpos y nuestras miradas de complicidad.

El calor de mi cuerpo iba en aumento y no era el ejercicio el que me provocaba esa sensación, sino mi loca fantasía al imaginar que Yuri me estaba seduciendo en esa pista de patinaje.

Yuri me dio la espalda y se pegó a mi cuerpo permitiendo que mi brazo rodee por completo su cintura. En ese momento creo que ambos olvidamos dónde nos encontrábamos así que solo fuimos dos faunos que unían su calor y sus humores.

Aproveché una variante de la larga canción y elevé a Yuri hasta que sus caderas se posicionaron a la altura de mi pecho, lo sostuve por unos segundos en esa posición porque no pesaba demasiado y cuando lo bajé frotó con sus duros glúteos mis pectorales, mi estómago y mi pubis. Yuri posó sus pies en el hielo y yo me aferré a su cuerpo estremecido de pies cabeza a pies por los espasmos de un potente orgasmo. Si no gemí fue porque todavía tenía algo de control sobre mi cuerpo, pero puedo jurar que Yuri no se dio cuenta o tal vez confundió mis movimientos con el cansancio.

—¿Te sientes mal Vitya? —Cada vez que decía mi nombre con ese cariñoso diminutivo mi alma era la que temblaba.

—Creo… que fue… demasiado… para mí. —Yo solía correr todas las mañanas y si no lo hacía en las calles, pues usaba la caminadora durante una hora, por eso que la excusa que le di sonaba más que irreal.

—Debe ser por los efectos del viaje. —Yuri paró mientras mis piernas aún temblaban y yo esperaba que mi líquido no moje mis pantalones—. Vamos a casa entonces.

Cuando llegamos a casa de inmediato me metí a la ducha y comencé a frotar mi falo buscando un orgasmo más. Cerré los ojos intentando pensar en Anya, pero fueron los ojos, la sonrisa y el cuerpo fibroso de Yuri el que vino a mi mente y me permitió estallar una vez más bajo el potente chorro de agua dejándome sin conciencia.

Al salir de la ducha Yuri apagaba la luz del pasillo y antes de entrar a su habitación preguntó de la manera más inocente.

–Víctor ¿qué quieres desayunar mañana? —Hubiera querido decirle “a ti”, pero debía seguir siendo solo un buen hermano para él.

—Glazunya con salchichas, tostadas y café. —Fue lo primero que se me ocurrió responder.

—Sí… suena delicioso —dijo en medio de un bostezo y apagó la luz de su habitación—. Duerme bien Vitya.

Enfatizó el Vitya y se metió en su cuarto seguido por su gato del que solo distinguí la cola.

—Buenas noches… —«Mi niño».

A la luz de su lámpara de noche pude disfrutar por un par de segundos de su silueta de atleta novel y regocijarme con su piel antes que una larga pijama cubriera su cuerpo. Sonreí, perdoné por fin el moretón que dejó Zhúkov en su hombro días atrás e imaginando que yo dejaba uno mejor en su cadera, muy cerca del origen de sus suaves y rubios vellos ensortijados, me quedé dormido.

Notas de autor:

Peter Brötzmann: Figura gigantesca de la música europea, este saxofonista es fácilmente reconocible en varias grabaciones por su distintivo timbre. Es uno de los más importantes músicos de free jazz en Europa.

Glazunya: En Rusia se dice así a los huevos fritos que tienen el centro líquido, que parecen unos ojos y debido a que glaz significa ojo.

¿Quién creen que dará el siguiente paso en esta difícil relación de hermanos?

Gracias por leer Tabú.

Publicado por Marymarce Galindo

Hola soy una ficker que escribe para el fandom del anime "Yuri on Ice" y me uní al blog de escritoras "Alianza Yuri on Ice" para poder leer los fics de mis autoras favoritas y escribir los míos con entera libertad.

2 comentarios sobre “Tabú 27

  1. Siento que me perdí al principio porque no entendí de dónde había salido la marca en el cuello de Yuri , seguro que se la hizo Víctor mientras estaba borracho ,es una lastima que no se acuerde de nada pero es un clásico en los borrachos ,realmente me dejaste con un sabor agridulce ,el mundo de la moda sin lugar a dudas es un mundo cruel e inhumano con las manos que fabrican nuestra ropa .La verdad que la escena en la pista de patinaje fue asdfgyykjh , la verdad que no sé que esperar pero por favor sorprendeme

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