VICDER: CAPITULO TREINTA


Vicder miraba la gigantesca telerred que había al otro lado de la atestada calle, sentado en el interior de la tienda, con la barbilla apoyado en las manos. Con tanto jaleo, no oía al comentarista, aunque tampoco era necesario, pues en ese momento se encontraban retransmitiendo la celebración en medio de la que se hallaba atrapada. El reportero parecía pasárselo mucho mejor que ella y no paraba de gesticular exageradamente mientras pasaban por delante de él vendedores de comida ambulantes, malabaristas, contorsionistas en carrozas diminutas y la cola de un cometa de un dragón de la suerte. Por el barullo, Vicder supuso que el reportero se encontraba en la plaza, a una manzana de allí, donde se celebrarían la mayoría de los festejos de aquel largo día. Un lugar mucho más festivo que la calle de tiendecitas, pero al menos ella estaba a la sombra.










Podría haber hecho bastante negocio en comparación con un día normal de mercado -muchos clientes potenciales se habían interesado por el precio de la reparación de un portavisor averiado y de recambios para androides-, pero se había visto obligado a rechazarlos a todos. No aceptaría más clientes en Nueva Pekín. Ni siquiera habría abierto de no ser por Anya, quien le había dejado allí mientras Mari y ella se iban de compras de última hora para el baile. Sospechaba que, en realidad, lo único que Anya deseaba era que todos vieran a la tullida, a la joven coja.






No podía decirle a su madrastra que Linh Vicder, la reconocida mecánica, había echado el cierre. Por que no podía decirle que se iba. El sonido de una com interna la hizo despertar de sus pensamientos, Suspiró y se apartó un mechón de la cara mientras desechaba el mensaje sin siquiera abrirlo, por su seguridad mental y emocional era mejor no hacerlo. Había necesitado tanto poder hablar con él… pero no era lo correcto.








El calor era insoportable. No había manera de desprenderse de la humedad que le impregnaba la piel y le pegaba la camisa a la espalda. Un bochorno que, junto con las nubes que se cernían en el horizonte, prometía lluvia, a raudales.









No eran las mejores condiciones para conducir, sin embargo, aquello no la detendría. Faltaban ya menos de doce horas para que se encontrase a kilómetros de la ciudad, tratando de poner tanta distancia de por medio entre Nueva Pekín y ella como le fuera posible. Esa semana había bajado al garaje todas las noches de que Anya y Mari se hubieran ido a la cama, avanzando a brincos sobre unas muletas caseras para poder trabajar en el coche. La noche anterior, por primera vez, el motor había vuelto a la vida con un rugido.








Bueno, en realidad había vuelto a la vida con un petardeo y expulsando gases tóxicos por el tubo de escape que la había hecho toser de manera incontrolada. Había invertido casi la mitad del dinero de la investigación sobre la peste que Yakov le había ingresado en un enorme tanque de gasolina. Con un poco de suerte, aquel combustible la llevaría al menos hasta la siguiente provincia. Sería un viaje movido y peligroso, pero seria libre.








No, serían libres. El chip de personalidad de Christophe, el chip de identidad de Yuko y ella. Huirían juntos, como siempre habían dicho que lo harían.








Aunque sabía que nada le devolvería a Yuko, al menos albergaba la esperanza de encontrar algún día otro cuerpo para Chris. Tal vez el cuerpo de otro androide, puede que incluso un escolta como él quería, que sea alto y fuerte, estilizado como el cuerpo de un ser humano, definitivamente algo que a él le gustara.







Imágenes de la otra noticia de la semana sustituyeron a las del mercado en la telerred: Soary, la niña milagro. La superviviente de la peste. La habían entrevistado cientos de veces a raíz de su recuperación milagrosa. Cada vez que la veía, el corazón de Vicder se llenaba de ternura.








Las pantallas también habían emitido casi sin descanso las secuencias de la desenfrenada huida de las cuarentenas, pero en la grabación nunca aparecía su rostro y Anya había estado demasiado ocupada en otros menesteres -entre el baile y el funeral, al que Vicder no le fue permitido asistir- para caer en la cuenta de que la chica misteriosa vivía bajo su techo. De todos modos, también cabía la posibilidad de que, con la poca atención que Anya le prestaba, no la hubiera reconocido.










Corrían todo tipo de rumores sobre la joven y la recuperación milagrosa de Soary y aunque algunos hablaban de la existencia de un antídoto, todavía no se había aclarado el asunto. La niña se encontraba a cargo del equipo de investigación del palacio, lo que significaba que el doctor Yakov ya contaba con una nueva oveja para estudios. Esperaba con aquello que el doctor se contentara, dado que Vicder se había dado de baja como voluntaria para la investigación. Sin embargo, todavía no había reunido el valor necesario para decírselo a Yakov y la sensación de culpa le atenazaba el estómago cada mañana, cuando veía el nuevo ingreso.El hombre había cumplido su promesa: había abierto una cuenta vinculada a un chip de identidad de modo que solo Vicder pudiera tener acceso a ella y le había hecho transferencias casi diarias desde los fondos de investigación y desarrollo. Hasta el momento, Yakov no le había pedido nada a cambio. Las únicas coms que le había enviado habían sido para informarle de que seguían utilizando muestras de sangre y para recordarle que no debía volver al palacio hasta que la reina se hubiera ido.










Vicder frunció el ceño mientras se rascaba la mejilla. El doctor Feltsman nunca había llegado a explicar por qué creía que ella era tan especial, teniendo en cuenta de que él también era inmune. Le carcomía la curiosidad, pero no tanto como su necesidad de irse de allí. Algunos misterios tendrían que quedarse sin resolver.










Acercó la caja de herramientas que había sobre la mesa y rebuscó en su interior sin otra intención que la de tener las manos ocupadas. El aburrimiento de los últimos cinco días la había llevado a organizar meticulosamente hasta la última tuerca y tornillo. Ahora le había dado por contar y crear un inventario digital en su cerebro.









Una niña asomó la cabeza al otro lado del tablero. Llevaba el pelo, negro y sedoso, recogido en coletas.








—Disculpe -dijo, dejando un portavisor sobre la mesa-. ¿Podría arreglarlo?






La mirada hastiada de Vicder pasó de la niña al visor. Era tan pequeño que cabía en la palma de la mano, e iba protegido con una deslumbrante funda de color rosa. Suspirando, cogió el visor y le dio varias vueltas. Apretó el botón de encendido, pero lo que aparecía en la pantalla era incomprensible. Tomo un destornillador para abrir la tapa de atrás, ajustando unos tornillos que tenían flojos y lo volvió a cerrar, pero aún no encendía.
Frunció los labios y golpeó la esquina del visor un par de veces contra la mesa. La niña retrocedió con un respingo.








Vicder volvió a apretar el botón de encendido y apareció la pantalla de bienvenida.









—Prueba a darle un golpecito cuando no te funcione -dijo, dándoselo a la niña.








Los ojos de la pequeña se iluminaron y le dedicó una amplia sonrisa antes de alejarse corriendo y perderse entre la multitud.







Vicder se encorvó y apoyó la barbilla sobre los antebrazos, deseando por enésima vez que Christophe no estuviera atrapado en el interior de un diminuto pedacito de metal. Ahora estarían burlándose de los vendedores ambulantes de rostros sudorosos y sonrosados que se abanicaban bajo los toldos de sus tenderetes. Estarían charlando sobre todos esos lugares que iban a visitar: Venecia, Turín, el mar mediterraneo, la vía de levitación magnética trasatlántica, La torre Eiffel… París… Chris querría ir de compras a París, amaba ese lugar aunque nunca lo había conocido.








Un escalofrío le recorrió el cuerpo, los lagrimales le ardían aunque no pudiera llorar. Hundió la cara en el brazo. ¿Cuanto tiempo arrastraría a sus fantasmas con ella?








—¿Te encuentras bien?







Dio un respingo y alzó la vista. No podía creer lo que estaba viendo.






Yuuri estaba apoyado contra la esquina del puesto, con un brazo en el riel de la puerta metálica y el otro escondido a la espalda. Llevaba el mismo disfraz de la vez anterior, la sudadera gris con la capucha echada sobre la cabeza, con sus lentes de montura azul puestos, y a pesar del calor asfixiante, parecía estar cómodo. El cabello lo tenia fijamente peinado hacia atrás, el sol inclemente a su espalda… Vicder sintió que se le hinchaba el corazón palpitando con fuerza.








No se molestó en enderezarse, pero tiró de la pernera hacia abajo de manera mecánica para tapar cuantos cables le fuera posible, agradecia una vez más por la fina tela que cubría el mostrador.









—Alteza.









—No, Yuuri, solo Yuuri. -sonrió- Vamos, no soy quién para decirte cómo tienes que llevar el negocio -dijo-, pero ¿te has planteado en serio cobrar a la gente por tus servicios?.








Por un momento, Vicder tuvo la sensación de que sus cables trataban de conectarse al cerebro, hasta que recordó a la niña que la había visitado hacía apenas unos instantes. Se aclaró la garganta y miró a su alrededor . La pequeña estaba sentada en el bordillo , con el vestido echado sobre las rodillas, tarareando al compás de la música que producían los diminutos altavoces. Nadie les prestaba atención.






—No soy quién para decirte cómo llevar la corona, pero, ¿no debería acompañarte un guardaespaldas o algo por el estilo?.






—¿Guardaespaldas? ¿Quien querría hacerle daño a un tipo tan encantador como yo?








Al ver la cara de reproche con que lo miró , Yuuri le sonrió y le mostró la muñeca.







—Créeme, saben muy bien donde estoy en todo momento, pero intento no pensar en ello.








Vicder cogió una pequeña herramienta de la caja y empezó a darle vuelta entre los dedos, cualquier cosa para mantener las manos ocupadas.











—En fin, ¿qué haces aquí? ¿No deberías estar, que se yo, preparándote para una coronación o algo así?.










—Lo creas o no, parece que vuelvo a tener problemas técnicos. -Sacó el portavisor del cinturón y lo miró-. Verás, pensé que sería demasiada casualidad que la mecánica de mayor renombre de toda Nueva Pekín tuviera problemas con su visor, de modo que he supuesto que debía de ocurrirle algo al mío. -frunció los labios, golpeó la esquina del portavisor contra la mesa y luego volvió a comprobar la pantalla con un hondo suspiro-. Pues no, nada. Puede que haya estado ignorando mis coms a propósito.








—Puede que haya estado ocupada. -mintió, la culpa le quemaba por haber eliminado la coms sin haberla leido-.







—Si, claro, por supuesto, pareces abrumada por el trabajo. -vicder puso los ojos en blanco-. Además, te he traído una cosa.








Yuuri guardo el portavisor y sacó la mano que escondía detrás de la espalda, en la que llevaba una caja achatada y alargada envuelta en papel dorado y atada con una cinta blanca.







La herramienta que sujetaba Vicder en las manos produjo cierto estrépito al caer al suelo.






—¿Por que traes eso?






Por un instante, Yuuri pareció ofendido.

—¿Que pasa? ¿Es que no puedo hacerte un regalo ? -preguntó, con un tono que casi detuvo los impulsos eléctricos del cableado de la joven-.






—No. Sobre todo después de haber ignorado seis coms la última semana, siete contando la de hoy -contesto Vicder-. Veo que nos cuesta entender las cosas, ¿eh?







—¡Así que las recibiste!






La joven apoyó los codos de la mesa y descansó la barbilla sobre las manos.





—Pues claro que las recibí.







—Entonces, ¿por qué me ignoras?, ¿Es que te he hecho algo que te molestara?.







—No… Sí.







Vicder cerró los ojos con fuerza y se masajeó las sienes.Creía que lo más duro ya había pasado. Por eso no había abierto las coms, no creería que le fuera fácil tener que despedirse de él, así que, ella desaparecería y él continuaria con su vida.







Se pasaría el resto de su vida viendo a Yuuri, no, al emperador Yuuri dando discursos y aprobando leyes. Viajando por todo el mundo dando en misiones diplomáticas, estrechando manos y besando bebés. Haría un puño sus sentimientos, enterrándolos lo más profundo que pudiera y lo vería casarse con una hermosa mujer y lo vería con muchos hijos, porque el mundo entero estaría pendiente de ello.

Y él la olvidaría, cómo tiene que ser.





—¿No? ¿Sí? ¿Que sucede Vicder? ¿Hay alguien que te ha hecho algo o no te dejan acercarte a mi?






Vicder intento encontrar las palabras adecuadas, en cómo no mencionar que no podía acercarse al palacio, en lo sencillo que sería culpar a Anya de su mutismo, la madrastra cruel que ya no le permitía salir  de casa, pero no era tan fácil. No podía arriesgarse a nada que la hiciera cambiar de opinión. No quería lastimarlo, porque en su proceso, ella también saldría lastimada. Pero si es la única forma… 








—Es solo que…







Enderezó la espalda, consciente que debía sincerarse con él. Yuuri creía que era una simple mecánica  y puede que estuviera dispuesto a cruzar esa barrera social, pero ¿ciborg y Lunar? ¿Estaría dispuesto a exponerse a que todos los pueblos lo odiaran y lo despreciaran?.







Sus dedos metálicos se contrajeron. La mano le quemaba bajo el algodón. 






«Quítate los guantes y enséñale»





De manera inconsciente, se llevó la mano al borde del guante y tocó la tela manchada de grasa.






Pero no pudo, él no lo sabía y ella no quería que lo supiera. 






—Es que no dejabas de insistir que querías verme o de que te acompañara a ese maldito baile… -dijo al fin, avergonzada ante aquella cruel mentira-.








Yuuri dio un paso hacia atrás como si hubiera recibido un golpe, miró de soslayo  la caja dorada que tenía en sus manos. La tensión fue desapareciendo poco a poco hasta que el joven dejó caer los brazos a los lados.







—Por todos los astros Vicder, si hubiera sabido que ibas a darme con la puerta en las narices por haberte pedido una cita, ni lo habría intentado. De acuerdo, no quieres ir al baile, entendido, no volveré a mencionarlo. 








Vicder jugueteó con las puntas de los dedos de los guantes.





—Gracias. 





Yuuri dejó la caja sobre la mesa. La joven se removió incómoda en el asiento.






—¿No tendrías que estar haciendo algo importante, cómo gobernar un país? 




—Seguramente







Yuuri  plantó una mano sobre el tablero, adelantó el cuerpo y se inclinó hacia delante para echar un vistazo al regazo de Vicder. A la joven le dio un vuelco el corazón y se arrimó a la mesa todo lo que pudo mientras alejaba el pie para que Yuuri no lo viera.






—¿Que haces?








—¿Estás bien? 







—Perfecta, ¿porque? 







—Siempre sueles cumplir con el protocolo a rajatabla y quería hacerme el Perfecto caballero de pedirte que tomaras asiento.





Vicder trato de reprimir una sonrisa pero no lo logro 





—Vez, así está mejor. Te vez mucho más hermosa cuando sonríes.






—Pues siento mucho arruinarte tu momento de caballero pero llevo aquí desde el amanecer y estoy cansada.





—¡Desde el amanecer! ¿Que hora es? -Yuuri le echo un. Vistazo a su portavisor-. Las 13:04 pm, bueno, creo que es una buena hora para tomar un descanso ¿no? -la miro con una sonrisa radiante-. ¿Me concedes el honor de invitarte a comer? Aún te debo un Cappucino con doble crema si no lo olvido bien.







Un cosquilleo en su estómago se instaló al oírlo, realmente se había acordado. Luego la sensación agradable pasó a una de Pánico, no podía caminar sin ponerse en evidencia.






—Creo que no sería posible -comentó la joven poniéndose derecha-.







—¿Porque?







—Por que estoy trabajando. No puedo irme de aquí.





Yuuri enarcó una ceja mirando las montañitas de tornillos perfectamente ordenados encima de la mesa.




—¿Trabajando en?







—Para que lo sepas, está apunto de llegar un gran pedido de piezas y tiene que haber alguien para recibirlo.







Se sintió orgullosa de lo creíble que se escuchaba la mentira.







—¿Y tu amigo? Emm Chris, ¿cierto?.






Se le corto la respiración.






—Él… él no está aquí.






Yuuri retrocedió un paso para alejarse de la mesa y miró a su alrededor.






—Y ¿si le pides alguno de los otros comerciantes que te vigilen el puesto? Podemos solo ir, comprar y comer aquí.





Vicder sentía que le iba faltando el aire, tendría que sonar más cruel.






—Ni hablar. Pago el alquiler de este puesto y no voy abandonarlo solo por que un príncipe le de por presentarse de repente.







Se arrepintió de haberlo dicho al ver su cara.






Yuuri se acercó con cuidado al mostrador.





—Por favor… No puedo llevarte al… a eso que empieza con B, no puedo invitarte a comer o un Cappucino… Salvo que se desconecte el procesador de unos de mis androides, está podría ser la última vez que nos viéramos… que pueda verte.





— Aunque no lo creas, ya me había hecho a la idea de que iba a ser así.





Un silencio incómodo los volvió a atrapar en el aire, a Vicder le pareció ver cómo los ojos de Yuuri se iban colmando de lágrimas que trataba de contener antes de que él apartara la mirada.


Era de lo peor, quería lastimarlo para que se olvidara de ella, para que se enojara con ella, pero no quería hacerlo llorar. La sensación del nudo en la garganta la estaba asfixiando.





—Yo… yo te debo una disculpa -contestó Yuuri con voz temblorosa-, Creo que he malinterpretado las cosas y te he faltado el respeto.




Vicder estiró la mano por impulso agarrando una de su manos que estaban en el mostrador para detener sus palabras. No podía seguir comportándose así.




—No te disculpes Yuuri, no has malinterpretado nada ni me has faltado el respeto en absoluto, más bien todo lo contrario. Me has hecho sentir viva y humana por primera vez en mi vida -le sonrió con tristeza-, pero créeme por favor y no preguntes más, es mejor así. 




Yuuri la miraba sin comprender, sus ojos chocolate brillaban con intensidad detrás de las gafas. Se podía ver cómo miles de preguntas se iban formando en su cabeza. Pero solamente suspiro y se inclinó de manera que la capucha le ocultara los ojos.





—Al menos verás la coronación, ¿no?




Vicder vaciló un momento antes de contestar.




—Por supuesto que sí. No me perdería ver al príncipe más guapo de tod… -se detuvo de golpe cuando se dio cuenta lo que estaba diciendo.




Yuuri rio avergonzado.



—Ah bueno, el más guapo ¿eh?

Vicder quería que se la tragara la tierra.






—Bueno, eso es lo que dicen en la farándula.







Ambos se rieron, hasta que Yuuri se volvió a poner serio.






—Está previsto que esta noche tenga que hacer Un anuncio sobre las negociaciones que hemos mantenido a lo largo de toda esta semana, aunque no será durante la coronación, sino en el baile. No se grabará por esa absurda política de Minako de prohibir las cámaras, pero quería que supieras.






Vicder se puso tensa.





—¿Ha habido avances? 




—Supongo que podrías decirse así -Alzó la vista hacía ella aunque enseguida la desvió hacia los recambios solitarios a la espalda de la joven, incapaz de sostenerle la mirada por mucho tiempo-. Se que es una locura, pero una parte de mi creía que si conseguía verte, si lograba convencerte para que fueras al baile esta noche, entonces aún quedaba la esperanza de que pudiera cambiar las cosas. Es una tontería, lo se, cómo si a Minako le importara que yo, bueno, en fin, pudiera sentir algo por alguien más. 






Volvió a levantar la cabeza y con su mano libre devolvió el tornillo a su Pila.





Un cosquilleo agradable recorrió el cuerpo de Vicder al oír aquellas palabras pero trato de controlar y detener la sensación de vértigo que empezaba apoderarse de ella.





—Te refieres a que vas… -No acabo la frase, bajo la voz- ¡Yuuri, no puedes, no con ella!. ¿Y Makkachin? ¿Y todo eso que… lo que sabías?




Yuuri miró la mano que aún tenían unidas sobre la mesa.









—Es demasiado tarde, Aunque consiguiera encontrarla, tendría que ser hoy o al menos antes de… Además, está lo del antídoto y eso… No puedo posponerlo, hay demasiadas vidas en juego.









—¿El doctor Yakov no ha hecho progresos? 








Yuuri asintió, lentamente.







—Ha confirmado que el antídoto funciona pero dice que no puede replicarlo.








—¿Que? ¿Por que?









—Creo que uno de los componentes se encuentra en Luna. Irónico, ¿verdad? Y luego está lo de la niña que se recuperó la semana pasada. El doctor Feltsman lleva días haciéndole pruebas pero se muestra muy reservado con los resultados. Dice que es mejor que no me haga muchas ilusiones respecto a que la recuperación de la niña pueda conducir a nuevos avances. Tengo la impresión de que el doctor no cree que vaya a encontrar un antídoto a corto plazo. O, al menos, un antídoto que no sea el de Minako. Podrían pasar años antes de que consiguiéramos dar con una solución y para entonces… -Vaciló, desesperado-. Creo que no soportaría ver morir a tanta gente.







Vicder bajo la Vista.






—Lo siento mucho, Ojalá pudiera hacer algo.




—Aunque no lo creas, lo has hecho. Me has apoyado y me has levantado el ánimo cuando más lo he necesitado. Te has vuelto uno de las personas más importante para mi Vicder.






Sintió un apretón en las manos unidas y luego un beso en su frente. Vicder alzó la vista, conectándose ambos, mirándose con ternura.







Yuuri rompió la conexión de sus ojos y manos, dándose un pequeño impulso para apartarse de la mesa y se puso derecho.







—¿Todavía piensas en ir a Europa?







—Eh.. si, podría decirse que si -Vicder inspiro hondo-. ¿Quieres venir conmigo? 






A Yuuri se le escapó una breve sonrisa. 







—!Claro!, ¿Estás de broma?; creo que es la mejor proposición que me han hecho en la vida.







Vicder también sonrió, aunque con la misma brevedad. Un momento único y precioso en que ambos se siguieron el juego. 






—Tengo que volver -dijo Yuuri, mirando la caja envuelta en el papel dorado-.







Vicder casi lo había olvidado, el joven le dio un empujóncito llevándose consigo una pila de tornillos.







—No, Yuuri no puedo.









—Claro que puedes -insistió Yuuri, encogiéndose de hombros, como si le incomodara la situación, las mejillas las tenía sonrojadas lo que le daba un aire extrañamente encantador-. Era para el baile, pero… en fin, supongo que será para cuando se te presente la ocasión.







A Vicder le recarcomia la curiosidad, pero se reprimió y empujó la caja hasta el otro lado del mostrador, para devolvérsela.






—No, de verdad.







Yuuri volvió a tomarle de las manos con firmeza.






—Acéptalo -le pidió, dedicándole su típica sonrisa de principe encantador, como si no pasara absolutamente nada-. Y piensa en mi,Vicder. 





La joven asintió con la cabeza. 






Sintió como Yuuri pasaba delicadamente su mano por su mejilla, luego por su mentón alzándolo suavemente. Sabía lo que sucedería pero, sería la última vez y siendo sincera, es un recuerdo que le gustaría almacenar. Sus rostros se iban acercando poco a poco.






—Vicder, ven, coge esto.






La joven dio un respingo al oír la voz de Mari, rompiendo el momento. Se alejó de Yuuri soltándose de las manos. 




Mari entró y colocó una montaña de bolsas de papel sobre el mostrador después de barrer tuercas y tornillos con el brazo y enviarlos al suelo con gran estrépito.




—Ponlas por ahí atrás, donde no pueda cogerlas esta gentuza -dijo Mari señalando la trastienda con gesto autoritario- y mira que no este sucio, no quiero que se manche.






Con el corazón a punto de salírsele del pecho, Vicder alargó la mano y atrajo las bolsas hacía sí. Enseguida pensó en el tobillo huérfano, en que tendría que ir cojeando hasta la trastienda y en la imposibilidad de seguir ocultando su deformidad.







—Vaya, ¿ni un triste «por favor» o un «gracias»? -dijo Yuuri-.









Vicder se estremeció, lamentándose de que Yuuri no se hubiera ido antes para impedir que Mari le arruinara la última vez que iba a verlo.










El comentario irritó a Mari, quién se apartó el cabello sobre uno de los hombros al tiempo que se volvía hacia el príncipe, con cara de pocos amigos.







—¿Y tú quien eres para…?







Sus labios se detuvieron en un gesto sorprendido, interrumpiendo sus palabras. Yuuri se metió las manos en los bolsillos y la miró con una antipatía mal disimulada.






Vicder pasó los dedos por la cuerda que unía las bolsas de Mari.






—Alteza, le presento a mi hermanastra, Linh Mari.

Mari se quedó boquiabierta cuando el príncipe la saludo con una leve inclinación en la cabeza.






—Un placer -dijo Yuuri, con sequedad intensionada-.






Vicder se aclaro la garganta.






—Gracias de nuevo por su generoso pago, Alteza. Y… esto… le deseo lo mejor en el día de vuestra coronación.






La mirada de Yuuri se suavizó al apartarla de Mari. La leve insinuación de un secreto compartido revoloteó en la comisura de sus labios, aunque demasiado evidente para que a Mari se le pasara por alto. Yuuri inclino la cabeza ante Vicder.






—Entonces, me temo que ha llegado el momento de despedirnos. Por cierto, si cambias de opinión, mi propuesta sigue en pie.







Para alivio de Vicder, Yuuri no dio más explicaciones y se limitó a dar media vuelta y a desaparecer entre la multitud.






Mari lo acompaño con la mirada. A Vicder también le hubiera gustado hacerlo, pero se obligó a concentrarse en la montaña de bolsas de su hermanastra.






—Si, Claro -dijo, como si el príncipe no las hubiera interrumpido-, las pondré en este estante de aquí atrás.





Mari atrapó la mano de Vicder bajo la suya y la detuvo, mirándola con incredulidad.







—Era el príncipe.








Vicder fingió indiferencia.






—Arreglé uno de los androides reales la semana pasada. Solo ha venido a pagarme.








Una arruga se formo entre las cejas de Mari mientras los labios se estrechaban en una fina linea. La mirada suspicaz de la joven recayó en la caja envuelta en papel dorado que Yuuri había dejado sobre la mesa y, sin pensárselo dos veces, la cogió.




Vicder ahogó un grito y alargó la mano para recuperarla, pero Mari se apartó con pasos danzarines. Vicder ya había subido una rodilla a la mesa, lista para abalanzarse sobre ella, cuando pensó en las consecuencias que aquello podría tener. Con el pulso acelerado, no hizo nada mientras Mari dejaba caer al suelo sucio la cinta blanca que acababa de arrancar y hacia trizas el papel dorado. La caja era sencilla y blanca, sin distintivos. La joven levantó la tapa. Intrigada por la cara de asombro de Mari, Vicder alargo el cuello, intentando adivinar qué contenía, y alcanzó a ver algo blanco y suave envuelto en papel de seda. Observo a Mari, tratando de formarse una idea a partir de sus gestos, pero solo vio desconcierto.







—¿Es una broma?








Vicder retrocedió poco a poco y bajó la rodilla de la mesa sin decir palabra. Mari inclino la caja para que Vicder la viera. Contenía los guantes más hermosos que hubiera podido imaginar. De pura seda y de un blanco plateado deslumbrante. Eran tan largos que le habrían llegado por encima del codo, y la hilera de perlas que adornaba las costuras le confería un sencillo toque de elegancia. Eran guantes dignos de una princesa.








Sí, realmente parecía una broma.









Mari lanzó una sonora carcajada.








—No lo sabe, ¿verdad? No sabe nada de tu… De ti. -La joven cerró la mano sobre los guantes, los arrancó de su lecho de papel seda y arrojó la caja a la calle-. ¿Que creías que iba a ocurrir? -Los agitó delante de ella. Los dedos vacios y mustios se sacudían de un lado a otro-. ¿Creías que tal vez podrías gustarle al príncipe? ¿Creías que ibas a ir al baile con él, luciendotus bonitos guantes nuevos y tu…?






Miró a Vicder de arriba abajo -los pantalones cargo sucios, la camiseta manchada , el cinturon de herramientas ceñido a la cintura- y volvió a echarse a reír.




—Claro que no -contestó Vicder-. No voy a ir al baile.




—Entonces, ¿Para que quiere esto una ciborg?




—No lo sé. Yo no… Él solo…




—Eres tan ilusa, crees que tal vez no le importaría -prosiguió Mari, chasqueando la lengua-. ¿Es eso? ¿Creías que el príncipe…, no, que el emperador pasaría por alto todos tus… -agito la mano delante de ella- defectos?






Vicder cerró los puños, tratando de ignorar el dolor que le infligían sus palabras.





—Solo es un cliente.








El brillo burlón que animaba los ojos de Mari se apagó.








—No. Es el príncipe. Y si supiera la verdad acerca de ti, no te habría mirado como lo hizo ahora.







Aquel comentario reavivó el resentimiento de Vicder, quién le dirigió una mirada cargada de odio.







—Por lo menos no me miró con repudio como a ti, ¿No es así?






No había acabado de pronunciar aquellas palabras cuando empezó a arrepentirse de no haberse mordido la lengua, aunque la ira que encendió las mejillas de Mari casi compensó el atrevimiento.






Hasta que Mari tiró los guantes al suelo, levantó la pesada caja de herramientas que había sobre la mesa y se la tiró encima. Vicder lanzó un gritó ante el estrépito de la caja al estrellarse. Había tuercas y tornillos desperdigados por todas partes. La gente se detenía curiosa, tratando de adivinar la causa de tanto alboroto.




Mari se volvió hacia Vicder con aire digno y los labios fruncidos en una fina linea.

—Será mejor que recojas todo esto antes de que se acabe la fiesta -dijo-. Voy a necesitarte esta noche. Al fin y al cabo, yo si tengo que asistir a un baile real.




Los cables de Vicder todavía vibraban cuando Mari recuperó sus bolsas y se marchó, pero no tardó ni un segundo en saltar de la mesa y agacharse junto a la caja de herramientas volcada. Sin embargo, lo primero que recogió al ponerla en pie no fueron las piezas y las herramientas desparramadas, sino los guantes enterrados debajo de ellas.




Estaban sucios de tierra y polvo, pero no perdió la esperanza de recuperarlos hasta que vio las manchas de grasa. Vicder se los colocó sobre las rodillas e intentó alisar las arrugas , aunque solo consiguió embadurnarlos aún más de aceite. Eran preciosos. Lo más hermoso que había tenido nunca.





Sin embargo, si algo sabía después de los años que llevaba trabajando de mecánica era que algunas manchas nunca se iban.

Buenas noches mi gente hermosa, les traigo otro nuevo capítulo. Para mi es uno de los más tiernos con respecto a Vicder y Yuuri. Aunque con ciertos toques de impotencia.

Que les ha parecido a ustedes? 😁

Pronto se nos viene el baile real con muchas sorpresas!!

Espero que les guste el capítulo!, nos vemos pronto!!! ❤️❤️❤️ Linda noche!

Publicado por dmoonbrillentq

Dmoonbrillentq me encanta leer y ver anime, es una forma de poder desprenderme de toda la realidad y adentrarme a miles de aventuras que disfruto montones, por lo que cada historia y experiencias me encantaría poder compartirlo con ustedes. A nivel más personal amo la música y el baile <3 y ayudar a las demás personas, por lo que si necesitas en algún momento poder conversar con alguien aquí estaré

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