VICDER: CAPITULO DIECINUEVE


El Doctor Yakov le indicó la silla que había frente a su escritorio con ambas manos.

—Tome asiento, por favor. Permitame terminar un par de cosillas y enseguida le informaré de los descubrimientos que he realizado desde ayer por la tarde.





Vicder se sentó, agradecida de poder dar un respiro a sus piernas que le temblaban.




—El príncipe acaba…





—Sí, Yo también estaba aquí.





—¿Como pude haberle dicho que no? -suspiro, abrazando sus piernas con ambas manos.





—No se sienta mal, señorita Vicder. Entiendo que su intención es protegerse.





El doctor Yakov tomó asiento a su vez y pulsó varias veces la pantalla del escritorio. Vicder repasó mentalmente la conversación mientras el escaner de la retina le informaba de que su cuerpo estaba produciendo endorfinas en cantidades masivas y que debía intentar tranquilizarse.

—¿Qué cree que ha querido decir con eso de que sus motivos responden a la supervivencia?





—Seguramente que este año no le apetecia que las jovencitas lo acosaran en el baile. Ya sabe que hace un par de años casi hubo una estampida. Aparte que queda claro que quiere pasar tiempo con usted.





Vicder se mordió el labio. De todas las chicas de la ciudad, ella era… La más conveniente.




Decidió que aquellas palabras resonaran en su interior como un eco, que se le quedarían grabadas. Estaba en el lugar y el momento apropiados, parecía sana y, aunque la invitara al baile, aquello no lo comprometía a nada. Ni más ni menos.




Además, estaba de luto. El príncipe se había limitado a tomar una decisión con la cabeza fría.

—El emperador Katsuki ha muerto -dijo Vicder, buscando algo diferente en que entretener sus pensamientos.





—Así es. El príncipe Yuuri estaba muy unido a su padre, después de la muerte de su madre cuando era un niño, supongo que lo sabe.





Vicder bajó la vista hacia la pantalla sobre la que el doctor se encorvaba. Se alcanzó a ver un pequeño gráfico de un torso humano, rodeado de cajas llenas de texto comprimido. No parecia el suyo.




—La engañaría si le dijera -prosiguió el Dr.Yakov- que en ciertos momentos no he acariado la secreta esperanza de encontrar un antidoto a tiempo de salvar a su Majestad, a pesar de ser muy consciente de las escasas posibilidades de éxito que tenía desde el momento en que lo diagnostiqué. Sin embargo, debemos continuar con nuestro trabajo.





Vicder asintió con la cabeza, pensando en la pequeña mano de Yuuko aferrada a la suya.




—Doctor, ¿por qué no le ha dicho nada al príncipe sobre mí? ¿No quiere que sepa que ha encontrado a alguien inmune? ¿Acaso no es importante?.





El hombre frunció los labios, pero no levanto la vista.

—Tal vez debería hacerlo, pero sus responsabilidades le obligarían a comunicárselo al pueblo y no creo que todavía estemos preparados para atraer tanta atención de los otros. Cuando dispongamos de las pruebas sólidas que testimonien que usted es… tan valiosa como espero, entonces compartiremos la noticia con el príncipe. Y con el mundo.





Vicder cogió un lápiz de portavisores que corría por la mesa y lo examinó como si se tratara de una maravilla de la ciencia.




—Tampoco le ha dicho que soy una cyborg -murmuró, haciendo girar el lápiz entre sus dedos, como un molinillo.





El hombre por fin la miró y las arrugas que le bordeaban los ojos se acentuaron.




—Ahora entiendo, eso es lo que le preocupa en realidad, ¿Verdad? -Antes de poder confirmar o refutar aquella afirmación, el doctor Yakov agitó una mano para desarmar con aquel gesto la actitud defensiva de la joven-. ¿Cree que debería decirle que es una cyborg? Lo haré, si eso es lo que quiere, pero sinceramente creo que no le debería de incumbir al príncipe. Es usted, y si realmente le quiere la aceptara tal como es, sino, no es el caballero por las que todas las Jovencitas andan suspirando.





A Vicder se le cayó el lápiz en el regazo.




—¡No!, no es… Yo solo…





El doctor Feltsman intentó reprimir una risotada al verla tan nerviosa. Se estaba burlando de ella. Vicder lanzó un bufido irritada, y se volvió hacia la ventana. El sol de la mañana bañaba la ciudad con una luz cegadora.




—La Verdad es que da igual. Lo averiguara tarde o temprano.





—Si, supongo que si. Sobre todo si continua mostrando, digamos, interés en usted. Pero lo que le digo es encerio, La deberá aceptar como es usted. -El doctor empujo la silla hacia atras-. Por el momento detengamos los consejos amorosos y Veamos los avances, Hemos completado su secuencia de ADN. ¿Que le parece si vamos al laboratorio?.


Vicder se levanto, estirandose y lo siguio por el pasillo. Los laboratorios no estaban muy lejos y entraron en un laboratorio igual al de la vez anterior.

Vicder se sentó en la camilla sin esperar que se lo dijeran.

—Hoy he ido a las cuarentenas a ver a mi hermana.





El doctor se detuvo con el dedo sobre el botón de encendido de la telerred.




—Eso ha sido un poco arriesgado. Sabe que quien entra no puede salir, ¿verdad?





—Lo sé, pero tenía que verla. -Balanceó las piernas. Los pies golpearon las patas de la mesa-. Uno de los med-droides me extrajo una muestra de sangre antes de irme y estaba limpia.


El doctor pulsó los controles de la telerred.




—Ajá.





—Pensé que debía saberlo, por si eso pudiera afectar a lo que fuera.


—En absoluto.





La punta de la lengua asomó por la comisura de los labios del doctor Feltsman y un segundo después la pantalla cobró vida. A continuación, el hombre se deslizó las manos por la superficie para subir el fichero de Vicder. Ese día estaba mucho más completo y contenía información sobre ella que ni siquiera la joven conocía.




—Y he visto algo -insistió Vicder-.

El doctor gruño, más concentrado en la pantalla que en ella.

—Uno de los med-droides dijo que estaba programado para ello. Tenia decenas de chips.




El doctor Feltsman se volvió hacia ella ligeramente interesado. Pareció considerar la información unos instantes y acto seguido relajó la expresión.

—Ya.

—Ya ¿que? ¿Para que quieren esos chips?




El doctor se rascó la mejilla, cubierta por una fina barba incipiente.




—Es una práctica común en algunas zonas rurales de todo el mundo, donde la letumosis lleva cobrándose vidas desde hace mucho más tiempo que en las ciudades. Les extraen los chips a los fallecidos y los venden. De manera ilegal, por descontado, pero supongo que deben sacar bastante dinero por ellos.





—¿Por qué iba a querer alguien comprar el chip de identidad de otra persona?





—Por que es difícil ganarse la vida sin uno: cuentas corrientes, prestaciones, permisos … Se necesita una identidad para todo. -Frunció el ceño-. Aunque eso nos plantea una cuestión interesante. Con la cantidad de bajas que la letumosis ha producido en los últimos años, lo lógico sería que el mercado estuviera saturado de chips de identidad que nadie necesita. Es curioso que todavía haya demanda de ellos.





—Lo sé, pero si ya tienes uno…





Se detuvo, analizando las palabras del doctor. ¿De verdad era tan sencillo robar la identidad de alguien?.




—Salvo que tengas la intención de convertirte en otra persona -prosiguió el doctor, leyéndole el pensamiento-. Ladrones. Prófugos de la justicia. -El hombre se rascó la cabeza por encima de la gorra-. Algún lunar un tanto raro. Ellos, claro está, no llevan chips de identidad.


—No hay lunares en la tierra. Bueno, salvo los embajadores, supongo.





El doctor Yakov le dirigió una mirada llena de lástima, como si Vicder fuera una niña ingenua.

—Ya lo creo que sí. Para infinita consternación de la reina Minako, no todos los lunares se dejan lavar el cerebro con tanta facilidad para vivir sumidos en una felicidad ciega, y son muchos los que han arriesgado sus vidas para escapar de Luna e instalarse aquí. Es difícil salir de la luna y estoy seguro de que son muchos más los que mueren en el intento que quienes lo consiguen, sobre todo después de las ultimas restricciones impuestas en los puertos lunares, pero estoy convencido de que las fugas no se han detenido.





—Pero… eso es ilegal. Se supone que no deben estar aquí. ¿Por qué no los hemos detenido?.


Por un momento dio la impresión de que el doctor Feltsman iba a echarse a reír.




—Escapar de Luna es difícil, llegar a la tierra es la parte sensilla, Los lunares saben cómo camuflar sus aeronaves y entrar en la atmósfera terrestre sin ser detectados.





Magia. Vicder se removió inquieta.




—Tal como lo describe, parece como si escaparan de la cárcel.


El doctor Yakov enarcó ambas cejas.




—Si, eso es exactamente lo que trato de explicarle.


Las botas de Vicder golpearon la mesa del laboratorio. Se le había revuelto el estomago de solo pensar que la reina Minako visitaría Nueva Pekín, pero que decenas, tal vez incluso cientos de lunares pudieran estar viviendo en la tierra, suplantando a otros terrestres, eso casi la había hecho salir corriendo en dirección al fregadero. Podía ser cualquiera, convertirse en cualquier persona, y los terrestres jamás sabrían que estaban siendo manipulados.




—No se espante, señorita Vicder. La mayoría se queda en las zonas rurales, donde es más fácil que su presencia pase desapercibida. Las posibilidades de que alguna vez haya podido cruzarse con uno de ellos es prácticamente nulas.





Esbozo una leve sonrisa burlona. Vicder enderezó la espalda.




—Parece que sabe mucho sobre ellos.





—Ya tengo una edad, señorita Vicder, donde se mucho de muchas cosas.





—Muy bien, pues tengo una pregunta. ¿Que tiene los lunares contra los espejos? siempre pensé que eso de temerles no era más que puro cuento,pero… ¿es cierto?





El doctor frunció el ceño.




—Algo de cierto hay, ¿Sabe cómo funciona el hechizo de los lunares?





—No mucho.


—Ya veo. En fin… -Se inclino hacia atrás-. Ese don Lunar no es más que la capacidad para manipular la energía bioeléctrica, la energía que crean de manera natural todos los seres vivos, por ejemplo, se trata de la misma energía que utilizan los tiburones para detectar a sus presas.





—Suena bastante Lunar.





Las arrugas que bordean la boca del doctor se acentuaron.




Los Lunares poseen la capacidad única de no solo detectar la bioeléctricidad que generan los demás, sino también de controlarla. Pueden manipularla para que la gente vea lo que el lunar desee que vea, e incluso sienta lo que el lunar desee que sienta. Llaman “hechizo” a la imagen que proyectan de ellos mismos en las mentes de los demás.




—¿Como hacer creer a la gente que eres más guapo de lo que en realidad eres?





—Exactamente. O… -Hizo un gesto hacia las manos de Vicder- hacer que alguien vea piel donde no hay más que metal.





Vicder se frotó con timidez la mano izquierda mecánica a través del guante.




—Esa es la razón por la cual la reina Minako parece poseer una belleza tan deslumbrante. Algunos lunares con grandes dotes, como la reina, son capaces de mantener el hechizo en todo el momento. Sin embargo, así como no puede burlar a las telerredes, tampoco puede engañar a los espejos.





—Entonces, ¿no les gustan los espejos porque no quieren verse?





—No podemos descartar la vanidad, pero en realidad se trata de una cuestión de control. Es más sencillo de engañar a los demás para que crean que eres hermosa si eres capaz de convencerte a ti misma que en realidad lo eres. Sin embargo los espejos tienen la rara virtud de decirnos la verdad. -El Doctor Yakov la miró fijamente con cariño-. Y, ahora una pregunta para usted señorita: ¿A qué viene este súbito interés por los lunares?.





Vicder se humedeció los labios, bajó la vista hacia el regazo y vio que todavía llevaba en las manos el lápiz que había cogido de la mesa.




—Por algo que ha dicho Yuuri.


—¿Su Alteza? ¿Que podría ser?


Asintió con la cabeza.

—Me ha dicho que la reina Minako visitará Nueva Pekín.


El doctor se echó hacia atrás borrando de inmediato la expresión dulce, cambiándolo por uno sorprendido. Por primera vez desde que se habían visto ese día, la joven había conseguido acaparar toda su atención.




—¿Cuando?





—Se supone que llegará hoy.





—¡¿Hoy?!





Vicder se sobresaltó. No recordaba haber oído al Doctor Yakov levantar la voz. El hombre se alejó de ella girando a un lado y a otro, rascándose la cabeza sobre la gorra, sumido en sus pensamientos.




—¿Se encuentra bien?





El doctor Yakov hizo un gesto con la mano, como si quisiera espantar la pregunta.




—Supongo que esto era lo que estaba esperando. -Se quitó la gorra, lo que dejó a la vista una clava en el centro bordeado por un pelo muy fijo gris. Se pasó la mano por la cabeza varias veces, mirando el suelo como si allí se encontrara su peor enemigo-. Pretende aprovecharse de Yuuri, de su juventud e inexperiencia.





Soltó un bufido furioso y volvió a colocarse la gorra.




Vicder estiró los dedos, que le cubrieron las rodillas.




—¿Qué quiere decir con eso de que pretende aprovecharse de él?





El hombre se volvió hacia ella. La tensión se reflejaba en un rostro de expresión turbulenta. La mirada que le dirigió la hizo estremecer.




—Por el momento no debería preocuparse por el príncipe señorita Vicder





—Ah, ¿no?





—¿Vendra hoy?¿Eso es lo que le ha dicho? -Vicder asintió con la cabeza-. Entonces debe irse. Rápido. No puede estar aquí cuando ella llegue.





La echó de la mesa de exploración. Vicder bajo de un salto con un mohín, pero no se dirigió hacia la mesa, solo se cruzo de brazos.




—¿Que tiene que ver eso conmigo?





—Tenemos sus muestras de sangre, su ADN, por ahora podemos seguir trabajando sin necesidad de tenerla aquí. Manténgase alejada del palacio hasta que ella se haya ido, ¿entendido?





Vicder plantó los pies en el suelo.




—No, no lo entiendo.





El hombre volvió la vista hacia la telerred, que todavía mostraba toda la información relacionada con la Joven. Parecía confuso. Viejo. Rendido.




—Pantalla, actualización de las noticias.





La información sobre Vicder desapareció y fue sustituida por un presentador “… Alteza está preparándose para realizar una conferencia en cuestión minutos sobre el deceso de su Majestad Imperial y la próxima coronación . Emitiremos en directo…”

—Fuera Sonido


—¿Doctor? -pronuncio Vicder-.


El hombre se volvió hacia ella con mirada suplicante.




—Señorita Vicder, escúcheme con suma atención


—Subiré el volumen de mi Interfaz auditiva al máximo.





Se recostó contra los armarios, decepcionada al ver que el doctor Feltsman aceptaba su sarcasmo sin pestañear. De hecho, el hombre lanzó un pequeño bufido de contrariedad.

—No sé como decirle esto, Creía que tendría más tiempo. -Se frotó las manos, se acerco a la puerta, Enderezó la espalda y se volvió una vez más hacia Vicder. Tenía doce años cuando la operaron, ¿correcto?





Vicder no esperaba aquella pregunta.

—Si…


—Y antes de eso, ¿No recuerda nada?


—Nada. ¿Qué tiene eso que ver con…?





—¿Y sus padres adoptivos? Por fuerza tienen que haberle contado algo sobre su infancia. Sobre sus raices.





A Vicder empezó a sudarle la mano derecha.




—Mi padrastro murió poco después del accidente y a Anya no le gusta hablar de ello, si es que sabe algo. Adoptarme no fue precisamente idea suya.




—¿Sabe algo acerca de sus padres biológicos?





—Solo sus nombre, sus fechas de nacimiento, lo que ya le había comentado. Debe estar en los archivos.





—Los archivos de su chip de identidad.





—Bueno… -Había conseguido irritarla-. ¿Adonde quiere ir a parar ?





La mirada del doctor Feltsman se suavizó de nuevo, intentando tranquilizarla, aunque solo consiguió desconcertarla aún más.




—Señorita Vicder, gracias a sus muestras de sangre he concluido que, en realidad, es usted lunar.





La palabra resbaló sobre Vicder como si el hombre hablara en otro idioma. La maquinaria de su cerebro continuó haciendo tictac, tictac, como si intentara desentrañar una ecuación imposible.




—¿Lunar?





—La palabra se evaporó en cuanto abandonó sus labios, casi como si no hubiera sido pronunciada.





—Si.





—¡¿Lunar?!





—Así es.





Vicder intentó contenerse. Miró las paredes, la mesa de observación, el presentador de noticias silenciado.




—No sé hacer magia -dijo, aún con los brazos cruzados en forma de defensa-.





—Si, bueno, no todos los lunares nacen con esa capacidad. Se les llama “caparazones”. Es mejor de esa forma que no bioelèctricamente limitado, ¿cierto?




El hombre soltó una incómoda risita.




Vicder cerró la mano metálica. Por un instante deseó tener algún poder para lanzarle un rayo a la cabeza.




—No soy lunar. -Se arrancó el guante y agitó la mano delante de él-. Soy una Ciborg. ¿No cree que eso ya es más que suficiente?





—Los lunares pueden ser ciborgs al igual que los humanos. Es raro, de acuerdo, teniendo en cuenta la férrea oposición que presentan ante la cibernética y las interfaces cerebro-maquina…





Vicder fingió un grito de sorpresa.


—No me diga. ¿Quien se opondría a una cosa así?





—… pero Lunar y ciborg no son dos términos mutuamente excluyentes. Pensándolo bien no es de extrañar que la enviaran aquí. Desde que la reina Channary instauró el infanticidio de los que no poseían el don, muchos padres lunares han intentado salvar a sus hijos caparazones enviándolos a la tierra. Cierto, la mayoria de ellos mueren o se los ejecuta por intentarlo, pero aún así… Creo que ese fue su caso. Lo de que intentaron salvarla, no lo de la ejecución.




Una lucecita naranja se encendió en el limite de la visión de Vicder. La Joven lo miró fijamente.




—Miente.





—No miento, señorita Vicder.





Vicder abrió la boca para rebatir… ¿el qué? De todo lo que había dicho, ¿qué era exactamente lo que había hecho saltar el detector de mentiras?




La luz se apago cuando el doctor continuó hablando.




—Eso también explica lo de su inmunidad. De hecho, cuando ayer venció a los patógenos, la primera posibilidad que se paso por la cabeza fue que usted fuera lunar, pero no quería decir nada hasta haberlo confirmado.


Vicder se presionó los ojos con las palmas de las manos, intentando protegérselos de los cegadores fluorescentes.




—¿Que tiene que ver con la inmunidad?





—Que los lunares son inmunes a la enfermedad, es evidente.





—¡No! No es evidente. Eso no es algo que sepa todo el mundo.





Vicder se pasó las manos por el pelo, introduciendo los dedos entre los mechones sujetos por la coleta.




—Ya, claro, pero es de sentido común cuando se conoce la historia. -Se retorció las manos-. Algo que, me temo, no conoce todo el mundo.




Vicder ocultó su rostro, respirando con dificultad. Solo le quedaba confiar en que el hombre hubiera perdido la razón, de ese modo no tendría que creer nada de lo que decía.




—Verá, los lunares son los huéspedes portadores originales de la letumosis. La ola de emigración a las zonas rurales de la tierra, principalmente durante el gobierno de la reina Channary, puso por primera vez la enfermedad en contacto con los humanos. Desde un punto de vista histórico, no es un hecho inusual. Las ratas llevaron la peste bubónica a Europa y los conquistadores españoles llevaron la viruela a los indios americanos. Ahora parece que haya que remontarse a la Segunda Era para encontrar un momento en la historia en que los humanos se creían inmunes a todo, pero con la inmigración de los lunares, en fin… El sistema inmunitario terrestre no estaba preparado. En cuanto un puñado de lunares portadores de la enfermedad llegó a la tierra, la enfermedad empezó a propagarse como un reguero de pólvora.




—Creía que yo no era contagiosa.




—Ahora no lo es, porque su cuerpo ha creado las defensas con que combatir la enfermedad por si solo, pero puede que lo haya sido en algún momento. Además, sospecho que los lunares poseen distintos grados de inmunidad: Mientras que unos combaten y eliminan la enfermedad por completo, otros la transmiten sin manifestar ni un solo síntoma externo y la propagan allí por donde pasan, completamente ajenos a los problemas que crean.




Vicder agitó las manos delante de él.




—No. Se equivoca. Tiene que haber otra explicación. No puede ser…





—Comprendo que tiene que asimilar demasiada información, pero necesito que entienda la razón por la cual no debe estar presente cuando llegue La reina Minako. Es demasiado peligroso.





—No, quien no lo entiende es usted. ¡No soy uno de ellos!





Ciborg y, además, lunar. Lo primero bastaba para convertirla en una mutante, en una marginada, pero ¿ambas cosas?. Se estremeció. Los lunares eran un pueblo salvaje y cruel. Asesinaban a sus hijos caparazón. Se mentían, engañaban y manipulaban entre ellos porque si, porque podian. No les importaba a quien pudieran perjudicar siempre que ellos salieran beneficiados. No era una de ellos.




—Señorita Vicder, tiene que hacerme caso, la trajeron aquì por una razón.





—¿Cuál? ¿Ayudarlo a encontrar una cura? ¿Cree que esto es un retorcido regalo del destino?





—Yo no he hablado ni de suerte ni de destino, sino de pura supervivencia. No puede dejar que la vea la reina.





Vicder retrocedió hasta el armario, cada vez más confusa.




—¿Por qué? ¿Por que iba a importarle alguien como yo?





—Créame, le importa mucho alguien como usted -Vaciló. El pánico se leía en sus ojos azul marino-. Verá, ella… Ella odia a los caparazones lunares ya que son inmunes al hechizo lunar. -Hizo aspavientos con las manos, como si buscara una palabra en el aire- Al no poder controlarlos, es por eso que continua con su exterminio. -Sus labios se convirtieron en una fina linea-. La Reina Minako no se detendrá ante nada para asegurarse el control total, para eliminar cualquier tipo de oposición, y eso implica acabar con aquellos capaces de resistirse a ella, gente como usted. ¿Me comprende, Señorita Vicder?. Si la viera, la matara.





Vicder Tragó saliva y presionó el pulgar contra la muñeca izquierda. No llego a notar el chip de identidad, pero sabia que estaba allí.




Robado a un muerto.




Si el doctor Yakov tenía razón, entonces todo lo que sabía de ella, su infancia, sus padres y abuelo, todo era mentira. Una historia inventada. Una persona inventada.




La idea de que los lunares fueran fugitivos había dejado de parecerle tan extraña.

Se volvió hacia la telerred. Yuuri aparecía en la pantalla, en la sala de prensa, hablando desde un podio.




—Señorita Vicder, alguien se tomó muchisimas molestias para traerla aquí y ahora usted se encuentra en grave peligro. No puede arriesgar su Vida.





Apenas lo oía, concentrada en el texto que empezaba a desplazarse por la parte inferior de la pantalla.




ULTIMA HORA: LA REINA MINAKO VISITARÁ LA COMUNIDAD ORIENTAL PARA RETOMAR LAS CONVERSACIONES SOBRE EL TRATADO DE PAZ. ULTIMA HORA: LA REINA MINAKO…




—¿Señorita Vicder? ¿Está escuchándome?





—Sí -contestó-. En grave peligro. Ya le he oído.

Cómo están mi gente hermosa!! Les traigo un nuevo capítulo ❤️❤️
Ojalá les guste mucho 🙌

Nuestra niña se siente mal de haberle dicho que no a Yuuri 💔 y lo que le dice Yakov, es muy lindo. Ustedes que opinan?

Y la bomba!! Nuestra niña es Lunar!!! 😱😱😱 

Poco a poco se van descubriendo cosas!!  😁😁

En la tarde vi Ella encantada 😍 es realmente hermosa ❤️

Nos vemos pronto en un nuevo capítulo! 😘

Publicado por dmoonbrillentq

Dmoonbrillentq me encanta leer y ver anime, es una forma de poder desprenderme de toda la realidad y adentrarme a miles de aventuras que disfruto montones, por lo que cada historia y experiencias me encantaría poder compartirlo con ustedes. A nivel más personal amo la música y el baile <3 y ayudar a las demás personas, por lo que si necesitas en algún momento poder conversar con alguien aquí estaré

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