Capítulo 14: Órdenes


Phichit estaba bastante temeroso con la respuesta que Yuuri podría darle a Leroy, por eso había deseado ir con ellos pese a todos los pronósticos, creyendo que tal vez podría salvarlos a ambos si es que Yuuri pensaba hacer alguna locura. A este no le hirió la desconfianza, al contrario, la entendió por completo, pues incluso cuando subió a la parte trasera de la motocicleta, no estaba del todo seguro de lo que haría. Por ello, él no se hubiera negado a la compañía de su amigo; sin embargo, fue el mismo Altin quien dejó claro que Yuuri era el único que podía ir… por seguridad. 

Yuuri no quiso ver la última expresión que Phichit le dedicó antes de que la motocicleta partiera, podía imaginarse demasiado bien la clase de cosas que trataría de transmitirle con ella: los ruegos porque aceptara el trato, las súplicas porque considerara las cosas como él lo hacía y aceptara huir juntos. Hubiera querido mirarlo, intentar asegurarle con una sonrisa de que todo estaría bien…  Pero, ¿cómo hacerlo si en ese momento no se sentía seguro? Sabía ya que no deseaba traicionar a Víctor, pero la duda de Phichit era todavía lo que lo hacía titubear un poco, en especial cuando la presión de tener que tomar una decisión inmediata habían volcado sobre él de manera brusca.  

El recorrido que realizaron camino a The King fue el mismo, aunque había pasado tanto tiempo de eso, que a Yuuri le dejó la sensación irreal de que todo había sido un sueño bastante livido, pero confuso, como aquellos que te traen de vuelta a la realidad en una sensación extraña de Déjà vú. Cuando la motocicleta paró frente a la fachada del antro, Yuuri no estaba seguro si aquel letrero de The King era el mismo de aquella vez, si eran las mismas letras, la misma disposición, el mismo tamaño. De igual forma le ocurrió al entrar, intensificado por el hecho de que en ese momento las luces estaban apagadas y todo se encontraba sumido en un silencio completo y oscurecido, como si de un lugar abandonado se tratara. Claro que no era así, todo lucía bastante limpio, cuidado y elegante como la última vez, pero el hecho de que se encontrara caminando por ahí junto con Otabek sin aquellos guardias que lo guiaron antes le creaba aún más la sensación de que había algo extraño…  enrarecido. 

Llegaron justo a la puerta que se encontraba a lado de la barra, aquella que, al abrirse, descubría las escaleras que lo llevarían al piso de arriba, a la oficina de Leroy. Yuuri se detuvo justo enfrente, sin atreverse a abrirla, hasta que el propio Otabek lo hizo por él. Sin embargo, la intención del hombre no había sido solo esa. 

—Niegate. No importa qué, no aceptes.

Aquella voz resultó apenas un murmullo, uno que fue fácilmente escuchado por Yuuri gracias a la cercanía que Otabek logró al abrir la puerta. Claro que fue una sorpresa para él, aunque casi al instante recordó cuando aquella vez que había salido de ese mismo bar semanas antes y él también le sugirió que se negara. Quiso preguntar por qué, conocer sus razones e incluso intentar entender para quién trabajaba realmente, si para Nikiforov o Leroy, pero apenas la puerta fue abierta, pudo distinguir en la altura, en el primer escalón, aquellos dos guardias que lo habían llevado hasta ahí antes. Ya no era un buen lugar para que pudieran hablar. 

—Si quieres irte…  Él te dejaría, sin necesidad de que necesites venderlo a nadie más. 

Sin embargo, Otabek tuvo la osadía de agregar aquello antes de que Yuuri tuviera que subir solo las escaleras. Yuuri evitó mirarlo en busca de respuestas, sus ojos se mantuvieron fijos, algo fieros contra aquellos dos hombres que lo esperaban en la cima de las escaleras. Ninguno de ellos se acercó a su lado ni intentaron detenerlo o amenazarlo con una pistola como la última vez. Ambos sabían que no iba a huir. 

Uno de ellos, Emil, esbozó una inusual y agradable sonrisa, como una especie de bienvenida cálida, y fue él mismo quien abrió la puerta para permitirle pasar. Yuuri hubiera creído ese gesto como sincero de no ser por la situación en la cual se encontraba, una que lo golpeó con fuerza apenas puso sus pies dentro y todo el escenario que se desenvolvió frente a él le fue tan horriblemente familiar. Ahí, frente al enorme ventanal que abarcaba casi una de las cuatro paredes de esa oficina, J.J. Leroy se encontraba de pie, con su mirada fija hacia el exterior mientras Yuuri solo era capaz de ver su espalda. 

—Bienvenido, Katsuki.

Leroy lo vio a través de su fino reflejo en el cristal, el cual era un poco más visible gracias a la oscuridad que había del otro lado. Después se giró para confrontarlo con una sonrisa que cualquiera llamaría genuinamente ególatra. 

—¿Deseas tomar algo? Puedo ofrecerte whisky, vodka…  tal vez, coñac. 

Yuuri, con rapidez y fuerza, negó con un solo movimiento. Lo hubiera hecho con la voz, pero no se creyó capaz de pronunciar siquiera aquella sílaba sin sentir que esta colapsaría en sus labios. Leroy pareció adivinar el pánico y sonrió más, ahora por diversión. 

—Bien, por tu cara veo que quieres que vayamos directo al grano. Y lo haremos. —El hombre caminó hasta su escritorio y se sentó. Invitó a que Yuuri tomara el asiento del otro lado, pero este se negó una vez más y no se movió del sitio donde sus pies parecían haberse congelado—. ¿Qué pensaste sobre mi ofrecimiento?

Dos segundos…  Y la imagen de Víctor Nikiforov pasó por la cabeza de Yuuri como un ligero pestañeo. Quiso sentir de su pecho el resurgir de aquel valor que siempre lo inspiraba cuando se enfrentaba contra Víctor; cuando se creía capaz que, con solo obstinación, lograría vencerlo. Pero no, no hubo fuerza, no hubo fuego ni esas chispas que siempre estallaban contra él, sino solo un gélido terror que le congeló cada latido. No era lo mismo y no sabía dónde encontrar a ese Yuuri capaz de encarar a Nikiforov…  Tal vez… ¿por qué no era él? 

—¿Y bien? Querías que fuéramos al grano. ¿Necesitas que detallamos de nuevo las condiciones? Vamos, no tengo todo el día. Ya te di demasiado tiempo para pensarlo. 

J.J. intentaba sonar exasperado, pero la realidad era que se divertía bastante con la evidente duda. Había pasado tanto tiempo de su primer encuentro que quizá Kastuki había desestimado su amenaza y creyó que no lo volvería a buscar. Pero claro, aún sin una orden directa, J.J. se dio cuenta que no era prudente dejar pasar demasiado tiempo. Ahora se daba cuenta que tenía razón, pero el resultado le estaba pareciendo más divertido de lo esperado. 

—No lo voy a hacer.

Sin duda, desde el primer momento en que Yuuri abrió sus labios, supo que había cometido un grave error. No el hecho de haberse negado, sino en no considerar la enorme tontería que había sido ir hasta ahí justamente para eso. ¿Por qué no habló con Víctor antes? ¿Por qué no le contó lo que estaba sucediendo? Él tal vez lo hubiera ayudado…  Pero, en ese instante, estaba por completo vulnerable ante alguien que no sabía cómo iba reaccionar por su respuesta. 

Su corazón comenzó a latir a toda prisa y su instinto casi le gritó que saliera de inmediato de ahí, pese a que Leroy mantenía una sonrisa estática, sin cambio alguno. Sabía que tenía solo un par de segundos, por lo que Yuuri se giró de golpe y, sin mediar alguna otra palabra, caminó hasta la puerta para salir de ahí con la esperanza de que tal vez Altin pudiera ayudarlo si es que lo seguían. Sin embargo, sus pasos rápidamente fueron interceptados por los guardias de Leroy, quienes en esa ocasión no se habían retirado de ahí para dejarlos solos. No supo si J.J. había dado una orden directa, solo sintió los brazos de aquellos hombres sostenerlo con fuerza y prácticamente arrastrarlo hasta donde ahora Leroy se encontraba de pie. Lo obligaron a que quedara de rodillas ante él, mientras sus brazos eran sujetados con fuerza tras su espalda y alguno de aquellos dos, no supo bien quién, jalaba de su cabello para que viera a Leroy desde esa posición. 

—¿Estás seguro de tu respuesta, Katsuki? Te estoy dando una segunda oportunidad para que te retractes. 

Yuuri podría haber pensado en algo mejor: en cambiar su respuesta de inmediato, lograr salir de ahí con vida e intentar contactar a Víctor para pedirle auxilio, pero toda clase de pensamientos se desvanecieron en cuanto una pistola, sostenida por J.J., apareció ante su vista y fue apuntada a su dirección. Toda la situación era ya una clara amenaza, un “Acepta mis términos o te mataré”. Pero, pese a eso, Yuuri no fue capaz, pues apenas sus labios se abrieron y temblaron con una respuesta diferente en ellos, las palabras de Altin regresaron de golpe a su cabeza: “Niegate. No importa qué, no aceptes”. 

—Katsuki…  —la voz de J.J. se tornó impaciente. 

¿Cómo confiar en él? ¿En lo que le había dicho? Ni siquiera estaba seguro para quién trabajaba realmente…  ¿No importa qué? ¿Ni siquiera el arma que en ese momento apuntaba hacia él? Era estúpido, sí, tan estúpido como para dejarse vencer por el pánico y que este no le dejara pensar con claridad. ¿Cuántas veces se había encontrado en esa situación similar en los últimos meses? Pero, a diferencia de todas aquellas ocasiones donde era el arma de Víctor la que apuntaba hacia él, Yuuri experimentó un genuino terror que no había sentido antes. Fue como si le abrieran un hueco en el pecho y dejara de sentir; no había fascinación ni la seguridad de que nada ocurriría, sino que de verdad saboreaba el peligro, la existencia latente de que su vida de verdad podría llegar a su fin.

¿Cómo confiar más en las palabras de alguien como Altin que en la situación tan real en la cual se encontraba? Yuuri cerró los ojos. Debía retractarse… ¡Debía hablar, maldita sea! 

Pero no fue capaz. 

—Una lástima…  —escuchó a Leroy lamentarse, proseguido de un estruendoso disparo.

Después…  

Risas…

Tres paredes de ellas…

.

.

.

Yuuri abrió los ojos de golpe;  J.J. tenía su arma apuntando a un costado. La bajó y comenzó a aplaudir al tiempo que era liberado por los dos guardias. Claro que Yuuri no entendía ni una mierda, no entendía que la bala se había impactado en la pared detrás suyo, que no estaba herido, que no lo habían matado.  

—Felicidades, Katsuki; Víctor estará muy orgulloso de ti.

“¿…?”.

—A él le gusta asegurarse que sus hombres le serán fieles, aún a costa de su propia vida. 

“¿Qué?”.

—Y el hecho de haberlo sido te asegurará muchos favores y confianza de su parte.

“¿¡Qué?!”.

—No podrías haber obtenido algo mejor. 

Tras sus palabras, Leroy rio por la cara de consternación y pánico que hubo en el rostro de Yuuri, quien poco a poco comenzaba a poner las piezas en su lugar y terminaba de entenderlo. Todo eso…  ¿había sido solo una prueba?

Si antes el miedo le hizo congelar la sangre y todo pensamiento, fue una rabia genuina la que explotó como fuego en sus venas. Uno de los hombres (¿a quién demonios le importaba quién?) se acercó para ofrecerle una copa de algo que recién había servido, como si algo de alcohol pudiese recompensar todo el terror que quemó su garganta e hizo agonizar su corazón. Yuuri, furioso, golpeó la copa con su mano y la hizo estrellarse contra el escritorio de J.J. Después de eso, salió de la habitación, azotando la puerta detrás de suyo.

Nadie lo siguió.


Víctor no podía concentrarse en ese momento. Estaba genuinamente preocupado por cómo Yuuri reaccionaría al enterarse sobre la verdad de J.J. y el trato que este le ofreció hacía semanas atrás. Era claro que Otabek lo alertaría sobre los movimientos que ese peón estaba realizando a sus espaldas, aunque no con la suficiente antelación como para ordenarle que no llevara a Yuuri ante él. Cuando recibió el mensaje de su parte, recién Yuuri había subido por las escaleras ya en el interior de The King.

Víctor suspiró y se recargó sobre su asiento, observando el techo de su estudio con un sentimiento demasiado amargo en su pecho. Todo lo que J.J. le había explicado a Yuuri era cierto: sí, él le había pedido que le pusiera una prueba de fidelidad a Yuuri, pero eso había ocurrido durante los primeros meses de comenzar su asociación, cuando aún no pasaba por su cabeza siquiera la posibilidad de encontrarse enamorado del chico. Le había ordenado a J.J. que tendiera la trampa, la dejara reposar en la cabeza de Yuuri y que solo actuara cuando le diera la orden, pero el tiempo y todo lo que ocurrió después con Katsuki provocó que se olvidara de Leroy y ese plan que quedó a medias. De haberlo recordado antes, sin duda le hubiera pedido que abortara todo y que dejara a Yuuri en paz, pues ya no era necesario probar nada…  ¿O sí? 

Ese era, tal vez, el asunto que más le inquietaba: pese a todo lo que había ocurrido entre los dos, ¿Yuuri sería capaz de venderlo con tal de alejarse del bar y todo ese mundo? Temía demasiado conocer la respuesta y sentirse decepcionado, sentir que en realidad las cosas entre ellos no estaban marchando de una forma recíproca como comenzó a creer. 

Esperó con demasiado miedo a que Otabek le enviara un mensaje, uno en el que le contara qué había ocurrido al final. Fue rápido al hacerlo, en realidad, aunque eso no le quitó a Víctor la sensación de haber esperado diez años por alguna respuesta. Sin embargo, leer las palabras de Otabek no lo alivió del todo: “Está molesto. No quiso que lo llevara de vuelta al bar”. 

Suspiró, aunque la sensación de saber a Yuuri enojado no pudo evitar que una pequeña sonrisa de satisfacción se reflejera sobre sus labios: si Yuuri había salido solo, significaba que no lo había vendido a Leroy, ya que de haber aceptado el trato, el propio J.J. lo hubiera retenido y llevado ante él para recibir su “castigo”. Por lo menos eso era lo que recordaba haber pactado con aquel. 

Claro que la sonrisa fue efímera cuando cabiló un poco más sobre lo que implicaba que Yuuri estuviera molesto. Él tenía un carácter demasiado fuerte, pese a que su fachada principal era la de alguien que no parecía capaz de contener algo así. Por eso, la pregunta importante ahora era: ¿cuán enojado estaba realmente?

Sabía que lo mejor era arreglar las cosas de inmediato. Llamó a Chris y le pidió que lo llevara al bar. Claro que, como amigo de ese hombre, Víctor tuvo que explicarle la tontería que J.J. había hecho por su cuenta, mostrándose más preocupado por la reacción de Yuuri que molesto porque Leroy actuara tras sus espaldas. Algo que llamó la atención de Chris, por supuesto. En cualquier otra situación, los sentimientos y la forma de actuar de Víctor hubieran sido diferentes.


—Yuuri…  

No era el lugar para hablar. Víctor se detuvo detrás del chico mientras este colocaba un par de copas en la mesa que servía. Y, como si no hubiera escuchado aquel llamado, devolvió sus pasos hacia la barra sin mirar a Víctor ni una sola vez. Este quiso ser positivo y creer que de verdad Yuuri no lo había escuchado. No se había acercado lo suficiente en realidad. Insistió.

—Yuuri…  

Hubo un suspiro exasperado. 

—Supongo que ya te lo dijeron, ¿no? 

La respuesta fue igual de abrupta que el movimiento de Yuuri al detenerse tan de repente. No se giró para confrontarlo y Víctor se preguntó qué clase de expresión tendría en su rostro. Aunque, por el tono de voz, podía ya imaginarse alguna. 

—Sí, y quiero hablar sobre eso contigo… En privado. 

Yuuri soltó otro suspiro y lo encaró. Víctor esperaba ver arder el mismo infierno sobre los orbes contrarios, pero…  no fue así. En realidad, parecían bastante tranquilos, bastante… gélidos y distantes. Y eso, más que tranquilizarlo, provocó un sentimiento de pánico que tuvo que controlar.

—No importa. Y no tiene porque explicarme nada. Ya comprobó lo que deseaba, así que es todo. 

—Yuuri…

—Katsuki, señor Nikiforov. Somos socios, así que debemos tratarnos como tal. 

Víctor hubiera deseado mil veces que Yuuri desatara su rabia contra él. Que lo confrontara como tantas veces hizo antes, que lo insultara, que le faltara al respeto, que lo mirara con odio y deseos de hacerle pagar. Cualquier cosa hubiera sido preferible que ver esa frialdad con la que congeló su corazón. Víctor no necesitaba hacer más preguntas para entender lo que sucedía; para notar como, de un solo golpe, había retrocedido tantos pasos en su avance con Yuuri, que incluso llegó a un punto negativo que ni siquiera había pisado en el inicio. 

Era extraño, pese a lo frío que sintió los latidos de su corazón en ese momento, Víctor comenzó a acumular en sus venas la ira que creyó recibiría del otro. Claro que no era hacia Yuuri, hacia su aparente desprecio y frialdad…  Era hacia alguien más. Por ello, no insistió con el chico en ese momento, no cuando yo no se creía capaz de intentar reparar las cosas de una manera pacífica. 

Salió del bar y fue hacia su vehículo, donde Chris aún se encontraba recargado mientras fumaba un cigarrillo. No esperaba que Víctor volviera tan pronto hacia él, pero lo que más le sorprendió fue ver esa rabia inaudita que ahora explotaba con demasiada obviedad en su rostro… Esa rabia que hubiera esperado ver en él desde un principio, aunque en menor medida.  

—Christophe, llama a Leroy y dile que debo hablar de inmediato con él.


Claro que Phichit buscó una explicación en cuanto vio a Yuuri llegar. Claro que el semblante furico de él, tan poco usual en su amigo, no le dio muy buenas expectativas de lo que había ocurrido en su reunión con Leroy. Claro que se sorprendió, más que Yuuri, al descubrir que todo eso había sido una trampa de Nikiforov. Claro que se molestó infernalmente por ello. Claro que explotó, incluso más de cómo lo había hecho Yuuri. Claro que utilizó como excusa todo eso para tratar de hacerle ver a su amigo que no podían confiar en ese hombre, que lo mejor era huir ahora cuando tenían la posibilidad. Y claro que, dentro de todas las posibles respuestas, le sorprendió que Yuuri le dijera, con bastante convicción, aquella que durante varios días había esperado. 

—Usaremos los boletos y nos iremos de aquí, Phichit.

Yuuri continuó intentado planificar una vía de escape en el que Nikiforov ni sus hombres pudieran darse cuenta, pero sus palabras fueron interrumpidas por un efusivo abrazo.

—¡Estamos haciendo lo correcto, Yuuri! ¡No tendremos que preocuparnos nunca más!

El alivio de Phichit era palpable, como si de un instante a otro hubiera dejado caer de su espalda una pesada roca que cada vez le costaba más cargar. Parecía respirar con más libertad, como si hubiera recordado cómo hacerlo. Aunque, al separarse, no debió sorprenderse de que el rostro de Yuuri no congeniara con el suyo…  ni con su sentir. Phichit temió de la decepción que había en la mirada de su amigo. Él no quería irse y, ciertamente, se sintió asustado de eso. ¿Por qué Yuuri no parecía aliviado con la posibilidad de librarse de todo eso? ¿Acaso él siempre había sido así de inconsciente? Con mayor fuerza sintió el deber de sacarlo de todo eso, antes de que continuara hundiéndose hasta llegar a un punto sin retorno.


—¿Quién te dio la orden de que continuaras con la prueba de Katsuki?

J.J. sonreía despreocupado. Era uno de los antiguos y más grandes socios de Nikiforov, pero incluso así, con todos los años de historial que había de relación entre los dos, no era capaz de intuir la rabia contenida que Víctor dirigía hacia él. Lo había visto arremeter con saña contra incontables personas, sobre todo aquellas que estuvieran asociadas con su padre, pero nunca contra él, sin importar lo que ocurriera ni los pequeños tropiezos que hubieran llegado a ocurrir antes entre su asociación. J.J. no se sentía como un subordinado suyo, sino como alguien que se encontraba a su mismo nivel. Por eso la confianza y el nulo miedo de tener enfrente suyo a un Víctor aparentando frialdad, indiferencia, pero cuyos ojos estallaban como bombas de corto alcance, clavados en él como un claro objetivo.  

Leroy no respondió de inmediato, la pregunta lo tomó mientras degustaba el delicioso whisky que Christophe, quien se encontraba también presente, cerca de la puerta, le había servido a su petición. Esa era la oficina de Víctor dentro de su hogar, un lugar al que muy pocos tenían acceso, pero que J.J. conocía bastante bien. 

—Oh, nadie, pero quise ser proactivo —Dejó la copa sobre el escritorio—. Sé que estás ocupado con… conflictos familiares y había pasado ya bastante tiempo desde la última vez que hablé con él. No debíamos dejar que las cosas se enfriaran aún más. Además, tenías razón, el chico te fue fiel; pese a que lo apunté con un arma, él siguió negándose. 

J.J. se vanagloriaba con la fidelidad que Katsuki había demostrado; sin embargo, para Víctor, escuchar que le había apuntando con un arma fue suficiente para sacarlo de sus casillas y detonar la bomba. No lo tenía planeado desde antes; en realidad, no había pensado sobre lo que haría con J.J. una vez lo tuviera enfrente y escuchara su versión. Solo estaba seguro de que las cosas no se quedarían sin pagar, que de alguna forma le haría entender a ese hombre que actuar sin sus órdenes y sin siquiera notificarlo era lo peor que podía hacer. Pero, corrección, realmente lo peor que Leroy podía hacer era levantar un arma contra Yuuri… Y Víctor se lo hizo pagar de la misma manera. 

Ni siquiera dio tiempo de réplica ni de que J.J. fuera capaz de razonar el hecho de que Víctor, su gran y más importante socio, alzó su pistola contra él y la utilizó, pues casi de inmediato una bala quedó incrustada contra su frente y lo hizo caer muerto al suelo de manera irremediable. 

—¡Mierda, Víctor!

Christophe tampoco se lo había esperado. Incluso, el sonido del disparo lo hizo sobresaltarse y dar un pequeño brinco hacia atrás. Mientras veía la sangre de J.J. correr desde su cabeza, en un inevitable preludio de que ese era su fin, sin duda pensó que todo eso había sido excesivo, impulsivo y estúpido por parte de Víctor. Y algo no muy común en él. ¿Leroy se merecía la muerte por actuar sin sus órdenes? No, por supuesto que no, pues él no era del todo un empleado, era un socio y su muerte iba a traer consigo problemas con quienes negociaban con Víctor, pero teniendo a J.J. como intermediario. Estaba seguro de que habrían bastantes represalias después de esto.

Durante algunos segundos Víctor mantuvo el arma alzada, aunque sus ojos estaban sobre el cuerpo aún caliente de J.J., mismo que se desangraba poco a poco sobre la alfombra de su estudio. Su pulso temblaba y había cierto tinte de palidez en su rostro. Hacía demasiados años que Chris no lo veía temblar al empuñar un arma. Víctor, tan solo instantes después, se dejó caer sobre su asiento de vuelta y exhaló un ahogado suspiro. Solo se tomó un par de segundos para recobrar la compostura y comprender lo que había hecho. Y, claro, tratar de convencerse así mismo que, aunque impulsivo, había hecho lo correcto. ¿Qué confianza podía tenerle a un hombre que había actuado tras sus espaldas? A uno que, nunca antes, había hecho algo contra sus órdenes. 

—Hazte cargo del cuerpo tú solo. Que nadie más lo vea. Si alguien pregunta, él murió en una emboscada hecha por los hombres de Baran.

Víctor se levantó de golpe, guardó su pistola y caminó con movimientos violentos hacia la puerta. Chris se hizo a un lado, con la sabiduría de que intentar recriminarle a Víctor lo que había sucedido era lo que peor podía hacer en ese momento. Eran amigos, más amigos que empleado y jefe, y aun así sintió un temor real de que él pudiera ser el siguiente en caer si trataba de confrontarlo y se equivocaba en sus palabras. ¿Acaso todo ese jodido desastre había ocurrido en nombre de Katsuki? Tenía que ser una maldita broma. 

—Y dale a Isabella algo de dinero cuando le des la noticia. 

Chris no tuvo más opción que obedecer.

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