Cuando el sol caiga: Capítulo 6


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El día se ha ido volando, el sol ya se ha ocultado y apenas se ven sus últimos destellos anaranjados muriendo en el horizonte.

Yuri camina lentamente a través de las veredas del manzanal del este, lugar en el que se encuentra su residencia temporal dentro de los imponentes Jardines Acuáticos. A lo lejos, puede ver aún a varios Príncipes y Princesas menores divertirse, algunos bebiendo, otros mojados luego de darse baños improvisados en las numerosas piscinas aromáticas, él no les presta más atención.

Se pregunta cómo se vería aquel lugar si la noticia que Victor trajo consigo se supiera. Imagina el temor, el caos y la oscuridad, casi puede oír el tumulto y casi puede ver el fuego, así que se obliga a sí mismo a dejar de pensar en aquello, respira con calma y llena sus pulmones con aire fresco.

Así, casi cuando ya está llegando a su residencia, Yuri nota que todas las antorchas colocadas por dentro han sido apagadas, algo muy inusual, así que se apresura y casi entra corriendo.

Los soldados en sus puestos le dan paz, permanecen firmes y atentos, indicándole que fue su hermano mayor, Victor, el que pidió apagar todas las antorchas. Yuri se tranquiliza al saber que Mila y el pequeño Liova están descansando, luego se dirige al salón principal del primer piso, aquel en el que le dicen que Victor ha estado durante toda la tarde acompañado de un hombre desconocido.

Al llegar, y ya que es su residencia, Yuri entra al salón sin llamar a la puerta.

Allí está Victor, conversando alegremente con el desconocido del que le hablaron sus guardias.

—¿Debo irme? —le pregunta el hombre a Victor, al ver a Yuri aproximándose a ellos.

—Sí… —le dice Victor, poniéndose de pie para recibir a Yuri—. Yura, éste es mi segundo al mando, Christophe Giacometti, es un buen amigo mío.

—Es un placer, su Alteza… —dice Chris, haciendo una reverencia.

—El placer es mío, señor Giacometti… —le dice Yuri—. Pero ya anocheció y deseo descansar, debe retirarse.

Chris hace una nueva reverencia antes de palmear la espalda de Victor e irse, éste último espera a que la puerta vuelva a ser cerrada antes de hablar.

—¿Y bien? —le pregunta Victor—. ¿Cuándo podré ver a Yuuri?

—Ni hoy ni nunca, a no ser que Otabek esté junto a ustedes… —le dice Yuri, sentándose en uno de los sillones—. Por cierto, Victor, entiendo que ese hombre sea amigo tuyo, pero ésta es mi residencia, mi esposa y mi hijo están aquí, y no me gustan los extraños merodeando cerca.

—Está bien, lo lamento, gatito, no volverá a pasar… —le dice Victor—. Soy tu invitado y debo respetar las reglas de mi anfitrión.

—Exacto, eso incluye tu total alejamiento de su Alteza Imperial. Vitya, por favor, aún si hablaras con Yuuri en privado, él no entenderá nada de lo que le digas. Su mente ya no entiende de palabras. No hay nada que puedas decirle que él pueda comprender.

—Solo quiero verlo, es todo, por favor.

—¿Y qué quieres que haga? —le pregunta Yuri—. En cuanto a su Alteza Invicta, yo tengo las manos atadas, no puedo hacer nada al respecto.

—¿Tendré que pedírselo a Seung, entonces?

—Debes estar loco… —le dice Yuri, mirándolo como si le hubiera salido una cabeza del hombro—. Él te cortaría las manos si supiera que has tocado a su hermano mayor, y la lengua si supiera que has pronunciado su nombre. Frente a Seung nadie puede llamar a Yuuri por su nombre, solo por su título. Es un milagro que lo deje jugar por allí arriesgándose a que «los impuros» lo vean.

—¿Los impuros?

—Así llama Seung a todos los que no sean de sangre real pura, o sea, A TODOS, hasta al Emperador. Y ya que Yuuri es el único que ha presentado más pura la Sangre Katsuki, Seung lo atesora como a una joya.

—Es una joya.

—Sí, bueno, estoy ebrio, drogado, cansado y debo ir a dormir.

—No me cambies el tema, Yuri Plisetsky. Debe haber algo o alguien a quien pueda extorsionar para poder ver a Yuuri una última vez.

—No entiendo por qué te portas así, Victor. Es absurdo… —le dice Yuri—. Otabek piensa que soy un tonto por confiar en ti, dado que tú, evidentemente, no confías en mí. De lo contrario, serías sincero conmigo y me dirías la razón exacta.

—Quizá no te la digo porque no la creerías aunque te la dijera.

—Solo dímela ya, yo decidiré si creerte o no.

—Bien… —le dice Victor—. Besé a Yuuri el día en que me fui. Besé sus labios.

—Por qué… ¿Por qué harías una cosa así?

—Porque él y yo éramos pareja. Hubo un noviazgo y años después nos desposamos el uno al otro. Estamos casados.

Yuri se ríe. Obviamente es una broma, una de muy mal gusto.

—Me enamoré de Yuuri hace tiempo, milagrosamente, él me correspondía. Nos besamos muchas veces, ocultos del mundo y del sol… —le explica Victor—. Cuando me di cuenta… ya era demasiado tarde, ya se había convertido en más que solo un amante o un amigo. Me gustaba tanto… tanto que él y yo hicimos el juramento eterno, en nombre de las Estrellas. Ahora, Yuuri tiene algo mío… algo que quiero que me devuelva, ¿Entiendes?

—No. En realidad no. Es… ¿Cómo es posible? Victor, ¡Yuuri es un hombre! ¡Y tú también! Eso es tan… horrible… —le dice Yuri, visiblemente confundido—.  ¿Y qué es? ¿Qué es eso que tiene?

—Es algo pequeño. Guarda muchas cosas y lo necesito ahora más que nunca.

—Esto es tan, tan extraño… —le dice Yuri, recostándose por completo en el respaldo del sillón—. No puedo creerlo. Y Otabek menos, si se lo digo me llamará loco, o peor. Y puedo asegurarte que no dejará que te le acerques en lo absoluto. Esto es horrible, horrible, horrible. Si el Sacro Emperador lo supiera… arderías, y lo que es peor, yo sería el encargado de ejecutar esa orden. Y ni qué decir de Seung, ni siquiera lo busques para que te ayude a ver a Yuuri. Utilizaría sus propias manos para eliminarte.

—Bueno, tú querías la verdad.

—¿En serio? Pues muchas gracias, querido Victor, te lo agradezco mucho. Desde que apareciste estoy con la cabeza… de cabeza.

—¡Papi!

La alegre voz de Lev los saca a ambos de su conversación.

Yuri se arrodilla, abre los brazos y Liova se envuelve en ellos, cabe perfectamente y le gusta el aroma de su papá, le hace sentir a salvo y feliz.

—¿Dónde estuviste? —le pregunta Lev, y Yuri le da muchos besos en la frente.

—En muchos lugares, y en ninguno. Si tú no estás allí, no importan.

Lev se ríe, luego repara en el otro hombre en la habitación, y Yuri lo nota.

—Liova, éste es tu tío, Victor.

—Hola… —susurra el pequeño, aferrándose al vestido de su padre—. Es un señor muy alto.

Victor se arrodilla para quedar a su altura, le acaricia la mejilla y Lev se aleja de su tacto como si éste quemara.

—Dime «Tío», ¿Sí? —le pide Victor, sonriéndole con dulzura—. «Tío Vitya» o «Tío favorito».

Lev no responde, se queda mirándolo con cuidado y con seriedad.

—Es tímido… —le dice Yuri a Victor—. Escucha, Lióvushka, el tío Victor es el hijo de la hermana de tu abuelita. ¿Recuerdas a tu abuelita? Hay dibujos suyos en casa, ¿Recuerdas? Vitya es hijo de su hermana mayor. Ellas se querían mucho, por eso Vitya y yo somos muy amigos.

Lev asiente.

—Si algún día yo no estoy, quiero que busques al tío Vitya, ¿Sí?

—No… —le dice el niño, y Victor sonríe ante su seriedad—. Si algún día papi no está, tendré a mi tío Beka.

—Confío más en Victor que en Otabek… —le afirma Yuri.

—¡Pues yo no! —decreta Liova, justo antes de salir corriendo de allí.

—Nunca se había portado así… —dice Yuri, observándolo y dispuesto a ir tras él.

—Está bien, no puedo solo aparecerme y hacer que me llame tío de la nada, ¿No?

—Supongo que no… —le dice Yuri.

—He ordenado que me avisen en cuanto el Emperador vuelva.

—Lo sé, también yo. Por ahora, ordenaré que sirvan la cena, ¿Vas a acompañarnos?

—Sí.

Yuri asiente y se va en busca de Lev, a quien encuentra jugando feliz con Mila.

—Mi señor… —le saluda ella, haciéndole una reverencia corta.

—Hola… —le responde Yuri con un asentimiento, para luego mirar a Liova— Lev Plisetsky Altin, debo hablar contigo.

—No puedes obligarme a llamarlo tío… —le dice Lev de inmediato, sin inmutarse y aún jugando con las hojas de las flores de loto del pequeño estanque en medio del patio—. Además, es feo. No me gusta.

—¿Qué ocurrió? —le pregunta Mila a Yuri, y éste niega.

—Sucede que Lióvushka Plisetsky es un niño muy mimado.

—Papi, tú me hiciste así.

Mila intenta ocultar su risa, Yuri toma a su niño en brazos y amenaza con colocarlo en medio del estanque.

—Lo siento, Liova, bebé hermoso. Pero tendrás que disculparte con tu tío Victor antes de cenar… —le dice Yuri—. Él fue amable y tú simplemente te molestaste y te fuiste a jugar. Eso no se hace.

—Los Príncipes no se disculpan… —afirma Lev, balanceándose alegremente—. No se arrodillan, no suplican, y no tienen misericordia.

—Dios nos libre de éste pequeño dictador… —asegura la nana, quien recoge la capa de Lev del piso y se la coloca en el brazo junto con un par de toallas.

Mila sonríe.

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«Aún es pequeño».

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Piensa Yuri.

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«Será un hombre dulce cuando crezca».

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—Muy bien, pequeño Príncipe, debes bañarte antes de cenar… —le dice Mila, tomándolo de entre los brazos de Yuri—. Demasiada majestad en tan pequeño cuerpecito.

Tiempo después, todos estaban bien reunidos en la mesa. Lev le había preguntado a Mila cuál era el nombre completo de Victor, y ella sació su curiosidad, así que justo antes de cenar la disculpa llegó.

—Mi nombre es Lev Plisetsky Altin, único hijo del Ejecutor Imperial y único nieto del Sacro Emperador, y si le he causado… ¿Malestar? ¿Cómo se dice?

—¿Molestias?

—¡Eso! Si le he molestado, le pido disculpas, Príncipe Victor Nikiforov… —le dice Lev a Victor, con una cortísima y fugaz reverencia, para luego alejarse a toda prisa de él y sentarse a la derecha de Yuri.

—Qué encanto… —susurra Victor sonriendo—. Disculpas aceptadas, Príncipe Lióvushka, y no. No me ha causado molestias. Al contrario, me ha alegrado el día.

Liova lo mira con seriedad.

Yuri le acaricia la cabeza.

—No estés a la defensiva, cariño, todo está bien… —le asegura, y Liova asiente y se acomoda en el asiento para empezar a cenar.

Durante toda la cena Victor los entretuvo con historias sobre la frontera norte del Imperio Invicto, relatos mágicos y también anécdotas comunes que solían ocurrirles a menudo en los pueblos cercanos a la Muralla Toshiya.

—Escuché que la Muralla era pequeña… —le dice Lev.

—Lo es. No más de siete metros y sin parapeto circundante, con puestos de vigilancia pequeños, hechos para no más de cinco hombres. El resto del ejército se reúne en el Fuerte Alto, ése sí tiene muralla con parapeto y todas las comodidades posibles… —le dice Victor—. ¿Quieres ir?

Los ojitos de Lev se iluminan y observan a su padre buscando aprobación, pero lo que encuentra es espanto.

—Papi no me dejaría aunque se lo pidiera.

—Es porque papi sabe que Lev es quisquilloso, que si no tiene su baño de esencias, que si no tiene postre distinto cada día, que si las sábanas no son de seda… —le dice Yuri—. Cariño, para ir a visitar un lugar así necesitas ser un hombre.

—Seré un hombre pronto… —le asegura Lev—. Entonces iré a donde yo quiera, cuando yo quiera y como yo quiera. Cuidaré de mami, de papi, y seré como Beka.

—Otabek no va a donde él quiera… —le afirma Yuri.

—Claro que sí. Cuando él quiere estar con nosotros, está con nosotros. Sin pedirle permiso a nadie… —le dice Lev.

—Bueno, aún tiene que rendirle cuentas al Emperador, en cambio tú, eventualmente, no tendrás que hacer eso… —le confiesa Yuri—. Si el Sacro Emperador Invicto nos da su favor, tú serás su heredero, Lióvushka. Serás nombrado y Coronado, ungido y adorado como un dios vivo.

—Emperador Invicto, gobernador del Imperio Jamás Vencido… —susurra Mila, dándole la razón.

Victor no comenta nada más.

Por un breve instante recuerda cuando hablaba de eso con su Yuuri, cuando éste le decía que quería cruzar el mar azul e ir al sur, al dorado desierto árido y solitario, a sentir en la piel al señor del caos, el viento salvaje, domando dunas, moldeándolas a su antojo y mezclándose con el abrasador sol.

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«Quizá allí yo sea libre al fin».

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Decía Yuuri.

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«Libre de verdad».

«Sin cuentas que rendirle a nadie».

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Victor acariciaba su cabello y besaba sus hombros, escuchándole atentamente y sin perderse ni una de sus expresiones y ni una de las figuras que la luz parpadeante de la vasija flameante junto a ellos dibujaba en su piel desnuda.

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«Yo iré contigo».

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Le prometía Victor.

Y Yuuri sonreía sin mirarlo.

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«A donde sea que vaya iré contigo».

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Le repetía Victor, y Yuuri lo observaba al fin.

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«Aún si muero, mi alma desde los acantilados fríos vendrá a por ti. Caminará sobre espinas y sobre fuego, buscando tus besos».

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Le decía Yuuri, justo antes de entregarle sus labios y llamarlo nuevamente al deseo, enjaulándolo allí, entre sus brazos, y dándole todo lo que era y todo lo que sentía. Amándolo como solo los Inmortales pueden amar.

Todo de Yuuri era suyo, Victor lo sabía. Había sido un regalo, el regalo de bodas de Yuuri.

Sin embargo, ahora, al ver a Yuuri vistiendo el mismo cuerpo y el mismo rostro de siempre, pero sin ser Yuuri, Victor no sabía qué pensar.

Yuuri le había dado todo y ahora ese todo se había desvanecido como la niebla. Todo el amor había desaparecido con un solo soplido. Eso era imperdonable.

Al final, cuando la cena acabó, Yuri y Victor recibieron noticias del mensajero que habían enviado hacia el Santuario en el que el Emperador se encontraba. Ante la urgencia del tema a tratar, el Sacro Emperador regresaría lo más pronto posible al terminar sus oraciones, y a ellos, junto al General Imperial Otabek Altin, se les avisaría de inmediato.

«El Rezo del Sacro Emperador» era una tradición en la Fiesta de la Cosecha, en el, el Emperador no solo bendecía las cosechas a punto de ser recogidas por los campesinos, sino que también agradecía al Dios Sol por el año fructífero y próspero.

Era un rito muy importante, uno que se llevaba a cabo en el templo de la colina dentro del muro que rodeaba a los Jardines Acuáticos. Un lugar que solo el Emperador y su heredero podían pisar, pues era tierra altamente venerada desde el inicio de los tiempos, cuando se creía que dios, al acabar su paseo por el mundo dando calor y felicidad, descendía al anochecer y se refrescaba en un estanque de agua cristalina que había allí, luego se recostaba y dormía hasta el nuevo amanecer.

Decían, también, que había un pequeño cráter junto al templo. Se suponía que en dicho cráter aún había restos de la brillante y dorada Estrella de la que había surgido la Casa Imperial Katsuki. Como sea, nadie sabía a ciencia cierta qué es lo que había allí, pero todos lo respetaban.

Minutos después, Yuri, por su parte, se fue a tratar de descansar un poco junto a Mila, con quien, obviamente, compartía lecho.

Fue en medio de su sueño que ambos escucharon el llanto de Lev a mitad de la noche. Mila se puso de pie antes que él y se apresuró hacia la habitación del pequeño, seguida de cerca por Yuri.

Al entrar, lo primero que observan es a la niñera intentando consolar al pequeño, quien apenas puede respirar, tratando de inhalar aire hacia sus pequeños pulmones en medio de su inconsolable y doloroso llanto.

—¿Se cayó? —pregunta Mila, sentándose junto a Lev y abrazándolo con suavidad.

—Lo lamento, Alteza, el pequeño Príncipe ya estaba llorando cuando me desperté, así que no sé qué ocurrió… —le dice la mujer, haciendo una sentida reverencia de disculpa.

Yuri la tranquiliza con un asentimiento, dándole a entender que no ha hecho nada malo.

—¿Fue un mal sueño? —le pregunta Yuri a su pequeño, sentándose también a su lado y siendo abrazado rápidamente por su hijo, quien envuelve sus bracitos alrededor de su cuello con mucha fuerza—. ¿Qué ocurre, Lióvushka?

Lev niega incontables veces, no deja de gimotear y Yuri empieza a preocuparse.

—¿Te duele algo? Lev, mírame. ¿Dónde te duele? ¿Qué pasó?

El pequeño se rehúsa a decir algo, y Yuri lo abraza fuertemente intentando hacerle sentir a salvo.

—Ya pasó, bebé… —le dice Yuri—. Papá está aquí, todo está bien, ¿Sí? Ya pasó.

—Tráele un poco de manzanilla —le dice Mila a la niñera, quien asiente y sale presurosa.

El llanto de Lev duró un buen y agónico rato ante la impotencia de sus padres, con el pasar de los minutos y con cada beso que Yuri le dio a sus ojitos para secar sus lágrimas, poco a poco fue menguando, y la tranquilidad regresó lentamente a su bonito rostro.

Yuri hizo que tomara un par de sorbos de la tacita de manzanilla, antes de humedecer una toalla en ella y refrescarle la frente, los párpados y las mejillas. Lev odiaba la leche, así que tomó con gusto su bebida favorita y aceptó ser limpiado sin protestar, luego, ya más tranquilo, bostezó y alzó sus manitos para que Yuri se lo llevara a su habitación y así poder dormir los tres juntos.

Recostados a cada lado de Lev, y viéndolo dormir tranquilamente, Yuri y Mila se quedaron observándolo en silencio. Sus ojitos rojizos eran clara señal de lo mucho que lloró y sufrió, como si le arrancaran de raíz el sedoso cabello negro, o como si le pusieran brasas al rojo vivo sobre su tierna piel. A Yuri se le partió el alma ante su llanto.

—Me temo que se siente inseguro… —le dice Yuri a Mila.

—Quizá es porque no estamos en casa… —susurra ella—. Puedo entender eso, siempre que estamos fuera también extraño nuestro hogar.

—Nos iremos pronto… —le asegura Yuri, pero luego recuerda a Victor y las noticias que le dio—. Cuando sea el momento, quiero que tomes a Lev y a la nana y vayas al Vuelo del Ángel con ellos. No te detengas por nada ni por nadie. Quédate allí, no aceptes visitas, y mantente pendiente de los caminos del norte.

—¿Qué ocurre, mi señor? —le pregunta Mila, observándolo con atención.

—No puedo decirle esto a otros… —le confiesa Yuri—. El temor no es parte de un hombre, sin embargo, temo por Lev. Es pequeño, frágil, hermoso y tímido. Esa es la peor combinación para un hombre. Quiero hacerlo fuerte y poderoso, lo sabes, pero termino mimándolo demasiado y sobreprotegiéndolo.

—Le da amor… —le dice Mila—. Yo hubiera querido que mis padres me lo dieran, pero «hacerme silenciosa y bien portada» era la excusa que mi madre tenía para su frialdad. No recuerdo una caricia o un beso suyo porque jamás me dio atención o respeto.

Yuri coloca su mano sobre la suya y le da un apretón suave.

Mila le sonríe.

—Sé que no me puedo comparar con nuestro niño, mi señor, pero también sé que Liova es muy afortunado y es muy feliz.

—Sí, lo sé… —le dice Yuri, mientras acaricia los cabellos de su pequeño—. Y planeo que siga siéndolo.

—Cuente conmigo para lo que sea que necesite… —le asegura Mila—. También quiero mimar y sobreproteger a Lióvushka, y es que lo siento mío, aunque no nació de mí. Porque amo a su padre, mi esposo, con toda mi alma, y todo lo que él ame lo amo yo.

—Gracias… —susurra Yuri, y le da una nueva caricia a su mano—. No te merezco, Mila. A veces, siento que estarías mejor con algún otro hombre, uno que pueda hacerte sentir segura y feliz.

—Cuando era una niña, estaba enamorada de un hombre fuerte, creyendo que a su lado yo estaría siempre a salvo… —le dice Mila, sonriendo un poco ante el recuerdo de su superficial e ilusa niñez—. Un día, vi a un niño hermoso de cabellos benditos, como el sol, y ojos como joyas. Conocí su historia, y, desde entonces, mis ojos no pudieron apartarse de él. Mi corazón se enamoró y le perteneció para siempre.

—Te enamoraste de un niño que estaba a punto de morir… —le dice Yuri, recordándola bien. Ella era mayor que él por un par de años y se le quedó viendo mientras él temblaba y entrecerraba los ojos ante la luz natural de la que había sido privado durante muchos días. Apenas lo habían sacado de su encierro y se veía lamentable.

—Me enamoré de un niño que sobrevivió… —le afirma Mila—. Uno que fue lo suficientemente fuerte como para hacer lo que era necesario hacer.

«Hacer lo que es necesario hacer» —repite Yuri en un susurro—. Sí, supongo que sí. Ése es mi mantra a la hora de velar por mi hijo.

—El mío también, mi señor.

Yuri vuelve a tomarle la mano con suavidad y ésta vez se la besa en agradecimiento. Su mirada cambia un poco y Mila sospecha lo que le dirá a continuación.

—Lamento lo que pasó con Isabella… —le dice Yuri—. Sé que la querías, y también a mí me agradaba. Pasó lo que pasó, y lo lamento.

—Se hizo lo que debía hacerse… —le afirma Mila, esquivando su mirada—. Ella era mi compañía, mi amiga y mi hermana, pero si mi esposo decidió lo que decidió, no puedo ni sé cómo contradecirlo. Todo lo que tú haces… —le dice, mirándolo fijamente y olvidando la formalidad—. Para mí está bien. Yo siempre voy a estar de tu lado, Yuratchka. Siempre. Nunca lo olvides.

Yuri se endereza lo suficiente y le besa la frente, Lev se remueve en su sitio pero sigue durmiendo, lo cual Mila aprovecha para unir los labios de su esposo con los suyos.

Hace tiempo que no se han tocado, casi ha pasado una eternidad. La primera vez fue cuando consumaron el matrimonio hace casi cinco años, la segunda y última, fue en el cuarto cumpleaños de Lev. Ambos habían bebido y estaban cómodos, como ahora, así que solo pasó.

Luego de aquella vez, Yuri le comentó su deseo de que Lev creciera bien antes de que ella tuviera un hijo. Quería que Mila dedicara toda su atención al pequeño todo el tiempo posible, y ella lo aceptó sin contradecirlo, pues no tenía opciones.

Cuando Lev se despereza, ambos vuelven a reparar en su presencia y se quedan quietos por un instante, instante en el que Lev los observa con curiosidad.

—¿Ahora sí voy a tener un hermanito? —les pregunta, y Mila sonríe.

—No, bebé, aún no… —le dice Mila.

—La nana dijo que cuando dos personas se quieren mucho, mucho, mucho, se besan, y tienen bebés… —le afirma Lev—. Quizá deban besarse otra vez. Bésala, papi.

—No creo que eso baste… —le dice Yuri, riéndose.

—Podría ser, nunca se sabe… —susurra Mila, justo antes de darle un beso en la mejilla—. Ahora sí, creo que ya está, ¿Será niño o será niña? Dejemos que Lióvushka decida.

—¡Que sea niña! —dice Liova, muy feliz—. Cuando crezca me casaré con ella, será como mami y la querré mucho.

—¿Por qué los niños crecen tan rápido? —pregunta Mila, riéndose.

—A mí también me asusta… —le asegura Yuri, cubriendo a Lev con una manta y asegurándole que no es hora de pensar en esas cosas, sino que es hora de dormir.

—Tío Beka está en la puerta… —dice Lev de pronto, mientras se cubre con las mantas—. ¿Vino a revisar la sala de abajo? Hay cosas moviéndose allí cuando papi no está mirando.

—¿Qué cosas, amor? —le pregunta Mila, y Lev cierra firmemente su boquita—. ¿Liova?

—Pesadillas… —susurra Lev.

Ninguno de los dos entiende lo que dice.

—Las pesadillas no pueden lastimarnos… —le asegura Mila, cubriéndose junto a él sin preguntar más—. Si una intenta lastimarte, se las verá conmigo.

A Yuri se le eriza la piel, y es que, hace un rato, antes de que Lev llorara y los despertara, él estaba teniendo un mal sueño incomprensible y oscuro.

—Veré qué necesita el General, duerman… —les dice Yuri, y ambos asienten.

Al salir de la habitación, se encuentra, sentado en uno de los asientos del pasillo, a Otabek, quien al ver a Yuri se acerca a él con lentitud.

—No quería interrumpirlos… —le dice, y Yuri asiente y lo lleva a la habitación desocupada de Lev para que puedan hablar a solas.

—¿Pasó algo?

—Sí… es decir, no…

—Estoy cansado, General, si desea algo debe decirlo ya.

—Entiendo… puedo dormir con Lev si lo que necesita es privacidad con su esposa.

—No hablo de eso… —le dice Yuri.

—No tiene que fingir conmigo, Alteza, no soy un niño que cree que solo con besos tendrá descendientes.

—Supongo que sabe mucho del tema, General.

—No tanto como usted, evidentemente. Tuvo dos esposas y un hijo, y solo dios sabe cuántas jóvenes y hermosas amantes.

—Bien, parece que no necesita nada, me voy… —le dice Yuri, girándose hacia la salida.

—No… —le dice Otabek, con la voz firme—. Tenemos importantes asuntos que tratar.

—¿Qué clase de asuntos?

—Toda clase de asuntos.

—Si no es sobre la llegada de Victor y las noticias que trajo, podemos hablar mañana o en cuanto el Sacro Emperador descienda de la colina.

—De acuerdo, entonces se tratará de eso… —le dice Otabek, deteniéndolo al tomar su brazo con una de sus manos —. Lo lamento, Alteza, los besos de su esposa tendrán que esperar, y es que planeo apropiarme de toda vuestra noche hasta que amanezca… —le dice—. Una vez, usted dijo que esperaría un tiempo antes de fecundar a su esposa hasta que Liova creciera más, ¿Lo olvidó? Fue un montón de mentiras.

—¡Estás sobrepasándote! ¡Eso no es de tu incumbencia, Otabek Altin!

—Por supuesto que sí. Liova se sentiría relegado si tuvieras un hijo ahora, Yuri Plisetsky.

—Ya viste que no es así. Él quiere una hermana, y quizá sea hora de dársela.

—No lo permitiré.

—Sigues sobrepasándote, General.

—¿Por qué intentaste besarme? —le pregunta Otabek, y Yuri le da un golpe en el brazo.

—Baja la voz antes de decirlo, alguien podría escuchar.

—Voy a gritarlo si no me da una respuesta clara justo ahora, Alteza.

—Calmémonos, Beka, por favor. Ya habíamos hablado de esto. Llegamos a la conclusión de que no era bueno para Lev.

—¿Y ver cómo besas a tu esposa sí es bueno?

—Yo no… Otabek… apenas rozamos nuestros labios, ella no sabe besar. Además, jamás dejaría que los ojitos de Lev se mancillaran así.

—Claro, ella no sabe besar, ¿Y tú? ¿Ahora quién es el experto en besos? Ni siquiera quiero saber cómo aprendiste sobre ello, si fue con mi pequeña hermana o con alguien más.

—Fue con alguien más… —le dice Yuri, intentando calmarlo, pero al ver la expresión de Otabek sabe que logró todo lo contrario—. Pero fue un error, lo juro.

—¿Quién?

—Nadie.

—¿QUIÉN?

—NADIE. ¡Basta, Otabek, en serio te estás sobrepasando!

—Adúltero y mentiroso.

—¿Y tú? —le pregunta Yuri, empujándolo y visiblemente molesto—. Crees que no sé todos los rumores que hay sobre ti y tu… eso.

—¿Qué?

—¡Eso! Las mujeres hablan mucho sobre el GRAN General Altin, no te hagas el santo conmigo. Conozco bien todos los rumores.

—Voy a decirlo claramente solo una vez… —le dice Otabek—. Jamás he besado a alguien, mucho menos he dormido con alguien. ¿Contento?

—Sí.

—Ahora quiero saber con quién más te besaste. Quiero nombres y los quiero ahora, no perdonaré a ninguno. Van a pagarlo.

De pronto, la puerta se abre y ambos se giran a ver, y al ver a Mila, ambos se aterran.

—¿Mila? ¿Qué sucede? —le pregunta Yuri.

—Lev quiere el Chocolate de Potya… —le dice Mila, sin quitar los ojos de Otabek ni por un segundo.

—Claro… —le dice Yuri, yendo  a la cama y buscando a la pequeña águila de caoba oscura que Lev se trajo de casa para no extrañar tanto al esponjoso gato, y al encontrarla, se la da a Mila—. Aquí está, ve y descansa.

Mila asiente. Sus ojos taladran a Otabek con tanta ira que es Yuri quien tiene que girarla y guiarla hasta la salida.

—¿Mi señor esposo no descansará? —le pregunta ella, antes de salir y aferrándose a la mano de Yuri—. Lev lo espera… y yo también.

—Iré pronto. Que Lev ya se duerma… —le responde Yuri.

Mila asiente, y él tiene que despegarse la mano de su esposa de la muñeca antes de cerrar la puerta tras ella.

—No debemos hablar de éste tipo de cosas aquí… —susurra Yuri, pasados unos minutos y observando a Otabek—. De hecho, no hay nada que debamos hablar.

—Imagina, por un segundo, que yo no te hubiera empujado la otra noche. Solo imagínalo.

—Ya, ¿Y?

—Ahora, dime, ¿Qué pasaría? —le pregunta Otabek—. ¿Qué seríamos? ¿Cómo sería nuestra relación? Hablaríamos como siempre o de otra manera.

—No lo sé, General… —le dice Yuri, visiblemente incómodo con la situación.

—Yo tampoco.

—Pues bien, no puedo decirte algo incierto que nunca ocurrió. Ahora, preguntaré una vez más, ¿A qué viniste?

—Yuuri tuvo una pesadilla, le han dejado salir a jugar.

—¿Dejarás que Victor lo vea? —le pregunta Yuri.

—Seung bebió, está dormido ahora, así que soy el encargado de velar por Yuuri. Puedo decirle a sus guardias que se tomen un pequeño descanso, muy pequeño, pero algo es algo.

Yuri asiente y está dispuesto a salir para avisarle a Victor, pero Otabek lo detiene.

—Obviamente no será gratis… —le dice Otabek.

Yuri se extraña ante esa afirmación, y es que el Generaljamás le había pedido nada a cambio de los pequeños favores que le hacía.

—¿Cuál es el precio? —le pregunta.

—Aún no lo sé… —le dice Otabek, dudando—. ¿Qué sugieres?

—Me trajeron joyas de Sivon blanco hace una semana, están en el Vuelo del ángel… —le dice Yuri, suponiendo que eso bastará.

—No esperaré, quiero mi pago ahora.

—Si es algo que puedo dar…

—Un beso… —le dice Otabek—. Eso quiero.

Yuri se queda petrificado por un instante, sin saber bien qué hacer. Luego se acerca a él, toma su mano, la alza apenas un poco, se inclina lo suficiente, y le da un beso al gran anillo que porta Otabek en el dedo índice, símbolo de su rango militar.

—¿Ahora está satisfecho su ego, General Altin? —le pregunta Yuri.

—No. No me siento satisfecho desde que te empujé cuando intentaste besarme.

—¿Qué pasa otra vez con eso? ¿Quieres que vuelva a hacerlo, o qué?

Entonces a Otabek se le ilumina el mundo, sonríe y asiente.

—Ni se te ocurra… —le dice Yuri—. Olvidemos la informalidad. General Altin, le pido que no se atreva a sugerir…

—Bésame.

—Victor y su tonta petición no valen tanto.

—De acuerdo. Si su dorada Alteza no me deja otra opción… —le dice Otabek—. Le diré al Emperador que quiero dimitir de mi cargo en favor de Lev.

—¡Beka, no!

—Mi beso.

Yuri no lo piensa mucho, se acerca a Otabek y toma su rostro entre sus manos, pero antes de poder hacer nada, Otabek lo empuja.

Yuri cree que está siendo rechazado por segunda vez, pero al caer sobre la cama de Lev, y al ver a Otabek colocándose sobre él hasta apresarlo bajo su cuerpo, su mente se pone en blanco.

—¿Qué haces? —le pregunta Yuri.

—Lo que debí hacer la otra noche… —susurra Otabek, aproximando su rostro al suyo.

—Beka, no. Hablo en serio, ¿Qué haces?

—Voy a preguntarte algo, y quiero la verdad.

—¡Alguien podría entrar! —le dice Yuri, visiblemente alterado.

—Por supuesto. Si sigues gritando, alguien tendrá curiosidad y entrará.

—A decir verdad, aseguré la puerta… —confiesa Yuri, sin pensarlo mucho y queriendo golpearse fuerte por lo que acaba de decir.

—Perfecto… —susurra Otabek—. Ahora, cambiando de tema, voy a preguntar esto una sola vez, Yura, y sin importar cuál sea la respuesta… voy a besarte.

Yuri quiere protestar, pero Otabek coloca un dedo sobre sus labios y se lo impide.

—Ésta es la pregunta, ¿Quieres, o no quieres, que te bese?

Yuri apenas entiende las palabras que le dice, y es que se pierde en sus ojos, en la seguridad que desprende su mirada. En su cálida cercanía y en su tacto dulce. En lo cómodo que se siente su cuerpo cubierto por el de Otabek, y en lo mucho que el corazón le late. Y casi sin pensar, asiente.

Entonces, Otabek lo besa, muy suavemente. Posa sus labios sobre la mejilla de Yuri y le da un largo y cuidadoso beso.

La cordura dura apenas unos segundos, y es que Yuri pierde la cabeza al sentirlo. Su boca busca la de Otabek y la encuentra. Ambos con la guardia baja, se funden el uno en el otro en un beso ansioso, demandante, húmedo y algo torpe, que rápidamente se convierte en una guerra hambrienta en la que ambos se devoran mutuamente.

Las manos de Otabek ahora van a parar impacientes a la cintura de Yuri, pegándolo a él y restregándose profundo contra su cuerpo.

Sintiendo hormigas bajo la piel.

Él quiere fundirse más en Yuri y tener el doble de lo que está sintiendo, pero se da cuenta de que la pijama de Yuri estorba.

—Alto, alto, alto… —le dice Yuri, logrando formular palabras coherentes sin dejarse enloquecer por Otabek y su boca dulce que ahora le comen la mandíbula y el cuello—. Victor… a solas…

Otabek reacciona y hace un titánico esfuerzo por apartar sus manos del cuerpo de Yuri, se endereza y observa su pecaminosa obra desde un mejor ángulo.

Jamás notó que las piernas de Yuri fuesen tan hermosas, ni que sus pezones pudiesen desperezarse tanto y hacerse tan provocativos bajo la ropa.

—No me mires así… —le susurra Yuri, cubriendo sus muslos con su pijama—. Da miedo, pareces una bestia y no un hombre.

Otabek se ríe ante esa afirmación, se disculpa, se levanta de la cama y ayuda a Yuri a ponerse de pie.

—Debo ir a por Victor… —le dice Yuri, con las piernas aún temblando, y Otabek le detiene.

—¿Qué pasará ahora? ¿Cuándo podré besarte de nuevo?

Yuri lo piensa unos segundos, luego se aleja.

—Esto no debería repetirse, General Altin.

—Debes estar bromeando… —le dice Otabek, con un tono claramente molesto—. No estoy jugando, Yuri. Esto no es un juego.

—¡Exactamente! ¡Por eso es que esto no debería haber sucedido!

—¡Sé que esto te gustó! Solo con mirarte sé que, al igual que en mí, todo dentro de ti se movió.

—Fue un terremoto, no lo voy a negar… —le dice Yuri, cubriendo un poco su pecho al cruzar sus brazos—. ¿Y qué? ¿Quieres que nos maten, o qué?

—Nadie lo sabrá.

—¡Yo lo sabré, Otabek! —le dice Yuri, para luego bajar su tono de voz, tomar una de las mantas sobre el sillón y cubrirse con ella—. Escucha, Otabek, quisiera decirte algo como «Cuando tú quieras», algo como «Cada vez que lo quieras», pero no puedo. No soy capaz. La posición de Lev es mi prioridad, nada puede truncar su ascenso, ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo… —le dice Otabek, bajando también su tono de voz y acercándose a Yuri para masajear con calma sus hombros y sus brazos—. Seré muy cuidadoso, pero quiero que me prometas algo. Que ésta boca tuya será eterna novia de la mía, y nunca de alguien más.

—Qué cosas dices…

—Promételo.

Yuri sonríe. Le divierte un poco ver a Otabek tan serio.

—Quiero hablar contigo sobre esto en algún momento… —le confiesa Yuri—. Poner en palabras lo que está pasando aquí, entre ambos. Quizá cuando estemos solos, sin deberes ni obligaciones, y nadie más pueda escuchar, entonces, quién sabe. Quizá mi cuerpo entero se convierta en tu novia, en tu prometida. E incluso… en mucho más. Hasta entonces, General… soy el padre de tu sobrino, y tú el tío de mi bebé. Soy hombre, igual que tú, y soy el único que puede hacer que Lev tenga un brillante futuro dorado. No voy a arriesgar nada por esto… —le dice Yuri, acercándose a su rostro y rozando un poco sus labios—. Lo lamento, Beka, pero por ahora, no puedo dar nada por ti.

Otabek aún procesa sus palabras cuando Yuri ya se le ha escurrido de entre las manos y se ha marchado de allí.

—Estaré esperando… —susurra, pero Yuri ya no puede escucharlo.

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Publicado por ArikelDT

☆ 1-6-96 ☆ Multishiper . ○●○ Amante del misterio, de las emocionas a flor de piel y de las memorables tragedias románticas. Enamorada del arte, de la música, de los versos y de los minutos de silencio. Puedo ofrecerte libros que hablan de corazones sedientos, con vidas vibrantes, e historias, a veces, sangrantes. ○●○ .

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