Matryoshka II (Cap 52)


Basado en el universo canon de Yuri on Ice. Fic Post-Canon. Esta es la segunda parte, busca la primera parte si no la has leído en mi perfil, llamada Matryoshka I [Las cenizas]

Cap 52. Trofeo de Francia: No nos confiemos

¿Qué era la felicidad? Minami pensó que felicidad debía verse como el rostro de Yuuri, mojado, con las manos acariciando sus mejillas mientras contemplaba en la televisión de Yutopia, en plena madrugada, a Yuri patinar tras el anuncio de su posición en el podio. Felicidad debía ser sus ojos marrones brillando como luceros en la noche, su genuino llanto de alivio, satisfacción y orgullo. Felicidad…

A pesar de que él por dentro también se encontró conmovido por el despertar de Yuri en su programa libre, ver la expresión de Yuuri al respecto lo cohibió. Fue una extraña mezcla de celos, inseguridad y miedo que se apresuró como lianas que lo atraparon desde la espalda. Como sentir que en cualquier momento podría acabar su tiempo con Yuuri. Plisetsky podría pedirle que fuera su entrenador y seguro él aceptaría con gusto, volviendo a Rusia al acabar la temporada. Después de todo, nunca dejó de pensar en ese lugar y todo parecía señalar que estaba en sus planes regresar allí.

No quería ser egoísta, pero Minami se sentía en desventaja. Le importaba la felicidad de Yuuri y le dolía pensar que estaba lejos de Japón, su propio hogar. Que de nuevo tendría que conformarse con verlo de lejos, que seguro seguiría su camino ahora que recuperó su inspiración y él no podría estar a su lado. ¿No podrá entrenarlo un poco más? Un año no era suficiente… ¿Podría pedirle un año más a Yuuri? ¿O debería conformarse con verlo volar?

Porque su fénix iba a volar. Lo estaba viendo batir sus alas, dispuesto a iniciar su despeje.

—¡Víctor! —escuchó la voz de Yuuri con el celular en su mano, mirando la pantalla—. ¡Pensé que no me contestarías aún! —La emoción timbró la entonación de su entrenador y Minami sintió un nudo en la garganta. El miedo se filtró como una espina—. ¡Lo sé! ¡Acabo de verlo! ¡Fue genial, Víctor!

Yuuri se quitó los auriculares y la voz de Víctor, junto a la algarabía que se escuchaba del estadio, llenó la estancia. Minami solo sonrió contenido.

El fénix movía sus alas, sus ojos dorados veían hacía la glacial nevada de Rusia que significaba los ojos azules que él nunca dejó de perseguir.

—¡Yuuri! ¡Esto es magnífico! —La voz de Víctor sonaba conmovida, como si hubiera llorado de felicidad minutos atrás—. ¡Siento que toda la preocupación que tenía se hubiera esfumado! ¡Es increíble! ¡Por un momento pensé que no lo lograríamos!

—La competencia fue brutal, ¡lo sé! —Yuuri se acercó a su pupilo para ponerlo frente a la cámara—. ¡Pero no se confíen!

—¡Claro que no nos confiaremos!

Minami miró a Víctor en la pantalla y luego la imagen se movió para tratar de enfocar a Yuri, quien recibía la medalla dorada.

—Chris, ¡no dejes de grabar eso!

—Lo sé —se oyó de fondo. La imagen volvió a mostrar a Víctor, enrojecido por la emoción—. ¡Estoy tan entusiasmado! ¡Ya tengo ansias de empezar de nuevo el entrenamiento! Con esto, definitivamente, ¡podremos llevar a Arsonist’s Lullabye y Lose Yourself a un nivel inimaginable! ¡A ver qué dice la prensa rusa ahora!

—Tendrán que pedir perdón públicamente por todo lo que dijeron de ustedes.

—¡Por supuesto que sí! ¡Lo mínimo que espero es eso, una primera plana enorme con la foto de Yuri luciendo el oro!

Yuuri rió al escucharlo. Sus ojos marrones brillaron encantados con la idea y la felicidad besó sus mejillas tornándolas de un tono rosa. Y si Minami veía con atención, al volver a enfocar sus ojos en la pantalla, los ojos azules de Víctor parecieron achicarse para concentrar el brillo de sus iris en un solo punto del universo. La felicidad palpable de su rostro se aglomeró en sus pupilas negras y brillaban como si fuera centenares de estrellas brillando en el espacio, pero todas dedicada a la persona que estaba justo del otro lado de la pantalla.

Minami se sintió repentinamente un intruso porque cuando Víctor miró a la cámara con intensidad, el rostro de Yuuri se transformó en un instante. Fue como si solo estuvieran ellos, como si la distancia con los cientos de miles de kilómetros que los separaba se hubieran convertido en agua. Como si Yuuri no estuviera en el onsen, ni Víctor en Francia. ¿La fuerza de esa mirada de Víctor tendría el poder de atraer al enorme fénix que aguardaba en su nido con las heridas ya curadas?

¿Vería el inicio de su vuelo?

Se disipó…

Abrumado por la extraña sensación, Minami se apartó y decidió distraerse con algo. Recoger las botellas y los platos que habían usado para comer mientras veía el evento, resultó una buena excusa para moverse y salir.

La noche en Yutopia estaba fresca debido al final del Otoño. El viento corría frío, los árboles sonaban con el deslizar de las ramas contra el techo y sus poros recibieron con intensidad la sensación de helada lejana. Miami pensó que necesitaba aire para respirar ahora que el miedo había penetrado como un puño de hierro en su estómago. Así que, tras desechar las botellas, abrió una de las puertas del Onsen aprovechando que el resto dormían.

Ya la competencia era un hecho casi ineludible y no era eso lo que temía Minami. Lo que en verdad le asustaba era dejar a Yuuri irse para no volver o para ser apagado para siempre. Pero Yuuri nunca fue suyo, nunca lo había sido y debía considerar una falta de tino de su parte armarse con las ideas de un futuro largo de ellos como entrenador y pupilo. Por qué él no volvería a Rusia de ninguna manera, ni siquiera para perseguir a Yuuri. Podría ir a cualquier lugar, no a Rusia… no.

¿Yuuri sería capaz de volver al sitio que lo llenó de odio y rencores por años? ¿Sería capaz de ir allí por Víctor?

¿Qué sentido tuvo entonces patinar a Yuri on Ice si su fénix azul volvería al lugar a donde fue herido?

Suspiró. Acarició su pierna derecha que resultó ligeramente lastimada por el programa largo en Rostelecom y la sintió mucho mejor. Incluso, se animó a estirarla un poco, no demasiado pues no había iniciado calentamiento para forzarla. Luego miró el cielo despejado y la pesadez seguía allí, arrullándole.

—¿Qué pasó? —La voz de Yuuri lo atrapó en medio del silencio.

Minami se giró para notarlo de pie, con el pijama abrigado puesto, el cabello desordenado y sus lentes de montura negra. Algunos mechones cortos estaban apuntado a todos lados en su cabeza, como si lo hubiera aplastado muchas veces contra su mano y estos decidieron una dirección distinta.

—Oh, ¡nada! —dijo Minami, con una sonrisa apretada—. Recogí todo y me quedé aquí.

—¿Tienes miedo? —preguntó Yuuri—. No debes tenerlo. Tienes todo para vencerle en la competencia.

El joven patinador volvió la mirada al frente, sin palabras qué decir. Solo observó de nuevo a las ramas removerse ansiosas, empujadas por el viento helado de la noche que penetraba en el onsen. Escuchó los pasos de Yuuri acercándose, hasta que estuvo a su lado, con su altura privilegiada entre los suyos, rascándose distraídamente el estómago mientras levantaba su mirada tanto como él lo había hecho segundos atrás.

—¿Lograste hablar con Yurio? —quiso saber Minami.

—No. Todavía estaban en las fotografías y la carga del teléfono de Víctor se acababa. Le dije que los llamaría después.

Ante la explicación, Minami escondió sus manos en los bolsillos.

—Tenemos mucho que hacer mañana, Minami, así que vamos a descansar. —Yuuri se giró, como si ya hubiera probado suficiente de la noche—. Mañana volveremos a Fukuoka, ya hemos descansado suficiente.

—¿Mañana?

—¿No quieres? —Yuuri le miró de reojo—. Debemos regresar, continuar con nuestra rutina de entrenamiento y mejorar el programa. The Phoenix puede llegar a ser mucho mejor. Quiero que demuestres lo que eres capaz de hacer.

—¿Quieres que le gane? —La pregunta de Minami pareció extrañar a Yuuri. Sus ojos marrones le miraron sin comprender.

—Por supuesto —dijo sin más—. Quiero que lo hagas. Eres el sol rojo de Japón, lo que más deseo en este momento es que les demuestres que no podrán alcanzarte ahora.

Los ojos de Minami, de un tono claro como el caramelo, le miraron con profunda devoción. Sintió pujar de nuevo las sangres en sus venas, una poderosa irrupción de vida y fuego en su torrente sanguíneo, moviéndose a toda velocidad dentro de sus extremidades para llenarlas de euforia y adrenalina. Entonces Yuuri, al ver esos ojos, supo que era felicidad. Se sintió identificado por ese relampagueo de seguridad que había logrado en Minami, con la misma arma que Víctor había atizado en él. Confianza.

—Entonces —continuó Yuuri—, ¿vamos a dormir para volver temprano a Fukuoka mañana?

—¡Sí!

—Vamos a prepararnos para el viaje entonces.

Caminaron para despedirse a cada uno de sus sitios de descanso, con la promesa que se verían temprano al día siguiente.

Yuuri estaba aún eufórico para dormir. Al llegar a su habitación apartó las sábanas de su antigua cama y se acomodó dentro de ella con el pecho aún palpitando emocionado, pensando en lo que les esperaba para la gran final en Marsella. Víctor se veía tan feliz que se sentía como tener al Víctor de antaño de nuevo en su vida. Sin embargo, a pesar de lo que parte de su corazón le rogaba hacer, sus ojos seguían prendados en las posibilidades, porque había tantas opciones frente a él que debía tomar la correcta.

Miró su teléfono, mientras se acomodó de costado en la cama. Sonrió ante el recuerdo de Víctor sonriéndole mientras celebraba la victoria de Yuri. Pensó en su deseo de estar allá, con ellos, recibiendo la gloria del patinaje de Yuri mientras los abrazaba a ambos, besaba a Víctor de nuevo. También en ese anhelo tan grande de esperarlos en Marsella con Minami al lado para competir y mostrar quien es el mejor. Y por último la posibilidad de conseguir los aplausos por sí mismo mientras ayudaba a construir el sueño de su mejor amigo.

Tres vertientes diferentes, ¿habría posibilidad de fusionar algunas? Yuuri no quería conformarse.

El oro en sus manos se sentía cubierto de sangre y sudor. Nunca en su vida un oro había sido tan gratificante como en ese momento, que lo miraba con el llanto atorado y los aplausos lloviendo sobre ellos. Mientras Yuri bajaba el podio para posicionarse al lado de Seung-Gil y Giovanni, él solo podía pensar en sutil peso del oro sobre su traje, en su pecho, en comparación a todo lo que había significado llegar a él. Su rostro estuvo mojado de lágrimas, pero tras haberse secado, sonrió emocionado ante las cámaras. Nunca hubo una sonrisa más genuina ante los periodistas que esa.

Cuando se separaron Giovanni se adelantó a la salida, en medio de los aplausos del público que seguían celebrando lo ocurrido. Yuri hizo lo mismo, pero con menor velocidad. Fue repentino entonces el agarre de Seung-Gil a su brazo, lo suficiente fuerte como para detener su intención de continuar. En el rostro del asiático había una sonrisa de orgullo, y sus ojos negros brillaban con seguridad. Yuri le miró sorprendido ante esa expresión.

—Me alegra ver que has vuelto a ser un gran contrincante, Yuri. —La voz de Seung-Gil, con su inglés plagado de acento, le acarició el alma—. Prepárate para el Grand Prix Final, no dejaré que te acerques al oro.

El Grand Prix Final. Ya era un hecho de que logró los puntos para postular a la Grand Prix Final, su corazón saltó de júbilo y, pese a no poder decir nada, simplemente le sonrió con esa misma seguridad que lo caracterizaba. Seung-Gil lo soltó para continuar su camino donde Phichit lo estaba esperando y él sintió la competencia más real que nunca. Qué alucinante volver a enfrentarse a él en las próximas competencias y buscar recuperar el récord perdido. La emoción le llenaba las entrañas de burbujas.

Tras Seung-Gil haber abandonado el hielo, él hizo lo mismo y se vio asaltado por el abrazo apretado de Víctor. Él no quiso evitarlo, lo respondió. Lo hizo con fuerza. Su risa brotó como un riachuelo cantarín porque aún todo parecía tan lejano, tan increíble, que parecía vivir un sueño. Lo habían logrado, juntos, por primera vez en años volvía a ser consciente de que la victoria nunca había llegado sola, fue gracias al apoyo de muchos que él había llegado allí. Yakov, Lilia, Víctor, Mila, sus compañeros, Yuuri… Larissa.

Qué ganas tenía de verla y abrazarla. Ese deseo pujaba en sus entrañas.

—Estoy muy orgulloso de ti… —susurró Víctor. Incluso el dolor de su rodilla se había vuelto insignificante en comparación a la felicidad, aunque sabía que el esfuerzo extra le cobraría en la noche—. ¿Ya estás listo para la prensa? Deben estar esperándote.

—Sí… —Mientras Yuri se colocó los protectores de sus hojillas, no dejó de mirar a todos lados, buscando a alguien en particular—. ¿Has visto a Otabek?

—No.

El estadio ya se estaba vaciando para cuando ellos comenzaron a moverse hacía el pasillo. Ahora toda la atención se dirigía a esa zona donde los esperaba el panel de periodistas para las respectivas felicitaciones, fotografías y entrevistas. Sin embargo, la mente de Yuri solo podía pensar en una cosa que le faltaba en esa victoria dulce, una sola cosa. Siempre, en cada victoria de su inicio senior, hubo una constante que ahora dejaba su vacío: su amigo no estaba allí.

Las palabras que Mila hubiera dicho en el pasado, justamente en Barcelona cuando ganó el Grand Prix Final, volvieron como un búmeran. Comprendió, por fin, el peso de ellas. Sería incorrecto buscar a Otabek tras su victoria y la derrota tan desastrosa que tuvo su amigo. ¿Debía dar el espacio o tratar de acompañarle? Por muy mal que hubieran acabado las cosas en la noche anterior, por muy aterradoras que fueron sus argumentos, el cariño que le tenía no había menguado. No podía hacerlo, no debería. Si era su amigo, él debería estar allí. ¿Pero no habían dejado de serlo justo en la noche? No lo sabía. A pesar de que eso fuera lo que salió de su garganta, no era lo que deseaba su corazón.

Se retiró sus patines y los guardó en el bolso. Había esperado verlo en los vestidores, pero tampoco lo encontró. Se dio una ducha para quitarse el sudor y se vistió con su traje de la selección rusa, con la que se presentaría ante la prensa que lo estaba esperando. Recibió las felicitaciones de los jóvenes competidores que también se estaban preparando para partir y lo hizo con una sonrisa nerviosa. Se sentía extraño aun con todo ello, pero sabía que debía volver a acostumbrarse a esa sensación de victoria, porque no pretendía abandonarla más.

Justo cuando estaba por salir, otra mano le tomó el brazo de forma aprehensiva. Fue a Giovanni al que encontró en esa ocasión.

Los ojos verdes de Giovanni se mostraron firmes, sin titubeos. A pesar de que Yuri le superaba de altura un par de centímetros, el chico no se dejó amilanar. Volvió la imagen de esa mirada iracunda minutos atrás, cuando Yuri sintió todo el peso de su rabia, de su enojo y de todos los errores cometidos como competidor a lo largo de los años. Sin embargo, tampoco supo exactamente qué decir. Si era sincero consigo mismo, un “discúlpame” no era lo que brotaba de su garganta.

—No te confíes —amenazó Giovanni—. Me falta competir en la NHK. Allí me encargaré de tomar el oro y sacarte del Grand Prix Final. —Yuri contuvo el aire ante el tirón de realidad que sintió en ese momento.

Ciertamente, no había acabado aún la serie del Grand Prix. Faltaban dos competencias, la Copa de China que se haría en una semana y la NHK dos semanas después. Después serían dos semanas de preparación para la gran final. En esas dos competencias aún quedaban patinadores por disputarse las posiciones para la Final: Michelle Crispino ya tenía una plata, Gabriel Fernández, Alain Leroy y Giovanni Gitz un bronce. Todos ellos tenían aún oportunidad de escalar a la final, sin contar a Guang Hong Ji, que esperaba las últimas dos competencias listo para sobresalir.

Hasta el momento JJ Leroy, Seung-Gil Lee y Minami Kenjirou eran los que habían clasificado directamente a la final. Quedaban tres puestos más y muchas posibilidades.

Giovanni no dijo nada más, se conformó con verle los ojos profundamente conmocionados ante la verdad y se alejó, con actitud petulante. Yuri masticó la sensación de zozobra que volvió a acercarse a su espalda cuando aterrizó la realidad, aún era demasiado pronto para asegurar que podría ir a Marsella ese año.

Al salir Yuri, Víctor lo estaba esperando en el pasillo, con todos sus objetos personales en mano, el bastón ayudándolo a quedarse en pie mientras le dibujaba una sonrisa segura. Sabía que afuera lo esperaba la prensa, con todas las preguntas que los periodistas como el mundo se hacían ante el nuevo panorama de la competencia. Caminó a su lado mientras se acercaba al lugar donde el panel de periodista aguardaba. Tragó grueso, con el oro cargado sobre su cuello. Mientras avanzaba pudo identificar a la figura alta de Petra Kudryavtseva, imponente, con un saco negro, una camisa mostaza en su interior y la bufanda de colores otoñales amarrada a su cuello largo. Enormes bucles dorados caían elegantes sobre sus hombros y espalda.

—Felicitaciones, Yuri Plisetsky —El aludido miró los ojos de Petra, encontrando en ellos una genuina satisfacción.

—Espero un cambio de tono en el artículo de hoy, Petra —dijo Víctor, mientras la miraba con cierto amago de desprecio que ella respondió con una sonrisa.

—Al césar lo que es del césar, y lo de hoy es digno de alabarse. Vuelvo a ver al Plisetsky al que una vez describieron como un monstruo que no se cansaba de evolucionar. Y eso, sinceramente, me encanta.

Y la victoria traía con ella la presión de mantenerse en la cima. Yuri lo sintió en su momento cuando ganó su primer Grand Prix Final, ahora la estaba saboreando, de nuevo, como unas fauces en su estómago. La presión de mantenerse en la cima, de demostrar que seguía siendo el mejor y que nadie podía derrumbarlo. Los ojos de Rusia estaban por completo sobre él y volverían a formarse grandes expectativas, también lo juzgarían más duramente cada desacierto.

Petra extendió su micrófono, una sola señal fue suficiente para que su camarógrafo los enfocara.

—Estamos a la salida del evento del Trofeo de Francia, en París, con ustedes. Tenemos frente a nosotros al ganador de la categoría masculina individual, Yuri Plisetsky, representante de Rusia que logró en un histórico evento alzar la medalla de oro, ganándole por pocas décimas al campeón olímpico Seung-Gil Lee, quien el día de ayer marcó el récord del programa corto de patinaje. ¿Qué esperas de la próxima competencia? ¿Querrá recuperar el récord que el campeón olímpico le ha arrebatado?

Pero Yuri nunca fue un cobarde, no. Ese era el peso de cargar con la sombra de Nikiforov a cuesta.

—Por supuesto —afirmó. Los ojos de Víctor de reojo, como una daga de diamante, lo impulsó a soltar toda la competitividad que se acumulaba dentro de él—. Soy el último en rendirse.

Otabek Altin ya había salido del estadio por la puerta trasera, lugar donde no había aglomeración de fans ni de prensa. Nathalie Leroy lo siguió con expresión parca, permitiéndole la distancia necesaria para no agobiarlo con lo que sabía que no estaba dispuesto a asumir en ese instante. Había sido duro verlo patinar de esa manera tan dolorosa, pero su sentido de madre comprendía lo que había motivado al muchacho a tener tan bajo desempeño. Sin embargo, no lo veía con pena, estaba segura de que Otabek había dado todo de sí para intentar sobreponerse al resultado. Solo le daba la distancia necesaria para que Otabek decidiera si quería o no refugiarse en sus brazos.

El taxi que tomaron siguió su camino en silencio hasta el hotel oficial. Ambos bajaron frente a la recepción y continuaron su camino hasta las habitaciones. Otabek caminaba sujetándose el costado y Nathalie empezó a preocuparse. Él le había asegurado que no era nada físico. Sus palabras fueron “me duele el corazón”. Pero al llegar a la habitación que él usaba y verlo caer sin más en la cama, fue suficiente para que Nathalie decidiera tomar cartas en el asunto por sí misma.

—Voy a llamar a los médicos.

—Estoy bien.

—Prefiero asegurarme —dijo ella, ayudándole a acomodar sus piernas en la cama, como si fuera un niño pequeño—. Ve poniéndote cómodo. ¿Quieres té? Algo caliente puede ayudar.

—Coach Leroy… —Ante la voz de Otabek, Nathalie levantó su rostro—. Lamento mi desempeño de hoy… le he fallado.

Nathalie negó de inmediato. Su rostro se movió de un costado al otro con indulgencia, tras haberle sacado los tenis al muchacho para procurarle descansar. Los dejó en el suelo y luego se dirigió a su lado. Con la mesura de una madre, le sujetó la mano que Otabek sujetaba en su costado y entrelazó los dedos con seguridad. Otabek tenía los ojos rojos, como si aguantara aún el llanto. Ella sabía que él era la clase de hombres que no se permitiría el quebrarse aún. Con esa seguridad, ella le observó con orgullo, sonriéndole calmadamente.

—Nunca he visto a alguien patinar con el corazón destrozado, sin rendirse, hasta el final —suspiró—. Tú lo hiciste y diste lo mejor de ti.

—Pero ahora…

—Lo de ahora ya pasó. Lo importante es lo que viene después. Tenemos mucho que trabajar para los Cuatro Continentes. —Ante las palabras de su entrenadora, Otabek asintió—. Ahora, ¿quieres escuchar la recomendación que tengo como tu entrenadora?

—Sí.

—Vuelve a casa.

Otabek sintió a su corazón encogerse. Nuevo rojo inundó su mirada.

—Vuelve a casa —repitió—. Abraza a tu madre, disfruta de ella y de los tuyos por un mes. Y luego regresas a Canadá para que continuemos con el entrenamiento. Llora, vive tu duelo y suéltalo todo. El corazón debe estar sano para que tu mente y tu cuerpo lo estén.

—Cometí muchos errores…

—Todos los cometemos —aseguró Nathalie, con la seguridad de su experiencia—. Perdónate por ellos, aprende de ellos y sigue. Sé un mejor hombre de lo que eres hoy.

Sonaba demasiado fácil decir todo ello, pero para Otabek era difícil. Cerró sus párpados y pasó su brazo izquierdo hasta cubrir su mirada, mientras se esforzaba por mantener el nudo aun allí, lo suficiente para que las lágrimas no brotaran. Nathalie solo lo miró con una calma etérea, sujetándole la mano que sostenía su costado izquierdo, para hacerlo sentir acompañado. No, solo no era como debía quedarse Otabek en ese momento.

Entonces, Otabek se inclinó contra su costado izquierdo y su respiración comenzó a apretarse. Leves suspiros difíciles de expresar salieron de su nariz. Escurrieron las primeras lágrimas que no pudieron ser contenidas por el brazo que, neciamente, había colocado para ocultarse. Nathalie solo lo miró, miró su piel enrojecer, su cuerpo temblar, el hombre derrumbarse en la cama mientras seguía apretando a su corazón como si le suplicara que dejara de doler ya. Otabek lloró como nunca lo vio llorar en su vida. Ni cuando estuvo solo en Canadá siendo más joven, ni cuando llegó con la mirada herida y la certeza de que intentaría luchar aún si se desangraba en el proceso al lado de su hijo que, emocionado por su visita, les pedía a su padres que lo apoyaran en su entrenamiento.

Otabek lloró como lo hacen los hombres que han perdido el amor, desconsolados, maltratados, débiles. Sus labios se arrugaron en una mueca vibrante y sus fosas nasales se abrieron para recoger aire húmedo, mientras se mantenía en ese lado soltando la rabia, la frustración, la vergüenza. Se mantuvo en esa posición quebrándose, filtrándose. Y Nathalie no pudo hacer otra cosa que acompañarlo.

¿Qué sentido había tenido para él el ir hasta Canadá a entrenar si no lo había logrado? ¿Qué había alcanzado con no clasificar? ¿Cómo había permitido que todo se perdiera en menos de cinco minutos? Su esfuerzo (y el de todos) tirados en el piso del hielo, mancillando las expectativas de su país porque era incapaz de controlar el dolor de su corazón.

Le había fallado a su país, tal como le falló a Mila, a Yuri, a sí mismo. Le había fallado a Canadá que lo acogió con calma en sus brazos, ofreciéndole un lugar en donde curar sus heridas. No logró nada, no logró superarse ni recuperarlos. Solo quedarse con las manos ardiendo por el peso de cada caída contra el bloque de la pista, conteniendo el ardor de cada raspón mientras eran atravesadas por el filo de los sueños rotos. Ahora solo podía aguantar el hueco en su pecho y llorar. Como un cobarde.

Lloró. Y cuando las lágrimas no pudieron brotar más, su cuerpo dejó de tiritar para mantenerse sereno sobre la cama, acostumbrándose a la respiración errática de sus pulmones intentando respirar sobre la humedad. El dolor seguía allí, ahora anestesiado. Había dejado de ser importante. Otabek retiró su brazo de los ojos y volvió a acomodarse de espalda en la cama, ahora pasando la mano que había apretado su costado para su regazo, mirando sin ver el techo de la habitación.

Nathalie seguía allí. En algún momento abandonó la mano para acariciar su cabello en una caricia fraternal que había extrañado ya.

—Volver a casa… si lo hago ahora, es como si no hubiera hecho nada en Canadá —soltó con la voz atorada. Nathalie formó una sonrisa silenciosa en su rostro—. Es como si fuera mejor haberme quedado allá, entrenando con mi gente.

—No. No es así —aseguró Nathalie.

—¿Cuál es la diferencia entre haberme quedado en casa entrenando y haber ido a Canadá si tengo que volver sin clasificar?

—Los lazos. —Otabek arrugó el ceño sin comprender. Devolvió la mirada hacia la mujer que estaba calmadamente sentada a su lado, sin haberse retirado nada, allí con la paciencia de madre indeleble en cada movimiento—. Los lazos son la diferencia. Necesitabas establecer lazos urgente Otabek, lo hiciste. Todos nosotros estamos contigo.

La familia Leroy: los padres abnegados que, tras sus logros en el hielo, apoyaban incondicionalmente a sus hijos. Los hijos que decidieron seguir el camino de sus padres, buscando enorgullecerles. J.J formando su nueva familia con amor y esmero, viviendo con Isabella que lo trató como a un hermano más, permitiéndole vivir esos primeros momentos con la pequeña Collete, que era como un pedacito de felicidad en su vida.

—No te digo que regreses a Amalty para que dejes todo, porque no has perdido. La temporada apenas empieza muchacho. Solo ve y restablece los lazos con tu madre, permítete el alivio de pasar el duelo con ella y en tu país.

—Mi duelo…

—Sí, el duelo de tu derrota. —Otabek la miró, comprendiendo el peso de esas palabras—. y entonces, podrás volver a alzar vuelo como el águila que eres. No es tarde para ello.

Con un ligero apretón en su frente, Nathalie se despidió para dejarlo. Otabek se permitió unos minutos más en la cama para pasar la pesadez instalada en sus músculos y desconectarse de todo, incluso de sus pensamientos. Volver a casa… la posibilidad seguía dando vuelta en su cabeza, sin terminar de decidirse. La mención del ave considerada parte del tesoro nacional de su país, caló hondo en su pecho. Estas eran solitarias, poderosas e indomables. Peor él, en ese momento, no se sentía un hombre que pudiera disfrutar de la vida en solitario. Ya había pasado mucho tiempo desde que superó esa etapa.

Cerró sus ojos, para imaginar el vuelo del ave en los cielos, con sus alas abiertas para aprovechar las corrientes de aire sin malgastar su energía. Imaginó los ojos firmes, el pico poderoso, las garras peligrosas. El vuelo del ave en los cielos le indujo en una calma legendaria, a la que se permitió hundirse.

Tras una hora en donde estuvo divagando entre el sueño y la vigilia, decidió levantarse. Otabek se quitó todo lo que tenía puesto, lo arrojó al suelo sin ningún orden hasta quedarse desnudo y sintió los músculos tronar con cada movimiento de su cuerpo. Acarició su cuello por los lados y por detrás, movió su cabeza para intentar desperezarse. Tras el llanto y la ligera siesta, ahora solo quedaba una sensación de sosiego mudo, un momento perfecto para tomar sus nuevas decisiones.

Se relajó en la tina de agua caliente sin tocar las sales que estaban dispuestos para su uso en el tocador. Solo quería sentir sus músculos relajarse, cerrar sus ojos y pensar en todo lo que había ocurrido, en sus entrenamientos durante esos meses, en las palabras de Mila y de Yuri, en sus propios sentimientos que tomaron forma con demasiada facilidad, como nunca lo había hecho en ese año.

Recordó a Mila en Canadá, con su precioso traje, perfecta. Los ojos titubeantes cuando iniciaron aquella conversación dolorosa, y la mirada comprensiva que le dirigió cuando sus propios sentimientos comenzaron a ahogarlo. Le dijo que la amaba, luego se sintió culpable por decir tamaña confesión cuando no tenía sentido amarla si también estaba buscando a Yuri. Pero ella le miró con el amor tatuado en sus ojos. Le contempló como si pudiera comprender su dolor y quiera aliviarlo. El beso que vino fue húmedo, sentido.

Pensó en lo difícil que resultó hacerse a la idea de que otro cubriría el lugar que él antes tenía con ella. El fuego que sobrevino en su espalda cuando la vio en brazos de alguien que no era él, aun si fuera un inocente Leo que no tenía idea de nada. Nunca le dio celos imaginar a Yuri a su lado, nunca se sintió en peligro por ello, aun a sabiendas de la profunda amistad que ambos tenían. Yuri era la excepción…

¿Sus sentimientos por Mila habían cambiado? Intentó convencerse de ello, razonar que para amar a Yuri debió haber dejado de amar a Mila, debieron cambiar esos sentimientos, sin embargo, lo primero que le dijo cuando sintió que era inevitable perderla era que la amaba. Lo primero que pensó en ese momento en que estuvo frente a ella es que era confuso, que quería volver, pero no podía dejar de lado a Yuri. Qué quería intentarlo, pero lo que sentía por Yuri era un impedimento que no podía ignorar.

Yuri…

Memoró el abrazo de Yuri en Almaty, mientras se aferraba a su brazo, como un gato mimado. El cabello dorado jugando con los vellos de su extremidad mientras respiraba calmadamente, sin el ceo fruncido usual que se le veía al despertar. El calor, las sonrisas, los juegos que eran capaces de hacer ambos, incluso a veces jugando con el límite de su relación con la calma de dos viejos amigos.

Sus sentimientos por Yuri sí cambiaron, haciéndose mucho más fuerte y profundos al punto de aspirar más, pero al estar con Mila se dio cuenta que los que sentía por ella seguía igual de fuertes.

Los amaba a los dos.

Al abrir sus ojos y ver los bloques de cerámica que adornaban el baño, pensó en lo fácil y absurdo que sonaba ello.

Los amaba a los dos.

No quería renunciar a ninguno, pero tampoco supo cómo podía maniobrar con ambos sentimientos igual de fuertes, de poderosos, de importantes. ¿Cómo podía sentir lo mismo por dos personas diferentes? ¿Cómo podía lograr un equilibrio cuando quería con ambos tenerlos en el mismo nivel de importancia, compartiendo lo que sentía bajo los mismos esquemas de manifestaciones? Quería besarlos, tocarlos y sentirlos a los dos, en todos los sentidos. En todas las esferas.

¿Cómo acoplaba eso con el sueño que tuvo con Mila de casarse y tener hijos, viviendo en una casa de Moscú?

¿Cómo cabía eso con el ideal de amistad perfecta que Yuri Plisetksy tenía con él?

¿Cómo él mismo podía explicar algo así?

Como si fuera una quimera que por fin unía la conjunción de todos los sentimientos que estuvo aguardando en ese tiempo, mientras peleaba para darles sentido, los vio. Frente a él. Mila estaba desnuda en la tina, con sus pechos preciosos y pequeños por el ejercicio semicubiertos precisamente por las aguas. Los pezones rosados estaban ligeramente endurecidos debido al frío y su cabello rojo y mojado caía apegado sobre sus hombros blancos, creando ligeras curvas adorables. Sin maquillaje, con su rostro húmedo, se veía hermosa. Las pestañas rojas apegostadas, les hacían sombra a sus ojos azules oscuros.

Detrás de ella, estaba Yuri. Sus largas piernas estaban pegadas a ambas paredes de la tina, dándole espacio al cuerpo femenino de apoyarse en medio de él. El rostro de Plisetsky se apoyaba en su mano izquierda y el cabello húmedo había sido peinado hacia atrás, por lo cual estaba despejado su rostro. Las gotas de agua caían suavemente desde su nariz hasta perderse tras la espalda de Mila, quien seguía allí, justamente entre las piernas de Plisetsky con sus rodillas apenas besando la superficie del agua.

—¿Crees que Kolya despierte? —escuchó la pregunta de Yuri, mientras miraba la puerta del baño que, repentinamente, no era la del hotel en donde se encontraba.

—Mmm… si despierta, te toca a ti cuidarlo. —Mila apuntó la nariz de Yuri, hasta que este arrugaba la cara—. Sin quejas.

—No me quejo…

—¡Ser madre es tan difícil! —exclamó la mujer estirando sus brazos arriba. Otabek estuvo casi seguro de también sentir el pie marcado por el ejercicio acariciando al interior de su muslo, mientras los ojos azules de Mila brillaban, seductores—. ¡Menos mal que tengo a dos hombres dispuestos a ayudar!

En respuesta, Yuri chistó.

—¿No crees que Kolya se parece mucho a la foto de Otabek bebé que nos mostraron en Almaty?

—Tiene la misma cara de oso gruñón —bromeó Yuri, mientras Mila soltaba una carcajada.

—¡Oh sí, tan adorable!

—Es igualito al papá…

—¡Lo es!

Otabek los contempló mirándose tras la broma, para luego compartir un beso tenue e íntimo que le erizó la espalda. Vio a Mila reírse antes de acercarse a su lado y pretender compartir un beso con sus labios antes de esfumarse como un oasis en el desierto, creado solo por la imaginación de un hombre que quiere ver el final de la sequedad. Cerró sus ojos, tratando de mantener por más tiempo la fantasía, hasta que sintió la fantasmal mordida suave de Plisetsky, justo antes de desaparecer. Porque cuando Otabek volvió a abrir sus párpados frente a él no había nada. Ambos habían desaparecido.

Nunca estuvieron allí.

Así podría conjugarse ambos sentimientos. Otabek se pasó una mano por la cama antes de hundirse en el agua con comprensión y miedo por lo que significaba, ambas emociones tan dispares que le provocaba solo reír y llorar.

Los amaba a los dos, los quería a los dos en su vida y los quería en el mismo nivel de importancia para compartir todo de él. Todo. Nunca fue cuestión de decidir…

Y eso no significaba ahora nada.

Tras el baño y la revelación contundente que lo arropó a mitad de la noche, Otabek tomó el teléfono y por fin lo encendió. Mientras se vestía, dejó que los mensajes de todos los que había intentado comunicarse con él. Cuando por fin el teléfono dejó de sonar, los ojos de Otabek fueron a la pantalla e ignoró todos aquellos mensajes para ir a buscar a un solo contacto: el de Jean. Activó la videollamada y secó sus pies mientras esperaba que fuera atendida. Jean apareció en la pantalla justo con los locker de entrenamiento a su espalda.

—¿Qué haces en los vestidores? —preguntó Otabek con el ceño endurecido. Siendo sábado, se sorprendió de verlo en ese lugar. Jean consideró eso su saludo.

—¿Qué crees? Después de ver lo que hizo Seung-Gil ayer, no pienso quedarme sin practicar.

Jean estaba sin camisa. El tatuaje en su brazo se visualizaba en la pantalla y Otabek, desde un lado de la banca donde fue abandonado el teléfono, lo vio vestirse con la camiseta deportiva para iniciar su entrenamiento. Debía ser temprana tarde allá.

—Hoy no fue un buen día —murmuró Jean, al volver a tomar el control de su móvil—. Pero ey, me hiciste recordar el Skate América de hace…. ¿Seis años? Ya no estoy seguro. ¡Pero me fue fatal! —Otabek solo lo miró, sin decir nada—. Ahora tienes que enfocarte en los Cuatro Continentes. Cuando vengas, ¡entrenaremos duro para competir allí!

—Sí… pero antes iré a casa a pasar unas semanas de descanso. —Ante las palabras de Otabek, Jean enfocó su mirada con preocupación—. Fue el consejo que me dio coach Nathalie. Solo serán unas semanas, no pienso abandonar. Solo… necesito descansar.

—¿Quieres hablarlo?

—No. No en este momento. —Frotó su frente, inseguro aún de cómo poner en palabras su revelación—. Cuando regrese a Canadá, hablaremos.

—Bien… ¡disfruta entonces de tu viaje familiar! Y cualquier cosa, sabes que puedes hablar conmigo. Te llamaré mañana, ¿cómo harás para irte? Primero vendrás y…

—No, iré de inmediato. Buscaré un vuelo mañana. Hablaré con la federación para revisar cómo debo proceder.

Jean rascó su ceja derecha. Otabek lo había visto varias veces ese gesto para saber que se trataba de una señal de nerviosismo. Pero Nathalie tenía razón, debía reanudar sus lazos. Y con lo que acababa de descubrir de sí mismo, necesitaba tiempo para entender lo que estaba pasando dentro de él y si esto era correcto.

—Te espero en Canadá —dijo Jean. Otabek asintió en respuesta—. Collette preguntará por su tío Otabek si no vienes.

—Iré. Tenlo seguro.

Tras avisar a su entrenadora que saldría a caminar, Otabek decidió prepararse para despedirse de París. Se vistió cómodamente, vistió un abrigo grueso porque había llovido y soltó el aire de vez en vez con algún el agujero formado en su pecho: profundo y constante. Sus sentimientos ahora eran aterradoramente claros, pero el problema con ellos es que lucían imposibles. Mila y Yuri de esa manera juntos en su vida, no podía pedirles semejante cosa, estaba seguro de que el rostro de ambos sería de sorpresa, pánico, quizás asco. Mientras se enrollaba la bufanda tejida sobre su cuello, imaginó la escena de aquel baño ahora diferida a otro momento, los dos vistiéndose en su espalda, bromeando con qué vestir. Mila riendo en ropa interior después de escuchar la queja de Yuri, quien ya estaba hastiado de esperar, por su indecisión a la hora de vestir. Momentos tan pequeños, tan naturales, que dejaban de lado la necesidad de que se tratara de solo un trío sexual, aun cuando ese elemento estuviera allí latente.

Tomó el móvil y conforme estuvo en el ascensor, revisó los mensajes que había ignorado hasta el momento. La pestaña de Mila y de Yuri estaban activas, en ambas había mensajes. Otabek sintió el filo de la garganta.

“Lamento mucho lo que pasó hoy… No pude evitar hablarte, lo siento, pero… ¿en verdad estás bien? ¿No te lastimaste? Sé que es duro, pero también sé que puedes levantarte de esto. Siempre fuiste así… Sé que ya no hay nada entre nosotros, pero, si necesitas hablar con alguien. Puedes contar conmigo, como una amiga.”

La voz titubeante de Mila lo abrazó dentro del aparato. Cerró los ojos y respiró. Abrió los párpados y buscó de inmediato la ventana de Yuri, que solo tenía un solo mensaje: ¿Puedo verte?

Salió del ascensor y guardó el móvil, sin responder a ninguno de los dos. Guardó sus manos en los bolsillos y miró con ansiada necesidad la salida del hotel y la suave llovizna que aún caía fuera. Avanzó, dispuesto a desaparecer por al menos un par de horas.

Sin embargo, al girar hacía la calle, sintió la presencia de alguien apresurándose a su espalda y la reconoció, aún si no le hablara. El que dijera su nombre solo confirmó su corazonada. Al girar, Yuri Plisetsky estaba detrás de él, con el abrigo gris cubriéndolo, el cabello sujeto en una cola y sus mechones moviéndose por el frío viento que soplaba en medio de la llovizna. Los ojos verdes titubearon, él le observó por un momento antes de arrastrar la mirada hacia el piso. Otabek pudo ver el pie derecho de Yuri moviéndose inquieto en el pavimento.

—Te estaba esperando… te escribí temprano —dijo Yuri. Otabek levantó el rostro para admirarle—. Y-yo…

—Felicidades, Yura. —Los ojos de Yuri temblaron ante la honesta y sentidas palabras de Otabek—. Me alegra por ti.

Yuri no supo responder de otra forma que, encogiendo sus propios hombros, como si le restara importancia.

—¿A dónde vas? —en cambio, preguntó. Otabek miró de nuevo hacia la dirección que había tomado, como si lo pensara.

—Cualquier lugar estaba bien, pero quiero ir solo.

—Pensé que estabas lesionado…

—Estaré bien. —Fue todo lo que dijo, volviéndolo a ver—. Tu debes prepararte para mañana, será tu exhibición.

—Sí… Tu también debes prepararte para enfrentarnos en la World Championships. —Era notable en la mirada de Plisetsky la necesidad de acercarse a pesar de negarse a hacerlo. Otabek lo agradeció, lo hizo con una sonrisa franca y triste que le dedicó desde su lugar.

—Lo haré.

—Y… resuelve eso.

La elocuente mirada de Otabek se posó sobre Yuri, tras esas últimas palabras de su amigo, que sonaban como si fuera una petición del alma. Resuelve eso… Otabek sabía a lo que se refería, también que eso había tomado connotaciones que ahora él tendría que masticar, meditar y reflexionar bajo una nueva luz. Sus ojos oscuros se mantuvieron firmes, con la tristeza filtrándose.

—¿Y si no puedo…? —respondió Otabek.

Yuri tembló. Desvió sus ojos hacia otro lado, pareció contemplar los movimientos de las ramas de los pocos árboles que estaban allí.

—Mejor, prométeme algo. —Pidió Otabek al ver el silencio que Yuri había propiciado. El rostro de Plisetsky se giró para observarlo, con el miedo anidándose en su calmada superficie—. En Barcelona, vamos al pub donde me encontraste aquella vez.

—¿Dónde me habían sacado primero a patadas? —sonrió. Otabek asintió en respuesta—. Sí… vamos con Mila.

—Por supuesto, con Mila. Quiero estar allí con los dos.

Hubo paz. La sintió Otabek, al imaginarse el sueño cumplido. La vio en Yuri, quien recibió con felicidad la promesa. Y aunque ambos quizás estaban viendo la relación en diferentes dimensiones, bastó, por ese momento, bastó. París, la ciudad del amor, podría sorprenderle con un deseo. Al menos escucharlo.

Ambos desearon dos cosas diferentes, con las mismas tres personas involucradas.

Y con esa certeza, Otabek se despidió con una mano alzada antes de continuar su camino. Yuri se quedó en la puerta del hotel, con la mirada fija en la espalda que se alejaba.

Notas de autor: Penúltimo capítulo y agradeco a todos su paciencia. Inicié un proyecto y me está ocupando más tiempo del que quería, sin embargo logré sacar espacio para escribir de a poco. Además, la escena con Otabek me tenía muy muy bloqueada y ahora por fin he entendido porqué. Si leen la conversación que tuvo él con Mila y como pasa de: “no puedo corresponderla” a “estoy confundido, no quiero dejarla, no quiero irme”, es una evolución interesante. Lo confundido que quedó tras ello.

¿Qué opinan de ello? ¿Han escuchado del poliamor? Hace mucho tiempo fui a un taller que hablaban de las personas que podían establecer vinculos afectivos y sexuales con varias a la vez, algunos en distintos intensidad y otros no. Es un tema muy complejo, pero recuerdo que me hizo entender mejor la dinámica que escribí en Juicio de Alfas. Me sorprendí al ver a Otabek apuntando hacia allá al aclarear eso, ¿pero qué pasara con esta revelación? Porque esto no significa que Mila o Yuri pudieran estar dispuesto a vivir una relación así. Sin embargo, el que Otabek empeice a entender lo que sucedió con ambos sentimientos, lo pueden ayudar a manejar su corazón cuando inicie alguna relación futura. El conocerse le servirá.

Publicado por AkiraHilar

Fanficker de Yuri on Ice y Saint Seiya. Amante del Victuuri, sobre todo de las historias donde demuestran que su amor, aunque puede ser imperfecto, sigue siendo hermoso.

5 comentarios sobre “Matryoshka II (Cap 52)

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