VICDER: CAPITULO DIECISIETE


Un tintineo atravesó la cabeza de Vicder, seguido de un mensaje de texto que se desplazó en medio de la oscuridad del sueño.

Com Remitida desde el distrito 29 de nueva Pekín, cuarentena de Letumosis, Linh Yuko ha entrado en el tercer estado de la enfermedad a las 04:57 am del 22 de agosto del 132 TE.

Necesito de un minuto  para sacudirse de encima la somnolencia y entender aquellas palabras. Abrió los ojos en el dormitorio sin ventana y se incorporó. Le dolía todo el cuerpo de la visita nocturna al depósito de chatarra. Tenía la espalda tan dolorida que tenía la sensación de que ese viejo coche le hubiera pasado por encima en lugar de estar empujándolo por los callejones con la ayuda de Chris. Sin embargo, lo habían conseguido, el coche ya era suyo. Lo habían escondido en un rincón oscuro del aparcamiento subterráneo del edificio, así sería más fácil trabajar en el cuando tuviera un poco de tiempo.

Apenas pudieron llegar a casa, Vicder se había dejado caer en las mantas como si alguien la hubiera apagado, por primera vez en semanas no había tenido ninguna pesadilla. Al menos hasta que aquel mensaje la despertó.

Imaginarse a Yuko sola en las cuarentenas la sacó inmediatamente de la cama improvisada que había hecho, reprimiendo un gruñido. Tomó una ducha rápido, se vistió y guardó una manta verde y ropa blanca en el bolso. Pidió un levitador por primera vez en su vida.

Miro hacia Chris quien estaba igual tumbado en unas sábanas en el suelo, conectado al enchufe de carga. Decidió ir sin él, así no lo metería en problemas, además, más tarde tendría que ir al palacio.

Salió al pasillo lo más silenciosa que pudo en puntillas, cuando cerró la puerta corrió por el corredor del edificio. Ya la esperaba el levitador cuando salió a la calle. Pasó su identificador por el escáner e introdujo las coordenadas de la cuarentenas y se acomodó en el asiento trasero.

La ciudad era un laberinto de sombras, edificios somnolientos y aceras desiertas, mientras el amanecer se arrastraba por las calles.

Cuando llegaron a su destino, Vicder pasó su identificar por el escáner al salir para que el levitador pudiera realizar la rebaja a su cuenta casi agotada y le pidió que la esperara. Se dirigió al almacén más cercano, donde un grupo de androides esperaban junto a la puerta. Arriba había una telerred muy grande donde pasaban las letras:

Cuarentena de Letumosis: Acceso limitado a androides y pacientes.

Se colocó la manta sobre los antebrazos e intentó parecer lo más segura posible mientras avanzaba, preguntándose que diría si los androides la detenían.

Sin embargo los med-droides ni siquiera la miraron cuando pasó por su lado, esperaba que fuera igual de sensible al salir.

El hedor a excremento y podredumbre la golpeó en la cara en cuanto entró al almacén. Retrocedió tambaleante, con el estomago revuelto, tapándose la boca y la nariz con la mano y lamentándose de que su interfaz cerebral no pudiera amortiguar los olores con tanta facilidad como los sonidos.

Cogio aire a través del guante y contuvo la respiración antes de obligarse a volver a entrar al almacén.

Dentro no hacia tanto calor. Los rayos del Sol no lograban tocar el suelo, una lámina verde y opaca cubría una delgada hilera de ventanas pegadas al techo y bañaba el edificio de una bruma sombría.

Unas bombillas grisáceas zumbaban sobre su cabeza, incapaces de atenuar la oscuridad.

Había cientos de camastros alineados a lo largo de las paredes cubiertos con mantas, procedentes de donaciones y restos de fábrica. Se alegro de haber traído una manta bonita para Yuko. La mayoría de las camas estaban vacías, aquella cuarentena se había construido con prisas en las últimas semanas al tiempo que la enfermedad se acercaba sigilosamente a la ciudad. Sin embargo, las moscas ya se habían adueñado del lugar y su zumbido inundaba la estancia.

Los escasos pacientes junto a los qué pasó dormían o tenían la mirada clavada en el techo con el cuerpo cubierto de sarpullidos morados. Aquellos que aún conservaban la razón se encorvaban sobre sus portavisores, su última conexión con el mundo exterior. Las miradas vidriosas se volvían hacia ella, siguiendo los cuando pasaba por su lado a paso apresurado. 

Había med-droides yendo de un lado a otro entre los camastros, llevando comida y agua, pero ninguno detuvo a Vicder.

Encontró a Yuko dormida, hecha un ovillo bajo una manta azul de bebé. De no ser por su cabello que se encontraba desparramado sobre la almohada no la hubiera reconocido. Las manchas violáceas se habían extendido hasta los brazos. A pesar de estar temblando, tenía la frente perlada de sudor, parecía una ancianita que tuviera las horas contadas.

Vicder se quitó el guante y le tocó la frente con el dorso de la mano, estaba caliente y húmeda al tacto. Era la tercera fase de la Letumosis.

Le puso la manta por encima y se quedó mirandola, preguntándose si debería despertarla o si era mejor dejarla descansar. Se enderezó y miró a su alrededor. La cama que tenía detrás estaba vacía. La que Yuko tenía al otro lado estaba ocupada por un bulto menudo que les daba la espalda, ovillado en posición fetal. Un niño.

Vicder dio un respingo al sentir que alguien le tiraba de la mano, Yuko le había cogido los dedos de acero y se los estrechaba con las pocas fuerzas que le quedaban. Miraba a Vicder fijamente, suplicante. Asustada, sobrecogida, como si estuviera viendo un fantasma.

Vicder tragó saliva con dificultad y se sentó en la cama. Era casi tan dura como el suelo de su dormitorio.

—¿Has venido a llevarme a casa? -preguntó Yuko, arrastrando las palabras con voz ronca.

Vicder se estremeció. Cubrió con su mano la de Yuko.

—Te he traído una manta -contestó, como si aquello explicara su presencia.

Yuko apartó la vista y con la otra mano tocó el relieve del brocado. Permanecieron largo rato sin decir nada, hasta que oyeron un chillido estridente. 

Las manos de Yuko se cerraron sobre la de Vicder cuando esta se dio la vuelta, intentando averiguar que ocurría, segura de que estaban matando a alguien.

Cuatro pasillos más allá, una mujer se removía en su cama, gritando, suplicando que la dejaran en paz mientras un tranquilo med-droide esperaba para inyectarle una jeringuilla. Un minuto después, llegaron dos androides más para sujetar a la mujer, la obligaron a postrarse en la cama y se le sostuvieron el brazo para poder pincharla.

Vicder se volvió al percibir que Yuko se encogía a su lado. Estaba temblando.

—Esto es un castigo por algo que he hecho -dijo Yuko, al tiempo que cerraba los ojos-.

—No digas tonterías -contestó Vicder-. La peste no es más… No es justo. Lo sé. Pero no has hecho nada malo.


Le dio unas palmaditas en la mano.

—¿Mamá y Mari están…?

—Destrozadas -dijo Vicder-. Todas te echamos de menos. Pero no se han contagiado.


Yuko parpadeó y abrió aún más los ojos. Miró fijamente el rostro de Vicder, el cuello como si buscara algo.


—¿Y tus manchas? -Vicder abrió la boca, sin saber qué decir, frotándose el cuello de manera ausente, pero Yuko no le dio tiempo a responder-. Puedes dormir ahí, ¿no? -dijo, señalandole el camastro que tenía al lado-. No irán a darte una cama en la otra punta, ¿verdad?

Vicder estrechó con fuerza las manos de Yuko.

—No, Yuko, no estoy… -Miró a su alrededor, pero nadie les prestaba atención. Un med-droide dos camas más allá estaban ayudando a un paciente a beber un poco de agua-. No estoy enferma.

Yuko ladeó la cabeza.

—Pero estás aquí.

—Ya lo sé, es Complicado. Verás, ayer fui al centro de investigación de la letumosis, me hicieron pruebas y… Yuko, soy inmune. No puedo contraer la letumosis.

Yuko relajó la frente arrugada. Volvió a mirar el rostro de Vicder, el cuello, los brazos, como si su inmunidad fuera algo visible, algo que debería apreciarse a simple vista.

—¿Inmune?

Vicder acarició la mano de Yuko más rápido, nerviosa después de haberle revelado a alguien su secreto.

—Me pidieron que volviera hoy. El jefe médico cree que tal vez pueda ayudarles para encontrar un antidoto. Le dije que si descubre algo, lo que sea, tú tienes que ser la primera persona en recibirlo. Se lo hice prometer.

Asombrada, vio que los ojos de Yuko se llenaban de lagrimas.

—¿De verdad?

—De verdad. Vamos a encontrar la cura.

—¿Cuanto tiempo tardaran?

—No…No lo sé.

La otra mano de Yuko encontró su muñeca y la apretó. Las largas uñas se le clavaron en la carne, pero Vicder tardó bastante en advertir el dolor. La respiración de Yuko se había acelerado. Las lágrimas no dejaban de acudir a sus ojos, pero parte de la esperanza repentina se había desvanecido y la había invadido la desesperación.

—No dejes que me muera, Vicder. Yo quería ir al baile. ¿Recuerdas? Ibas a presentarme al principe.

Volvió la cabeza, enterrando el rostro en la almohada en una vano intento por detener las lágrimas, o por esconderlas, o por secárselas de una sola vez. En ese momento, la asaltó una tos seca que dejó un fino hilillo de sangre en el cojín.

Vicder torció el gesto y se inclinó de inmediato para limpiarle la barbilla con la esquina de la manta del brocado.

—No te rindas, Yuko. Si soy inmune, eso quiere decir que tiene que existir la manera de combatir esta enfermedad. Y ellos averiguarán cómo. Seguro que acabaras yendo al baile. -Sopesó si contarle que Christopher había decidido conservar su vestido, pero comprendió que eso implicaría tener que decirle que habían tirado todo lo que alguna vez hubiera tocado. Se aclaró la garganta y le apartó el pelo de la sien con una caricia-. ¿Hay algo que pueda hacer para que estés más cómoda?

Yuko sacudió la cabeza sobre la almohada gastada, sujetando la manta contra la boca. Entonces, levanto la mirada.

—¿Mi portavisor?

Vicder se estremeció con una sensación de culpa.

—Lo siento, todavía no está arreglado. Pero le echaré un vistazo esta noche.


—Solo quería enviarle una com a Mari y a mamá.

—Claro. Te lo traeré en cuanto pueda. -El portavisor de Yuko. La androide del príncipe. El coche-. Lo siento mucho Yuko, pero tengo que irme.


Las manitas se aferraron a su muñeca.

—Volveré tan pronto como pueda, te lo prometo.

Yuko inspiro débilmente, se sorbió la nariz y la soltó. Enterró las débiles manos bajo la manta y se tapó hasta la barbilla.

Vicder le dio un beso en la frente y se puso de pie, desenredandole el pelo con los dedos.

—Intenta dormir un poco. Reserva Fuerzas.

Yuko siguió a Vicder con los ojos llorosos.

—Te quiero Vicder, Me alegro de que no estés enferma.

A Vicder se le encogió el corazón . Frunció los labios, se inclino de nuevo besándole la punta de la nariz.

—Yo también te quiero.

Le costó encontrar la fuerza necesaria para apartarse de ella, hasta que se obligó a alejarse de allí intentando engañarse, diciéndose que todavía quedaba una esperanza. Una esperanza.

Se dirigía hacia la salida de la cuarentena con la mirada al frente cuando oyó que alguien la llamaba por su nombre. Se detuvo, creyendo que aquella voz ronca había sido fruto de su imaginación en medio de un sinfín de gritos histéricos.

Se volvió y vio una cara familiar medio cubierta por una colcha descolorida por el tiempo.

—¿Sala?

Se acerco al pie de la cama, arrugando la nariz ante el olor a acre que despedía el lecho de la mujer. Sala, la panadera del mercado, apenas era reconocible bajo aquellos párpados hinchados y la piel cetrina.

Intentando respirar con normalidad, Vicder rodeó la cama.

La colcha que cubría la nariz y la boca de Sala se movía con su trabajosa respiración. Tenía los ojos vidriosos y abiertos de par en par. Era la única vez que recordaba que Sala la hubiera mirado sin desprecio.

—¿Tú también Vicder?

—¿Puedo hacer algo por ti?  -dijo Vicder con inseguridad, eludiendo la pregunta.

Eran las palabras más amables que alguna vez hayan compartido. La colcha se movió y descubrió unos centímetro más del rostro de la panadera, Vicder reprimió un grito al ver las manchas azuladas en la mandíbula de la mujer, que se extendía hacia el cuello.

—Mi hija -dijo, entre murmullos- ¿Puedes traer a Soary? Tengo que verla. Tratar de despedirme de mi bebé.

Vicder no se movió, recordando que apenas unos días atrás Sala le había prohibido a Soary que se acercara a su puesto.

—¿Que la traiga? 

Sala asomó un brazo por debajo de la manta, lo alargó hacia  la joven y la atrapó por la muñeca. Allí donde la piel se unía con el metal. Vicder retrocedió la mano, intentando zafarse pero Sala la tenía apresada con fuerza. Un pigmento azulado rodeaba las uñas amarillentas. 

La cuarta y última fase de la fiebre azul.

—Lo intentaré -dijo-.

Acercó la otra mano, vaciló, y luego le dio unos golpecitos en los nudillos. Los dedos azules la soltaron y cayeron sobre la cama.

—Soary -murmuró Sala. Su mirada seguía detenida en el rostro de Vicder, pero ya no la reconocía-. Soary.

La joven retrocedió, viendo cómo las palabras se marchitaban en los labios de la mujer. La vida se apagó en los ojos negros de Sala.

Todo el cuerpo de Vicder sufrió una sacudida. Se llevó las manos all estómago y miro a su alrededor. Los demás pacientes continuaban a su alrededor totalmente inmersos a ella y a la mujer  -al cadaver- que tenía al lado. Sin embargo, en ese momento vio que se acercaba un androide y supuso que los med-droides estarían conectados de algún modo con los pacientes para saber cuando moría uno de ellos.

¿Cuánto tardaba en llegar la notificación por com a la familia? ¿Cuánto tiempo pasaría antes de que Soary supiera que se había quedado huérfana?

Sintió deseos de salir corriendo, de abandonar aquel lugar lo antes posible, pero era como si tuviera los pies clavados al suelo. El androide llego hasta la cama y tomo la mano de Sala entre sus prensores.


Tal vez el med-droide quisiera hacerle alguna pregunta a Vicder, puede que alguien quiera conocer las últimas palabras de la mujer. Tal vez le interesara a su hija.

Con todo, el sensor del med-droide no se volvió hacia ella. Vicder se pasó la lengua por los labios. Abrió la boca pero no se le ocurrió que decir.

El med-droide introdujo la mano libre en el interior  en el compartimiento que acaba de abrirse en su torso y sacó un escalpelo entre los dedos articulados.

Vicder contempló, entre hipnotizada y asqueada, como el
Androide colocaba la hoja sobre l muñeca de Sala. Un hilillo de sangre rodó por la palma de la mujer. La joven se sacudió de encima el aturdimiento y dio un tambaleante paso al frente. 

—¿Que estás haciendo?  -dijo más alto de lo que pretendía-.


El med-droide se detuvo con el escalpelo hundido en la muñeca de Sala. El visor amarillo lanzó un destello en dirección a Vicder y luego se atenuó.

—¿En que puedo ayudarla? -dijo, con su educación de serie-.   


—¿Que estás haciendo? -volvió a preguntar Vicder-.


Se reprimió para no Alargar la mano y quitarle el escalpelo, pero quería asegurarse que no se trataba de un malentendido. Tenía que haber una razón, una explicación lógica. Los med-droides eran pura lógica.

—Retirando el chip de identidad -contestó el androide-.



—¿Por que? 

El visor volvió a brillar y el androide volvió su atención a la muñeca de Sala.


—Ya no lo necesita.


El robot cambió el escalpelo por unas pinzas y Vicder oyó el pequeño tintineo del metal contra el metal. Hizo una mueca de asco cuando el pequeño chip. La cobertura protectora de plástico lanzó un destello escarlata.


—Pero… ¿no lo necesitan para identificar el cadaver? 


El androide dejó el chip en una bandeja que asomó por la carcasa de plástico. Vicder lo vio caer sobre un colchón de decenas de chips ensangrentados.

El robot extendió la colcha andrajosa sobre los ojos abiertos de Sala.

—He sido programado para seguir las instrucciones  -se limitó a contestar el robot, eludiendo la pregunta-.

Gente hermosa! Cómo están? 

Les traigo un nuevo capítulo, espero que les gusten mucho! 😄

Que será lo raro de esos chips de identidad? 🤔 me encantaría leerlos!

PD: la imagen Es de Yuko antes de enfermarse 💔

Nos vemos pronto! ❤️

Publicado por dmoonbrillentq

Dmoonbrillentq me encanta leer y ver anime, es una forma de poder desprenderme de toda la realidad y adentrarme a miles de aventuras que disfruto montones, por lo que cada historia y experiencias me encantaría poder compartirlo con ustedes. A nivel más personal amo la música y el baile <3 y ayudar a las demás personas, por lo que si necesitas en algún momento poder conversar con alguien aquí estaré

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